Centrifugando recuerdos (XV)


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

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(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

«¿Qué hacéis aquí?», pregunta Sara sin pronunciar palabra. Dar explicaciones a sus padres es lo que menos le apetece en el mundo. En su presencia se siente como la niña que ha cometido una trastada, sólo que lo suyo fue mucho más grave. Nota los ojos escrutadores de la zíngara, que bucean en su recuerdo, y otra vez la asalta la imagen de la muñeca en el Generalife, acompañada de un frío helador que le pone el vello de punta.

—¿Te encuentras bien?

Sara oye la voz de su madre a kilómetros de distancia y entonces la mira inexpresiva, como si en realidad no estuviera viéndola.

—Pepe, la niña no está bien. A saber qué le ha pasao.

La mujer, tras comunicar la noticia de la que ya no cabe la menor duda, se abalanza sobre su hija y la abraza como lo haría cualquier madre para proteger a su pequeña de todos los males del mundo.

—Ay, Sara, con el calor que hace, estás helada. Si ya sabía yo que no era buena idea que te fueras tan lejos. A ver qué te han hecho.

Mientras tanto, Pepe se mantiene a la expectativa y Tere se queda al margen. No es la primera vez que su amiga se comporta de forma rara, pero siempre se le pasa al poco rato. En su opinión, Rosa está exagerando un poco.

En ese momento, avasallada por los achuchones de su madre, Sara recupera el control de sus actos.

—Vale ya, mamá, que no me pasa . —Consigue apartarla unos centímetros y se quedan mirando—. Sólo estoy un poco cansada, llevo todo el día andando.

A Rosa se le nota la angustia en la cara.

—Hija, no hay quien te entienda. Te tiras dos meses por ahí, regresas por sorpresa, que a saber por qué, y nos tenemos que enterar por Tere, porque, claro, pa qué vas a avisar a tus padres.

Sara resopla y dirige una mirada asesina a su amiga, que pone expresión de «¿y qué querías que hiciera? Yo también estaba preocupada».

—Te repito que no me pasa nada. Me he despertado temprano, me apetecía pasear, y ya está. No hay nada que tenga que explicarte.

—Va, déjala, Rosa. Ya hemos visto que está bien. —Pepe se acerca a su hija y le da dos besos—. Me alegro de verte, hija. —Sara le sonríe—. Vámonos. Cuando quiera contarnos algo ya nos llamará.

—Eso, tú siempre tan conciliador. Te digo que le pasa algo, y yo no me quedo tranquila. ¿Por qué se ha largao del trabajo?

Pepe no contesta. Saca el palo de regaliz que lo acompaña desde que dejó de fumar obligado por una angina de pecho que casi lo envía al otro barrio, y se lo lleva a la boca.

—Hasta mañana, Sara. Adiós, Tere. Celebro verte tan bien como siempre.

El hombre se interna en el pasillo sin esperar a su mujer.

—Ale, pues ya está. Todo arreglao. ¿Veis qué fácil?

Rosa mira a Tere, que le responde con la expresión que uno pone cuando no tiene la más mínima intención de añadir argumentos ni de rebatir a su interlocutor, y a Sara, quien se ha dirigido al sofá y, de espaldas a su madre, está abriendo la mochila que dejó allí la tarde anterior.

—Ea, quedad con Dios.

La mujer se retira renqueante, pero antes de desaparecer por el pasillo hacia la puerta que su marido sostiene abierta, se gira hacia su hija.

—Una cosa te voy a decí: si esto es por lo que yo creo que es, te digo lo que te he dicho siempre, aunque nunca me escuches… —Hace un pausa, esperando a que Sara la mire, pero no lo hace, así que suspira y prosigue— Que hace mucho tiempo de aquello y que ya va siendo hora de que tires pa’lante. No creas que eres la única que recuerda y que sufre, pero una cosa es recordar y la otra quedarse anclá en el pasao. Ya está bien, Sara.

La joven se muerde los labios mientras saca ropa de la mochila. Nota una presión creciente en las sienes y el corazón encogido, pero está decidida a mantener la compostura.

—Ya está bien… —se oye una voz desde el pasillo, un nuevo suspiro, y la puerta que se cierra.

—¿Me lo vas a contar? —pregunta Tere después de asistir al maltrato al que su amiga acaba de someter al contenido de la mochila, montones de prendas que ahora yacen desperdigadas por el suelo.

Sara contempla su “obra” durante unos instantes, antes de dirigir la mirada a Tere, con expresión forzada de normalidad.

