Centrifugando recuerdos (XXV)


Foto: Benjamín Recacha

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Luis vuelve a estar tan nervioso que no cree ser capaz de articular palabra. Lo está más que la noche en el bar del cámping, cuando ella le acarició deliberadamente la mano al entregarle la jarra de cerveza, más que cuando casi le rozó el hombro con el pecho y que cuando le sonrió como hacía tanto tiempo que nadie le sonreía. Está seguro de que esa estampa que tiene ante sí se reproducirá una y otra vez en su mente cuando esté solo. El delicioso vestido amarillo que tapa lo justo para que su imaginación vuele y que contrasta con la piel morena que cubre. «¿Cómo debe ser acariciarla?» El corazón de Luis galopa. Los pies vestidos con unas bonitas sandalias rojas, a juego con las uñas; las piernas largas y fibrosas, como el cuello, que también emerge largo, más ahora que Sara se ha recogido el pelo en una larga cola de caballo, dejando al descubierto unas orejas coquetas que lucen largos pendientes de aro. «Qué alta es», parece descubrir en ese instante, en el que él se siente empequeñecido, intimidado por la belleza de esa mujer que le sonríe desde unos labios tan rojos como la sangre que a él le circula desbocada por las venas.

Sara se coge las manos y se frota la recién pintada uña del pulgar izquierdo con la yema del pulgar derecho. Está tan nerviosa como él. Otras veces se muerde la parte interior de los labios, pero en esta ocasión ha conseguido controlar un impulso poco compatible con una sonrisa mínimamente natural. Enseguida se da cuenta del efecto que su presencia causa en Luis y eso le hace sentir que controla la situación, así que se tranquiliza un poco.

—Hola, Luis. Veo que ya conoces a Miguel. Es toda una institución en el Albayzín.

El anciano estalla en una sonora carcajada al escuchar las palabras de Sara.

—Déjate de instituciones y ven a darme un abrazo. —La muchacha obedece encantada—. Cómo me alegra oír esa voz. Hacía mucho, demasiao, que no venías a verme. Es una pena que yo no pueda verte a ti. el privilegio es pa este muchacho.

En ese momento aparece Tizón para frotarse con parsimonia, con el abdomen arqueado y la cola en alto, contra las suaves piernas de Sara.

—¡Eh! —exclama, divertida. A lo que el gato responde con un maullido de placer.

—Sabe muy bien lo que hace —señala Miguel mientras recibe a la joven con los brazos abiertos.

«Quién fuera gato», se escucha pensar Luis, sin poder apartar la mirada de ella.

—¿Cómo está usté? Yo lo veo tan bien como siempre.

—Bueno, los años van pesando, pero no me quejo.

—¿Y no debería dejar ya de fumar? A su edá

La carcajada de Miguel interrumpe a Sara, a quien mientras habla con el anciano se le escapan miradas fugaces hacia Luis, que sigue ahí plantado acumulando información visual que recordar después.

—A mi edá dice. Ay, hija, ¿tú crees que tiene sentío preocuparse por eso a estas alturas?

Hace una pausa para soltar una larga bocanada de humo, que Sara aprovecha para acariciar a Tizón. Luis no puede (quiere) evitar fijarse en su escote cuando ella se agacha, y casi se le escapa un sonoro «¡Dios!» al darse cuenta de que no lleva sujetador. La joven caza la mirada indiscreta y al tiempo que sonríe para sí nota el calor en las mejillas. Luis carraspea y, en la peor interpretación de la historia, se pone a rebuscar en el bolsito, como si se le hubiera perdido algo.

—No he estao enfermo en la vida. Ni un resfriao…, que yo recuerde, claro. Porque de niño pasamos muchas penurias, tú ya lo sabes, que no es la primera vez que te cuento mis batallitas. —Vuelve a reír—. Los viejos es lo que tenemos, que en cuanto alguien se nos pone a tiro, no lo dejamos escapar.

Sara, sonriente y algo aturullada por saberse admirada y, aunque no quiera pensar en ello, no aún, también deseada, más seguramente lo segundo que lo primero, toma la mano libre de Miguel entre las suyas.

—A mí me encanta escucharle, y me alegro mucho de verlo tan alegre.

—Sí, hija. El mundo ya es lo bastante triste como pa contribuir a que lo sea más.

Sin abandonar la sonrisa se gira hacia Luis, que permanece al margen, tratando de recuperar la compostura.

