La mejor medicina


Él se asoma a la ventana. Hace un día espléndido, se imagina paseando con la cabeza levantada y los párpados cerrados, sintiendo el calor del sol de primavera. Paseando con ella, agarrados por la cintura. Le besaría el pelo, y se sumergiría en esos ojos verdes que brillan con la luz y que lo hipnotizan; aunque seguramente los tendría enmascarados tras las gafas de sol que le dan el glamur de las estrellas de Hollywood. «Estamos juntos, sí. La tía más imponente, la más simpática, la más inteligente me ha elegido a mí», les diría orgulloso con la mirada a todos cuantos se les cruzaran sin poder ocultar la expresión de envidia.

Pero ella está tumbada en el sofá, en la oscuridad de un comedor mal orientado, que incluso en abril necesita del calor artificial de la calefacción para resultar confortable. Está rabiando de dolor. Esa maldita espalda que no le da tregua. Tampoco ella se la da, siempre obligada a ofrecer su mejor sonrisa, a acarrear con todo, a complacer a todos y a demostrar que puede con lo que le echen. Lo único que desea es tener paz, olvidar sus males físicos y los problemas que la están hundiendo, aunque los demás no lo sepan, porque siempre tiene a punto esa sonrisa cálida que la hace parecer tan fuerte y segura, tras la que oculta su desgracia.

La gatita cruza el comedor como un rayo y salta sobre las zapatillas de él, que automáticamente se agacha para jugar con ella.

—Eres un terremoto, ¿eh, pantera?

—Te aburres, ¿verdad? —Él mira hacia el sofá, de donde procede la voz somnolienta que emerge de entre el sopor de los analgésicos—. Lo entiendo. Sal a pasear y tómate esa caña que tanto te apetece.

Él la mira apesadumbrado, impotente por no poder hacerla sentir mejor.

—Esa caña sólo me apetece si es contigo.

Sonríe, tratando de transmitirle la calidez que ella echa tanto en falta. La manta eléctrica la alivia un poco, pero no es el tipo de calor que necesita.

—Pero yo no puedo acompañarte. Estoy fatal. —Cierra los ojos de nuevo, y emite un suspiro apagado, sin fuerzas—. Siento no ser lo que esperabas de mí.

—No digas eso. Sé que te encuentras mal, pero te quiero, quiero estar contigo.

Con la gata enganchada a los pies, se acerca al sofá.

—Dices que me quieres, pero en realidad quieres a la imagen que tienes de mí, a la mujer fuerte, espléndida y complaciente. Y ahora mismo esa mujer no tiene nada que ver conmigo. No creo que lo vuelva a ser nunca. Estoy tan cansada…

Él se queda a medio camino, tratando de hallar las palabras adecuadas, las que desactiven el mecanismo autodestructivo que ella ha accionado. No hay nada que desee más que poder ayudarla, ser su medicina… «Una medicina de mierda, porque en dos días volverás a estar a quinientos kilómetros de aquí, y ella volverá a sentirse sola y desgraciada», se reprocha. Pero ¿qué puede hacer?

—Te quiero a ti…

—No es verdad. ¿Quién puede querer a este desastre? Tú te mereces algo mucho mejor.

—No digas eso. Yo sé lo que siento. Sé que no quiero ni voy a querer a nadie más que a ti. Contigo soy feliz.

—¿Ah, sí? ¿Eres feliz ahora?

Ella se gira a duras penas y lo mira a los ojos. Le dirige una mirada dura y escrutadora, como si tratara de encontrar algo en la de él que lo delate. La gata salta al sofá y, con las zarpas clavadas en la manta eléctrica, consigue auparse. La mujer le dirige su atención, y él siente un alivio estúpido, como si se hubiera librado de la mirada petrificadora de Medusa. Continúa plantado a un par de metros de ella, sin decidirse a acabar de salvar la distancia, temeroso por cómo vaya a reaccionar. Se siente torpe, carente de recursos para transmitirle su cariño.

—Hola, mi amor.

La voz de ella suena vital mientras acaricia a la gatita. Parece mentira que surja de la garganta de la misma persona tan apagada hace sólo un instante. El animal emite una especie de gorjeo muy poco felino, provocando la sonrisa de su «mami». El momento de distensión dota al hombre de la decisión que le faltaba para acabar de acercarse y, arrodillado junto al sofá, él también acaricia a la gata y, de paso, como por accidente, la mano de su pareja. Alarga la caricia, hasta que deja su mano sobre la de ella. Entonces se miran, con el ronroneo felino como sonido de fondo. El animal se está quedando dormido sobre el pecho de la mujer.

—Tienes la mano fría —susurra ella.

—Lo siento.

Él hace ademán de apartarla.

—No, déjala, por favor.

