El monte del parnaso


Salieron antes de lo que habrían debido para coger el tren en Montparnasse y París estaba hecha del plomo del cielo y de la pizarra Haussmann de los tejados del barrio latino. Seguros de haber dejado todo en orden en el piso de la señora Montesquieu (seguro él, especialmente, de haber recogido todas las hojas que había rellenado con poemas inconexos durante esa semana) y tras haberse despedido de los demás, que ya estarían de camino a la península o a las islas, recorrieron la calle Monge hasta la parada de Cardinal Lemoine, donde cogieron la diez para ir a Odéon, donde cogieron la cuatro para ir a Montparnasse-Bienvenüe. Comieron en la estación un wrap de pollo que sabía a frío y a cinco con treinta y huyeron entre la gente para echarse un cigarro. Ya fuera, a mitad de una bocanada, él se percató de que tenían, justo al lado, una mochila abandonada. Miró a su alrededor, para cerciorarse de que nadie estaba buscándola o con intención de recogerla. “Navarra, mira: una bomba”, le dijo. Ella observó la mochila con los ojos como platos, pero contestó con calma: “¿Tú te crees que, con lo emparanoiados que están aquí con eso, iban a dejar una mochila sospechosa en la puerta de Montparnasse y que nadie se iba a dar cuenta?”. “La costumbre ablanda”, respondió. Permanecieron echándole reojos en silencio de maullidos nerviosos a la mochila azul con asa de cuero sintético y él desvió la vista un momento hacia las escaleras. Bajo la barandilla, en el centro exacto entre ambas bandas de escalones, una clocharda fumaba un gauloise y oteaba a los peatones de entre la maraña de rizos de paja descolorida. Lo miró de improviso y sonrió con los pocos dientes que le quedaban. Él cambió de ángulo y retrocedió a la mochila. “A lo mejor podríamos dar una vuelta y entrar por el otro lado”, propuso ella. “Así no estamos aquí parados”, se excusó él, “Me parece perfecto”.

Se detuvieron en un paso de cebra para ir a cruzar a la otra acera de la avenida Maine porque el semáforo estaba carmesí. “En Londres están que trinan con todo eso. Te decían por todas partes que había que informar de cualquier comportamiento sospechoso que notaras. Cualquier persona que fuera por un parque y viera un bolso dejado en un banco, pum: llamadita de emergencia y aviso de bomba. Yo no sé porqué aquí se lo toman tan a guasa”, “Tampoco es para tanto. Nosotros hemos visto la mochila y tampoco vamos a llamar a los gendarmes”. Era evidente que ella estaba nerviosa. Estaban de obras en la fachada de la estación y los separaban de la bomba las rejas del recinto en el que estaban trabajando, un casetón de metal, una grúa motorizada y varios montones de tubos de metal. Él empezó a imaginar todas las formas de proyectil mortífero que tendría todo aquel menaje si estallaba la bomba. Un tubo en la cabeza podría ser lo más rápido, pero, claro, el riesgo de que lo salvasen y se quedase tocado. Se decidió por el aplastamiento por grúa, aunque tuvo que corregirse y querer pensar que la onda expansiva lo dejaría inconsciente antes de que le cayese encima. La eficacia de la muerte en una ecuación de tiempo y dolor.