—No hay nada que contar, ya se lo he dicho a mi madre —sostiene, con un hilo de voz.

Tere sabe que es mentira, pero también que no es un buen momento para insistir.

—Está bien. Como quieras.

Respira hondo, se da media vuelta y se pierde en la cocina. Sara deja caer la mochila en el suelo y, de una patada, la envía a la otra punta del comedor.

…………………………

Luis tiene que reprimir el impulso de arrebatarle a la niña el helado que le ha comprado hace cinco minutos, un Magnum doble de chocolate que se está comiendo con toda la parsimonia del mundo. Están sentados en un banco del parque, con Chewie en medio. El perro jadea feliz por las caricias del extraño, al tiempo que mira con ojos golosos la chuche con la que se recrea su dueña. De vez en cuando lanza un gemido sutil, con el que espera recibir su parte.

—Lo llevas claro. El helao es mío. —Mira entonces a Luis—. Está buenísimo, colega.

El joven asiente, sin ocultar la impaciencia que lo corroe por dentro.

—Recuerdas que hemos hecho un trato, ¿verdad?

La muchacha no parece inmutarse mientras continúa deleitándose con el helado.

—Y digo yo —se arranca entre lengüetazo y lengüetazo—, ¿por qué no has llamao a Sara pa preguntarle dónde vive?

Luis nota la rabia creciendo en su interior, aprieta los puños, y se toma unos segundos antes de responder. La expresión de triunfo de la “mocosa” lo pone de los nervios.

—¿Escuchabas cuando te he dicho que quería darle una sorpresa?

—Ya… —El helado ha quedado reducido a un palo recubierto de restos de chocolate—. ¿Sabes lo que pienso?

«Si te digo lo que pienso yo, acabo en el cuartelillo, niñata».

—Pues que Sara no creo que tenga muchas ganas de verte.

Luis aprieta más los puños y los labios para reprimir las ganas de gritarle a la jovencita que está hasta las narices de ella, y busca una respuesta más adecuada.

—Tienes cara de estar desesperao por volver a verla. Seguro que te dejó, pero tú no lo aceptas…

—Me parece que ves muchos culebrones —reacciona el joven, con una sonrisa de cartón piedra.

La muchacha sonríe. Antes de continuar, da el último lametazo al palo del helado, se lo enseña a Chewie, y lo deja caer al suelo. El perro, emocionado, salta como un resorte desde el banco, dispuesto a devorar la golosina. Pronto se da cuenta de que sólo queda el esqueleto, pero a pesar del desencanto se lleva al palo a la boca y lo mastica con absoluta profesionalidad canina.

—De todas formas, como t’has portao tan bien conmigo, te voy a ayudar. La verdá es que tienes pinta de ser bastante inofensivo. Si estás dispuesto a recorrerte medio país pa que te den calabazas, yo no lo voy a impedir.

Luis desearía mandarla a tomar viento (siendo fino), pero aun a costa de su ultrajada dignidad, consigue mantenerse a la expectativa. Su interlocutora se lo está pasando en grande.

—Sara vive en el Albayzín con dos amigas —anuncia por fin, triunfal.

Luis asiente y se queda esperando más información.

—¿Qué? —le suelta ella, con desdén.

—Pues que el Albayzín es muy grande. ¿No puedes concretar un poco más?

La adolescente deja de sonreír y lo mira con desagrado.

Joé con el catalán. Será desagradecío

Para Luis es la gota que colma el vaso. Se incorpora, da un primer paso en dirección al coche, y en ese momento decide mandar la prudencia a freír espárragos, así que se gira, extiende un dedo acusador y cuando se dispone a cantarle las cuarenta a la “extorsionadora”, una voz de mujer que parece pretender imitar a una alarma nuclear retumba en la plaza y en todos los edificios de alrededor:

—¡¡¡Jennifeeeeeeee!!!

La muchacha resopla ruidosamente, pone cara de hastío, y se baja del banco.

—Mi madre —anuncia de forma rutinaria—. ¡¡¡Ya voooooooy!!! —responde con la misma intensidad—. Vamos, Chewie.

Niña y perro abandonan la plaza, dejando al extraño con la palabra congelada en la boca. Dos palomas se le acercan con parsimonia, picoteando el suelo. Luis las mira con rencor y cuando cree que han entrado en su radio de acción, lanza una patada que no alcanza más que el aire, pues las aves se alejan a tiempo con un par de saltitos indolentes. «Eres un tío muy absurdo», concluye.

Continuará…

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