El influjo de las drogas en el arte


Yo tenía que preguntarle algo, pero quiso hablar del influjo de las drogas en el arte y hasta qué punto Pollock o hasta qué punto Rotko. Habíamos cenado ya y estábamos muy alegres. Estábamos densos. Llevábamos carrerilla. Tenía que preguntarle una cosa, aunque quise hablar del influjo de las drogas en la literatura en particular y hasta qué punto Hesse o hasta qué punto Joyce. Hasta qué punto Pemán, dijo. Nos reímos mucho, pero yo tenía que preguntarle algo, lo que fuera. Estábamos riéndonos y me puse a liarme otro. Saqué los enseres. Empezó a hacerme un cartón.

Hasta qué punto Pemán, dice. Alzad las drogas, hijos del yon-quiés-pa-ñol, que vuelve a destruir(se). Me reí un poco más al oírle cantar. Habíamos cenado ya. Habíamos preparado una pasta buenísima con una salsa de atún y tomate y todavía me quedaba el regusto del plato en el paladar después de cada eructo inesperado. Habría que investigar eso, dijo. Sí, le contesté sin pensar demasiado en lo que había dicho, porque ya no tenía tanta gracia. Yo seguía recordando el sabor de la pasta, que ahora me parecía mucho más interesante.

Qué tenía que decirle yo. Era algo sobre… El cartón, toma, con acordeón y todo, dijo. Vale, le contesté sin pensar demasiado en lo que había dicho porque tampoco me importaba demasiado. Se puso a escribir en una servilleta y su cuello fue deslizándose hacia abajo, acompañando a la espalda que se iba encorvando poco a poco, hasta que acabó con la cabeza pegada a la mesa y escribiendo, con la vista en una tangente inclinada sobre el papel. Cada vez escribo más raro, pero, así, visto en diagonal, parece la letra de las cartas de mi bisabuelo, decía mientras escribía palabras inconexas, decía mientras yo terminaba de preparar el papel y empezaba con el jamón cocido. Para cocidos, nosotros, tuve que pensar.

Tuve que pensar. La obligación de. En cuándo volvería a gozármela tanto con un plato de pasta y si me daría tiempo antes de que. Antes de que la muerte. En la muerte y en lo que se deja atrás. En cómo viene de esa forma tan repentina y se va en el mismo instante y en si existe la muerte o es una alucinación colectiva. Me gusta esta letra que hago, decía mientras yo grindaba. Me viene a la cabeza la palabra “expeditiva”, pero también el siglo veinte. Estoy como firmando todo el rato talones. En la muerte todo el rato talones, no, en la muerte todo el rato, eso es lo que pensaba yo mientras decía que todo el rato talones. Las divagaciones esquizofrénicas me saltaban de un lado a otro sin que pudiera recordar cómo había empezado a pensar en la muerte y en la muerte y en la muerte. En la tontería que era y en las mil formas estúpidas en las que llegaba.

Confundo la servilleta con la mesa, decía. Deja de rayar la mesa, decía. Qué tenía que decirle era en lo que debería haber estado pensando, pero la muerte y las cien formas de morir era lo único que podía abarcar mi cerebro mientras mezclaba el tabaco con dos dedos (índice y pulgar impregnados). No me jodas la casa, cabrón, decía yo, mientras arrancaba a repetirme que Pollock, tronado sin remedio, y a añadir si sin las drogas Kubrick o si sin las drogas Kerouac. Kerouac no sin las drogas, evidentemente, se contestaba automáticamente. Puse todo en el papel y lo alineé con el horizonte unívoco de mi vista para que aquel conjunto de mecanismos pudiese funcionar, aunque la muerte. Concéntrate, coño. ¿Concéntreme? Que me concentre. Imperativo imposible. ¿Subjuntivo? Será.

Esto tiene que parar, decía. Mañana no voy a entender nada de lo que escribo. La muerte me pasó como un ramalazo de algo desconocido por delante de la frente. Un astrágalo perdido. Esto tiene que parar. Lamí la pega y, bueno, la impaciencia. Qué rica estaba la pasta, dije. Esto tiene que parar. Me voy a quedar dormido, dijo. Qué tenía que preguntarle, pero el presagio, pero la muerte. Que si Rotko o que si Breton. Esto tiene que parar. Enciéndete eso ya. En el mismo instante en que recordé que lo que tenía que preguntarle era si habíamos cerrado el gas, encendí el mechero.

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