SALTO (ABRIL)


ABRIL


La muerte@theyoungQuevedo

  • La muerte

    La muerte galopa deprisa,

    dolorosa sorpresa en el pasillo del portal,

    en un atestado supermercado

    o llena de música en un teatro.

    Es la sucia cortina que rasgada cae,

    puñal que penetra altivo en los pulmones;

    y en sueños balbucea

    nuestro nombre para ahogarnos

    en una neumonía eterna.

    Pero los ángeles llegan

    entre ambulancias, luces y sirenas,

    para intentar apartar su guadaña

    de una danza rápida y desnuda.


La amanteDramágico

  • La amante

    IMG_2020-04-24_19_46_11

    Sola en su cuarto de seis metros cuadrados, abandonada a su suerte sin más compañía que la televisión, la cama, ropa sucia y una cafetera. Adicta al smartphone, leyendo y volviendo a leer los mensajes de él. Contando los «te amo», los «te quiero» y los «juro que pronto dejaré a mi esposa» mientras espera que él le vuelva a escribir.

    Encerrada sin más caminos que los laterales de la cama que llevan al baño y a la puerta que da a la calle.

    La calle infestada de virus. Sin gente. Vacía.

    Vacía como vacía la cama en la que se abrazaban por las tardes. Desolada, como desoladas las últimas tardes sin los juegos prohibidos del amor a escondidas.

    Ella, sola, llora en su cama, llora en su baño y llora al pie de la ventana. Entonces lo extraña y lo ama. Y lo odia mil veces porque él está en su casa. Abrazando a la esposa que, según él, ya no ama. Jugando con los niños que no soporta. Sentado en la sala, junto al retrato familiar, con el control de la televisión, viendo películas, recordando vacaciones, riendo. 

    Son las nueve treinta de la noche, la familia cenó cereales y frutas, y ahora él está sentado en la sala observando a su familia. Ella cenó una sopa instantánea acompañada del streaming desde su celular. Él está pensando en que ama a sus hijos, que extrañaba a su esposa y que lo mejor es olvidarse de la chica del servicio social, la que dejó toda su vida para irse a encerrar a un cuarto, la que se quedó sin familia y sin amigos. La que vive solamente de algunos pesos y del amor que él le da. Ella piensa que, sin su amor, lo mejor es morirse, que él le ha bloqueado el teléfono, que no puede acercarse a su casa porque está prohibido salir y porque quizá muriendo se olvide del pesar de extrañarlo. Él la prefiere muerta, porque ella es la culpable de todo lo malo que le ha pasado, porque él es pilar de su familia, ejemplo de su iglesia y ella, solo una muchacha que le hizo daño, y mejor que se muera, que se muera de hambre, de virus o de tristeza, pero que se muera ya.

    Son las doce de la noche, los infomerciales se apropian de los canales de televisión abierta de la ciudad, un alma ha perecido y una familia nuevamente es feliz junta.


#ConfinadaMayca Soto


Manos de lejíaBosque Baobab

  • Manos de lejía

    La lejía me da nostalgia.

    Ahora que ese olor puebla mis manos

    al limpiar toda mi vida

    por la plaga.

    Y no es por ese juego fonético de la ge

    o jota.

    Ni por empezar un poema garabato

    o gato.

    Éramos cuatro

    hermanos que nos habíamos hecho

    grandes  —golondrinas que gorjean—

    y necesitan comer.

    Bocas abiertas al cielo gusano.

    Y mi padre cada vez

    más viejo

    más grávido

    más gota

    que se escapaba

    entre sus manos de carpintero.

    Entonces mi madre gladiadora galaxia

    cogió la gamuza

    para limpiar portales, pisos o

    hacer guisos —como tantas guerreras guijarro de mi barrio—.

    Y cuando llegaba a casa

    nos cogía por las mejillas

    con sus manos de lejía

    y nos besaba y nos decía:

    ¿qué tal se han portado

    mis niños guapos?

    Dedicado a todas las limpiadoras de mundo. Gracias.


