La fiesta y Freud. Parte 2


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—Este es el momento de la película donde la chica se empieza a desnudar, quitándose la ropa manchada.

Le sonrió, y a la vez le estaba diciendo que no carecía de interés. Así que añadió:

—O el momento donde el chico quiere ayudarla. —Ella tenía los ojos azules—. Ha sido un accidente, el  jersey se arreglará en la lavadora.

La chica no contestó, tiró primero de cada una de las mangas de la prenda, empezando a quitársela, luego con la cara muy seria se quitó el jersey haciendo que volara su melena al estirarlo desde su cuello. Una camiseta color azul ajustada dejaba vislumbrar unos senos desarrollados. Lo sabía ella y él también. La puso la prenda sobre los hombros mientras se miraban a unos centímetros. La casa estaba en ese momento anestesiada, no oían nada, solo se miraban.

—La falda no hace falta que te la quites, ya estás muy guapa así.

—No pienso quedarme en bragas, delante de…

—Están borrachos, mujer… pero de verdad que no hace falta, si te vieran acabarían exagerando las cosas.

—¿Qué cosas?

—Pues que te estabas desnudando en la cocina delante de mí, y que…

—Solo me he quitado mi jersey, el olor de la fruta se pega al resto de la ropa.

—De eso tratan las exageraciones, sobre todo cuando las chicas son guapas, los deseos se confunden con la realidad, y luego acaban diciendo que tu ropa interior…

—¡No voy a quitarme la falda, te queda claro!

—Ya lo sé, ¿no pensarás que soy un sátiro?

—¿Un sátiro es un salido?

—Estrictamente hablando Freud diría que sí, todos los hombres somos… ¡Ya sé que no te ibas a quitar la falda por favor!

La chica norteamericana se rió de manera sincera, borrándose toda tristeza, miró las botellas encima de la mesa de la cocina y dijo, mirándolas:

—He bebido mucho, y debería irme a casa.

—Te puedo llevar, si quieres.

—Pues…

—Y con la falda puesta, por supuesto.

—Ya.

—Y lo que lleves debajo, o encima, o la ropa… ya me entiendes.

—Claro, vale… está bien… —Volvió a reírse, se sentía bien con aquel chico.

—Freud era un obseso, no tenía razón.

—¿Sobre qué no tenía razón?

—La ropa interior, las faldas… Vale, te llevo a casa. —Salieron a buscar los abrigos—. Viena en aquel tiempo estaba llena de extraños personajes, medio genios pero pensando en el sexo más retorcido cada dos días. No me hagas caso.

Ella le miraba divertida, había leído un libro sobre esa parte de la historia, pero la divertía escucharla mezclada con aquella situación.

(Primera parte del relato http://wp.me/p3pCKR-3BF. Foto del autor)

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