Hace días


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Foto: ahuanda

Hace días que la lluvia

me trae el olor del cielo

el pueblo es como una casa de techo bajo

que me deja tocar las estrellas.

A menudo

—muy a menudo—

alguien surca el cielo

sembrándolo de nubes

que se comen el brillo de la luna.

Hace días

que un manto de aquellas nubes

grises y negras

escupe lluvia sin cesar

y truenos y relámpagos.

Hace días que la lluvia

me trae el olor del cielo

porque aquí donde yo estoy

el techo es un mar de luces

artificiales y cegadoras

casi eternas

sin olor y sin música de estrellas

y sin mueca de luna.

Hace días que huelo a cielo

a través de la lluvia.

Un maletín marrón


Apaga la alarma del reloj, que suena a las siete en punto de la mañana, como lo ha hecho cada día durante los últimos treinta años, aún tras su reciente jubilación. Se levanta para preparar el café, mientras hojea el periódico. Lamenta que a estas alturas ya nadie lea los periódicos, por eso la mitad de lo que ocurre se escapa del conocimiento de la gente. Aunque es una realidad que parece no importar a nadie. Repasa los titulares pasando de largo todo lo relacionado con el brexit, no por falta de interés, sino porque está hasta las narices de tanta tontería con el tema. Se dirige a las páginas interiores, donde llama especialmente su atención, la noticia de un robo perpetrado a unas cuantas calles de su domicilio. El encabezado hace alusión a un «robo», no un «atraco», ni un «asalto». A pesar de la aparente nimiedad del asunto, encuentra algo inquietante en ese texto. Lee la noticia con detenimiento, pero la vaguedad de su redacción no ofrece mayores detalles acerca del modus operandi, ni del o los presuntos delincuentes. Deja un momento el periódico sobre su cama, aún sin deshacer, para quitarse las botas y ponerse las zapatillas de andar por casa. Se quita también los pantalones y la camisa manchada vaya a saber con qué, y se envuelve en la bata de dormir. Coge otra vez el periódico y engulle unas tostadas untadas con mantequilla como desayuno, aún no se explica por qué, pero siente un hambre atroz. Relee la noticia y detecta que tampoco hay datos acerca de la cuantía del botín, sólo se menciona la ausencia de un maletín marrón. Se sorprende a sí mismo por beber dos tazas de café muy cargado, para aminorar esa tremenda sensación de cansancio, como quien no ha dormido en toda la noche. Duda entre echarse en la cama o ir a la ducha. Se decanta por la segunda opción. Treinta minutos más tarde, tal vez un poco más, suena el timbre con insistencia. Detrás de la puerta alguien grita: «Policía, abra inmediatamente», y sin darle tiempo para salir de su desconcierto, se ve rodeado por cinco agentes de la Ertzaintza. Tras registrar el domicilio, dos de los agentes señalan las ropas del inculpado que han quedado en el suelo. «Una noche dura, ¿no?». No sabe si debe defenderse ante lo que supone una evidencia. «Dinos dónde has escondido el maletín». Su rostro delata cansancio, pero también desconcierto. Se resiste como puede, mientras una ertzaina lo esposa. «Pero… ¡de qué delito se me acusa, si en mi vida he robado un euro!», chilla con impotencia cuando lo sacan a trompicones de su casa. «Nadie es inocente hasta que se demuestre lo contrario», le espeta otro de los agentes ante la mirada atónita de los vecinos. Joseba K., que así se llama nuestro personaje, comienza a sentirse culpable sin saber exactamente por qué. Joseba K. se despierta en una celda oscura y húmeda, ahogado en sus lagunas mentales. Antes de ser sometido al interrogatorio, Joseba K. empieza a recordar.

