Centrifugando recuerdos (XX)


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

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(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

—¿Alguien me puede explicar qué pasa? —pregunta al fin.

Tere es la primera en reaccionar.

—Eh… nada, nada. ¿Qué quieres tomar? ¿Vino? ¿Cerveza?

—No bebo alcohol.

—Pues vente conmigo y tú mismo coges lo que quieras de la nevera.

Y sin darle tiempo a objetar, lo toma de la mano y lo arrastra con ella. Aiman se deja llevar, demasiado cansado para oponer resistencia y para insistir en la demanda de explicaciones. Ya en la cocina recuerda algo que la otra chica gritó desde la ventana.

—Tu amiga ha dicho que había llamado a la poli…

—Eh, no, no creo. —Tere está nerviosa, pendiente del reencuentro de Sara y Luis.

—Sí, lo ha dicho. Y, verás, yo no tengo los papeles, así que preferiría…

Tere se fija en ese momento por primera vez en el muchacho moreno de pelo ensortijado. Nota la preocupación en su rostro y le sonríe para tranquilizarlo.

—No ha llamado, en serio. No tienes que preocuparte.

Aiman respira más tranquilo.

—Gracias. Entonces, ¿esos dos ya se conocían?

Tere asiente con la cabeza.

En el comedor Sara y Luis se aguantan la mirada. Él, mudo de asombro, intentando procesar el significado de semejante casualidad; ella, víctima de la cruenta batalla que se desarrolla en su interior entre corazón y cerebro, bajo la nube de irrealidad que la borrachera confiere a la escena.

—Ha ido de poco —comenta, intentando sonar distendida.

—Sí.

—¿Nos sentamos?

Sara se dirige al sofá. Luis aún tarda unos segundos en reaccionar. Finalmente, deja caer la mochila, se le acerca con movimientos pesados y se acomoda a cámara lenta. Una vez instalado, se fija en la botella de vino que continúa sobre la mesita.

—¿Quieres? —le ofrece Sara— Yo he bebido demasiado ya esta noche, pero me voy a echar un poco más. Es de la Contraviesa. ¿Has estado? Está cerca de la Alpujarra. Lo hacen los padres de una amiga. —Sin esperar respuesta, se sirve otra copa y bebe un trago.

Luis la observa, aún mudo. A Sara ese estado catatónico empieza a exasperarla.

—Jo, tío, vale que no te lo esperabas, pero ya está bien, ¿no?

—Llevo dos días imaginándome este momento —reacciona por fin—, y ahora no sé qué decir. —Habla despacio, como aturdido—.Tengo una pinta horrible, estoy hecho polvo y apesto.

Sara lo somete a un rápido examen visual.

—Sí, supongo que has tenido días mejores. —Bebe otro trago—. Yo también —añade, y fuerza una sonrisa.

Luis no está a gusto. Ni consigo mismo ni con la impresión que le transmite el comportamiento de Sara. Tiene la desagradable sensación de que son dos desconocidos sin nada en común, que su encuentro bajo las estrellas forma parte de un sueño irrecuperable.

—¿Por qué has venido? —inquiere Sara, cuyo estado de ánimo va saltando de un extremo a otro, en función de quién se vaya imponiendo en la batalla interna.

Luis preferiría que la charla se desarrollara en otro contexto, en el que ambos fueran dueños de sus palabras.

—Creo que los dos necesitamos descansar. ¿Por qué no quedamos mañana…

—Sé que hice mal largándome de esa manera… —Sara no parece escuchar. De repente nota una inmensa llamarada de tristeza que le sube desde el estómago y bebe para intentar sofocarla—. Pero es lo que hice, lo que tenía que hacer, y no tendrías que haberme seguido.

Habla sin mirar a Luis, sin mirar a nada, en realidad. Las palabras le salen entrecortadas. Él no quiere seguir por ahí. No quiere tener esa conversación en esas circunstancias. Necesita descansar, y ella, dormir la mona.

