Centrifugando recuerdos (XXXVI)


Circo de Pineta - Cascada del Cinca

Foto: Benjamín Recacha

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Después de quedárselo mirando durante unos segundos, como si fuera un objeto extraño que acabara de descubrir, Luis enciende el cigarrillo. Desde hace unas semanas fuma menos, pero no se ha planteado dejarlo. Suelta una bocanada de humo y observa cómo se diluye en su camino hacia el cielo. Le gusta saborear esos cigarrillos que fuma sin prisa, sin la urgencia que provoca la falta de nicotina en el organismo.

Está sentado en una roca, a medio camino en su ascenso hacia la cascada. Quizás meterse veneno en los pulmones a dos mil metros de altura no sea la manera más saludable de hacer un descanso después de dos horas de dura ruta. Luis lo sabe, pero le apetecía ese cigarrillo, aunque le acabe provocando un repentino ataque de tos.

—Mierda —maldice.

Apaga el pitillo contra la roca y lo mete en la bolsa que lleva para los residuos. Antes no se fijaba tanto, pero ahora no soporta encontrarse colillas, papelitos y envoltorios diversos tirados en medio de la naturaleza, así que desde hace un tiempo procura que la única señal que quede a su paso sean las huellas de sus botas.

Saca la cantimplora de la mochila y le da un generoso trago para aplacar la sed y la tos.

Mira alrededor. Le parece mentira que esos contrastes entre montañas, bosques, rocas, ríos, cascadas, heleros, flores, cielo y nubes sean reales. Saca la cámara de fotos de la funda. Aún no ha renunciado a ella. Le parece que hacer fotos con el móvil es menos auténtico, aunque el resultado para un fotógrafo ocasional como él sea más o menos igual de malo. Encuadra por aquí y por allá, pero no se decide a apretar el botón; tiene la sensación de que cualquier foto que haga se quedará a años luz de reflejar la grandiosidad del espectáculo que está presenciando en directo.

Hace un año estuvo en el mismo sitio. Recuerda su estado de ánimo de entonces y le parece mentira, como si aquel tipo derrotado fuera el personaje de una de esas películas insoportables. Ahora afronta la vida de otra manera y ha renunciado a pasar cuentas con el pasado, o eso al menos es lo que se dice a sí mismo. Mientras contempla la inmensidad del escenario en el que se encuentra, que aunque no sea nuevo para él desborda sus sentidos como si fuera la primera vez que lo admira, vuelve a pensar en Sara. Una cuenta pendiente que no logra superar, por mucho que quiera aparentar lo contrario.

Resopla y se incorpora. Continuar castigando las piernas le ayudará a despejar la mente. Levanta la vista hacia la cascada y se encuentra con el estrecho y empinado sendero serpenteante que garabatea la ladera de la montaña y que, muy arriba y muy lejos aún, desemboca en la blanca cola de caballo. Y pese a estar tan lejos, hace rato que oye el rugido de las aguas salvajes derramándose hacia el vacío.

Se cuelga la mochila, agarra el bastón, y reemprende la marcha por el caminito de tierra y piedra suelta. Los saltamontes se apartan de las peligrosas botas con brincos imprecisos, las mariposas revolotean aquí y allá, las moscas y los abejorros zumban de flor en flor, de vez en cuando se oye el graznido indolente de las chovas y los cuervos, y conforme gana altura se propagan los penetrantes silbidos de alerta de las marmotas.

Hace calor. Salió temprano para evitar exponerse demasiado al sol implacable, que ahora, apenas las diez, ya calienta toda la montaña. A la altura que se encuentra no quedan árboles a cuya sombra refugiarse. Luis tiene la espalda empapada y los chorreones de sudor le caen por la cara y el cuello. Está tentado de quitarse la gorra, pero es la única barrera que impide que el sol le achicharre la cabeza, así que se la deja puesta.

La gran cascada ya está cerca. Mientras la mira, una brisa ligera arrastra minúsculas gotas de agua que escapan de los dominios de su estruendosa madre. Luis recibe la caricia húmeda con placer y afronta animado los últimos repechos de la excursión.

