En un susurro


La gente de carbón se deslizaba sobre las paredes cuando no había sol. Se transportaban entre dimensiones en silencio, en un susurro. Iban y venían acarreando almas confundidas de gente que acababa de morir. Ese era su trabajo principal.

Acechaban, se movían adheridas a las paredes con extremada lentitud, expectantes, delineando complejos grafitis.

Nadie sabía con exactitud su origen; decían que fueron sirvientes de un dios que ya había muerto. Otros contaban una historia plagada de demonios menores y pactos eternos. Otra versión se centraba en un origen extraterrestre y otros que no recordaban muchas cosas pasadas, afirmaban que habían nacido cuando se apagó el Internet. Todas las versiones coincidían en que eran creaturas de la noche.

El nombre de gente de carbón también tenía un origen incierto. Al desconocer la naturaleza y origen de esos seres, las personas que sobrevivieron al colapso comenzaron a llamarlos así porque simulaban siluetas dibujadas en las paredes con carboncillo en sutiles matices en donde aún quedaban de pie casas y edificios. Tal vez, antes del apagón, tuviesen otro nombre, nadie lo sabía.

Uno de los hombres más viejos del lugar platicaba con suntuosa parsimonia, cómo estas creaturas se mueven en lo oscuro: «Lo hacen así porque no tienen sombra», diría con dramatismo y proseguía por encima del barullo de los oyentes.

—Huelen la muerte. Ese olor dulzón que se desprende cuando el alma está dejando el cuerpo. Es el único olor que pueden percibir y entonces se mueven muy rápido, llegan hasta donde está el moribundo y con avidez esperan para capturar el alma y llevársela a otra dimensión.

El anciano asentía con lentitud mientras cerraba los ojos y la concurrencia se hacía mil preguntas.

—¿A dónde llevan las almas? —dijo una voz que venía de atrás del gentío que se reunía para escuchar al anciano.

El viejo intentó enfocar con sus cansados ojos a la pequeña que se atrevió a preguntar.

—Nadie lo sabe. Solo capturan almas y desaparecen en un susurro. No se llevan más, ni siquiera los diamantes que están regados cerca de quien va a morir. Nunca nadie ha podido probar si conducen a las almas a la luz o las dejan caer en un pozo oscuro en donde flotan una eternidad.

La pequeña, entristecida, agachó su cabecita. Jugueteaba con una pelota saltarina y llevaba puesto un suéter verde rabioso que no era de su talla.

El anciano continuó:

—La gente de carbón se alimenta con la luz artificial; cuando están cerca, lámparas y focos bajan de intensidad en su luminancia, es porque se están alimentando.

El anciano hizo una pausa y trató de nuevo de enfocar a la pequeña, ella ya se había marchado, solo distinguió un montoncito de diamantes en el suelo que más se tardó en pensarlo que lo que la gente en pelear por recogerlos. Cuando terminó el alboroto por los diamantes que lloró la pequeña, un hombre larguirucho preguntó:

—¿Alguien ha visto a la gente de carbón?

—Nada más son capaces de verlos aquellos que están a punto de morir.

Se elevó un coordinado «¡Ah!» por encima de la audiencia.

 Una pareja de jóvenes que escuchaban al anciano con especial atención conversaba en voz baja.

—¿Ya ves, Lolo? Te lo dije antes: Pipi preguntó que quiénes eran todas esas personas que se movían de un lado a otro en la habitación y en dos minutos dejó de existir —comentó por lo bajo Zuzu a su incrédulo amigo que seguía atento la narración del viejo.

—El mundo no volvió a ser lo mismo cuando se fue al carajo el Internet. Lo que en su tiempo fue pecado se volvió el privilegio de unos pocos, la consciencia se extravió y se desecharon nuevas costumbres; las apariencias ahora son un vergonzoso secreto y las recompensas del pasado hoy solo son una tremenda carga para quien las posea. Los descubrimientos de antaño hundieron en la oscuridad al hombre y en respuesta a este nuevo desorden ¡la oscuridad parió a la gente de carbón!

De la manera más teatral posible, el anciano daba por terminado su acto: abriendo los brazos e inclinándose a modo de reverencia hacia una pared.

Las personas del lugar se dispersaron: algunos, volvieron a sus casas; otros, a sus trabajos, no obstante, al siguiente día se juntarían una vez más a escuchar el relato del veterano.

Lolo y Zuzu caminaban pensativos. De vez en cuando echaban una mirada furtiva y morbosa a las paredes por donde pasaban.

—¿Por qué quieres ver a la gente de carbón? No ves que dijo Pepe —refiriéndose al carcamal— que nada más los moribundos pueden —dijo Zuzu.

—No puedo esperar a morir, debo verlos. Me pica la curiosidad.

