AISLAMIENTO (BLOG)

La piedra blanca – Donovan Rocester

  • La piedra blanca
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    «An athlete wrestling with a python», by Frederic Leighton (CC0)

    Cierta raza extraterrestre fue invadida por una raza tecnológicamente más avanzada que se encontraba en búsqueda de un nuevo planeta luego de la destrucción del suyo. La raza invadida era una civilización agrícola y pacifista. Esta actitud evitó una matanza pero provocó su gradual esclavitud. Luego, los recursos naturales del planeta fueron utilizados para construir base militares y poderosos cañones que utilizarían para ahogar cualquier rebelión de sus ya esclavos.

    Durante la invasión, un anciano monje junto a su discípulo lograron escapar gracias a sus habilidades. Sin embargo, el anciano maestro sabía que le quedaba poco tiempo de vida. Por lo que le era urgente terminar de entrenar a su discípulo y dejarle trazado el camino que debía seguir después de su partida.

    ***

    —Maestro, aquí tiene un poco de agua —dijo el joven monje.

    —Gracias, hijo —dijo el anciano monje—.

    —Debería hacerme caso, maestro. Estaríamos mejor si saliéramos de esta cueva.

    —No, hijo mío. Cuando yo muera, que será pronto, serás el último monje de este planeta —dijo el anciano en un tono muy solemne—. No puedes ser visto por los enemigos.

    —Pero, maestro… —intentó replicar el joven monje.

    —Aplica lo aprendido, hijo —dijo el maestro—. Y aprende cuanto puedas de mí, mientras aún esté en este mundo.

    El anciano monje entrenó a su discípulo durante alrededor de dos años de aquel planeta, luego de eso murió.

    ***

    El joven monje había adquirido mucho conocimiento gracias a su viejo maestro. El tiempo influyó poco en la cantidad de preguntas que pudo hacer, debido a que el anciano monje era capaz de crear una habitación astral en la que el tiempo corría mucho más lento que en el mundo material, dándole la oportunidad de enseñar muchas cosas en muy poco tiempo. Pese a ello, no logró terminar el entrenamiento para desbloquear los siete chakras de su discípulo.

    El viejo maestro solo alcanzó a ayudar al monje a desbloquear hasta el quinto chakra. Por su cuenta, se dedicó a despertar el legendario Ojo de Ajna o sexto chakra. Una vez despierto, ese ojo le ayudaría a determinar el final de su entrenamiento, que tenía por objetivo la obtención de un gran poder para liberar a su especie de la raza que los esclavizaba. Pero aún no estaba listo.

    ***

    Luego de acostumbrarse al uso de su Ojo de Ajna, se dio cuenta del camino que debía seguir. El monje entendió que, para conseguir poder usando el método de su maestro, se necesitaba demasiado tiempo. Aquel método consistía en la utilización del Ojo de Ajna para construir un objeto conocido como la Piedra roja de Sajasrara. Dicho objeto le permitiría despertar su séptimo chakra para alcanzar un estado de unidad con el Ánima Mundi para usar una habilidad marcial conocida como Samadhi-Modo, donde el cuerpo absorbe grandes cantidades de Anima mundi junto a su propia ánima para generar un aura amplificada de color dorado.

    Sin embargo, para la construcción de la Piedra roja de Sajasrara, era necesario un proceso de purificación del alma y, luego, usar el Ojo de Ajna para acceder al espacio interior del alma. Una vez dentro puede accederse a las muchas habitaciones del alma. Una de ellas, conocida como La habitación de la locura es la que contiene el receptáculo del núcleo del alma. Al contener un objeto tan valioso, La habitación de la locura funciona como un mecanismo de seguridad para evitar que un ser toque el núcleo de su alma por accidente y se provoque daño. Además, según ciertas leyendas, el núcleo del alma no debe ser replicado porque es el motor sagrado que el Dios Absoluto creó para sostener la vida y no debería jugarse con la tecnología de Dios, por lo que el acceso a dicho lugar está restringido. Los mecanismos de seguridad son tan intensos que producen un dolor físico indescriptible a aquel que esté visitando La habitación de la locura. Además, para replicar el núcleo del alma es necesario sostenerlo y observar su forma. Para evitar que eso suceda, existen dos mecanismos adicionales de seguridad. El primero consiste en la presentación de visiones perturbadoras directamente en la mente del que intenta observar su propio núcleo, destinadas a hacerle perder la razón. El segundo, y tal vez el más peligroso, es un mecanismo que afecta el Ojo de Ajna, distorsionando la vista del que observa el núcleo para que la réplica no sea exacta, dando lugar a réplicas inestables cuya explosión puede llegar a matar al usuario.

    El problema con la construcción de la Piedra roja de Sajasrara era que el proceso de purificación del alma requería de mucho tiempo. El joven monje sentía que no podía darse el lujo de consumir tiempo mientras su raza era abusada y esclavizada por aquellos invasores. Aquello lo llevó a decidir que ahorraría el mayor tiempo que pudiera, incluso a costa de su propia salud y seguridad. La idea era fabricar un objeto lo más cercano posible a la Piedra roja de Sajasrara, pero sin la necesidad de purificar del todo su alma. Pensó por algunos meses en la forma de encontrar un atajo para la construcción de dicha piedra roja incompleta que funcionara, al menos de forma temporal, como una piedra roja genuina.

    ***

    Luego de un par de años de la muerte de su anciano maestro, en completo aislamiento dentro de aquella cueva, el monje ideó un método para construir una Piedra roja de Sajasrara modificada con las características que deseaba. Estaba listo para su visita a La habitación de la locura. Preparó todos los materiales para el ritual, tomó una pose de meditación y activó su Ojo de Ajna, que se veía como un gran ojo brillante en su frente.

    Una vez dentro del trance, el monje se vio a sí mismo en la sala principal de su alma. Usando su percepción pudo llegar rápidamente a la puerta de La habitación de la locura. Entonces, como había ensayado miles de veces en su mente, corrió dentro de la habitación y soportó el dolor que le provocaba el piso del lugar. Se veía como descargas eléctricas y se sentía de la misma forma. Por fuera, se veía salir humo del cuerpo del monje, mostrando que aquellas descargas eléctricas no solo provocaban dolor sino que infligían un daño físico real. En cuanto logró llegar al receptáculo del núcleo de su alma, el mecanismo de las visiones intentó consumir la cordura del monje, que usó una concentración sobrehumana para sobreponerse a ellas. Finalmente, ya con el núcleo en sus manos, el monje se concentró en su Ojo de Ajna y aplicó una técnica que inventó él mismo para ahorrar tiempo en la misión de rescate de su civilización.

    La técnica consistía en aislar, en una zona específica, todas las distorsiones visuales que provocaban las impurezas de su alma. De esa forma podía ver con nitidez el núcleo de su alma, al menos de forma parcial. Una vez logrado aquello, el monje regresó del trance y recobró el control de su cuerpo. De inmediato, utilizó los materiales previamente preparados para construir una réplica del núcleo de su alma, copiando de forma exacta la parte que pudo captar de forma nítida. La parte donde aisló sus impurezas no estaba para nada clara, por lo que el monje tuvo que usar su criterio para colocar los circuitos faltantes del núcleo de su alma. Una vez hecho esto, colocó dicho núcleo imperfecto dentro de una piedra especial de ánima condensada y se desmayó por el esfuerzo.

    ***

    El monje se dio el tiempo de sanar su cuerpo de las secuelas de la fabricación de su Piedra roja de Sajasrara modificada. Cerró los ojos e inició una larga meditación, destinada a hacer fluir su aura a través de sus chakras. Cuando su Ojo de Ajna brilló en su frente, es decir, cuando ya su sexto chakra se activó, abrió los ojos y miró su piedra roja, que empezó a emanar un deslumbrante fulgor rojo y levitó hasta colocarse por encima de la cabeza del monje.