—Te dejo encargao del mayor tesoro del Albayzín, así que cuídalo bien. —Da una nueva calada a lo que ya es poco más que una colilla, con los ojos entrecerrados clavados en él. Luis tiene durante un instante la sensación de que el anciano es capaz de explorarle el alma, hasta que éste aparta la mirada vacía y se da media vuelta—. Ea, vámonos, Tizón.

Hombre y gato se alejan parsimoniosos, calle arriba, el humano canturreando y dando golpecitos con el bastón en esa acera de la que conoce cada baldosa, y el animal bailando con elegancia felina al ritmo del cascabel.

Sara y Luis se quedan mirando a la pareja, hasta que se hace evidente que alguno de los dos tendrá que tomar la iniciativa. Y es ella quien da el paso. Tras un pequeño suspiro, se gira hacia Luis, que juguetea con la hebilla del bolso, y lo mira a los ojos.

—Pues ya estamos solos.

Les separan un par de metros en los que el aire es algún grado más sofocante. Esa es la sensación que tiene Luis, que nota la camiseta pegada contra la espalda, empapada de nuevo en sudor. Se fija entonces en los hombros bronceados y brillantes de Sara; no es inmune al empeño del sol y también suda. Una imagen aparece como un fogonazo en su mente: los cuerpos desnudos y sudorosos de ambos, piel contra piel. Dura sólo una fracción de segundo, lo suficiente para aumentar su nerviosismo. Cierra los ojos y toma aire, procurando no llamar la atención.

—¿Qué te pasa? —le pregunta ella, exhibiendo una dulce sonrisa inocente. Ella, el “tesoro del Albayzín”, quien le ha robado el sentido común, del que nunca ha andado demasiado sobrado, llevándolo a actuar como un bobo sin voluntad. «Qué más me gustaría a mí que cuidar de este tesoro», responde mentalmente al anciano, y acto seguido se imagina soltando los tirantes del vestido…

—Nada —responde él, con una voz tan ridícula que la hace reír. Luis carraspea—. Es este calor, que me está exprimiendo. —Y en un arranque de genialidad, añade—: Si ya de normal tengo el cerebro bastante atrofiado, aquí se me ha acabado de derretir.

Remata la declaración con una mueca que pretende ser simpática y, de hecho, Sara sonríe, «por lástima, ríe porque doy pena», concluye el muchacho.

—¿Quieres que entremos en los jardines?

Sin esperar respuesta, Sara se dirige hacia el portal y Luis la sigue obediente, centrando su atención ahora en las sandalias, las piernas, y, sobre todo, en el bamboleo del vestido, que baila al ritmo de las caderas. Enseguida su cerebro le regala otra tórrida imagen en la que tiene las manos firmemente agarradas a sus nalgas, así que hace entrada al recinto del Palacio de los Córdova bufando sonoramente y meneando la cabeza. «Te tienes que controlar un poco, que ya hace suficiente calor como para que te caldees por tu cuenta».

Sara se detiene.

—¿De verdad que te encuentras bien? —pregunta, a la sombra de un ciprés.

«No. Me estoy poniendo malo de tenerte tan cerca y que exista la posibilidad de que vuelvas a desaparecer». Eso es lo que piensa, pero su parte racional todavía consigue, a duras penas, imponerse.

—Sí, no te preocupes —responde—. Acabaré acostumbrándome al calor —añade, adornándose con una sonrisa demasiado sonriente.

Sara le sostiene la mirada durante un par de segundos, lo suficiente para confirmar que lo tiene a su merced y que si no tiembla es porque, a cuarenta grados como están, sería motivo para llevarlo a urgencias. Vuelve a sentirse como aquella noche en el cámping, tentada de flirtear, de saberse la causa del descontrol de él… «Y luego, qué. ¿Volverás a huir cuando el juego ya no te haga tanta gracia?» La voz insidiosa sigue ahí, agazapada esperando el momento oportuno para saltar sobre su conciencia, pero Sara no está dispuesta a escucharla, así que se gira hacia la Alhambra, cuya silueta domina el escenario unos metros por encima del recinto en el que se encuentran, al otro lado del río Darro.

—No recuerdo cuál fue la primera vez que vine aquí expresamente —empieza a explicar mientras los dedos de su mano izquierda juguetean con una ramita del ciprés—. Lo que sí recuerdo es la sensación de calma. No sé el motivo, porque mira que hay rincones mágicos en Granada. Supongo que el estar a los pies de la Alhambra, en un rincón apartado, pero el caso es que empecé a frecuentarlo cada vez que necesitaba pensar… que ha sido bastante a menudo —añade casi en un susurro.

Luis se mantiene a la expectativa. Una parte de él desearía abrazarla e invitarla a compartir el beso que quedó pendiente, pero la otra, la prudente, le dice que espere, que la deje hablar y no haga nada que pueda ahuyentarla.