Amor suelto


Llevas el amor suelto

en la mirada

que sólo de mirar

grita

finges no padecer de romanticismo

pero llevas el amor suelto

porque la palabra dice no

sería lo único

es sólo que tu canto

y tu sonrisa

denuncian

cómo llevas el amor suelto

al lado de los abrazos

delante de los suspiros

y el llanto

delante de la verdad

porque llevas el amor suelto

como frutas que penden

de tu lengua

si pudiera arrancarte una

jugosa

impregnada

de ese amor que llevas suelto

pues al fin y al cabo

en algún descuido

con cualquier pretexto

nos llevaremos ese amor suelto

bajo el agua

o entre las sábanas.

Me gusta


La abuela Neus estaba desayunando, como de costumbre, sus dos tostadas con tomate y aceite de oliva, un café largo y un vaso de yogur con muesli y miel. Para ella, el desayuno era uno de los momentos más placenteros del día, por lo que se tomaba el tiempo que fuese necesario para ello.

Mientras bebía su café, reflexionaba sobre lo que le contó su nieta la semana pasada, hablándole del dichoso internet, y un tal facabut o algo así y también del tutu no sé qué. Según su nieta, eran lugares donde la gente podía decir lo que le gustaba o le molestaba con dibujitos y luego la gente opinaba y a veces discutían. Le explicó cómo la acumulación de aprobaciones o «me gusta» y la suma de comentarios a una idea propia hacía que las personas fueran más felices. Todo eso pasaba a través de una pantalla del ordenador.

Se lo había contado todo con mucha ilusión, incluso le hizo demostraciones en su móvil, y ella fingía entusiasmarse con el relato de su nieta, pues siempre se había mantenido al margen de las nuevas tecnologías por más que le insistían en que debía comprarse un móvil.

Cuando su nieta le explicó cómo la gente, que no se conocía muchas veces de nada, podía opinar sobre cosas de las que no tenía ni la menor idea, la abuela Neus hizo un gesto de desaprobación que terminó por zanjar la conversación sobre aquellas cuestiones que a ella le parecían tan habituales y a la vez tan frívolas.

—Cuando seas un poco mayor, iremos juntas al bar y verás que lo mismo que pasa en tu móvil ocurre por lugares como ese —comentó la abuela.

Por si las dudas, la abuela se decidió a realizar una especie de ejercicio sociológico, el mismo día de la reunión con sus amigas en el bar de siempre. Paró la oreja para escuchar las conversaciones de la mesa de al lado y empezó a gritar a intervalos «eso me gusta», «con eso no estoy de acuerdo» o simplemente reía, y decía «eso que has dicho es muy divertido». Los de la mesa la miraron como si estuviese mal de la cabeza, pero al cabo de un rato, uno espetó: «Cállese señora, métase en sus cosas».

Aunque Neus y sus amigas eran habituales del bar, sus amigas y hasta la camarera, sorprendidas por tales osadías, no sabían dónde meterse de la vergüenza ajena que sentían. Le preguntaron a Neus qué se había fumado ese día, pues nunca la habían visto tan impertinente.

Alguna de ellas incluso se disculpó en nombre de Neus, diciendo que ella no era así, que le perdonaran sus intromisiones.

Neus, en cambio, continuó con el ejercicio que le parecía cada vez más divertido, y pasó de los juicios a las opiniones con y sin fundamento.

Las amigas de Neus no cabían en su sorpresa, y al cabo de un rato, decidieron marcharse. Neus simplemente se justificó diciendo que, como ella no tenía internet, hacía lo mismo que su nieta y que todos los que usaban su móvil para decir «me gusta» o incluso opinar sobre asuntos que no eran de su incumbencia.

Un tanto decepcionada por el resultado de su experimento social, marchó a casa, decidida a no contarle nada a su nieta sobre lo ocurrido la próxima vez que la visitara, ya que presentía que no recibiría de su parte el «me gusta» que, de alguna manera, también Neus estaría esperando.

Por una hoja de té


Té, Trabajo, Cosecha, Producir

Bebida bondadosa

pero también codiciada,

para ricos reservada,

con los pobres generosa.