Por fin ha llegado. De pie sobre una roca, la cascada aparece ante él en toda su magnitud. El espectáculo, visual y sonoro, lo deja sin palabras. No vale la pena buscarlas. Ante semejante belleza salvaje sólo cabe sentir. Pese a que el sol calienta implacable, el agua en suspensión que despide la violencia de la cascada en su salto al vacío y al chocar contra las rocas refresca el ambiente hasta el punto de poner la piel de gallina. Luis no está seguro cuánto hay en ello de reacción al contraste de temperaturas y cuánto de respuesta al impresionante espectáculo.

Abajo, junto a la laguna donde las aguas recién vertidas se toman un descanso, los excursionistas más madrugadores reponen fuerzas. Hay cuatro, todos con manga larga. «Vamos allá», resuelve Luis, al tiempo que guarda la cámara con la que ha tomado algunas fotos sin conseguir atrapar la cascada en toda su longitud.

Retoma el sendero que, zigzagueante, desciende hacia la parte accesible al pie del enorme salto de agua. Un par de minutos después, en pleno descenso, el sudor ya se le ha secado y empieza a tener frío. Sin embargo, decide no recurrir a la sudadera hasta llegar abajo.

Ya está. Se descuelga la mochila y la deja sobre una roca. Casi todo el paraje aparece empapado. Él vuelve a estarlo, pero esta vez por culpa del agua que salpica. Es casi como si estuviera lloviendo. Luis no puede apartar la vista de la cascada. El ruido es estruendoso pero, sin embargo, no molesta. Por fin abre la mochila y recupera la sudadera.

Un par de montañeros emprenden el camino de regreso.

—Hola, buenos días —se saludan.

Junto a la laguna ya sólo queda un chico con un perro que juega a entrar y salir del agua helada, y un poco más arriba, sentada sobre una roca de cara a la cascada, una mujer que, acurrucada, se protege del frío y la humedad con una chaqueta y su capucha.

Luis busca un rincón que le sirva de parapeto y se sienta a tomar un bocado. Poco después el chico y el perro se marchan. Antes de tomar el sendero, el perro, de alguna de esas preciosas razas de pastor, se acerca a olfatearlo y Luis lo acaricia.

—Es un chafardero, pero buen tipo —resume el dueño.

—Es precioso —contesta Luis. Ambos sonríen.

—Hasta luego —se despiden.

Desde su posición, Luis domina parte del camino por el que ha transitado. A lo lejos aparecen pequeños grupos de hormiguitas que van ascendiendo. En un rato le harán compañía. Vuelve a mirar a la mujer de la capucha. Sigue ahí, inmóvil. «Debe estar empapándose», concluye extrañado.

Después de comerse un pedazo de fuet con pan, un buen trozo de queso y un melocotón, decide acercarse a la cascada para hacerle más fotos. La roca donde su vecina parece que se haya quedado dormida es un buen sitio.

Se encarama a la gran piedra de superficie plana y lo recibe una ráfaga gélida de las gotas de agua que despide la cascada al chocar contra la laguna. Está ahí mismo, a unos pocos metros, y la fuerza que transmite hace pensar a Luis que va a perder el equilibrio, así que se agacha y apunta con la cámara en cuclillas.

—Es increíble, ¿verdad?

La voz llega con dificultad a los oídos de Luis. La joven está ahí mismo, pero el ruido ensordecedor del agua se impone a cualquier otro sonido. Gira la cabeza hacia ella, y al principio no puede creer lo que ve. «No, no puede ser. Me está engañando el subconsciente».

Ella sigue mirando a la cascada, y sin esperar respuesta, retoma la palabra:

—No imaginaba que un espectáculo así fuera posible. He perdido la noción del tiempo, es como si me hubiera quedado hipnotizada.

Entonces, atraída por una fuerza invisible, superior al magnetismo de la cascada, gira el cuello hacia el recién llegado, y se queda con la boca abierta. Los dos se miran perplejos.

—Luis… —murmura ella, pero él sólo ve el leve movimiento de los labios.

—¿Sara? —pregunta, incapaz de procesar todavía que semejante maravillosa casualidad se haya materializado ante sus ojos.

La sonrisa radiante de ella es toda la respuesta que necesita, y él también ríe.

