Centrifugando recuerdos (XIX)


Centrifugando recuerdos

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

—Perdona por haberte hecho esperar tanto rato, pero es que nunca sé a qué hora voy a acabar.

Pese al cansancio evidente, el joven camarero no pierde la vitalidad. Ahora viste una camiseta roja, la camisa sudada de trabajo la lleva en una bolsa de plástico. Luis, sentado en un banco, apura el cigarrillo que finalmente decidió encender para hacer tiempo.

—No te preocupes. ¿Fumas? —pregunta, mostrándole el cigarrillo que sostiene entre los dedos, al tiempo que se incorpora y carga con la mochila que ha ido a buscar al coche.

—Ni fumo, ni bebo. Soy un chico sano. —Sonríe—. ¿Vamos?

Luis asiente y comienzan a caminar calle abajo.

—Por cierto, me llamo Aiman.

Se detiene y le alarga la mano.

—Encantado. Yo soy Luis.

Tras el saludo, caminan unos segundos en silencio. Luis está agotado y le cuesta pensar. Necesita una ducha, pero la necesidad de sueño es más apremiante. Levanta la vista y exhala la última bocanada de humo hacia las estrellas. Entonces, los ojos de Sara vuelven a colarse en sus pensamientos.

—¿Cómo es que te has venío a Graná sin tener sitio pa dormir?

—Buf… Es una larga historia, y perdona, pero es que estoy tan hecho polvo que incluso me cuesta hablar.

—Los hombres sólo hacemos locuras así por dos razones: por una mujer o por huir de una tierra donde no hay futuro. —Aiman hace una pausa para examinar brevemente el rostro de su acompañante—. Y tú no tienes pinta de huir de ningún sitio —concluye.

Luis le devuelve una sonrisa forzada. «Vaya, si resultará que el camarero es en realidad filósofo», piensa, pero no dice nada.

—Yo dejé a una mujer maravillosa en Marruecos para hacer fortuna en la tierra prometida —explica. El tono vital ha mutado en nostalgia. Durante unos segundos mantiene la vista fija en el suelo, pero enseguida vuelve a mirar a Luis, a quien la revelación le ha despertado interés—. Llegué en patera a Almuñécar, ¿sabes?

—Oh, vaya…

Luis no tiene prejuicios en cuanto al color de piel o la procedencia de las personas, aunque tampoco es un activista en favor de los derechos de los inmigrantes. Le incomoda escuchar comentarios xenófobos, pero no tiene una postura definida en cuanto a las políticas sobre extranjería. Desde luego, nunca había tenido un contacto tan directo con alguien que hubiera vivido en sus carnes el drama de la emigración.

—Perdona, no te molesto más con mis historias. Hablo mucho, pero desde que trabajo todo el día en el bar, sólo recito la lista de raciones, así que me tengo que quedar con las ganas.

—No pasa nada. Te comprendo. Por cierto, hablas muy bien el castellano.

—Lo aprendí en Marruecos, y aquí he ido a clases. Para poder trabajar tenía que hablarlo bien.

Mientras callejean por el Albayzín Luis piensa en lo diferente que puede ser la vida de las personas. Intenta imaginar lo que debe ser embarcarse en una patera, creyendo que al final del viaje te espera un mundo mejor, y que al llegar te des cuenta de que toda esa creencia se sostenía en ilusiones.

—Debió de ser duro —comenta.

—¿El qué?

—El viaje en patera.

Aiman suspira antes de contestar. La llegada a la playa, de madrugada, sin saber cuántos de sus compañeros seguían con vida, sin preocuparse, de hecho, más que por conservar la suya, no se le olvidará jamás.

—Mucho… —Mira a Luis, de nuevo con la sonrisa en los labios—. Pero mírame, ahora soy un hombre de provecho, con un sueldo cada mes. Muy pronto podré traer a mi mujer y formaremos una familia. Sólo necesito los papeles.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Tres años. Han pasao volando.

—¿Tres años viviendo en una pensión?

Aiman ríe al escucharlo.

—No, qué va. La pensión es una solución temporal. Vivía con unos amigos, pero hubo problemas y me largué hace cosa de un mes. La verdá es que ahora estoy mejor. La dueña es muy enrollá.

Los jóvenes caminan a buen paso por las callejuelas, despojadas ya hace rato de la incesante corriente humana. Los gatos se acicalan, exhiben su elegancia felina con la esperanza de engatusar a alguna hembra en celo o buscan comida. Un par de palomas temerarias picotean algún desecho, expuestas a convertirse en un suculento bocado.

Asomada aún a la ventana del comedor, Sara desvía la mirada de la Alhambra en el momento en que dos figuras pasan junto a la puerta del edificio. Son dos chicos, uno de ellos cargado con una mochila grande. Oye sus voces, salpicadas de risas, y entonces le da un vuelco el corazón. «No puede ser». Los sigue hasta que doblan la esquina. Unos segundos después aún los oye. Un escalofrío le recorre todo el cuerpo, erizándole el vello de los brazos, y siente un cosquilleo en la nuca. Está segura de que acaba de ver pasar a Luis. Ya no es una voz que surge del teléfono ni un mensaje de texto. Es él, en carne y hueso, y ha pasado bajo su ventana. «¿Adónde va? ¿Quién lo acompaña?», se pregunta, nerviosa.

