Centrifugando recuerdos (XVIII)


Alhambra de Granada

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com.

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Luis nota el cansancio de la larga jornada, que se suma a los excesos de la noche anterior, y está a punto de quedarse dormido en la silla. Comprueba la hora en el móvil. Las once pasadas. «No me ha contestado», constata sin poder evitar la decepción. «Bueno, habrá que ir pensando en buscar un lugar donde pasar la noche». Mira en derredor. La terraza continúa animada, con la mayoría de las mesas ocupadas aún por jóvenes que se resisten a poner fin a la velada. Un camarero empieza a recoger las pocas que han quedado libres, con la esperanza de que los clientes remolones se den por aludidos.

Luis le hace un gesto con la mano, y cuando el muchacho lo ve acude raudo. Otra mesa que va a poder recoger.

—¿Me cobras?

—Enseguida.

El camarero saca una libretita del bolsillo de la camisa empapada en sudor tras una intensa jornada laboral. Luis se fija en el rostro cansado, en el que las ojeras profundas se ven acentuadas por unos ojos negros hundidos. Tiene la cara chupada, perlada por gotitas de sudor, unas cejas pobladas y el pelo oscuro ensortijado.

—¿Cuántas horas trabajas? —pregunta Luis, casi sin pensar. El muchacho levanta la vista de la libretita y lo mira extrañado— Perdona, no pretendía molestarte. Ya estás lo bastante cansado como para aguantar la curiosidad de un turista chafardero.

El chico le sostiene la mirada un par de segundos más y de repente sonríe con unos labios tan finos que apenas existen.

—Muchas. Trabajo muchas horas. Pero no me quejo, porque me gano la vida honradamente. —Hace una pausa, durante la cual evalúa si añadir algo más. Entonces arranca una hoja donde ha apuntado la cuenta y se la extiende a Luis, inclinándose hacia él—. Aunque no me quieran dar los papeles —revela en un murmullo—. Son ocho cincuenta.

La familia del área de servicio donde comió acude a la mente de Luis: la madre cocinera, la hija risueña y su hermano poco entusiasta con la escoba. El joven marroquí le recuerda a ellos.

—Toma —le extiende un billete de diez euros—. Quédate el cambio. Quédatelo tú, no lo eches en el bote.

No va precisamente sobrado de dinero, y menos teniendo en cuenta que va a tener que pagar una habitación, pero siente empatía por él. Después de todo, quizás su inútil viaje a Granada acabe sirviendo para algo si deja un recuerdo agradable en alguien, aunque sólo sea un camarero anónimo.

—Gracias.

El muchacho le dedica una sonrisa cómplice mientras recoge la mesa. Y entonces a Luis se le ocurre una idea.

—¿Conoces algún sitio barato que esté bien para dormir?

El camarero, cargado con platos, vasos y cubiertos, se detiene un instante.

—Si no tienes prisa, te puedo enseñar la pensión donde estoy yo. Es barata y bastante tranquila.

Luis valora la propuesta mientras el muchacho advierte que otras dos mesas quedan libres.

—Bueno, voy recogiendo y ya me dices.

—Eh…, vale. Sí, sí.

Luis se levanta. Vuelve a mirar el móvil y se da cuenta de que está a punto de quedarse sin batería. «Y qué importa», se dice, molesto, aunque no quiera, por la indiferencia de Sara. Piensa en encender otro cigarrillo, pero lo acaba descartando. Ya ha decidido confiar en el camarero, y para hacer tiempo se pone a caminar, con pasos cansados, bajo la mirada majestuosa e indiferente de la Alhambra.

…………………………

Las dos amigas llevan un rato en silencio. Sara, apoyada en el hombro de Tere y recibiendo sus caricias, ha cerrado los ojos y, aunque la cabeza le da vueltas, está tranquila. Lori Meyers continúa sonando a través de los pequeños altavoces acoplados al ordenador portátil y, mientras escucha, a Tere se le ocurre una idea que no acaba de decidirse a exponer en voz alta.

—Si te gustaran las tías, todo sería mucho más fácil. Hace tiempo que estaríamos enrolladas y no necesitarías que te hiciera de psicóloga de pacotilla.

—Ya, pero teniendo en cuenta mis neuras, y lo sociable que eres, me habrían corroído los celos, nos habríamos tirado los trastos a la cabeza y no nos podríamos ni ver —responde Sara, sin apartar la cabeza ni abrir los ojos.

—Eso también es verdad… —Tere toma aire, decidida por fin a plantear su ocurrencia—. Oye, no te enfades conmigo por lo que voy a decir.

Sara se incorpora y la mira con el ceño fruncido.

—Miedo me das. Estoy borracha, pero me temo que me acordaré de esto.

—En fin, allá voy. Estaba pensando que ya que ese Luis está aquí, ¿por qué no quedáis y…?

—No puedo —la interrumpe Sara.

—Pero si te gusta…

—Que no, que no puedo, ¿no me has escuchado?

El tono de Sara es angustiado. Tere se plantea dejar el tema. Han bebido mucho y lo mejor que pueden hacer es dormir la mona, pero precisamente el exceso de alcohol le otorga la dosis de temeridad necesaria para ir un paso más allá. Vuelve a tomar a su amiga de las manos, con suavidad, y se prepara para hablar con el tono más dulce del que su voz, potente por naturaleza, es capaz.

—Cariño, sabes que saltaría por esa ventana si tú me lo pidieras…

—Qué exagerá eres…

—Sí, pero déjame continuar, porque lo que te voy a decir me cuesta muchísimo. Sabes que te quiero con locura, que ya que no te has dado cuenta aún de que eres lesbiana —Sara ríe—, me tengo que conformar con quererte como a una hermana. —La sonrisa desaparece y Sara se pone tensa—. Sí, como a una hermana, y por mucho que te duela la palabra, ya es hora de que dejes atrás aquello. —Tere calla un momento y taladra a su amiga con una mirada intensa, que se le incrusta en el alma. Sara se muerde los labios y finalmente aparta la vista.