    En lugar de usar la Piedra roja de Sajasrara para entrenar y poder despertar su séptimo chakra y dominar el Samadhi-Modo, el atribulado monje decidió usar su piedra modificada para convertirla en un séptimo chakra artificial. De esta forma, pudo acceder al Samadhi-Modo de manera forzada.

    En cuanto encendió su Piedra roja de Sajasrara modificada, el monje sintió con claridad los mecanismos que no funcionaban correctamente. El circuito de encendido y apagado no funcionaba, por lo que se dio cuenta de que ya no había marcha atrás. Usó la piedra como una especie de antena para atraer a la fuerza cantidades descomunales de ánima mundi, haciendo que su cuerpo accediera a un Samadhi-Modo forzado pero funcional. Usando aquel poder, el monje desbloqueó las limitaciones naturales del núcleo de su alma y del núcleo de su piedra modificada, por lo que fue capaz de generar cantidades masivas de aura amplificada y salió de la cueva.

    El monje, envuelto en un inestable pero potente fulgor naranja, dio un gran salto hacia uno de los lejanos cuarteles generales de la raza invasora. Allí, los soldados solo vieron llegar un veloz meteoro naranja que se estrelló en la base, haciendo estallar las habitaciones de los soldados que aún dormían. Sin perder el tiempo, el monje dio otro salto haciendo estallar el segundo de los cuatro cuarteles generales construidos en el pequeño planeta con mano de obra esclava.

    El objetivo del ataque era eliminar a los enemigos mientras dormían, para evitar las bajas por fuego cruzado y para no destruir el armamento de los invasores, que sería útil en caso de otra invasión. El monje, en cuanto destruyó los cuarteles generales, empezó a dar saltos haciendo estallar las diferentes zonas de concentración de soldados para acabar con la mayor cantidad posible. Antes de que pudiera acabar con todos los regimientos, la piedra incompleta que fue forzada a funcionar al nivel de una completa se quedó sin energía, por lo que comenzó a tomar energía del cuerpo del monje hasta agotarla también.

    Cuando intentaba dar un último salto, el monje se dio cuenta que La Piedra roja de Sajasrara modificada empezó a volverse blanca. Luego, no solo la piedra rojo sino su mano y su brazo se fueron volviendo blancos. En unos segundos, el altruista monje se convirtió en una estatua de piedra blanca que, a pesar de incontables disparos y caídas, no recibió ningún rasguño.

    Los soldados sobrevivientes intentaron contraatacar, pero al haber sido diezmados por los saltos explosivos del monje, fueron controlados rápidamente por la población local que usó sus propias armas en su contra; logrando al fin la liberación de su raza.

    Luego de una larga labor de reconstrucción, aquella raza extraterrestre logró la paz. Colocando, como símbolo de ella, la estatua blanca del monje que sacrificó su vida a cambio de la libertad de todo su planeta.


Fin de cuarentena – Carlos Quijano

  • Fin de cuarentena

    Amelia

    No está padre hacer las tres comidas con mis padres y mi hermano, ya no. ¿Cuándo se va a terminar esto? Hoy toca ir al súper, irá mi papá. Espero que esta vez no se equivoque con mis toallas. No recuerdo si puse a cargar mi cel. Las llamadas en grupo le exprimen la batería. Mamá tiene el control remoto de la tele, aquí viene: las noticias con la tipeja del terremoto. ¡Nadie le cree! ¡Qué aburrido! No hablan de otra cosa más que de contagios y pandemia; muertos y hospitales.

    Ya quiero regresar al colegio; poder salir con mis amigas a los centros comerciales. Me urge estar con Tony. ¡Ya no aguanto este encierro! Tengo el pelo hecho un trapeador y mis uñas parecen canicas cascadas. Si Maritza me viera, no me la acabaría con el bullying. Como cuando se enteró de que no me gusta usar tampones. ¡Maldita! A toda la clase le dijo que utilizaba trapos que lavaba y volvía a usar en cada periodo. ¡La detesto!, pero, de cualquier manera, todo eso es mejor que estar aquí encerrada escuchando por las noches los ruidos que hacen mis padres cuando cogen y por las mañanas fingen que se aman. Qué relación tan mediocre.

    Quiero a Matías. Él aún no se da cuenta de nada. De que nuestros padres ya no se quieren. Durante un momento me gustaría volver a tener su edad y preocuparme solo por jugar, pero ahora tengo mil cosas en la cabeza que me vuelven loca y parece ser que nadie entiende eso. Iré a revisar mi teléfono.

    Matías

    El robot de acero vuela sobre el océano de leche, ¡hay mucha leche! Tiene que salvar a las hojuelas del cereal que han caído allí. ¡Rápido, robot! Aquí viene, «estamos salvadas», gritan las hojuelas. El robot levanta de una sola vez a varias y ¡no puede ser!, un monstruo primitivo las devora antes de que el robot de acero logre ponerlas a salvo.

    Papi está preocupado.

    Y aquí viene otra vez, levanta un par de hojuelas que están muriendo en el mar de leche, se les está cayendo el azúcar. El monstruo vuelve a arrebatar con sus fauces las hojuelas antes de que el robot…

    Amelia siempre está enojada, a veces quisiera que jugara conmigo como lo hacíamos antes: a derribar soldados con los carritos. Ya es mujer, dice mami, por eso ya no juega. ¡Qué mal! Cuando yo ya sea hombre se me olvidará jugar y estaré preocupado como papi. Tiene miedo, lo oí, le dijo a mami, por el trabajo. Cuando nos dejen salir, seguro que mi papi tendrá trabajo porque como nadie ha salido, habrá mucho porque se ha dejado de hacer.

    ¡Robot! ¡Robot! ¡Sálvanos! ¡Oh, no! Las hojuelas se hundieron hasta el fondo del océano de leche. ¡Pobres!

    Julieta

    No sé si es este encierro, pero he sentido diferente a Daniel. Es más paciente y amable, no como cuando recién nos casamos, pero ha cambiado. Lo siento más cercano. No quiero pensar que se ha comportado así porque solo puede estar conmigo y no con… otra. Pensaré mejor que esta cuarentena nos ha llegado en un momento en que necesitábamos retomar nuestra vida matrimonial. Es verdad que lo quiero, pero no del modo en que lo quería antes: incondicional y sin dudas. Está muy callado, ¿en qué pensará? Bueno, todos los días tenemos que preocuparnos por cientos de cosas que no podemos asegurar que seguirán funcionando cuando termine la contingencia. ¡Dios! Ha sido una dura prueba para todos en esta familia. Lo único que extraño son las tardes de café con Rebeca: fuera de eso, mi rutina no se altera en lo mínimo. Entre quehaceres y preparar comida se me va la vida. ¡Dios! ¡Qué triste mi vida desde que nació Amelia! Pero ¿qué estoy diciendo?, si mis hijos son mi vida. No así mi esposo. Ya no. Desde hace mucho solo tenemos sexo sin besos, sin caricias y sin amor. Bueno, tampoco puedo decir que dejé de vivir mi vida y ahora la vivo a través de otros; o puede ser que sí. Dejé de ser Julieta para convertirme en la mamá de Matías y Amelia. Antes era la esposa de Daniel, ahora solo soy su… Pero ¡qué pensamientos tan tontos! Si mi madre me escuchara, ya me estaría dando un sermón y aconsejándome acerca del papel de la buena esposa. Los tiempos cambian.

    A veces me pregunto si estoy haciendo lo correcto o, mejor dicho, si estamos haciendo lo correcto. Fingir ante nuestros hijos que todo está bien y no pasa nada. Sé que estamos dando un mal ejemplo a los niños, pero no me atrevo a preguntarles sin antes explicarles que es lo que sucede entre su padre y yo.

