La consigna


Cierta raza extraterrestre sufrió el colapso de su civilización luego de que un fenómeno geológico provocara que la rotación de su planeta se detuviera. Eventualmente, el núcleo colapsó y el campo magnético del planeta desapareció. Las tecnologías de comunicación se volvieron obsoletas y la población cayó en el pánico y la anarquía.

Luego del caos llegó la mortandad. Las corrientes marinas de aquel planeta dependían de su rotación. Sin corrientes, el  agua del mar empezó a estancarse. Los gases y los microorganismos, propios del proceso de putrefacción de la fauna y flora marinas, provocaron la muerte de la mayor parte de los habitantes. La reina tenía un cuerpo especial que, en situaciones de estrés, podía exudar un líquido nutritivo. Con dicha sustancia alimentó a sus mejores científicos para aumentar su resistencia e inteligencia. Los científicos tenían la misión de desarrollar una forma de perpetuar el legado de su raza.

Poco después de que la reina muriera, el último científico vivo ideó una forma de resolver el problema. Logró sintetizar el exudado de la reina para fabricarlo y usarlo en él. Gracias a esto aumentó enormemente su esperanza de vida. Usando esa vida extendida, y los recursos restantes de su planeta, desarrolló un método para condensar la información genética de su raza y contenerla dentro de pseudobacterias. Sin embargo, las pseudobacterias necesitaban de ciertas condiciones para poder generar insectoides viables.

Una vez que el científico perfeccionó la técnica de las pseudobacterias, insertó en ellas no solo información genética sino también conocimiento. Avances científicos, la historia del decadente planeta, datos culturales y todo lo necesario para que, al prosperar los nuevos seres, pudieran revivir el legado de su extinta civilización. Luego de preparar todo lo necesario, el científico usó los últimos recursos que le quedaban para construir una nave que lo mantuviera en animación suspendida mientras recorría el universo en búsqueda de un planeta adecuado para que las pseudobacterias prosperen.

Muchos años pasaron y la nave del científico insectoide por fin logró identificar un planeta viable. La nave inició el proceso de reanimación de su único tripulante. El planeta detectado por la computadora de la nave era uno conocido como La Tierra. El planeta era ideal, puesto que contenía una atmósfera compatible con la raza insectoide, además de tener habitantes con las características biológicas necesarias para contener a las pseudobacterias.

Las pseudobacterias eran, en realidad, contenedores sin vida. Debido a que en esa raza la reina era la única hembra, la reproducción del científico era imposible. Además estaba por quedarse sin suministros del líquido nutritivo que le permitía seguir viviendo. Pese a todo, esos inconvenientes estaban dentro de sus astutas predicciones.

Al aterrizar en el planeta Tierra, el científico empezó un viaje de reconocimento. Con la información obtenida definió el lugar óptimo para liberar a las pseudobacterias. El lugar definido fue una fuente de agua cerca de un poblado pequeño. El científico tomó la caja que las contenía  y las liberó en el agua. Con el tiempo detectó algunas infecciones exitosas entre los pobladores.

Una vez logradas las infecciones, el científico dedicó su tiempo a monitorear cuidadosamente a sus especímenes. Logró demostrar su más grande teoría, las pseudobacterias podían usar como alimento las ondas alfa emitidas por los seres humanos. La energía obtenida serviría para activar la parte de las pseudobacterias encargadas del almacenamiento de información. Para lograr que las pseudobacterias se convirtieran en huevecillos viables de la raza insectoide, necesitaban exponerse a un tipo de onda alfa especial que los seres humanos solo pueden emitir al momento de morir. Al científico insectoide no le convenía matar pronto a los infectados, puesto que mientras más tiempo estuvieran expuestas a las ondas alfa, más información podría recuperarse de las pseudobacterias.

Cuando uno de los infectados moría, el científico esperaba un tiempo prudencial y exhumaba el cadáver para retirar los huevecillos viables. Finalmente, los huevecillos eran tratados para extraer los datos y, luego, eran almacenados por el científico para su posterior eclosión.

Eventualmente el científico murió. Pero logró almacenar suficientes huevecillos como para hacer posible la restauración de su raza. La programación de la nave fue diseñada para incubar de forma optimizada cada huevecillo. Además, la nave tenía la instrucción de insertar la información de la historia de su raza y cultura a cada nuevo insectoide que lograra eclosionar. Gracias a esta información tendrían clara su consigna final: eliminar a la raza humana y apoderarse del planeta.

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10 pensamientos en “La consigna

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