Polonio


Primera de dos partes.

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«Smoke Steam», por geralt en Pixabay (CC0).

¡No pasarán, no pasarán, no pasarán!… Pero pasaron. Aunque las gestiones se prolongaron casi doce años, inexplicablemente la implementación de la incineradora fue aprobada coincidiendo con las elecciones autonómicas. Antes de que eso ocurriera, Ekaitz se había empeñado en desentrañar el proceso de licitación, pues sentía el deber de develar los turbios intereses detrás de aquel controvertido proyecto al que se opuso la población desde el inicio, pese a la millonaria campaña que minimizaba el negativo impacto ecológico de tal empresa, en una región que ha sido celosamente protegida por sus pobladores.

En realidad no fue por falta de objetividad, pero el hecho es que, de todas las personas que accedieron al expediente, solo Ekaitz tuvo la agudeza de leer entre líneas. Hubo un detalle en aquel cúmulo de datos y estadísticas que Ekaitz había pasado varias veces desapercibido, pero cuando reparó en ello, de inmediato llamó al profesor desde el despacho para detallarle su hallazgo, aunque necesitaba explicárselo en persona por lo que iría a verlo esa misma noche. Sin embargo, Ekaitz jamás apareció.

Después de una semana sin noticias sobre su paradero, presas de la desesperación, sus padres y los compañeros del colectivo al cual pertenecía Ekaitz dieron parte a la Ertzaintza. El único rastro que encontraron fue una nota poco legible, escrita en papel satín que decía algo así: “La bruma no es lo que parece”.

Tras una infructuosa búsqueda, el caso fue archivado, el colectivo se desintegró por miedo a recibir amenazas o represalias, pues no sabían hasta dónde habían llegado las indagaciones de Ekaitz, quien había dado suficientes muestras de ser el motor de la asociación por su ímpetu y convicción para encontrar el talón de Aquiles del proyecto. La extraña desaparición de Ekaitz ni siquiera trascendió en la prensa, a petición de la familia. Los ánimos se derrumbaron y con ello la esperanza de clausurar la incineradora.

El profesor, cuyo nombre se omite por razones de seguridad, es un hombre de avanzada edad, mentor de Ekaitz desde que ingresó en la facultad de Bioquímica, y es también quien sentó las bases del movimiento social que se opuso férreamente al método de incineración para la gestión de residuos urbanos. Pese a ello, su salud se fue deteriorando en estos últimos años y, sin Ekaitz ocupándose de la investigación, era difícil que la organización se mantuviera en pie de lucha, pues en lugar de ganar un héroe, todo indicaba que habían perdido un líder.

¿Será que alguien seguía de cerca los pasos de la organización y rastreó la llamada que hizo Ekaitz al profesor? ¿Acaso la información que había descubierto era tan relevante que no debía traspasar las paredes de aquel recinto? ¿Por qué pasó tanto tiempo desde la desaparición de Ekaitz antes de dar aviso a las autoridades? ¿Habrán sido coaccionados los miembros del colectivo para evitar que retomaran las investigaciones respecto a la incineradora? ¿Por qué los padres y los amigos de Ekaitz no pusieron ninguna objeción cuando el caso fue archivado? ¿Por qué se apagó de repente la resistencia social, permitiendo que se instalara la incineradora? Y, quizás lo más importante, ¿qué sentido tenía aquella nota que encontró la policía?

Las respuestas a estas interrogantes podrían parecer obvias, lo cierto es que después de todo este tiempo, ni siquiera la policía local estuvo por la labor de continuar con las averiguaciones, parecía que a Ekaitz se lo había tragado la tierra, decían.

—Maialen, ¿por qué me cuentas todo esto?

—Necesito saber por qué Ekaitz escribió esa nota, qué fue lo que encontró, quiero saber si el profesor aún vive, y averiguar si hay algún recurso legal para suspender las actividades de la incineradora mientras se aclara todo. ¡Y tú me vas a ayudar!

—¿¡Yoooo!? No te metas en más problemas, por favor.

—¡Sabía que dirías que sí, Lucía, por eso te quiero!

Maialen estaba convencida de que alguien, mediante amenazas graves, se había hecho cargo de acallar al colectivo, a los padres de Ekaitz y quizás al propio profesor, pues dejó de aparecer públicamente desde aquel día. De no ser por la investigación sobre cláusulas ambientales que realizó para una asignatura del máster, jamás hubiera prestado interés al asunto. Por supuesto, Google también tuvo mucho que ver.

Hacía falta un pretexto para hacer de relevancia pública la desaparición de Ekaitz después de tanto tiempo, y a partir de allí, reorganizar a la gente para frenar el funcionamiento de la incineradora. Lucía aseguraba que el mejor recurso para hacer de dominio público un caso olvidado, era un documental. Y ella era experta en eso.

Los primeros datos fueron obtenidos por Maialen y Lucía en internet, donde averiguaron que el estudio definitivo de impacto medioambiental había sido comisionado a una pareja de ambientalistas. Uno de ellos moría en un aparatoso accidente la semana que tenía que ser entregado el reporte. El otro fue asesinado en extrañas circunstancias, pero la prensa insistía en que habían sido problemas pasionales. El documento nunca se hizo público, y solo se expusieron algunos datos el día que se anunció la puesta en marcha de la incineradora. Días más tarde las instalaciones ya estaban operando. Ese reporte es el que Ekaitz había revisado la noche de su desaparición.