    Veamos qué hay de nuevo en las noticias.

    Daniel

    Julieta sabe que es más costumbre que cualquier otra cosa; después de quince años de casados nos conocemos muy bien. Quién lo iba a decir, justo cuando quería plantearle el divorcio ocurre todo esto de la cuarentena. ¿Será una señal? Ja, ja. No creo que el universo se rija por señales.

    Me aterra la idea de que Amelia y Matías no vivan lo que debieran vivir: aún son muy jóvenes y les falta toda una vida por delante. ¿Qué será de sus planes? Me preocupa, sobre todo, Amelia que está en una etapa difícil de su desarrollo y más que dudas, tiene resentimiento por todo y contra todos.

    Creo que Julieta sospecha algo, no me lo dice, pero en ocasiones tiene conductas muy obvias. Si ya tiene sembrada la semilla de la desconfianza, pienso que será para ella más fácil encarar que nuestra relación terminó desde hace mucho. En cuanto termine la contingencia, me iré de la casa y comenzaré con los trámites del divorcio. Me veré tan egoísta, pero no puedo seguir fingiendo. ¡Carajo!, sí soy un puto egoísta. Voy a sacrificar la felicidad de mis hijos por alcanzar la mía. Va a ser una tormentosa transición: Amelia me odiará, le romperé el corazón a Matías y a Julieta quizá no le afecte tanto, pero deberá regresar a trabajar. No hay otra manera de hacer las cosas menos dolorosas para todos.

    Con Julieta es solo una relación de cama, no hay amor ni nada. Somos adultos jóvenes y podemos salir adelante en otra relación. Se me ocurre que pondré de pretexto el trabajo para poder salirme de aquí, sí. Lo tomaremos como es debido, sin extrañar ni juzgar. Después de todo somos una familia sin recuerdos.

    —Amelia, ¿a dónde vas?

    —Voy a mi cuarto a ver mi celular.

    —Termina de desayunar. Y procura tomar algo más que café.

    —¡Matías! Deja de jugar con el cereal, ya salpicaste toda la mesa de leche. Daniel, ¿por qué no les dices nada?

    —¡Oh, lo lamento! Estaba pensando en el trabajo.

    —¡Fue el robot, mami!

    —Bueno, bueno, guarden silencio. Déjenme escuchar las noticias.

    «… la Secretaría de Salud emitió un comunicado en sus redes sociales, anunciando que la cuarentena llega a su fin y que a partir de mañana todos podremos salir a la calle y realizar las actividades cotidianas…».

    —¡¿Quéééé?! ¡Ay, mamá, no le creas a esa tipa!

    —¡Silencio, Amelia, obedece a tu mamá! Esto es importante.

    «… la conferencia de prensa se transmitirá en breve en cadena nacional desde el Palacio de Gobierno. Se hará oficial el pronunciamiento y estarán presentes el presidente de la república y todo su gabinete…».

    —¡Sííííí! ¡Ya podré salir a jugar con mi bici! ¿Verdad, papi?

    —Claro hijo, ya podremos salir todos.

    —¡Dios! ¡Gracias! Se acabó, Daniel.

    —Avisaré a Tony y a mis amigas de esta buena noticia. ¡Ya es TT en Twitter!

    Cuando Julieta dijo «Se acabó, Daniel», durante un momento él creyó que su esposa le había leído el pensamiento. La miro un instante y se dio cuenta de que se refería a la cuarentena. Ahora que estaba pasando, sentía miedo de todos los pensamientos que había tenido en el desayuno. Tendría que dejar pasar algunos días para que la euforia de la liberación perdiera fuerza y todo volviese a la antigua normalidad para proseguir con sus planes y proyectos de vida.

    Matías dudaba sí saldría con el balón o con la bicicleta. Sentía un poco de miedo porque a lo mejor se había olvidado de cómo pedalear. Optó por el balón, todavía sabía cómo patearlo. Se puso tenis y su playera del Barcelona con el número 10 en la espalda.

    Amelia ya hacía planes para verse con Tony o con sus amigas. Mejor con Tony. Esta vez no diría que no a la proposición de él de tener sexo. El encierro le enseñó que la vida se vive una vez. A sus amigas las podría ver después y presumirles que ya se había acostado con Tony.

    Julieta, mientras recogía los platos del desayuno, no perdía el hilo de las noticias: siempre le había gustado estar enterada de lo que pasaba en el país y en el mundo. Era, quizás, una costumbre que heredó de su padre que siempre estaba cambiando canales en el televisor para buscar información. Estaba fregando los platos cuando la presentadora de noticias dijo:

    «Pasando a la información de carácter internacional, Estados Unidos y México abandonan la mesa de negociaciones de la ONU por no llegar a un acuerdo con los representantes de China, Rusia y países del Golfo Pérsico. Los analistas califican como una ‘bomba de tiempo’ la tensión generada por el inesperado abandono. Estados Unidos no retirará sus tropas del Golfo Pérsico, así como tampoco lo hará con los barcos y portaaviones que se encuentran muy cercanos a las costas de Venezuela. El secretario de la ONU intentó conciliar los desacuerdos, pero fue inútil. Rusia y China se han pronunciado al respecto por la execrable decisión de Estados Unidos y México, por su parte, el gobierno de Irak ha declarado que asestarán un duro golpe a los norteamericanos y a sus aliados. Por último, China y Rusia manifiestan su apoyo incondicional a Venezuela y a los países afectados en el Golfo Pérsico”.

    —¿Crees que haya guerra, Daniel?

    —No, ¡por favor! Acabamos de salir de una situación compleja y ahora por rencillas políticas volver a estar en peligro, ¡no!

    —Con los políticos nunca se sabe.

    —No creo que pueda haber guerra. Las economías están muy golpeadas por la pandemia. ¿Crees que algún país cuente con los recursos suficientes no solo para iniciar, sino para mantener un conflicto armado?

    —No lo sé, pero los presidentes de Rusia y China son personas de cuidado.

    —Pero al presidente de Estados Unidos ya nadie lo toma en serio. Él va a hacer su guerra por Twitter.

    —Eso es lo preocupante, hace las cosas por impulso.

    Julieta se quedó en silencio. Recordó cuántas veces, a lo largo de la historia, el intervencionismo de Estados Unidos culminó en absurdas guerras.

    El informe del presidente de la república, fue, como en todas sus conferencias de prensa, un acto que reclamaba suma paciencia: inició con el Himno Nacional, nombró uno a uno a los secretarios de su gabinete, dijo chistes de los que nadie se reía y pidió asistencia del secretario de Salud para interpretar la imagen de una gráfica que se proyectaba en una pantalla. Con su característico derroche de intelectualidad y utilizando eufemismos técnicos, el secretario describió cómo las medidas sanitarias que se implementaron fueron efectivas y se logró aplanar la curva y reducir el número de contagios del virus. Vino una ola de aplausos y el presidente, con su acostumbrada desfachatez, convocó a los ciudadanos a festejar en el monumento que simboliza la independencia y a abrazarse, besarse y acercarse otra vez.

    En las siguientes horas del día la familia se dedicó a los preparativos para reiniciar su vida desde el punto en que habían puesto pausa. Todos se sentían emocionados e ilusionados con el nuevo comienzo y sobre todo había entre ellos mucha alegría por el fin de cuarentena.

    A la hora de la comida, los cuatro sonreían y en su mirada tenían un brillo de esperanza, ese anhelo que les recordaba una nueva oportunidad en la vida.

    —¿Qué vas a hacer mañana, Matías?

    —¡Voy a jugar futbol, papi!

    —Iré contigo al parque.

    —¡Sí, mami!

    —Eres un ridículo, Matías. ¿Por qué te pones la playera?

    —Déjalo en paz, Amelia. ¿Tú qué harás mañana?

