El sillón de papá


Eso parecía nomás. Un sillón viejo. Un sillón viejo y feo. Eso era lo que pensaba Santiago de él. Eso era lo que pensaría cualquier persona normal de él. Pero no José; ese era su sillón favorito. Sobre él su madre lo había dado a luz, sobre él había besado por primera vez a su difunta esposa, Guillermina, y sobre él había escuchado a Uruguay campeón en el 50’. Ese sillón era su vida.

Santiago admiraba a José con una vehemencia casi ritualista. Esto siempre había sido así, pero la devoción de Santiago por su padre había crecido aún más con la muerte de su madre, Guillermina. En casa nadie hablaba del tema, José nunca la nombraba y Santiago no se animaba a preguntar. De lo que sí se hablaba era del sillón.

— Santiago, no podés comer arriba del sillón; lo llegas a ensuciar y te juro que te mato —le repetía José dos o tres veces por día, aunque Santiago no estuviera comiendo.

El niño detestaba ese mueble más que nada en el mundo. Ese sillón era la competencia por la atención de su padre, era el amor que Santiago necesitaba. No es que José no quisiera a su hijo, pero sus ojos no se perdían y su mente no divagaba como lo hacía con el sillón. Ese sillón era su vida.

Santiago pasaba mucho tiempo solo porque su padre había tomado más horas en el liceo. Salía temprano de la escuela y volvía caminando derechito a casa, se sentaba y hacía los deberes. Bien como le habían enseñado sus maestros para no distraerse, manito con manito, piecito con piecito, y a trabajar. Demoraba cada ejercicio de matemática lo más que podía porque sabía que una vez que terminara estaría solo del todo, por varias horas, con ese maldito sillón mirándolo. Burlándose de él.

Un día no aguantó más. Llegó de la escuela, sin deberes, y se sentó mirando al sillón. Una hora. Dos. Lo analizaba. ¿Qué era lo que tenía el sillón que no tenía él? Y caía la primera lágrima, y la manito buscaba la tijera en la cartuchera. Dos, tres, cuatro, veinte, caían las lágrimas. Cinco, seis, siete, ochenta, llovían las puñaladas sobre el sillón. Atacaba, golpeaba al monstruo con todo lo que tenía con su tijera, con su puño, con sus mocos.

De pronto frenó. El sillón ya no estaba, ahora solamente había una masa de algodón y tela mojada encima de cuatro patas.

Santiago empezó a calmarse, sintió que lo que había hecho estaba bien y que su padre lo entendería, seguro que lo entendería. Él era su hijo.

Cuando José llegó y vio el sillón y a Santiago, no dijo ni una palabra. Miró a su hijo y bajó al sótano. Subió con dos cuerdas, y empezó a atar a Santiago. Manito con manito; piecito con piecito. Ambos permanecían callados. Luego José entró a la cocina y salió con el cuchillo grande, al que Santiago siempre le había dado tanto miedo.

José terminó al cabo de dos horas. Al otro día mandaría a arreglar todo el sillón menos el tapizado. Él ya tenía el tapizado. Manito con manito, piecito con piecito.

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