Vorágine dolorosaMelba Gómez

  • Vorágine dolorosa

    El 25 de noviembre de 1897, se otorgó a la provincia de ultramar de Puerto Rico la Carta Autonómica, en la que autorizaba un gobierno de carácter autónomo a la isla. El régimen comenzó en febrero de 1898, pero al estallar la Guerra Hispano-Americana y la subsiguiente invasión por el ejército norteamericano, el gobierno ni siquiera pudo iniciar sus funciones. Por medio del Tratado de París, España cedió su soberanía a Estados Unidos sin que fueran consultadas las instituciones puertorriqueñas[1] . De este modo, la isla pasó de la tiranía española a la norteamericana ante los ojos de los isleños quienes no sabían cuál sería su destino en adelante. Durante la vorágine que sucedió a la invasión, el pueblo estuvo dividido y muchos actos vergonzosos, como los que suelen ocurrir durante la guerra —y que nunca fueron llevados ante la justicia—, tuvieron su escenario en las montañas de Puerto Rico.

    Cinco años antes de la invasión

    Aurelia tenía trece años cuando su padre le vendió su cuerpo al hacendado, señor de la finca donde su familia vivía agregada. Su progenitor desalmado, vio en la belleza de su hija un pasaporte para saldar la deuda en la tienda de raya[2] y con el sobrante comprar un terrenito para poco a poco fundar su propio imperio. Por lo menos ese era su sueño ahora que se hablaba de que España le daría la autonomía a isla y los criollos iban a deshacerse del dominio de los tiranos.

    No pensó por un segundo en la niña cuando el viejo libidinoso le hizo la oferta. Aquella noche mandó a la muchachita a buscar un cubo al cobertizo para que Asunción, su mujer, no se diera cuenta de lo que había hecho. No es que le importara mucho lo que pensara o dijera, al fin y al cabo, ni siquiera estaban casados, pero él era el macho, quien mandaba y decía lo que se hacía en su bohío. Más bien era porque no soportaría su mirada lánguida, llena de reproche y su negativa a acostarse con él sabe Dios por cuántos meses. Las putas eran muy caras y ni hablar de una querida, por lo que estar de buenas con ella era necesario para poder descargar sus necesidades.

    Aurelia era menuda, sus pechos apenas florecían, pero sus ojos eran su perdición. Aquella mirada zafiro era única en la comarca, su desgracia ante el deseo del hacendado que se había empecinado con la incipiente belleza de la muchachita. Obediente como era, salió a cumplir la orden de su padre, por más que le temía al Cuco. Ya estaba en camisón. A esas horas estaría durmiendo después de un arduo día ayudando a su madre con el cuido de sus hermanos, los animales y los quehaceres del hogar, que no eran pocos. Iba frotando sus ojos de sueño y cansancio, cuando se le apareció el hombre gordo y asqueroso, Don Prudencio Ruiz y Delgado. Aunque era de noche y solo le alumbraba la tímida luz de un quinqué, enseguida lo reconoció. Sintió en sus virginales entrañas el frío que precede al peligro. Se le revolvió el estómago. Las piernas le comenzaron a temblar. No tuvo tiempo de correr. El animal se le abalanzó encima, arrastrándola hasta la cabaña y la tiró sobre la paja seca desgarrando de una vez la bata. Se tumbó sobre ella, aplastándola, bañándola de su sudor hediondo y de su apestoso aliento. La niña luchaba e intentaba gritar, aterrada, pero su voz era apagada con el peso del cuerpo de aquella bestia. Le dolía, sabía lo que le hacía pues muchas veces había visto sin querer a su padre tenderse sobre su madre, pero a ella no parecía dolerle. Las lágrimas le entraban por los oídos. Cansada, cerró los ojos y se hundió en aquella eternidad.

    —Ya te volveré a ver. Le diré a tu padre cuándo —dijo el maldito mientras se cerraba el pantalón, dejándole saber que aquello había sucedido con la anuencia del padre. Tronchada, regresó al bohío donde todos dormían y se acurrucó, callada, llorando en silencio.

    Al día siguiente, el campesino fue a buscar el pago por la virginidad de la niña. El hacendado rió a carcajadas ante la ignorancia de su trabajador.

    —Da gracias a Dios que no te echo de la finca, ¡ignorante! Todo lo que está en esta hacienda me pertenece, hasta tu familia. Puedo disponer del virgo de todas tus hijas cuando quiera —dijo burlándose, ufano y fumándose un puro.

