El hastío condensado


Los techos han ennegrecido del hastío condensado del ambiente, un vapor negruzco acumulándose en los ángulos de las paredes, contra las esquinas y detrás de las estanterías, un recordatorio del pésimo presente, de Foscolo y Leopardi sin filigranas, aburrido y lóbrego, solemne como el romanticismo pero sin la fe en épocas de gloria. Irrelevante, inapelable e inevitable, crujiente como los muelles de la butaca en la salita, donde al abuelo se le resquebrajan la piel y la lengua, por donde escapan los recuerdos y las palabras inconexas, siempre te querré, Federica. La abuela le seca el sudor de la frente con un pañuelo de tela en verano y le acerca la butaca a la ventana de la salita, aunque el aire no entra y se consume y se sofoca con el vapor que respiran. Luego llora porque no se llama Federica y se seca las lágrimas con el mismo pañuelo blanco, pensando que quizá sí se llama Federica porque la anciana que la observa desde el espejo no puede ser la muchacha que aparece en las fotos metidas en la caja de galletas dentro de la cómoda.

En la casa de abajo, en la ventana de la cocina, el hombre espera a la mujer y al hijo con el cigarro en los pulmones y el coñac en el hígado y un guiso en la mesa que se enfría. Al hombre la rutina lo aplasta, lo estampa contra el suelo poco a poco, lo aprisiona y lo atenaza, lo encarcela en un submundo paralelo en el que siente las sonrisas como las sentiría un ciego, un pozo en el que araña las piedras musgosas con la misma esperanza del gorrión atrapado entre las fauces del gato. El hombre cree que se lo merece, que es lo justo, que así es la vida y la vida pasa con sus años y sus meses y sus días, no piensa en ataúdes ni en lombrices, pero imagina personas y lugares que nunca conocerá. Aun así se resigna, cree que se lo merece, que es lo justo, que así es la vida y no piensa que lo mismo pensaba el abuelo antes de que fuera la edad y no la rutina la que lo aplastara, lo estampara contra el suelo poco a poco, lo aprisionara y lo atenazara, lo encarcelara en un submundo paralelo en el que no existen las sonrisas. Se dice que no está solo, que su mujer y su hijo lo quieren y que los tendrá ahí y al mismo tiempo imagina los nudos que le haría a la soga sobre la viga en la buharda. Mientras, todo apesta a café y a papel de periódico sobre un hule lleno de migas, a asfalto y a tráfico, a monotonía, al ruido de los zapatos exhaustos sobre las aceras repletas de colillas, a la chispa del mechero quemando sus bronquios, a tos y a radiografía en el hospital, a vapor negruzco condensándose en el techo del comedor y extendiendo sus tentáculos para absorberlo igual que va devorando todas las noches el aire que aspiran.

La mujer se asfixia cada vez que mete la llave en la cerradura, está harta de guisos enfriados, de ronquidos y de vueltas en la cama, de insomnios y lumbagos, de arrugas como testigos de que la vida pasa con sus años y sus meses y sus días y le gustaría tanto estar en otro lugar. Está harta de envejecer y no sabe de otra forma de remediarlo que evitar mirar demasiado el vapor negruzco y marcharse, coger la puerta y largarse a tomar viento, olvidar y ser olvidada, aun por las malas. Cuando vuelven del colegio pasan por el puente sobre el río y siempre se detienen a mirar a los patos, a las garzas y a los pececitos que nadan contracorriente. En ocasiones, una gaviota perdida planea sobre el torrente antes de dar la vuelta y volver a la sal. En esas ocasiones, la mujer observa el ave con las pupilas rebosantes, con la sonrisa en la cara, hasta que el niño le tira del brazo y se pierden en las calles como la gaviota en el mar y la alegría en la corriente entre los pececitos.

El niño no conoce otra cosa que las sonrisas y es incapaz de alzar la vista hacia el hastío condensado en el techo de la casa. No podrá verlo hasta que no tenga ocho años y su madre se haya marchado con muchos gritos espontáneos y una maleta preparada. Después ya no podrá ver otra cosa, hasta que se vaya desportillando en una butaca en la salita, se le vayan marchitando las manos de pianista y el vapor le vaya cerrando los párpados hasta que no haya más sonrisas que la de su propia calavera.

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