Él toma aire y cierra los ojos, meditando sus palabras.

—Te quiero…

—No creo que…

—Déjame hablar, por favor.

Él la mira fijamente. Ahora es ella quien se siente intimidada. Esa mirada tan profunda e inteligente la vuelve loca. Es lo que la enamoró por encima de todas las otras cosas, tantísimas cosas que jamás pensó que fuera a poder disfrutar…, que no merece disfrutar.

—Vale…

—Te quiero. —Lo dice con toda su convicción, pero sigue notando la sombra de la duda en los ojos verdes—. Sí, te quiero. Y aunque ahora te encuentres mal, te vas a recuperar. Tienes que hacer lo posible por recuperarte, y dejarte cuidar. No tienes que demostrar nada a nadie…

—Ya sabes cómo son mis hijos, todo lo que tengo por hacer, los problemas con mi ex, el banco…

—Para, para, por favor. —Le agarra la mano y le acaricia el pelo. La mira con dulzura. Ella ve el amor en sus ojos, ya no tiene las manos frías. Nota una pequeña chispa en el estómago que lucha por prender—. ¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti?

—¿Qué? —«Ojalá me beses», se escucha decirse.

—Lo mucho que te gusta la vida. Eres como esta gatita adorable, tan curiosa, ansiosa por descubrir el mundo, por sorprenderte con cualquier cosa, por devorar conocimiento. —La gatita respira pausada en sueños, ajena al drama humano—. Y entiendo que te sientas tan mal, porque ahí tumbada no puedes hacer nada de lo que querrías.

Ella lo mira con los ojos vidriosos. Aprieta la mano de él. «Ojalá no te fueras nunca», le dice sin palabras. Él vuelve a respirar hondo, no quiere dejar salir el torrente de lágrimas que amenaza con desbordarse; ella no lo merece, ya tiene bastante con las propias.

—Pero sí hay algo que podemos hacer, una de las cosas que más echo de menos cuando no estoy contigo —retoma él.

—¿El qué?

Él se inclina sobre ella, ya sin barreras invisibles, y la abraza. Y ella siente cómo el cuerpo se le llena del calor que la alimenta y que, aunque sea momentáneamente, le hace olvidar todos sus problemas. El calor del amor, el que nos transforma en seres invencibles, capaces de superar cualquier obstáculo.

Él se incorpora, aún de rodillas en el suelo, y con mucho cuidado acuna a la diminuta gatita en la palma de su mano para cambiarla de sitio.

—Ver una peli abrazados en el sofá.

Coge el mando y se acomoda junto a ella. Los dos sonríen, porque se sienten afortunados por tenerse el uno al otro; porque se aman.

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Ojos tristes


El martes a mediodía regresaba a donde había aparcado el coche, una calle con mucha pendiente junto al instituto Pau Gargallo de Badalona. Mientras bajaba, vi que, por la misma acera, subía renqueante una mujer, tanto que tenía que agarrarse de la valla del instituto para no caer. Acabó sentándose en el saliente del muro para coger resuello. Algo alarmado, me acerqué.

—¿Necesitas ayuda?

La chica —debía rondar la treintena, quizás algo más— levantó la cabeza y me miró con los ojos más tristes que recuerdo. Con una mano temblorosa se secaba las lágrimas.

—No, gracias. Llevo todo el día temblando y sin fuerzas.

—Deberías ir al médico.

Era una situación de esas en que está claro que algo va mal, pero no sabes cuál es la manera acertada de actuar.

—Sí, debería… Debería hacer tantas cosas con mi vida…

Aunque hablaba un buen castellano, el acento y las facciones revelaban que era extranjera, probablemente del Este. Me pareció que estaba excesivamente delgada y muy pálida, así que temí que estuviera enferma.

—Te acompaño.

—Gracias, pero no hace falta. —Se esforzaba por sonreír, sin poder ocultar su inmensa y resignada tristeza—. Vivo ahí mismo.

—Vale, pues apóyate en mí y vamos. ¿Te espera alguien?

La pregunta clave. Sus ojos respondían por ella. El mal que le afectaba no lo curan los médicos. Entonces dirigió la mirada al perro que la acompañaba, uno de esos diminutos, de raza indescifrable pero fidelidad a prueba de bombas.

—Él es toda mi compañía, y no clava cuchilladas por la espalda.

El animal se le acercó para lamerle la mano.

—Muchas veces los animales son mejor compañía que las personas —concedí.

No hizo falta que contestara, bastó una mirada cansada, que transmitía su profunda decepción con la vida. Se incorporó y, despacio, reemprendió la marcha.

—Mucho mejor. ¿Ves? —Otra sonrisa triste—. Ya puedo yo sola. Gracias.