    —Como todos los sábados, mamá, iré al centro comercial, luego al café. Extraño a mis amigas.

    —Tiene novio, mami.

    —¡Cállate!

    —¿Novio? No habíamos platicado de eso, Amelia.

    —¡Ay, papá! Es un amigo.

    —No quiero que discutan por eso.

    —¿Tú sabías, Julieta?

    —Son solo amigos, Daniel, ¡Por favor!

    —Bueno, bueno. Ya. Te quedo delicioso el espagueti, Julieta.

    —¡Sí, mami!

    —¡Gracias!

    —Pero nunca vuelvas a hacer, mamá.

    —¿Por qué?

    —Para que no te roben la receta.

    Todos rieron de buena gana. Su risa fue espontánea y sincera. La tensión acumulada por todos esos días encerrados se relajó.

    La tarde se fue en un parpadeo. Se sentaron a ver una película, mas no podían estar quietos por la excitación. Cada uno estaba expectante a ese momento en que pusieran un pie fuera de la casa.

    Fueron a dormir sabiendo que el entusiasmo no les debería restar energías para enfrentar la locura que sería el primer día después del confinamiento. Listos para volver a la normalidad.

    Fue a las 03:16 de la madrugada cuando la alerta sísmica interrumpió su sueño. Acostumbrados a tales emergencias, siguieron el protocolo para salir de la casa y ubicarse en el punto de seguridad marcado por Protección Civil. Despiertos, con los ojos bien abiertos por el susto, se miraban uno a otro, miraban a los vecinos y se preguntaban si habían sentido el sismo. Consideraron la posibilidad de una falsa alarma y, enojados, regresaron al interior de sus casas.

    Julieta encendió el televisor —como era su costumbre en esas ocasiones—, sin embargo, no había señal en el aparato. Los chicos se dejaron caer en el sofá, malhumorados por la alerta falsa. Daniel tomaba un vaso con agua y también le causó extrañeza la falta de imagen. Fue a la ventana y se asomó; algo extraño ocurría en el exterior. En medio de la oscura madrugada pudo ver un cielo entintado con un degradado en tono rojo, se escuchó un rugido retumbante que todos percibieron, como cuando se está frente a un enorme bafle. Vio el hongo nuclear que se levantaba en el horizonte no muy lejano. Julieta estaba junto a él en la ventana, se estremeció, dejó escapar un suspiro y dijo, antes de que otro rugido hiciera vibrar la casa entera:

    —¡Ay, no!


Kelpie– dramágico

  • Kelpie

    Parece que algún demonio me quiere hacer una mala jugada. Sí, el aislamiento a todos afecta, pero conmigo se ha empeñado. No hay alcohol en casa y ninguna tienda me quiere fiar. Todo el barrio sabe que me he quedado sin trabajo, que mi Lupe me abandonó y se llevó todo, y que estoy a nada de quedar en calle. Necesito seguir bebiendo. No tengo nada, no queda nada de mí y no me puedo permitir pensar en eso. Llevo diez días sobrio y ya no aguanto. Si no bebo, enloqueceré. Ya puse la casa patas para arriba y no hay una sola gota de licor en esta casa. Bueno, sí, pero no puedo tomarla.

    Cuando estoy sobrio lo escucho. Me susurra al oído lo deplorable que soy, el fracaso en que me he convertido. Este demonio es cruel; sin embargo, en su maldad, una sola bondad me ha hecho: nunca me ha abandonado. Él ha estado conmigo desde la primera copa y me ha prometido estar en la última.

    En el altar del fondo todavía se halla la vieja botella de whisky del abuelo. Esa botella, verdosa y anticuada, lleva más de treinta años allí; sin inmutarse, sin perder una sola gota de su elixir y, tristemente, sin jamás haber recibido el beso fiel del borracho. Ahí ha estado desde antes de que muriera mi madre, desde antes que naciera yo. Ni siquiera mi difunto y alcohólico padre se atrevió a tomar el whisky de su suegro. Miedosos. Creencias tontas. «A los muertos no se les roba», sentenciaba mi abuela. Decía también que las maldiciones eran reales y que San Pedro te podía cerrar las puertas.

    Mi madre y mi abuela ya están muertas. Y mi abuelo lo está aún más. Si tanto querían el whisky, ya se lo hubieran tomado, Pero no es así. El whisky y yo estamos vivos. Solos, abandonados, pero vivos. Nos tenemos el uno al otro. Si no lo bebo, moriré. Si muero y no lo bebo, quedará solo por el resto de los días. sobrevivirá a la pandemia y a las tres o más que le sigan y quedará solo hasta el fin de los hombres, entre cucarachas y ratas que jamás podrán abrirla. Por eso es justo que yo lo beba.

    Llevaba diez días sobrio y era horrible. Tanta realidad me mata. He tomado la botella del altar y me he servido. Una copa, dos, tres, cuatro, ocho no sé. Conforme se acaba el whisky, la realidad se aleja. Otra vez soy yo y mi reino fantástico. Afuera hace un calor de cuarenta grados y yo me siento como recién salido de una piscina o de un lago. El whisky siempre es mágico, así sea de un difunto o del supermercado.

    Mi mundo de fantasía y mi guerra contra la realidad da frutos magníficos cuando hay alcohol. La mujer más hermosa que haya visto está frente a mí. La he traído para mí y se quedará para todas las masturbadas que me apetezcan. En mi imaginación soy tirano y rey.

    K se llama ella. Sabe a agua y a miel. A cura y a depravación. K se acerca y me besa. Toma mi virilidad entre sus manos mientras me mira directamente a los ojos. K sonríe. Me mira y voltea a verme. Nos mira, a mí y al otro yo. Estoy con ella y estoy sobre el altar, en la botella verdosa y anticuada de whisky. No sé cuánto tiempo llevo aquí. K se aparea conmigo, con el yo que habita afuera de la botella. K gime y yo también. El otro yo. El que es libre.

    Cae lluvia afuera. La veo desde la botella. Ya no veo a mi otro yo. K está sola y mojada, se acerca y me sonríe. Me agradece y le agradezco. K es libre y yo estaré borracho eternamente. Sobreviviré al fin del mundo y estaré aquí, bebiendo y respirando whisky por el resto de los días, hasta que las ratas o cucarachas aprendan a abrir botellas.


Jenco ermitaña – Blacksmith Dragonheart

  • Jenco ermitaña

    Humor. Porque los ermitaños disfrutamos el aislamiento.

    Haz como Jenco, quédate en casa.


Un abrazo – bosque baobab

  • Un abrazo

    Imagina que pudiéramos

    darnos un abrazo de espaldas

    como si los brazos consiguieran

    dar la vuelta.

    Y pudiésemos juntarnos sin miedo…

    Un abrazo de esos

    que juntan dos corazones y dos cerezas y cierran los ojos

    y hacen al tiempo denso.

    Un abrazo que envuelva como líquido amniótico

    y haga que inventemos

    una palabra

    que una

    dos almas.

    Algo así como almarados.

    Un abrazo mamá.

    Un abrazo ingrávido con tu mejor amigo; en el galeón pirata de la feria

    Un abrazo como el que me di con mi padre

    cuando la selección ganó la copa del mundo.

    ¡Campeones del mundo!

    Un abrazo como los de antes…

    Imagina que

    estas palabras son mis brazos

    y estoy contigo

    soy contigo

    ahora.

    Abrazados.

    Almarados.


2020 – melbag123

  • 2020

    Y llegó el año 2021 entre risas nerviosas, intentando retomar las celebraciones acostumbradas: uvas, deseos y, por fin —de lejitos—, abrazos y besos a las 12:01 de la madrugada. Ariana había preparado sus listas de objetivos y metas para el año nuevo; regalos para devolver antes de los quince días después de Navidad y, en un rinconcito, una nota: «quitar las decoraciones». Las cosas sucedidas durante el 2020 quedaban atrás, pero nunca olvidadas.

