A la mar la vida


Observa la orilla la vida que se esfuma,

la que fue vivida y la que no se mueve.

 

Se van las lágrimas con la espuma

que regresa a las costas de allá enfrente.

 

Se van las sonrisas en la luz que se pierde.

La tarde apuñala al sol y la noche rezuma.

 

La vida es la espera observando

la orilla que es penumbra

 

y que se marcha y que decrece

y se hace invisible bajo el sol que zarpa.

 

La vida es la zarpa del sol que se anochece

y cubre la mar con su muerte y con su capa.

 

La vida es la mar que se agazapa

en los recodos del aire que la mece.

 

Viene la mar y la recibo.

Viene la mar y no se mueve.

 

Vengo yo y la mar me envuelve.

Ya nos vamos, nos despedimos.

 

No hay sol matiner ni nada

que se le parezca en esta tarde

 

y en los párpados me arde

la bandera foradada.

 

Cuando camine hacia atrás,

no sabré si el mar se muere

 

o soy yo, que me alejo más

bajo las sombras del muelle.

 

Alacant tiene algo que se exilia

entre el cielo de la noche y el humo

 

y ya no sé si yo me esfumo

o si la vida que se marcha es la mía.

Anuncios

El riesgo del azar que va llegando


“Salgo a fumar”, informó Juana al resto. Daniela y Malaca, siempre juntas, se sentaron en la parte larga del sofá y esperaron con los dedos entrecruzados sobre la mesa. La salita era diminuta y estaba separada de la cocina y de la puerta de la calle por una cortina que estaba descorrida. Ni tan siquiera podía ser considerada un espacio independiente. Más bien, era un constructo espacial demarcado por la ocupación de la mesa, el sofá y las sillas (y la cortina corredera), que se insertaba en un marco multifuncional de carácter vestibular-alimenticio-sedentario. Llegó Isaías y se sentó en la parte corta del sofá, bajo la ventana y como presidiendo la mesa. “No es el sitio que habría elegido si me hubierais dado elección, pero no pasa nada”, miró de reojo al intersticio que dejaban las cortinas y se vio reflejado en el cristal de la ventana. Daniela y Malaca intercambiaron sus pupilas durante un instante. “No te preocupes”, le pidió una de ellas. Llegó Jonás con una bandeja de plástico y cinco tazas de café aguado, una de las cuales se habría de enfriar. “Perdonad por el café, pero es lo mejor que he podido hacer con esa cafetera de mierda”, se disculpó y se sentó en una de las dos sillas blancas que ocupaban la otra parte larga de la mesa, justo enfrente de Daniela. Las dos bombillas alumbraban solo sobre sus cabezas y el resto del bungaló permanecía en una penumbra abandonada.

Isaías alcanzó los naipes desde donde se encontraba sentado y comenzó a barajar con poca destreza. “¿Hay comodín?”, inquirió Malaca. “No, ya lo he quitado yo”, respondió Jonás y señaló a hacia un lugar impreciso en el vestíbulo, “¿Querías jugar con él?”, “No, todo lo contrario”, intervino Daniela, “El comodín nos trae mala suerte”. Recogieron sus respectivas tazas y apartaron la bandeja a un lado, con una taza humeante reposando todavía en su superficie. Malaca pareció no quemarse la boca entera cuando se llevó el líquido negro a los labios, pero Jonás no pudo reprimir su asombro ante la torrefacción de la sustancia. “Arde como un demonio”, exclamó con comedimiento y recolectando una gota caliente que ya se le escurría por la perilla. “Lo acabas de sacar de la cafetera. No sé a qué viene tanta sorpresa”, lanzó Daniela, aprovechando el ridículo. “No empecéis”, frenó Isaías y Malaca, mediando con su estrategia de calma, acarició con la yema de un dedo el vaquero verde de Daniela. “Parece de coña que seáis hermanos. Mirad, esto es muy simple. Reparto todas las cartas una por una a cada uno de nosotros hasta que me quede sin. Cuando se agote la baraja, os sigo explicando y empezamos la partida”, comunicó Isaías, desviando la atención a las cartas que se iban depositando bocabajo sobre la mesa, primero delante de Jonás, después de Malaca, luego de Daniela, siguiendo consigo mismo y reiniciando el ciclo. “Oye, ¿ahí no repartes o qué?”, Jonás ansioso porque echaba en falta, “Echamos esta ronda de prueba y ya empezaremos otra”, Isaías ansioso porque la tontería, “No te preocupes”, le pidió Malaca-sonriente, espécimen extraño. Jonás puso los ojos en blanco, con un ligero toque de capilar surcando.

Isaías se quedó sin cartas en la mano. “Bien, ya hemos terminado la introducción: pasemos al nudo. Ahora, vais a contar las cartas que tenéis en la mano para saber cuántas tiene cada uno. Si hay algún desfase que podemos solucionar, el que más tenga le da a la que menos o ya veremos. Si no se puede, lo dejamos así y empezamos”, “De una vez”, susurro de Daniela, “¿Perdón?”, Isaías contrariado, “¿No habíais dicho que habíamos quitado el comodín?”, Malaca carifruncida, “Lo he quitado yo”, repuso Jonás, asimismo carifruncido, “Lo he dejado ahí, en la encimera, al lado de la… De la cafetera”, terminó levantándose. Rascándose la cabeza, “Mira, yo qué sé. Te juro que pensaba… Es igual, dámelo y lo dejo aquí”, “Ahora tenemos que barajar otra vez”, exigió Daniela, “¿Qué dices?”, Jonás aspaventado volviendo en dos pasos de la cocina, “Con lo que me cuesta barajar, ¿me vas a hacer hacerlo otra vez?”, eso Isaías, “Lo hago yo misma”, “Eres una pejiguera, Daniela. ¿Para qué quieres barajar otra vez?”, amor de hermanos, “Vamos a ver, Chona, porque si, en lugar de haberle tocado el comodín a Malaca, le hubiera tocado otra carta distinta, ninguna de nosotras tendría las mismas cartas que tenemos ahora en la mano. ¿Entiendes el concepto o me voy a comprar una pizarrita y unas tizas?”, “Eres gilipollas, Daniela. Haz lo que te dé la gana”, “Venga, gente, que no pasa nada. Daniela tiene razón. Que baraje ella por ser tan tiquismiquis y ya está”, dijo Isaías (rebaje de tensión necesario, no-se-los-puede-sacar-juntos, pensamiento fugaz).

Daniela tenía las cartas en las manos y las movía y las removía. Se oyó algo caminando por el techo del bungaló. “¿Eso qué es?”, se revolvió Jonás en su silla blanca, “Eso será un gato o una ardilla”, propuso Daniela, “Las ardillas son diurnas”, corrigió Isaías, “Pues será un gato”, definió Malaca. Daniela tenía las cartas en las manos y, pese a la breve pausa ante el trastabillar errático del gato de Schrödinger (que parecía muy vivo, quizá eran ellos los que estaban en la caja), las movía y las removía. El ruido se detuvo, el tiempo suficiente para que Jonás bajase la guardia. Cuando se reanudó, lo cogió por sorpresa y se sobresaltó: dio con una rodilla por debajo de la mesa y Daniela, que tenía las cartas en las manos y las movía y las removía, se asustó y soltó la baraja, que se precipitó sobre el liso horizonte de la mesa y junto a las tazas de café Régal. Aunque el hipotético gato siguió deambulando por el tejado del bungaló, la gente sentada en torno a la mesa solo tenía ojos para lo que ocurría allí abajo, porque todas las cartas habían caído bocabajo, menos una.