    El padre rabioso intentó atacar al terrateniente con su machete, pero se le adelantó y de un tiro terminó con su vida. Los negros y demás peones corrieron cuando escucharon la detonación.

    —¡Sáquenlo de aquí! —ordenó el hombre y todos obedecieron sin preguntar.

    Desde ese momento en adelante, Aurelia evitó que desalojaran a su madre y a sus hermanos de la hacienda pagando con su cuerpo. Todos sabían lo que había ocurrido aquella noche, pero nadie hablaba de ello. Pasaron varios años y la niña se transformó en una mujer, cada día más hermosa, la debilidad del viejo gordo.

    Aurelia «la tiznada»[3]

    Lo que nadie sabía de Aurelia, era que la joven había abrazado el Movimiento Autonomista Puertorriqueño y su deseo era liberar a la isla de los terratenientes españoles, de una vez por todas. La Carta Autonómica no era suficiente, pues la isla no contaba con suficientes soldados para luchar contra el ejército español. Tenían que irse todos a las armas hasta expulsar el tirano.

    Por las noches, escondida entre las sombras, vestida de obrero de la hacienda, corría hasta una hacienda cercana en donde se reunían un grupo de jóvenes —y menos jóvenes— que tenían la esperanza de que los españoles fueran arrojados. Aurelia había adquirido una identidad masculina para que no la reconocieran. Era inteligente, sabia, buena estratega. Sabía dónde estaban las otras haciendas, conocía a las jóvenes criollas y a las negras libertas, de quienes podía conseguir cualquier información. Como Don Prudencio le había permitido usar los caballos, a veces iba de una hacienda a otra, investigando, buscando los mejores lugares para esconderse. Un viejo que había sido esclavo y que la conocía de niña era su consejero. A él le contaba todo pues lo amaba como al padre que no tuvo y confiaba en él.

     —Moncho, ya quiero que todo termine. Hay mucha incertidumbre entre la gente. ¿Crees que los españoles dejarán sus haciendas y se irán? —le preguntó.

     —Es poco probable, niña. Llevan toda la vida aquí, han hecho sus fortunas y todos les debemos. Nos han explotado. Tienen listas de todo, no nos dejarán libres, no hay escapatoria para nosotros. Quizá para ti, pero para nosotros los esclavos…

    —Ya no eres esclavo, Moncho…

     —Ay, niña… He sido esclavo toda la vida y eso de la mentada libertad en nada ha cambiado que soy negro, que tengo que trabajar en el sol desde que sale hasta que se esconde.

     —Si fuera por mí ya no trabajarías…

    —Lo sé muy bien. Niña, no te preocupes por mí, más bien ten cuidado con lo que haces.

    —¿Lo que hago? ¿De qué?

    —Sé que te disfrazas de hombre y te tiznas la cara y el cuerpo para que no te reconozcan.

    —Debes saber también por qué lo hago. Los terratenientes tienen que salir de la isla. Ya no podemos soportar tantos abusos. Aún con el nuevo gobierno, no se han inmutado, creen que están por encima de la ley.

    —¿Y qué piensan hacer?

    —Vamos a luchar hasta que no quede uno en esta isla —sentenció la joven.

    La invasión norteamericana

    El 1898 fue un año que empezó con una tremenda sequía. No se vislumbraba que las cosechas pudieran sobrevivir. Ya para julio, las lluvias comenzaron, al principio los agricultores estaban contentos e iniciaron la siembra de los frutos menores. Sin embargo, la lluvia se convirtió en aguaceros copiosos. Se reportaron inundaciones, ríos desbordados y enfermedades[4].

    El 25 de julio de 1898, las tropas norteamericanas comandadas por el General Nelson Miles entraron por el sur de Puerto Rico, abriéndose paso por los pueblos de la isla. Muchos habitantes —criollos, mestizos, campesinos, jornaleros y negros— pensaron que los norteamericanos venían a liberarlos del ejército opresor y que estos por fin serían expulsados de la isla. Ante esa impresión, colaboraron con el invasor[5].

