SALTO (ENERO)

SALTO (ENERO)


ENERO


La luna es un glovo que se me escapóElvira Martos


AusenciaVerónica Boletta

  • Ausencia

    Dejaste el vino.
    Te busqué en los restos
    de todas las copas.


Un invento de los sueñosGema Albornoz

  • Un invento de los sueños

    Vuelve a ocurrir.
    El temblor se apodera
    de las paredes de la habitación.
    Vuelve a ocurrir.
    Como aquel día
    que dejaste tu ropa sobre la cama.
    Mientras pasaban las horas
    crecían mi anhelo
    y aquellas prendas de algodón.
    Iban ganando grosor por minutos,
    como ya soñó Buñuel. Vuelve a ocurrir.
    Y aunque nunca cargue con estas paredes
    o estas paredes carguen con tu nombre. Siempre queda
    un resquicio de ti en mis sueños. Te reconozco
    como un invento que no llego a advertir bien en ellos.


Cuando ya no estásletrasyvidas

  • Cuando ya no estás

    Cae la tarde y el cielo pinta mis ojos de nostalgia. Perdí el rumbo buscando entre unas cajas aquellas fotos vacías de memoria donde encontré unas alas, están rotas. Quizá el colibrí que a veces golpea mi ventana se haya atrevido a mirar, quizá sepa qué hacer con ellas. En aquella sonrisa congelada he tratado de buscarte, de recordar, de imaginar lo que fuimos sin besarnos, ni una vez.

    ¿Cómo pudimos tocarnos con solo mirar? ¿Cómo fue que hablamos a través de aquella remota melodía? ¿Cómo nos volvimos cómplices de una vida tan huérfana? Tan lejos el uno del otro.

    Seremos todo lo que decimos a través de este silencio que alimenta las ganas de tenernos sin hacer ruido, en un lugar sin espacios ni tiempo. Allá, en ese mundo inventado por los dos, donde mueren los disimulos, los “me duele”, los “te extraño”, donde tantas veces tatuamos un “te quiero” en la pared.

    La sombra del baile de los árboles se dibuja en la persiana, es una bandera a media asta. Atravieso mi dolor sin respirar, como los sueños que mueren en mis ojos cuando ya no estás… Ya no estás.

    Esta noche vendrá a cubrirme de lluvia y yo, yo apagaré las estrellas. No quiero regalar la mirada mojada a esa luna que se esconde de ti, no pisaré la arena que te amó, donde alguna vez lloré tu nombre. Escaparé del viento, no quiero que regrese la frescura que sentí, que me robaste.

    En esta habitación, la esperanza duerme agarrada a una almohada tejida de historias sin risas ni final. Es un pequeño rincón donde el alma es el refugio falso, la prisión.

    No sé si podré pensarte de nuevo, hay cartas sin tinta volando hacia la nada, olvidamos escribir al corazón, lo dejamos en blanco, y casi lo matamos. Y ahora, ¿qué? Ahora me toca imaginarte a través de una ventana que amenaza con romperse sobre mí, para dejarme ciega de paisaje y muerta de frío, mientras dejo que me recorra esta brisa que me duele, esa caricia tuya que solo existe en el invierno.


Dudas existencialesAhuanda

  • Dudas existenciales

    Enriquito me preguntó

    dónde se guarda el sueño

    le explico que en la panza

    por eso cuando entra la comida

    sale el sueño.

    O en la cabeza

    pues a menudo la gente dice

    que le pesa la cabeza de sueño

    tal vez porque se expande

    durante la noche

    y se contrae durante el día

    para dejar paso a los pensamientos

    como hace el universo.

    Quizás en la boca

    por eso de vez en cuando

    deja escapar un bostezo.

    Realmente yo creo

    que el sueño se guarda en el sueño

    así que me voy a dormir.