Isaías, frenético, daba la vuelta al resto de las cartas, Daniela soltaba de vez en cuando un gemido nervioso, entre risafloja e hipido, como atrapada en un bucle en el que no paraba de arrojar los naipes, y Jonás oteaba sobre la encimera. “Os lo juro”, repetía, “Os lo juro”, “Chona, no me jodas”, saliendo del bucle eterno, “No me jodas”, “Tampoco pasa nada si es una broma, Jonás”, calmaba Malaca, “Os lo juro”, en otro bucle diferente, “Os juro que lo había quitado”, “Este cabrón nos la está jugando”, Isaías al borde de la crisis diplomática. “Mirad, ¿por qué no hacemos una cosa?”, Malaca abrió el interrogante ante la falta de cualquier otra cosa, “Jonás, coge el comodín y vete al fondo de la cocina. Guárdalo en el armario… Isaías, recoge las cartas. Sí, en el que está encima del fregadero, da igual. Guárdalo para que todas te veamos y vuelves. Eso es. Vale, a ver… Sí. Ahora extiende las… No, no, cierra la puerta del armario, pero no nos tapes con la cabeza… Así, vale. Ahora extiende las manos hacia arriba y ven. Siéntate y pon las manos extendidas sobre la mesa. Isaías, ¿las tienes todas?”, “Sí, están todas aquí, creo”, “Toma, te quedaba una debajo de mi taza”, le alcanzó Daniela, “Ahora baraja y vamos a jugar de una vez”, sabia Malaca, sabia sin duda, “Gracias”, concedió Jonás, que notaba cómo sus manos iban a dejar una sudorosa huella, “Chona, cállate la boca”.

Malaca-no-sonriente, fenómeno natural de calibre Föhn, repartía esta vez. Dos fueron los minutos transcurridos entre el agradecimiento desaprovechado de Jonás y el depósito inerme de la última carta sobre la mesa de chapa. Un crujido del techo desveló la noche de Malmussou a Le Coteau de la Terrasse. Nadie se inquietó en el interior del bungaló: un rechinar más de la luna entre el crepitar constante de los grillos negros. Se había terminado el exterior en la puerta y en el tejado no había nada más que estrellas expectantes entre los nubarrones de por la tarde. Solo restaba estar y el dentro, el dedans malevolente que engañaba con su salvaguarda ficticia, aunque ahora el peligro, ahora el riesgo de retornar al inicio. Dieron la vuelta a las cartas, sin ocultarlas, porque el juego había cambiado y se había convertido en el escrutinio sin objetivo pronunciable de la baraja y de los naipes. El juego había cambiado y ya no era juego, sino otra cosa indecible, pero indefectible. Rugía por amor la resistencia de la nevera, el tejado estaba en silencio y los grillos tocaban a muerto. La noche era. La noche era cerrada como una caja en la que estaban sentados y se miraban y miraban lo que había en una de las manos que tenía una cara sonriente y maléfica que enseñaba cómo había que vivir o cómo había que escupir las palabras precisas o cómo había que echar a correr. Era una mano cualquiera, nadie que hubiera sido preguntado sobre aquello habría sabido responder quién tenía el cartón delante, todas la pudieron ver frente a sí, devolviendo las pupilas a las pupilas de papel y viceversa, el efecto recíproco de contemplar un óleo sobre lienzo, un lienzo sobre la pared de una habitación o un claustro. Si hubiera sido otro el momento, si hubieran sido otras las circunstancias, todas habrían podido ser conscientes de que era Jonás quien la tenía frente a sí, quien la tenía delante, y habrían podido dejar de pensar que el juego había devenido en persecución y en ignominia, en trémulo temblor del pulso sobre el cenit de la mesa de chapa. Sin cruzar las pupilas y al unímodo, se alzaron de la mesa y abrieron la puerta para sumergirse en la luz sin farolas de la noche sin ventanas.

Isaías se encendió un cigarro y oteó el cielo. “No creo que sea una buena idea”, dijo sin más. Malaca y Daniela se apoyaron en la barandilla del porche. Jonás se acurrucó en un rincón, junto a una telaraña desahuciada. “No lo creo en absoluto”. Las estrellas quemaban de lejos y los grillos callaban (seguían haciendo lo que hacen, ese sonido de metal frío, pero no podían oírlo, porque la caja estaba sellada y los insectos poblaban el mundo que había fuera). “¿Qué no crees que sea buena idea?”, inquirió una voz de penumbra sobre el tejado. Jonás saltó sobre sí mismo y se puso en pie. “Volver adentro”, respondió Isaías, sin dar más pistas que una calada al marlboro que no sacia (de tan suave el humo, de tan caro el paquete). Jonás quiso explicarle, pero no pudo. Daniela contempló la sombra sobre el tejadillo de la puerta y no vio nada. “¿Por qué?”. La pregunta que se funde con una insondabilidad oscura, con un pino envuelto en sus sábanas de agujas verdes, con la hojarasca seca de los robles y el olor imperceptible del laurel húmedo. Con el rocío de la madrugada que no llega. El cenicero de la mesa del porche estaba inundado de rocío y de colillas empapadas. Daniela pareció explicar algo. Juana esperaba en lo alto, sin ser vista más que por Malaca, que aguardaba para terminar de contar, porque Daniela no podría, no. Daniela débil contra la historia que había de ser contada. El temor fatuo, infausto, de quien parece no temer, pero teme (como quien no tiene miedo de la fractura diminuta del vaso, sino de la explosión de cristales en la boca en caso de que).

Juana penumbra contra cinco estrellas diferentes en el cielo (que no se veían porque Juana penumbra contra el cielo). Se sentían los latidos incesantes dentro del bungaló, por debajo del silencio que retumbaba sobre el Dordogne y sobre el castillo de Campagne, contra el bosque y entre las piedras del asfalto de la comarcal. Una respiración de pulmón desposeído. Dentro, encima de la mesa de chapa. Dentro, la estela de la huida tajada por la puerta como por un vendaval tangente. Juana penumbra oía, pero no comprendía y apenas escuchaba. Daniela peroraba, ajetreo de borregos sobre el agua en la voz, tragar de saliva, piel de gola subeibaja. Juana no podía contagiarse. Era imposible que a Juana se le acelerase el tambor de la muñeca o del cuello, porque Juana no comprendía y apenas escuchaba. Había estado pensando que la oscuridad de la noche no era penumbra y que las estrellas no alumbraban, sino que velaban todavía más. No tenía sentido cantarles, aunque hubiera salido afuera con ganas de hacerlo entre el deshilachado efímero de un cigarro. “¿Por qué no usar la oscuridad para ocultarse? ¿Por qué tenerle miedo?”, se había estado imaginando. Alejarse del mundo era inútil. Podía esconderse, pero no se podía correr: tal era la premisa cuando se percibía la hiedra marchita aferrada a los gemelos. Sobre el tejado del bungaló, Juana quiso fundirse con la noche que era y quiso ocultarse en ella, no para dejar de ser, sino para poder seguir siendo. Tanto miedo, tanto pánico, cuando el fin de todo ello radicaba en la asunción explícita de la noche como abrigo y no como el frío-que-queda-fuera. No el vacío, sino todo-lo-que-podía-saberse estaba encerrado en la noche que era y en la noche que la hacía ser y quiso saber si aquella sería la última noche que sería o la última en la que se sentiría ser. No pudo encontrar una respuesta, pero la pregunta le pareció tan clara como una mañana que empieza a despertarse.