    A partir del mes de julio se suscitaron «las venganzas» contra los hacendados. Al principio los atacantes encapuchados y tiznados, venían a caballo y en nombre del ejército norteamericano entraban en las haciendas, robaban los suministros que había en las tiendas de raya y rompían los libros en los que estaban apuntadas las deudas de los peones. Luego los ataques fueron más severos. Llegaban a las casas de los hacendados, se llevaban lo que podían y quemaban lo que no, en muchos casos asesinaban a los mayordomos y a los hacendados. Tampoco faltaron las extorsiones a cambio de que se aumentaran los jornales de los obreros durante las cosechas de café[6].

    Aurelia era líder del grupo de los tiznados y recibía órdenes directas de «Águila Negra»[7]. Muchos decían que era su mujer. Cabalgaba altiva, orgullosa, repartiendo castigo a quienes tanto daño le habían hecho a la patria y a los suyos. Los demás la obedecían, conocían las señales que hacía con sus manos y cabeza, porque no hablaba durante los ataques para ocultar que era mujer. No miraba a nadie de frente, pues podían identificarla por el color único de sus ojos. Esperaba con calma el momento de vengarse de Don Porfirio. Al malnacido lo había dejado para el final. Había planificado por años lo que le haría si tuviera la oportunidad y le había llegado. Su corazón se había endurecido en la espera, ya no era aquella niña que el viejo violó apoyado por su padre, ni la muchacha que sufrió bajo su maloliente cuerpo para evitar que la dejaran en la calle con su madre y hermanos. Ahora era una mujer, dueña de sí y dueña de la vida de aquel animal cuando quisiera.

    Aquella noche se vistió despacio, recogió su melena castaña y cubrió su cara y cuerpo de hollín. En el cinto llevaba un revólver Orbea No. 7 y un cuchillo afilado para cercenar la garganta del maldito. Caminó hasta la caballeriza y tomó su caballo preferido, un caballo ordinario, de campesino, que no se distinguía de ningún otro. No sabía si iba a regresar. Los soldados americanos transitaban los caminos para evitar los ataques y devolver el poder a los terratenientes españoles sobre sus haciendas. Aurelia respiró profundo el aire puro de la montaña y se dirigió a donde se reuniría con sus tiznados. La vieron llegar en su humilde corcel, soberbia. Saludó con la cabeza. Luego hizo señales para que supieran que esa noche le caerían a los Ruiz y Delgado. Se alistaron y cabalgaron hasta las inmediaciones de la vasta finca. Unos perros empezaron a ladrar y a aullar a lo lejos. Seguro que avisaban a sus amos de lo que se les venía encima.

    Los trabajadores y negros de la hacienda salieron empuñando machetes para defender a su amo, pero poco tiempo duró la refriega. Los tiznados estaban mejor armados, con armas de fuego que habían robado en sus asaltos anteriores. Los defensores cayeron o huyeron al monte por sus vidas. Uno a uno los tiznados encendieron sus antorchas. Aurelia fue directo al cobertizo en donde había perdido su virginidad y lo incendió. Dio su visto bueno para que tomaran los caballos, entraran a la tienda y hurtaran todo lo que pudieran. Allí los hombres cargaron sus caballos de mercancía y quemaron los libros de las deudas. Después se dirigieron a la casa grande, que permanecía a oscuras.

    —¡Salga de ahí, Don Porfirio! —gritó uno de los tiznados—. Sabemos que está ahí escondido con su familia.

    Nadie respondió. Adentro estaba el cobarde, junto a su mujer, sus hijas, esposos y nietos. Se acercaba la Navidad y se habían reunido para pasarla en familia. Las mujeres lloraban aterrorizadas. La esposa rezaba el rosario entre dientes. Los jóvenes esposos querían salir. Ellos eran criollos y pensaban que nada podían tener en su contra.

    —No salgan —susurró Porfirio—. Son unos bandidos que no entienden razones.

    —Pero algo hay que hacer, pueden quemar la casa con nosotros adentro —respondió uno de los yernos.

    —¡Qué no, les digo!

    —Padre —suplicó una de las hijas—, déjalos salir. Ellos son de aquí, del pueblo, todos los conocen y saben que son criollos, gente buena. Deja que hablen con ellos.

    El viejo no tuvo otra alternativa que dejar que sus yernos salieran, pero no se equivocaba. Si bien era cierto que los tiznados no tenían nada en contra de los criollos al principio, en algunas áreas de la isla ya habían asaltado sus fincas. Tan pronto salieron, los amarraron y no quisieron escuchar sus ruegos de que no hicieran nada a su familia.

