Uróboros


No lo puedo negar, he sido un mártir sin causas fehacientes, silencioso en mi derecho pero parcialmente inconsciente de la propia disyuntiva. Alguna vez tuve la razón en muchas cosas y me aproveché de la rara epidemia de certeza que llevaban mis aseveraciones, todas adecuadas, siempre en el blanco, nunca vislumbradas entre disparates; tal cual un hechizo que me dotaba de un ojo de halcón argumentativo, perspectivo y genuinamente increíble. Pero aquél tiempo era otro, nada que ver con el ahora. Pocos eran los que se levantaban a enfrentar la verdad que yo representaba; pero cómo cada cuento en la vida surgió por naturaleza una contrariedad de espejo para enfrentarme; mal de mí, haber pensado que yo era y sería la excepción de carne, hueso y espíritu.

Sin esperarse, un día de pocas predicciones se avecinó ese opuesto que me pondría en “mi lugar”, sacándome del nado libre en el que me regocijaba usualmente. Esta persona era un ídolo, una gran mujer que poco se ha visto caminando esta sociedad atorrante. Cargaba en sus pasos una energía increíble, parecía mimetizarse con la del ambiente para aprender de él; fácilmente luego se convertía en la fuente dominante que dirige, que marca pautas, que abre y cierra las puertas sin ecos ni secuelas. Sinceramente su habilidad era increíble.

Esta mujer era un misterio, no tenía idea de donde había surgido y por qué motivo llegó con tal determinación de atacar mi dominio del entorno. Un ataque furtivo sin duda alguna, aquel don innato de la crítica era sencillamente mortal.

A poco esfuerzo derrumbó mi orgullo, la desfragmentación que siguió a continuación fue algo dura y muy veloz, en un minuto había certeza sin brújulas ni líneas de guía, al otro solo abundaba maleza.

Sensaciones extrañas siempre quedan al final de un duro golpe, y uno de estos fue que al fin y al cabo, se sintió bien haberme caído, haber sido tumbado de mi eje y más aún que esta individua haya sido la culpable. Su fuerza, me interesa.

En materia de reflexión decidí observarla con los ojos cerrados, su recuerdo y la sensación de rabia que me evocó. Intenté hacer a un lado las malas intenciones junto a las decepciones, empecé a verla cómo algo más, casi, una enemiga que admirar… para aprender, para derrotar.

Este individuo desconocido poseía el conjunto de características que eran –en teoría- opuestas a mí, sin embargo por ley, aquellas herramientas que destacaba eran las que realmente yo necesitaba para ser un individuo perfecto.

La incógnita es ¿Acaso soy yo su otra mitad?

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