La madrugada podría haberse cernido sobre ellas en aquel momento y podrían haberse bañado en la luminosidad terrible de un nuevo día que tendría que acabar también. Los tiempos marcados de la juventud, de la vida que no cristaliza en inmortalidad geométrica, sino que deviene en informidad inofensiva (e hiriente). Daniela acabó de contar su parte y la historia se quedó colgando en un limbo de suspiro mal expelido. Malaca “Teníamos que salir, no podíamos hacer otra cosa. No podemos explicarnos por qué, pero teníamos que irnos y abandonar todo allí, porque nos perseguía, supongo. No te sé explicar mejor. Quizá sí, pero no ahora. Ahora acabamos de salir porque teníamos que hacerlo y no te sé explicar mejor, porque acabamos de salir. La puerta está ahí. No podíamos esperar a que volviera a aparecer de nuevo. Lo mejor es dejarlo aparecido y retirarnos. Alejarnos de la puerta. ¿Volver a entrar?”. Isaías apagó el rescoldo de la brasa en el charco del cenicero con un siseo de culebra. “No creo que sea una buena idea”. Juana bajó de un salto. Jonás la siguió con la vista entre la bruma del cigarro. “No lo creo en absoluto”, pero Juana ajena, Juana en el exterior, Juana que era el gato y la ardilla y no había estado delante del miedo ni de la no explicación o de la falta de todo-lo-que-podía-saberse, Juana fuera de la caja, Juana que era crujido de La Gardelle a Saint-Cirq, crepitó con su voz en la hoguera de su garganta y no tuvo en cuenta muchas cosas, pero tuvo todo en cuenta para partir el tronco central sobre la yesca y decir “¿No habéis pensado en usarlo?”.

El monte del parnaso


Salieron antes de lo que habrían debido para coger el tren en Montparnasse y París estaba hecha del plomo del cielo y de la pizarra Haussmann de los tejados del barrio latino. Seguros de haber dejado todo en orden en el piso de la señora Montesquieu (seguro él, especialmente, de haber recogido todas las hojas que había rellenado con poemas inconexos durante esa semana) y tras haberse despedido de los demás, que ya estarían de camino a la península o a las islas, recorrieron la calle Monge hasta la parada de Cardinal Lemoine, donde cogieron la diez para ir a Odéon, donde cogieron la cuatro para ir a Montparnasse-Bienvenüe. Comieron en la estación un wrap de pollo que sabía a frío y a cinco con treinta y huyeron entre la gente para echarse un cigarro. Ya fuera, a mitad de una bocanada, él se percató de que tenían, justo al lado, una mochila abandonada. Miró a su alrededor, para cerciorarse de que nadie estaba buscándola o con intención de recogerla. “Navarra, mira: una bomba”, le dijo. Ella observó la mochila con los ojos como platos, pero contestó con calma: “¿Tú te crees que, con lo emparanoiados que están aquí con eso, iban a dejar una mochila sospechosa en la puerta de Montparnasse y que nadie se iba a dar cuenta?”. “La costumbre ablanda”, respondió. Permanecieron echándole reojos en silencio de maullidos nerviosos a la mochila azul con asa de cuero sintético y él desvió la vista un momento hacia las escaleras. Bajo la barandilla, en el centro exacto entre ambas bandas de escalones, una clocharda fumaba un gauloise y oteaba a los peatones de entre la maraña de rizos de paja descolorida. Lo miró de improviso y sonrió con los pocos dientes que le quedaban. Él cambió de ángulo y retrocedió a la mochila. “A lo mejor podríamos dar una vuelta y entrar por el otro lado”, propuso ella. “Así no estamos aquí parados”, se excusó él, “Me parece perfecto”.

Se detuvieron en un paso de cebra para ir a cruzar a la otra acera de la avenida Maine porque el semáforo estaba carmesí. “En Londres están que trinan con todo eso. Te decían por todas partes que había que informar de cualquier comportamiento sospechoso que notaras. Cualquier persona que fuera por un parque y viera un bolso dejado en un banco, pum: llamadita de emergencia y aviso de bomba. Yo no sé por qué aquí se lo toman tan a guasa”, “Tampoco es para tanto. Nosotros hemos visto la mochila y tampoco vamos a llamar a los gendarmes”. Era evidente que ella estaba nerviosa. Estaban de obras en la fachada de la estación y los separaban de la bomba las rejas del recinto en el que estaban trabajando, un casetón de metal, una grúa motorizada y varios montones de tubos de metal. Él empezó a imaginar todas las formas de proyectil mortífero que tendría todo aquel menaje si estallaba la bomba. Un tubo en la cabeza podría ser lo más rápido, pero, claro, el riesgo de que lo salvasen y se quedase tocado. Se decidió por el aplastamiento por grúa, aunque tuvo que corregirse y querer pensar que la onda expansiva lo dejaría inconsciente antes de que le cayese encima. La eficacia de la muerte en una ecuación de tiempo y dolor.

“Pordiós, cuánto tarda este semáforo”, “Relájate, Navarra. Ya se pondrá en verde”, pero el monigote seguía rojo como un tomate y sus piernas de esquema humano seguían muy pegadas, sin una ínfima grieta que expresase una posibilidad mínima de movimiento. Fue testigo de un ramalazo de sentido común al pensar que, si había sobrevivido a tanto viaje en avión, podía esperar que la mochila estuviera vacía o que contuviese cosas normales o que, al menos, si no eran normales, que no fueran a reventar por los aires la estación de Montparnasse, media calle Commandant René Mouchotte, a la clocharda inquietante, a los que fumaban y a los que hacían running, a los que almorzaban antes de coger el tren, a la que estaba montándose en la bicicleta para irse a casa, a ella, a él y a la familia de turistas que se acercaba a la esquina con Maine. De todos modos, si alguien, por lo que fuera, quería colocar una bomba en aquella zona, debería haberlo hecho en la fachada principal de la estación, la que daba al bulevar Vaugirard, a la torre del demonio y a la plaza Raoul Dautry, por donde había mucha más afluencia y mucho más tráfico. Todo apuntaba en contra de los explosivos. Todo excepto todo lo demás. Un escalofrío le recorrió el brazo con el que sujetaba el cigarro y tuvo que bajarse la manga de la sudadera. “¿Tienes frío?”, se interesó ella, “Tengo miedo”, se imaginó él que confesaba, sin responder a la pregunta.

