Un café y una sonrisa (1ª parte)


—¿Está bien?

Luis recibe el cambio del billete de cinco euros con una sonrisa desconcertada. La camarera también sonríe. Siempre lo hace. Desde hace unas semanas, Luis se toma el café con leche de la tarde ahí porque le gusta su sonrisa fresca. Tiene la impresión de que las sonrisas frescas escasean, y la de ella lo reconforta.

—El libro —aclara la muchacha. Luis mira el ejemplar de 1984 que ha dejado sobre el mostrador mientras espera el café—. Está en mi lista de pendientes, pero nunca me he animado a leerlo porque me da la sensación de que me va a angustiar. —Mientras habla, se desenvuelve con destreza mecánica con la cafetera. Sus movimientos firmes y seguros tienen algo de hipnótico—. Y, la verdad, llevo un tiempo en que sólo me apetecen lecturas que me dejen buen sabor de boca. —Se da la vuelta y coloca un platillo, la cucharilla y dos sobres de azúcar junto al libro. Mira al cliente directamente a los ojos, sin abandonar la sonrisa—. La vida real ya es bastante angustiosa a veces, ¿no crees?

Luis no estaba preparado para ese tipo de conversación. Y debe reconocer que la mirada de ella lo intimida. Se siente estúpido al darse cuenta de que durante todos esos días que ha estado frecuentando el local, Raquel (según la identifica la chapa que lleva enganchada en el pecho) no dejaba de ser una sonrisa que le aligeraba el peso de sus fracasos.

—Es la segunda vez que lo leo. La primera era demasiado joven para entenderlo del todo. Ya lo estoy acabando y, sí, es un poco angustioso. Te hace pensar en muchas cosas.

Raquel coloca la taza sobre el platillo.

—Si está muy caliente, te pongo un poco de leche fría.

Hasta hoy no le había hecho el ofrecimiento porque el verano se resistía a llegar, pero desde hace un par de días la temperatura ha subido de golpe.

—Gracias, así está bien. El café con leche me gusta caliente, aunque nos estemos achicharrando.

Raquel ríe, y Luis se siente más reconfortado que de costumbre.

…..

—¿Lo de siempre?

Desde el momento en que cruzó la puerta de la cafetería para entregar el currículum, Raquel decidió que mientras estuviera allí haría lo posible por sonreír, aunque en su interior mantuviera latente la tentación de mandarlo todo a tomar viento. Le dieron el empleo, una gorra y una chapa ridículas, y ella las complementó con su expresión más agradable. Le sonríe a todo el mundo, pero con el chico que siempre lleva un libro es especialmente simpática.

—No, hoy voy a probar el batido de café. ¿Está bueno?

—Pues no lo sé. Yo tampoco lo he probado. —Raquel apoya las manos en el mostrador y observa el rostro que tiene delante con un nivel de atención que sobrepasa con mucho lo reglamentario. Él se esfuerza por sonreír, pero se le nota la incomodidad—. Hacemos una cosa: si no te gusta, te lo cambio por el café con leche habitual.

—Vale —acepta con timidez; hay otra cosa que le preocupa, y no está seguro de atreverse a plantearla.

—Ya veo que has acabado 1984 —advierte ella, mientras prepara el batido—. Menudo personaje fue George Orwell. La verdad es que sabía muy poco sobre su implicación en la Guerra Civil, y buscando información sobre él me han entrado ganas de leer Homenaje a Cataluña. ¿Lo conoces?

—Sí, lo tengo en los pendientes. —Luis desliza los dedos por el libro que ha dejado sobre el mostrador. En realidad, aún no ha acabado 1984.

Raquel se gira un momento y se fija en la portada.

Entre limones… Chris Stewart… No lo conozco. ¿Qué tal?

Vuelve a estar de espaldas. Luis piensa que es la oportunidad para plantear su ocurrencia.

—Muy divertido. Es uno de los libros más divertidos que he leído. Y…

La sonrisa de Raquel aparece de nuevo ante él, espléndida e intimidatoria.

—Marchando un batido de café.

Durante unos segundos permanecen en silencio, y ella tiene la certeza de que los fantasmas que lo acosan a él son tan persistentes como los suyos.

—Toma, lo he traído para ti. —Luis empuja el libro hasta que contacta con los dedos de la mano que la camarera apoya en el mostrador—. Te garantizo que no te va a angustiar nada y que te hará reír con ganas.

Resulta curioso que ahora que Raquel tiene un motivo para estar contenta de verdad, la sonrisa se le desdibuja en el rostro.

…..

—Muchas gracias por el libro. Tenías razón, es muy divertido.

Luis sonríe nervioso. Ha estado a punto de no acudir a la cita casi diaria con su café con leche y la sonrisa reconfortante.

—Me alegro —responde, evitando cruzar la mirada con la de ella. «Da los buenos días con un café y una sonrisa», lee en un cartel que se le antoja estúpido.

—¿Qué ponemos hoy?

Luis tiene la impresión de que Raquel exagera su simpatía porque se siente tan incómoda como él. Se dice a sí mismo que han traspasado la frontera de la relación habitual entre camarera y cliente para entrar en un territorio desconocido que no está seguro de querer descubrir.

—Café con leche, por favor.

Raquel se gira hacia la cafetera. Se desenvuelve con menos destreza, como si algo distorsionara la maquinaria siempre engrasada. Y en verdad es así.

—¡Mierda! —exclama al resbalársele la taza entre los dedos y hacerse añicos contra el suelo.

Luis se siente absurdamente responsable.

—No pasa nada, un accidente lo tiene cualquiera.