    Aurelia entró a la casa con algunos de sus hombres y encontró a las mujeres arrodilladas, rezando. El viejo esperaba sentado con una pistola en la mano, que nunca usó. Se daba cuenta que solo podría matar a uno o dos y luego sería peor para él. Miraba fijo al suelo. Tenía pánico a la tortura, sabía que era lo que merecía por sus pecados pasados. Aurelia se acercó al anciano despacio. Haló los pocos cabellos que le quedaban en la cabeza para mirarlo a la cara. Cuando sus ojos se encontraron, el hombre se orinó encima. Vio en el fondo de los ojos de la joven un profundo odio, tan hondo como el mar entre España y aquella isla. En la semioscuridad veía claramente el filo del puñal que la muchacha sostenía en su mano. Su final estaba cerca.

    —No le hagas daño al abuelo —suplicó una voz infantil halando con sus manitas la parte de atrás de su chaleco.

    Aurelia recordó que el viejo no escuchó sus súplicas aquella desdichada noche. Sus ojos se metían en el alma oscura de su violador intentando encontrar arrepentimiento en ellos, pero solo encontró miedo, pavor, espanto. En su interior se le revolvían los sentimientos. El niño seguía gimiendo, suplicando por la vida de su abuelo. No, ella no era como aquel animal. Era diferente. Una lágrima zanjó su cara tiznada. Bajó el cuchillo, miró al niño y dio la espalda al viejo para irse.

    Una bala surcó el espacio entre los dos. Y Aurelia cayó exánime.

     

    Bibliografía

    [1] Burgos-Malavé, E.M. (1997): Génesis y praxis de la Carta autonómica de 1897 en Puerto Rico, San Juan, Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.

    [2] Picó F. (1987) 1898: La guerra después de la guerra. Ediciones Huracán, SJ. La tienda de raya era un establecimiento a crédito en las haciendas en el que los jornaleros eran obligados a comprar, como eran analfabetos ponían una raya para firmar. Se prestaba para el abuso, pues nunca sabían el verdadero monto de la deuda.

    [3] Ibid. Grupo de paisanos armados que salían durante la noche, tiznados el rostro y cubriéndose las facciones a fin de no ser reconocidos.

    [4] Ibid.

    [5] Ibid.

    [6] Ibid.

    [7] Ibid. «Águila Negra» bandido idealizado y a quien se le identificó con la causa por la independencia, aunque no hay documentos que lo evidencien. También fue conocido como «Águila Azul» y «Águila Blanca».

    Images: yahoo.com (CCO) Puerto Rico invasion 1898


Cierro los ojosBenjamín Recacha

  • Cierro los ojos
    Valle de Pineta

    Valle de Pineta, Pirineo Aragonés, desde la cima del Comodoto. Foto: Benjamín Recacha

    Cierro los ojos… y

    Escucho el silencio,

    Acaricio el viento,

    Huelo la lluvia,

    Admiro la armonía,

    Saboreo la libertad…

    De mi patria sin fronteras.


RecuerdoVerónica Boletta

  • Recuerdo

    Te tengo
    entre comillas,
    entre paréntesis,
    entre algodones.

    Te tengo
    como conservo los objetos;
    oculto el propósito
    de perderlos.


El alquimista del marDonovan Rocester

  • El alquimista del mar

    Thomas era el hijo ilegítimo de un sargento primero de la Marina, por lo que tuvo muy poco contacto con su padre. Pese a ello, cuando cumplió quince años, su padre decidió llevarlo de viaje a una playa muy lejana. Le dijo que admitía no haber sido una figura paterna para él, pero que lo único que podía darle como legado era enseñarle las artes de la alquimia que fueron el motivo de sus constantes viajes durante casi dos décadas. Thomas, por supuesto, se rehusó. Pero su madre lo obligó a obedecerlo como si de ella se tratara, incluso si pensaba que sus peticiones eran de lo más insólitas.