Quiso tranquilizarse. El miedo a la muerte era algo tan absurdo. ¿Acaso la muerte existía? ¿No era la interrupción abrupta de la vida, un instante? Ni un instante, era algo que se salía del tiempo, que no duraba. ¿Se le podía tener miedo a algo que no duraba ni tan siquiera un instante? A la agonía, a la parálisis, al miedo, a la vida. A esas cosas, sí, el miedo, el pánico, el temor inconsciente, subconsciente, intersticial. Pero ¿a la muerte? Y, sin embargo, seguía pensando en la mochila azul con asa de cuero sintético que habían colocado, quizá sin querer, delante de la entrada de Montparnasse. Pensó en los trenes que no cogería y en el Dordogne, que nunca vería, el fulgor inerme del pedernal bergeraqués. Pensó que el género humano había deseado el miedo a la muerte, que por eso la había vestido de negro o de blanco, de colores absolutos, la había armado de guadañas y venenos y enfermedades, de caballos de hueso y tambores y calamidades, pero que eso no eran más que armas y monturas y herramientas. Le había dado reinos y ultratumbas, le había generado espacios donde habitar, donde dominar y domeñar, facetas ruinosas y terribles, pero eso no era más que mentiras. Detrás de la túnica encapuchada, detrás de los jirones de tejido grueso, bajo la impronta en el cieno de las pezuñas del carnero y su caballo despiezado, justo al mirar a la oscuridad insondable de la calavera eterna, uno se podía dar cuenta de que era precisamente la insondabilidad de las cuencas vacías lo que aterraba, lo que hacía estremecer los brazos que sujetaban cigarros o preparaban café o agitaban un termómetro. Puestas en una balanza, la ignorancia sobre la muerte pesaba más que el resto de la ignorancia. Podía ser que fuera el resto de la ignorancia lo que conllevara la sobredimensión de la ignorancia sobre la muerte. Se tranquilizó por el momento (por un momento, creyó haberse tranquilizado), miró el semáforo, todavía en rojo, y los coches que circulaban (desafiando a la muerte con su arrogante monotonía), las motos colándose entre los vehículos (desafiando a la muerte con su humilde imprudencia).

Quiso tranquilizarla. “Mira, me queda la pava. Me la fumo y entramos por ahí. Así no damos tanta vuelta, que es tontería”, “No pasa nada”, tiritó ella, “No me importa caminar un poco más”. “Alejarme de la bomba”, debió de pensar. “No pasa nada”, reiteró él, “Enseguida estamos dentro, cogemos el tren y nos vamos”, hizo una pausa, a sabiendas de que, aunque ella aceptase, no había conseguido calmarla, “No te preocupes”, añadió, a sabiendas de que no había conseguido calmarla porque ni él mismo conseguía calmarse. Imaginó que, antes de morir, vería su vida pasar por delante de sus ojos como un tren que no parte y que ya se ha ido.

Una familia de turistas se paró a su lado. “Haz el favor, deja en paz a tu hermana”, “¡Mamá, es que no me quiere dar las gracias!”, “¡Solo porque tú no me lo has pedido por favor!”, “Bueno, ya está bien. Tú, diles algo, que son tus hijos”, “Venga, chicos, que la mamá se enfada”, “Eso, tú imponte”, “¿Qué quieres que le haga? ¿Que les meta un tortazo?”, “Te he pedido solo una cosa, ¿sabes? No hace falta que te pongas así”, “Es que todo el santo viaje igual. Todo el santo viaje igual. Tú, haz esto. Tú, haz lo otro. Ya estoy hasta aquí”, “Bueno, bueno, el señorito se ofende. ¿Quién ha estado todo el santo viaje pendiente de los chiquillos? ¿Eh? A ver, cuéntame, valiente”, “Oye, a callar los dos. Sois peores que los nenes. A ver si me vais a dar la murga también en París, que a saber si es el último viaje que puedo hacer antes de la caja. Chiquitinos, ahora el abuelo os compra un helado, pero solo si dejáis de pelearos” y, después, un murmullo que se alejaba a medida que la familia iba cruzando hacia el otro lado. Tras ellos destelló, dejando una estela de sirena, una ambulancia encendida y quedó, inconfundible sobre el olor a llovizna, la peste de una mediocridad tan densa y tan profunda como el humo que le quemaba los pulmones. “¿No huele raro?”, se preguntó ella. “Vamos”, le indicó él.

Volvieron sobre sus pasos por Commandant René Mouchotte y giraron para entrar en la estación de Montparnasse. Sin saber por qué, él se acercó a la bomba. Se agachó ante ella y, por fin, tiró la colilla a un lado, sin importarle ensuciar Paris con el fruto de su garganta. “¿Qué haces?”, tuvo tiempo ella de preguntarle. Él acercó una mano estática a la cremallera de la mochila azul con asa de cuero sintético y la descorrió. No entendió lo que había allí dentro, solo un fogonazo fugaz y un algo de quemazón suave de agave y de algodón de cacto incendiario, de incendio y de pacto acatado. Con un chirrido de los goznes que habitaban sus rodillas, izó su cuerpo y “Bienvenu au parnasse”, vio a la clocharda que le sonreía, ya con todos los dientes, y le tendía la palma hacia arriba. “Viens ici”, la orden le llegó como un suspiro lento, como una brisa que, agotada de un vaivén desesperado y sin rumbo, se fugase del vendaval que azotaba la calle. La clocharda le dio una calada al filtro del gauloise sin quemarse la cara ni los labios ni la lengua y la arrojó al suelo de las escaleras. Él comprendió que, si podía soportar el fuego candente de una bomba, también podía fumarse los cigarros hasta el límite inmaterial de las moléculas de aire que dejaban la boca y la boquilla.

N’aies pas peur”, le volvió a ordenar, “Il n’y a rien de quoi s’inquiéter”. Él solo entendió que no había nada, pero fue suficiente. Se preguntó por qué le hablaba en francés si era la muerte, si la muerte tenía que ser universal, por qué le hablaba en un idioma que apenas podía entender, pero supuso que, si la muerte tenía que ser universal, podía hablarle en la lengua que le diera la gana. Lo llevó de la mano por las escaleras mecánicas, que estaban paradas, y caminaron con la parsimonia de las horas muertas a través del vestíbulo y del octavo andén, hasta llegar al octavo vagón y al octavo asiento. Con un gesto, le ordenó que se sentase y así hizo. “¿Adónde voy?”, fue capaz de pensar. Ella, como leyendo lo que andaba por detrás de su frente, le sonrió de nuevo y se prendió un cigarro. “Il n’y a rien de quoi s’inquiéter”, repitió. Él pensó en el Dordogne, que nunca vería, en el gótico flamígero, en las gotas de lluvia sobre una ventana cerrada. La clocharda se sentó en el asiento que tenía delante y, justo en el instante en que el tren encendía los motores e iniciaba la marcha, él miró dentro de la oscuridad insondable de sus pupilas y descubrió que, efectivamente, no había nada.

El viaje del clavel


“¿No ves que todo es blanco? No quiero que me recuerdes, ni de blanco ni de nada. Ni cuando me vieron. Todo es blanco y me recordarán de blanco, pero tú no. Cállate para siempre y no hables hasta que no haya nadie más con quien hablar. Esas flores que me trajiste, tan blancas. Esos claveles mustios. Los claveles son para las tumbas. ¿Es que no lo sabías? No deberías haber venido. Eres siempre lo mismo. Estoy harta de ti. No hables. No quiero que hables. Olvídame y no hables”.

