El árbol y su desierto


Érase una vez un árbol cansado en un paisaje nostálgico y soleado.

Un árbol con experiencias bélicas palpables en la corteza que tuvo y en la que aún lo acompaña.

El éxodo a ciudades no solo afectó a pueblos habitados por personas, sino también a su pequeño valle en aquel alto, centenario, rocoso y aparentemente estático escenario.

Mientras mataba las horas conversando con los pocos hierbajos cascarrabias que aún permanecían allí, arraigados a sus costumbres campesinas, recordaba con añoro y nostalgia su pasado exuberante.

Anhelaba la vida en la que se movía antes de que ésta muriese. Suspiraba cada vez que cerraba los ojos. “¿Por qué mi savia no me deja irme?, ¿por qué soy el único que sigue en pie?”, imploraba al cielo, para luego mirar compungido a la tierra.

Recuerda cómo llegó hasta ese vetusto valle. Fue después de una oscura y desoladora guerra donde él peleó con sus ramas agresivas y, antaño, caóticamente mortales. Una batalla en la que el ostracismo venció a la libertad de expresión pues a partir de ese momento los humanos gobernarían la tierra mientras ellos, junto al resto de la naturaleza y de los animales, cabizbajos, lucharían por existir.

Aquello no lo echaba de menos, mas no se rindió y luchó por ser feliz de nuevo. Por eso caminó y caminó hasta que conoció a ese hogareño y apacible valle, en donde encontró al amor de su vida, una pequeña flor llamada margarita. Ella le enseñó a sentir el mundo y a verlo con los ojos cerrados, le mostró que, a pesar del destierro sufrido, uno puede ser feliz si quiere serlo.  Aún recuerda la primera vez que su savia se tornó dulce e hizo brotar hojas de miles de colores y olores provocadas por los momentos compartidos con su amada margarita. Efímeros destellos que se marcharon junto con cada latido final de su querida.

Echaba de menos su vida, una vida que huyó en el instante en que la soledad llamó a su puerta para así convertirse en estatua impasible ante el tiempo y sus esperanzas.

Decepcionado ante su propia postura, desafió al sol sabiendo que iba a perder. Le miró fijamente, dio las gracias, esposó una sonrisa sincera a su tronco y su cuerpo se disipó, convirtiéndose en polvo para así nunca más sentirse solo.

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