Laura


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

El metro hace su entrada en la estación. Laura, sentada en el banco de piedra del andén, se incorpora con movimientos pausados y espera a que se abran las puertas. El vagón vomita un reguero de pasajeros, que, como un solo organismo, sortea a varios obstáculos humanos empeñados en avanzar a contracorriente y se desplaza en masa hacia las escaleras mecánicas.

Laura, caminando despacio, entra en el convoy cuando las señales acústicas advierten del inminente cierre de puertas. Con el mismo aire ausente, que contrasta con la sensación de urgencia que transmite la mayoría de pasajeros, toma asiento entre una mujer pequeña y redonda que sostiene entre las piernas un cesto cargado con la compra, y un hombre de piel oscura y ojeras marcadas, que regresa a casa tras otra larga jornada laboral.

Laura se coloca en el regazo el bolso de tela, con bonitas mariposas de colores bordadas, que le regaló Oriol por su cumpleaños. Era detallista. Ese fue uno de los motivos que la llevó a fijarse en él.

Como la espectadora de un anodino programa de televisión, ve cómo sus manos abren el bolso, extraen un libro y buscan el punto donde se ubica el marcapáginas plateado decorado con motivos élficos. También fue un regalo de Oriol.

Resulta extraño, porque son sus manos, es su bolso, es su libro y, sin embargo, ella no es consciente de haber ordenado ninguno de esos movimientos.

Se lleva las manos al pelo, a la larga cabellera lisa y rubia que tanto le gustaba a Oriol. A ella también le gusta. Agarrarse los mechones casi desde la raíz y deslizarlos entre las manos, lentamente, hasta la punta. Eso hace ahora.

Trata de fijar la mirada en el libro, pero sus ojos sólo ven pequeñas letras oscuras que se apelotonan en palabras sin sentido. En realidad, su cerebro procesa otras imágenes, localizadas en otro momento y en otro lugar. Y mientras lo hace, ella no deja de acariciarse el pelo.

Cuando llega a la punta de un mechón, deja que se le escurra entre los dedos y se lleva la mano, muy despacio, a la oreja. El contacto con el pendiente con forma de mariposa es agradable. Una mariposa azul y amarilla en una oreja, y verde y roja en la otra. Son muy infantiles; lo sabe. Pero le llamaron la atención, y Oriol se los regaló.

Era detallista. Le encantaba acariciarle la larga melena, y a ella le gustaba que lo hiciera. No perdía ocasión de decirle lo mucho que la amaba, que era lo mejor que le había pasado en la vida. Se lo decía mientras enredaba los dedos de aquellas manos tan cálidas en sus largos mechones rubios. Y ella se dejaba hacer.

Después de tocarse el pendiente, se coloca el pelo detrás de la oreja, y vuelve a empezar, ahora con la otra mano. Toma un nuevo mechón y lo recorre con dulzura, con gesto aletargado, hasta llegar a la punta.

El metro se detiene en la siguiente estación. La pequeña mujer redonda desciende con dificultad del asiento (y es que apenas toca con las puntas de los pies en el suelo), levanta el pesado cesto y, renqueante, abandona el vagón.

Laura, con un movimiento distraído, se lleva una mano a la cabeza y palpa el bulto. Aunque han pasado semanas, la costra sigue ahí. Ya no le duele. Tampoco le duele el hueco, unos centímetros más atrás, casi en la coronilla, que dejó el mechón arrancado. Ya nada le duele.

A Oriol le encantaba acariciarle el pelo, y a ella también le gusta. Lleva haciéndolo toda la tarde, desde que salió de la ducha, con la misma parsimonia meticulosa. Se agarra el mechón casi desde la raíz y, lentamente, lo recorre hasta sentir cómo los suaves y largos cabellos se le escapan entre los dedos.

El hombre de piel oscura y ojeras marcadas la mira. Por su mente cruza la impresión de que se toca el cabello de manera compulsiva. Piensa que tiene un pelo bonito, pero la forma obsesiva de acariciárselo le provoca rechazo, así que desvía la mirada.

A Laura le da igual lo que piense la gente. Lo que le importa es que ya no le duele nada, y que puede acariciarse el pelo tanto como quiera. Nunca más volverán a hacerle daño; Oriol lo sabe mejor que nadie.

Ahora está tan tranquila que le cuesta asimilar que es la misma persona que unas horas antes se dirigía a casa de Oriol al borde de la taquicardia. Le temblaban tanto las piernas que casi no podía andar. Vuelve a tocarse la costra. Ya no le duele.

Recuerda cómo se asustó al notar la sangre resbalándole por la cara. Oriol la ayudó a limpiarse, le hizo una primera cura de urgencia y la llevó al hospital. No fue hasta encontrarse tumbada en la soledad de su cama, con diez puntos de sutura en la cabeza, que comprendió lo sucedido. Pero no podía ser; a Oriol le encantaba acariciarle el pelo, y a ella le gustaba que se lo acariciara. Le hacía regalos, porque era detallista y porque ella era lo mejor que le había pasado en la vida.

La voz robótica de la megafonía anuncia la próxima estación. Una niña de largas trenzas con lazos rojos en las puntas, que se sienta en frente de Laura, la mira con curiosidad. Le gusta su pelo y le sonríe, mostrando dos grandes mellas. Pero Laura no la ve. Sus ojos vuelven a mirar a los ojos rebosantes de deseo de Oriol; a sus manos, cargadas de caricias.

Ahora Laura está tranquila, porque ya no le duele nada y sabe que nadie le volverá a hacer daño. Pero sólo unas horas antes estaba al borde de la taquicardia; aterrada ante la posibilidad de que su plan no saliera bien.

Nota el tacto agradable de sus cabellos finos y sedosos entre los dedos. La madre de la niña sonriente le da una palmada en el muslo para que deje de mirar a la muchacha que no para de tocarse el pelo. Pero Laura no la ve. Ella está viendo, otra vez, las manos de Oriol, enredarse en sus mechones, acariciarlos, agarrarlos suavemente, recorrerlos de arriba abajo mientras le vuelve a decir lo mucho que la ama.

Y entonces vuelve a notar el tirón. Ahora ya no le duele, porque sabe que ya nadie le volverá a hacer daño, pero en el recuerdo sí. Las pequeñas letras amontonadas del libro se transforman, se mueven hacia un lado y hacia otro, arriba y abajo, hasta dibujar el rostro crispado, sediento de deseo de Oriol. Y vuelve a ver sus ojos, que le dicen lo mucho que la ama mientras le agarra su preciosa melena rubia y tira de ella con fuerza creciente, hasta que le arranca un mechón.

Ya no le duele. Nadie, nunca más, volverá a hacerle daño. Y Laura ve cómo Oriol se lleva el mechón a los labios y lo besa, fuera de sí, atrapado en el deseo. Y entonces cruza los dedos para que sea suficiente, para que sea la última vez que le arranca el pelo, para que no haya más golpes, ni heridas, ni regueros de sangre, para que no haya más visitas al hospital.

