Payasos


—Mi madre tenía una colección de payasos de porcelana. Los tenía en unas repisas de cristal en la sala de estar. Nunca pude permanecer en la sala si no había luz en la habitación: por alguna razón infantil, creía que los payasos cobraban vida y se movían en la oscuridad. Se lo comenté a mi madre; me prohibió las historietas y supervisaba lo que veía en la televisión.

»Fue en una tarde lluviosa, mientras jugaba en la sala de estar con bloques de Lego, cuando hubo una falla en la energía eléctrica y toda la colonia quedó a oscuras. Corrí a la ventana a correr las persianas para que entrara lo último de la luz del día. Mientras me apuraba a la tarea de iluminar un poco la sala de estar, escuché un tintineo y quedé paralizado; no quería darme vuelta, pero mis ojos contemplaban como la oscuridad avanzaba; los cerré, apreté fuerte los párpados. El silencio gobernaba la habitación, ni siquiera se escuchaba mi respiración, incluso cuando escuché un ruido parecido al que hace una botella que se bambolea antes de caer, contuve el aliento. No quería voltear. Con mis manos sudorosas apretaba con fuerza el cordón de las persianas e hice una inspiración rápida cuando oí el sonido de las piezas de Lego revolverse. No pude más. Solté el cordón, abrí los ojos y me di vuelta. Lo que vi a continuación me puso la carne de gallina: una silueta apenas delineada como la de una rata que se yergue sobre sus patas traseras cuando se siente amenazada y, lo más espeluznante, la sonrisa socarrona y fulgurante de un payaso.

»Quise correr, pero no me movía del lugar a pesar de que mis piernas se alternaban para tocar el suelo, tal y como lo hace un jugador de fútbol americano en un entrenamiento. Salté al sofá por instinto. Tomé uno de los pesados cojines con relleno de pluma de ganso y lo aventé en dirección a la figura del payaso, erré con mi improvisado proyectil y tomé otro cojín. Hice lo mismo, pero este sí cayó con todo su peso haciendo añicos al maldito payaso. Los pedazos de porcelana se deslizaron por el piso, revolviéndose con los legos. Mi alma no volvió al cuerpo porque pude distinguir otras tres siluetas oscuras que venían hacia mí con todo y sus sonrisas fulgurantes y diabólicas. Solo me quedaba un cojín, tenía que ser un lanzamiento perfecto, como los de Fernando Valenzuela. Entonces vi que la distancia entre los payasos era mayor que el tamaño del cojín. Se me ocurrió lanzarlo como lo hacía con mi disco Invasor —ahora lo llaman frisbee—, así que salté del sofá y tomé el cojín con las dos manos, cobré impulso y lo lancé al ras del suelo contra los payasos, me fui de espaldas contra el sofá por la inercia y miré como el cojín impactaba a los payasos contra la pared y los hacía trizas. Toda una chuza. Cuando creí que el mal rato había pasado y que había sido todo lo valiente para luchar y acabar con esas diabólicas figuras de porcelana, se restableció la energía eléctrica, justo en el momento en que mi mamá entraba a la sala de estar y contemplaba su costosa colección de payasos hecha añicos.

»No hubo argumento convincente en el universo para evitar que me tundiera esa noche, además del castigo que se prolongó varias semanas: nada de historietas, nada de televisión, nada de juegos en el patio ni legos. Fue aburrido estar en cama todo ese tiempo.

»Desde entonces le tengo pánico a los payasos, doctor.

—Entiendo.

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