Era un «gracias» sincero pero apagado, surgido de ese corazón devastado. Y yo seguí mi camino hacia el coche, girando el cuello a cada par de pasos para comprobar que ella avanzaba por inercia, dejando una estela de recuerdos traicionados.

Un rato después, mientras estaba comiendo, me sentí mal. Sentí que, a pesar de todo, debería haberla acompañado. ¿Acaso hay algo más humano que prestar atención a quien se siente desolado y ofrecerle un hombro donde descargar su tristeza?

Echo de menos


Benjamín Recacha García

Foto: Benjamín Recacha García

Saciado de vacío.

A veces es como me siento.

Y entonces lo que más echo de menos

son las caricias y los besos.

Y las risas;

cómo echo de menos las risas.

Y los silencios compartidos.

Porque el estruendo del silencio en soledad

me perfora el alma.

Cápsulas de felicidad


Fotos

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

Mírate. Qué cara de felicidad tenías ahí. A los diez años la vida es una promesa continua de juegos y aventuras. ¿En qué momento se nos olvida? ¿Cuándo empezamos a complicarnos con obligaciones, con la maldita responsabilidad?

En esa foto estáis todos radiantes. Mira a Silvia, cómo ríe. ¿Cuánto hace que no hablas con tu hermana? Las obligaciones… La responsabilidad… Claro.

¿Te acuerdas de los demás? Qué bien lo pasasteis ese verano, ¿eh? Es curiosa la mente. Han pasado…, no sé, ¿treinta años? Y, sin embargo, recuerdas cantidad de detalles de esas vacaciones. En cambio, has olvidado la mayor parte de lo que hiciste la semana pasada. Seguro que todo muy responsable.

¿Qué habrá sido de ellos? ¿Serán felices? Si lo son, seguramente no se pasarán horas contemplando estos fotogramas de un pasado al que te aferras como a un salvavidas, para no acabar de hundirte del todo.

Mira, otra vez con Silvia. Cumplías dieciocho. Montasteis una buena fiesta. Ahí la vida seguía siendo un juego la mayor parte del tiempo, aunque… uf, esa otra foto aún duele, ¿eh?

Patricia era genial. Ni tú mismo te creías que salierais juntos. Y la muy… eligió la noche de San Juan para romper.

Sigues teniendo esa espina bien clavada. Fue la primera gran cicatriz, la primera advertencia seria de que el juego había acabado, de que hacerse adulto significaba dejar de reír a todas horas.

Aunque en la facultad reíste bastante. Es curioso, en parte fue como un regreso a la infancia, un paréntesis para descubrir tantas cosas que hasta entonces apenas sospechabas que existían.

Mírate ahí. Tienes la misma expresión radiante que en la otra foto, la de niño feliz con sus amigos de acampada. También formabais un grupo adorable, aunque hacíais cosas mucho menos inocentes.

Joder, qué época tan estimulante. Recuerdas cada fiesta, cada confidencia, cada charla hasta el amanecer, cada polvo… Ahora bien, de las clases, nada. Eso era vivir, ¿verdad?

El oasis en medio del espejismo.

El espejismo que te ha arrancado las entrañas.

Ella.

¿Por qué no saltas todas esas fotos? ¿Por qué te recreas en el dolor? Sigues buscando una explicación, algo que te convenza de que no has tirado a la basura la mitad de tu existencia…, pero no lo vas a encontrar en esos recortes del pasado.

Cápsulas de felicidad que emborronan el recuerdo y lo manipulan. No pudo ser todo tan feliz como parece en estas fotos. No pudo ser un amor tan sincero, cuando todo acabó derrumbándose en un suspiro, sin saber por qué.

Y el caso es que esos momentos existieron de verdad, y fuiste feliz. Mira esas sonrisas, y los ojos brillantes. No mienten. No puedes borrarlo. No puedes arrepentirte. Pero duele, y no dejas de preguntarte.

Mira, las gemelas. Lo mejor de tu vida.

Y lo peor.

No. No puedes pensar eso, eres su padre. Un padre que permite que lo acechen esos pensamientos es un monstruo. Pero no puedes evitarlo… No son pensamientos, sino sensaciones; no surgen del cerebro, sino del corazón.

Las echas de menos; te duele en el alma no poder acostarlas cada noche, separarte de ellas cada vez que tienes que devolvérselas a su madre… Y a la vez te alivia ahorrarte las broncas, los llantos, las tonterías…

No, no puedes pensar eso, no debes sentirlo. Son tus hijas. Lo mejor que has hecho en la vida.

Y lo peor.

¡Mierda!

No sabes qué habría pasado. No puedes plantear hipótesis absurdas. Habríais acabado igual. Tus hijas no tienen la culpa, así que es ridículo preguntarte qué habría pasado si ellas no hubieran nacido.