De Oriol le gustaba, sobre todo, lo detallista que era. Pero no echará de menos sus regalos. Ya tiene los pendientes de mariposa, el marcapáginas con motivos élficos, el bolso estampado…

Laura deja de tocarse el pelo y dirige su atención al bolso con mariposas estampadas. Lo abre en busca de nada en concreto. Quizás sólo quiere comprobar, antes de seguir acariciándose la suave y larga melena, que todo está en orden.

Le cuesta creer el haber sido capaz de llevar a cabo su plan. En realidad, no era un plan muy sofisticado. Supo que había funcionado cuando, pocos instantes después de besar el mechón, la cara de Oriol mutó en la expresión aterrorizada de quien no sabe qué le pasa pero sabe que es horrible. También ella se asustó, y fue muy desagradable verlo llevarse las manos, aquellas manos tan cálidas, al cuello, presa del pánico, mientras empezaba a salirle espuma por la boca. Oriol se retorcía de dolor y gruñía. Laura se alejó poco a poco, hasta dejarlo solo en la cama. Un par de minutos después, cesaron las convulsiones. Laura entró en el cuarto de baño, se lavó a conciencia el pelo y las manos, procurando evitar la más mínima salpicadura en la cara, y se duchó.

El metro ha parado en una nueva estación. Laura mira el interior del bolso y respira tranquila al localizar el bote de cianuro. Por la mañana lo volverá a dejar en el laboratorio. Nunca pensó que ser química le ayudaría a eliminar el dolor de su vida.

A pesar de la regañina de su madre, la niña mellada continúa dirigiendo miradas fugaces a la muchacha que, cuando las puertas se cierran, vuelve a acariciarse el largo cabello rubio. Se agarra un mechón casi desde la raíz y, lentamente, lo desliza entre sus dedos.

Está tranquila, porque nadie, jamás, volverá a hacerle daño.

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Si estos árboles pudieran hablar


Valle de Pineta

Foto: Benjamín Recacha

Si estos árboles pudieran hablar,
dirían que parara de pensar,
que levantara la mirada al cielo
y dejara al viento mecer mi pelo.

Si estos árboles pudieran hablar,
me dirían que vaciara la mente,
que dejara de escuchar a la gente,
esa que tanto insiste en gritar.

Si estos árboles pudieran hablar,
me invitarían a que los trepara,
a que entre sus ramas me acomodara,
y por sus hojas me dejara arrullar.

Si estos árboles pudieran hablar,
me enseñarían a hablar su lenguaje,
a admirar la inmensidad del paisaje,
y que hay cosas que es mejor olvidar.

Si estos árboles pudieran hablar,
me pedirían que les ayudara
a difundir su lamento profundo.

Y es que estamos destruyendo el mundo.
De vergüenza se me caería la cara…
Con esta locura hay que acabar.

Si estos árboles pudieran hablar,
los escucharía siempre embobado.
Dejaría mis problemas a un lado.
Les rogaría que me hiciesen soñar.

Si estos árboles pudieran hablar,
me pedirían que los abrazara.
Que querer a un árbol no es cosa rara,
ni a un río, a las nubes o a una flor.

La madre Tierra necesita amor.
Es un buen motivo para escapar.

Abrazos


abrazo

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

Tenía frío. Era un día radiante de un caluroso mes de junio, pero estaba helado. El frío le brotaba del corazón y se extendía por el cuerpo. Miguel sentía que en cualquier momento la sangre se le congelaría en las venas. Se preguntaba si cuando eso sucediera quedaría todo él congelado.

Había perdido la noción del tiempo. No recordaba cuándo había llegado al parque ni cómo había ido a parar al banco junto al estanque. Se fijó en los cisnes, que se deslizaban altivos e indiferentes a lo que ocurría fuera del agua. Ni siquiera hacían caso a los trozos de pan que les lanzaba una niña que insistía en querer alimentarlos. La pobre ya no ocultaba la frustración que le causaban las desagradecidas aves.

Pero enseguida la mente de Miguel lo atrapó de nuevo en el recuerdo y el desasosiego. «Cuando me congele, quizás la gente me confunda con una de esas estatuas que habitan el jardín. Seré una más de ellas. La podrían llamar Soledad». Aquel pensamiento nuevo debía significar que la sangre todavía le llegaba al cerebro y que el frío que bombeaba su corazón no era tan potente como para paralizar las neuronas.

Recordaba los abrazos, el único abrigo efectivo para un corazón helado. Necesitaba más que nunca uno de aquellos, uno bien fuerte y confortable. Se preguntaba dónde habían ido a parar todos aquellos amigos, todas aquellas personas que le habían transmitido su calor hacía sólo un año. Se preguntaba si necesitaban reencontrarse en un funeral para abrazarse, si lo harían en el suyo.

Pero él no quería morir, quería convertirse en estatua para habitar eternamente aquel jardín donde compartió con Laia tantas historias y tantos besos, hasta que el maldito cáncer se la arrebató, y llegaron los abrazos.

«¿Por qué la gente sólo se abraza en los funerales?» Laia y él lo hacían a diario, pero no con la intensidad que se pone en uno de esos abrazos que son antídoto contra el frío del alma, los que se reservan para los seres queridos cuando pierden a un ser querido.

Un año atrás, cuando más que congelado Miguel creyó haberse quedado sin corazón, recibió muchos de esos, cuyo calor le hizo volver a sentir sus propios latidos. Desde entonces los reencuentros y los abrazos habían disminuido en cantidad e intensidad, y ahora tenía que consolarse con el recuerdo. Un recuerdo que, sin embargo, lejos de reconfortar, había traído consigo un crudo invierno.

La muerte de Laia no había pillado a nadie por sorpresa. Había luchado contra la enfermedad durante dos largos años —que a Miguel se le hicieron insoportablemente cortos—, con los ojos brillantes y una sonrisa en los labios, aunque el cáncer la estuviera devorando por dentro. Habían estado preparando la despedida con mucha antelación, hasta el punto que Miguel había llegado a creer que «la muerte forma parte de la vida». Pero el último día, aquel 18 de junio infame, él se derrumbó.

Lo habían hablado. Tenían clarísimo que ella se marcharía de una forma digna. Nada de cables, ni de morfina, ni de desfile de caras largas, de ojos enrojecidos y encharcados en lágrimas, nada de llantos ni de crisis nerviosas, nada de olor a hospital. Laia moriría en casa, tranquila y en silencio, soportando el dolor cogida de la mano de la persona a quien amaba, junto a la que había aprendido a vivir y a morir.