—Hablamos mañana, ¿vale? —Suena más a súplica que a propuesta.

Luis se incorpora dubitativo en el momento en que Aiman y Tere asoman tímidamente. Sara se mantiene ausente, repitiendo en silencio «no tendrías que haber venido», y conforme su cerebro pronuncia las palabras, siente el peso aplastante de la tristeza.

—¿Crees que esos matones nos dejarán llegar a la pensión? —pregunta Luis.

—Supongo que sí —responde Aiman sin demasiada convicción.

—Muchas gracias por abrirnos la puerta. —Luis se dirige a Tere, que asiente distraída, más pendiente de Sara que de otra cosa—. Necesita dormir —señala Luis.

—Lo sé. —«Y un abrazo», añade mentalmente, mirándola con preocupación.

Luis recupera su mochila y se despide.

—Hasta mañana —pronuncia, con creciente desasosiego. Tiene la sensación de que está dejando pasar una oportunidad, quizás la única—. Por cierto, la vista desde la ventana es preciosa —añade, como quien lanza un cabo que sabe que nadie va a recoger.

Sara no responde, absorta en su letanía. Tere se adentra en el pasillo y los jóvenes la siguen. La mano de Luis, agarrada al marco de la puerta del comedor, es la última en ceder a la lógica; sus dedos rememoran el encuentro fugaz con los de ella y quieren que haya una segunda vez.

—No tendrías que haber venido —murmura Sara, cuando ya no la escucha nadie.

…………………………

A pesar de lo cansado que está, Luis no puede dormir. Se remueve en la cama, que esperaba más incómoda teniendo en cuenta el aspecto destartalado de la pensión. La imagen de Sara, tan diferente a la que se le grabó en el corazón bajo el cielo del Pirineo, lo perturba; esa forma de mirarlo sin verlo, y el tono desencantado de su voz lo persiguen desde que salieron del piso. «Estaba muy tocada por el alcohol», intenta justificarla, «y tú tampoco has estado lo que se dice brillante», se repite mientras no deja de dar vueltas sobre las sábanas.

Decide finalmente ducharse, con la esperanza de que el agua fría lo relaje lo suficiente como para dejar de martirizarse. Pero aunque el agua arrastra el polvo y el sudor, no consigue llevarse las malas sensaciones. Limpio y refrigerado, vuelve a tumbarse, y con él la imagen de Sara, esas dos Saras tan diferentes. «¿Por qué lo haces? ¿Por qué insistes? ¿Qué la hace tan especial como para que condicione tu vida de esta manera?» Luis se escucha hacerse esas preguntas, y sabe que la respuesta lógica a todas ellas es abandonar, volver a casa y retomar su vida, más después de una noche que le ha dejado tan mal cuerpo.

Tras revolverse unos minutos más, empieza a desesperarse. Se incorpora y se queda sentado en el borde de la cama, con el sudor corriéndole desde la nuca, columna abajo. Agacha la cabeza y se lleva las manos a la cara, con los codos apoyados en las rodillas. Se pasa los dedos por el pelo mojado. Y entonces se cuela en su cerebro la mirada de Laia, aquella otra mirada triste y decepcionada.

A Luis le cuesta reconocerse en aquel tipo tan obsesionado y preso de los celos que había orientado toda su existencia a no perder a la mujer que conformaba su mundo. «Lo estás volviendo a hacer». La certeza le provoca un escalofrío.

Se levanta y se dirige a la ventana, con un cigarrillo entre los dedos y la llama azulada del encendedor dispuesta a hacer su trabajo.

La ventana da a un patio interior sin encanto. En frente, la parte trasera de un bloque de pisos, en el que la única luz encendida, que surge de la ventana más alta, le da el aspecto de un gigantesco y vigilante cíclope de cemento. Luis cree distinguir a una mujer asomada en camiseta de tirantes. También fuma, según revela la minúscula lucecita titilante a la altura de su cabeza. «No soy el único al que le da por comerse el tarro de madrugada», se consuela el joven.

