La ninfa de cobre


Un hombre huraño vivía en un bosque como cualquier otro. Lo tenía todo, pero no lo sabía. La soledad lo abrumaba, tanto, que no apreciaba su vida. Se levantaba cada mañana y no escuchaba los trinos del ruiseñor que anidaba en un árbol vecino. Tampoco se percataba de que todavía respiraba y que el aire limpio invadía sus pulmones, oxigenando cada célula de su cuerpo. No olía las flores de múltiples colores que adornaban los alrededores de su morada ni apreciaba los tonos increíbles que ellas le regalaban. Él, arisco, no miraba las hojas verdes, el follaje precioso ni el cielo azul. No admiraba el pelaje de terciopelo de su perro fiel ni se deleitaba al tocarlo. Todo lo que comía le sabía insípido, incluso la miel de las abejas. No quería nada, solo regodearse en su soledad. Sufrir hasta que llegara su hora.

Mas ese no era el destino escrito para él. El hada de las artes —la que pone en su lugar todo lo que es bello— tenía otro plan para su vida, y una tarde de verano lo hizo salir de su madriguera. Sin saber por qué, caminó sin rumbo fijo por las vastas tierras que poseía, mientras su perro fiel le seguía paciente. Escuchaba sin oír, miraba sin ver, tocaba sin sentir, hasta que sus pies lo llevaron a un riachuelo donde se bañaba una ninfa morena, de cabellos rizados y ojos alegres. Le llamó la atención su piel de cobre y su sonrisa ingenua.

—¿Quieres comer requesón? Lo hago yo mismo con la leche de mis cabras —le dijo. Sin darse cuenta, las palabras se escaparon de sus labios. Ya no reconocía su propia voz. Había estado en silencio por tanto tiempo.

La ninfa no contestó, tampoco dejó su baño de agua fresca y, a pesar de que estaba desnuda, no se tapó para que él no la mirara. Se comportaba como si el hombre no estuviera allí, tan cerca. Seguía acariciando su cuerpo con el agua limpia y cristalina. Después salió despacio y sin pudor alguno, se frotó el cuerpo y el cabello con un aceite aromático, todavía sin mirarlo. Parecía no haberlo escuchado, como si estuviera escuchando otra cosa. Vistió su perfecta figura en un lienzo blanco, casi transparente y caminó hacia un árbol en donde —parándose de puntitas— agarró un fruto y lo comió con placer.

El hombre huraño estaba molesto. ¿Cómo era que aquella ninfa ignoraba su presencia? Al fin y al cabo, se bañaba en su riachuelo, caminaba por sus tierras y hasta comía —¡y sin su permiso!— los frutos que daba su árbol.

—¡Ey! ¿No me escuchas? Hablo contigo… —le gritó.

La ninfa seguía recogiendo flores de todos los colores, las olía, sonreía y con sus manos hizo una diadema que se puso en la cabeza, enredándola entre sus rizos negros. Bailaba al son de una música que el huraño no escuchaba, sin embargo, él veía como sus piernas torneadas se levantaban y giraban —tal vez—, impulsadas por el viento. El hombre seguía observándola, pero como a una visión. No se atrevía a moverse de donde estaba, pues temía que se desvaneciera.

«¿Qué daría yo por tener la paz que tiene esta ninfa?», pensó. «Quisiera sentir su suave piel de cobre y oler sus cabellos morenos. Quisiera escuchar la música que la hace bailar y tenerla, a ella, siempre conmigo. Ya no quiero estar solo, ¡ya no quiero morir!», se dijo.

La ninfa iba a adentrarse en el bosque.

—No te vayas, ¡por favor! —suplicó.

—Me encanta el requesón —respondió sonriente, mirándolo a los ojos y capturando su alma para siempre.

En ese momento su perro se volvió un corcel plateado con alas brillantes, para que ambos subieran y volaran hacia el castillo. Desde entonces, el hombre se levantaba cada mañana escuchando los trinos del ruiseñor que cantaba alegrando a su ninfa, que bailaba al son de aquella melodía que lo inundaba todo. Disfrutaba el aroma de las flores que ocupaba por completo los espacios de su hogar. Todos los días tejía una corona de nuevos capullos para su amada. El hombre ya no era huraño, ¡era tanta la felicidad que lo embargaba! Compartía con sus vecinos sus riquezas y a menudo se le veía riendo, acompañado de sus viejos amigos, los que había abandonado en su aislamiento.

La ninfa de cobre había hecho el milagro, echó para siempre los demonios de su soledad.

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