Como de la familia


Crujen las ventanas, crujen los muros. Cruje la casa. Se contrae y se dilata como Alicia, pero no es un cuento. Cruje tan fuerte, como si se rompiera algo. ¿El silencio? Nicolai lo percibe en sueños y se despierta. Sus ojos me preguntan “mami, ¿qué ha sido eso?”. Yo pienso que lo que se rompe es la realidad. Un vistazo a través de la ventana me revela lo contrario. No, la realidad no se quiebra. Al menos, todavía no.

Es posible que la grieta que está en el salón sea producto de semejantes altibajos en el estado de ánimo de esta casa. Cualquier día de estos, la grieta también se ensanchará y nos abrirá otra dimensión. Si es lo suficientemente grande, tal vez pueda explorar en su interior, con suerte hasta encuentre algún tesoro oculto.

Me pregunto si crujirán igual las casas de la gente que vive en climas glaciares, cuando el hielo comienza a derretirse, con ese ruido que te hace pensar que algo va a reventarse.

Cuando hace esos ruidos, imagino a la casa desde fuera, contorsionándose conforme va aumentando o disminuyendo la temperatura, como un gigante que se estira después de despertar de un largo sueño.

Al principio, cuando la casa crujía, se generaba cierta tensión en el ambiente, como esa especie de temor a lo impredecible. Pero nos hemos ido familiarizando con esos estrépitos repentinos. Ahora forman parte de este ecosistema que consideramos nuestro hogar. A veces intentamos interpretar, según la intensidad del crujido, lo que nos quiere decir la casa: si está eufórica, si tiene frío, hambre, si está aburrida e incluso si está enfadada. Sin embargo, poco podemos hacer para satisfacer sus ímpetus, excepto escucharla. Aunque por esta sencilla razón, es una afortunada, no cualquiera presta tanta atención a su casa, como si fuese una más de la familia.

Dudas existenciales


Enriquito me preguntó

dónde se guarda el sueño

le explico que en la panza

por eso cuando entra la comida

sale el sueño.

O en la cabeza

pues a menudo la gente dice

que le pesa la cabeza de sueño

tal vez porque se expande

durante la noche

y se contrae durante el día

para dejar paso a los pensamientos

como hace el universo.

Quizás en la boca

por eso de vez en cuando

deja escapar un bostezo.

Realmente yo creo

que el sueño se guarda en el sueño

así que me voy a dormir.

Todo el amor del mundo


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Foto: ahuanda

Tan pronto asoma tu cuerpecito

vienes a mi

con todo el amor del mundo

tu pequeñez me inunda

y aquella inmensidad se resume en tu mirada:

Somos todo.

Todo el amor del mundo

destila de tus grandes ojos

en una botella de sueños.

Todo el amor del mundo

lo moldean tus manos pequeñas

tu primer descubrimiento

entre tantos futuros.

Todo el amor del mundo

lo acapara tu sonrisa

franca e infinita.

Así

como si todo el amor del mundo

bastara para definirte.

Y aunque transcurran décadas

todo el amor del mundo

fue y será de nosotros.

Porque de una energía vital tu vienes

de la alegría, las risas y los abrazos

vienes

de la dulzura, la nobleza y el calor

vienes

de las noches de luna y estrellas

vienes

de la lluvia y la tormenta

vienes.

Todo el amor del mundo

porque tu sabes tanto de él

como de la vida.

Hace días


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Foto: ahuanda

Hace días que la lluvia

me trae el olor del cielo

el pueblo es como una casa de techo bajo

que me deja tocar las estrellas.

A menudo

—muy a menudo—

alguien surca el cielo

sembrándolo de nubes

que se comen el brillo de la luna.

Hace días

que un manto de aquellas nubes

grises y negras

escupe lluvia sin cesar

y truenos y relámpagos.

Hace días que la lluvia

me trae el olor del cielo

porque aquí donde yo estoy

el techo es un mar de luces

artificiales y cegadoras

casi eternas

sin olor y sin música de estrellas

y sin mueca de luna.

Hace días que huelo a cielo

a través de la lluvia.