La ingesta de humo nubla por unos minutos los pensamientos inquietantes. Cuando apura el cigarrillo, la reacción instintiva es lanzar la colilla al vacío, pero de nuevo el recuerdo de Sara, de su rapapolvo bajo la luna, lo detiene. Entonces la apaga contra el alféizar y «qué coño», murmura, para acto seguido despedirla con rabia, como quien decide incumplir una norma absurda.

El cíclope ha decidido irse a dormir, o al menos ha cerrado el ojo. El cerebro de Luis, en cambio, sigue bullendo. «¿De verdad que no soy capaz de actuar sin seguirle los pasos a alguna tía?» La Sara ausente de esa noche empieza a perder protagonismo, desplazada por la que conoció en el Pirineo, y Luis vuelve a sentir el impulso que lo empujó a recorrer el país de norte a sur, tras ella.

—No, no lo soy —susurra mientras da media vuelta y regresa a la cama.

…………………………

Sara se despierta llorando. El llanto le brota incontrolable. Gime por el dolor que le invade el corazón. Durante un par de minutos eternos no es consciente de que ya no duerme y que la imagen de su hermana, despidiéndose, sonriente y serena, en la cama del hospital, despidiéndose para siempre enredada entre cables, es una recreación de su cerebro cruel.

Poco a poco se da cuenta de que han pasado muchos años de aquello, que estaba soñando, y el torrente de lágrimas reduce el cauce hasta detenerse. Está desorientada. No está en su cama. Tarda aún un poco en comprender que se ha quedado dormida en el sofá. Y entonces recuerda la velada regada de vino, el extrañísimo reencuentro con Luis, su tristeza inmensa, el abrazo de Tere antes de irse a dormir. «Estoy bien, no te preocupes. Sólo necesito pensar un momento». «Piensas demasiado», le responde su amiga, acompañando sus palabras con una tierna caricia en el rostro.

Y ahora, una vez recuperado el control, nota el horrible pinchazo que le taladra la cabeza.

—Dios, cómo me duele.

Sara se levanta con torpeza, tropieza con una botella vacía y se golpea el dedo meñique del pie derecho contra la pata de la mesita, arrancándole un alarido que consigue ahogar antes de que despierte a todo el vecindario. «Por lo menos, ahora ya no me duele tanto la cabeza», se consuela, camino del cuarto de baño, rezando por que quede paracetamol.

—Qué desastre —murmura al verse en el espejo.

Encuentra la pastilla, se la mete en la boca y bebe un trago de agua directamente del grifo. Se lava la cara, se seca y cuando vuelve a ver su imagen reflejada, se fija mejor en los tristes ojos hinchados y enrojecidos.

—Qué desastre —repite.

Nota entonces la presión en la vejiga y, con parsimonia, se sienta en el wáter. «¿Qué vas a hacer, Sara?», se pregunta mientras en su cabeza se reproducen las escenas que acaba de revivir. Arranca un trozo de papel higiénico y se queda con él en la mano y la mirada perdida, buscando respuestas en el enlosado. Un pececillo de plata, que ha visto interrumpida su ronda nocturna a la caza de restos orgánicos o sintéticos que llevarse a la boca, entra en su campo de visión y los ojos de Sara lo siguen en su búsqueda de refugio que lo proteja de la luz.

—Merche —pronuncia.

No sabe por qué el bicho ha trasladado su pensamiento a los viñedos culpables del vino que ha provocado que un martillo invisible le aporree las sienes, y a recordar la entusiasta propuesta de Tere sobre pasar unos días con ella en la Alpujarra.

—Por qué no —concluye.

Entonces siente la necesidad imperiosa de comunicarle la decisión a su amiga, de forma que cuando sale del cuarto de baño, renqueante por el dolor en el pie, se dirige a su habitación.

Continuará…

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