Lluvia de estrellas


Se les ve acumularse en la superficie del planeta en plena temporada de lluvias. Para ser devueltas a su respectiva constelación, se han creado enormes catapultas que son capaces de lanzarlas a millones de años luz en el espacio. Yo tengo permitido ayudar cada día sacudiendo un poco el polvo de estrellas que se acumula en sus puntas, aunque solo es posible hacerlo por las mañanas, pues de noche —mi madre lo sabe por experiencia—, su luz radiante podría cegarnos por completo.

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Se busca


¿En qué momento perdiste la sonrisa? ¿En qué lugar fue? Lo recuerdas. No sé si la encontraremos. ¿Y si ella también te está buscando? ¿A dónde irá, no tiene a nadie más? O sí. Tal vez al sentirse sola se refugió en la primera cara amable que vio. Así son todas las sonrisas. ¿Recuerdas algún rasgo característico, qué la hacía diferente de las otras? ¡Es una pena, era muy linda! ¿Cómo haremos? ¿Por dónde empezamos a buscarla? Y tú, ¿la has visto?

Los libros que se escriben con las orejas


africa Ella alzaba la mirada con una mueca dibujada en el rostro, que hacía pensar a los más pequeños que en algún lugar del viento estaban escritas las frases de sus historias. Eso o que las parvadas de aves le cantaban lo que debía decir.

Pero no. Aquella era su manera de recordar. Recordar lo que también le había contado su madre, y lo que había contado la madre de su madre, y la madre de la madre de su madre. Así, caminando voces llegaron esas historias hasta ella.

Como en todas las aldeas —la suya no era la excepción—, las historias eran escritas con las orejas. Hasta entonces, la comunidad se había ido construyendo mediante las voces entretejidas, hilando las almas a través de los ancestros o mejor dicho, a través de lo que estos contaron. De la palabra escrita ya se ocuparían los otros.

Nadie sabía por qué ninguna de las gentes del pueblo había tomado la iniciativa hasta entonces de plasmar por escrito la infinidad narraciones que cada tarde pasaban a formar parte de un nuevo libro, que sería traducido por las infinitas lenguas de la imaginación infantil.

Dependiendo de su humor y del ánimo de los pequeños, ella daba un giro u otro al desenlace del cuento, de manera que ellos decidían el final más propicio a su circunstancia. Ese momento era el mejor para ella, pues disfrutaba con los finales impredecibles, que le ayudaban a recontar la historia con un giro diferente al día siguiente. A veces continuaba con la misma narración durante días, pues los pequeños le pedían alargar el desenlace, un poco más.

Foto: Pixabay (CC0).

Felina


No sé si fue torpeza, malicia o travesura, el caso es que al apartarse de un salto, me pegó un zarpazo que me dejó un ligero rasguño. Al principio parecía imperceptible, pero se fue haciendo más grande con el paso de los días. Era como si creciera a la par de mi barriga. Cuando iba a llegar al noveno mes, su cabecita asomaba ya por la herida, y lo peor —o lo mejor— es que no hubo contracciones, ni cólicos, ni nada. Con una patita, la criatura se agarró de uno de los bordes de la herida, después con otra pata se apalancó y fue saliendo poco a poco. Era peludita como aquel minino que me dio el zarpazo antes de saber que estaba embarazada. Al tercer miau, lo entendí todo.

Espeto


Alguien lanzó un arpón en el río. En ese preciso momento, yo me encontraba nadando por allí, de manera que una sardina y yo, quedamos ensartados en el acto. Aprovechando la ocasión para hacer amistades nuevas, yo estaba muy parlanchín, ella en cambio, estaba demasiado inquieta. No dejaba de darme coletazos en la barriga, aunque después se tranquilizó. Que quede claro que en ningún momento lo tomé como una señal de flirteo. Simplemente, no sabía cómo ayudarla. Los psicólogos afirman que, en situaciones de estrés, es importante sentarse a reflexionar, antes de perder los estribos. Pero no lo teníamos fácil para sentarnos. A decir verdad, yo no quería sentarme, es más, no quería separarme de su lado. Para mí, ella era la sardina más encantadora de mundo. Admito que fue amor a primera vista. Literalmente, como dicen ustedes, fue un flechazo el que nos unió para siempre en un delicioso espeto.

El invitado


Hace casi dos milenios que lo habían crucificado al lado de un tal Jesús de Nazaret, para quien la crucifixión era un mero trámite, según lo narrado en los evangelios. El pobre Dimas no había corrido con la misma suerte, pues aunque Jesús le aseguró que ese mismo día estaría con él en el paraíso, no contaba con que la burocracia celestial era peor que cualquier burocracia terrena. Jesús el nazareno olvidó pedir sus datos a Dimas antes de expirar, y cuando este llegó a las puertas del paraíso, su nombre no constaba en la lista de invitados.

Medidas para el tiempo


—¡Hey, despierta! Menos mal que no te has aburrido.

Se ruborizó al sentirse observada mientras cabeceaba como una abuela soñolienta. A menudo, un letargo incontrolable la invadía cuando se quedaba quieta por mucho tiempo, como ahora, mientras esperaba al editor. Más de alguna vez se había quedado dormida sin previo aviso, en obras de teatro, conciertos, conferencias que ella misma ofrecía, debido a esos ataques súbitos de cansancio. Era cómico recordarlo, pero resultaba patético cuando alguien la ponía en evidencia, como en este momento.

—¡Te he esperado durante 45 páginas! — se justificó, mientras colocaba el punto de libro en la página del informe que había empezado a releer antes de quedarse dormida.

—Pues me dirás que han sido las 45 páginas más entretenidas de tu vida. ¡Jajajaja!

—Lo que quieres es que no te riña por haber llegado con retraso, como siempre. Recuerda que la semana pasada te esperé durante dos capítulos, y sin dormirme.

—De acuerdo, lo siento mucho. ¿Aceptarías una café para reparar mi falta?

—¡Hecho!

Esta vez hizo una breve mueca intentando sonreír y después extendió a su editor el informe con desgana. En un par de semanas el manuscrito estaría concluido para la revisión final. Era lo que más deseaba, pues así podría huir unos meses a casa de su madre. Hacía exactamente dos manuscritos y medio desde la última vez que la visitó. Y fue precisamente en aquella ocasión, cuando ella supo que lo suyo era algo hereditario. Al llegar a casa de su madre, la encontró con su ópera prima en el regazo, abierta de par en par, mientras dormía profundamente.

—¡Despierta mamá, menos mal que no te has aburrido!

Y su madre se levantó de un salto para abrazarla, como hacía desde que era pequeña, al verse sorprendida durmiendo a deshoras. Exactamente como le ha ocurrido a ella durante los últimos años.