“Los claveles son para las tumbas”, lacónica mirando el florero junto a su cama del hospital. Bienvenidas las gentes al tanatorio más triste (el del casi final). Cuanto más absurda es la vida, menos soportable es la muerte, como diría Jean-Paul en un momento de debilidad y eso que tampoco había conocido a Polimnia. “Ni siquiera me dejan fumar”. Alguien tuvo que pensar que no sería lo más acertado soltar un chascarro. “Pol, ¿cómo vas a fumar en el hospital?”, le decía Casandra, “¿Para qué son esos barrotes de la ventana?”, respondía a la gallega, “¿No ven que esto es una última cárcel? Te prohíben fumar y te prohíben comer lo que te dé la gana. Por poco no te prohíben respirar”, “Están ahí para atenderte”, intervino Job, jugueteando impaciente con el móvil en el bolsillo, “Cállate, qué vas a saber tú. Llevo aquí dos semanas y no me han dejado salir. Fuertes cabrones… Están aquí para tenerme encerrada, no para atenderme. Para lo que nos queda a los que estamos aquí y están esos cabrones jodiendo lo más grande”, fue la tos, sí, fue la tos lo que dejó a todos en un silencio impenetrable, aunque el viento de fuera y una silueta recortada contra la ventana, respirando.

“Me recordarán de blanco”, rectificó después del ataque leve. “Te recordaremos siempre, mi niña, da igual cómo”, dijo Clío, insegura porque Job, correctísimo Job, siempre educado, la mandó callar con la mirada mediante esa mirada de marimandón que ponía cuando algo lo alteraba. La muerte lo alteraba. Respiraban muerte vestida de blanco que desprendía Polimnia y que asimilaban las paredes como manchas de humedad o polvo sobre la mesita auxiliar y la butaca para que durmieran las visitas en esa postura tan incómoda de quedarse dormidas leyendo.

En los bares, nadie había notado su ausencia, aunque fuera sonado que no estuviera. En aquella época, en los bares se concentraban solo grupos de gente conocida que se conocían entre sí. Durante esos arrebatos de adquisición de identidades étnicas diferenciadas, se preguntaban cosas, se discutían temas importantes, se ofrendaban regalos o se disputaban premios y se establecían enlaces intertribales. “¿Dónde está Polina? ¿Le pasó algo?”, al menos la camarera se acordaba de la chica y de su nombre (más o menos), de la mujer y de la conjunción de símbolos fonéticos que la identificaban (en una aproximación sorprendente). Gran detalle por su parte. “Está de viaje”, era la contestación estándar. Con el tiempo, Clío se empezó a quedar a dormir sin leer en la butaca y no fue más a los bares. “¿Dónde está la otra, la que vino una vez con la guitarra?”, pero también estaba de viaje. “Se pegan la vida padre ustedes, ¿no?”. Gran detalle por su parte.

Mientras Job y Casandra seguían en los bares pululando, Polimnia habló a Clío. En aquella época, se aprovechaba la soledad compartida para conjugar reflexiones. “Ya verás cómo no es nada, mi niña”, lloraba Clío, “¿Cómo no va a ser nada? ¿Tú eres boba o qué? Me recordarán ustedes, pero él… De todos modos, ya oíste lo que dijo la médica”, “Ya, pero a veces se equivocan”, “Y a veces el cielo no es azul. Nada es evitable, Clío. Mira, me recordarán, ¿verdad? ¿Me recordarán de vez en cuando?”, Clío asentía inevitablemente, “Me recordarán de blanco, cuando me haya ido. Me recordarán de blanco como me vieron, no así, sino cuando me vieron. ¿Recuerdas?”, “Sí, sí, sí”, inevitablemente, “Olvídenme hoy, recuérdenme mañana a través de hace un mes, sí, eso es lo que tendrían que hacer. Yo ya no estaré, pero podrán recordarme y creo que es la única forma de que siga estando con ustedes en los bares”. El sol anochece en invierno y no cae. Se mantiene bajo el cielo y se apaga antes de perderse por detrás de la tierra. Pasa el tiempo, como siempre, pero más denso. “¿De qué te ríes tú?”, Polimnia hace el ademán de encenderse un cigarro porque le ayuda con el mono, “Me acabo de acordar de que Job y Casi le dijeron a la camarera de los bares que estamos de viaje y que por eso no andamos por allá”, “Anda que vaya machangos”, “Es para que no pregunte nadie”, “Y, el día que vuelvas, ¿vas a tener preparadas las fotos?”, “El día que volvamos”, “No digas tonterías”.

“Nos va a sobrevivir a todas”, indicó Casandra. “No digas tonterías. Eso es la esperanza, que mata antes que la muerte”, “Y muere antes que la vida”, completaba Casandra cuando Job imprecisaba. Cerveza de espuma a retales sobre el vidrio. Las mesas sucias, el billar. Vieron que se acodaba en la barra alguien conocido, saliendo de una puerta blanca que frecuentaban demasiado, pero lo ignoraron. “¿Un ron?”, “Por qué no”. Borrachos se desdecían y pasaban a esperanzarse y a olvidar que su situación era otra, que estaban luchando a favor de su enemiga y no tenían fuerzas para darse la vuelta y darse cuenta de que, quizá, habían estado pegando tiros al aire (hacia su propio barrio y no hacia el otro). Ese mismo viernes, Job tuvo que decir que Casandra se había ido de viaje hacia poniente, porque se había quedado dormida una noche en la butaca y había decidido quedarse a pasarlas todas allí. Job era reticente a aceptar que el blanco fuera un color soportable (o tan siquiera un color), cuando era su ausencia.

En aquella época, ya podía escucharse música tan a distancia y en cantidades tan enormes, que se sabían nombres que resultaban desconocidos. Hoy escuchaban un tema de Kurt Rosenwinkel como podían haber estado escuchando a Herbie Hancock,  mañana escucharían algo de Daniel Foder y compañía como si estuvieran escuchando a Chico Hamilton. Las horas pasaban entre la música y la tos, con las rejas de la ventana de fondo y el enfermero yendoiviniendo. Los minutos también pasaban, pero desapercibidos. La respiración pausada de una sombra apoyada en una esquina, junto al dintel del baño, detrás de la butaca. Al echar cincuenta céntimos a la máquina de café, el móvil de Casandra timbraba y era descolgado y la voz de la madre de Clío entre lamentos, aiminiña, aiminiña, al volver a casa Clío y una moto, nada que hacer y solamente llorar, predicando con su ejemplo llorar, llorar como si sin lágrimas se pudiera seguir o se pudiera seguir llorando, ahora ya es tarde, será mejor que bote este café hediondo y suba a decirle a Pol.

Job y Casandra lloraron juntos toda la noche (se había predicado con el ejemplo, la palabra entrecortada había sido esparcida). Por sobre los bares, lloraron. “Subí y tuve que decirle que… Tuve que decirle que Clío se fue de viaje”, “¿Crees que se lo creerá?”, “Da igual lo que yo crea, Job. Lo importante es que no sufra más”, “Sí, eso es lo importante. Es lo más importante, creo”. La camarera de los bares los vio llorando, pero no dijo nada. Gran detalle por su parte. Había un cierto respeto en el fondo de las jarras que iban vaciando con la parsimonia del llanto que dormita.