    Los compañeros de la redacción trajeron champagne y algunas tapas para los que les tocaba despedir y recibir el nuevo año trabajando.  El que terminaba había sido tenebroso para la humanidad. Hacían un esfuerzo por olvidar las terribles imágenes que reportaron desde sus casas de mañana, tarde y noche. Mejor era no pensar en aquel aislamiento extendido en varias ocasiones, sin saber cuándo sería su final, ni el miedo a algo invisible que se introducía en el cuerpo como los seres de la película Aliens: algo invencible que solo los científicos habían podido ver a través de un microscopio.

    Se alegraban de ver aquel maldito año apagarse, con la esperanza de que el nuevo trajera mejores cosas. Ariana empezó a observar cómo habían cambiado las cosas en su oficina. Las lecciones aprendidas en los pasados 365 días parecían aplicarse a todo. Seguían lavándose las manos mil veces al día; estornudaban en las mangas de sus camisas; guardaban distancia social y, por primera vez empatizaban con sus compañeros, sobre todo con los que habían perdido a un ser querido durante la pandemia.

    Todos tenían estrés postraumático o paranoia. No se sentían seguros a pesar de que el gobierno insistía que ya todo estaba bajo control; igual que dudaban al principio de que existiese tal virus, ahora no creían que se hubiera contenido. Todavía al llegar a sus casas, dejaban los zapatos afuera e iniciaban el ritual. Se lavaban las manos, ponían las llaves, la cartera y el móvil en un envase con una preparación de alcohol. Se quitaban la ropa, la ponían en una bolsa y la cerraban hasta que la fueran a lavar. Y al final corrían al baño más cercano para bañarse antes de tocar a ningún miembro de la familia.

    Ariana se había servido una taza de café bien cargado, caliente, sin crema ni azúcar, como a ella le gustaba. Se sentó un rato en su escritorio añorando los «quesitos» de San Juan, pero se conformó acompañándolo con una galletita de mantequilla. Sorbo a sorbo, el café le traía las memorias del año que terminaba, a pesar de lo horrible que fue, agradecía estar viva y haber sobrevivido la gran crisis, aunque perdió a varios seres queridos. Miró en su correo electrónico los mensajes deseándole feliz año 2021. Sonrió.

    Ariana vivió en Brooklyn, uno de los sectores más mortíferos durante la pandemia. De nada sirvió que prohibieran los viajes provenientes de China, ni la cuarentena, el hecho fue que tardaron demasiado en imponer las medidas preventivas, por eso el virus se propagó y la cuarentena pareció perpetua. Cada mes se le añadían quince a aquel eterno encierro. #Quédateencasa era el hashtag de moda para que todos los habitantes del planeta se mantuvieran resguardados en sus hogares y evitar el contagio.

    Los niños vaciaron las escuelas y los padres se volvieron sus maestros; los padres convirtieron sus hogares en oficina, pero el hacinamiento provocó que muchas familias se separaran, aumentando los casos de divorcio y violencia intrafamiliar.

    Miembros de la clase artística de todas partes del mundo—músicos, cantantes, poetas, escritores— mostraban su arte en las redes sociales: conciertos de famosos, de no tan famosos y de personas que solo querían alegrar la vida a los que estaban en aislamiento. Videos de chistes, memes, teorías sobre el COVID-19, teorías conspiratorias, mil formas de hacer mascarillas, cómo hacer las gárgaras de bicarbonato y el ritual al llegar a casa cundieron las redes también.

    Los museos abrieron sus portales electrónicos para que durante la cuarentena las personas pudieran disfrutar del arte allí expuesto. Ariana disfrutaba mucho del arte y apreciaba esos portales. Se sentaba por horas a ver a Velázquez, al Bosco, Rubens, el Greco, pero su soledad era mayúscula.

    La Semana Santa adquirió un sabor más amargo que nunca. La imagen del anciano Papa postrado en el suelo rogando al Padre por misericordia quedó tatuada en la retina de cuantos lo vieron. Los sacerdotes daban misas televisadas en un melancólico encierro, mientras hombres y mujeres de todas las religiones oraban, rezaban y meditaban buscando el auxilio de un Poder Supremo para poder sobrellevar la crisis.

    Andrea Bocelli, reverente, en una soledad que quebraba el alma, dio un concierto frente a un vacío Duomo de Milán el Domingo de Resurrección, mientras el mundo entero, en silencio, agazapado en sus hogares, lo acompañaba. Ariana con el corazón hecho hilachas, descubría que siempre se puede llorar más.

    El mercado de valores caía y caía ante los ojos del mundo, sin parecer tener fondo, amenazando la estabilidad financiera de los países del primer mundo. Millones de personas se quedaron desempleadas en los Estados Unidos, algunos sin alternativas. La situación cayó como anillo al dedo para el presidente que quería deshacerse de los inmigrantes. Con la excusa de salvaguardar los empleos de los miles de ciudadanos norteamericanos sin trabajo, firmó una orden ejecutiva para que no se permitiera la entrada de ningún extranjero. Envió de vuelta a sus países a los trabajadores del campo sin fecha de retorno. Negó ayuda económica alegando que los inmigrantes eran una carga pública y que por lo tanto no cualificaban para la residencia una vez terminara la pandemia.

    Los doctores recibían a los enfermos en los hospitales haciendo lo posible por salvar vidas, dando las suyas —literalmente—, por sus pacientes.  Todos comenzaron a mirar con más respeto a los que daban servicios de emergencia: enfermeras, técnicos, policías, bomberos y hasta al personal de limpieza. En algunos lugares del mundo los aplaudían desde sus balcones en agradecimiento a su labor suicida. Si bien era cierto que su responsabilidad era cuidar de los enfermos, el riesgo al que se sometían era demasiado. Muchos enfermaron y muchos otros fallecieron. Aun así, dieron la lucha con un valor y una entrega inesperada. Se les veía correr por los pasillos de los hospitales, socorriendo a los enfermos para luego dormir en sus automóviles por temor a llevar el COVID-19 a sus hogares.

    La Tierra cambió. Y en medio de este caos, la naturaleza se regeneraba en ausencia del peor predador del planeta: el ser humano.

    El invierno terminó. La primavera llegó con los cielos más azules vistos por varias generaciones; los árboles más verdes; las flores más diversas; y los pájaros haciendo nidos por doquier. La Madre Naturaleza reclamaba lo suyo, lo que se le había robado. Pronto se notó desde las fotos tomadas por los satélites, como reverdecía el planeta. El agujero en la capa de ozono se iba cerrando, restaurándose la estratósfera.

    Las ciudades vacías se veían más limpias que nunca. Las aguas de los canales de Venecia se miraban tan cristalinas que los peces se observaban en el fondo. Cientos de miles de cisnes rosados nadaban plácidamente por las canalejas. Los animales acuáticos danzaban en el océano, alegres, y los leones en África dormían tranquilos a orilla de las carreteras. Otras bestias caminaban serenas por las ciudades vacías sin ser perturbadas. Muchos iban de vuelta a su hábitat sin el temor de que los seres humanos los atacaran.

    El año 2020 había empezado con una serie de eventos climatológicos inexplicables: terremotos, tornados, tormentas. Trece lunas llenas adornaron el firmamento. Ariana se enamoró de la luna rosa, que vio desde su balcón unos días después de que se inició la cuarentena. Nunca había visto a la luna más hermosa que esa noche: preñada y rosadita. Todo lo que sucedió después no parecía ser parte de ese escenario que se había pintado en aquel cielo de abril. En aquel apartamento, en una absoluta soledad, lloraba su desventura. David la abandonó cuando la luna rosa se despidió. No supo más de él y ya nada más importaba.