“Pordiós, cuánto tarda este semáforo”, “Relájate, Navarra. Ya se pondrá en verde”, pero el monigote seguía rojo como un tomate y sus piernas de esquema humano seguían muy pegadas, sin una ínfima grieta que expresase una posibilidad mínima de movimiento. Fue testigo de un ramalazo de sentido común al pensar que, si había sobrevivido a tanto viaje en avión, podía esperar que la mochila estuviera vacía o que contuviese cosas normales o que, al menos, si no eran normales, que no fueran a reventar por los aires la estación de Montparnasse, media calle Commandant René Mouchotte, a la clocharda inquietante, a los que fumaban y a los que hacían running, a los que almorzaban antes de coger el tren, a la que estaba montándose en la bicicleta para irse a casa, a ella, a él y a la familia de turistas que se acercaba a la esquina con Maine. De todos modos, si alguien, por lo que fuera, quería colocar una bomba en aquella zona, debería haberlo hecho en la fachada principal de la estación, la que daba al bulevar Vaugirard, a la torre del demonio y a la plaza Raoul Dautry, por donde había mucha más afluencia y mucho más tráfico. Todo apuntaba en contra de los explosivos. Todo excepto todo lo demás. Un escalofrío le recorrió el brazo con el que sujetaba el cigarro y tuvo que bajarse la manga de la sudadera. “¿Tienes frío?”, se interesó ella, “Tengo miedo”, se imaginó él que confesaba, sin responder a la pregunta.

Quiso tranquilizarse. El miedo a la muerte era algo tan absurdo. ¿Acaso la muerte existía? ¿No era la interrupción abrupta de la vida, un instante? Ni un instante, era algo que se salía del tiempo, que no duraba. ¿Se le podía tener miedo a algo que no duraba ni tan siquiera un instante? A la agonía, a la parálisis, al miedo, a la vida. A esas cosas, sí, el miedo, el pánico, el temor inconsciente, subconsciente, intersticial. Pero ¿a la muerte? Y, sin embargo, seguía pensando en la mochila azul con asa de cuero sintético que habían colocado, quizá sin querer, delante de la entrada de Montparnasse. Pensó en los trenes que no cogería y en el Dordogne, que nunca vería, el fulgor inerme del pedernal bergeraqués. Pensó que el género humano había deseado el miedo a la muerte, que por eso la había vestido de negro o de blanco, de colores absolutos, la había armado de guadañas y venenos y enfermedades, de caballos de hueso y tambores y calamidades, pero que eso no eran más que armas y monturas y herramientas. Le había dado reinos y ultratumbas, le había generado espacios donde habitar, donde dominar y domeñar, facetas ruinosas y terribles, pero eso no era más que mentiras. Detrás de la túnica encapuchada, detrás de los jirones de tejido grueso, bajo la impronta en el cieno de las pezuñas del carnero y su caballo despiezado, justo al mirar a la oscuridad insondable de la calavera eterna, uno se podía dar cuenta de que era precisamente la insondabilidad de las cuencas vacías lo que aterraba, lo que hacía estremecer los brazos que sujetaban cigarros o preparaban café o agitaban un termómetro. Puestas en una balanza, la ignorancia sobre la muerte pesaba más que el resto de la ignorancia. Podía ser que fuera el resto de la ignorancia lo que conllevara la sobredimensión de la ignorancia sobre la muerte. Se tranquilizó por el momento (por un momento, creyó haberse tranquilizado), miró el semáforo, todavía en rojo, y los coches que circulaban (desafiando a la muerte con su arrogante monotonía), las motos colándose entre los vehículos (desafiando a la muerte con su humilde imprudencia).

Quiso tranquilizarla. “Mira, me queda la pava. Me la fumo y entramos por ahí. Así no damos tanta vuelta, que es tontería”, “No pasa nada”, tiritó ella, “No me importa caminar un poco más”. “Alejarme de la bomba”, debió de pensar. “No pasa nada”, reiteró él, “Enseguida estamos dentro, cogemos el tren y nos vamos”, hizo una pausa, a sabiendas de que, aunque ella aceptase, no había conseguido calmarla, “No te preocupes”, añadió, a sabiendas de que no había conseguido calmarla porque ni él mismo conseguía calmarse. Imaginó que, antes de morir, vería su vida pasar por delante de sus ojos como un tren que no parte y que ya se ha ido.