—¿Cuándo llegaste? —pregunta Luis.

—¿Al cámping? Anteayer. ¿Y tú?

—Ayer, pero no lo entiendo…

—¿El qué?

—Oye, ¿por qué no vamos a un sitio algo más seco y menos ruidoso? Me estoy congelando y me cuesta escucharte.

Sara asiente sin perder la sonrisa. Luis baja primero y le ofrece la mano, pero ella la ignora.

—¿Crees que necesito ayuda? —pregunta burlona tras poner pie a tierra.

Luis siente la sangre correrle en las venas con la misma fuerza que las aguas bravas que vierte la cascada y se abren camino, rugientes, hacia el valle. El reencuentro con Sara le resulta deliciosamente increíble. Le gustaría abrazarla, pero es todo tan raro que teme hacer algo que pueda estropearlo antes de empezar.

Sara no puede dejar de sonreír. Está feliz porque su loca propuesta se ha hecho realidad, y está segura de que algo aún más improbable tendría que suceder para que las cosas vayan mal.

—¿Qué es lo que no entiendes? —pregunta, ya instalados en el rincón resguardado de la “lluvia” donde Luis había dejado la mochila.

Están sentados uno al lado del otro, con la mochila en medio. Antes de contestar, a Luis se le amplía la sonrisa porque ya no hay duda de que están los dos ahí, juntos otra vez, o juntos por fin. «Si después de este tiempo, y teniendo en cuenta cómo nos despedimos, volvemos a estar aquí, es que nada puede salir mal».

Sara siente el impulso de apartar la mochila y besar esos labios que empiezan a recuperar el color bajo el sol, pero se contiene.

—¿Me lo vas a contar o qué? —insiste.

—Daba por hecho que volverías a trabajar en el cámping. En tu mensaje no concretabas nada, así que ni se me pasó por la cabeza otra posibilidad. Podríamos haber venido en fechas diferentes y nunca habríamos coincidido.

—Pero estamos aquí, ¿verdad?

Sara se quita por fin la capucha y se desabrocha la chaqueta impermeable. Luis no puede apartar la mirada. La encuentra más irresistible que nunca. Sus ojos han perdido la tristeza y transmiten la serenidad de quien ha aprendido a aceptar sus errores y convivir con su pasado.

—Cuando llegué esperaba encontrarte en el bar, tras la barra, o saliendo de la cocina. No imaginas el chasco que me llevé cuando el dueño del cámping me dijo que no sabía nada de ti.

—¿Vicente? Qué majo es. La verdad es que no me ha visto aún. Reconozco que me da bastante vergüenza, por cómo me fui, pero también tendré que afrontar esa prueba.

Muy despacio, Sara agarra la mochila, la cambia de lado y se acerca a Luis, quien, casi temblando, y no es de frío, por fin se atreve a buscar la mano de ella y entrelazar los dedos, como aquella noche bajo la luna.

—Esto es de locos.

Los dos ríen.

—Desde el primer día, ¿no crees? —añade Sara.

—¿Cómo sabías que vendría?

—No lo sabía —responde Sara en un susurro, al tiempo que apoya la cabeza en el pecho de él.

—Ya te digo: de locos.

—¿Sabes una cosa?

—Dime.

—En este tiempo he aprendido algo. He tenido una buena profesora, la mejor. Tú también la conoces. —La mente de Luis recupera automáticamente la imagen de aquella gitana imponente que le desnudó el alma—. He aprendido a creer en la magia.

—No te burles de mí —responde a las risas de ella mientras le acaricia el pelo.

—No me burlo, de verdad. ¿Tú no crees en la magia? ¿Qué otra cosa podría explicar que nos hayamos reencontrado justo en este lugar tan mágico?

—¿Y qué pasaría si huyera? ¿Vendrías a buscarme?

Sara se incorpora y toma la mano izquierda de Luis, con la palma hacia arriba.

—Mmmm, déjame ver…

Luis ríe con ganas.

—Las líneas no mienten. Definitivamente, no vas a huir a ninguna parte sin mí.

Y ahora sí, Sara se lanza a por esos labios que ya han recuperado el color.

FIN

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3 pensamientos en “Centrifugando recuerdos (XXXVI)

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