—Yo me voy a la cama —anuncia Tere—. Necesito dormir la mona.

Sara no reacciona. Su amiga la observa y se da cuenta del cambio en su expresión corporal. No para de mover las piernas, poniéndose de puntillas y volviendo a caer sobre los pies descalzos, mientras que su espalda se balancea en un movimiento mecánico.

—Oye, no estarás pensando en tirarte… —No parece oírla—. ¡Sara!

—¿Qué pasa? —Ahora sí, el grito la hace girarse, asustada.

A Tere se le escapa la risa.

—¿De qué te ríes? Menudo día que llevas de gritos.

—Si es que estás empaná.

—Ya… —Sara duda si contarle lo que ha visto.

—A ti te ha pasao algo mientras tomabas el aire.

—No te lo vas a creer.

En ese momento oyen un revuelo procedente de la calle. Las jóvenes se miran extrañadas. «¡Corre!» El grito les llega alto y claro, y se precipitan hacia la ventana. Dos figuras aparecen tras la esquina del final de la calle, huyendo a toda velocidad. Enseguida Sara se da cuenta de que son Luis y su compañero. Aunque el alumbrado callejero no es demasiado eficaz, no tiene dudas de que son ellos. Otras voces se acercan.

—¡Eh, tú, moro de mierda! ¡No corras, que vas a pillar igual!

El embotado cerebro de Sara reacciona con celeridad, a pesar de todo; sin valorar las opciones.

—¡Eh! ¡Aquí arriba! —grita a los “fugitivos”. Luis la ve, pero no la reconoce. Al encontrarse con sus ojos, por lejanos que estén aún, Sara siente como si le estrujaran el corazón—. ¡Subid, rápido!

Tere se queda perpleja, y hasta que no recibe el codazo de su amiga no reacciona.

—¡Au! —se queja. Sara la fulmina con ojos asesinos— ¿Qué…? Ah, vale, sí, ya abro.

Abajo Luis empuja la puerta con ansia mientras a unos cincuenta metros un grupo de jóvenes con sed de violencia se abalanza hacia ellos.

—¡Abre de una vez!

—¡Eso intento!

Y entonces suena el zumbido salvador. La puerta metálica cede y se lanzan al interior del edificio. Luis tiene la suficiente sangre fría para asegurarse de que queda cerrada, mientras Aiman sube los escalones de tres en tres. Cuando se dispone a seguirlo, un golpe en la puerta le da un susto de muerte y le obliga a girar la cabeza. Allí está, con la cara aplastada contra el cristal, uno de los matones.

—¡Eh, tú, maricón! ¡Abre, que no te voy a hacer !

Enseguida se le unen las risas de sus compañeros, y varias manos empiezan a aporrear la puerta. Luis los cree muy capaces de romper los cristales y alcanzar el pomo para abrir, así que no pierde un segundo más y corre escaleras arriba.

—¡Eh, vosotros! —La voz de Sara atrae la atención del grupo—. Acabo de llamar a la poli —anuncia, con el tono más seguro que es capaz de impostar, al tiempo que sostiene el teléfono en alto.

—Uuuh, qué valiente —reacciona uno.

—Vaya con la amiga del moro y el maricón, está un rato buena.

—Oye, ¿por qué no abres y celebramos una fiesta? —propone otro, mostrando una litrona en una mano y un porro en la otra.

Los cinco ríen de forma jocosa. Sara trata de mantener el tipo, aunque está temblando. Le dedican todo tipo de obscenidades. Finalmente, cuando empieza a creer que no se irán, propinan algunas patadas más a la puerta y se alejan por donde habían venido, entre risas y comentarios desagradables. Como obsequio final, el tipo de la litrona la lanza con todas sus fuerzas y va a estrellarse a un par de metros de la puerta, sembrando la calle de cristales.

Cuando Sara se gira, Tere está dando la bienvenida a los dos refugiados, que acceden al comedor con timidez. Sara sigue temblando, en parte por el susto, pero también por el reencuentro con Luis, quien todavía no se ha dado cuenta de quién es su salvadora.

—Muchas gracias por abrirnos. No sé por qué la han tomado con nosotros, pero no os preocupéis, que enseguida nos vamos.

—Son unos cabrones —interviene Aiman, nervioso—, neonazis desgraciaos que se divierten apalizando a inmigrantes y gays. A mí ya estuvieron a punto de pillarme una vez.

—Sé quiénes son —confirma Tere—. Ahora os calmáis un poco y os tomáis algo antes de iros. —Dirige entonces la atención a su amiga—. Sara, te presento a Aiman y a… Ay, como has subido después no nos hemos presentado.

—Ya nos conocemos —anuncia Sara, ocultando a duras penas el mejunje de emociones que la asalta.

Luis se ha quedado de piedra. No puede creer lo que sus ojos se empeñan en mostrarle y es incapaz de pronunciar palabra. Tere se lleva las manos a la boca para ahogar una exclamación de asombro. Aiman mira a unos y otros y no entiende nada.

Continuará…

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