Viajar


Ventanas encendidas


Ventanas encendidas que observan como monstruos en la noche,

no desesperan ni esperan sin más;

son chicles pegados en la puerta del metro.

He cerrado los ojos y he visto el mar.

Imagino que el ruido de los coches son las olas.

Como el agua busco la forma.

Buscaba la poesía y encontré el dolor.

Por favor,  dispárennos tenemos al enemigo dentro.

Bang-bang  el enemigo está dentro.

Cómo te puedo decir lo que existe

entre la palabra y el silencio.

El espacio amarillo entre la pared y yo donde revolotea la mosca.

El último cuadro donde Van Gogh hablaba

de un campo de trigo volado por unos cuervos.

Qué te puedo decir de su tristeza azul —dime

del amarillo, el verde, el negro —di—.

Solo

que la mosca se estrella transparente contra la ventana

y la he abierto para poder escapar.

Hablo de eso transparente que no te deja escapar.

Bang     

                bang  

está el enemigo dentro.

Ventanas encendidas como monstruos en la noche

no desesperan

te esperan sin más.

Son sonidos vacíos como las haches

casi transparentes

casi como nosotros

que buscan a ombres sin herrores.

Lo que sea


Tú, te, a ti

da lo mismo

lo que sea,

pero contigo.

La avioneta blanca


A veces me pregunto por qué no puedo.

Esa avioneta ya ha pasado dos veces por ese mismo cielo

o soy yo que me repito, me rebobino y me repito

en esta nada que no huele.

Vuelve a pasar la avioneta: es blanca y vuela bajo.

Vuela al oeste,  vuela al atardecer, aunque es mañana.

Vuela una paloma y se asoma al alero.

Por qué querrá estar aquí.

Pasa la avioneta blanca otra vez.

Creo que hace círculos.

Los buitres también hacen círculos buscando carroña.

Quizás soy yo que me estoy pudriendo.

La paloma ha encontrado una pareja: zurean —creo

que se dice así— y bailan también en círculos.

Pasa la avioneta blanca otra vez, esta vez

vuela más bajo.

Querrá aterrizar o morir o ya

habrá visto a su presa.

A veces me pregunto por qué no puedo.

Pasa la avioneta blanca otra vez.

Vuela al oeste.

Es casi un punto brillante entre las nubes negras

como una estrella fugaz.

Nuevo canto


Solo quedan los botones

y una zanahoria seca

de nuestro

muñeco de nieve.

Apagaron, hace unos días ya,

las luces de los árboles.

Y las calles son más ásperas,

más motosierra.

Las torres de alta tensión

se alejan

hacia un atardecer imaginado

cuando eres ciudad.

Y paseas y piensas que

las jaulas y las armas

las hacen los mismos.

Aquí todo se mezcla.

Todo se mezcla, amor,

no sé si bien o mal

como la piña en la pizza

como la alegría y la muerte.

Pronto florecerán los almendros.

Los días son más largos.

Y mañana escucharás

un nuevo canto de los mirlos.

Ser serpiente


Ser joven otra vez

y poder equivocarme de nuevo

ver todo con

nuevos ojos

otros ojos que no

son

estas tristes y cansadas celdas

de mirada descreída y maliciosa

que siempre

siempre

desconfían y no saben ya

quién es ése

que se mira afeitándose

y duda

si apretar un poco más

la cuchilla en el cuello

poder                   volver                   a creer

limpio

y abierto

como la mano tendida de un niño

a su padre

y pensar

que todavía se puede

y pensar

empezar de nuevo…

ser serpiente

que muda la piel y deja

entre rastrojos

—estos ojos—

estas cicatrices y durezas

que tanto hablan de mí.

Los arces otra vez


Los arces otra vez tan rojos.

Y las tiendas a las que íbamos

han cerrado o ya

son otras tiendas.

Alguien

que eras y no eras tú

ha cruzado la calle pequeña

rápida y embozada.

Al mirarte al mirarla

quise decirle:

Tienes los mismos ojos que tu madre.

En el silencio

de un polígono industrial en domingo

—bajo el cielo gris—

una formación de

grullas hacia el sur

se llaman.