Estrellas fugaces


Todavía recuerdo el primer lugar al que viajé.

Era un lugar alegre al sur del globo terráqueo, en donde la naturaleza cubría cada esquina con su amistoso color verde. Pude allí observar la vida cotidiana de las ramas, oteando un poco de amor para luego así abrazar entre ellas la coincidencia añorada. También observé el vetusto conocimiento de los troncos de aquellas ramas, impartiendo clases a las fastuosas hojas y aconsejando a todo animal e insecto que lo necesitase.

Durante todo ese tiempo dormí con sueños, recogiendo cada pieza de brizna en mi alegría onírica, bajo una burbuja que me protegía.

Desafortunadamente, no todos los viajes son así.

Hubo una vez en la que fui enviada a una zona desértica, vilipendiada por el ego. Allí no pude observar a la madre tierra, pues todo fue contaminado por el poder, corrompiendo a aquellas joyas de sílice, infravalorándolas, marchitándolas; convirtiéndolas en minúsculas gotas de desprecio entre ellas —y en una misma.

Era un lugar donde pude observar cómo, mediante vuestros ambages, insinuáis quimeras en los ignorantes involuntarios; los cuales, raídos por los sueños, se arrodillan ante vosotros, ofreciéndoos su inefable ayuda.

Es por esto que decidimos mostrarnos mayoritariamente ante la naturaleza —siempre hay alguna ingenua—, ya que sus deseos son puros y desinteresados. Y cuando lo anhelado es pedido por el alma, disfrutamos del periplo, acercándonos cada vez más a nuestro hogar: la tierna infancia.

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