Eternamente


Por Empar Boix

Técnica: Acrílico sobre lienzo e intervención digital.

Mirada salvavidas


Por ZarZas

Técnica: Acuarela (2020).

Bambolean esas caderas


Por Jeanette Soria (Juanita Atoj)

Vuelve otra vez la cadera avispera, la reina del panal, que se mueve en círculos de pordiosera acostumbrándose a orillas cuadradas de las cajas estas de concreto.

Allí postrada sobre el colchón, piso acolchonado, experimenta con las espirales que se suscitan en el centro de su tazón. Va de un lado al otro queriendo volcar el agua que circula entre tejidos, en lo profundo de su gravedad reposada que ha estado días como queriendo agarrar impulso.

Ya se le ha olvidado qué es el peso al caminar de lado a lado. El mecanismo que ahora implementa con la gravedad que le afecta al costado es virarse desde la entrepierna y que sea así la concatenación la que le voltee por efecto, que sea más bien el tobillo que al darse la vuelta le provoque las cosquillas que le hagan ladear su frente y ver por fin a otro horizonte.

Estaría igual desalineado. Y aún así desalineado, le haría soñar en mundos de lado donde el saltar se pudiera hacer acostado y el aislamiento fuera espaciado.

La cabeza responde solo si la vibración le llega desde el centro. Intenta pues el temible miramiento, alejándose ya del control del movimiento.

Confiando.

Confía en que el repunte de sus extremos manifieste con seguridad, con la intención pertinente, a los demás soldados, como tantos grupos de obreros, que obedezcan a sus capataces, acaten la orden y viren mordaces. Prueba de nuevo el salto, el #SaltoAlAislamiento.

Pensamientos de aislamiento


Por Klelia Guerrero

Desde niños aprendemos
a otorgar significados
a colores y enunciados,
lo que oímos, lo que vemos,
y a partir de eso «creemos».

El negro entre los colores
se asocia con sinsabores,
con lo obscuro, con lo oculto,
con lo ajeno, con lo inculto,
¡y hasta con muchos temores!

Como eso, muchas cosas,
por otros prediseñadas,
nos han sido inculcadas
como horrendas o grandiosas,
¡y de formas engañosas!

Este #SaltoAlAislamiento
del que ahora somos parte
es espacio para el arte
de crear un pensamiento
que sea propio, no de cuento.

Sin aliento


Por Melanie Flores Bernholz

Y ya no sopla el viento
bajo el blanco de los cielos
que arrase del arte el cimiento.

Y ya no hay descubrimiento
sobre el oleaje de los mares
que conlleve al arrepentimiento.

Y aunque así sea,
¡sálvese quien pueda!
Que el que dé un #SaltoAlAislamiento
sin aliento se queda.

Mi deseo


Por Anauj Zerep

Es la una y quince de la tarde. El sol brilla en todo su esplendor; sus rayos dorados y cálidos acarician las hojas del árbol frente a mi ventana.

Puedo escuchar en la lejanía el sonido de una melodía, o acaso es mi mente perturbada por el confinamiento al cual estoy sometido desde hace ya unos días, y que ha hecho estragos en mí.

Entresalto las cortinas y persianas, puedo escuchar a mis hermanos decir en voz baja:

—No es conveniente que Ricardo escuche cuándo llamemos a los paramédicos, Su condición ya es muy crítica, quizás pueda empeorar.

No sé sí mi mente me está jugando una mala pasada o si es real.

Lo cierto es que a ratos siento ahogarme; ahora mismo me siento confundido, no sé si sueño o si realmente veo el sol acariciar mi ventana, provocando este calor que me hace sudar.

Hay algo dentro de mí, destruyéndome.

Hace unos días yo era libre… y de repente mi vida dio un #SaltoAlAislamiento.

Quizás algunos dirán que eso es lo peor que puede pasar.

¡No, no es lo peor!

Lo peor es que mantiene confinados los abrazos y los besos. Es también estar mentalmente aislado entre los delirios febriles y la lucha por vivir; es extremadamente agotador.

Mi mayor deseo es sentir la tibieza de un abrazo y la paz que brinda. Diecisiete días han pasado y pareciera que son siglos; tanto que mi alma solo anhela su preciada libertad, aunque tenga que morir.

El anciano que miraba a la nada


Por Guillermo Orthiz

Antes de la pandemia, en uno de los incontables callejones de mi pueblo, solía encontrarme con una escena que me conmovía e intrigaba a partes iguales; veía a un hombre mayor sentado en una banqueta alta de hierro, al lado de una puerta de cochera verde, y frente a una casa de fachada de cal blanca. Se miraba las manos ajadas y temblorosas, como si estuviera esperando algo que tardaba en llegar. El callejón era tan estrecho que, si pasaba un coche, el hombre tendría que bajarse y retirar el asiento desde el que gobernaba el asfalto que lo rodeaba, pero eso no sucedía nunca. Me gustaría saber por qué estaba ahí, qué era lo que esperaba con tanta paciencia, y si realmente merecía la pena desperdiciar un tiempo tan preciado en sus últimos años de vida. Había veces en las que lo veía tallando un perro de madera. ¿Para un nieto, quizá? ¿O era aficionado a la talla de figuras? Durante la cuarentena no supe nada de él, y el día que nos dejaron por fin salir a la calle a dar un paseo, pasé por su calle, como de costumbre, pensando que estaría ahí, y que nada habría cambiado. Para mi sorpresa no me lo encontré. Pensé que era normal, que con su edad era más prudente quedarse en casa, y que sus familiares le habrían calentado la cabeza para que no saliera. Día tras día he pasado por esa calle, esperando encontrarme su cuerpo enjuto, atezado y delgado sentado frente a su casa, observándola. Sin embargo, una realidad cruenta y descarnada parecía haberlo engullido para siempre. ¿Y si…? No quise planteármelo. Dejé que pasara el tiempo, e incluso llegué a olvidarme de él.

Ayer por la tarde iba por mi ruta habitual. Cuando llegué al cruce del callejón, al que ya me había acostumbrado a ver vacío, me encontré al hombre sentado en su banqueta, mirándose las manos. Sin saber muy bien por qué, me quedé parado, mirándolo, y el hombre, guiado por esa sensación de incómoda vigilancia, se giró y me miró también. Sus ojos llorosos me lanzaban unas claves que yo, por mi corta edad, no supe descifrar al instante. Acto seguido le aparté la mirada, intimidado, y me largué de allí. Llevo toda la mañana dándole vueltas a su mirada, a esa premisa desoladora que la encarcelaba, y he decidido no pasar nunca más por ese callejón; que el hombre permanezca inmortal en mi memoria, siempre sentado en su banqueta, esperando junto a la puerta de su casa lo que solo él sabía.