Mi frasquito azul


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Adoquines en el Viejo San Juan, Puerto Rico, fotografía por melbag123.

Cuando eres muy niño no reconoces los colores. Los ves —por supuesto—, pero no sabes lo que son. Igual pudieras ser un raro caso de daltonismo y te los perderías. Pero cuando los conoces, hay algo en ellos que incita tus emociones y terminas enamorándote de todos o tal vez de uno en particular. Luego alguien te introduce a su universo. «Hay colores primarios, secundarios y muchos más, tantos que a veces no puedes distinguir uno de otro, pero te aseguro que no todos son iguales», me dijo mi hermana mayor un día. Y me enseñó una cartulina que mostraba al amarillo, al rojo y al azul. Desde ese mismo momento me enamoré del azul.

Un domingo de primavera mi mamá me llevó al Viejo San Juan. Allí todo lo importante parecía ser azul, hasta el vestido de cancanes, que ella me había puesto para la ocasión. Caminé por los adoquines azules de la histórica ciudad de su mano. No podía quitar mis ojos del suelo, mirando el contraste de mi color favorito con mis zapatitos blancos. Al llegar al patio del Castillo de San Felipe del Morro, contemplé un cielo límpido, de un azul muy claro y tan alegre como estaba yo aquella mañana.

Solté la mano de mi madre y me eché a correr. Ella, espantada, me vio subir por las nubes para alcanzar aquel azul, que deseaba conservar en un frasquito de perfume que llevaba en mi bolsito de encaje. La escuchaba gritar tras de mí, pero nada me importó. El cielo azul iba a ser mío. Desde lo alto miré hacia abajo y entonces creí que no podía haber nada más bello que el azul del mar, en todas sus tonalidades, desde el azul verdoso hasta el azul marino más profundo. Inicié mi descenso, oyendo a lo lejos las voces de mi madre, pero no podía detenerme. En mi frasquito podía echar al océano y llevarlo a mi casa para siempre. Me hundí varias veces, en distintos puntos, buscando el azul que más me gustara. Me decidí por el azul turquí, de ese modo tendría el color del mar y el de las noches de mi cielo para mí, guardado para siempre en mi saquito de encaje.

Regresé junto a mi madre que estaba muy enojada por mi hazaña. La miré con ojos de ilusión y le pregunté si no era justo tener lo que más amabas en la vida. Su gesto cambió de inmediato, asintió y me abrazó. Cuando llegamos a casa quise enseñar mi azul turquí a mi padre y a mi hermana, pero ella me detuvo. «No abras tu bolsito, mi niña —dijo—. Tu frasquito debe permanecer adentro sin ser perturbado o perderá su color». Ellos estuvieron de acuerdo y guardé mi saquito, en una caja pequeña, en el lugar más apartado de mi armario. Ese día se dibujó en mi memoria como uno de los más felices de mi vida.

Pasaron muchos años y un día buscando alguna cosa, que no recuerdo, encontré la caja con mi bolsito de encaje. Lo tomé en mis manos y podía sentir el frasquito adentro. No sabía si sacarlo, pues recordaba la advertencia que entonces me había hecho mi madre. «Era una chiquilla entonces, ¿qué puede cambiar la ilusión de ese día?», me dije. Abrí el saquito y con sorpresa encontré que el envase guardaba algo semejante a un polvo de un azul turquí en su interior. La curiosidad pudo más y destapé mi tesoro. Como en una película, me vi niña otra vez corriendo sobre los adoquines del Viejo San Juan, recorriendo el firmamento, sumergiéndome y empapándome en el mar turquí, disfrutando de la experiencia como la primera vez.

            Sonriendo, lo cerré. Ahora cada vez que me siento triste, regreso a mi frasquito azul.

 

 

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