El paradero


Ilustración por Carlos Quijano

No es un camino vecinal ni tampoco una moderna autopista; en los 80 le llamaban carretera federal, pero con la llegada de la voraz urbanización ahora lleva por nombre bulevar. Junto con la civilización —como muchos llamaron en su momento al abandono de la vida pueblerina— llegaron también un montón de problemas sociales y demográficos. La geografía de lo que iba a ser un lugar de retiro y descanso de pronto se vio muy similar en cuanto a apariencia y contexto a las favelas brasileñas: las colinas se plagaron de casas a medio construir, ofreciendo al visitante una estampa ilustrativa del concepto del tercer mundo.

Una de las consecuencias que tuvo el gran terremoto de 1985 fue la migración. Este fenómeno ocasionó que muchos defeños —antes ese era su gentilicio, hoy como cambió de nombre la entidad federativa, no se ponen de acuerdo con uno nuevo— dejaron atrás las ruinas que habitaban antes del temblor y, por su cercanía, abarrotaron esta ciudad.

Después de unos años, en los que los oriundos se acostumbraban a la chilangada en fuga, también llegaron aquellos que perdieron la esperanza y que nunca encontraron la tierra prometida en suelos guerrerenses. Salvo unos cuantos que lograron triunfar en el puerto de Acapulco, los demás vivían en la miseria. Ellos trajeron consigo su pobreza extrema, sobrepoblación, pereza y raras costumbres, como la de comer pozole todos los jueves.

La población se amalgamó entre chilangos, guayabos y cochos arcelianos y ya nada volvió a ser igual en este estado.

Hoy, con más edad, mucha más de la que tenía cuando llegué, me tomo mi tiempo, bajo al bulevar y compro una nieve, una botella de agua, un café, o hasta un invento llamado «Dorilocos», según la temporada o la ocasión. Me acomodo en una barda de piedra y cemento que se construyó en no sé qué año para poner tres escalones y poder subir al siguiente nivel de la acera. La barda está justo debajo de una techumbre que cubre una pequeña explanada donde cada sábado, domingo o día festivo, se instala un puesto ambulante que ofrece tacos de barbacoa de chivo. Esta techumbre sirve para refugiarse del sol o de la lluvia porque justo en ese punto está una parada de autobuses. A un costado, en la calle perpendicular al bulevar, hay una fila de taxis esperando turno para ser abordados. El sitio, le llaman. También, debajo de ese techo de lámina galvanizada hay una tienda en donde despachan a sus clientes la mercancía a través de una reja; es decir, no se puede entrar. En lo personal detesto esos lugares con ese sistema de ventas, pero todo se debe al alto nivel de delincuencia en los alrededores. Es que esa esquina en particular es un punto de encuentro. Transeúntes, clientes de la tienda, pasajeros que suben y bajan del autobús y otros que prefieren alquilar un taxi a caminar el último tramo para llegar a su destino.

Mientras degusto un café —fue en noviembre, recuerdo, ya había bajas temperaturas— observo con discreción todo lo que acontece en el paradero: puedo ver la ansiedad en los ojos de uno de los choferes de taxi; lleva más de cuarenta minutos esperando ser contratado para un viaje. Miro a una señora de rostro cansado que apenas puede bajar el último peldaño del estribo del autobús. Camina balanceándose por causa del sobrepeso y los estragos que eso ha hecho en sus articulaciones. Dialoga con el taxista, llegan a un acuerdo en la tarifa después de unos minutos de tradicional regateo. La señora sonríe porque obtiene un buen precio por el servicio y se dispone a abordar el vehículo por la puerta trasera. El chofer tiene gesto resignado porque quizá no fue el mejor pago que pudo obtener, pero al menos se movería del lugar después de casi una hora de espera.

Una chiquilla con uniforme escolar se levanta de la banca metálica que el ayuntamiento dispuso en cada paradero de su jurisdicción. Se echa la mochila al hombro, acomoda la falda doblándola en la pretina para que el largo quede unos centímetros arriba de su rodilla y aborda el autobús que se acaba de detener. Coquetea con el chofer, —que es mucho mayor que ella— quien con una sonrisa benevolente le hace una seña para que pase y ocupe el asiento reservado para adultos mayores, mujeres en gestación o personas con capacidades diferentes. La estudiante, gracias su jovial sonrisa, se ahorra el pasaje, pero eso no la exime de ir charlando con el operador, quien arranca la unidad con aire de suficiencia sintiéndose un perfecto galán otoñal que cuenta con un amor en cada paradero.