Pero cuando llegó la hora, Miguel no halló la fuerza necesaria para aceptar que la persona que daba sentido a su vida se marchaba para siempre. Y a pesar de las protestas de ella, a pesar de sus lágrimas de impotencia, llamó a emergencias. Alargaron la agonía durante algunas horas, él soñó con la irracionalidad del milagro imposible, pero Laia murió de madrugada, rodeada de cables, de caras largas y ojos rojos, y hasta las cejas de morfina en una habitación que apestaba a hospital. Miguel estuvo junto a ella hasta el final, con sus manos firmemente agarradas, aunque Laia no fuera consciente de nada de eso. Hacía horas que había cerrado los párpados para siempre.

Y entonces llegaron los llantos.

Y las llamadas de teléfono.

Y la extraña paz que se respira en el limbo de quienes no son conscientes aún de que algo muy potente y muy profundo ha crujido dentro de ellos.

Y el desfile de caras largas, de palabras murmuradas de quienes en realidad nunca han sabido cómo reconfortar a quien ha perdido lo más importante de su vida.

Y los abrazos.

Miguel podía rememorar cada uno de aquellos abrazos cálidos y sinceros de quienes sentían la pérdida en lo más profundo de su ser y deseaban con todas sus fuerzas transmitirle su amor. Aquellos abrazos decían más de lo que jamás conseguiría comunicar el más elaborado de los discursos.

Ya no había abrazos. Sólo recuerdos.

«Te echo de menos. Echo de menos nuestros paseos, escuchar las historias que te inspiraban estas estatuas, cómo conseguías hacer rabiar a los cisnes. Eras tremenda. Echo de menos tus besos y, aunque no lo creas, todo el tiempo que compartimos, que nos dedicamos, mientras luchábamos juntos. Echo de menos tu fortaleza. Y la echo de menos porque la necesito para soportar tu ausencia. Echo de menos los abrazos».

La cabeza negaba mecánicamente. Y el frío. Había empezado a tiritar.

—Hola, Miguel.

De repente, dejó de tiritar. La cabeza dejó de moverse. Levantó la mirada, en busca de aquella voz tan familiar a cuya propietaria hacía casi un año que no veía. Pocas veces la había vuelto a escuchar desde entonces.

—No respondías al móvil y no estabas en casa, así que, siendo el día que es, pensé que estarías aquí. —Se giró hacia el estanque y paseó la mirada por los jardines—. Elegisteis un buen lugar para esparcir sus cenizas.

Miguel se preguntaba si el cerebro no le estaba jugando una mala pasada.

—Soy yo, tu hermanita. La loca que un buen día decidió irse a vivir con los esquimales. —Se le acercó y le cogió una mano—. Por cierto, todavía no has venido a visitarme. Te aseguro que en Groenlandia no hace tanto frío como la gente cree.

La sonrisa burlona y el calor de sus dedos por fin lo hicieron reaccionar.

—Aquí estábamos bajo cero hasta hace un momento.

—Ven.

Miguel se incorporó. Se miraron. Las miradas también podían reconfortar.

Se abrazaron. El frío abandonó el corazón de Miguel. Se apretó más contra su hermana y la besó en la cabeza.

Nada reconfortaba tanto como uno de aquellos abrazos.

Centrifugando recuerdos (XXXVI)


Circo de Pineta - Cascada del Cinca

Foto: Benjamín Recacha

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Después de quedárselo mirando durante unos segundos, como si fuera un objeto extraño que acabara de descubrir, Luis enciende el cigarrillo. Desde hace unas semanas fuma menos, pero no se ha planteado dejarlo. Suelta una bocanada de humo y observa cómo se diluye en su camino hacia el cielo. Le gusta saborear esos cigarrillos que fuma sin prisa, sin la urgencia que provoca la falta de nicotina en el organismo.

Está sentado en una roca, a medio camino en su ascenso hacia la cascada. Quizás meterse veneno en los pulmones a dos mil metros de altura no sea la manera más saludable de hacer un descanso después de dos horas de dura ruta. Luis lo sabe, pero le apetecía ese cigarrillo, aunque le acabe provocando un repentino ataque de tos.

—Mierda —maldice.

Apaga el pitillo contra la roca y lo mete en la bolsa que lleva para los residuos. Antes no se fijaba tanto, pero ahora no soporta encontrarse colillas, papelitos y envoltorios diversos tirados en medio de la naturaleza, así que desde hace un tiempo procura que la única señal que quede a su paso sean las huellas de sus botas.

Saca la cantimplora de la mochila y le da un generoso trago para aplacar la sed y la tos.

Mira alrededor. Le parece mentira que esos contrastes entre montañas, bosques, rocas, ríos, cascadas, heleros, flores, cielo y nubes sean reales. Saca la cámara de fotos de la funda. Aún no ha renunciado a ella. Le parece que hacer fotos con el móvil es menos auténtico, aunque el resultado para un fotógrafo ocasional como él sea más o menos igual de malo. Encuadra por aquí y por allá, pero no se decide a apretar el botón; tiene la sensación de que cualquier foto que haga se quedará a años luz de reflejar la grandiosidad del espectáculo que está presenciando en directo.

Hace un año estuvo en el mismo sitio. Recuerda su estado de ánimo de entonces y le parece mentira, como si aquel tipo derrotado fuera el personaje de una de esas películas insoportables. Ahora afronta la vida de otra manera y ha renunciado a pasar cuentas con el pasado, o eso al menos es lo que se dice a sí mismo. Mientras contempla la inmensidad del escenario en el que se encuentra, que aunque no sea nuevo para él desborda sus sentidos como si fuera la primera vez que lo admira, vuelve a pensar en Sara. Una cuenta pendiente que no logra superar, por mucho que quiera aparentar lo contrario.

Resopla y se incorpora. Continuar castigando las piernas le ayudará a despejar la mente. Levanta la vista hacia la cascada y se encuentra con el estrecho y empinado sendero serpenteante que garabatea la ladera de la montaña y que, muy arriba y muy lejos aún, desemboca en la blanca cola de caballo. Y pese a estar tan lejos, hace rato que oye el rugido de las aguas salvajes derramándose hacia el vacío.

Se cuelga la mochila, agarra el bastón, y reemprende la marcha por el caminito de tierra y piedra suelta. Los saltamontes se apartan de las peligrosas botas con brincos imprecisos, las mariposas revolotean aquí y allá, las moscas y los abejorros zumban de flor en flor, de vez en cuando se oye el graznido indolente de las chovas y los cuervos, y conforme gana altura se propagan los penetrantes silbidos de alerta de las marmotas.

Hace calor. Salió temprano para evitar exponerse demasiado al sol implacable, que ahora, apenas las diez, ya calienta toda la montaña. A la altura que se encuentra no quedan árboles a cuya sombra refugiarse. Luis tiene la espalda empapada y los chorreones de sudor le caen por la cara y el cuello. Está tentado de quitarse la gorra, pero es la única barrera que impide que el sol le achicharre la cabeza, así que se la deja puesta.

