Ser vilano movido por el viento


ser vilano movido por el vientoCuando llegó a Varsovia, una mañana nublada y particularmente fea, a Fabio le pareció una ciudad gris y llena de gente enfadada que hablaba una jerigonza incomprensible; pero después de unos días modificó su opinión y pudo disfrutar callejeando por el Stare Miasto, la ciudad vieja, que, aunque completamente reconstruida después de la guerra, tiene ese aire de dejadez y olvido que la hacen entrañable, subiéndose a sus destartalados tranvías, paseando por los numerosos parques, arbolados y frescos, o por las silvestres orillas del río Wisła, el último montaraz de Europa, en busca de rincones íntimos donde sentarse a contemplar el paisaje o simplemente a dejar pasar el tiempo. En el hotel donde se hospedaba, Fabio hizo buenas migas con una mujer mayor, vestida como un antigualla. Cada vez que pagaba una consumición en el restaurante, la señora sacaba una enorme cartera ajada por el uso, llena de groszy  —céntimos—, que iba contando uno a uno hasta completar el importe exacto. Chapurreaba un inglés difícil de seguir, pero en todo caso inteligible. A Fabio le gustaba hablar con ella por su aire de condesa desheredada y porque le había recomendado visitar un par de sitios realmente interesantes, como el Skware Sue Ryder, un pequeño parque con hermosas avenidas arboladas y senderos diagonales, lleno de madres con niños pequeños y de ancianas sentadas en los rincones más soleados. «No deje de dar una vuelta por el palacio de los viejos reyes, en Wilanow, le dijo en una ocasión, es de lo poco que los comunistas dejaron en pie de nuestra historia».

El día que eligió para visitarlo salió tibio y soleado. El palacio era interesante, quizá no lo grandioso que la señora les había profetizado, pero sí coqueto, construido en múltiples estilos y etapas, como rezaba un croquis que había a la entrada, si acaso dominado por un barroquismo excesivo. A Fabio le llamó la atención la fealdad de los bustos que adornaban la fachada. Parecían representar a emperadores romanos, pero si uno se acercaba podía ver con claridad la deformidad de los rostros, las frentes abultadas, ojos saltones y expresiones cretinas, más de gárgolas que de estatuas: tal vez el artista pretendió retratar el espíritu corrupto de la Roma imperial. Más allá del palacio se extiende Wilanowski, un parque amplio e irregular, con senderos umbríos y estrechos, algunos canales y lagunas, árboles añosos y, entre ellos, una alfombra verde y florida. Fabio caminó un buen rato por el parque, sin rumbo fijo, cruzándose de vez en cuando con otros paseantes, turistas en su mayoría. Había una pareja besándose bajo las ramas protectoras de un enorme sauce llorón. Dos hombres de aspecto nórdico dormitaban tumbados en un espacio despejado, exponiendo sus sonrosadas pieles al sol. Un jardinero estaba atareado junto a unos arbustos, recogiendo basuras y hojas secas con una especie de bastón largo terminado en punta. Una mujer y su hija estaban sentadas en un banco junto al sendero. Un rayo de sol le sacaba al pelo de la niña reflejos cobrizos. En un pequeño prado retozaba un perro ante la atenta mirada de su dueño. Finalmente, siguiendo uno de los senderos, llegó a la orilla del río, en realidad un falso brazo canalizado, donde había un rincón recogido, como un balcón frente al río. Se sentó en un banco para descansar del paseo, pues el cuerpo ya no estaba tan fuerte como antaño y se resentía de cualquier esfuerzo. El lugar destilaba paz por los cuatro costados y Fabio se deleitó en su contemplación; tanto, que tardó un par de minutos en descubrir el parecido que guardaba con un paisaje de Van Ruysdel que tenía colgado en su casa. El pensamiento le llegó de golpe, como una inspiración, y dejó su mente inundada de luz, maravillada por el placer del hallazgo. La orilla que tenía enfrente era selvática, llena de grandes árboles que tendían sus ramas hacia las aguas mansas, casi estancadas, de la orilla. En un pequeño claro entre los árboles, dos pescadores descansaban indolentemente, tumbados sobre la alfombra de hierba, a la espera de que el sedal de las cañas se moviera. El cauce era amplio, con una leve corriente en el centro que levantaba suaves ondas. El polen algodonoso de los árboles formaba una pátina pilosa sobre la superficie del agua, de modo que, si fijaba la vista insistentemente en un punto lejano, percibía cómo se trasladaba lentamente junto con el caudal del río.

La vida de Fabio estaba concentrada en sus ojos. No habría sido capaz de decir si había pasado alguien a su lado, si habían transcurrido unos minutos, unas horas o toda una eternidad. Sólo atendía al paisaje frente a él y disfrutaba la placidez del momento: la suave brisa, el murmullo del viento entre las hojas, el rumor apagado de la corriente, el sol juguetón que ora se escondía, ora reaparecía para pasear su calor por la piel del hombre. Habría querido transformarse en río y fluir mansamente hacia la mar, evaporarse con el tibio sol, ascender y ser nube, mota de polvo movida por la brisa, hoja verde, verdiamarilla o dorada, grano de polen, vilano ingrávido, infatigable viajero de cielos primaverales, átomo de aire, rayo de sol, espíritu puro… nada. Nada.

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