Marianita


Muy de mañana iría a la central de abastos, rompería la dieta con unos tacos del «Súper campeón», compraría la materia prima para preparar los pastelillos de la cafetería y volvería a casa antes de las ocho de la mañana.

Para entrar a casa, mañana, saltaría la cerca, después dejaría las bolsas de las compras en la mesa del patio e intentaría trepar el árbol gigante de tamarindo como lo hacía en su infancia. Hacía tanto tiempo desde la última vez que intentó subir, así que dudaba si después del primer salto tendría la fuerza y el valor de llegar hasta la copa.

Esa duda la invadió y creció dentro de ella. Comenzó a experimentar el nudo en la garganta que siente el desesperanzado. Poco a poco todos los planes para mañana desaparecieron. Sabía que al día siguiente otra vez sería lo mismo: esperar a que Octavio regrese con las compras, esperar a que doña Cleo haga los panqueques y pasteles y ver, desde su habitación, a todos corriendo con insumos y vajillas para abrir a tiempo el negocio familiar.

Mamá llegó a arroparla, abrazarla y darle la bendición de las buenas noches. Al cerrar la puerta le recomendó, como siempre, agradecer a Dios antes de dormir.

Marianita, como todas las noches, rezaba y prometía a su dios los más puros pensamientos y las más bellas acciones a cambio de volver a caminar uno o todos los días de su vida.

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3 pensamientos en “Marianita

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