Centrifugando recuerdos (XVII)


 

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

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(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

La sonrisa desaparece de la cara de Sara para dejar paso a una expresión donde se mezclan la melancolía, el reproche y el dolor. Aparta la vista y coge la copa. Sus ojos se quedan fijos en el líquido carmesí. Los fantasmas que la persiguen y que durante unos minutos habían desaparecido, regresan. La noche bajo las estrellas, la huida, las pesadillas, la zíngara… Esos enormes ojos negros que lo sabían todo antes incluso de que ella misma lo contara sin saber qué la empujó a hacerlo; la remota esperanza, quizás, de liberarse del peso que le estaba aplastando el alma… «El recuerdo duele, pero es mucho peor el recuerdo que se mantiene latente, que nos va corroyendo por dentro sin saberlo, y que un día, cuando por fin sale a flote porque no le queda ya que devorar, su efecto es devastador». Las palabras de la gitana acuden a su rescate. «Pa ti aún no es tarde. El destino ha querío que me cruzara en tu camino».

—Sara… cariño… —La mano afectuosa de Tere sobre el muslo devuelve a Sara al sofá. Le responde con una sonrisa triste—. Si no me lo quieres contar, lo dejamos. Podemos hablar de cualquier otra cosa, o simplemente emborracharnos y ponernos hasta el culo de nachos.

Sara suspira. Lleva haciéndolo todo el día. Coge la mano de su amiga y la besa.

—No. Te lo voy a contar. Entre nosotras no hay secretos, pero espera un momento, que voy a buscar el móvil.

—Vale, yo voy a hacer pis.

Sara recupera el teléfono de la mesita junto a su cama, donde lo dejó la noche anterior. Mientras vuelve al comedor enciende la pantalla y se encuentra con varias llamadas perdidas y un sms. Hacía siglos que no recibía ninguno. Se sienta en el sofá y toma otro trago de vino antes de comprobar las llamadas. Son todas de su madre, menos dos de un número que no tiene en la agenda, pero que enseguida relaciona con Luis.

—Joder… —murmura—. Ya verás de quién es el mensaje.

—¿Decías algo? —pregunta Tere, que regresa con otra botella de vino y un plato con una pizza humeante.

«Hola, Sara. Como no contestas te escribo para que sepas que estoy en Granada. No te molesto más. Si quieres que nos veamos, me quedaré un par de días».

—Está muy zumbao —susurra, mientras lee una y otra vez el texto.

—Vaya —expresa Tere con cierto asombro. También lo ha leído—. Tiene que estar muy colao para haberte seguido hasta aquí. —Se queda un momento en silencio, inmóvil, mientras una idea inquietante toma forma en su mente—. No me digas que es un acosador, porque si lo es vamos derechitas a la poli.

Sara levanta la vista del móvil y mira a su amiga con expresión tranquilizadora.

—No, qué va. Es buen tío, pero…

—Pero ¿qué?

—Es difícil… Fue todo muy rápido, demasiado, y no… no quiero… no puedo, en este momento no puedo complicarme la vida. No funcionaría.

—A ver, espera, que vas lanzada y no te sigo. ¿Qué es lo difícil? ¿No quieres o no puedes? Son cosas diferentes.

Sara le arrebata la botella, llena su copa y se la bebe del tirón.

—¡Eeeehhh! Ya veo que la cosa es seria.

No lejos de allí, Luis cierra los ojos para concentrarse en la brisa que sopla caritativa tras días de temperaturas abrasadoras. Las tres cervezas de las que ha dado cuenta lo han refrigerado por dentro. Está sentado en una terraza con vistas a la Alhambra, espléndida con la iluminación nocturna. Se siente bien, relajado. Por primera vez en muchos días disfruta de no hacer nada. Coge el tenedor, se lleva a la boca la última patata, la mastica con calma y otro trago de cerveza la acompaña en su viaje hacia el estómago.

Echa un vistazo al teléfono, que ha dejado sobre la mesa, y comprueba que no hay novedad. Deja escapar un breve suspiro resignado. «Prohibido comerse más la olla. Has hecho lo que tenías que hacer y nadie puede acusarte de no haberlo intentado. Ya es suficiente locura haber llegado hasta aquí. Ir más allá sería caer en la desesperación».

Entonces enciende un cigarrillo, empuja la silla metálica hacia atrás y se acomoda para seguir llenándose los ojos con la maravilla nazarí que hechiza a cualquiera que la admire, como Sara, que en ese momento vuelve a estar asomada a la ventana, buscando la manera de empezar a contar su historia a Tere.

—De verdad, Sara, no es necesario. —La joven empieza a sentirse mal por haber insistido tanto a su amiga.

—¿Te acuerdas de lo tonta que me puse el año pasado con el gilipollas aquel?

