Salto etéreo


«Salto etéreo», por Crissanta.

Tú y yo estábamos mirando algo que los ojos no pueden ver. Mirábamos como miran los soldados el campo de combate, cuando se preparan para una misión y ante sí ven un escenario aún inexistente de bombas y metralla, y en su cabeza planean una estrategia para esquivarlas. Mirábamos como mira una gimnasta cuando tiene enfrente la plataforma donde realizará sus acrobacias y, aunque no ha realizado todavía ningún salto, ya lo ve todo, ya sabe el impulso y los giros que hará en el aire, y ya siente la expectativa mezclada con miedo que significa realizarlos.

Así, yo miraba con expectativa mezclada con miedo el salto que daría… que daríamos ambos.

Yo estaba recargado contra un muro, en el borde de un precipicio. Y no alcanzaba a ver nada en el vacío, pero anticipaba lo que sucedería y trazaba un plan para enfrentarlo, el nuevo reto. Y sonreía con expectativa mezclada con miedo, con audacia y con un poco de alegría.

Sentí tu presencia a mi costado derecho, a cinco grados detrás de mí. Te sentía más temerosa que expectante, más enfadada que decidida, todavía mostrando resistencia al futuro que yo me bebía de antemano.

Volteé a mirarte y me sorprendí de tu aspecto.

—Qué ojos más oscuros y bellos. Y te queda bien esa boca roja. —Acaricié con delicadeza tu barbilla para lograr que tu mirada subiera desde el piso hasta mis ojos.

—Tus ojos me recuerdan a las estrellas.

Sonreí, conmovido.

—Míralos bien. Grábatelos.

Y yo mismo traté de memorizar cada pliegue, cada pestaña, cada línea que enmarcaba tus ojos antiguos y rasgados.

—No tienes que hacer esto —te dije.

Un breve silencio.

Voy a hacer esto.

La resolución con que dijiste esa frase apaciguó mis dudas. Te abracé. Oh, dulzura. Y dejaste de temblar desde aquel momento.

Traté de llenarte de consejos. Quedaba poco tiempo para el momento de separarnos.

—No recordarás mucho.

—Entiendo. Ya me lo has dicho.

—No comprenderás el tiempo. No comprenderás los relojes.

—¿Qué son los relojes?

—Bien.

Yo empezaba a sentir un llamado imperioso y una bruma de vapor frío se dejó venir hacia mí. Mi expectativa y miedo aumentaron en varios grados. Aún me volví a mirarte.

—Parece que es mi turno. Tú espera a que llamen tu nombre.

—¿Qué es un nombre?

—Bien —Sonreí.

Me devolviste la sonrisa a través de la bruma.

Me giré y miré hacia abajo. Y en el precipicio pude ver todo lo que me esperaba. Vi el tiempo dispuesto sin segundos ni años ni horas: completo en sí mismo, terminado. Así fue que yo supe todo lo que pasaría. Yo acepté todo lo que pasaría. Pero luego los recuerdos serían puestos muy debajo para que no me fuera fácil encontrarlos, porque la prueba es dura y si uno la recordara nunca la querría.

Pero yo la quería. Un sollozo me partió mientras aún sonreía. Oí mi nombre (¿cuál nombre?, ¿qué es un nombre?). Y salté.

***

Mi mano estaba tendida hacia una puerta blanca entreabierta. Corrí para empujarla. Una niña acababa de cruzarla y yo quería alcanzarla. Pero la niña no me vio y la cerró de golpe en mi mano.

Dolor. Mi dedito pulgar aprisionado. Dolor. Ese es mi primer recuerdo.

Alguien puso una mano en mi hombro. Me giré para ver a quien me había tocado y me sorprendí mucho al no ver un par de ojos negros y rasgados. Era mi maestra de kínder, de ojos claros y redondos. Tomó mi mano, miró mi dedito y me consoló. Yo lloraba de dolor, pero pensaba en la niña. Ella volvió cuando la maestra la llamó para reprenderla. La miré. No sé por qué yo esperaba que sus ojos fueran negros y rasgados. Y no lo eran.

Hasta la fecha, no sé muy bien por qué me llaman tanto la atención los ojos oscuros y rasgados.

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21 pensamientos en “Salto etéreo

    • Muchas gracias, Yuruán. La verdad​ es que no hay muchas entradas literarias mías, debería escribir más aquí en Salto, procuraré hacerlo. Los ojos dicen muchas cosas y también traen recuerdos, quizás de otras vidas… ¡Saludos!

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  1. Pingback: ¡Gracias por participar en «Etéreo»! | SALTO AL REVERSO

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