    En mayo, el gobierno comenzó a abrir los establecimientos para ayudar a «recuperar la economía», pero la gente no había aprendido nada. Se tiraron a las calles a festejar, a bailar, a abrazarse y besarse como si nada hubiera pasado. Unos días después las ciudades tuvieron que volver al punto cero. La enfermedad atacó más fiera, sobre todo a los niños, con un llamado «Síndrome de Kawasaki».

    El otoño trajo mejores noticias. Aunque la vacuna no se había perfeccionado, algunos medicamentos eran efectivos y se suministraron a la población enferma. Era un rayo de esperanza al que todos se abrazaron.

    Ariana miró su árbol de Navidad. Se acercó —taza de café en mano— y tocó uno de sus empolvados adornos. En aquella esquina, ese árbol había sido testigo del horror que había vivido ese año. Juró que tan pronto terminara el 2020, lo desecharía.


Lejanía – Verónica Boletta

  • Lejanía

    El metabolismo
    cuenta el tiempo.
    Una leyenda,
    digna de museos,
    cercena la tentación.
    «Ver y no tocar»,
    ordenan los verbos en infinitivo.
    Un ritmo diferente
    se embriaga en cuidado.
    Frota sus manos
    el horizonte.
    Como él,
    mantenemos
    la distancia.


Habitación 442 – Elvira Martos

  • Habitación 442

    Habitación 442 (detalle)

    Habitación 442 (detalle)


Amor de lejos, felices los… – Blacksmith Dragonheart

  • Amor de lejos, felices los…

    …que sienten algo legítimo.
    Bardiel fue golpeado muchas veces,
    y eso no lo detuvo.

    Bardiel flecha 001

    En completo aislamiento siempre sintió.
    Intentó atravesar las barreras y jamás lo logró.
    Muros de piedra, acero y hasta diamante.
    Jamás pudo, pero fuerza ganó.

    En completo aislamiento estudió
    para probar lo legítimo de su amor.
    Con Balzak, Angeline y Jacob
    su fuerza y estrategias entrenó.

    Que los feos estudian y los atractivos festejan,
    escuchó.
    Y en la Tierra pocos admiraban a Bardiel,
    que guerreros, como él, se sorprendieron de su afrenta.

    Del amor puro de Angeline,
    de la experiencia de Jacob
    y de la lógica matemática de Balzak,
    el niño héroe absorbió lo mejor.

    Analizó y sintetizó, y pudo expresar lo que sintió.
    ¡Logró definir, cualificar y cuantificar el amor!
    Se los explicaría,
    pero no están listos para esta conversación.

    En la Tierra, las historias de Bardiel eran contadas
    y eran leídas por los guerreros.
    Y solo los guerreros con Espíritu podían ir a Blacks Gaea
    y conocer de cerca esta poesía.

    Desde el confinamiento, Bardiel finalmente salió.
    Y aunque su ser no podía atravesar la barrera,
    sabía que lo que sentía sí podría.
    Tomó su arco integral y definió una función.

    El amor simple de un pulso básico y visceral…
    «Lub-dub… lub-dub… lub-dub»,
    sale dirigido en taquicardias y arritmias que confunden.
    Pero, al ser integradas en el arco de Bardiel,
    cobran sentido.

    Sube a la torre más alta del Corazón de Blacks Gaea.
    En la diestra, su sentir inexpresable,
    y en la siniestra, su integral.
    Arma una función básica, y la integra en su amor.

    Su arco integral define algo nuevo.
    Lo escalar lo vuelve creciente,
    y lo creciente lo vuelve exponencial.
    ¡Volvió íntegro algo visceral!

    Los ciudadanos aclaman
    y los jueces aprueban.
    La ciudad ya tiene guardianes,
    y ahora por fin
    fuerza de ataque.

    El herrero forja las flechas,
    se entrenan los arqueros.
    Bardiel y Katrina dejarán el confinamiento.
    El amor y la venganza inician el duelo.


Grieta en la nada – Gema Albornoz

  • Grieta en la nada

    Algunas veces
    busco no decir nada,
    negando dos veces
    el chorro de arena pensada.
    Lo inacabado e innegable.
    Abrir el mundo
    por la mitad.
    Salir de la cueva,
    tocar el espíritu
    y el ideal más absoluto
    o completar la autoconciencia
    hasta reventarla.
    Algunas veces
    querría atender
    únicamente a esa grieta,
    por si por ahí naciera
    la esencia primogénita de vida.


Quiero poder – @theyoungQuevedo

  • Quiero poder

    Quiero poder aún navegar en velero,

    sin tierra a la vista,

    gobernando el timón de tu tiempo.

    Un beso,

    el aire,

    tú, entre luminarias de fuego

    y gente corriendo dichosa en la noche.

    Ver elevarse los globos de aire,

    escapando de este aislamiento;

    pasear por la muralla otra vez,

    escalar la torre,

    surcar el río,

    contemplar los frescos de Florencia,

    viajar y ver el Hermitage,

    reconocer las melodías en las óperas del mundo.


La vida en un balcón – Mayca Soto

  • La vida en un balcón

    Foto de Avonne Stalling en Pexels (www.pexels.com)

    Foto de Avonne Stalling en Pexels.

    Un balcón pequeño no era un mal balcón mientras cupiera una silla desde la que observar la vida, paralizada desde hacía días por el confinamiento. Era su mantra diario: «Un balcón pequeño no es un mal balcón». Esta frase venía cada mañana a su cabeza a visitarle para levantarle el ánimo, mientras observaba sentado, con su café recién hecho, la alegría de los pájaros revoloteando de barandilla en barandilla por el vecindario.

    Claro que todo siempre depende de con quién o con qué te compares. Sin embargo, Juan no tenía ganas de mirar esos balcones grandes y engreídos del Paseo Grande ni tampoco le apetecía imaginar la vida confinada en esos bonitos patios traseros, con jardín, de los adosados de la Rambla. Estos días de confinamiento obligado le habían hecho descubrir las enormes posibilidades de su balcón pequeño de cuatro metros cuadrados, que podía permitirse desde hacía un mes gracias al único trabajo decente que había conseguido y que no pensaba dejar escapar, a menos que la crisis del coronavirus, que amenazaba con barrer las esperanzas de toda su generación, acabara también por derribarle.

    «Consuelo de muchos, consuelo de tontos». Una frase látigo con la que su padre le azotaba cada vez que Juan agotaba las renovaciones de contratos y volvían a despedirle. «Lo que a ti te hace falta es arrojo, que desde pequeño estás en las nubes. Si hubieras estudiado lo que yo te dije, ahora no te verías así», le decía inyectándole otra nueva dosis de veneno. Pero ahora, por fin ya lejos del nido, este nuevo mantra rescatador, «un balcón pequeño no es un mal balcón», acudía como un vendaval a quemar todas las malas hierbas de su infancia.

    Había matado algunas horas libres tras el teletrabajo trasplantando algunos geranios, que en dos meses habían comenzado a brotar y a transformarse en pequeños soles rojos, como su buen estado de ánimo al mirarlos. Hasta estaba pensando en cambiar los azulejos por otros en cuanto abrieran los comercios en la fase de desconfinamiento. «¿Habrá sofás individuales exteriores en Ikea?», se preguntó tras sorber el último sorbo de café. «O quizás para dos»; un pensamiento relámpago que le hizo levantarse de la silla, como si hiciera tarde a algún sitio, aunque solo dio dos pasos, se asomó a la barandilla y miró hacia la izquierda para observar el balcón del segundo tercera, en el edificio situado al otro lado de la acera. Las persianas estaban bajadas, era pronto todavía. Quizás estaba durmiendo; por las noches, hasta tarde, veía la luz de su televisor, reflejada tras las cortinas; estaría viendo alguna serie de Netflix, pero ¿cuál? El balcón era como el suyo; unos cuatro kilómetros cuadrados de poco arrojo, como diría su padre.