Agachada detrás del mostrador, Raquel levanta la cabeza. Las miradas coinciden, y Luis siente un escalofrío porque ve dolor.

…..

Luis lleva un rato frente a la puerta del local, sin decidirse a entrar.

Ya ha acabado de leer 1984. Le ha tomado el relevo Las olas, pero no cree que vaya a aguantar mucho; no le interesa el jeroglífico introspectivo que plantea Virginia Woolf. Es aún más deprimente que la atmósfera opresiva, sin resquicio para la esperanza, que dibuja Orwell. Piensa en Winston y en Julia, en su historia de ¿amor? condenada al fracaso. «Pero durante un tiempo consiguen ser libres; aunque sea una libertad ficticia, sus sentimientos y sus ideas les pertenecen», reflexiona.

Vuelve a mirar hacia la puerta. Sabe que Raquel está ahí. Se pregunta si hoy volverá a sonreír. Aprieta el libro con las dos manos y se muerde los labios en un gesto de rabia, porque no es capaz de encontrar nada más auténtico en su vida que esa sonrisa, y no quiere arrastrar la culpa, una más, de hacerla desaparecer.

Por fin, se da la vuelta y se aleja arrastrando los pies.

…..

Al oír abrirse la puerta, Raquel levanta la cabeza. Desde hace una semana, es su reacción automática. Cuando comprueba que no es él, el chico del libro, pierde la sonrisa, que recupera un segundo después para volver al trabajo.

Pero hoy si es él. Lo ve acercarse titubeante, con la mirada nerviosa desviándose a un lado y otro, como si no fuera capaz de fijarla en un objetivo.

Es más temprano que de costumbre, y apenas hay clientes. Raquel se queda paralizada, con las manos sobre el mostrador y la sonrisa congelada.

—Hola —murmura Luis al llegar hasta ella, y tras pasear la vista por el mostrador reúne el suficiente valor para mirarla a los ojos—. Cuando acabes el turno, ¿te apetecería tomarte un café conmigo?

Raquel había fantaseado con la posibilidad, pero ahora que ha sucedido no sabe qué decir. El movimiento de las manos de él sobre el mostrador atrae su atención. «Un hombre en la oscuridad. Paul Auster», lee entre sus dedos repiqueteantes.

I know someday you’ll have a beautiful life… —Raquel comienza a cantar, muy flojito—. I know you’ll be a starin somebody else’s sky, but whywhy, why can’t it be, why can’t it be mine

—Me suena, pero no la reconozco.

Black, de Pearl Jam. Es una de mis canciones favoritas.

—Me gusta Pearl Jam, pero no me sé ninguna letra.

—Salgo a las seis.

…..

La brisa marina refresca el ambiente y revuelve el pelo de Raquel, quien permanece sentada en la arena, abrazándose las piernas y con la barbilla sobre las rodillas. Observa las olas y las escucha; seguramente no hay sonido más balsámico. Luis está sentado a su lado, aunque un poco por detrás. Juguetea con la arena mientras se le escapan miradas fugaces hacia ella. Le gusta: su pelo revuelto, la sonrisa relajada, el perfil de su nariz algo torcida, sus manos de dedos largos, los pendientes que le decoran todo el perímetro de la oreja… Apenas han intercambiado palabra. Sus pasos los han conducido hasta la playa, donde todavía quedan algunos bañistas que celebran la llegada del calor compartiendo espacio con parejas acarameladas que celebran su amor.

Raquel y Luis no celebran nada, si acaso el hecho de haber encontrado alguien con quien compartir el silencio.

Tanto sube el nivel… —tararea Raquel— el mar… —Luis identifica enseguida El estanque, de Héroes del Silencio—… Se derrama ahogándome

Ella gira la cabeza despacio y le sonríe, aunque en sus ojos hay tristeza. Luis no dice nada, sólo levanta la mano y le deja una concha sobre la rodilla.

…..

Sentados en una terraza del paseo marítimo, Luis contempla cómo Raquel se bebe la horchata con una pajita. Le hacen gracia los hoyuelos que se le forman en las mejillas. Le gusta verla fuera del trabajo, sin la gorra ridícula que oculta su media melena, con la camiseta de tirantes, mostrando una sonrisa más atenuada, más natural.

—¿Qué pasa? —pregunta ella riendo al sentirse observada con tanta atención.

—Nada, es sólo que me gusta mirarte. —Raquel sonríe ahora con los ojos—. ¿Cómo lo haces para sonreír siempre?

I’m so happy because today I’ve found my friends, they’re in my headI’m so ugly, but that’s okay, because so are you

—Esa la conozco: Lithium, de Nirvana. ¿Tienes una canción para todo?

Raquel se toca los pendientes de la oreja derecha; en la izquierda sólo lleva uno, un aro con el símbolo de la paz.

—Durante un tiempo fui la cantante de un grupo de rock.

—¿En serio? ¿Y qué pasó?

Raquel niega con la cabeza y los ojos dejan de sonreír.

—Cosas… Hace mucho de eso. ¿Y tú? Cuéntame algo sobre ti, aparte de que devoras libros.

Luis se incorpora en la silla, apoya los brazos en la mesa y, pensativo, hace girar entre sus manos la botella de cerveza vacía.

—Menos mal que puedo vivir la vida de los habitantes de sus páginas. —Se detiene, levanta la cabeza y mira a Raquel—. En la mía no hay nada que valga la pena.

Ella ve la desolación tras la mueca que no llega a ser sonrisa.

(Continuará)

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3 pensamientos en “Un café y una sonrisa (1ª parte)

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