La gran cascada ya está cerca. Mientras la mira, una brisa ligera arrastra minúsculas gotas de agua que escapan de los dominios de su estruendosa madre. Luis recibe la caricia húmeda con placer y afronta animado los últimos repechos de la excursión.

Por fin ha llegado. De pie sobre una roca, la cascada aparece ante él en toda su magnitud. El espectáculo, visual y sonoro, lo deja sin palabras. No vale la pena buscarlas. Ante semejante belleza salvaje sólo cabe sentir. Pese a que el sol calienta implacable, el agua en suspensión que despide la violencia de la cascada en su salto al vacío y al chocar contra las rocas refresca el ambiente hasta el punto de poner la piel de gallina. Luis no está seguro cuánto hay en ello de reacción al contraste de temperaturas y cuánto de respuesta al impresionante espectáculo.

Abajo, junto a la laguna donde las aguas recién vertidas se toman un descanso, los excursionistas más madrugadores reponen fuerzas. Hay cuatro, todos con manga larga. «Vamos allá», resuelve Luis, al tiempo que guarda la cámara con la que ha tomado algunas fotos sin conseguir atrapar la cascada en toda su longitud.

Retoma el sendero que, zigzagueante, desciende hacia la parte accesible al pie del enorme salto de agua. Un par de minutos después, en pleno descenso, el sudor ya se le ha secado y empieza a tener frío. Sin embargo, decide no recurrir a la sudadera hasta llegar abajo.

Ya está. Se descuelga la mochila y la deja sobre una roca. Casi todo el paraje aparece empapado. Él vuelve a estarlo, pero esta vez por culpa del agua que salpica. Es casi como si estuviera lloviendo. Luis no puede apartar la vista de la cascada. El ruido es estruendoso pero, sin embargo, no molesta. Por fin abre la mochila y recupera la sudadera.

Un par de montañeros emprenden el camino de regreso.

—Hola, buenos días —se saludan.

Junto a la laguna ya sólo queda un chico con un perro que juega a entrar y salir del agua helada, y un poco más arriba, sentada sobre una roca de cara a la cascada, una mujer que, acurrucada, se protege del frío y la humedad con una chaqueta y su capucha.

Luis busca un rincón que le sirva de parapeto y se sienta a tomar un bocado. Poco después el chico y el perro se marchan. Antes de tomar el sendero, el perro, de alguna de esas preciosas razas de pastor, se acerca a olfatearlo y Luis lo acaricia.

—Es un chafardero, pero buen tipo —resume el dueño.

—Es precioso —contesta Luis. Ambos sonríen.

—Hasta luego —se despiden.

Desde su posición, Luis domina parte del camino por el que ha transitado. A lo lejos aparecen pequeños grupos de hormiguitas que van ascendiendo. En un rato le harán compañía. Vuelve a mirar a la mujer de la capucha. Sigue ahí, inmóvil. «Debe estar empapándose», concluye extrañado.

Después de comerse un pedazo de fuet con pan, un buen trozo de queso y un melocotón, decide acercarse a la cascada para hacerle más fotos. La roca donde su vecina parece que se haya quedado dormida es un buen sitio.

Se encarama a la gran piedra de superficie plana y lo recibe una ráfaga gélida de las gotas de agua que despide la cascada al chocar contra la laguna. Está ahí mismo, a unos pocos metros, y la fuerza que transmite hace pensar a Luis que va a perder el equilibrio, así que se agacha y apunta con la cámara en cuclillas.

—Es increíble, ¿verdad?

La voz llega con dificultad a los oídos de Luis. La joven está ahí mismo, pero el ruido ensordecedor del agua se impone a cualquier otro sonido. Gira la cabeza hacia ella, y al principio no puede creer lo que ve. «No, no puede ser. Me está engañando el subconsciente».

Ella sigue mirando a la cascada, y sin esperar respuesta, retoma la palabra:

—No imaginaba que un espectáculo así fuera posible. He perdido la noción del tiempo, es como si me hubiera quedado hipnotizada.

Entonces, atraída por una fuerza invisible, superior al magnetismo de la cascada, gira el cuello hacia el recién llegado, y se queda con la boca abierta. Los dos se miran perplejos.

—Luis… —murmura ella, pero él sólo ve el leve movimiento de los labios.

—¿Sara? —pregunta, incapaz de procesar todavía que semejante maravillosa casualidad se haya materializado ante sus ojos.

La sonrisa radiante de ella es toda la respuesta que necesita, y él también ríe.

—¿Cuándo llegaste? —pregunta Luis.

—¿Al cámping? Anteayer. ¿Y tú?

—Ayer, pero no lo entiendo…

—¿El qué?

—Oye, ¿por qué no vamos a un sitio algo más seco y menos ruidoso? Me estoy congelando y me cuesta escucharte.

Sara asiente sin perder la sonrisa. Luis baja primero y le ofrece la mano, pero ella la ignora.

—¿Crees que necesito ayuda? —pregunta burlona tras poner pie a tierra.

Luis siente la sangre correrle en las venas con la misma fuerza que las aguas bravas que vierte la cascada y se abren camino, rugientes, hacia el valle. El reencuentro con Sara le resulta deliciosamente increíble. Le gustaría abrazarla, pero es todo tan raro que teme hacer algo que pueda estropearlo antes de empezar.

Sara no puede dejar de sonreír. Está feliz porque su loca propuesta se ha hecho realidad, y está segura de que algo aún más improbable tendría que suceder para que las cosas vayan mal.

—¿Qué es lo que no entiendes? —pregunta, ya instalados en el rincón resguardado de la “lluvia” donde Luis había dejado la mochila.

Están sentados uno al lado del otro, con la mochila en medio. Antes de contestar, a Luis se le amplía la sonrisa porque ya no hay duda de que están los dos ahí, juntos otra vez, o juntos por fin. «Si después de este tiempo, y teniendo en cuenta cómo nos despedimos, volvemos a estar aquí, es que nada puede salir mal».

Sara siente el impulso de apartar la mochila y besar esos labios que empiezan a recuperar el color bajo el sol, pero se contiene.

—¿Me lo vas a contar o qué? —insiste.

—Daba por hecho que volverías a trabajar en el cámping. En tu mensaje no concretabas nada, así que ni se me pasó por la cabeza otra posibilidad. Podríamos haber venido en fechas diferentes y nunca habríamos coincidido.

—Pero estamos aquí, ¿verdad?

Sara se quita por fin la capucha y se desabrocha la chaqueta impermeable. Luis no puede apartar la mirada. La encuentra más irresistible que nunca. Sus ojos han perdido la tristeza y transmiten la serenidad de quien ha aprendido a aceptar sus errores y convivir con su pasado.

—Cuando llegué esperaba encontrarte en el bar, tras la barra, o saliendo de la cocina. No imaginas el chasco que me llevé cuando el dueño del cámping me dijo que no sabía nada de ti.