Job aceptó el blanco como la ausencia de color y asumió algo que no sabía qué era. Las noches se entrecruzaron y se tornaron iguales, sonaban el subsuelo y los estados de ánimo del jazz, sonaba la neblina azul y, a veces, hasta se les colaba la muerte de un hombre corrupto (pero se les había muerto la música). Job pellizcaba los pétalos de los claveles ya marchitos para tranquilizarse. La monotonía lo alteraba (como la muerte). Cuando era Job quien se quedaba en la butaca, puesto que ahora se turnaban, Polimnia y él discutían sobre la utilización de los impuestos directos para asuntos que no eran su objetivo legal, sobre Catalunya (cómo no), sobre qué era mejor, si Siete y a casa o si Aguere y hasta la muerte (Job aquí se alteraba porque la muerte), sobre otras muchas cosas sin importancia, sobre sí mismos, sobre todo, sobre la vida, sobre todo sobre la vida. Job nunca se atrevió a preguntarle quién estaba con ella en silencio cuando bajaba a comer o cuando iba a casa a decirle a Casandra que era su turno. Eso no era parte de la vida o eso creía él. Cuando era Casandra quien se quedaba recostada sobre el forro sintético, leía capítulos de novelas y relatos a Polimnia, que prestaba atención a la voz de Casandra, al cuello de Casandra, a la boca de Casandra y a su lengua, a los movimientos que hacía, a las manos que sujetaban el libro, a los dedos de Casandra que sobresalían por encima de las cubiertas, a las pupilas correteando de izquierda a derecha y, fugaces, de derecha a izquierda, iba observando con paciencia su progresión lógica hacia la postura incómoda de quien se queda dormido leyendo y, aun entonces, permanecía durante un tiempo contemplándola, hasta que se le olvidaba por qué lo hacía (si por la mentira o si por lo otro), cerraba los ojos y dormía.

Casandra estaba convencida de que Polimnia las sobreviviría a todas. En casa, sin la butaca y sin el blanco, a solas con un gris omnipresente, omnisciente, omnividente, omnisilente, el silencio omnigrisáceo que le consumía la voz de la lectura de cuentos, dejaba la mirada fija, oliendo el aliento que le expiraba en la nuca un cálido sabor de hastasiempres que eran hastanuncas. El ron sin hielo daba vueltas en el vaso y se calentaba. Su mano distraía al frío del licor y se lo llevaba al pecho, donde nada podía hacerse, como Clío, como Polimnia, pero Job. Al menos, Job. Todas menos Job. No entendería. Sería mejor para él comprender, pero no lo haría. Al menos, no ahora. Al menos, Job ahora no. Las sobreviviría a todas, menos a la sombra. Casi era una obligación que las sobreviviera, aunque la sombra. Casandra estaba convencida y tan cansada. Fue al baño y el vaho empañó las paredes, el espejo y las retinas reflejadas en el espejo, el vaho y otra cosa siempre indefinible e indefectible. Pero Job, al llegar a casa.

“Hace dos días que no viene Casi”, los cambios se percibían más intensos en la blancor inmaculada de la luz refractándose en el polvo que flotaba en su pieza del hospital, sobre la cama de sábanas blancas que reflejaban la penumbra que se entretejía en las rejas de la ventana, “Está de viaje. Se fue con Clío”, contestó Job, alterado, sin pensarlo demasiado, “Ya. Puedes quedarte aquí si quieres. Hasta que vuelva”, repuso Polimnia, tranquila, pensándolo demasiado. Polimnia creyó ver un fulgor repentino e incesante junto al lacrimal derecho de Job, que tuvo que ir al baño un momento.

En los bares, Job, ya solo, y la camarera que oteaba la única acción repetitiva del cuerpo de Job desde delante de las botellas de vodca, ginebra y ronmiel. Rememoraba el césped del campus de Guajara bajo el olivo quincuagenario, la fachada de la biblioteca general y la hierba, el tiempo en que Clío sonreía y Polimnia caminaba y Casandra era. Había más gente en ese tiempo, pero no importaba. Había más gente, como la sombra que entraba por la puerta de los bares y saludaba a la camarera y pedía una jarra y se sentaba a la misma mesa en la que Job rememoraba el tiempo en el que Clío y Polimnia y Casandra (y más gente, aunque no importase). “Creo que Pol sabe”, pronunció la sombra con su boca de silueta, “Creo que no podrás mentirle durante mucho más tiempo. Llegará el momento en que te pida verdad y tú no podrás dársela”, “¿Tú qué vas a saber? ¿Te has podrido el cerebro con el silencio o es que tu soledad es tan insoportable como tu vida? No me alteres, haz el favor”, “No vine a alterarte. Vine a aconsejarte. Desde que estudiamos, yo soy quien más cerca ha estado de Pol. Sabes que la conozco mejor que cualquiera. Sabes que la conozco mejor que tú. Ustedes pasaban mucho tiempo con ella, pero a mí no me hace falta estar con ella para saber lo que piensa”, “No me incluyas a mí y haz el favor de no meter a Casi”, una pausa que fue como si la voz de Job se hubiera ido de viaje (véase la metáfora recurrente). “Este no es tu sitio, Job. Te lo digo en calidad de amigo… Por lo menos, porque me acuerdo de que una vez lo fuimos. No es tu sitio, Job. Te alteras demasiado. Te pedirá verdad y no podrás dársela. ¿Por qué querrías, de todos modos? ¿Ella te la dio alguna vez? ¿Alguna vez llegó, te sentó en esa butaca negra maloliente y te dijo, con todas las palabras: «Mira, Job: Casandra y yo»”, pero un manojo de nudillos emblanquecidos surgió de debajo de una mesa húmeda y una silla se volcó y se oyeron gritos en los bares, la camarera estaba hecha una furia y a Job no lo dejaron entrar más, a pesar de todos los años que ibaivenía por allí. Gran detalle por su parte.

El frío del hospital era más intenso y más hiriente que el de la brisa de la calle, así que Polimnia no debería de preguntarle por qué los guantes de lana, aunque para taparse ciertos cuatro rasguños estratégicamente distribuidos entre cuatro nudillos de la mano diestra. Tampoco debería de preguntar por qué Job ya no le pedía permiso para escaparse una noche de viernes a los bares para echarse un par de pares de jarras. A ella le venía mejor que Job iniciase el ritual de quedarse dormido en la butaca, sin inquisiciones innecesarias. Hablaban poco. No como antes, al menos. Al menos, no como antes. Así estaban las cosas y el otoño iba cruzando por la ventana como el viento negruzco de una locomotora arrastrado por un humo implacable. Al comienzo estaba el silencio. El silencio es el señor. En el seno del silencio reposaba el sonido que no parecía despertar a pesar de los intentos de Malász por que así fuera. El encuentro con la sombra había alterado a Job más allá de lo que él mismo supuso cuando acabó la noche. Soñó pesadillas incoherentes y sinsentidos aterradores hasta que consiguió despertar en la madrugada de una luz lánguida y moribunda.

