Recordando a Jack


Había cientos de folios apilados sobre el escritorio y otros tantos ordenados escrupulosamente en el armario de su habitación. Pasaba el día sentado en esa silla que ya parecía una extensión de su cuerpo, llenando esos folios con esa peculiar caligrafía cada vez menos afinada por la edad. Algunas veces decía que eran traducciones de ciertos textos en inglés que había podido conseguir sobre la marcha. Otras veces, como todo escritor que se precia de serlo, él también escribía con rigurosa disciplina, nunca se supo bien qué.

Aproveché el día en que se fue de casa, en uno de esos arranques de orgullo tan propios suyos, para husmear en sus escritos. En algunas hojas podían leerse ciertas frases traducidas torpemente, que él adaptaba con alguna circunstancia de su día a día. En otras describía sus miedos, dejando entrever que sus delirios y su paranoia eran ya severos.

Seguía ojeando aquellas hojas con frases inconexas y sin sentido. No pude menos que pensar en aquella escena de El Resplandor, donde el protagonista se afana tanto escribiendo, aunque su deseada obra no termina de ver la luz. En pleno ataque psicótico, hay un close up hacia el folio que está en la máquina de escribir, donde se lee de forma reiterada la frase: «tanto trabajar y no jugar hace de Jack un niño aburrido». Se me heló la sangre.

Diplomacia interestelar


Albert Antony/ Unsplash Photo Community

Mientras contemplaba cómo llevaban al cadalso al último candidato para redimir a la especie humana, el alienígena se regodeaba mirando la expresión de terror en su rostro. En el sitio de donde él provenía no había tales emociones. Tampoco comprendía del todo, por qué aquel humanoide se retorcía y gritaba tanto. En el último planeta que había visitado, sus habitantes peleaban entre sí para ser los primeros en inmolarse. ¡No cabe duda que algunas especies son muy raras!

Blancas o negras


Foto por grstocks en Unsplash (CCO)

El tablero de ajedrez sobre la mesa, un juego sin empezar, y dos copas vacías.

—Hace tantos años que no hacía una partida con alguien.

—¿Y cuál era el motivo?

—Simplemente nadie aceptaba una invitación tan inusual. Cuando le decía a alguien que viniera a casa a jugar una partida de ajedrez, parecía que le estuviera proponiendo un acto de tortura.

—¿Blancas o negras?

—Lo echamos a suerte, como se suele hacer.

—Para mi es igual, como si no lo supieras. Me tocan las blancas.

—¿Más vino?

—Gracias.

—Pues como te decía, desde que estoy de baja médica, me he vuelto un experto en el ajedrez.

—¿Depresión?

—¿Cómo lo has sabido?

—Lo veo en tu mirada. Te toca.

—Pero yo nunca lloro.

—La gente piensa que la depresión se relaciona con el llanto constante, pero no. Bueno, no es solo eso. A veces llorar alivia más de lo que creemos.

—Hablas como un experto.

—Bueno, todos hemos tenido malas rachas. Jaque.

—Me han dado una medicación que me quita el sueño. Por eso juego tanto.

—Lo sé, a mi me pasa igual.

—Sé de muchos que se drogan, otros que se abandonan al alcohol, mientras otros, como yo, juegan hasta el cansancio.

—Digamos que en cierta medida, has tenido suerte. El ajedrez no es un juego en el que te puedas dejar la hipoteca, la pensión, o tu herencia.

—¡Ja, ja, ja!, y que lo digas. Ahora muevo yo, jaque.

—En el pasado eras un tipo divertido, sociable. ¿Qué ha ocurrido?

—Hablas como si me conocieras de toda la vida.

—Las fotografías que tienes en el salón me han revelado tu secreto. Y están a la vista de todos.

—Ah, bueno, sí, las fotos.

—¿Pensaste que te estaba leyendo el pensamiento o algo por el estilo?

—Eres una persona muy observadora. ¿Qué más has podido deducir de mis fotos?

—La nostalgia… Oh, perdona ¿tienes más vino?

—Sí, claro ya sabes dónde están las botellas… Decías algo de la nostalgia. Es fácil deducir eso, cuando alguien atesora con tanto empeño sus mejores recuerdos en imágenes.

—Y ese libro que tienes empezado en el sofá, La ridícula idea de no volver a verte, no ayuda mucho a la recuperación.

—Depende desde qué punto de vista lo leas. Tiene una parte histórica que me resulta fascinante. Además, la literatura es lo que tiene, si no te sumerges en el mundo de las letras, te disuelves en el hastío de la realidad.

—¡Vaya, lo dices como si caminaras al borde de un precipicio!

—Es cierto. Dime si a ti no te ocurre lo mismo. Muchas veces cuando lees un libro, o cuando eliges un libro, generas una expectativa sobre lo que te gustaría que ocurriera, porque pensamos que somos dueños de otras realidades, más que de la nuestra propia.

—Jaque. Ahí te doy la razón. ¿Otra copa?

—Por supuesto. Además, somos tan perezosos, que eludimos cambiar el curso de nuestras vidas, y preferimos imaginar que somos tal o cual personaje de nuestras novelas favoritas. Pereza, eso es lo que nos define. Nada más enfermizo.

—Si lo tienes tan claro, qué haces aquí jugando a solas. Jaque mate.