Era el té de la discordia

un milenario secreto

celosamente guardado

a lo largo de la historia.

Aquel imperio engreído

se afanó en atesorarle,

y la herencia milenaria

a Oriente pudo arrebatarle.

El negocio ya apuntaba

al control de la cosecha,

la apuesta ya estaba hecha

a ver quién se aventuraba.

El oro líquido con opio

se pagó a los productores,

así esta adormidera

multiplicó consumidores.

Por una hoja de té

se engendraron odios

que parieron guerras,

esclavitud y miseria.

Por una hoja de té

se derramó el orgullo

en vajillas industriales

que de porcelana no eran.

Lubricante de obreros

lo llamaron

por todo lo que lograron

con su efecto estimulante.

Y esta bebida

aún siglos más tarde

seguirá siendo testigo

de pactos color de humo

como ilusiones.

Fotografía: Pxphere (CCO)

Hacer caer el cielo sobre la mesa…


Es tan fácil como enterrar a dios en una tumba

Como contener la verdad en una idea

Como cerrar los ojos y caminar de cabeza

Como abrazar al mundo y terminar con la guerra

Como entender que un punto es el infinito más pequeño

Como enfrentarnos al espejo y creer que ya nos conocemos.

Polonio II


Segunda de dos partes

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«Smoke Steam», por geralt en Pixabay (CC0).

 

Alguien les dijo que el padre de Ekaitz había muerto, y la madre prefirió arrendar su propiedad en el pueblo para mudarse a la ciudad a la casa de algún pariente lejano, de manera que tendría los servicios de salud al alcance, pues con la pensión de su marido no podía darse el lujo de pagar un taxi cada que tenía que ir a la ciudad a ver al médico.

En la universidad preguntaron por el profesor con el pretexto de hablar con él sobre una de sus tesis, pero debido a su estado de salud, nadie les quiso informar dónde vivía o dónde podían localizarlo. Un poco decepcionadas, pero no rendidas, fueron a buscar a los profesores de Bioquímica para tener alguna razón de quien fuera su alumno. Mientras discutían se percataron de que alguien se aproximaba. Dejaron de hablar por un momento para cerciorarse de que ese hombre se dirigía a ellas.

—Kaixo, ¿ustedes conocían a Ekaitz?

—¿Por qué lo preguntas?

—Las escuché mencionar su nombre. En la facultad lo recordamos con frecuencia. Y, curiosamente, no ha habido muchos estudiantes con ese nombre.

—Si lo admiran tanto, ¿cómo es que no se han organizado para continuar con su labor? Por cierto, ¿quién eres?, ¿nos puedes decir algo del profesor, su mentor?

—¿Por qué estás tan segura de que no nos estamos organizando? El problema con Ekaitz es que prácticamente trabajaba solo, y las cosas realmente importantes sólo las compartía con el profesor, por eso nunca pudimos saber con certeza qué fue lo que ocurrió.

—¿Y no hablaron con el profesor?

—Él tampoco pudo saber lo que había descubierto Ekaitz el día que desapareció.

Maialen y Lucía estaban lejos de ser unas detectives experimentadas. Ni evocando las mejores novelas negras y películas de suspenso pudieron definir el paso siguiente. Fue entonces cuando Maialen trajo a cuento el mensaje de la nota.

—Ustedes son de Bioquímica, ¿qué puede significar eso de que “la bruma no es lo que parece”?

—Acompáñenme, por favor.

Por la actitud de su interlocutor, parecía que habían hecho la pregunta correcta. Siguieron a aquel hombre hasta su despacho. Era una oficina en el centro de investigaciones bioquímicas de la universidad. Cogió una carpeta con varios documentos y fotografías y la entregó a las chicas.

—Quizás nos puedan ayudar con esto. Nosotros hemos intentado descifrar qué es lo que encontró nuestro compañero Ekaitz. No estamos muy seguros de que nuestras conclusiones sean las correctas, pero si ustedes consiguen confirmarlo, no duden en confiárnoslo.