Polimnia tenía los ojos clavados en él. Job se alteró (porque, en fin). “¿Qué soñaste?”, “Nada. Fue una pesadilla estúpida”, “Las pesadillas suelen tener parte de verdad. Son como actorreflejos del cerebro, como los sueños, pero vienen de más adentro, creo, de lo oscuro que hay entre las costillas”, no preguntes sobre la verdad, se pensaba Job, no preguntes, “A veces dices unas cosas que no hay quien te entienda, Pol”, sonrió mal, no preguntes, no preguntes, “Sí que me entiendes. La verdad nos persigue. Solo le vence el tiempo, que la va acorralando hasta que la hace revolverse y combatirnos”, no pre-gun-tes, no pre-gun-tes, “No sé de qué me estás hablando. Pol, basta ya”, nopreguntes, nopreguntes, Job alterado y “Mira, no sé qué quieres que te diga”, “Podrías empezar diciéndome qué haces con guantes si no hace tanto frío. ¿Qué te crees? ¿Que no le vi la cara, que no le vi el golpe en el cachete?”, “Se lo merecía”, “Eso no lo dudo”. El aire era tan pesado y Job estaba tan alterado que temió fundirse con el aire y que el poco oxígeno que le quedaba lo sustituyese y diese una respuesta frenética. “Tú y Casi”, le soltó. Polimnia permaneció callada durante más de un instante, pero al cuarto quiso responder y “Los viajes. Clío me habló de los primeros viajes. No me quieres contar, pero yo ya sé. Solo quería que me recordaran de blanco y ahora mira. Los viajes. Sé por qué Clío y Casi están de viaje, lo sé perfectamente. Quizá tú también deberías irte de viaje, quizá por otros motivos”, “¿No me quieres aquí?”, “Eres tú quien no se quiere aquí. Vete de viaje, Job. Haznos un favor y recuérdame de blanco allá adonde vayas”.

“Ya no queda nadie con quien hablar. ¿Me hablarás ahora?”, “Tú echaste a todo el mundo”, “No tuve nada que ver”, “Y la herida en tu mejilla, ¿a qué viene? ¿Desde cuándo no tener nada que ver se traduce en llevarse una piña?”, “Job habría acabado yéndose igual y lo sabes. Él sabía. No podías ocultarle la verdad durante mucho más tiempo. No llores. Sabías que él sabía”, “Tú deberías haber sido el único que se fuera de viaje. Estoy harta. Nadie me recordará, ni de blanco ni de nada. Quizá con el blanco desvaído de esta cárcel. Ni Clío ni Casi, eso seguro”, “No llores. Ya sabías. Yo te recordaré. Yo te recordaré de blanco, como tú quieres que te recuerden”, “Quiero que me recuerden, no que me recuerdes”. El silencio hizo acopio de voluntad y ocupó toda la estancia, se hizo papel de las paredes y refugio en la humedad de las esquinas. La sombra se levantó y caminó hacia la puerta, dispuesta a recordarla de blanco, pero no a volver a apoyar una mano en la butaca negra ni un hombro en el dintel de la puerta del baño. La puerta se abrió con un chirrido del pomo. “Podrías traerme otro ramo de claveles”, le dijo ella en un susurro arrepentido. “Los claveles son para las tumbas”, respondió la sombra con su boca de silueta. Con el tiempo, ella acabó yéndose de viaje y, si Job quiso olvidarla, la sombra quiso recordarla como ella nunca quiso que lo hiciera: del blanco desvaído de los claveles muertos.

El influjo de las drogas en el arte


Yo tenía que preguntarle algo, pero quiso hablar del influjo de las drogas en el arte y hasta qué punto Pollock o hasta qué punto Rotko. Habíamos cenado ya y estábamos muy alegres. Estábamos densos. Llevábamos carrerilla. Tenía que preguntarle una cosa, aunque quise hablar del influjo de las drogas en la literatura en particular y hasta qué punto Hesse o hasta qué punto Joyce. Hasta qué punto Pemán, dijo. Nos reímos mucho, pero yo tenía que preguntarle algo, lo que fuera. Estábamos riéndonos y me puse a liarme otro. Saqué los enseres. Empezó a hacerme un cartón.

Hasta qué punto Pemán, dice. Alzad las drogas, hijos del yon-quiés-pa-ñol, que vuelve a destruir(se). Me reí un poco más al oírle cantar. Habíamos cenado ya. Habíamos preparado una pasta buenísima con una salsa de atún y tomate y todavía me quedaba el regusto del plato en el paladar después de cada eructo inesperado. Habría que investigar eso, dijo. Sí, le contesté sin pensar demasiado en lo que había dicho, porque ya no tenía tanta gracia. Yo seguía recordando el sabor de la pasta, que ahora me parecía mucho más interesante.

Qué tenía que decirle yo. Era algo sobre… El cartón, toma, con acordeón y todo, dijo. Vale, le contesté sin pensar demasiado en lo que había dicho porque tampoco me importaba demasiado. Se puso a escribir en una servilleta y su cuello fue deslizándose hacia abajo, acompañando a la espalda que se iba encorvando poco a poco, hasta que acabó con la cabeza pegada a la mesa y escribiendo, con la vista en una tangente inclinada sobre el papel. Cada vez escribo más raro, pero, así, visto en diagonal, parece la letra de las cartas de mi bisabuelo, decía mientras escribía palabras inconexas, decía mientras yo terminaba de preparar el papel y empezaba con el jamón cocido. Para cocidos, nosotros, tuve que pensar.

Tuve que pensar. La obligación de. En cuándo volvería a gozármela tanto con un plato de pasta y si me daría tiempo antes de que. Antes de que la muerte. En la muerte y en lo que se deja atrás. En cómo viene de esa forma tan repentina y se va en el mismo instante y en si existe la muerte o es una alucinación colectiva. Me gusta esta letra que hago, decía mientras yo grindaba. Me viene a la cabeza la palabra “expeditiva”, pero también el siglo veinte. Estoy como firmando todo el rato talones. En la muerte todo el rato talones, no, en la muerte todo el rato, eso es lo que pensaba yo mientras decía que todo el rato talones. Las divagaciones esquizofrénicas me saltaban de un lado a otro sin que pudiera recordar cómo había empezado a pensar en la muerte y en la muerte y en la muerte. En la tontería que era y en las mil formas estúpidas en las que llegaba.

Confundo la servilleta con la mesa, decía. Deja de rayar la mesa, decía. Qué tenía que decirle era en lo que debería haber estado pensando, pero la muerte y las cien formas de morir era lo único que podía abarcar mi cerebro mientras mezclaba el tabaco con dos dedos (índice y pulgar impregnados). No me jodas la casa, cabrón, decía yo, mientras arrancaba a repetirme que Pollock, tronado sin remedio, y a añadir si sin las drogas Kubrick o si sin las drogas Kerouac. Kerouac no sin las drogas, evidentemente, se contestaba automáticamente. Puse todo en el papel y lo alineé con el horizonte unívoco de mi vista para que aquel conjunto de mecanismos pudiese funcionar, aunque la muerte. Concéntrate, coño. ¿Concéntreme? Que me concentre. Imperativo imposible. ¿Subjuntivo? Será.