Sara mira a la Alhambra, ya en silencio. Sus dedos siguen entretenidos con el árbol, mientras con la otra mano se recorre la larga coleta sobre el hombro.

—Es muy bonito —concede Luis, por fin decidido a interactuar sin parecer un memo—. Y además hay sombra, cosa que se agradece —remata con una sonrisa, más natural que la de antes.

Sara se gira, de regreso de su viaje exprés por la memoria, y también sonríe.

—¿Te das cuenta de que es la primera vez que nos vemos de día?

Luis reflexiona un instante, y entonces se le dibuja la imagen de una chica sentada junto a una lavadora reacia a devolverle la ropa.

—En realidad, no. La primera vez yo iba cargado con un montón de ropa sucia y tú te lo estabas pasando pipa charlando con una lavadora.

Sara ríe y se lleva las manos a la cara.

—¡Oh, sí! Qué vergüenza pasé, creíste que te había llamado gilipollas. —Los dos ríen—. Estarás de acuerdo en que lo mejor es borrar aquel momento…

Se quedan mirándose. Los ojos de él no saben disimular. Los de ella captan el mensaje, pero por el momento prefiere hacerse la despistada, así que aparta la vista, reemprende la marcha, y cambia de tema.

—¿Qué te ha parecido Miguel? Es todo un personaje. Aquí lo queremos mucho.

«Miguel. Ya ni me acordaba de él. Qué poco me importa ahora mismo ese hombre».

—Sí, ya me he dado cuenta —concede, esperando que Sara no decida convertir al anciano en el centro de la charla.

—Lo pasó tan mal que cuesta creer que siga vivo.

Sara camina ahora junto a una larga piscina ornamental, y Luis a su lado, pensando en la manera de reconducir la conversación.

—Su padre fue un conocido militante socialista durante la Segunda República, así que te puedes imaginar que cuando el golpe de estado franquista fue uno de los represaliados. Aquí no hubo guerra. Los fascistas tuvieron éxito desde el primer momento y la represión fue brutal. El padre de Miguel, como Lorca, como tantos otros, simplemente desapareció. Todos sabían que los habían matado, pero nadie se atrevía a preguntar.

Luis escucha atento. Ni loco se le ocurriría interrumpirla, aunque sus expectativas previas respecto al encuentro estuvieran muy lejos de remontarse ochenta años atrás. «¿Por qué me cuentas esto? Yo lo que quiero es que hablemos sobre nosotros».

—La madre de Miguel sufrió toda clase de humillaciones por ser la mujer de un “rojo traidor”, aunque el mayor castigo que pudieron infligirle fue el no revelarle jamás qué hicieron con él.

Sara se detiene al borde del agua y observa los guijarros que cubren el fondo, a muy poca profundidad. Entonces suelta la ramita que se ha llevado del ciprés, con la que seguía jugueteando, que cae amortiguada sobre la superficie y se queda ahí flotando, dejándose llevar.

—Luis era un niño. Tenía una hermana más pequeña. —“Hermana”, la palabra tabú, la que se le clava en el corazón cada vez que la pronuncia, que la oye, que la piensa. También ahora le duele, pero aprieta el puño y continúa—. Así que su madre tuvo que sacarlos adelante a los dos, sin nada, porque se lo quitaron todo.

—Me ha explicado cómo empezó a fumar —aporta Luis, consciente de que el camino que debe desembocar en la charla que él ansía y ella parece evitar, no tiene atajos.

—Le has debido caer bien. —Sara levanta la vista y lo mira—. No creas que elige a la ligera el brazo en el que apoyarse. —Vuelve a sonreír y Luis nota cómo un escalofrío le acaricia la columna—. ¿Y te ha contado cómo se quedó ciego?

—No le ha dado tiempo…

—Es igual, es una historia demasiado indignante. —La muchacha se da media vuelta y se dirige resuelta hacia otro punto del jardín—. Hablemos de cosas más agradables.

—De tu vestido, por ejemplo —se atreve a sugerir él, de pie aún junto al agua, donde la “balsa” de ciprés en miniatura ha empezado a moverse empujada por una levísima ráfaga de viento.

Sara se detiene y se gira, coqueta, sonriendo complacida. Se coge la cola de caballo y se la lleva a la barbilla, sólo un momento, porque enseguida vuelve a darle la espalda a su admirador. Éste, alentado por lo que interpreta como reacción positiva a su sugerencia, se recrea las pupilas con el acentuado movimiento de caderas con el que ella le obsequia.

Continuará…

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