Por razones de transparencia, el documento tenía que estar al alcance de la ciudadanía, así que Lucía se encargó de hacer la solicitud expresa del estudio de impacto para el documental. Le dieron como plazo 30 días sólo para definir si la petición de información era viable o no.

Mientras tanto, ambas se dedicaron a localizar a la familia y amigos de Ekaitz. A ellos pedirían referencias sobre el profesor, aunque no esperaban que se mantuviera con vida.

CONTINUARÁ…

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El viento lleva cascabeles


Tú ahí flotando
yo también
el viento lleva cascabeles
en ofrenda a la tempestad

lluvia

viento

lluvia

furia.

Yo aquí flotando
tú también
como si dormir
fuera la salvación
cuando arrecia
el temporal.

Una orquesta de sonidos
amorfos
enmudecen los latidos
estremecen como aullidos
la noche.

En cualquier momento
saldré a tu encuentro
¿acaso
me esperarás despierto?

lluvia

viento

lluvia

y solo un silbido
al alba.

Lluvia de estrellas


Se les ve acumularse en la superficie del planeta en plena temporada de lluvias. Para ser devueltas a su respectiva constelación, se han creado enormes catapultas que son capaces de lanzarlas a millones de años luz en el espacio. Yo tengo permitido ayudar cada día sacudiendo un poco el polvo de estrellas que se acumula en sus puntas, aunque solo es posible hacerlo por las mañanas, pues de noche —mi madre lo sabe por experiencia—, su luz radiante podría cegarnos por completo.

Se busca


¿En qué momento perdiste la sonrisa? ¿En qué lugar fue? Lo recuerdas. No sé si la encontraremos. ¿Y si ella también te está buscando? ¿A dónde irá, no tiene a nadie más? O sí. Tal vez al sentirse sola se refugió en la primera cara amable que vio. Así son todas las sonrisas. ¿Recuerdas algún rasgo característico, qué la hacía diferente de las otras? ¡Es una pena, era muy linda! ¿Cómo haremos? ¿Por dónde empezamos a buscarla? Y tú, ¿la has visto?

Los libros que se escriben con las orejas


africa Ella alzaba la mirada con una mueca dibujada en el rostro, que hacía pensar a los más pequeños que en algún lugar del viento estaban escritas las frases de sus historias. Eso o que las parvadas de aves le cantaban lo que debía decir.

Pero no. Aquella era su manera de recordar. Recordar lo que también le había contado su madre, y lo que había contado la madre de su madre, y la madre de la madre de su madre. Así, caminando voces llegaron esas historias hasta ella.

Como en todas las aldeas —la suya no era la excepción—, las historias eran escritas con las orejas. Hasta entonces, la comunidad se había ido construyendo mediante las voces entretejidas, hilando las almas a través de los ancestros o mejor dicho, a través de lo que estos contaron. De la palabra escrita ya se ocuparían los otros.

Nadie sabía por qué ninguna de las gentes del pueblo había tomado la iniciativa hasta entonces de plasmar por escrito la infinidad narraciones que cada tarde pasaban a formar parte de un nuevo libro, que sería traducido por las infinitas lenguas de la imaginación infantil.

Dependiendo de su humor y del ánimo de los pequeños, ella daba un giro u otro al desenlace del cuento, de manera que ellos decidían el final más propicio a su circunstancia. Ese momento era el mejor para ella, pues disfrutaba con los finales impredecibles, que le ayudaban a recontar la historia con un giro diferente al día siguiente. A veces continuaba con la misma narración durante días, pues los pequeños le pedían alargar el desenlace, un poco más.

Foto: Pixabay (CC0).

Felina


No sé si fue torpeza, malicia o travesura, el caso es que al apartarse de un salto, me pegó un zarpazo que me dejó un ligero rasguño. Al principio parecía imperceptible, pero se fue haciendo más grande con el paso de los días. Era como si creciera a la par de mi barriga. Cuando iba a llegar al noveno mes, su cabecita asomaba ya por la herida, y lo peor —o lo mejor— es que no hubo contracciones, ni cólicos, ni nada. Con una patita, la criatura se agarró de uno de los bordes de la herida, después con otra pata se apalancó y fue saliendo poco a poco. Era peludita como aquel minino que me dio el zarpazo antes de saber que estaba embarazada. Al tercer miau, lo entendí todo.

Espeto


Alguien lanzó un arpón en el río. En ese preciso momento, yo me encontraba nadando por allí, de manera que una sardina y yo, quedamos ensartados en el acto. Aprovechando la ocasión para hacer amistades nuevas, yo estaba muy parlanchín, ella en cambio, estaba demasiado inquieta. No dejaba de darme coletazos en la barriga, aunque después se tranquilizó. Que quede claro que en ningún momento lo tomé como una señal de flirteo. Simplemente, no sabía cómo ayudarla. Los psicólogos afirman que, en situaciones de estrés, es importante sentarse a reflexionar, antes de perder los estribos. Pero no lo teníamos fácil para sentarnos. A decir verdad, yo no quería sentarme, es más, no quería separarme de su lado. Para mí, ella era la sardina más encantadora de mundo. Admito que fue amor a primera vista. Literalmente, como dicen ustedes, fue un flechazo el que nos unió para siempre en un delicioso espeto.