—Deja de pensar en eso porque cuando de verdad te toque verlos, ya no vivirás para contarlo —sentenció Zuzu.

Él sonrió y se cubrió la cabeza con ambas manos. La pareja echó a correr para protegerse de la lluvia ácida. Cuando paró, Zuzu miró cómo Lolo tocaba con la palma de la mano una pared.

—¡Deja de hacer eso! No es bueno —regañó Ella.

El muchacho encogió los hombros y obedeció.

Después de la lluvia ácida las calles lucían más sucias y espumosas. La pareja buscaba pisar algunas baldosas que aún no se desintegraban en aquella despostillada avenida. Parecía que jugaban a la rayuela en su andar, aunque ya nadie recordaba ese juego.

Llegaron a casa de Zuzu. Era como todas las casas del lugar: una extraña mezcla de arquitectura posapocalíptica sustentable: algunas paredes de ladrillo revestido con cemento; caminos de unicel, ventanas opacas con un sol dibujado a mano; techos de láminas traslúcidas y cualquier otro desecho del mundo anterior al apagón.

Zuzu vivía con su hermano mayor y su padre. Cuando llegaron a ese lugar todavía estaba con vida la madre de Zuzu y su perro pastor alemán llamado Taco. Poco después Pipi, la madre, murió. Vinieron entonces tiempos difíciles antes de que Dudu se atreviera a vender en el mercadillo herramientas para reparar máquinas que ya no existían, entonces Taco cubrió algunas necesidades alimenticias de la familia.

Ella ayudaba en el puesto y Bebe, su hermano, se encargaba de recolectar las herramientas yendo a otras poblaciones. Zuzu conoció a Lolo en la plaza donde el anciano hacía su acto todos los días a cambio de comida prefabricada. Se gustaron y estaban juntos desde hacía un tiempo. Zuzu era discreta y prudente; el muchacho, todo lo contrario.

—Si hay luz de sol, no se podrán llevar mi alma.   

—¿Sigues con eso? ¡Qué fastidio!

—¿Me ayudarás a morir?

—¡Cállate!

Zuzu miraba con verdadera furia a Lolo.

—Me voy a enojar contigo si sigues con el asunto de la gente de carbón. ¡Ya déjalo en paz!

—Está bien —dijo él levantando las manos— lo dejo. Te veo luego.

La casa del chico estaba a unas calles de la de Zuzu. Se le había metido la idea de morir, pero sin hacerlo. Se le ocurrió ir al mercado en busca de algo que le ayudara a lograr su propósito. Se desvió del camino a su casa y enfiló hacia el oscuro depósito de imposibilidades.

Entrar al mercado era sumergirse en lo que antes del apagón se llamaba la Deep Web. Era fácil perderse entre tantas mercancías. Fue mirando uno a uno cada puesto y lo que ofrecían: palabras sueltas de lenguajes caducos, suspiros elementales, germinados de tristeza, canciones con olor a pan, capturas de pantalla dibujadas a mano, fragancias inoloras, colecciones de estampas imposibles, listas de objetos perdidos y una edición especial de la Biblia Cósmica firmada por Stephen King y H. P. Lovecraft.

Iba a pasar de largo una pequeña mesa de apenas un metro de largo que exhibía cajas descoloridas de chicles, frascos de mayonesa con cenizas, burbujas de cristal conteniendo un líquido transparente inodoro, e insípido, y detrás de todo eso unas jeringuillas del tipo que servía para administrar insulina en otros tiempos.

—Con esto te mueres tres fragmentos. ¡Buena broma, eh! —dijo el pandroso vendedor enseñando los únicos dos dientes en su sonrisa.

—¿Cuánto tiempo tarda en hacer efecto? —preguntó Lolo.

—Unos cinco fragmentos, yo creo. Te lo inyectas esperas cinco fragmentos, te mueres, pero no te mueres. Tres fragmentos y tu metabolismo lo procesa y despiertas. ¡Buen broma, eh!

—Me lo llevo. ¿Cuál es el trueque?

—¿Tienes diamantes?

—No, tengo algo mejor: un bolígrafo que escribe, pero no se ve.

—¿Cierto eso? ¡Quiero verlo!

Lolo sacó del bolsillo un bolígrafo en color amarillo con las letras B C en azul, la I se había borrado. Garabateó algo sobre la mesa y por más que el asombrado vendedor cambiara de ángulo, no lo pudo ver.

—¡De verdad funciona! ¡Lo quiero! ¡Trato hecho! —dijo entusiasmado el vendedor. Estaba feliz con su adquisición— Escribiré un letrero que dirá «Venenos para bromas» y nadie lo podrá ver. ¡Buena broma, eh!

