Etéreo


A paso

lento, muy lento

nadie sabe.

Al lado de los grillos desaparece

—exactamente—

sobre el tilo en flor donde

las ideas se hacen espesas y lisas.

Justo ahí, se abandona, y

casi pertenece

a la máscara en los bosques que tocan

al mar

y lo llevan consigo.

En las montañas habitan pasos.

Los monos abren el aire y el agua

donde lavar su conciencia

(según la ciencia de los mosquitos).

Y así, la gota

se desliza sobre la piel

del animal herido

y se confunde con

lágrimas

que brotan de los ojos de los borrachos

al contemplar tanta belleza

lloran

En seguida, se bajan los cierres de los bares

alcanzados por los bordes de la claridad

a la que sucumben las joyas.

Entonces

da un salto grande demasiado

grande al abismo.

Y

apenas

roza por un  momento

—etéreo—

el olor de la alegría.

La sombra


Han vuelto las golondrinas.

En un vuelo

—casi rasante—

pasan junto al jardinero

que

trabaja con el cortacésped.

Tac tac tac tac

Los insectos saltan huyendo

de la máquina

—en todas las direcciones—.

Luego

sucede una sombra.

Veloz.

Voraz.

Y desaparecen.

Yo he logrado escapar corriendo.

Mis patas tiemblan todavía.

Solo


La noche y la soledad son hermanas.

Y la única luz que espera en casa encendida es

la de un frigorífico vacío o la de un microondas loco

que gira

que gira

dando vueltas a mi cabeza precocinada.

 

El silencio

y la soledad son hermanos.

Y la única voz que me da la bienvenida

es

un televisor con noticias siniestras

o la radio

con canciones que se repiten

una vez

y otra vez

el mismo día, a la misma hora,

miércoles y fines de semana alternos

como un disco rayado por la uña trágica de Ella.

Sí, lo sé, —no digas nada—

todo esto lo hago para no escucharme;

lo hago, para no oír la voz de mis pasos que aún descalzos

gritan:

“Estás solo”

Soy el rumor de una habitación sin cortinas.

Soy la

g

o

t

a que cae al fregadero.

El tic tac

de una noche en vela.

Soy el brazo dormido. Soy

un eco de mí mismo que se apaga.

 

La soledad y yo

somos hermanos —casi amantes—.

Y paso largas horas hablando con Ella

(como una beata pecadora con su rosario) en silencio;

en una letanía que a veces deja escapar

una palabra (en voz alta),

por ejemplo “ azul” o “cerca”;

que suena tan extraña como dicha

por otro,

como la nota que se escapa al aire

y la canción de la fiesta

sigue sonando en la cabeza… (hasta la locura)

Entonces, en esa otredad

—en esa otra casa—

descubro y confundo la realidad

y como un microondas —perdón— como un loco

grito en la oscuridad : “Ella”

Sólo la tienes a Ella.

Sólo a la soledad.

Sólo. Solo.

Retales

Retales


  Vidriera hecha con «retales» de otra vidriera destruida durante la Primera Guerra Mundial, que se encuentra en la sala capitular de la Abadía de Fontfroide, en Narbona, Francia.

Ahora


Ya no sé muchas cosas
pero todavía
sé que tu color preferido es el morado
y tu libro Los Miserables.

que siempre que ponen Willow en la tele
la ves y ya
has perdido la cuenta de cuántas
                                          veces
la has visto;
que andas como un pato, un patito de esos
“de feria” que vendían cuando éramos niños
y te distinguiría por tu forma de andar entre
cien personas o más a un kilómetro;
que tu tío preferido, también era feriante, y te llevaba
en un caja fruta cuando eras niña y tú te imaginabas ser
una lechuga;
que te gustan los animales. Todos. Y muchos
caracoles te deben la vida;
que por culpa de unos petardos
se os perdió una perra y todavía andas
buscándola en sueños.

que llevas, casi siempre, las gafas sucias
y muchos calcetines con tomates y calzas
el número 36 y medio y juntas las manos cuando estás triste y
la felicidad te sabe a judías verdes y duermes
del lado derecho de la cama sobre tu lado derecho hecha
un bicho bola y yo
te abrazo por la espalda como
si fuéramos dos cucharas hasta las doce
o más… Sin prisa.
Pero hoy
ya no recuerdo dónde
he aparcado, ni qué he comido y mañana
 
sólo habitaré en la niebla
 
-como cuando te dejaba mensajes de amor
en el espejo del baño
para cuando salieras de la ducha-
 
Sssshhhhh
                     calla.
                               No digas nada. Ya sé…
Y ahora sonríe.
Sonríe ahora. Vamos a ser felices
ahora,
en este instante, que nos hacen una foto…
CLIC.

Cartas


Escribo para que sepas que jamás te dejé de escribir.

Y aunque fueron mías las últimas cartas desiertas.

Jamás te dejé de escribir.

Sigo mirando a la Luna

para coincidir con tu mirada.

Sigo sembrando recuerdos

en la tierra

después de la lluvia…

Varias gotas se unen en la ventana.

A veces, me sorprendo dibujando tu nombre

en el polvo de una mesa

y ya no sé, si son tus letras las que me llaman

o son mis dedos que no han dejado de tocarte.

Otras veces, sentado en la estación

dejo pasar los trenes, como quien pasar los días,

por si tú apareces. Pero al final,

lo único que llega, es el vacío

de los andenes en mi corazón y alguna hoja seca

arrastrada por el viento.

Día tras día, hoja tras hoja, vuelvo a casa

envejecido y otoñado diciéndome:

“Solo los necios creen en el destino”

Pero no creas que he estado solo.

He besado muchos labios, he abrazado muchos cuerpos

recordándote.

Por eso sé que amor tiene infinitas caras

y todas como en un puzle hacen la tuya.

En la oscuridad empecé usando tu perfume.

Ante el espejo, vistiéndome de ti,

te imaginé frente a mí.

Y ahora, travestido, paseo por las calles buscándome.

Aunque confesaré, que si te viera, ya no te conocería

porque no hay nada tan mentiroso como los recuerdos;

son un muñeco de plastilina.

Juegas con ellos a saber quién eres

y te guardas en el cajón siendo otro:

Un trozo amarillo, un trozo rojo, unos granos de arena…

incluso un pelo de gato encontré en el último

que finalmente me salió en el hombro.

Y hoy,

la tormenta en la noche hizo la mañana doblemente hermosa;

tan hermosa

que me gustaría estar enamorado.

Por eso te escribo cartas.

Jamás te dejé de escribir.

Cartas sin destino, cartas que abandono, cartas en silencio

hasta que el mundo tenga una.

Camino


piedras

por fin

el camino

interminable

de piedras

blancas

el blanco camino largo vacío

muy piedra

heridas

paso corto

huesos

justo detrás

de las colinas

desertoras

un camino pasa

entre piedras blancas

extrañas

incrustadas entre las heridas

cada una

-hay cientos-

no son de nadie

como tampoco son

las tempestades

y la violencia

que

a veces

van disfrazadas de coches

lentamente

por el camino

tan vacío como blanco

y desaparecen

de repente

en una mancha de sangre

sobre el horizonte