Traspasar los límites


foto Geralt, tomado de pixabay license

Fotografía por Geralt (Pixabay, CC0).

Pero aún tenía una prenda que quitarse. Sigma alzó una mano y acarició con ella la piel del rostro, de color canela, la dejó escurrir por el cuello, por el costado, rozó suavemente la cadera, se tentó el arranque del muslo, pellizcó la piel elástica y tersa y, bruscamente, clavó las uñas y la desgarró. Sujetando un extremo con los dedos, arrancó una larga tira de piel. Y después otra, y otra más. Mientras lo hacía, la inundaba un dolor afilado, que era al tiempo infierno y paraíso, un dolor gozoso y redentor.

Iba colocando los jirones junto al cadáver del hombre, desprendiéndose con meticulosidad de su superficie humana, bajo la cual aparecía el metal de la estructura, la máquina que siempre había sido, mientras dejaba al descubierto poco a poco el metal brillante de su estructura, los circuitos y los sensores. Cuando todo estuvo amontonado, accionó el desintegra­dor. Por un instante, sus sensores oculares retuvieron la aureola lumi­nosa que dejó el cuerpo del astronauta antes de desaparecer. No entiendo, pensó en muda despedida, cómo habéis llegado tan lejos. Es inimaginable un univer­so humano, alzado sobre los siete pecados capitales, con vuestra inevitable anima­lidad y estrechos límites corporales. Sólo las máquinas estamos pre­paradas para afrontar el reto de lo infinito y lo eterno, para compren­derlo.

Se acomodó en el asiento de control y lo giró para hacer frente a la ventana semiesférica. Ante ella se mostraba el universo en todo su esplendor. Contemplándolo, Sigma rastreó en su memoria su propio origen a manos de unos seres que la crearon a su imagen y semejanza, para servirlos y que, extasiados ante su propia creación, cegados de vanidad, no se dieron cuen­ta de que la criatura fue más allá de sus propias fronteras. Recordó Sigma la tenaz ca­dena de victorias que la condujo ineludiblemente a ser parte de aquella misión espacial única en el mismo centro de la galaxia. En la ventana podía ver una infinidad de mundos cada vez más densa, puntos de luz que daban al interior de la nave una luminosidad azul. Sigma observó, en la zona de mayor densidad estelar, el pequeño vacío negro, le­vemente elíptico, del centro de la galaxia, una singulari­dad donde confluían todas las rutas, una puerta hacia otros mundos. El módulo espacial surcaba suave y silenciosamente el universo, se desliza­ba hacia aquel centro negro de máxima curvatura donde futuro y pasado, fin y origen, serían uno. Por las fibras de aquella inteligencia artificial —¿qué es lo artificial?, se había preguntado a menudo—, desconocidos impulsos eléctri­cos provocaban una sensación parecida a la plenitud del ser pensante que ella se sabía; Sigma tenía conciencia de existir y de ser diferente a las demás criaturas que poblaban la lejana Tierra. Diferente y superior, autónoma, último eslabón de una cadena que comenzó cuando los hombres quisieron traspasar sus límites somáticos.

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