    El entrenamiento duró alrededor de tres años y fue un curso intensivo de alquimia con un orden muy específico. Primero, debía recibir una preparación física y de supervivencia que le permitiera vivir de la naturaleza. Paralelo a eso, realizaban constantes ejercicios de meditación para sentir lo que su padre llamaba «la presencia del planeta». De hecho, lo llamaba de muchas formas: «el ánima del mundo», «la energía vital de La Tierra», «ánima mundi». Pero siempre se refería a lo mismo: una misteriosa sensación que, una vez identificada, puede ser sentida en todos los organismos vivientes.

    Habían pasado casi tres meses y Thomas aún no entendía a qué se refería su padre. Llegó a pensar en el entrenamiento físico como un castigo de parte de su madre por su mala conducta. Además, la preparación física era incluso más estricta que una preparación militar. Para ese punto, se cuestionó el propósito de esa tortura no solo física sino emocional. Debido a que, aparte de las lecciones de meditación y rutinas de ejercicio intenso, él no establecía contacto alguno con él.

    —¿Solo para esto me trajiste? ¿Para atormentarme con ejercicios y con discursos raros sobre presencias y energías?

    —¡No sé de qué hablas, muchacho! —gruñó su padre.

    —¡Me llamo Thomas!

    —No es importante cómo te llames, solo es importante que aprendas como si tu vida y la de tu madre dependieran de ello.

    —¡Nunca sé de qué mierdas hablas!

    —No es necesario que lo entiendas, es importante que aprendas a enfocarte. Te desconcentras con mucha facilidad.

    —¡Deja de cambiar el tema, viejo loco! ¿¡Qué propósito tiene toda esta tortura!?

    El padre de Thomas, que jamás había establecido contacto visual con su hijo, lo miró fijamente. En sus ojos se podía ver claramente un fulgor azul que intimidó al muchacho.

    —Tienes razón —dijo su padre—. Después de todo jamás lo has visto. Es natural que no entiendas nada, incluso con toda la preparación física y la alimentación especial.

    Efectivamente, Thomas no entendía nada y se limitaba a ver cómo su padre caminaba hacia a una zona rocosa.

    —Toma una piedra y trata de lanzarla después de que me ponga esto —dijo su padre mientras se colocaba una venda negra en los ojos—. Puedes lanzarla desde donde desees. ¡Hazlo con la intención de matarme, será tu única oportunidad!

    Thomas le tomó la palabra. La idea de poder devolverle al menos algo del dolor de la tortura era muy tentadora para él. Agarró una piedra grande y se movió sigilosamente para cambiar de ángulo y aprovechar el efecto de la venda. Para ese entonces, Thomas ya sabía que su padre no era un hombre ordinario. Muchas veces intentó escapar del entrenamiento. Pero su padre siempre lo encontraba, incluso si escapaba mientras él dormía. Por alguna razón que Thomas no entendía, su padre era capaz de sentir su presencia y encontrarlo en poco tiempo. La velocidad tampoco sería útil para huir. Su padre se movía tan rápido que los ojos casi no eran capaces de captar sus movimientos.

    Estaba listo para lanzar la piedra con todas sus fuerzas, apuntando a la cabeza. La lanzó, y su padre no hizo esfuerzo aparente en esquivarla. Cuando la piedra estuvo a punto de golpear su rostro, Thomas se asustó pensando que lo había lastimado. Pese a su ausencia y el dolor provocado durante esos meses, era incapaz de querer causarle daño real.

    Pero el resultado fue otro. Una milésima de segundo antes de que la piedra lo tocara, su padre no solo la esquivó sino que además apareció a espaldas de él. Thomas estaba sorprendido. Pero su padre no le dio tiempo de procesar la sorpresa.

    —Sigue intentando —dijo el confiado alquimista—. Aléjate y agarra más piedras. No podrás darme con ninguna.

    Thomas odiaba que lo desafiaran y ahora sentía curiosidad de las limitaciones de los reflejos y sentidos de su padre. Se alejó y le lanzó otra piedra. Esta vez, el alquimista permaneció inmóvil y, para total asombro de su hijo, la piedra se hizo pedazos antes de poder tocarlo.

    El muchacho sabía que su padre tal vez intentaba enseñarle un extraño arte marcial o religión, y de alguna manera sintió curiosidad por sus inusuales capacidades físicas. Pero pasar de eso a destruir una piedra, sin siquiera tocarla, era un asunto muy distinto.

    —¿Cómo hiciste eso, viejo? —preguntó con evidente sorpresa.