—¿Por qué tendríamos que confiar en ti, en ustedes?

—Porque estos documentos son confidenciales, los encontramos entre las cosas de Ekaitz, el día que despareció. Sus padres sabían que andaba metido en un asunto peligroso, pero nunca hablaban de ello. Esa noche, al darse cuenta de que Ekaitz no llegaba, su madre nos llamó y nos dirigimos directamente al despacho donde solía trabajar. Esto fue lo que pudimos rescatar. Nadie sabe que tenemos este material. Aquí hay información que pertenece al estudio de impacto de la incineradora. Creíamos que iban a eliminar todas las pruebas. Teníamos miedo. Pero no hemos cesado la búsqueda, créanme.

—¿Y por qué confías en nosotras?

—No confío, pero mientras más frentes haya en esta lucha, mucho mejor.

****

Era el octavo cigarrillo de la tarde. Su intuición le decía que la clave estaba allí y el cigarrillo le ayudaba, decía, a concentrarse. Entonces lo vio. ¡El humo, eso era! El humo que emitía la incineradora se dividía en dos columnas, no una como se observaba a simple vista en las fotografías. Eso fue lo que Ekaitz descubrió aquella tarde, antes de decidir adentrarse en las inmediaciones de la incineradora. Había visto tantas veces la fotografía que no había reparado en el detalle. La columna de humo se dispersaba en una bruma blanquecina, aparentemente inocua. Pero, después de observar detenidamente, se distinguía una segunda humareda, justo detrás de la columna principal. Había una ligera variación de color con relación a la columna del primer plano, y ese humo seguramente se dispersaría en una bruma tóxica que se concentraría en los alrededores. Un estremecimiento recorrió su cuerpo, aquella sensación era lo más parecida al espanto.

Ekaitz sabía que esa no era una bruma cualquiera y esa hipótesis cobró fuerza cuando apagó su décimo cigarrillo. Recordó que recientemente los medios de comunicación revelaron que el humo del tabaco contenía altas cantidades de polonio radiactivo. Si multiplicábamos esas concentraciones y las trasladábamos a las emisiones de la incineradora, el resultado, sobra decir, era fatal.

La bruma radiactiva hacía que las células de la piel aceleraran su deterioro, pero además ralentizaba todas las funciones y, finalmente, si no se recibía asistencia médica al poco tiempo, el sistema nervioso se paralizaría hasta la muerte.

Cuando Ekaitz se dirigía a casa del profesor, tomó la desviación que pasaba por la zona de la incineradora. A lo largo del camino se extendía una densa capa de humo, que a esas horas de la noche se confundía con una espesa niebla. Los oriundos habrían pensado que era normal, pues la niebla había estado presente siempre en aquella zona. Descendió del coche con precaución y se cubrió el rostro con una mano. Sin una linterna era difícil observar claramente a través de la bruma.

Ekaitz se percató de la presencia de alguien y gritó sin obtener respuesta hasta que pudo distinguir en esa silueta la de su profesor. Ekaitz no disimuló su alegría, pero también estaba desconcertado.

—Sube al coche—, indicó el profesor.

Ekaitz obedeció la orden, no sin antes preguntarle qué hacía allí.

—Sabía que lo descubrirías, eres un chico muy listo, Ekaitz. Siempre me ha impresionado cuando el discípulo supera al maestro.

Dijo esto y le inyectó el veneno con un hábil movimiento, impropio de su edad. Después llevó el cuerpo al interior de la incineradora y se marchó sin dejar rastro.

El profesor era la misma persona cuya rúbrica acompañaba un nombre falso en la lista de firmantes en el documento de aprobación de la incineradora, pero también quien días antes había cuestionado públicamente la campaña que difundía el bajo impacto ambiental del proyecto. Jugando en los dos bandos había protegido su reputación, pero también una jugosa pensión como recompensa.