Hay más personas esperando otras líneas de autobús. Algunas se pasean de un lado a otro echando vistazos al bulevar esperando ver su camión acercarse, otras se entretienen con el celular sin darse cuenta de lo que pasa a su alrededor, otras más aprovechan ese tiempo muerto para repasar su lista de ilusiones y se pierden en sus propias fantasías.

Muy pocos saben que la cinta negra que está amarrada en la estructura metálica del paradero es una especie de bandera que indica que ahí se distribuyen drogas. El encargado de hacerlo llega cada día, amarra la cinta y se para junto a la pared de la tienda que hace esquina con la calle perpendicular al bulevar. Es un sitio estratégico porque desde ahí puede ver con anticipación la llegada de la policía ya sea por el bulevar, o por las calles de la colonia.

El narcomenudista es un tipo de unos cuarenta años; quizá tenga menos, pero ese vicio acaba con la gente. Es flaco, con bigotes de morsa, usa siempre un gorro de estambre, no importando el clima. Por lo que he podido observar tiene bastante bien aleccionados a sus compradores —jóvenes, en su mayoría— porque el pago y la entrega se hacen sin cruzar una palabra. El distribuidor ubica a su cliente, a la distancia, con una seña, le indica que lo espere; saca una pequeña bolsa del tipo que tiene un cierre de presión hermético de una desgastada cangurera, la esconde con la destreza de un prestidigitador y vuelve a hacer otra señal para que el cliente se acerque. El muchacho, quien no debe de tener más de veinte años, entrega el dinero, el traficante lo recibe con la mano derecha, le echa un vistazo rápido antes de guardarlo en un compartimento de la cangurera y con la mano izquierda entrega la bolsita. Esto sucede en cosa de segundos. Se concreta la transacción y el vendedor vuelve a lo que estaba haciendo: cuidarse de la policía y mirar con babeante lascivia a toda mujer que pase frente a él.

A un costado de los escalones de la acera, junto a una ventana de la tienda que funge como exhibidor de botellas de alcohol, hay una delgada banqueta que todas las veces sirve de asiento para una chica de aspecto sucio, cabello enmarañado, ropa raída, tez marchita y una delgadez extrema. Es una adicta que consume lo que vende el bigotes de morsa. Esta vez está acurrucada, entredormida, hecha ovillo; abraza sus piernas, dormita un poco o tal vez está bajo el efecto de la droga. No es necesario acercarse mucho a ella para percibir por encima de su mal olor corporal, el destilado de pegamento que emana no solo de la transpiración de su escuálido cuerpo, sino de su aliento, incluso. Entre su inexistente pecho y sus rodillas abraza un juguete. Parece uno de esos coches que se arman con bloques parecidos a las piezas de Lego. Se me ocurre pensar que es para su hijo. Lo abraza de tal manera como se abrazaría un tesoro. El niño se sentirá feliz al ver llegar a su mamá con aquel juguete, ella sonreirá satisfecha por brindarle un momento de alegría al niño, quien no tiene un padre porque ella fue una víctima de violación multitudinaria a manos de otros adictos. Ella no supo que estaba embarazada hasta que la gestación estaba tan avanzada que, la vida de ambos peligraba si se optaba por un aborto. Se quedó con el bebé por presión del sacerdote de la iglesia a la que asistía. Ahora sale todos los días a conseguir dinero prestado, alquilándose para hacer quehaceres domésticos, barriendo calles o recibiendo dinero a cambio de sexo oral.  De alguna manera tiene que llevar comida a su casa para alimentar a su hijo. Es su lucha diaria, además del vicio de las drogas.

Quizá se me ocurrió esta historia, quizá alguien me la contó en un momento de sobriedad.

La vida es mucho más amarga que un café cargado y a veces hay que dar tragos grandes.

De repente el bigotes de morsa ha desaparecido, en su lugar se quedó una chiquilla que vende empanadas dulces y saladas. Miro en todas direcciones y a lo lejos distingo las inconfundibles luces en colores azul y rojo alternándose en arrebatados giros en la torreta de una patrulla de policía. Un oficial asoma su rechoncha cara: bigote recortado, cabello casi a rape, lentes oscuros imitación barata de Ray Ban. Escudriña el paradero en busca de algo o alguien. La patrulla se detiene y el regordete policía fija su atención en la niña de las empanadas. Ella, con nervios templados, ofrece su mercancía: «Empanadas de arroz, de manzana, de mole con pollo, de jamón con queso. ¿De qué va a llevar, patrón?», remata su cantinela. El policía la llama y ella se acerca. Con rapidez despacha dos de jamón con queso, una de mole y otra de arroz. Los policías buscaban comida, no a un narcomenudista.

