Realidades cuánticas


Photo by Ehud Neuhaus on Unsplash

Lo primero que me hizo sospechar que algo raro pasaba fue que abrí la puerta con solo medio giro de llave. La cerradura no estaba echada, y a aquella hora nunca había nadie. 

Pensé que quizás mamá había vuelto antes del trabajo; no había otra opción, porque yo estaba seguro de haber cerrado al salir por la mañana. ¿O había olvidado hacerlo? Dejé las llaves en el recibidor, me quité los auriculares, y la música proveniente del interior del piso resolvió la duda enseguida. Mamá estaba allí… con los Foo Fighters a todo trapo. 

Vale, aquello sí que era raro. Mamá había hecho pellas del curro para escuchar mi grupo favorito, el mismo que le provocaba escalofríos cada vez que entraba en mi habitación. «Pero hijo, ¿cómo puedes estudiar con esa música infernal?». «Me ayuda a concentrarme», le respondía, y, horrorizada, regresaba sobre sus pasos con la mano en la sien y los ojos en blanco. 

Pues ahí la tenía, sólo faltaba encontrármela bebiendo birra y fumándose un porro. Siniestro, ¿verdad? Pues ojalá hubiera sido eso. 

Porque no, mamá no había vuelto antes de tiempo. 

«¡Ya estoy aquí!», grité para sobreponerme al volumen de Best of You. Dejé caer la mochila en el sillón del comedor y me adentré en el pasillo, y entonces se abrió la puerta del baño. «Hola, ma…». Las palabras se me congelaron en la garganta, porque frente a mí se plantó… Es decir, me planté… Vaya, que allí estaba yo. Sí, leéis bien: era yo. Solo que no podía ser yo. 

¿Tenía un hermano gemelo que mis padres me habían ocultado? Porque un clon tampoco podía ser; no éramos ovejas. Eso es. Como mis padres se divorciaron cuando yo tenía tres años, cada uno se quedó con un hijo, y como yo era tan pequeño no recuerdo nada… Claro, había sido una experiencia tan traumática que había borrado todo recuerdo de mi hermano gemelo. Eso tenía que ser… Menuda gilipollez de explicación. 

…..

Aquella tarde había tenido que salir por patas para evitar que los malotes del insti se divirtieran torturándome. Tenían fijación con «el rarito que lee cómics y escribe cuentos». Normalmente no pasaban de las burlas y alguna colleja, pero esta vez me habían acorralado junto a los contenedores de basura, y, llamadme malpensado, me olí que pretendían ir un paso más allá. No estaba dispuesto a permitir que me quitaran el cuaderno con mis historias, así que cargué como un jabalí asustado y, no sé cómo, logré escabullirme. 

Corrí en estampida hasta casa. Empapado en sudor, con el corazón en la garganta y las manos temblorosas, conseguí deshacer la doble vuelta de la cerradura, y me refugié dentro. 

Mamá aún tardaría un par de horas en regresar del trabajo, así que podría poner los Foo Fighters a toda pastilla para relajarme mientras hacía los deberes. La profe de física nos había pedido que buscáramos información sobre las aplicaciones de la mecánica cuántica. El tema parecía interesante. Nos había hablado de experimentos con haces de luz que parecían cosa de ciencia ficción, pues las partículas lumínicas iban a su bola sin que los científicos pudieran explicar el porqué. 

Encendí el ordenador y abrí la Wikipedia. «La mecánica cuántica es la rama de la física que estudia la naturaleza a escalas espaciales pequeñas, los sistemas atómicos y subatómicos y sus interacciones con la radiación electromagnética, en términos de cantidades observables». Me imaginé al capitán Spock escribiendo aquello. 

En Youtube encontré un vídeo en el que un científico japonés con el pelo blanco decía que era posible que un mismo átomo estuviera en dos lugares a la vez. De hecho, a partir de un suceso, se abrían varios escenarios, y era posible que todos se desarrollaran, de forma que habría incontables realidades paralelas… Guau…

Mientras sonaba el Best of You, mi cabeza ya trabajaba por su cuenta. Me estaba meando, así que fui a vaciar la vejiga. 

Pensé que podía escribir una historia en la que el protagonista se encontraba consigo mismo. Cada yo vivía en planos distintos de la realidad, pero, por algún motivo, confluían… Las mejores historias se me ocurrían en el baño, aunque aún debía hallar una buena explicación para ese encuentro cuántico. 

Le estaba dando vueltas al asunto, cuando al salir del baño no imagináis qué pasó: ahí estaba yo… O sea, mi otro yo. «Hola, ma…», dije; es decir, dijo. Yo estaba flipando, no tanto por el encuentro imposible como por constatar lo que mi imaginación había sido capaz de crear. 

«¿Y si en vez de dos, hago confluir tres realidades paralelas?», fue el loco pensamiento que generaron mis neuronas, aún con mi otra cara desconcertada a un palmo de mí. 

En ese momento, se oyó la llave en la puerta. Mamá estaba de vuelta… y se encontraría con su hijo repetido. «¿Eres mi hermano gemelo?», preguntó por fin mi otro yo. Estaba bastante más empanado que yo (menudo lío de pronombres), tanto que no reaccionó al sonido de la cerradura, ni siquiera al de la puerta al cerrarse. No se giró hasta escuchar el grito ahogado de nuestro tercer yo. 

Yo (el original) debería haberme mostrado tan horrorizado como los otros dos, pero aquel material era tan bueno para escribir una historia genial que imaginé que volvía a sonar la llave en la puerta y aparecía un cuarto yo. Quizás fuera excesivo, pero el descubrimiento de aquel poder para hacer confluir realidades paralelas me excitaba tanto que no podía parar. 

Sonó la llave en la puerta. El corazón me aporreaba las sienes. Sentía la adrenalina fluir por todo mi cuerpo. Sonreía como un bobo… y un poco también como un supervillano. Debía reconocer que sentía debilidad por los supervillanos. 

Mis otros yos gesticulaban nerviosos. Estaban asustados. Sentía su miedo, me divertía imaginar que se transformaría en histeria cuando en un instante apareciera el cuarto yo… y quizás un quinto… 

Sin embargo, esta vez sí era mamá.

3 comentarios sobre “Realidades cuánticas

  1. Reblogueó esto en la recachay comentado:

    Los talleres de escritura de Atrapavientos son un estupendo disparadero creativo. El último relato que he compartido en Salto al reverso surgió de un ejercicio en Desatrancos, S.A., el taller de mi colega Antonio J. Cuevas, guionista y verdadero maestro en el arte de afrontar con ingenio la hoja en blanco.

    Me gusta

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