—¿Vicente? Qué majo es. La verdad es que no me ha visto aún. Reconozco que me da bastante vergüenza, por cómo me fui, pero también tendré que afrontar esa prueba.

Muy despacio, Sara agarra la mochila, la cambia de lado y se acerca a Luis, quien, casi temblando, y no es de frío, por fin se atreve a buscar la mano de ella y entrelazar los dedos, como aquella noche bajo la luna.

—Esto es de locos.

Los dos ríen.

—Desde el primer día, ¿no crees? —añade Sara.

—¿Cómo sabías que vendría?

—No lo sabía —responde Sara en un susurro, al tiempo que apoya la cabeza en el pecho de él.

—Ya te digo: de locos.

—¿Sabes una cosa?

—Dime.

—En este tiempo he aprendido algo. He tenido una buena profesora, la mejor. Tú también la conoces. —La mente de Luis recupera automáticamente la imagen de aquella gitana imponente que le desnudó el alma—. He aprendido a creer en la magia.

—No te burles de mí —responde a las risas de ella mientras le acaricia el pelo.

—No me burlo, de verdad. ¿Tú no crees en la magia? ¿Qué otra cosa podría explicar que nos hayamos reencontrado justo en este lugar tan mágico?

—¿Y qué pasaría si huyera? ¿Vendrías a buscarme?

Sara se incorpora y toma la mano izquierda de Luis, con la palma hacia arriba.

—Mmmm, déjame ver…

Luis ríe con ganas.

—Las líneas no mienten. Definitivamente, no vas a huir a ninguna parte sin mí.

Y ahora sí, Sara se lanza a por esos labios que ya han recuperado el color.

FIN

Centrifugando recuerdos (XXXV)


 

Luna llena

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(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Sara todavía nota una punzada de culpabilidad al pensar en Tere, en la forma como se despidieron aquella triste mañana de agosto, pero sobre todo por la incómoda sensación de haber estado esquivando el conflicto, de haber desperdiciado todas las oportunidades de arreglar las cosas, por falta de valor, por no remover lo pasado. Y aunque cada vez que se han encontrado han vuelto a abrazarse y a reír como siempre, al mirarse, aunque no lo dijeran, veían ese poso de amargura que mantenía las distancias. Entonces, apartaban la mirada y se ponían a hablar de cualquier tontería.

Sara la echa de menos. Aunque sigan siendo amigas, porque en el fondo sabe que ni el peor de los cataclismos podría romper el vínculo entre las dos, echa de menos las noches de confesión y borrachera, las carcajadas y el llanto compartidos, apoyar la cabeza en su regazo, sus caricias… Aquella triste mañana se rompieron muchas cosas, y Sara se reprocha por ello.

Ahora ya es tarde para arreglarlo. Al menos eso es lo que piensa, porque los conflictos, si no se abordan en caliente, acaban enquistándose. Algo así es lo que le pasó tras la muerte de su hermana. Entonces era una niña, no sabía nada de conflictos, ni de traumas, ni mucho menos cómo solucionarlos. Pero sí sabía que no se podía sentir más tristeza, que ya nunca más la vería, y aunque lo sabía, para ella era imposible asumirlo. Necesitaba que alguien se lo explicara. Las lágrimas y los abrazos no eran suficiente consuelo. Y al cabo de unas semanas, ya está, la vida siguió adelante, todo el mundo con su rutina, como si nada hubiera pasado, mientras ella se acostaba cada noche sintiendo un vacío denso en la cama de al lado y se despertaba con el silencio ensordecedor que provocaba la ausencia de su hermana. Y así continuaría por siempre.

«Pasa página, tú no tienes culpa de nada», le repetían todos, con la mejor intención, pero sin ser capaces de ponerse en su lugar; eso pensaba. Ni siquiera su madre, que decidió que la mejor manera de rehacerse de la tragedia era seguir haciendo camino. A ojos de la niña que era Sara, aquello no tenía sentido. Ahora, tantos años después, y tras la catarsis que supuso, sobre todo, el encuentro con María la Zíngara, empieza a comprenderla. Su padre, en cambio, optó por el silencio, por recluirse en algún lugar profundo de su mente y dejarse llevar. Se sentía mejor en su compañía, al menos cuando lo miraba a los ojos veía en ellos la misma tristeza que la aplastaba a ella.

Sara, apoyada en la valla de madera, levanta la cabeza atraída por la llamada de la luna llena, que empieza a asomar por detrás de las montañas. «Qué bonito», es el pensamiento que brota espontáneo. Y sonríe. Porque aunque hay mucho en lo que pensar, mucho a lo que dar vueltas, mucho de lo que no se siente satisfecha, ahora es consciente de que está en paz consigo misma, de que por fin se ha perdonado y que es capaz de mirar de cara a la vida.

Piensa en María, en cuánto le ha ayudado a curar las heridas. El azar, el destino o la magia, qué más da, la llevaron hasta esa mujer extraordinaria, y la ha seguido visitando para compartir recuerdos y sueños, escuchando desde una silla de enea, paseando la vista por las vidas en imágenes que forran las paredes de la zambra, o incluso bailando. La está viendo otra vez, moverse como un torbellino, con su vestido rojo, taconeando, hipnotizando con sus brazos y esos ojos insondables, y se ve a sí misma girando junto a ella, desprendiéndose del lastre que la atenazaba.

Sin darse cuenta, se descubre dando una vuelta sobre sí misma, sobre la hierba húmeda, con los brazos extendidos, y ríe. La luna ya luce espléndida. Esa misma luna que protagoniza el espectáculo más bello que haya visto jamás cuando se pasea por sobre la Alhambra. Sara suspira. Echa de menos asomarse a la ventana y encontrarse la maravilla que la saluda. Pero no se arrepiente de la decisión que tomó.

En un principio iban a ser sólo unos días, pero acabó quedándose con Merche en la Alpujarra, incluso cuando su amiga regresó a Granada. Después de todo, las vistas desde la ventana del cortijo tampoco estaban mal. Olivos, viñedos, almendros, y la imponente sierra de la Contraviesa.

Esperó a que Tere se reuniera con ellas. Estaba segura de que esos días en la naturaleza, con la ayuda del buen vino de los padres de Merche, serían el remedio a todos los males, que hablarían, reirían, se les escaparía alguna lágrima, y acabarían sellando su amor eterno con abrazos reparadores. Pero Tere no llegó. Las cosas estaban muy revueltas en el hospital, convocaron protestas e incluso una huelga, y Tere se agarró a ello para mantener las distancias. Lo que no imaginaba es que Sara sólo volvería para recoger sus cosas.

—Los padres de Merche me han ofrecido un curro en la bodega.

