Centrifugando recuerdos (XXIII)


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

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(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Luis nota cómo el teléfono repiquetea contra su oreja, incapaz de controlar los nervios que le hacen temblar la mano. Se siente como la primera vez que llamó a casa de aquella chica que le gustaba… «¿Cómo se llamaba…? Berta, se llamaba Berta». Tenía catorce años y temía que si le contestaba otra persona, colgaría atenazado por la vergüenza. Claro que si contestaba ella, lo más seguro era que tampoco fuera capaz de pronunciar palabra. Respondió ella, y aunque le costó arrancar, tartamudeó bastante, la cara se le puso como un tomate y sudó como si hubiera estado corriendo a pleno sol, al final consiguió que de su boca surgiera algo similar a una invitación para ir al cine. Y no debió de hacerlo tan mal, porque Berta aceptó.

Ahora tiene doce años más y mucha más experiencia con las mujeres, si bien varias de esas experiencias podrían usarse como ejemplo de lo que no hay que hacer en una relación de pareja. El caso es que a cada tono de llamada que pasa sin que Sara responda, los nervios aumentan. Nota las gotas de sudor resbalándole por la frente y la oreja mojada.

La perrita lo mira con curiosidad desde debajo de la silla. La propietaria de la pensión aparece por la puerta de la cocina armada con una escoba y un recogedor. Al ver a Luis todavía sentado piensa en decirle que esté tranquilo, que puede seguir ahí todo el rato que quiera, pero al fijarse en su cara de circunstancias entiende que es un momento trascendente para él y opta por callar, aunque no puede evitar una sonrisa aliñada con una mueca divertida.

—Hola, Luis.

La voz de Sara actúa como el detonador de una tonelada de dinamita instalada en el corazón. Por una fracción de segundo Luis está convencido de que va a saltar por los aires. «¿Pero cómo puedes estar tan colado?», se pregunta. «Tú verás. Si no lo estuviera, ¿qué sentido tendría esta locura en la que me he metido?» Su cerebro piensa a mil por hora y dialoga consigo mismo mientras el joven trata de accionar el mecanismo que le permita responder «hola, Sara».

—¿Luis? ¿Me oyes?

Recuerda aquella llamada de su adolescencia a casa de Berta, y por un momento siente el mismo impulso de colgar, pero no, ya no es un adolescente ni ha recorrido media España para dejarse vencer por una reacción infantil.

—Hola, Sara. Perdona, es que estoy un poco nervioso —consigue responder con voz algo temblorosa.

La mujer finlandesa, que escucha mientras barre, sonríe con complicidad, aunque Luis no se da cuenta, porque tiene todos los sentidos concentrados en el teléfono y en el montoncito de pedazos de servilleta, que sigue creciendo.

Sara, recostada en el sofá, cierra los ojos, secretamente complacida por saber que es ella quien provoca que él esté hecho un flan. «Qué majo es, de verdad. ¿Cuándo se ha interesado por ti un tío tan majo?»

—¿Sara?

—Sí, sí, te oigo.

—¿Cómo estás? ¿Has dormido bien?

—Sí, muy bien, gracias. —Todavía está saboreando el delicioso desayuno con el que se acaba de homenajear por cortesía de Tere—. ¿Y tú?

—Bueno, he pasado noches mejores. Demasiado calor.

—Ya, es horrible. Me he duchado hace un rato y ya estoy otra vez sudando como un pollo.

Luis nota el móvil resbalando por su oreja chorreante. También tiene los dedos húmedos y la nuca mojada. Aunque en su caso el acaloramiento no es sólo culpa del clima.

—Yo igual.

Durante un par de segundos se quedan los dos en silencio. La perrita suspira aburrida y en el comedor sólo se oye el roce de las cerdas de la escoba contra el suelo.

Entonces Sara y Luis hablan a la vez, como si respondieran al mismo impulso.

—Va, tú primero —se invitan a la par. Y así de nuevo, hasta que simultáneamente estallan en una carcajada liberadora.

La perrita se incorpora y ladra, algo indignada por no ser partícipe de eso tan gracioso que hace reír al humano.

—Nala, calla —le riñe su dueña, sin dejar de barrer. El animal estornuda y vuelve a tumbarse, resignado.

—Perdóname. —La voz, ahora seria, de Sara atrae de nuevo la atención de Luis, momentáneamente distraído por los ladridos—. No he sido justa contigo.

Mientras habla, Sara se acaricia el pelo, aún húmedo, y juguetea con las puntas sobre sus hombros. Luis tarda un poco en responder. «No la cagues ahora», se advierte.

—No tiene importancia. Lo de anoche fue muy raro. Yo tampoco estuve muy fino. —Hace una pausa. Al otro lado se escucha la respiración expectante de ella—. Verme en tu casa de aquella manera tan surrealista me dejó en shock.

Ya no queda servilleta por descuartizar, así que la mano libre se entretiene ahora en reunir las migas desperdigadas sobre la mesa.

