Centrifugando recuerdos (XXVIII)


Centrifugando recuerdos

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Cuando Tere abre la puerta se encuentra con la mano de Sara sosteniendo una llave huérfana de cerradura. Tras la sorpresa inicial, las dos ríen, algo nerviosas, pero enseguida se hace un silencio incómodo, como si cada una tuviera en mente algo de lo que prefiriese no hablar en ese momento (o en ningún otro), pero temiese ser descubierta.

Tere se debate entre la atracción y el dolor de tenerla tan cerca y, sin embargo, tan inalcanzable. Pero quiere huir de eso, necesita poner distancia. En ese momento no quiere ser la amiga incondicional, confidente y consejera. No quiere ser el hombro sobre el que llorar ni la sonrisa siempre dispuesta. Eso es lo que se dice.

Sara, empapada, nota cómo el frío le sube desde los pies mojados, a la vez que le desciende por la espalda. Está confusa, una vez más, y se siente frágil. Su cuerpo, que sólo unos minutos antes vibraba espléndido, ahora lo nota encogido, necesitado de refugio. Pero no quiere alarmar a su amiga. Un escalofrío le recorre la columna e instintivamente se protege con los brazos.

—Vas a pillar una pulmonía —reacciona Tere.

Sara la mira con expresión culpable, como lo haría una adolescente pillada in fraganti por su madre, y entonces se da cuenta de que algo no anda bien en esos ojos siempre risueños.

—¿Te pasa algo? Haces mala cara.

A Tere la pregunta la pilla por sorpresa. Normalmente es ella la que se preocupa por su amiga. Intenta disimular con una sonrisa forzada.

—Pues no sé, será por el curro. Estamos un poco estresaos en el hospital…

—Ya imagino —asiente Sara. quien, por fin, accede al piso. Tere se hace a un lado para dejarla pasar, sin soltar la puerta. Cuando ha avanzado un par de metros por el pasillo se detiene y se da la vuelta—. ¿Esperas a alguien más o es que vas a salir?

Tere duda. No le apetece nada una conversación que no sabe en qué puede desembocar, pero por otro lado, y aunque no quiera admitirlo, estar cerca de Sara es lo que más desea en el mundo.

Se sostienen la mirada un segundo, hasta que en Tere se impone la amiga, o puede que la silente enamorada, así que cierra la puerta y los ojos, toma aire y, despacio, la sigue hasta el comedor. «Eres su mejor amiga, su hermana… Te necesita. Siempre lo ha hecho y siempre lo hará. No puedes fallarle», se repite mientras arrastra los pies, descalzos después de dejar las sandalias en el recibidor.

A Sara vuelven a asaltarla los miedos. Rememora su cita bajo la lluvia. Agradable y excitante. Pero la sensación de que no controlaba la situación la inquieta. Agradable y excitante, sí. Pero no puede ser, porque aquello que se escapa a su control acaba dañándola.

A ratos consigue rebelarse y someter a ese yo odioso que le impide vivir. Sólo a ratos.

—Vete a la ducha y ponte algo seco de una vez. Mientras prepararé algo para comer.

Sara se detiene y gira la cabeza, y aunque Tere ve que sus ojos la miran, en realidad no la enfocan a ella, sino a algo, a alguien, que no se encuentra en la sala. Alguien con quien un rato antes se estaba besando y dejándose abrazar. Y entonces cae en la cuenta de que algo sucede. «¿Por qué ha vuelto sola? ¿Qué ha pasado después del beso?», se pregunta, al tiempo que nota cómo en su interior crecen paralelos sentimientos encontrados: la preocupación porque hayan vuelto a hacer daño a su amiga, y el alivio rastrero de saberla de nuevo para sí. El privilegio de consolarla le pertenece sólo a ella, y eso le produce una satisfacción inconfesable.

Sara avanza hacia el baño. Recuerda su compromiso con Luis, y le agobia pensar en volver a salir. Siente sus caricias de nuevo; su lengua cálida y ansiosa. Ella también lo estaba, ansiosa. Pero aquello ahora le parece más un sueño que una experiencia vivida. El viento, la lluvia rabiosa, el rugido de la tormenta. «¿Realmente ha pasado?», se pregunta absurdamente, parada a la entrada del baño. Ella misma es la respuesta, reforzada por las huellas que van dejando en el suelo sus pies mojados.

En su camino hacia la cocina, Tere pasa a su lado. Ese halo de fragilidad que desprende le despierta las ganas de abrazarla, pero consigue reprimirse. Aprieta los puños y sigue adelante.

—Te he hecho caso.

Tere se detiene justo antes de entrar en la cocina y se gira despacio. No quiere saberlo. Ya lo sabe, pero no quiere que Sara le relate lo maravilloso que ha sido magrearse bajo la tormenta con ese príncipe azul de estar por casa. Y no quiere volver a escuchar lo desgraciada que es su amiga, incapaz de disfrutar el momento, incapaz de deshacerse de los fantasmas que la acosan, condenada a vivir lastrada por el recuerdo… No quiere hacerlo y, sin embargo, se esfuerza por poner su expresión más dulce, ésa que sólo conoce Sara, y escuchar con toda la atención.

