Ojos tristes


El martes a mediodía regresaba a donde había aparcado el coche, una calle con mucha pendiente junto al instituto Pau Gargallo de Badalona. Mientras bajaba, vi que, por la misma acera, subía renqueante una mujer, tanto que tenía que agarrarse de la valla del instituto para no caer. Acabó sentándose en el saliente del muro para coger resuello. Algo alarmado, me acerqué.

—¿Necesitas ayuda?

La chica —debía rondar la treintena, quizás algo más— levantó la cabeza y me miró con los ojos más tristes que recuerdo. Con una mano temblorosa se secaba las lágrimas.

—No, gracias. Llevo todo el día temblando y sin fuerzas.

—Deberías ir al médico.

Era una situación de esas en que está claro que algo va mal, pero no sabes cuál es la manera acertada de actuar.

—Sí, debería… Debería hacer tantas cosas con mi vida…

Aunque hablaba un buen castellano, el acento y las facciones revelaban que era extranjera, probablemente del Este. Me pareció que estaba excesivamente delgada y muy pálida, así que temí que estuviera enferma.

—Te acompaño.

—Gracias, pero no hace falta. —Se esforzaba por sonreír, sin poder ocultar su inmensa y resignada tristeza—. Vivo ahí mismo.

—Vale, pues apóyate en mí y vamos. ¿Te espera alguien?

La pregunta clave. Sus ojos respondían por ella. El mal que le afectaba no lo curan los médicos. Entonces dirigió la mirada al perro que la acompañaba, uno de esos diminutos, de raza indescifrable pero fidelidad a prueba de bombas.

—Él es toda mi compañía, y no clava cuchilladas por la espalda.

El animal se le acercó para lamerle la mano.

—Muchas veces los animales son mejor compañía que las personas —concedí.

No hizo falta que contestara, bastó una mirada cansada, que transmitía su profunda decepción con la vida. Se incorporó y, despacio, reemprendió la marcha.

—Mucho mejor. ¿Ves? —Otra sonrisa triste—. Ya puedo yo sola. Gracias.

Era un «gracias» sincero pero apagado, surgido de ese corazón devastado. Y yo seguí mi camino hacia el coche, girando el cuello a cada par de pasos para comprobar que ella avanzaba por inercia, dejando una estela de recuerdos traicionados.

Un rato después, mientras estaba comiendo, me sentí mal. Sentí que, a pesar de todo, debería haberla acompañado. ¿Acaso hay algo más humano que prestar atención a quien se siente desolado y ofrecerle un hombro donde descargar su tristeza?

3 pensamientos en “Ojos tristes

  1. Dicen que no se puede ayudar a quien no se deja, lo hiciste bien, fue un momento crucial que era ella la que tenía la batuta y quien debiera haber dicho que si ante tu insistencia.
    A veces no se puede hacer mas por mucho que uno quiera.
    Saludos.

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  2. Muy verdadero tu relato. Me he encontrado a ambos lados de la historia: sin poder ocultar la tristeza en público y sin poder dejar de notarla en alguien más. Y la verdad es que el gesto de acercarse, por pequeño que parezca, ya le ayuda a una restaurar un poquito el ánimo. No hace falta a veces más. Un abrazo.

    Le gusta a 1 persona

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