El desquite


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            El niño Fermín se pinta los labios. El pintalabios rojo de la abuela seduce la imaginación. Rellena de curiosidad cada frontera virgen de la boca. La precisión de este hombrecito con el lápiz labial es magistral apenas a los siete años. Boquiabierto no deja de coquetear. Maniobra como un experto el celular regalado por los abuelos para sacar un selfie. Abandona el cuarto. Asegura que nadie lo vea. Sube las escaleras hasta el lavadero ubicado en el ático. Escoge la camisa preferida de su padrastro del canastillo de la ropa sucia. Besa apasionado la prenda elegida en la parte interior del cuello. Arroja la camisa al cesto de lavar sin miramientos.

           Murmura. Los escalofríos aparecen. Duda. Teme ser descubierto. Elimina toda evidencia. Baja brincando los escalones de dos en dos. Jadea. Frena. Llega al salón comedor. Examina la nueva pintura que por semanas conquista la atención de todos en la casona. Embelesado ante la estampa del velorio clava la mirada en el infante. El detalle del pequeño inocente tendido sobre la mesa contrasta con su diablura. La ausencia del rojo en los labios del niño muerto es acusadora. Los ojos de los personajes pintados en el lienzo lo persiguen. Siente en la piel el veredicto. Imagina la sentencia. Cada uno de ellos parece gritar enmudecido. Aflora la culpa en la semilla del arrepentimiento. El miedo a ser castigado amaina su instinto justiciero.

            No hay vuelta atrás. Mamá sube las escaleras. Fermín la mira de reojo. El silencio se desnuda. El llanto es eco. Retumba zigzagueando por las paredes desde el ático hasta el sótano. El niño ni parpadea. Paralizado ve las gotas de sudor caer al suelo. Los gritos amplificados de la mujer que lo procreó descongelan sus pies. Corre a esconderse en la habitación. El corazón se atasca entre las costillas en un acelerado salto inesperado. Se arrodilla. Reza. Hace la señal de la cruz. Brinca a la cama. Tararea. Ensaya una y otra vez el rostro de la santidad. Invoca la prematura inocencia malograda. Divaga. Bosteza. Cabecea. La madre se desahoga degollando la camisa manchada de un tijeretazo. Mientras tanto el hijo desvelado revive los acercamientos indebidos de su padrastro.

Nota aclaratoria: La foto de El Velorio (1893) del pintor puertorriqueño Francisco Oller y Cestero es parte de la inspiración de este cuento corto. El original de la obra se encuentra en el Museo de la Universidad de Puerto Rico en el pueblo de Río Piedras. Mide 8 pies de alto y 13 pies de largo. Es uno de nuestros tesoros culturales, si tienen oportunidad de visitar nuestra isla, no se la pierdan.

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