    Todavía faltaban doce horas y treinta minutos para las ocho, doce horas y treinta minutos para volver a verla aplaudiendo desde su balcón en esa catarsis diaria colectiva en agradecimiento a la lucha sin cuartel de todos los sanitarios contra el coronavirus. Familias enteras salían a sus balcones a aplaudir durante cinco minutos, a silbar, a gritar, había hasta quien acompañaba los aplausos con música. Eran cinco minutos entrañables de calor humano, de aliento colectivo desde la distancia.

    «Si hasta le voy a tener que dar las gracias a este puto coronavirus por volver a verte», se dijo, preguntándose si no tendría que poner más geranios y, hasta un molinillo de viento, «que estos días viene Levante y se moverá como loco», a ver si así ella miraba para su balcón de una vez por todas. «Sí, un molinillo de colores como el tuyo, igualito, a ver si lo encuentro en Amazon». En ese momento, la persiana del balcón se abrió y apareció Laura con otra taza de café en la mano. Juan sintió su corazón retumbar en su pecho, al son del sonido de la cafetera que indicaba que su segundo café ya estaba listo.

    Bajó la vista e hizo ver que arreglaba los geranios, tan rojos como su cara, cuando se dio cuenta de que Laura le miraba fijamente. Nunca había sentido tan cercanos esos diez metros de separación. Estaba a punto de esconderse hacia el interior de su apartamento cuando oyó que Laura le preguntaba:

    —Oye, esto…, buenos días, perdona…, sí, sí, a ti, ¿cómo haces para tener esos geranios tan bonitos? Me quiero comprar unos, pero no sé adónde puedo conseguirlos ahora. ¿Dónde los has comprado? Porque antes no los tenías, ¿verdad?

    Con tantas preguntas seguidas, a Juan le dio tiempo de tomar aire y atemperar la voz que le salió más grave que de costumbre:

    —No, no los tenía —respondió con una sonrisa de triunfo, preguntándose por qué en todo un mes de confinamiento nunca se había atrevido a preguntarle nada.

    —Pues están preciosos. Por cierto, ¿cómo te llamas?

    —Juan, me llamo Juan. Si quieres te puedo traer un par mañana por la tarde. Un amigo mío tiene unos cuantos en un huerto vecinal y los está regalando. ¿A qué hora te va bien? —le dijo, armándose de arrojo, de todo el arrojo del mundo.


Último día – Crissanta

  • Último día

    Fotografía por Crissanta.

    Recuerdo el último día,
    el que viví sin pensar que lo sería,
    el de la vida «normal»,
    el de la rutina y la prisa.

    Despertar, desayunar,
    correr de aquí para allá,
    dejando cosas listas,
    manejar,
    compartir la ubicación
    en el celular
    (siempre es la misma ya).

    Recuerdo llegar y saludar,
    las sonrisas,
    las mismas bromas compartidas,
    la piezas de piano,
    que mi maestra escogía,
    sonando como un fondo a las voces
    de nuestras risas
    (y no distorsionadas
    desde un mal auricular).

    También los saludos
    de aquellas que se iban,
    y vestirse de prisa
    alrededor de las demás.
    «¿Cómo está tu hijo?».
    «Salúdame a tu mamá».

    Extraño de aquel día
    moverme con libertad
    saltar, preparar, girar,
    grand battement a la segunda,
    una pirueta en arabesque
    (y no siempre passé, passé, passé).

    Recuerdo volver a casa
    siempre sintiendo tardanza,
    correr, manejar, acelerar,
    la llanta ponchada esa vez;
    la mujer de la gasolinera
    intentando inflarla,
    diciéndome luego:
    «Corra a casa»
    (hablándome sin máscara
    a una distancia insana).

    Entrar a casa
    sin descalzarme en la entrada,
    sin lavarme como infectada,
    dar un beso en la boca,
    acariciar a mi perra
    y cargar a mi hijo
    sin cambiarme la ropa.

    Atesoro de aquel día
    una extraña salida,
    un festejo con cena,
    una velada divertida.

    Recuerdo el patio con bar,
    la gente compartiendo mesas,
    el mesero que rió de mi broma
    sobre mi tarro de cerveza,
    mis ganas de regresar
    al mundo de las personas
    tras mi propia cuarentena
    de la reciente maternidad.

    Atesoro el tiempo de la cena,
    mi trastabillar en tacones
    con solo una copa de más,
    la gente en la mesa cercana,
    el personal del lugar
    escupiendo felicitaciones
    sobre el postre en nuestra mesa.

    Extraño la vuelta a casa
    mirando las luces de la ciudad,
    y el ruido del fin de semana
    (pero este silencio lo amo más).

    Recuerdo el último día
    que sé que no volverá.
    Añoro el último momento
    antes del aislamiento,
    antes de la reclusión impuesta,
    previo al temor, la ansiedad,
    la muerte y la enfermedad.

    Pero también amo la calma,
    la vida en casa,
    la distancia social.


Aisla miento – Poetas Nuevos

  • Aisla miento

    Cuatro paredes y un cielo (falso)
    entre tazas de café sucias,
    saldos de almuerzo,
    cajetillas de cigarros
    por todos lados.
    Cuatro paredes y una esperanza (¿real?),
    los papeles escritos
    con manchas de comida,
    granos de azúcar bajo mis pies,
    hilos de café cortado.

    Las ventanas no cuentan,
    con esas logro escribir, concierto
    de palabras en hacinamiento,
    su sonido estático crea
    burbujas de ideas (sueltas).
    Las ventanas no cuentan
    historias al pasar, asomo
    mis ojos y así apreciar
    el vuelo de otros y
    sus propios pensamientos.

    El cielo he pintado con poemas
    en donde un película ejecuta
    las mil cosas vividas
    entre mi mente y mis sueños.
    Aclaro cada tanto para no oscurecer.
    El cielo cae a pedazos, de pastel
    en todos sus colores,
    el peso de mis alucinaciones
    no caben en mi cama solamente.
    Acabo con palabras que no sepa hablar.


Talismán de la muerte – Donovan Rocester

  • Talismán de la muerte

    Sigo recibiendo lecciones de alquimia de la guardiana de este libro. En esta ocasión me muestra una visión sobre la primogénita de una familia importante entre los practicantes de vudú:

    Estoy por cumplir 13 años y siento mucho miedo. En unos días, como es tradición en mi familia, recibiré el brazalete serpiente que se le otorga a los primogénitos de cada generación. Y, para mi desgracia, yo soy la primera de mis hermanas.

    No quiero pasar por la ceremonia del talismán de la muerte. He escuchado rumores, pero no dejan de ser eso. No me dejan salir ni tener contacto con el mundo exterior. Solo conozco el negocio familiar y recibo la educación de mi tutor. Él me enseña muchas cosas como ciencias, arte, etiqueta, la historia y tradiciones de mi familia, etc.

    ***

    Falta un día y ya no sé qué hacer. Siento mucho miedo, aunque todos me dicen que estaré bien. He investigado cuanto he podido entre los libros de la casa. No hay mucha información, salvo una especie de informe en el despacho de mi padre. El documento dice que algunas personas han muerto a causa de la destrucción de su talismán de la muerte. ¿Esa cosa que me quieren obligar a fabricar puede matarme?

    ***

    Mi corazón está agitado, estoy sudando frío. Me han traído a un lugar con los ojos vendados. Escucho susurrar a mis padres mientras mi tutor recita palabras que no entiendo. De repente, me sacan la venda y el tutor me explica lo que debo hacer para terminar la ceremonia. ¡No tengo opción! Debo fabricar esa cosa que me piden para que me dejen en paz. Me da miedo, he seguido espiando entre los papeles de mi padre y leí cosas sobre los talismanes de la muerte como que enferman a quien los fabrica. Y siempre una cosa queda clara cuando leo esos documentos: si el talismán es destruido, su fabricante muere.

