El diario de Adela


Valdepeñas
10 agosto 2018

 

La ciudad me acogió con unos grados menos y sin apenas humedad. Había visitado varias veces Valdepeñas, pero en esta ocasión estaba allí por motivos de trabajo. Una vez más, era quien tenía que resolver los problemas con clientes de esa región. Mi empresa se dedicaba a la publicidad y aquella zona era bien conocida por ser la “Ciudad del Vino”. Incluso aquellos que se quisieran remontar a la tradición histórica de sus escudos heráldicos podrían certificarlo con un tonel de oro en su blasón. El GPS del coche se había detenido en la Plaza Veracruz, frente al Bar Veracruz. Allí mismo estaba emplazado el hotel y las indicaciones de acceso al aparcamiento.

Al llegar al Veracruz Plaza Hotel & Spa me recibieron muy amablemente en recepción. La chica me hablaba y sonreía con atención. Estaba tan aturdida —y cansada— por el viaje que apenas atinaba a leer su nombre en la chapa, sólo podía asentir con la cabeza. Me indicaba dónde se encontraba mi habitación. Tras coger el bulto a mis pies, me dirigí al ascensor deteniéndome ante una imponente —esquelética— figura de madera de Quijote a galope de Rocinante, con la lanza alzada en una mano y el escudo en la otra. Me sonreí, porque al entrar ignoré esa escultura tan asombrosa que intentaba llamar mi atención nada más cruzar la puerta giratoria. Perdida en mis pensamientos no me di cuenta que alguien me estaba declarando la guerra. Ahora soy yo que me imagino como molino de viento enfrentándome a ese Don Quijote ante mí. Para mi error no era yo su objetivo, cuando alcé la vista y miré al techo, mis ojos contaron más de una docena de aspas dispuestas en diferentes ángulos. ¡El molino de viento! Tenían colores similares, son tierra pensé mientras me metía en el ascensor. En su interior me entretuve al leer una cinta de letras en una pequeña pantalla digital que ofrecía información intermitente. Así pude saber que en un día como hoy, en 1675, se construyó el Observatorio de Greenwich, que hay una zapatilla que conquista el mundo, que Philippe Lanson es el escritor que regresó de la muerte, que Terry Gillian recomienda el humor contra la furia y que Lydia Valentín habla del peso de la victoria. En cambio, yo me dirijo a la habitación como una copia barata de esa escuálida figura en la entrada, en guardia y con sed de lucha contra molinos de viento.

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3 pensamientos en “El diario de Adela

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