—Ya… La verdad es que todo lo que pasó anoche lo tengo bastante confuso. Hacía mucho que no bebía tanto. Es obvio que el alcohol me sienta muy mal y dije e hice muchas tonterías.

—Bueno, ahora, calor aparte, estamos bien, ¿no?

—Sí, supongo… Aunque, si te soy sincera, yo creo que nunca estaré bien del todo, con esta cabeza que tengo. —Sara ríe nerviosa y sus dedos, inquietos, siguen jugando con los mechones de pelo.

—¿Quieres que nos veamos? —se atreve a proponer Luis, por fin, en un alarde de valentía, y mientras aguarda a la respuesta aguanta la respiración.

«Sí, sí, sí», responde ella por telepatía, pero otra parte de su cerebro se empeña en mantener la prudencia. «Cuidado, Sara. Recuerda lo que pasó el otro día, recuerda cómo acabaste la noche». «A la mierda la prudencia».

—Sí, claro —contesta procurando mantener un tono medio, como el que utilizaría con un conocido al que hace tiempo que no ve pero con el que no tiene la más mínima intención de iniciar un romance.

«¡Bien!», exclama Luis en silencio, levantando la cabeza hacia el techo, con los ojos cerrados y el puño libre apretado.

La perrita levanta sus diminutas orejas peludas.

—¿Conoces el Palacio de los Córdova?

—No, es la primera vez que vengo a Granada, pero no te preocupes, que lo encuentro sin problemas.

—Está al final del paseo de los Tristes, al inicio de la cuesta del Chapiz. No tiene pérdida. —Sara hace una pausa y mira por la ventana antes de continuar—. Es un rincón muy tranquilo en el que suelo refugiarme para pensar. Ayer mismo estuve un buen rato. —Respira hondo—. ¿Quedamos allí en una hora?

Luis siente el corazón otra vez rebotando violentamente contra el pecho. Sara se pasa un mechón de pelo por los labios.

—Hecho.

—Genial. Prometo no beber más vino. —Ambos ríen—. Hasta luego.

—Hasta luego.

Cuando cuelgan, Sara suspira y se deja caer en el sofá. En ese momento sólo quiere dejarse llevar por la alegría que siente en su corazón. Sabe que la euforia no durará mucho rato, que regresarán las dudas, los pensamientos insidiosos, los recuerdos dolorosos. Pero ahora se siente ella misma, Sara, una chica de veinticuatro años que merece disfrutar de su juventud, que merece sentir cosquillas en el estómago y la excitación previa al encuentro con un chico que está colado por ella. No hay otro motivo tan claro que explique el viaje que ha hecho, y le gusta, le gusta saberse el centro de las prioridades de alguien, que ese alguien ponga patas arriba su propia vida sólo por ir a su encuentro.

Sara sabe que eso que ahora le emociona, que la hace sentir como la noche en que, trabajando en el cámping, flirteó con el chico asustado que había conocido mientras esperaba a que la lavadora le devolviera su ropa, eso mismo dentro de un rato probablemente le aterrará y le hará refugiarse, pero no quiere pensarlo, no ahora, así que se levanta del sofá con el firme propósito de dejar a Luis temblando cuando la vea.

Unas calles más allá Luis salta de alegría sin moverse de la silla. Por fin va a verse con Sara a la luz del día, cara a cara, sin obstáculos, sin excesos de alcohol que nublen la mente y los sentimientos, sin más alteración en las pulsaciones que la que provoque el reencuentro con la mujer que lo ha vuelto loco, nada que ver con la desesperación de verse perseguido por un clan de fanáticos perros rabiosos… Aunque también sienta una punzada de miedo. No quiere pensar en el después, pero no puede evitarlo, y el miedo a un rechazo definitivo está ahí.

Mira a la perrita, que continúa tumbada.

—Sara quiere verme —le anuncia—. Hemos quedado en el Palacio de los… de los… Mierda, estaba tan emocionado que no me he quedado con el nombre.

—De los Córdova —lo socorre la mujer, que ha vuelto al comedor después de haber entrado en la cocina a vaciar el recogedor.

—¡Eso es! —La perrita se incorpora de un salto, vuelve a ladrar y agita frenéticamente el sucedáneo de cola—. Muchas gracias.

—No hay de qué. Es un sitio muy bonito, a la falda de la Alhambra. Seguro que la cita va muy bien.

La mujer ríe abiertamente. Luis le devuelve la sonrisa mientras se levanta, y antes de emprender la subida a la habitación con el propósito de prepararse para el encuentro, se acerca a Nala para acariciar su frondoso pelaje lanudo. La perrita adivina sus intenciones y, encantada de recibir atenciones, se tumba boca arriba para gozar del masaje.

Continuará…

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Un pensamiento en “Centrifugando recuerdos (XXIII)

  1. Reblogueó esto en la recachay comentado:

    El capítulo 23 de ‘Centrifugando recuerdos’ es el de la conversación telefónica entre Sara y Luis. Nerviosos, inseguros, ilusionados…, emocionados como adolescentes, deciden darse la oportunidad de volver a verse, pero ese reencuentro será materia para el siguiente episodio…

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