La patrulla se aleja y el traficante sale de su escondite y continúa con su venta.

La niña atraviesa el bulevar para ir a ofrecer las empanadas a la salida de una farmacia de medicamentos muy parecidos a los de patente. «Lo mismo pero diferente» reza su eslogan.

El sol comienza a despedirse con esos rayos de amarillenta melancolía. Las colinas los obstruyen y provocan una oscuridad prematura. Pronto las luminarias artificiales se encenderán una a una rindiendo juramento contra la oscuridad y despertando de su sueño diurno.

La acera de frente a donde estoy sentado comienza a llenarse de mesas armables de plástico y blancas sillas monobloque. En la entrada del local hay un hombre que está comenzando con un ritual: está encajando tiras de carne marinada en un condimento prehispánico. Con la habilidad que solo da la práctica, el hombre va poniendo una capa tras otra sobre la varilla metálica y va formando una figura similar a un trompo en llamativo color naranja. Cuando termina de acomodar las carnes, con precaución enciende el fuego vertical que irá cocinando la carne poco a poco hasta alcanzar el punto exacto de cocción, usando a modo de espada, un cuchillo con el que irá rebanado con certeros cortes, la parte rostizada que caerá en una pequeña tortilla. Ahí se coronará con cebolla, cilantro y un pequeño trozo de piña que el diestro espadachín corta en lo alto del trompo y como si se tratase de un acto circense, caerá con toda precisión dentro del taco.

Este ritual culmina con los rostros de satisfacción de los comensales que después de presenciar los malabarismos de la preparación están ansiosos por probar el rico manjar llamado «taco de pastor».

A contraluz sobre el bulevar se ve la oscura silueta de un puente peatonal, que por alguna extraña razón nadie utiliza, a pesar de que no hace mucho tiempo hubo una muerte trágica, del tipo que es difícil de aceptar que haya ocurrido. Cuando ocurre algo así se genera un desajuste en las cuadrículas del tiempo ocasionando que el balance de la ecuación tiempo-espacio prescinda del determinante. En otras palabras, el evento acaecido permanece en un ciclo infinito donde el espacio no tiene principio ni fin. El evento se repite tantas veces como dure la eternidad.

Cuenta la gente que el alma de la persona fallecida ronda el lugar desde entonces. De repente se le puede ver subiendo o bajando las escaleras del puente.

La noche se extiende plena de oscuridad. El tránsito disminuye. Solo se ven siluetas a contraluz que arrastran los pies y su andar es pesado, su postura gacha, como si quisieran proteger su rostro de la oscuridad.

Noto que mi café está casi frío y no sé si sea por el ambiente o por la temperatura de mi mano que sostiene el envase. Doy un último trago al vaso antes de levantarme e irme. Trato de estirarme para poner en marcha la circulación, pero me siento ligero como vapor de agua. Camino unos pasos y me dispongo a dejar el paradero.

Algo extraño sucede: ¡me quedo atónito! Acabo de ver a un hombre idéntico a mí, con la misma vestimenta y se me eriza la piel cuando me doy cuenta de que lleva un vaso de café con la misma marca que yo acabo de beber. Esto no es más que una broma macabra.

Me mira y sufre un ataque de pánico. Echa a correr sin poner atención al tránsito que circula sobre el bulevar. Se escucha el estruendo de una urgida bocina de un tráiler, la velocidad le impide frenar y embiste de lleno.

El cuerpo vuela por el impacto y cae a unos tres metros de distancia. La gente en el paradero se alarma y se preguntan «¿Qué pasó?» Alguien grita «¡Llamen al 911!» En lugar de pedir ayuda se acercan al lugar en donde está el cuerpo para tomar fotos y videos con el celular. Me acerco con más morbo que curiosidad. Intentan darle los primeros auxilios. A la distancia se escucha como un grito escalofriante el sonido de la sirena de una ambulancia. En un abrir y cerrar de ojos los paramédicos ya están arrodillados junto al atropellado, pero es demasiado tarde. Lo declaran muerto, por lo que uno de ellos busca en los bolsillos alguna identificación, cuando la encuentra se levanta y pregunta: «¿Alguien conoce a…»? Y dice un nombre que es el mío.

En ese momento entiendo todo. Me siento ligero, como si flotara, etéreo, volátil…, muerto.

Es mi alma, atrapada en un bucle, la que contempla el momento de mi muerte.

Me transformo en un gas y todo empieza de nuevo.

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