La tumba desconocida


El día en que su padre iba a morir
escuchó por primera vez
el reloj de la cocina.

Aproximándose
como una txalaparta
de apetencia salvaje
entre el deshielo,
el reloj golpeaba sus manecillas
contra una pared
atestada de murciélagos,
cometiendo un enorme silencio
que ahogaba los afónicos latidos
y llantos incapaces
de levantarse del suelo.

Era el reloj cobrándose una deuda
a manos de la muerte,
ofreciendo un presente eterno
como un abismo
en su tic tac atronador
en cada aguja
que se arrancaba
para hacerse obedecer al fin,
demostrando de una vez
ser el único
con algo que decir.

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Sin luz en las terrazas


En ocasiones, como ahora, al mirarte
recostada en pijama sobre el sofá,
a oscuras salvo la luz del televisor
alumbrándote
como si la luna se introdujera en el salón;
parece que la vida quisiera quitarse de encima
un poco el sudor y el estiércol,
y las capas de cebolla
que cargamos
fuesen capaces esta vez
de reventar el cristal
de la ventana.

En ocasiones sucede, como ahora,
que el tiempo
se detiene moderadamente
a esperarnos.

Pena


Che farò lontan da te pena dell´anima
Vinicio Caposella

Esta tarde morada
como una piel de elefante,
se incrusta a la ventana
y apoyo mi frente sobre ella,
absorbiendo todo el frío
y la sensación
de que la libertad es una sombra
a nuestra espalda
bajo el sol.
O incluso
una pequeña lámpara
verde de mesa
que ilumina en silencio
un salón de madera
vacío de personas.

Nadie las ve,
tampoco las admira.

Tiene además la libertad
el mismo perfume
−nítido y abrasador−
de la lejía
que se adhiere a la piel
tan fuerte
como el recuerdo
de un padre que no cojea
y una madre
que no se sienta
para evitar estorbar.
Y ahora
que se ha consumido
esta libertad
tan de repente
como desfallece
una ola bajo la arena,
ahora
que soñar es recordar
unas palabras
que ya no suenan
pero que se hacen inmensas,
ocurre que los minutos aparecen
colgados de un árbol
−como deshidratados−
y pierden precisión
al caer todos ellos
lentamente
al acariciarlos.

Y resulta entonces
casi imposible escucharlos
cuando golpean contra el suelo
y se arrastran para arrancar
todo el veneno
que llevo
por no haber gritado menos.

Azul


Fija la RAE
que es el color del cielo sin nubes
o del mar en un día soleado.
Pero azul sería también la foto
que me enviaste de Copenhague.
Y en ella, las grúas
en aparente movimiento
seccionando una niebla
que aunque entorpece el amanecer,
no impide una incipiente claridad
−granulada y azul−
como si un papel de lija azul
o una tormenta de arena azul
monocromática
se sostuvieran en el cielo.

Y azul sería el color del puente
sobre el canal azuloso,
donde circula un autobús casi vacío
a punto de salirse de la foto
que te imagino tomando de repente, detenida,
porque la marabunta de edificios azules
cimentada frente a ti
te haya recordado el amanecer
que nos sorprendió en la calle
y me preguntaste:
si lo que ocurre con los pájaros
es que se han acostumbrado a huir
o dedican su vida entera a buscar un hogar.

Amarilla como la fiebre


Aproximadamente,
arriesgarme a sostener tu cabeza
es recorrer el enorme camino
que une tu perfume con el aire.
Es fracturar el tiempo
y recogerlo gota a gota,
para introducirlo luego
como un veneno
en las cicatrices
dejadas en mi piel
por el vendaval
que provoca la voz
arrojada por tus pulmones.

Aproximadamente,
hablarte es hundirme
en el inmenso color rosa
que sostienes en la boca
y exhibes ferozmente contra mí.
Un rosa destilado
de mi pánico por probarlo siempre,
tan húmedo y jugoso
sobre ese punto exacto de ti.

Respirar es absorber
el aire blanco despedido
por los jazmines,
una noche azul y fibrosa
de agosto
que se desploma de lleno
sobre esta cama que no te incluye.
Es no suponerte pensando en mí
mientras comes, mientras respiras,
mientras duermes y das vueltas
dentro de mí.
Ni imaginarme tan atrapado
en esta conversación
abarrotada de palabras que ocultar,
ni amarilla esta fiebre
que me consume.

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Las flores engalanan los cementerios


Deja de estrujar
con todo tu aplomo
mi garganta,
de prensarla
y extraerle
todo su jugo
hasta arrancar la última palabra.
Deja de estudiarme con tus ojos
que sostienes en alto
como guillotinas,
mientras restriegas con saliva
las paredes de la habitación.

Déjalo porque no soporto más este calor
que no logro arrancarme de los brazos,
ni de las manos,
ni tampoco deshacerme
de toda esta ropa
cubierta de pelo y de sal.

Detente para que la rabia fluya
y complete por fin
su camino,
como un río
que nos encharque los pies
y se nos mueran de frío.

Deja ya
de una vez
de decirme
adiós.

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