Esto tiene que parar, decía. Mañana no voy a entender nada de lo que escribo. La muerte me pasó como un ramalazo de algo desconocido por delante de la frente. Un astrágalo perdido. Esto tiene que parar. Lamí la pega y, bueno, la impaciencia. Qué rica estaba la pasta, dije. Esto tiene que parar. Me voy a quedar dormido, dijo. Qué tenía que preguntarle, pero el presagio, pero la muerte. Que si Rotko o que si Breton. Esto tiene que parar. Enciéndete eso ya. En el mismo instante en que recordé que lo que tenía que preguntarle era si habíamos cerrado el gas, encendí el mechero.

El mundo en el oído


Vuelve a casa. Una voz que, desde lejos, le indica lo que es mejor para su bienestar. Vuelve a casa, sé rápido, deja de arrastrar los pies. La última palabra se expande, se contrae, adquiere un matiz de teoría del bajo final en el jazz (lo tenemos) y, tras una terrible implosión que lo detiene sobre una baldosa que contiene la triple sonoridad de las tres ces de cualquier calle (colilla-chicle-céntimo), el sonido se difuma, se emborrona y acaba por desaparecer en un hilo de humo acústico que es incapaz de percibir. Parpadea a su alrededor, esperando encontrarse con un apocalipsis de violencia (sin saber realmente con qué va a encontrarse (sin saber realmente con qué espera encontrarse)) y, como un paréntesis que sabe que no sirve para nada, se queda en medio de la frase de su tiempo, detenido en un puño hecho del aire que lo envuelve.

Son las tres de la tarde. No ha dormido, parece que no ha dormido nunca y, hasta hace un momento, deseaba hacerlo. Ahora no recuerda lo que deseaba, si era dormir o morirse, si querer dormir es lo mismo que hacerlo o si morir significa fingir que se duerme, porque se quiere dormir. Son las tres de la tarde. El sol aprieta. Crujen los goznes de las rodillas y retoma el caminar entre los coches aparcados en torno a la rotonda. Lo sorprende el silencio. Es un silencio profundo que parece nacerle desde las orejas y proyectarse hacia el resto del mundo. Amortiguador, no. Silenciador. No hay almohada cubriéndole delicadamente los oídos, sino muro pesado de hormigón armado que hace que la cabeza entera se le vaya hacia todos los lados, menos hacia el que le gustaría que fuera (aunque ni siquiera recuerde adónde desearía que fuera).

Son las tres de la tarde y parece que es la hora a la que ha terminado una guerra, porque no se puede explicar de otra manera la presencia de un retornado tan tambaleante y tan confuso. Mire, una bomba me estalló junto a la trinchera. Me reventó los tímpanos. Ahora no puedo oír nada, parece que dice con las manos en los bolsillos. Los coches siguen con su circular monótono. Los pájaros siguen con su trinar de pesadilla. Los motores rugen, los horneros silban. El roce de las nubes aúlla entre la luz del sol que se les escapa. No oye nada. El mundo se ha quedado mudo o él se ha quedado sordo y eso que siempre ha podido escuchar hasta el atronador susurro del zumbido de los mosquitos en verano, cuando el aire es más denso y está hecho de cuerdas o de las membranas de las alas de muchas mariposas.

Mire, una bomba me estalló junto a la trinchera. Nunca he estado en la guerra, pero creo que una granada de mortero me ha hecho explotar el martillo, el yunque y el crisol en el que mezclo los sonidos y los diferencio, el oído entero, su fina membrana del ala de una sola mariposa. Está ciego para el crepitante lamento de la llave en la cerradura, para el portazo, para los ladridos de los perros que lo saludan como si fuese nuevo, como si fuese otra cosa o como si no fuese y estuviesen ladrando al vacío. Son las tres y cinco de la tarde. Esos cinco minutos en los que Amanda. En los que Amanda, en fin. A él le han valido para dejar de oír. Se deja dormir, recordando cómo se hace (al fin y al cabo, es algo natural y, si deja de recordarse, acaba por poder hacerse igual o mejor que antes de haberlo olvidado).

No sueña. No es que la última frase que haya escuchado sea como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Cree que fue que te den y ya. Si al menos hubiese sido el bueno de Julio, quedarse sin oír nada habría tenido más sentido, que lo hubiese reventado un rayo en la mitad de la calle habría tenido más sentido, aun cuando no hubiera tormenta y fuera imposible. No sueña y se levanta. Ahora sí oye algo. ¿Ahora sí oye algo? No, solo es el martillo, que, recuperándose de su nueva inutilidad, ha decidido hacer buen uso de la metáfora de su nombre. No oye nada. Solo lo que parece una granada de mortero estallándole la trinchera cada vez que le late el corazón. Si al menos se hubiese quedado estaqueado en el medio de aquella baldosa por algo que tuviera sentido, ahora oiría algo. ¿Ahora oiría algo? No podía saberlo, pero mejor no dejarse llevar por cábalas improbables. Mejor dejar el intento de oír para más adelante. ¿Ahora? No, más adelante.

Brisa fresca de océano. ¿Se puede ser más imbécil? Hace frío, coño, piensa que piensa que piensa que oye a alguien quejarse del frío. Le baten las rodillas de pura rasca funky. Son las diez y cuarto de la noche. No puede oír el abisal tictac marítimo de la torre del cabildo desde la plaza Candelaria, pero el banco está congelado y será mejor dejar de estar sentado y moverse. El bar, una música que no oye, aunque la intuye en los movimientos de las manos que pulsan la guitarra, que impulsan el bajo y revientan la batería, en la boca cuya voz parece comerse con un silencio misterioso el micrófono que bien podría no estar enchufado. Un susurro profundo desde el fondo de la barra, rodeado de gente, algo que sí oye, un rastro de migas de vibración expulsada a través de una garganta que no conoce.

Una cerveza fría, pese a la cabeza fría (cabeza ardiendo, por dentro el martillo se empeña en emplear un yunque que no es suyo y ¿qué?). Lee lo que tratan de decirle. Saluda, tímido de no entender, incrédulo de poder hacerlo. Sigue la pista del susurro, se va internando más y más en la barra aglomerada, en la gente embarrada que apoya codo e hígado sobre la mica oscura moteada de cercos líquidos. Hay una espalda que esconde el sonido, lo almohadilla, el cabello se encuentra entre una boca que sí puede escuchar, una garganta que sí puede oír, que habla tan bajito, tan entredientes, tan suave, que cree que es el propio aire el que se oculta tras unas manos que sujetan un vaso que suda cerveza del frío y del calor y de todos los climas simultáneos, es el mundo el que le habla, ¿es el universo lo que no ve tras unas pupilas que todavía no ha visto?, una esperanza rebelde se le agazapa debajo de la lengua que está preparada para saltar y su mano se incorpora a un hombro y en un gesto descubre que vuelve a oírlo todo, los martilleos de su cerebro, la música estridente y mediocre de los músicos en tridente dispuestos sobre el escenario, las voces de las personas que lo rodean, que lo ignoran, vuelve a oír y, aunque no descubre el universo estupefacto en el fondo de unas pupilas infinitas, sí descubre un verso descrito en lo más hondo de lo escrito de unos párpados que, sin velar el infinito, se conforman con desvelar un secreto, su secreto. Ha vuelto el mundo. Ha vuelto al mundo.