Amarillo, rojo y azulBenjamín Recacha

  • Amarillo, rojo y azul
    Anciano

    Imagen libre de derechos obtenida en Pixabay.   Autor: omaralnahi

    El abuelo le da miedo. Los domingos Luna se hace la dormida, con la esperanza de que mamá olvidará la visita a la residencia, pero siempre se acuerda. «Verte lo pone contento», le dice. Sin embargo, Luna nunca ha visto sonreír al abuelo, ni hablar; ni siquiera una señal de reconocimiento en su expresión vacía.

    El autobús las deja frente al viejo recinto de muros grises que dan a un jardín instalado en un otoño perpetuo, sin flores ni pájaros. Luna agarra fuerte la mano de mamá.

    —Hija, estás helada.

    Y rígida, como cada domingo.

    Mamá pulsa el timbre. Mientras esperan, Luna huele la humedad. Imagina que así debe oler una casa abandonada y oscura, pero en la residencia hay mucha gente.

    Se pregunta por qué si el abuelo es alguien a quien hay que querer, vive en una casa con rejas, como una cárcel. Una vez se lo preguntó a mamá, y lloró. Papá se había marchado hacía poco dando un portazo. Casi no recuerda a papá, pero el portazo aún retumba en su cabeza.

    Por el jardín vagan algunos ancianos. Parecen fantasmas. Luna se acerca más a mamá y desea que la visita acabe pronto.

    El abuelo las espera en su silla de ruedas, en el centro de una sala triste como un día nublado, de donde han borrado el amarillo, el rojo y el azul, los colores favoritos de Luna.

    —Hola, hija.

    La voz surge, lenta y apagada, desde un lugar muy profundo. Luna cree que la ha imaginado, pero entonces se da cuenta de que el abuelo las mira.

    Mamá se le acerca, le acaricia la cabeza y lo besa en la mejilla.

    —¿Cómo estás, papá? —pregunta con dulzura.

    Luna no puede apartar la vista de los ojos del abuelo. Por primera vez parecen los de una persona. Amarillos, cuarteados por venillas rojas, y con un extraño cerco negro en torno a un pequeño círculo azul casi translúcido.

    «Amarillo, rojo y azul», reflexiona sorprendida. Se ha soltado de la mano de mamá, y observa desde la distancia.

    —Luna, ven a saludar a tu abuelo. ¿No ves qué contento se ha puesto?

    El rostro anciano parece tan inexpresivo como siempre, pero en sus ojos ve reconocimiento y, con el corazón acelerado, se le acerca. Un movimiento en la ventana llama su atención. Sonríe al descubrir al gorrión posado en la reja.

    «A mí también me gustan los pajarillos».

    Luna está segura de que el abuelo le ha hablado con el pensamiento. Se gira hacia él, y vuelve a quedar atrapada en su mirada.

    —Dale un beso al abuelo, hija.

    «Amarillo, rojo y azul», se repite, y se detiene junto a la silla. El abuelo levanta las manos temblorosas. Luna las coge, y se le congela el corazón: el cerco oscuro en torno a la pupila crece despacio, hasta que los ojos se convierten en dos bolas negras.

    «A mí también me gustan los pajarillos», escucha Luna en su cabeza.

    El abuelo sonríe mientras sus ojos se deshacen.


Depresión en tres actosDonovan Rocester

  • Depresión en tres actos
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    «Sign from the Great Depression», por Philip Bump (CC BY)

     

    I: AUSENCIA

    Ya no sueño que vuelo.

    Ahora sueño que huyo,

    como corre una bestia.

     

    II: DELIRIO

    Las paredes se mueven,

    se cierran, me aplastan.

    ¿Qué será de mí?

     

    III: VACÍO

    ¿Dónde está el placer?

    ¿Dónde está la dicha?

    ¿Dónde estoy yo?


Serie abandono: Puertaeikonuruguay


Pez Poetas Nuevos

  • Pez

    Beber peces
    con hambre
    de mar y vida.

    Tomar
    sin las manos
    en los sentidos.

    Quién pretende
    atrapar sus peces
    con cuerpo de mujer.

    Al final vive
    el ahogo imprudente
    porque dije peces
    y no pez.


Imagen de fondo: Serie abandono: Puerta, por eikonuruguay.

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