—Va, no vuelvas con eso. Lo que te pasó fue lo más normal del mundo. Tú no tuviste la culpa de que…

—Lo sé, lo sé, no es eso lo que me preocupa. —Sara se gira y regresa al sofá—. Mmm, qué bien huele la pizza. Tanto vino me ha dado hambre. —Coge un trozo y se lo come en unos pocos bocados. Bebe un poco más y le dedica una sonrisa a su amiga, quien la recibe aliviada—. La verdad es que hace pocos días aún seguía comiéndome la cabeza con eso, hasta que apareció Luis. —Suspira de nuevo.

—El tío del mensaje.

—Sí, el tío del mensaje.

—Un buen tío, que te hace olvidar un desengaño que te ha tenido amargada durante un año, que, por cómo has reaccionado a su mensaje, me jugaría una botella de vino, y ya sabes cuánto me gusta este vino, que te mola bastante, y, sin embargo, huyes de él, abandonando el curro que te habías buscado donde dios perdió el gorro, y, no sé qué es más increíble, él te sigue hasta aquí… Creo que me vas a tener que explicar muchas cosas, porque no entiendo nada.

Sara se deja caer contra el respaldo del sofá. Es un buen sofá, la posesión más preciada de las inquilinas, el único lujo que se permitieron al emanciparse. Mira al techo, cierra los ojos, se lleva las manos a la cabeza y se agarra el pelo. La combinación del vino y de tantas sensaciones, emociones, recuerdos y vivencias recientes supera su capacidad de análisis.

—No sé qué hacer, Tere. Me voy a volver loca, y esta vez de verdad.

—Mira que eres melodramática —le suelta, mientras da cuenta de un puñado de nachos entre bocados de pizza.

Sara mira a su amiga sin contestar aún. Es una amiga fiel, siempre ha estado ahí para escucharla y darle consejo, o simplemente para aguantar sus desahogos. Conoce su historia, ese pasado que no quiere recordar y que, sin embargo, regresa cada cierto tiempo para martirizarla. Tere lo sabe, y nunca ha hurgado en la herida. Sara intenta recordar las veces en que se han cambiado las tornas, en que ha sido ella la que le ha ofrecido el hombro. No tantas.

—Te he echado de menos. —Tere la mira, algo sorprendida, pero sin perder la sonrisa boba que le ha dejado impresa la acumulación de vino en la sangre—. Ahora me doy cuenta, y me parece increíble que haya aguantado tanto tiempo alejada de la persona que siempre me ha dado el empujón necesario para salir adelante.

Durante unos segundos se quedan en silencio, mirándose. A Tere le emociona la confesión de su amiga. Nota cómo el depósito de las lágrimas amenaza con desbordarse y traga saliva. Acto seguido, se abalanza sobre ella y la abraza como un oso.

—Vale, vale, que me vas a ahogar.

Tere afloja la presa y se aparta unos centímetros.

—Qué tonta eres. No sé por qué me dices esas cosas si sabes que enseguida me emociono.

Se seca las lágrimas con la mano, coge una servilleta de papel de la mesita y se suena la nariz. Sara se incorpora, bebe otro trago de vino y mordisquea un nacho.

—Luis me gusta —declara, como quien anuncia que hay que comprar leche.

A Tere se le pasa el llanto de golpe. Pone toda la atención en su amiga, esperando que desarrolle el enunciado, pero Sara sigue entretenida con el nacho. Cuando termina con él agarra un trozo de pizza y antes de atacarlo se lleva al gaznate un nuevo trago de vino.

—¿Y? —pregunta Tere al fin, impaciente.

Sara la mira como si no entendiera qué espera de ella.

—Madre mía. Acabas de reconocer que el tío que te ha seguido desde la Conchinchina te gusta, y te quedas tan ancha.

—Ay, tía. Estoy borracha, no sé ni lo que digo.

—No te preocupes, yo te ayudo a que no pierdas el hilo. De acuerdo, te gusta. Está clarísimo que a él le gustas mucho. Está en Granada. ¿Cuál es el problema?

Sara resopla y agita la cabeza, lo que la lleva a darse cuenta de lo mareada que está. Cierra los ojos y vuelve a dejarse caer contra el respaldo.

—Realmente estoy muy borracha.

—Va, déjate de historias y responde.

—No sé. Ya te he dicho que es complicado.

—No cuela.

Sara suspira por enésima vez. Le duele la cabeza y, pese a la burbuja de pseudorrealidad en que la ha sumido el alcohol, nota la presión en las sienes. Vuelve a beber. A continuación se arrastra con torpeza hasta recorrer el metro que la separaba de Tere y apoya la cabeza en su hombro. Respira hondo antes de hablar.

—La cagó. Estábamos tan a gusto, tumbados en la hierba, admirando las estrellas, y entonces me miró, dijo algo sobre mi mirada triste, y quiso saber qué ocultaba. La cagó, Tere, porque en ese instante regresaron todos los fantasmas que creía controlados y se esfumó la magia.

Tere escucha en silencio y le acaricia el pelo con ternura, incluso después de que haya dejado de hablar.

—Entonces, tu madre tenía razón —murmura al cabo de unos segundos.

—Ella siempre tiene razón, aunque me joda tanto admitirlo.

Continuará…

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