Los amantes (I)


“Madre, por qué no pude ver tu rostro, llevabas esa tela blanca sobre tu cuerpo húmedo”.

Nunca te vi, pero quería besarte. Quedamos de vernos en una habitación tan desoladora como la esperanza de encontrarnos; habías solicitado algunas condiciones y acepté sin meditar su significado. Tanto tú como yo llevaríamos ropa casual, la habitación elegida debía contener los mismos colores de nuestros gustos y, antes de entrar, sabríamos inmediatamente cuál fue la elegida, habría afuera un mueble con dos paños mojados, ya estilados.

Primero debías llegar tú para cerciorarte de las condiciones establecidas y, luego, un minuto o un segundo podría aparecer en la entrada a la habitación. Sin embargo, ni tú ni yo sabíamos que habría un tercero participando. Más bien, tú lo sabías porque tomaste mi mano apenas sentí ruidos y condujiste hacia tu espalda.

Podía sentir el olor de un fresco y sus grandes trazos iniciando la forma general de una obra, mientras tú buscabas mi boca y yo trataba de verte por la cuadrícula húmeda de la tela, tus imprecisiones hacían esbozar sonrisas al Maestro.

Nos escribíamos profusamente los últimos meses, deletreaba tu nombre suavemente e imaginaba tus ojos, mientras las letras iban construyendo tu figura.

Rizados cabellos.

Espléndido mentón.

Grandes ojos.

Increíble nariz.

Naturalmente suave.

Amada mía.

Sin embargo, tus cartas eran de un delicado romanticismo. Sugerentes cuadros surrealistas de dos personas amándose más allá de su propio tiempo, tan desconocidos como quienes pudiesen leer o, como ahora, eventualmente nos podrían admirar bajo las silenciosas órdenes de un artista al cual llamaste solamente por la inicial de su nombre, monsieur R.

Anhelaba escuchar mi nombre entre esos paños, o que susurraras un deseo básico e instintivo. Pero esa historia estaba en tu mente, yo por ti completaba esa escena sin entender mi rol, mi presencia, mi protagonismo. Y, sin darme cuenta, eras la antagonista; y, el señor R, un complejo creador, distractor, manipulador de tus pensamientos y, finalmente, de mí.

Durante ese instante fuimos marionetas de un loco, de un revolucionario de la imagen, y que proponía al testigo de sus obras en incómodas suposiciones sobre todo, cuando en verdad era nada más que un cuadro de una intimidad deliberadamente empañada por su presencia y eso solo debería afectarnos a nosotros. Después de ese día ni una carta tuya llegó a casa, ni siquiera correspondencia al lugar de trabajo, nada, como ese cuadro, nada.

Continuará…

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