Arrebató el bolígrafo y se olvidó de su cliente. Se dispuso a escribir con tinta que no se ve en todos lados. Lolo guardó con cuidado la jeringuilla y se apresuró a salir del mercado.

Al otro día iría a morirse a casa de su novia.

Esa noche la gente de carbón se mantuvo activa. Nadie lo sabría hasta el otro día cuando el anciano narrador no presentaría su acto como era costumbre. Durante la madrugada la comida prefabricada le pasó la factura. Su alma desorientada fue acarreada a otra dimensión en un susurro.

No se veían nubes verde limón en el cielo esa mañana. El sol rojo emitía sus primeros rayos manchando de adobo el cielo. Lolo palpó la jeringuilla en su bolsillo. No diría nada a Zuzu para que ella no lo persuadiera de hacer el tan ansiado experimento.

En la casa solo estaba ella; lo hombres ya habían salido a hacer sus labores. Abrió la puerta y lo recibió con un beso.

Todo iba normal como lo era cualquier otra visita. Sentado en el suelo, Lolo esperó a que Zuzu se distrajera y pudiera aplicarse la sustancia. «Cinco fragmentos, luego tres y revives. ¡Buena broma, eh!». Recordó al estafado vendedor.

Zuzu fue a buscar agua y Lolo aprovechó el momento. Se inoculó el veneno para bromas. Una sensación de picor recorrió su pierna, y fue menguando en intensidad. Zuzu regresó y lo encontró con un extraño gesto en el rostro.

—¿Te sientes bien?

—Sí, muy bien.

Quiso esbozar una sonrisa, mas no resultó. Se sentía pesado y con un efecto de lentitud en el paso del tiempo.

Zuzu se acomodó a un lado de él en el piso. El osado joven apenas tuvo fuerza para pasar su brazo por encima de los hombros de la chica. Ella notó que el brazo estaba laxo.

—¿Lolo? ¡Lolo! ¿Qué pasa? —gritó alarmada.

Escuchaba la voz de Zuzu como si estuviera a muchos metros de distancia. Escuchó también murmullos, como cuando hay mucha gente hablando al mismo tiempo en un lugar cerrado. Todo tenía un brillo extraño, igual que una fotografía sobreexpuesta. No supo cómo, pero Lolo los vio. Vio a la gente de carbón.

Su visión se tornó borrosa y no podía enfocar. Por otra parte, podía sentir las palmaditas que le daba Zuzu para despertarlo. El vendedor nunca le dijo que los tres fragmentos transcurrían a diferente velocidad cuando estuviere muriendo. Una figura oscura se paró frente a él: no tenía forma humana, parecía empezar y terminar en ninguna parte. Farfullaba en un idioma que Lolo no había escuchado nunca. La figura se aproximó más, casi rozando la cara del muchacho como si quisiese cerciorase de algo. Como en un grito gráfico el ser se crispó en distintas figuras. Los otros se quedaron inmóviles durante varios fragmentos que le parecieron enteros. La creatura de la noche se replegó junto a las otras y se mantuvieron agazapados. Permanecieron al acecho y si hubieran tenido ojos, todos los tendrían puestos en Lolo.

Él se iba recobrando del efecto del veneno para bromas; sin embargo, le resultó inquietante que ya no estaba muriendo y seguía viendo a la gente de carbón murmurando frente a él. «¿Qué esperan? ¡Ya lárguense!» dijo para sí. La voz desgarrada de Zuzu se iba haciendo cada vez más nítida. Su metabolismo estaba procesando la droga.

Justo cuando iba a decir a Zuzu que estaba bien, sintió como si lo jalaran de alguna parte de su cuerpo, mas era una sensación distinta, tanto, que la percibía desde adentro. Durante un instante se vio a sí mismo llevado por la gente de carbón. Aquello era como si lo hubieran duplicado porque pudo ver su cuerpo flácido en el piso y al mismo tiempo a otro Lolo con distinta forma: quiso verse las manos y solo percibió un color gris terroso, como arena mojada. Quiso ver sus piernas y solo vio algo que empezaba y terminaba en ninguna parte, cada vez más gris, más etéreo y lineal. Hasta que se tornó oscuro como un pedazo de carbón poco después de ver por última vez su cuerpo que yacía en el suelo como un muñeco sin armazón.

Nadie sabía de dónde venía la gente de carbón. Ni siquiera el viejo narrador tenía conocimiento de que no se puede seguir vivo una vez que los has visto. Tu alma se oscurece y en un susurro ya formas parte de ellos. Cambias para toda la eternidad.

Zuzu derrama un diamante cada vez que recuerda a su novio. Guarda el diamante junto con otros en una bolsita de terciopelo con jareta. Se acomoda y mira con insistencia hacia la pared.

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