El anuncio fue como una bomba atómica. Tere se sintió desintegrar. Y aunque se esforzó por no revelar sus sentimientos, la cara hablaba por ella. Sara recuerda perfectamente la expresión desolada de su amiga y cómo tuvo que luchar consigo misma para no echarse atrás.

—De momento es temporal, pero no puedo desaprovechar la oportunidad. Necesito el trabajo… Además, me facilitan el alojamiento, así que…

—Ya… Es genial, me alegro mucho por ti.

Y aunque su boca sonreía, los ojos la traicionaban.

Durante unos segundos se mantuvieron así, mirándose en silencio, sonriendo con tristeza, sin saber qué paso dar a continuación.

—Ven aquí, dame un abrazo —reaccionó Sara.

Tere obedeció, y se abrazaron. Fue un abrazo sincero, pero muy triste, y cuando se separaron, las dos se pasaron una mano discreta por la cara para limpiarse las lágrimas.

—Bueno, pues parece que voy a tener que buscar nueva compañera de piso.

—Oh, ya te digo que es temporal, pero sí, claro, no sé cuánto tiempo voy a estar fuera. De todas formas, Merche vuelve pronto. En cuanto acabe la vendimia la tienes aquí, y yo voy a seguir bajando a Granada, por supuesto. Nos vamos a seguir viendo, no te preocupes.

—Sí, claro. No, si es normal. Estaba claro que antes o después alguna de nosotras acabaría mudándose…

Sara no podía evitar sentirse culpable por abandonar a su mejor amiga. Había pasado poco más de un mes desde que se despidieron de aquella forma tan gélida, y ahora otra vez.

—Bueno, lo que toca ahora es brindar con vino de la Contraviesa, ¿no crees? —propuso Sara, sacando una botella de la bolsa que había dejado sobre la mesa.

—Voy a por las copas —contestó Tere, pensando en vaciar no una, sino todas las botellas que se le pusieran por delante.

La echa de menos. Es un sentimiento recurrente, pero a la vez piensa que las cosas van como van, y que las relaciones son cosa de dos, y que si han acabado distanciándose también Tere tiene parte de responsabilidad. «Es igual, no me arrepiento de mis decisiones, eso ya se acabó. Ahora estoy aquí…, esperando a Luis… Pero ¿y si no aparece?».

La luna ilumina las montañas; las aguas saltarinas que se deslizan más allá de la valla de madera despiden destellos; el blanco de la gran cascada, por muy lejos que esté, se distingue casi como a pleno día. Sara cierra los ojos y escucha el rumor de las aguas. Le relaja.

Se acuerda de aquella noche del verano pasado, en ese mismo lugar, cuando volvió a sentir el cosquilleo en el estómago al notar las manos de Luis en las suyas. «Ojalá venga. Esta vez no huiré». Está segura de ello, como lo está de que si él acaba por descartar su alocada propuesta, por mucho que desee que no pase, hará borrón y cuenta nueva.

«Lo más probable es que no aparezca. Si hubiera decidido venir, por mucho que en el mensaje le pidiera que no me dijera nada, lo lógico sería que en algún momento me hubiera contactado para concretar una fecha… Vamos, eso habría sido lo normal», aunque acto seguido su mente le recuerda lo nada normal que ha sido esa relación desde el primer momento, desde aquel extraño encuentro en la sala de la lavadora.

Y con la idea de que Luis no va a presentarse, que aunque pretenda asumir como lo lógico, no puede evitar que le entristezca, se despide de la luna por esa noche.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXXIV)


Centrifugando recuerdos

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Al plantarse ante la puerta de la recepción del cámping Luis siente que las piernas le flaquean. Los recuerdos afloran de golpe y a él le entran las dudas. Ha pasado un año, pero de repente es como si todo lo acontecido en ese lapso de tiempo fuera intrascendente. «No sé si es buena idea», se dice al apoyar la mano derecha en la puerta y empujar. «Es una idea malísima», concluye, una vez dentro. Tiene la sensación de que todos lo miran, sabedores de su historia. «Es el que se coló por la camarera, y salió tras ella», juraría que cuchichean dos parejas sentadas junto a la ventana.

Luis avanza dubitativo, lanzando miradas huidizas, casi avergonzadas, a derecha e izquierda. Cuando llega a la barra coloca las manos encima y se pone a repiquetear con los dedos, como si así fueran a esfumarse los nervios. Entonces se abre la puerta batiente de la cocina y le da un vuelco el corazón. Aparece una chica joven y risueña, cargada de energía…, que no es Sara. Es extraño, la decepción inicial se transforma en alivio cuando la ve acercarse.

—¡Hola! ¿En qué puedo ayudarte?

Luis se aturulla y tropieza con las palabras. La muchacha atiende divertida.

—Quiero alojarme —anuncia por fin.

—¿En el hotel? —El complejo turístico incluye, además de la zona de acampada, un pequeño hotel.

«Parezco imbécil», se reprocha Luis, molesto consigo mismo por hacer el ridículo.

—No, no, en el cámping, con tienda.

La empleada lo mira un tanto extrañada, pero sin perder la sonrisa.

—Oh, claro. Espera un segundo.

Mientras trastea en el ordenador, Luis repasa el local, buscando las diferencias respecto al año pasado. Entonces se abre la puerta de la calle e, instintivamente, reacciona con un pequeño sobresalto. Tampoco ahora es Sara. Quien aparece en escena es el dueño del complejo, saludando con familiaridad a los clientes. También a Luis, que se siente morir de vergüenza al recordar la última vez que se vieron. De entrada, no parece que el muchacho despierte un interés especial en el hombre.

—Déjame el DNI un momento, porfa —solicita la empleada.

El dueño del cámping se da cuenta entonces de que se trata de un nuevo huésped y se acerca.

—Bienvenido —declara con una sonrisa y la mano extendida, que Luis encaja con timidez—. ¿Ha tenido buen viaje?

Al fijarse mejor en el recién llegado, se da cuenta de que la cara le resulta familiar. Sus ojos se zambullen en el registro de la memoria, buscando coincidencias, y Luis asume que no tiene escapatoria.

—Espera un momento, yo a ti te conozco. —La sonrisa se le ensancha, lo que revela que su memoria ya ha hallado el archivo que buscaba—. Cómo no iba a reconocerte. Anda siéntate y me cuentas cómo acabó la historia.

El hombre señala un taburete junto a la barra y, mientras Luis, con los hombros encogidos, toma asiento, pasa al otro lado, se coloca junto al surtidor cerveza y le sirve una copa. «Esto debe ser viajar al pasado», reflexiona el muchacho. La camarera, que ya ha completado el registro, asiste a la escena con curiosidad.

Luis agarra la copa y experimenta las mismas sensaciones que aquella mañana sofocante en que acudió al mismo lugar en busca de la pista que necesitaba para que su historia con Sara no acabara antes de empezar. Busca las palabras para explicarse sin entrar en detalles, pero detrás de los nervios que aún no lo han abandonado va tomando cuerpo una sensación incómoda que le sube desde el estómago. Hay algo que no encaja. «Si se acuerda de mí tan bien, ¿cómo es que aún no me ha comentado nada sobre Sara? ¿Dónde narices está?».

