Nubes de cemento y cristal


En los vestigios de la edad medieval, los grandes y sabios nobles andaban bajo la búsqueda de leales y valerosos guerreros que concibieran su destino como la protección del feudo.

Sabían que la condición humana guardaba en su interior ego y capciosos cimientos, mas, como animales en peligro de extinción, decidieron fiarse de ellos. Además,  sabían que la confianza debe comenzar en uno mismo, el resto evolucionaría bajo la tutela del tiempo. Y, como todo horizonte temporal, tuvo un principio.

Y así comenzó una época plagada de horizontes de buen presagio, fama y honra para aquellos que sucumbieron a dichas quimeras y acataron órdenes sin preguntar ni dudar. Ni siquiera pensaban en las consecuencias o en el acto en sí, pues se hallaban embelesados por los elogios y enamorados de un futuro reacio al contacto.

Los nobles observaron con un estupor agradable cómo sus siervos obedecían mudamente lo que se les mandaba y, a pesar de barruntar sobre lo humano de sus guerreros, no se percataron de que ellos mismos contaban con retazos de un telar cada vez más enmarañado de ego y su pensamiento.

Quisieron más, y sus adeptos se adentraron junto a ellos en la ciénaga de recelos, desconfianza y deshumanidad.

Comenzaron las insurgencias, los engaños. El miedo nubló el país.

A pesar de la esperanza, un noble malvado consumó el ambiente e impuso uno más bondadoso en apariencia.

Con la ayuda de una infame bruja, creó un ejército de valerosos guerreros cuyos orígenes procedían de aquellas gotas vitales que de bebé lloró y que formaban parte de su ser de adulto.

Eran parte de él, y como tal, no necesitaba mandarlos. No existía humanidad en ellos, únicamente sus orígenes lo eran. No poseían capacidad de pensar, solamente ojeaban los pensamientos. No vivían, eran la excepción que confirmaba la regla.

Así fue cómo el mundo se sumió en un lugar en el que se otorgaba lealtad hacia uno mismo, sin conocerse ni conocer a nadie más que a aquel oasis que empañó sus pupilas.

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