Pena


Che farò lontan da te pena dell´anima
Vinicio Caposella

Esta tarde morada
como una piel de elefante,
se incrusta a la ventana
y apoyo mi frente sobre ella,
absorbiendo todo el frío
y la sensación
de que la libertad es una sombra
a nuestra espalda
bajo el sol.
O incluso
una pequeña lámpara
verde de mesa
que ilumina en silencio
un salón de madera
vacío de personas.

Nadie las ve,
tampoco las admira.

Tiene además la libertad
el mismo perfume
−nítido y abrasador−
de la lejía
que se adhiere a la piel
tan fuerte
como el recuerdo
de un padre que no cojea
y una madre
que no se sienta
para evitar estorbar.
Y ahora
que se ha consumido
esta libertad
tan de repente
como desfallece
una ola bajo la arena,
ahora
que soñar es recordar
unas palabras
que ya no suenan
pero que se hacen inmensas,
ocurre que los minutos aparecen
colgados de un árbol
−como deshidratados−
y pierden precisión
al caer todos ellos
lentamente
al acariciarlos.

Y resulta entonces
casi imposible escucharlos
cuando golpean contra el suelo
y se arrastran para arrancar
todo el veneno
que llevo
por no haber gritado menos.

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Azul


Fija la RAE
que es el color del cielo sin nubes
o del mar en un día soleado.
Pero azul sería también la foto
que me enviaste de Copenhague.
Y en ella, las grúas
en aparente movimiento
seccionando una niebla
que aunque entorpece el amanecer,
no impide una incipiente claridad
−granulada y azul−
como si un papel de lija azul
o una tormenta de arena azul
monocromática
se sostuvieran en el cielo.

Y azul sería el color del puente
sobre el canal azuloso,
donde circula un autobús casi vacío
a punto de salirse de la foto
que te imagino tomando de repente, detenida,
porque la marabunta de edificios azules
cimentada frente a ti
te haya recordado el amanecer
que nos sorprendió en la calle
y me preguntaste:
si lo que ocurre con los pájaros
es que se han acostumbrado a huir
o dedican su vida entera a buscar un hogar.

Amarilla como la fiebre


Aproximadamente,
arriesgarme a sostener tu cabeza
es recorrer el enorme camino
que une tu perfume con el aire.
Es fracturar el tiempo
y recogerlo gota a gota,
para introducirlo luego
como un veneno
en las cicatrices
dejadas en mi piel
por el vendaval
que provoca la voz
arrojada por tus pulmones.

Aproximadamente,
hablarte es hundirme
en el inmenso color rosa
que sostienes en la boca
y exhibes ferozmente contra mí.
Un rosa destilado
de mi pánico por probarlo siempre,
tan húmedo y jugoso
sobre ese punto exacto de ti.

Respirar es absorber
el aire blanco despedido
por los jazmines,
una noche azul y fibrosa
de agosto
que se desploma de lleno
sobre esta cama que no te incluye.
Es no suponerte pensando en mí
mientras comes, mientras respiras,
mientras duermes y das vueltas
dentro de mí.
Ni imaginarme tan atrapado
en esta conversación
abarrotada de palabras que ocultar,
ni amarilla esta fiebre
que me consume.

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Las flores engalanan los cementerios


Deja de estrujar
con todo tu aplomo
mi garganta,
de prensarla
y extraerle
todo su jugo
hasta arrancar la última palabra.
Deja de estudiarme con tus ojos
que sostienes en alto
como guillotinas,
mientras restriegas con saliva
las paredes de la habitación.

Déjalo porque no soporto más este calor
que no logro arrancarme de los brazos,
ni de las manos,
ni tampoco deshacerme
de toda esta ropa
cubierta de pelo y de sal.

Detente para que la rabia fluya
y complete por fin
su camino,
como un río
que nos encharque los pies
y se nos mueran de frío.

Deja ya
de una vez
de decirme
adiós.

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El regalo


La última vez que me dijiste
que me odiabas
fue el día de tu cumpleaños.
Coincidió con una tarde azul,
o una mañana azul,
o azul era; a lo mejor, el color de tu jersey
o la goma con que te sujetabas el pelo
haciéndote una coleta
mientras me decías eso,
que me odiabas.

Pero el azul estaba allí mismo, lo recuerdo
instalado en el salón mientras el regalo
que te había comprado
permanecía a medio abrir sobre la mesa.
Estático, casi atónito.
Como si pensara en su regreso
a la tienda de regalos,
a cambio de otro artículo inútil
que se le parezca.

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Deposición de materiales por evaporación


No hay nada mejor para un sábado
que desayunar con un choque de trenes en el televisor.
Un accidente terrible
que impida, por un momento, mojar el cruasán en el café.
Y qué decir si en lugar de un incidente mecánico,
se trata de un atentado en una capital. Una muerte insaciable
que se propague irremediablemente como un huracán,
desperdigando ropa y sangre a su paso
porque los muertos pierden siempre la ropa.

Y hacer más café mientras una periodista
se esfuerza en ocultar
la excitación del trabajo bien hecho.
Y apurarlo a sorbos ya frío
mientras el recuento de muertos
huye del suelo como un temblor,
insuficiente para saciar el apetito
que disimulo sacudiendo la cabeza
frente al televisor,
mientras se descompone en imágenes
que cristalizan en la superficie fría de la pared
como capas de alegatos
maleables a mi gusto esta noche −durante la cena con amigos−
para embadurnarles de datos y opiniones
que me basten para salvarles.

Y no parar de hablar ni de beber
hasta olvidarme de mi cuerpo lo suficiente
para tragar toda la sangre en este nuevo ataque
a los valores de la Unión.
Y que el sonido de palabras como paz o crueldad
−la diferencia da lo mismo− golpee en el espejo del salón
haciéndolo crujir para quedar yo sólo en él,
multiplicado e igual de desesperado por conmover
que un televisor encendido un sábado por la mañana.

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Precipitaciones en el norte


Cada noche empeora la anterior.
Una muchedumbre descontrolada
abarrota las calles,
algunos se paran y gritan a las cámaras,
otros corren convertidos en terror.
Pero a este lado
del televisor el silencio
no muestra debilidad.
Se ensaña y no se detiene
porque el silencio aquí
es radical.
Se encierra en el salón
y como un musgo
se aferra a toda su anatomía
de cemento,
aguardando serenamente
para acorralar
cada conversación.
Incluso puede ser mucho
más cruel
y como si un esmalte
se adhiriese a una garganta
y esta garganta fuese
de porcelana,
la asfixiase.

Este silencio
no se termina
porque el silencio es el frío.
Un frío tan negro y rígido
que casi parece carbón,
Un frío inmenso
como vaciado sobre un campo
de flores, apresándolas
y manteniéndolas intactas
bajo una helada
que llega tan lejos
como una cicatriz
que aproxima tantísimo
cada palabra con su abismo.

Este silencio es tan puro
que no se mancha
jamás, como el cielo
sobre los Alpes
cayendo gélido sobre laderas
hasta llegar a mar abierto,
arrebatando todo el oxígeno
por el camino
sin dejar más opción
para salvarse
que enmudecer.

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