El fin del mundo


—Me termino el cigarrillo y nos vamos —me dijo la pelirroja que me acababa de «abordar» en el bar.

Le respondí afirmativamente. Era la primera vez que una mujer de ese «calibre» se interesaba en mí.

—Iré al tocador. Regreso y nos vamos —me susurró al oído mientras pasaba su mano por mi hombro.

Obviamente volví a asentir. ¿Realmente creía que le diría que no? Con ese trasero, obviamente no.

Regresó por mí. Pagué la cuenta y salimos del lugar. 

No habíamos terminado de dar el primer paso afuera del bar, cuando nos fundimos en besos, con los ojos cerrados y los brazos entrelazados, tocándonos todo, saboreando nuestras lenguas e intercambiando palabras de deseo.

A mitad de un «vámonos ya, que necesito tenerte en mi cama», el sonido de lo que parecieran los motores de diez mil camiones provenientes del cielo, nos anunció que el fin del mundo había comenzado.

Dibutrauma del inicio del fin del mundo.

3 pensamientos en “El fin del mundo

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