Infinito


Érase una persona que conocía el infinito. Habéis oído bien, sí, lo conocía.

Es más, hubo un tiempo en el que vivía en él. Tuvo que abandonarlo cuando cayó en el olvido; a nadie le importaba ya lo no perecedero, pues lo tachaban de inalcanzable e incluso varias religiones lo culparon como herético.

Le reconocí por esa acritud dulce que le rodeaba, olía a lugares añejos con un toque a impaciencia.

Su sonido reverberaba por todos los lugares; ese chirrido únicamente le era muy molesto a nuestro querido amigo, pues no estaba acostumbrado a escuchar cualquier sonido creado por superficies o prolongado por las paredes y sus texturas. Amaba los espacios vacíos, sin paredes ni suelo, ni tejado.

Estaba triste y le pregunté por qué lo estaba si ahora podría tener todo lo que quisiese. Él me respondió que no estaba acostumbrado a ver cosas y que al segundo desapareciesen, sin que nadie las echase de menos, sin que nadie las recordase; por lo que prefería no tener nada, pues la nada nunca huye de ti, y tú no puedes abandonarla.

¿Cómo iba alguien querer nada? El infinito me había decepcionado, pues no existe nada sempiterno más que el infinito, ¿o sí?

Al cabo de unos minutos disfrutando del silencio y de los pensamientos, dijo:

—Ya sé lo que quiero, quiero tu alma, ya que esta nunca me abandonará del todo. Incluso si no vienes conmigo sé que estarás en algún lugar, y te recordaré para siempre.

Claramente le dije que no, que mi alma es mía y de nadie más.

—Ahora comprendo porque en vuestro mundo odiáis el infinito —dijo—. No queréis nada que no sea vosotros, y en el fondo igual hasta os odiéis, por lo que no podríais vivir solos, en vuestra ilimitada infinitud; sería un hastío.

No dijo nada más. Se levantó del banco, y se fue.

Pasaron los años y lo comprendí, sin la nada no sería yo, sin el silencio no podría escucharme, y sin mi alma no podré querer al resto, y mucho menos comprenderlos.

Ahora le busco, necesito encontrarle y decirle que le regalo mi alma, que le regalo todos mis recuerdos, para así ayudar a los demás y vivir en ellos. Desgraciadamente hace tiempo que se fue y no creo que vuelva —yo no lo haría—, al menos por ahora, pero da igual, esparciré mi semilla infinita por el resto de las personas, difundiendo lo olvidado, olvidando lo perecedero.

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