—Tanto hablar, me desconcentra. Lo más lógico es que gane contra mi mismo, no que pierda. En fin. ¿Qué me dices si echamos otra partida?

—Bueno, parece que tendremos noche larga, otra vez. ¿Otra copita?

Abril cotiza en bolsa


 
 
 
 El caso fue cerrado
 por falta de pruebas,
 pero el hecho es que alguien
 se ha robado el mes de abril.
 Inexplicablemente
 el atraco más insólito de la historia
 solo fue difundido
 en una canción.
 Se desconoce con qué intención
 el ladrón huyó con esos 30 días
 del calendario.
 La gente tira de donde puede
 con esta condenada crisis
 y, sin embargo,
 pudo haber atracado diciembre
 o los meses de verano
 que son los más jugosos
 del año.
 Nadie se explica
 quién se ha robado
 el mes de abril,
 pero se ha detectado
 un paquete de días
 que ya cotizan en bolsa
 y es que el tiempo  
 ahora es un bien escaso
 tal vez más volátil
 que el capital financiero
 que el dinero
 o que la vida misma. 

Intento de fuga


Lo encontré al día siguiente pataleando, con medio cuerpo metido en otra dimensión. Tiré de una de sus piernas y, al no tener nada para sujetarse, cayó de bruces delante de mí. Yo creo que algún diente se habrá roto con semejante golpe.

Había montado tremendo lío, y luego así, sin más, dijo que se marchaba. Siempre he pensado que eso de dejar las cosas sin concluir está muy feo. Solo quienes mueren tienen derecho de dejar las cosas a medias.

En realidad, yo no elijo quién aparece en mis sueños y, hasta este momento, creía que tampoco decidía cuándo debían abandonar el sueño o desaparecer. Lo cierto es que no sabía quién era este personaje, pero su actitud no me gustaba nada nada. De repente se acercó a una y le cortó un mechón de pelo, porque sí. Después se metió en una conversación ajena y comenzó a mofarse a carcajadas de lo que estaban diciendo. Luego, de repente, empezó a lanzar puñados de arena desde una banca del parque a todo el que pasaba por allí.

Yo presenciaba esas escenas y sentía que la gente me miraba como diciendo: «¿En qué momento vas a parar esto?». Si hubiera sabido que era un sueño, lo hubiera echado ipso facto. Así de sencillo.

Pero ahora, este personaje tenía que rendir cuentas, disculparse al menos y aliviar los ánimos en mi sueño, un poco. Todo esto empezaba a ponerse color de hormiga.

Y lo peor es que, mientras no terminara este sueño, no podría dar aviso a mis amistades de que un personaje andaba suelto causando estragos en sueños ajenos.

Así que mi sueño iba a transcurrir intentando meter en cintura al susodicho, aunque convencerlo de que debía resarcir el daño causado no sería tarea fácil, pues, como he comentado antes, no le conocía de nada.

Cuando lo encontré colgando de otra dimensión, y lo devolví de golpe y porrazo aquí, lo único que se me ocurrió decirle antes de despertar fue: «Esto te pasa por querer escapar de mi sueño».

Otro día será


—Entonces —me preguntó—, ¿a dónde va el día cuando se acaba? Si es tan grande para iluminar todo el mundo, ¿cómo hace para desaparecer tan rápido?

No —le respondo—. No desaparece, solo cambia de atuendo. De noche se viste con un manto oscuro, pero al amanecer se engalana con la claridad del cielo, del sol o las nubes.

—¿Significa entonces que siempre es el mismo?

—Pues sí y no.

Me quedé con la respuesta a medias, porque no sabía cómo continuar con mi relato. Era verdad. Un día era un recurso para medir el tiempo, y éramos nosotros, los seres vivos, quienes transitábamos por él, movidos por la rotación del planeta. Muchas veces en mi vida me he detenido a reflexionar en esta misma idea. Así que me quedé meditando el final de la respuesta.

Observé, además, que me miraba con incertidumbre, pues no estaba del todo convencido de mi fugaz explicación.

—¿Y por qué…?

«Agárrate, porque esta pregunta tiene pinta de ser más audaz aún», me dije a mí misma.

—¿… por qué, si el día siempre es el mismo, celebramos los días pasados, como el día de nuestro cumpleaños?

Mis argumentos se derrumbaron con semejante razonamiento.

—Verás. El día es como nosotros. Somos los mismos, pero diferentes. Entonces el día en que naciste, o el día en que nací yo, fueron momentos especiales del día, tan especiales, como cuando tú y yo estamos de buen humor.

Y así, eludiendo mi definición nada científica del día, vencido por el cansancio, me ha dicho que le gustaría quedarse despierto para ver cómo cambiaba de atuendo el día. Me dio un beso de buenas noches y cerró sus ojitos para dormir.

—Sí, otro día será —le dije despacio, mientras salía de puntitas de su habitación.

Si no despertamos


Si no despertamos más

que sea después del éxtasis

en medio de un sueño

unidos los dos cuerpos

hasta desintegrarnos.

Si no despertamos

que sea después

de atrevernos a hacer

o deshacer quimeras

y aferrarnos a lo posible

de lo imposible.

Si no despertamos

que por lo menos

hayamos regalado

una sonrisa

y dos o tres abrazos

desquiciados.

Si no despertamos

que sea después

de una buena noticia

antes nunca.