    —Con un entrenamiento mucho peor que el tuyo— dijo el alquimista dentro de la mente de Thomas, mientras se movía hacia su espalda con una agilidad sobrehumana.

    —¿¡Cómo puedes hablar en mi mente!? —gritó el confundido muchacho.

    —Estos son los resultados del entrenamiento que acabas de empezar.

    Dicho esto, su padre empezó a hacer unas extrañas posturas con sus manos. Un brillo de color azul emanaba de su mano izquierda. De repente, un rayo de color verde salió disparado desde sus manos y chocó contra una roca, que terminó hecha pedazos por el impacto.

    —¿Qué demonios eres, viejo? —dijo Thomas, a quien le costaba creer lo que vieron sus ojos.

    —Soy un alquimista, e intento enseñarte las bases antes de volver a viajar. Quiero que seas capaz de cuidar de ti mismo y de tu madre —dijo, mientras buscaba algo en su bolsillo—. También quiero que conserves este collar.

    Luego de aquel suceso, Thomas empezó a tomarse en serio el entrenamiento.

    ***

    A Thomas le tomó alrededor de un año aprender la habilidad de sentir el ánima mundi y pasar a la siguiente etapa del entrenamiento. Esta consistía en el aprendizaje de un arte marcial que tenía como objetivo darle conciencia de su cuerpo y, posteriormente, ser capaz de sentir el ánima que fluía dentro él. Pasaron otros varios meses hasta que, al fin, entendió lo que su padre trataba de explicarle durante las agotadoras rutinas de ejercicio y meditación. Había conseguido despertar su percepción extrasensorial.

    Una vez que fue capaz de sentir el ánima que emanaba de su propio cuerpo, la siguiente etapa del entrenamiento consistía en determinar la fuente de dicha energía. Esto era aún mucho más complicado. Le tomó casi seis meses determinar que dicha energía procedía de su propia alma. Y casi tres meses más para identificar que el alma poseía un núcleo que era, al mismo tiempo, un lugar y un generador de energía.

    Su padre seguía aumentando capas de dificultad al entrenamiento. Ahora no solo consistía en duras rutinas de ejercicio físico, prácticas de batalla cuerpo a cuerpo y meditación. Sino que además, durante los combates, debía ejercitar su concentración para sentir todo el tiempo el patrón de circulación de su propia ánima desde el núcleo de su alma.

    La siguiente etapa consistía en repetir las mismas rutinas, pero con los ojos vendados; con el objetivo de desarrollar su percepción extrasensorial. Su padre, también vendado, buscaba y golpeaba a su hijo mientras este intentaba defenderse o huir de los golpes. Tras varios meses de constantes golpizas, Thomas fue capaz de sentir la presencia de su padre y esquivar uno que otro ataque. Pasó el resto del entrenamiento esquivando o desviando progresivamente cada vez más golpes.

    ***

    Luego de casi tres años, su padre se despidió diciéndole que por fin había aprendido las bases de la alquimia. Pese a ello, Thomas no era capaz de llevar a cabo la telepatía, la emanación de rayos de energía o la velocidad sobrehumana. El fruto de su entrenamiento consistía en concentrarse profundamente hasta lograr que el núcleo de su alma dirigiera cierta cantidad de ánima hacia su puño. Thomas había aprendido que, así como el flujo de electrones genera energía eléctrica, el flujo de ánima genera una energía conocida como aura, que podía concentrar en su puño, permitiéndole destruir rocas de tamaño considerable. Sin embargo, la técnica le requería tanta concentración que le era imposible usarla en batalla, además terminaba desmayado a causa del esfuerzo físico y mental que requería ejecutarla.

    Haciendo un entrenamiento de un año por su cuenta, fue capaz de mantener la conciencia luego de usarla hasta un máximo de tres de veces. Thomas siguió entrenando arduamente durante años, intentando mejorar sus habilidades alquímicas para descifrar los misterios contenidos en el collar que recibió.

    Luego del entrenamiento, Thomas no volvió a saber de su padre.

    ***

    Continuaban las labores de emergencia de La concha marina, con el objetivo de hacer las reparaciones corporales necesarias para estabilizar los signos vitales de El alquimista marino, que había recibido mucho daño de las katanas de Jorōgumo.

