El invitado


Hace casi dos milenios que lo habían crucificado al lado de un tal Jesús de Nazareth, para quien la crucifixión era un mero trámite, según lo narrado en los evangelios. El pobre Dimas no había corrido con la misma suerte, pues aunque Jesús le aseguró que ese mismo día estaría con él en el paraíso, no contaba con que la burocracia celestial era peor que cualquier burocracia terrena. Jesús el nazareno olvidó pedir sus datos a Dimas antes de expirar, y cuando éste llegó a las puertas del paraíso, su nombre no constaba en la lista de invitados.

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Medidas para el tiempo


—¡Hey, despierta! Menos mal que no te has aburrido.

Se ruborizó al sentirse observada mientras cabeceaba como una abuela soñolienta. A menudo, un letargo incontrolable la invadía cuando se quedaba quieta por mucho tiempo, como ahora, mientras esperaba al editor. Más de alguna vez se había quedado dormida sin previo aviso, en obras de teatro, conciertos, conferencias que ella misma ofrecía, debido a esos ataques súbitos de cansancio. Era cómico recordarlo, pero resultaba patético cuando alguien la ponía en evidencia, como en este momento.

—¡Te he esperado durante 45 páginas! — se justificó, mientras colocaba el punto de libro en la página del informe que había empezado a releer antes de quedarse dormida.

—Pues me dirás que han sido las 45 páginas más entretenidas de tu vida. ¡Jajajaja!

—Lo que quieres es que no te riña por haber llegado con retraso, como siempre. Recuerda que la semana pasada te esperé durante dos capítulos, y sin dormirme.

—De acuerdo, lo siento mucho. ¿Aceptarías una café para reparar mi falta?

—¡Hecho!

Esta vez hizo una breve mueca intentando sonreír y después extendió a su editor el informe con desgana. En un par de semanas el manuscrito estaría concluido para la revisión final. Era lo que más deseaba, pues así podría huir unos meses a casa de su madre. Hacía exactamente dos manuscritos y medio desde la última vez que la visitó. Y fue precisamente en aquella ocasión, cuando ella supo que lo suyo era algo hereditario. Al llegar a casa de su madre, la encontró con su ópera prima en el regazo, abierta de par en par, mientras dormía profundamente.

—¡Despierta mamá, menos mal que no te has aburrido!

Y su madre se levantó de un salto para abrazarla, como hacía desde que era pequeña, al verse sorprendida durmiendo a deshoras. Exactamente como le ha ocurrido a ella durante los últimos años.

Vidas azules

Vidas azules


Metamorfosis


Día 1

Me duele el cuerpo. Tal vez me haya enfriado después de estar tantas horas sobre este suelo húmedo. Espero que mi dosis de vitaminas sirva de defensa para no enfermar. Si todo va bien, es probable que mañana esté mejor.

Día 2

Los moretones de mi cuerpo se han vuelto llagas, y el dolor tampoco cede. Esperaba cierta mejoría, solo que aún no puedo moverme. A pesar de estas magulladuras, parece que no me he roto nada después de tremenda caída.

Día 3

Nadie me avisó que tendría visitas. Hoy mi salud tampoco es la mejor. Desde que ellas llegaron, siento un cosquilleo punzante en la piel. Creo que es su manera de mimarme.

Día 4

Escalofríos y más escalofríos. Las visitas de ayer me han dejado en carne viva. Los temblores no cesan, aunque parece una reacción normal cuando una se queda sin piel, sin carne, sin nada. Ha ocurrido casi sin darme cuenta.

Día 5

Pensarán que me he bronceado al sol, pero la realidad es que el contacto con el aire me pone la piel más oscura. Noto cómo despido un olor agrio, pero ahora mismo no sé dónde puedo ducharme. A estas alturas, estoy cada día más débil, si viene algún bicho más, creo que desapareceré con ellos entre la hierba.

Día 6

Tal vez haya alguien que sepa de medicina por aquí cerca. Mi cuerpo se ha llenado de hongos. Sospecho las bacterias han acampado en mi esqueleto.

Día 7

Parece que ya se han llevado todo lo que podían obtener de mí. Mi dulzura, mi brillo, mi belleza, mi elegancia, mi carne jugosa, mi ser de manzana. Mi corazón reseco yace ahora en este contenedor de composta.

Anáfora


Escriben los que no se fían de la memoria

para hacer más eternas sus huellas

escribe quien atesora impresiones

para encadenarlas con la tinta indeleble

escribe la que amasa sueños y escupe verdades

escribe ella y él

escriben los abuelos y los niños

escriben en los espejos de las mentes saturadas

en el vacío universal del papel

en el árbol y en el muro

escriben en la arena y en el aire

los que no quieren perderse en el olvido.

 

Mayté

Las predicciones de mamá


Si hubiera estado mejor informado le habría dado la razón, sin lugar a dudas. Es solo que la tempestad le cayó de sorpresa, pues cuando despertó había un sol casi cegador que se colaba por su ventana. Así que se calzó las sandalias de verano y se vistió con las prendas más ligeras que tenía para ir a la playa con sus amigos. Su madre le había advertido que en algún momento del día seguramente sentiría frío, pero él no le dio tanta importancia. Su organismo estaba más que adiestrado para esos cambios bruscos de temperatura tan habituales en aquella región que lo vio nacer. Además, siempre que hace caso a su madre, debe volver con la chaqueta en la mano y con el paraguas seco.

Una vez en la calle observó que el termómetro marcaba 28 grados.

—¡Madre mía, qué calorazo! —se quejó antes de montarse en la bicicleta.

Unos kilómetros adelante, la luz a través de sus gafas de sol disminuyó. Cuando miró al cielo detectó una nube, pero no de esas nubes de ensueño que parecen algodones. Todo lo contrario.

—¡De dónde salió eso! —Apenas le dio tiempo de llegar a casa de su amigo Antonio cuando empezó a «chispear».

—Ya pasará —se dijeron mutuamente para intentar convencerse de que aquello era momentáneo.

Efectivamente, la ligera lluvia cesó casi de inmediato y se dirigieron a la playa donde los estaba esperando el resto de la cuadrilla. Era como si hubiera un microclima en una parte de la ciudad pues, conforme avanzaban en las bicicletas, el cielo aparecía despejado y soleado nuevamente.

Lo que ninguno de ellos sabía es que ese día estaba anunciada otra ciclogénesis explosiva. Un fenómeno meteorológico casi ciclónico y difícil de predecir, donde una masa de aire frío choca con una masa de aire caliente procedente del sur, y ¡cataplum!

Así que el día de playa duró poco menos de dos horas, antes de que todo el mundo tuviera que huir para resguardarse del frío súbito, el viento y la fuerte tormenta que se avecinaba. Todos, incluyéndolo a él. Si hubiera hecho caso a su madre…

Mayté