—Leí tu nota y fue como si de repente todo fuera a salir bien.

Sara está apoyada en el marco de la puerta, con la cabeza hacia atrás y la mirada clavada en un punto indeterminado de la pared, junto a la entrada de la cocina. Por un momento la desvía para encontrarse con los dulces y comprensivos ojos de su amiga del alma.

—Muchas gracias por el desayuno. Eres la mejor.

Tere sonríe. Está nerviosa, como no recuerda haberlo estado antes en presencia de Sara. Nunca antes le había costado tanto contener sus sentimientos hacia ella. Carraspea.

—Oh, eso. No ha sío ná —balbucea.

La mirada de Sara vuelve a perderse, ahora en el interior de la cocina.

—Lo llamé. Estaba contenta, me sentía atractiva, segura. —Vuelve a mirar a Tere, que se muerde los labios— ¿Te lo puedes creer? Yo me sentía segura. Yo. —Sonríe con tintes amargos y desvía de nuevo la vista—. Me puse mi vestido favorito y me pinté los labios. Ya sabes lo poco que suelo hacerlo. Ni me acuerdo de cuál fue la última vez…

Tere sí se acuerda. Fue la tarde que aquel gilipollas le rompió el corazón. Entonces aún no era consciente de que la amistad entre ambas para ella era un premio de consolación. «¿Qué te pasa, Tere? ¿Por qué sales con ésas ahora? ¿Por qué esta mañana deseabas que lo de ese chico fuera bien y ahora estás tan desquiciada?», se pregunta a sí misma, mientras escucha un relato del que ya conoce el final.

—Está colado por mí, y eso en el fondo me gusta. Por un rato me he sentido muy especial, como si yo fuera lo más importante del mundo. Tenía derecho a estar a gusto, a no pensar en nada más que en mí misma.

Suspira. Lleva un rato hablando, desahogándose con su amiga, la única persona a la que puede contar sus neuras, la única a la que se las contaría, y Tere escucha y asiente, mientras en su interior se libra la batalla entre la amiga incondicional y la mujer que sabe que sus sentimientos jamás serán correspondidos. Eso le duele, cada vez más.

—Pero conforme nos acercábamos aquí la Sara de siempre reclamaba su espacio. Otra vez el miedo, la inseguridad, el recuerdo… Y no sé qué hacer. Hemos quedado esta tarde —A Tere le cambia la cara. La nueva información la toma por sorpresa, y de repente la batalla interna se recrudece. Sara se da cuenta del cambio y la mira extrañada—, pero no sé, esto no puede salir bien… ¿Qué te pasa?

Tere se sobresalta ante la pregunta directa. Una parte de su cerebro le pide que le cante las cuarenta por ser tan egoísta, por estar siempre dando la vara con sus problemas existenciales, como si fuera la única persona en el mundo que carga con tragedias a las espaldas… por no darse cuenta de lo que siente por ella… por no ser lesbiana…

Pero la sensatez aún logra imponerse y a fuerza de morderse la lengua y los labios salva la situación. Un hilillo de líquido caliente de sabor metálico se mezcla con la saliva, y con la lengua palpa el punto donde se acaba de arrancar un trozo de carne. La punzada de dolor le devuelve la lucidez.

—Nada, ya te he dicho que las cosas en el hospital no andan bien.

Tere nota cómo esos ojos verdes que no la abandonan ni en sueños buscan la respuesta en sus pupilas, pero antes de revelarle la verdad aparta la vista y se lleva la mano a la boca para tapar la tos más falsa de la historia.

—Bueno, ahora sí que voy a preparar algo para comer, que me voy a desmayar de hambre. —Entra en la cocina sintiendo que la sigue la mirada extrañada de Sara—. Va, espabila con la ducha —le exhorta, sin girar la cabeza. «Ha tenido que estar dos meses fuera para que te dieras cuenta de todo lo que llevabas escondido ahí dentro», concluye mentalmente mientras abre la nevera.

Sara sigue en el mismo sitio, otra vez con la cabeza echada hacia atrás, hasta donde le deja el marco de la puerta. El extraño comportamiento de Tere le ha hecho perder el hilo de lo que quería decir. «¿Qué leches le pasa? Se supone que la paranoica soy yo». Finalmente, se incorpora y entra en el baño. Deja caer el vestido mojado, corre la cortina y se mete en la bañera.

—Ah, ya me acuerdo de lo que quería decirte.

Tere se queda inmóvil, con un tomate en la mano izquierda y un cuchillo en la derecha, y aguanta la respiración.

—He decidido que mañana me voy a La Alpujarra, con Merche.

Lo siguiente que Tere oye es el sonido de las arandelas de la cortina de la bañera recorriendo la barra que las aguanta, y el agua de la ducha.

Continuará…

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