Dos veces uno


De repente todo le pareció tan familiar: el dolor en los hombros, el ardor en las muñecas, el olor a orín y polvo. Quiso hablar, pero la cinta americana le impedía hacerlo. Tenía cubiertos los ojos y sentía la textura de una tela burda y tiesa en sus dedos. Tampoco podía mover las piernas, estaba atada de los pies. Todo le resultaba en un recuerdo; no como un dèjá vu que ofrece el beneficio de la duda, sino como algo ya vivido, algo que había estado oculto en su memoria y regresaba en ese momento. Quiso abrir la boca de manera que la cinta se despegara, pero fue en vano; tenía varias capas que se lo impidieron. Intentaba jalar más aire, sentía una de sus fosas nasales tapada. El terror le acometió cuando escuchó una voz. Esa voz que odiaba porque tenía el control sobre ella y no por mandato, sino por intimidación.

     —¡Tranquila, hija de la chingada…! Enderézate, ándale, así —dijo la voz al tiempo que la sujetaba por los hombros doloridos y le quitaba los mechones de cabello de la cara. Ella tenía pánico de volver a sentir sus manos como la vez anterior por lo que dobló su tronco lo más que pudo, intentando protegerse.

     Todo había vuelto casi a la normalidad después de esos infernales veintisiete días. Volvió a salir con sus amigas, regresó a su trabajo en la oficina, no pudo seguir con su novio por el rechazo de él después de que ella le contara los pormenores de su ausencia. Ese terrible recuerdo se iba diluyendo a pesar de todo. Nadie le preguntaba nada y eso le ayudaba mucho.

     —¡Que te endereces, carajo! ¡¿Qué no entiendes?! —rugió la voz mientras le levantaba la cabeza tirando de los cabellos.

     Iba con Yuse, su mejor amiga, al nuevo centro comercial, solo a recorrer las tiendas de ropa y tal vez a arreglarse el pelo en la estética de Valentino.

    —¿Y si comemos algo antes de ir con Valentino, Fer? —dijo Yuse.

    —No sé. Ya es un poco tarde, pero dicen que no es bueno que te corten el pelo después de comer —replicó ella, abriendo los ojos en gesto de cómico horror.

     Rieron juntas. Yuse manejaba y se alegraba de que la avenida principal estuviera despejada. Pisó el acelerador un poco más. Antes de tomar el paso a desnivel para acceder al centro comercial, un vehículo les cerró el paso, colocándose frente a el coche de Yuse y disminuyendo la velocidad.

     —¡Idiota! —gritó Yuse.

     —¡Muévete, muévete! —exclamaba Fer, sospechando que algo ocurriría. De inmediato enmudeció cuando vio que del vehículo bajaron tres hombres con armas en mano. Se quedó de una pieza, bloqueada. La bajaron a jalones del coche. «¿Estaba pasando otra vez o era una pesadilla recurrente?», pensó Fer.

     No supo qué había pasado con Yuse. En el vehículo iba agachada, custodiada por los flancos por dos de los hombres. Uno de ellos le clavaba el arma entre las costillas y un seno, mientras con el brazo recargaba todo su peso en la espalda. En un paraje de la carretera federal a Cuernavaca —ella reconoció el lugar—, el auto se detuvo. Fer comenzó a temblar de manera incontrolable. La amarraron de pies y manos, le cubrieron los ojos y la metieron a la cajuela del automóvil. Siguieron su marcha. No tenía noción del tiempo. Sintió que se detenían. Abrieron la cajuela y la sacaron de ahí. Comenzó a gritar lo más fuerte que pudo, pidiendo ayuda; recibió un par de golpes que la dejaron sin sentido.

     Ahora estaba otra vez en la misma situación, como en aquellos veintisiete días. No era un recuerdo emergente ni una pesadilla recurrente. Quiso jalar aire, pero la mordaza se lo impedía. Se quebró en llanto cuando escuchó a la voz decir:

    —Esta vez pediremos el doble de rescate.

     Después de callar los gritos nasales con un golpe, el secuestrador comenzó la negociación por teléfono.

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