—Sara… —es su primera palabra, pronunciada con el temor de quien intuye que la respuesta que obtenga no le va a gustar.

—Sí, es verdad. Sara se llamaba la zagala. Era muy buena currante —mira de soslayo a su nueva empleada y le guiña un ojo—; lástima que tuviera que marcharse de aquella manera…

—Entonces…, ¿no la ha vuelto a ver?

La pregunta resulta desconcertante. El hombre frunce el ceño, pero advierte la angustia del muchacho, la misma que la de aquella mañana del verano pasado.

—Pues no… Siento que sean malas noticias. —Cruza una mirada fugaz con la joven. Ambos sienten empatía por Luis, pero a la vez la incomodidad de quien no sabe qué hacer para ayudar—. Tómate otra cerveza fresquita, anda. Invita la casa.

Luis rechaza el ofrecimiento con un leve movimiento de la cabeza. Mira sin ver la copa que, aún casi llena, sostiene con ambas manos sobre el regazo.

—Lo que no entiendo —retoma el hombre—, perdona que te lo diga así de directo, es por qué yo debería saber algo nuevo de esa muchacha.

Luis se vuelve a sentir engañado y manipulado. Durante el último año creía haber hecho progresos en cuanto a su independencia emocional. Creía haber superado aquella estúpida dependencia a las relaciones; pensaba que ya no necesitaba estar con nadie para encontrarle sentido a la vida, que si surgía algo, pues ya se vería. Creía haber aprendido a ser independiente y a valorar la independencia de los demás, incluso en el marco de una relación. Creía estar seguro de que el nuevo Luis no volvería a cagarla con Laia ni que perdería el oremus por ninguna desconocida por la que se sintiera atraído durante las vacaciones.

Hasta que recibió el mensaje de Sara, y todos esos progresos empezaron a diluirse. No comprende el motivo que puede llevar a alguien a recuperar el contacto con otra persona sólo para jugar con sus sentimientos. Su historia con Sara debía permanecer en el recuerdo. Ella siempre retendría un pedazo de su corazón, pero —eso es lo que piensa ahora, tras recibir el jarro de agua fría— está claro que no tenía sentido recuperarla. El problema es que aquel mensaje recibido dos meses antes del verano lo había hecho ilusionar. De repente todo volvía a girar en torno a una mujer; el reencuentro con Sara en el Pirineo acaparaba todos sus anhelos. Enseguida se convirtió en su nuevo proyecto de vida.

Luis levanta la mirada y se encuentra con los ojos del hombre, que continúa esperando una respuesta.

—Oh, déjelo. Soy bastante gilipollas —resume, con expresión de derrota.

Acto seguido, se incorpora, deja la copa sobre la barra y, con paso cansino, abandona el local. Sube al coche y antes de dirigirse a la parcela asignada para montar la tienda, coge el móvil y busca el mensaje de Sara. Lo ha leído montones de veces, pero ninguna con la sensación de fracaso que lo invade ahora.

«Hola, Luis. ¿Qué tal? Soy Sara, supongo que aún no me has borrado de los contactos… Ha pasado bastante tiempo desde ese verano tan raro, pero el caso es que, después de todo, guardo un buen recuerdo de los ratos que estuvimos juntos.

Igual no quieres saber nada de mí, sería lo más normal. En ese caso, olvida lo que te voy a proponer.

He pensado en volver al cámping el verano que viene. Si no tienes planes aún, estaría bien que nos encontráramos de nuevo, y, ahora sí, empezar de cero. Prometo no salir corriendo.

Durante estos meses he tenido tiempo para pensar y darme cuenta de muchas cosas. Creo que he aprendido bastante sobre la vida y me gustaría ser capaz de aprovechar lo positivo. Cruzarme contigo lo fue; ahora lo sé.

Quién sabe, igual cuando nos veamos no pasa nada, pero sería una buena forma de cerrar un capítulo que me dejó una espina clavada por lo injusta que fui contigo.

Hagamos una cosa: no me respondas. Sea cual sea tu decisión, no me digas nada. Yo tengo decidido subir al cámping de todas formas. Si te veo allí, genial. Si no, lo entenderé y podré seguir adelante.

Un beso».

Un beso. Cientos de ellos. Los que se dieron bajo la tormenta de Granada. Luis lleva semanas soñando con repetir la escena bajo las estrellas, imaginando cómo sería el reencuentro, qué cara pondría ella cuando lo viera entrar en el bar o quizás lo sorprendería mientras estuviera esperando a que le atendieran, o se la encontraría sentada junto a la lavadora… como aquella mañana en que empezó todo. Pero no. Él ha cumplido con su parte y resulta que ella se ha arrepentido de su propia propuesta.

«No me respondas. Sea cual sea tu decisión, no me digas nada». Durante un instante piensa en llamarla.

—Puede que le haya pasado algo que le ha impedido venir —murmura.

Quiere creerlo, pero al final le puede más el orgullo y guarda el teléfono.

—Que se quede con la duda. Si pensaba que iba a repetir lo del año pasado, lo lleva claro. Una vez y no más.

Está dolido. Se mira en el espejo retrovisor y descubre rencor y decepción, también consigo mismo por haber sido tan estúpido.

—A la mierda. Estoy de vacaciones, así que pienso disfrutarlas.

Enciende el motor, mete primera y pisa el acelerador.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXXIII)


Centrifugando recuerdos

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Luis conduce con las ventanillas bajadas del todo. La brisa nocturna atraviesa el vehículo, tropezando con el obstáculo humano, y él lo agradece, pues desde que abandonó el Pirineo es la primera vez que nota erizársele el vello de los brazos y la nuca. Ese es uno de los motivos por los que ha decidido emprender el viaje de noche; el otro es que no tenía sentido prolongar la situación. Ya sabe todo lo que tenía que saber y ha hecho todo lo que estaba en su mano para convencer a Sara de que se dieran una oportunidad.

«A lo mejor la gitana no sabe tanto como dice. A lo mejor lo que esperaba Sara de mí es que la dejara en paz de una vez… No sé, pero da igual. Lo que tenga que ser, será», se repite en bucle, tratando de autoconvencerse de que no había otra salida. Y el caso es que con cada quilómetro que se aleja de Granada, lo sucedido esos últimos días le parece más la creación de una mente retorcida con necesidad de entretenimiento.

Ahora bien, cada vez que llega a la conclusión de que más le vale recordarlo como una experiencia tan excitante como surrealista, su cerebro se empeña en recordarle el último whatsapp recibido: «Adiós, Luis. Que tengas buen viaje. Quién sabe, quizás nuestros caminos vuelvan a cruzarse, y entonces quizás esté preparada… Nunca te olvidaré», y el emoticono del beso con forma de corazoncito.