    —Toma —dice mi tutor mientras me entrega un papel—, recita estas palabras y te diré lo que debes hacer luego.

    No puedo mostrar mi temor, mi padre está cerca. Lo oigo susurrar junto a mi madre y mi abuelo. Han intentado esconderme la información sobre toda esta ceremonia y no debo mostrar indicios de que leí esos documentos. Le temo más al castigo de mi padre que a la misma ceremonia.

    Recito lo que está escrito en el papel. En cuanto termino de pronunciar esas palabras, siento y veo claramente como salen unas extrañas runas desde mi boca que empiezan a flotar en forma de tiras en el aire. Las tiras se detienen de repente. ¡Se clavan a toda velocidad en mi pecho! ¡Me duele!

    —¡Soporta el dolor! —grita mi tutor—. Ahora viene la parte crítica de la ceremonia: ¡el aislamiento del núcleo de tu alma!

    Siento como si mi pecho estuviera a punto de estallar. ¡No puedo respirar! Siento como si algo estuviera saliendo desde mis entrañas hacia mi boca. Me oprime el pecho, ni siquiera puedo gritar del dolor. Siento náuseas.

    —Ni se te ocurra vomitar en el suelo, a menos que quieras morir— dice mi tutor, sonriendo de una forma escalofriante.

    Ahora entiendo todo, me están obligando a hacer algo muy peligroso. Y no tengo escapatoria. ¿Por qué mi familia me hace esto?

    —Mira —dice mi tutor, mientras me enseña un anillo en su puño izquierdo—. Este es mi talismán de la muerte. Si alguien lo destruye, moriré. Porque mantiene el núcleo de mi alma aislado fuera de mi cuerpo. Si no almacenas ese núcleo en algún objeto, y vomitas en el piso, se romperá y tu vida terminará en ese preciso instante.

    No lo puedo creer. ¡Estoy a punto de vomitar mi propia vida! ¿Dónde lo almaceno? ¡Voy a morir!

    —Toma —mi tutor se apresura a darme el brazalete emblema de mi familia—. Colócatelo y vomita en tus manos.

    No tengo tiempo para pensar, siento un dolor insoportable en mis entrañas. Me queman, me ahogan. Vomito sangre en mis manos y veo un punto de luz azul entre la sangre.

    —¡Allí está! ¡Rápido! Sostenlo en tus manos y estréllalo contra el brazalete —dice mi tutor, ya con evidente preocupación—. Si no lo haces rápido, ¡vas a morir!

    ¿Y si ese punto se rompe y muero? ¿Y si mi familia se quiere deshacer de mí con esta ceremonia? ¿Será que mi primo murió por algo similar? ¡Me falta el aire!

    —¡Deja de mirar tus manos y estréllalo rápido! —grita mi tutor—. Con el núcleo expuesto no vivirás más que unos segundos. ¡Debes aislarlo en el brazalete, rápido!

    Me desmayo. No tengo tiempo para decidir. Estrello mi mano ensangrentada contra el brazalete. Siento como si cada célula de mi cuerpo fuera apuñalada. Ya no puedo mantener la conciencia ¿Habré roto el núcleo y estaré muriendo?

    ***

    Luego de un mes en coma, despierto. Estoy muy delgada y aún siento dolores inexplicables. Mi tutor me dice que es normal, que es parte del proceso. Cuando intento ahondar en el asunto, me cambia el tema. Desde la ceremonia no me han permitido quitarme el brazalete.

    ***

    Han pasado seis meses desde el incidente y ya puedo caminar y llevar una vida relativamente normal, aunque me siento muy débil y pierdo peso con facilidad. Mi tutor me dice que hoy empezaremos una especie de entrenamiento.

    —Sus padres me han encomendado la noble tarea de iniciarla en el arte del vudú, señorita dice mi tutor en un tono solemne.

    —¿Vudú? —respondo aterrada—. ¿Qué es eso?

    —Tardaremos algún tiempo en llegar a esa respuesta. Primero deberás pasar la segunda prueba de aislamiento —dice mi tutor con una sonrisa aterradora, como si disfrutara lo que me espera.

    ***

    Ya llevo tres meses encerrada en este calabozo. Hay una criatura extraña que se mueve con mucha rapidez. Siempre se lanza para intentar destruir mi brazalete. Ocurrió algo horrible el primer mes. La criatura logró dar un rasguño en mi talismán de la muerte y sentí claramente ese rasguño en mi interior durante días. Luego, me di cuenta que el brazalete regeneró el rasguño y dejó de dolerme. El destino del talismán ahora es el mío, por eso no puedo dormir: si me distraigo, moriré. Siento mucha rabia y rencor contra mi familia, contra mi tutor, contra todos. ¡Jamás había sentido tanto odio! ¡Quisiera matarlos!

    ***

    Se ha cumplido el sexto mes. Mi tutor, en lugar de pasarme alimentos debajo de la puerta, ha decidido abrirla y soltarme. Me lanzo sobre él como una fiera e intento ahorcarlo. Mientras lo ahorco, me lanza una mirada que me paraliza y recita unas palabras que no entiendo. Cuando terminó de recitar, salí disparada por los aires y me golpeé contra una pared.

    —Parece que ya despertaste tu sed de sangre —dice mi tutor, mientras sacude el polvo de su túnica—. Ahora ya podemos empezar las lecciones de vudú.

    ***

    Después de tanto tiempo en ese entrenamiento infernal, se me ha permitido salir de esta casa para conocer el mundo exterior. Se me ha inscrito en algo que, según mi tutor, se llama El juego de las semillas. Gente tanto o más entrenada que yo me buscará para matarme, y yo tengo que buscarlos a ellos para asesinarlos y quitarles sus semillas.

    No tengo ni idea de qué trata, solo sé que he pasado de una cárcel más pequeña a una más grande. Ahora el mundo es mi jaula, y allí también procuran lastimarme. Estoy harta de todos, pero con la semilla que me dio mi abuelo seré capaz de defenderme. ¡Pronto tendré suficientes semillas para matar a mi familia!

    La guardiana del libro me dijo que, aparte de morir si el talismán es destruido, los practicantes de vudú son incapaces de ejecutar su arte sin ese objeto. Le he preguntado sobre la sed de sangre y las semillas de la codicia. Pero me ha dicho que eso me lo aclarará en otra lección. Mientras tanto, seguiré practicando los ejercicios de meditación del día de hoy.

    .

    .

    .

    Reportó para ustedes, el #21.


Confinado el corazón – Benjamín Recacha García

  • Confinado el corazón

    Imagen libre de derechos obtenida en Pixabay

    Aislados de la vida.

    Encadenados a la tristeza que agotó las lágrimas, al transitar rutinario.

    Engullidos por la masa sometida a la dictadura de la norma, a la uniformidad que señala al disidente.

    Resignados a la realidad; ni siquiera resignados: abducidos por ella.

    Militantes acríticos del clan, dimisionarios de nuestra conciencia.

    Aislados de nosotros mismos, y de los sueños olvidados.

    Encerrados en una burbuja temporal, esperando a que explote para regresar a nuestro tiempo gris.

    Incapaces de imaginar otro estilo de vida, asustados de imaginar que sea posible imaginarlo.

    Acomodados en nuestro aislamiento emocional, confinado el corazón.


La perla de Venus – Merche


Imagen de fondo: Man standing in front of window, por Sasha Freemind en Unsplash (CC0).

2 pensamientos en “AISLAMIENTO (BLOG)

  1. Pingback: Revista 9 Salto al reverso: «Aislamiento» – Editorial SALTO AL REVERSO

  2. Pingback: Revista 9 Salto al reverso: «Aislamiento» | SALTO AL REVERSO

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