Una familia de turistas se paró a su lado. “Haz el favor, deja en paz a tu hermana”, “¡Mamá, es que no me quiere dar las gracias!”, “¡Solo porque tú no me lo has pedido por favor!”, “Bueno, ya está bien. Tú, diles algo, que son tus hijos”, “Venga, chicos, que la mamá se enfada”, “Eso, tú imponte”, “¿Qué quieres que le haga? ¿Que les meta un tortazo?”, “Te he pedido solo una cosa, ¿sabes? No hace falta que te pongas así”, “Es que todo el santo viaje igual. Todo el santo viaje igual. Tú, haz esto. Tú, haz lo otro. Ya estoy hasta aquí”, “Bueno, bueno, el señorito se ofende. ¿Quién ha estado todo el santo viaje pendiente de los chiquillos? ¿Eh? A ver, cuéntame, valiente”, “Oye, a callar los dos. Sois peores que los nenes. A ver si me vais a dar la murga también en París, que a saber si es el último viaje que puedo hacer antes de la caja. Chiquitinos, ahora el abuelo os compra un helado, pero solo si dejáis de pelearos” y, después, un murmullo que se alejaba a medida que la familia iba cruzando hacia el otro lado. Tras ellos destelló, dejando una estela de sirena, una ambulancia encendida y quedó, inconfundible sobre el olor a llovizna, la peste de una mediocridad tan densa y tan profunda como el humo que le quemaba los pulmones. “¿No huele raro?”, se preguntó ella. “Vamos”, le indicó él.

Volvieron sobre sus pasos por Commandant René Mouchotte y giraron para entrar en la estación de Montparnasse. Sin saber por qué, él se acercó a la bomba. Se agachó ante ella y, por fin, tiró la colilla a un lado, sin importarle ensuciar Paris con el fruto de su garganta. “¿Qué haces?”, tuvo tiempo ella de preguntarle. Él acercó una mano estática a la cremallera de la mochila azul con asa de cuero sintético y la descorrió. No entendió lo que había allí dentro, solo un fogonazo fugaz y un algo de quemazón suave de agave y de algodón de cacto incendiario, de incendio y de pacto acatado. Con un chirrido de los goznes que habitaban sus rodillas, izó su cuerpo y “Bienvenu au parnasse”, vio a la clocharda que le sonreía, ya con todos los dientes, y le tendía la palma hacia arriba. “Viens ici”, la orden le llegó como un suspiro lento, como una brisa que, agotada de un vaivén desesperado y sin rumbo, se fugase del vendaval que azotaba la calle. La clocharda le dio una calada al filtro del gauloise sin quemarse la cara ni los labios ni la lengua y la arrojó al suelo de las escaleras. Él comprendió que, si podía soportar el fuego candente de una bomba, también podía fumarse los cigarros hasta el límite inmaterial de las moléculas de aire que dejaban la boca y la boquilla.

N’aies pas peur”, le volvió a ordenar, “Il n’y a rien de quoi s’inquiéter”. Él solo entendió que no había nada, pero fue suficiente. Se preguntó porqué le hablaba en francés si era la muerte, si la muerte tenía que ser universal, porqué le hablaba en un idioma que apenas podía entender, pero supuso que, si la muerte tenía que ser universal, podía hablarle en la lengua que le diera la gana. Lo llevó de la mano por las escaleras mecánicas, que estaban paradas, y caminaron con la parsimonia de las horas muertas a través del vestíbulo y del octavo andén, hasta llegar al octavo vagón y al octavo asiento. Con un gesto, le ordenó que se sentase y así hizo. “¿Adónde voy?”, fue capaz de pensar. Ella, como leyendo lo que andaba por detrás de su frente, le sonrió de nuevo y se prendió un cigarro. “Il n’y a rien de quoi s’inquiéter”, repitió. Él pensó en el Dordogne, que nunca vería, en el gótico flamígero, en las gotas de lluvia sobre una ventana cerrada. La clocharda se sentó en el asiento que tenía delante y, justo en el instante en que el tren encendía los motores e iniciaba la marcha, él miró dentro de la oscuridad insondable de sus pupilas y descubrió que, efectivamente, no había nada.

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