Un maletín marrón


Apaga la alarma del reloj, que suena a las siete en punto de la mañana, como lo ha hecho cada día durante los últimos treinta años, aún tras su reciente jubilación. Se levanta para preparar el café, mientras hojea el periódico. Lamenta que a estas alturas ya nadie lea los periódicos, por eso la mitad de lo que ocurre se escapa del conocimiento de la gente. Aunque es una realidad que parece no importar a nadie. Repasa los titulares pasando de largo todo lo relacionado con el brexit, no por falta de interés, sino porque está hasta las narices de tanta tontería con el tema. Se dirige a las páginas interiores, donde llama especialmente su atención, la noticia de un robo perpetrado a unas cuantas calles de su domicilio. El encabezado hace alusión a un «robo», no un «atraco», ni un «asalto». A pesar de la aparente nimiedad del asunto, encuentra algo inquietante en ese texto. Lee la noticia con detenimiento, pero la vaguedad de su redacción no ofrece mayores detalles acerca del modus operandi, ni del o los presuntos delincuentes. Deja un momento el periódico sobre su cama, aún sin deshacer, para quitarse las botas y ponerse las zapatillas de andar por casa. Se quita también los pantalones y la camisa manchada vaya a saber con qué, y se envuelve en la bata de dormir. Coge otra vez el periódico y engulle unas tostadas untadas con mantequilla como desayuno, aún no se explica por qué, pero siente un hambre atroz. Relee la noticia y detecta que tampoco hay datos acerca de la cuantía del botín, sólo se menciona la ausencia de un maletín marrón. Se sorprende a sí mismo por beber dos tazas de café muy cargado, para aminorar esa tremenda sensación de cansancio, como quien no ha dormido en toda la noche. Duda entre echarse en la cama o ir a la ducha. Se decanta por la segunda opción. Treinta minutos más tarde, tal vez un poco más, suena el timbre con insistencia. Detrás de la puerta alguien grita: «Policía, abra inmediatamente», y sin darle tiempo para salir de su desconcierto, se ve rodeado por cinco agentes de la Ertzaintza. Tras registrar el domicilio, dos de los agentes señalan las ropas del inculpado que han quedado en el suelo. «Una noche dura, ¿no?». No sabe si debe defenderse ante lo que supone una evidencia. «Dinos dónde has escondido el maletín». Su rostro delata cansancio, pero también desconcierto. Se resiste como puede, mientras una ertzaina lo esposa. «Pero… ¡de qué delito se me acusa, si en mi vida he robado un euro!», chilla con impotencia cuando lo sacan a trompicones de su casa. «Nadie es inocente hasta que se demuestre lo contrario», le espeta otro de los agentes ante la mirada atónita de los vecinos. Joseba K., que así se llama nuestro personaje, comienza a sentirse culpable sin saber exactamente por qué. Joseba K. se despierta en una celda oscura y húmeda, ahogado en sus lagunas mentales. Antes de ser sometido al interrogatorio, Joseba K. empieza a recordar.

Amor suelto


Llevas el amor suelto

en la mirada

que sólo de mirar

grita

finges no padecer de romanticismo

pero llevas el amor suelto

porque la palabra dice no

sería lo único

es sólo que tu canto

y tu sonrisa

denuncian

cómo llevas el amor suelto

al lado de los abrazos

delante de los suspiros

y el llanto

delante de la verdad

porque llevas el amor suelto

como frutas que penden

de tu lengua

si pudiera arrancarte una

jugosa

impregnada

de ese amor que llevas suelto

pues al fin y al cabo

en algún descuido

con cualquier pretexto

nos llevaremos ese amor suelto

bajo el agua

o entre las sábanas.

Me gusta


La abuela Neus estaba desayunando, como de costumbre, sus dos tostadas con tomate y aceite de oliva, un café largo y un vaso de yogur con muesli y miel. Para ella, el desayuno era uno de los momentos más placenteros del día, por lo que se tomaba el tiempo que fuese necesario para ello.

Mientras bebía su café, reflexionaba sobre lo que le contó su nieta la semana pasada, hablándole del dichoso internet, y un tal facabut o algo así y también del tutu no sé qué. Según su nieta, eran lugares donde la gente podía decir lo que le gustaba o le molestaba con dibujitos y luego la gente opinaba y a veces discutían. Le explicó cómo la acumulación de aprobaciones o «me gusta» y la suma de comentarios a una idea propia hacía que las personas fueran más felices. Todo eso pasaba a través de una pantalla del ordenador.

Se lo había contado todo con mucha ilusión, incluso le hizo demostraciones en su móvil, y ella fingía entusiasmarse con el relato de su nieta, pues siempre se había mantenido al margen de las nuevas tecnologías por más que le insistían en que debía comprarse un móvil.

Cuando su nieta le explicó cómo la gente, que no se conocía muchas veces de nada, podía opinar sobre cosas de las que no tenía ni la menor idea, la abuela Neus hizo un gesto de desaprobación que terminó por zanjar la conversación sobre aquellas cuestiones que a ella le parecían tan habituales y a la vez tan frívolas.

—Cuando seas un poco mayor, iremos juntas al bar y verás que lo mismo que pasa en tu móvil ocurre por lugares como ese —comentó la abuela.

Por si las dudas, la abuela se decidió a realizar una especie de ejercicio sociológico, el mismo día de la reunión con sus amigas en el bar de siempre. Paró la oreja para escuchar las conversaciones de la mesa de al lado y empezó a gritar a intervalos «eso me gusta», «con eso no estoy de acuerdo» o simplemente reía, y decía «eso que has dicho es muy divertido». Los de la mesa la miraron como si estuviese mal de la cabeza, pero al cabo de un rato, uno espetó: «Cállese señora, métase en sus cosas».

Aunque Neus y sus amigas eran habituales del bar, sus amigas y hasta la camarera, sorprendidas por tales osadías, no sabían dónde meterse de la vergüenza ajena que sentían. Le preguntaron a Neus qué se había fumado ese día, pues nunca la habían visto tan impertinente.

Alguna de ellas incluso se disculpó en nombre de Neus, diciendo que ella no era así, que le perdonaran sus intromisiones.

Neus, en cambio, continuó con el ejercicio que le parecía cada vez más divertido, y pasó de los juicios a las opiniones con y sin fundamento.

Las amigas de Neus no cabían en su sorpresa, y al cabo de un rato, decidieron marcharse. Neus simplemente se justificó diciendo que, como ella no tenía internet, hacía lo mismo que su nieta y que todos los que usaban su móvil para decir «me gusta» o incluso opinar sobre asuntos que no eran de su incumbencia.

Un tanto decepcionada por el resultado de su experimento social, marchó a casa, decidida a no contarle nada a su nieta sobre lo ocurrido la próxima vez que la visitara, ya que presentía que no recibiría de su parte el «me gusta» que, de alguna manera, también Neus estaría esperando.