—Quizás… —murmura, con la vista fija en el camino que marcan los faros del coche.

La noche es perfecta para conducir, sobre todo con la conciencia libre de culpas y de recuerdos incordiantes. «Ten paciencia y vive tu vida. Deja atrás esos fracasos con los que te atormentas. Todo tiene su momento, y no hay que intentar forzarlo». Los ojos de la zíngara reconfortan, y al recordar su mirada Luis siente que transmite sinceridad.

—Después de todo, puede que este viaje de locos no haya sido una pérdida de tiempo —se dice, mirándose en el retrovisor.

Esa charla inexplicable en la zambra Luis tiene la sensación de haberla vivido en una especie de realidad paralela; bueno, como todo lo ocurrido desde la noche en el cámping, pero al pensar en María la zíngara le viene a la cabeza el “oráculo” de Matrix, y entonces ya no puede más que reírse de sí mismo.

Enciende la radio. Suena el ‘Losing my religion’ de REM. Se pone a tararearla mientras se deja abrazar por el dulce frescor de la brisa nocturna.

…………………………

La última cosa que le apetece hacer es ir a trabajar. Sólo quiere quedarse en la cama, todo el día, o dos, o tres, y esperar a que el tiempo borre la vergüenza que siente. Aunque por mucho tiempo que pase, Tere no cree que las secuelas que ha dejado la visita de Luis puedan borrarse. Nunca había visto a Sara así, tan derrotada al escucharla despacharlo desde la ventana, y eso que derrotada la ha visto unas cuantas veces.

Tampoco ella se había sentido nunca como en ese momento. Los celos y una rabia inmensa la poseyeron. Podría haberle jurado a Sara que lo hizo por ella, para protegerla, pero las dos saben que habría sido mentira.

Al verla allí, impotente, incapaz de tomar una decisión, se sintió la persona más horrible del mundo. Había actuado por puro egoísmo, sin poder (ni querer) ocultar el rencor hacia aquel extraño que amenazaba con arrebatarle lo que más quería, aunque nunca fueran a ser más que amigas… y ahora quién sabe, puede que ni siquiera eso.

Tere se levanta por fin, se da una ducha rápida, se toma un café con leche, con café de ayer y sin calentar, y se va al comedor para acabar de vestirse. Ya ha amanecido y, como cada mañana, asomada a la ventana, la Alhambra le da los buenos días. Parece que hoy no hará tanto calor. Mete la ropa del trabajo en una bolsa, se pone una camiseta de tirantes y se dirige al recibidor para calzarse las sandalias antes de salir.

—Vas tarde, ¿no?

Tere, al borde del infarto, grita y da un salto. Cuando se da cuenta de que es Sara, sentada a la mesa, está a punto de lanzarle el bolso.

—¡Dios! ¡Casi me matas del susto!

Pese a no estar contenta, Sara ríe.

—¿Qué haces ahí? ¿Esta es tu venganza?

Tere tiene la esperanza de que le diga que sí y entonces se fundan en otro abrazo reparador y todo vuelva a ser como antes.

—No es ninguna venganza. No podía dormir, así que he adelantado los preparativos. —Señala la mochila, que descansa sobre una de las sillas—. Me voy ya.

Tere no quiere que lo haga, pero a la vez le alivia el saber que va a estar sola, que no va a tener que disimular su vergüenza ni, al menos durante un tiempo, va a haber ocasión de volver a hablar sobre lo ocurrido esos últimos días.

No sabe si Sara espera que haga algo, que se vuelva a lanzar a sus brazos y le suplique que se quede, o que le diga que adelante, que largarse sin aclarar qué ocurre entre ellas es lo mejor que puede hacer. «Lo habíamos arreglado y justo entonces va y aparece el memo ese». Tere cierra los ojos y chasquea la lengua, pero no, no quiere discutir.

—Conduce con cuidado —declara, con una sonrisa forzada, y prosigue su camino hacia la calle.

Sara mordisquea una magdalena con desgana, la misma que le produce afrontar todo lo que está sucediendo. Oye la llave abriendo la puerta.

—Te echaré de menos.

El repiqueteo en la cerradura cesa de golpe. Silencio.

—Tenemos cosas que aclarar, pero quiero que sepas que te echaré de menos, así que espero que decidas venirte unos días.

No es lo que Sara tenía previsto decir, pero al final, y a pesar de la desconcertante actuación de la tarde anterior, el amor que siente por su amiga es superior a cualquier decepción que pueda causarle. Y se alegra de darse cuenta de que es así.

Después de horas dándole vueltas al asunto, preguntándose qué derecho tenía Tere a responder por ella, le alivia llegar a la conclusión de que durante todos esos años juntas ha acumulado suficientes comodines como para permitirse semejante cagada.

Pero también ha estado dándole vueltas a las palabras de Luis. «Lo sé todo», dijo, y de repente se sintió más expuesta que nunca; tanto, que dejaban de tener sentido todas sus precauciones, sus miedos, sus inseguridades. «Dice que esperará lo que haga falta». Durante la noche una parte de ella estaba dispuesta a mandarlo todo al carajo y salir tras él. Demasiado impulsiva. Pero algo ha cambiado. El motivo para no reaccionar ya no es ella misma, sino lo acontecido con Tere, que sigue en el recibidor sin decidirse a marcharse. Con todos los sentidos alerta y la inquietud de no ser capaz de aguantar con entereza lo que tenga que escuchar.

—Te dije que me iba —continúa Sara—, que no era el momento de aventuras, así que no te puedo reprochar lo que hiciste. —Está inusualmente serena. Tere tiene que hacer un gran esfuerzo para evitar que le castañeteen los dientes—. Pero no puedo dejar de preguntarme por qué lo hiciste. Esa decisión me pertenecía. Me arrebataste incluso la decisión de no hacer nada.

Tere agacha la cabeza, escuchando en la oscuridad del recibidor, renunciando al derecho de réplica. No se siente con fuerzas para hacerlo, y se tiene que ir a trabajar. El dedo índice acciona por fin el pestillo, y el click retumba como un bombazo en su cabeza.

—De todas formas, lo hecho hecho está… Nuestra amistad está por encima de todo.

Tere prolonga el silencio unos instantes más. «Amistad», bonita palabra. Valiosa. Y, sin embargo, escucharla de labios de Sara le produce amargura. Nota cómo la presión crece en las sienes, hasta que, a punto de estallar en un llanto silencioso, abre la puerta, sale al rellano, despacio, cierra con suavidad y se va, saboreando el triste sabor amargo de sus lágrimas.

Sara engulle el último trozo de magdalena, de forma mecánica, sin saborearla.

—Que tengas un buen día… hermana. Nos vemos pronto —concluye en un murmullo.

Continuará…