    Jorōgumo, por su parte, ejecutó el conjuro de Mahou que le permitía rastrear el aura de El alquimista marino. Sin embargo, el conjuro no mostraba señal alguna del aura de su adversario. Jorōgumo dio por muerto al alquimista y confirmó la aparente consumación de su venganza.

    —Lo maté. ¡Al fin maté al maldito! —gritó Jorōgumo mientras reía de forma demencial—. ¡Manchar el honor de la gran araña se paga con sangre!

    Jorōgumo perdió de vista a La concha Marina, pensando que dentro de ella no había más que un cadáver, por lo que se convirtió en humo y desapareció del lugar sin dejar rastro. Sin embargo, uno de los mecanismos de La concha marina le permitía evitar que cualquier señal escapara de su interior. Esto incluía su propia aura y la de su usuario. Debido a esto, el conjuro de rastreo de Jorōgumo fue incapaz de detectar señal de El alquimista Marino; haciéndole creer que, efectivamente, había fallecido.

    ***

    Thomas había entrenando más de una década por su cuenta. Había conseguido, por fin, igualar las proezas que vio realizar a su padre durante la preparación que le dio. Además, había logrado descifrar la naturaleza del collar que recibió. Dentro del collar existía mucha información sobre la alquimia, recopilada por su padre durante años. Además, contenía una extraña visión en la que La Tierra era atacada por una raza de seres que llegarían atravesando grietas dimensionales. El collar, además, contenía unas instrucciones muy complejas que aún no lograba descifrar del todo. Una vez conocida la visión, Thomas decidió aumentar la intensidad de su entrenamiento para estar en condiciones de hacer frente a los enemigos que invadirían el planeta dentro de algunos años.

    Con el tiempo, llegó a ser conocido como El alquimista del mar y decidió perfeccionar un arte marcial potenciado con alquimia que le permitía al practicante conseguir un movimiento rítmico, parecido al de las olas, de manera que sus ataques no pudieran ser previstos incluso cuando mantenían cierta cadencia.

    Usando el conocimiento dentro del collar, El alquimista del mar construyó la piedra filosofal incompleta conocida como La perla negra. Esta piedra filosofal consistía en un líquido de color oscuro, que podía guardarse debajo de su piel como un tatuaje capaz de cambiar de forma a voluntad del usuario. Dentro de La perla negra empezó a cargar ánima y una energía experimental en la que estaba trabajando, conocida como Splendor Solis.

    ***

    La piedra filosofal incompleta conocida como La concha Marina tenía un protocolo de emergencia muy bien programado. Mientras usaba su maquinaria médica para sanar las severas lesiones de El alquimista marino, viajaba a toda velocidad hacia una dirección específica. La piedra seguía la señal producida por el aura de El alquimista del mar.

    Mientras El alquimista del mar realizaba sus entrenamientos físicos en el agua, un objeto con un brillo rojo se estrelló contra la arena de la playa. El alquimista se acercó a inspeccionar e inmediatamente detectó la presencia de una piedra filosofal y de una persona. Al tomar a La concha marina con sus manos, una visión muy clara llegó a su mente.

    —Thomas, soy tu padre. Si recibes este mensaje significa que estoy en severo peligro dentro de mi piedra filosofal. Si esto ocurre, quisiera pedirte que cargaras la piedra por mi. No se cuánto tiempo o energía requiera el proceso, pero dejo mi vida en tus manos, hijo.

    Pese al notorio paso de los años, El alquimista del mar logró distinguir el rostro que le fue mostrado en la visión. Luego, su mente fue invadida por recuerdos y preguntas relacionadas con el abandono por parte de su padre, El alquimista Marino. Por un momento dudó en brindarle su ayuda, pero inmediatamente recordó el entrenamiento que recibió y lo útil que le había sido a lo largo de su vida.

    —Al fin tengo tu vida en mis manos, viejo —dijo El alquimista del mar, con una sonrisa de satisfacción—. Por lo pronto te pagaré el entrenamiento que me diste.

    El alquimista cerró los ojos y se concentró.

    —¡Veamos cómo se siente cargar la piedra del viejo!


Imagen de fondo: Valle de Pineta, Pirineo Aragonés, desde la cima del Comodoto, por Benjamín Recacha.

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