—No quiero hablar de eso, ya lo sabes.

—Sí, nunca has querido, y yo lo he respetado. Pero martirizarte no te hace ningún bien y me duele verte así, paralizada por el recuerdo y una culpa absurda.

—¿Absurda?

Sara vuelve a mirar a su amiga, ofendida.

—Sí, absurda. Tú no tuviste nada que ver en lo que le pasó a tu hermana. ¿Cuándo lo vas a entender? —Sara retira las manos y se cruza de brazos. Aprieta los dientes y los párpados; no quiere escuchar— ¿No te das cuenta de que así no vas a avanzar nunca?

—Y tú qué sabrás —murmura con un hilo de voz.

—Pues sí sé. —Tere se muerde la lengua, pero ya está lanzada y no es momento para guardarse nada—. Me quedé sin madre a los ocho años. ¿Te acuerdas?

Sara recibe esas palabras con la sorpresa que produce un tortazo inesperado. Perplejidad antes que dolor. De golpe su mente se llena de imágenes que había olvidado: la desolación de su amiga, cuyo llanto inconsolable contrastaba con el silencio del hombre que la acompañaba, su padre, incapaz de asumir la tragedia; las dos abrazadas, sollozando en la cama, ella tratando de calmarla con besos en la frente, imaginando lo insoportable que sería que un día le sucediera algo parecido… Hasta que sucedió.

—Mira, Sara. —La voz de Tere vuelve a ser dulce—. A mí ese tal Luis me importa un pimiento. Pero tú sí me importas, muchísimo. Y si ese chico te gusta y te hace sentir bien, vale la pena que lo intentes. No hace falta que le expliques nada que tú no quieras.

—Me gustaría superarlo, ojalá pudiera. Pero no sé cómo. —Habla con la mirada perdida. Tere siente el impulso de abrazarla, de protegerla, como hizo entonces. Le recuerda más que nunca a aquella niña tan vulnerable. Pero quiere escuchar lo que tiene que decir—. Hoy he estado en el Sacromonte. Había una gitana, María. Me ha invitado a su zambra y me ha hablado de su vida, y entonces se lo he contado todo.

Tere agita la cabeza, como para asegurarse de que está despierta.

—Espera, espera, que no sé si te he entendido bien. ¿Que le has contado a una gitana qué?

—Pues eso, lo de mi hermana. —Cada vez que piensa en ello es como si se le clavara un cuchillo en el corazón—. Estaba a gusto, sus ojos me invitaban a hablar y las palabras me salían solas. Ahora me parece como si lo hubiera soñado, pero no, ha sido muy real.

—Bueno, pues eso está bien, ¿no?

—No sé. —Sara se lleva las manos a la cara y las desliza desde las mejillas hasta juntarlas bajo la barbilla—. Desde hace dos días siento como si dentro de mí hubiera despertado un volcán. Se me remueve todo, y no sé por qué precisamente ahora me acosan esos recuerdos.

Tere la escucha, pero piensa en sus propios fantasmas.

—A veces me despierto angustiada. Sé que he estado soñando con mi madre, pero no soy capaz de recordar su cara, y entonces me levanto con la ansiedad dolorosa de ver su foto. Hasta que no la tengo entre mis manos y recorro con los dedos las facciones de su cara no se me pasa el mal trago.

Las dos se quedan en silencio, también el portátil. Los maullidos lejanos de un gato solitario, un par de ladridos quejumbrosos y el ronroneo del ventilador las acompañan en sus pensamientos.

—Gracias.

Tere mira a Sara, sorprendida.

—¿Por qué?

—Por ejercer de amiga, y por hacerme ver que no soy el único bicho raro del mundo.

Vuelven a cogerse de la mano.

—¿Sabes qué creo?

—No sé si quiero saberlo…

—Claro que sí, llegadas hasta aquí, no podemos dejar las cosas a medias. —Los ojos de Tere sonríen, pero su mirada es firme y profunda—. Creo que ese chico es el primero que se interesa de verdad por ti, y eso te asusta. —«Sí, mucho», se oye decir Sara mentalmente—. Perdona que te lo diga, pero es que hasta ahora te habías colado por cretinos que sólo tenían una cosa en mente…

—Muchas gracias por recordármelo —interviene Sara, con una indignación más aparente que real. Sabe que tiene razón.

—¿Entonces…?

—¿Entonces qué? —Sara rehúye los ojos inquisitivos de su amiga.

—Ya lo sabes. Que si le vas a responder.

Sara retira las manos despacio, se incorpora y está a punto de volver a caer de culo en el sofá. El comedor le da vueltas, pero consigue mantener el equilibrio y, con paso vacilante, llegar de nuevo hasta la ventana. Tere la sigue con la mirada mientras se pregunta si la larga charla habrá servido para algo.

—A ver si te vas a caer.

Sara no la escucha. Clava la vista en la Alhambra y en el cielo estrellado que observa el monumento con infinitos ojos asombrados. La luna ya no es visible desde la ventana. Entonces, un destello cruza veloz el firmamento. «¿Qué deseo has pedido?» La voz de Luis se entromete en sus pensamientos, acompañada de un pellizco en el estómago. «¿De verdad quieres saberlo? Ya sabes que si se cuentan, los deseos no se cumplen». Sólo han pasado dos días y ni siquiera la acumulación de alcohol consigue atenuar el recuerdo que mantiene tan vivo. «Me arriesgaré», respondió él. «¿Y yo? ¿Por qué yo no puedo arriesgarme?», se pregunta.

Continuará…

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