Pero te lo planteas. No te das cuenta de lo lastimoso que resultas.

Míralas. Si tuvieras que elegir el momento más memorable de tu vida no dudarías ni un instante. Cuando las viste por primera vez; cuando las oíste, cuando las oliste, cuando las tocaste. No habrá nada, jamás, que se le acerque. Sólo eso es suficiente para que todo lo demás haya valido la pena.

Lo sabes. Te lo dices cada vez que te quedas hipnotizado con esa foto que te traslada a aquel momento, del que recuerdas cada detalle.

Recuerdas las lágrimas de felicidad, y las echas de menos.

Si al menos consiguieras llorar… Pero ni eso. Te has quedado vacío; seco como un torrente en verano.

¿Qué sientes cuando te ves en esa foto, cuando la ves a ella? Fue poco antes del final. No imaginabas qué iba a pasar. ¿Lo sabía ella?

Quieres odiarla, guardarle rencor, culparla de todo. Pero no puedes. Mírala, es la misma mujer de la que te enamoraste, con quien creíste que compartirías el resto de tu vida. En esa imagen aún lo es.

Ahora ya no sabes quién es. Sientes que esa mujer ya no existe. Ahora sólo es la madre de tus hijas. No queda nada de lo que os unió. Y te preguntas cómo es posible, cómo los sentimientos pueden cambiar tan radicalmente.

Te preguntas qué de verdad hay en tu vida, qué significan todos estos recuerdos atrapados en papel…

¿Y ahora, qué? A partir de aquí no hay más fotos a las que agarrarse. Miras adelante, y ves vacío, incertidumbre. Ni rastro de promesas de risas estimulantes; sólo un camino gris.

Responsabilidad y obligaciones. ¿Para qué?

(…)

Mírate. Qué cara de felicidad tenías ahí. A los diez años la vida es una promesa continua de juegos y aventuras.

El final del viaje


Seat Ibiza

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

Ícaro observa la puesta de sol desde lo alto del acantilado. La bola anaranjada ya ha entrado en contacto con la línea del horizonte, y empieza a ser engullida por el océano inmenso. Para ser octubre en el fin del mundo, no hace frío. Apenas sopla el viento procedente del Atlántico; Ícaro, que no está acostumbrado a tanta calma, echa de menos que algún latigazo le golpee la cara. Es lo que merece.

Apura el cigarrillo, y lo lanza al vacío. Y mientras sigue con la mirada su caída, se imagina cómo sería saltar tras él. Siente el corazón acelerarse y bombear adrenalina. Una vocecilla le dice que lo haga, que ya no tiene nada más que perder, que serán unos segundos de excitación máxima y luego, de repente, la nada. Un cuerpo destrozado entre las rocas, azotado por las olas indiferentes a la insignificante tragedia humana. El fin de otra vida vulgar.

Ícaro cierra los ojos, agita la cabeza y se gira. Cuando vuelve a mirar, se encuentra con el viejo Seat Ibiza, el mejor amigo que ha tenido. Aguarda en el arcén, paciente y tranquilo, sin ofrecer ningún signo externo de su enfermedad terminal.

El hombre se pregunta si cumpliría una última misión. Un final a lo Thelma y Louise sería digno de recordar; en verdad, sería lo único con entidad suficiente para ser recordado.

…..

—Lo mejor es que lo dejemos; que cada uno siga su camino.

Ícaro mastica las palabras de Venus, pronunciadas sin entonación, como si estuviera haciendo la lista de la compra. Tienen una textura pastosa, y al tragarlas se le atraviesan en la garganta. «Que cada uno siga su camino», se repite mentalmente, con los brazos apoyados sobre el volante, y la sensación de fracaso es avasalladora.

Un claxon impaciente le hace apartar la vista del limpiaparabrisas. A través de las gotas pertinaces, se da cuenta de que el semáforo está en verde, así que mete primera y pisa el acelerador. Unos metros después, el volante se le va hacia la derecha. La luz en el cuadro de mandos confirma el pinchazo.

A pesar de la lluvia, agradece tener una excusa para salir del coche y ocuparse en algo que le evitará afrontar la situación.

—¿Me has oído?

Ícaro evita el contacto visual. Acciona la maneta de la puerta.

—Voy a cambiar la rueda.

…..

Ícaro siente el espasmo de Venus, sentada sobre él. Durante un rato, la respiración jadeante y ardiente de ella, su lengua ansiosa, el sudor descendiéndole por la espalda, su cabello revuelto, los pezones duros frotándose contra su pecho, le hacen creer que el espejismo es real, que han alcanzado un oasis donde es posible aislarse del desierto en el que se hallaban perdidos.

Regresaban a casa después de otra velada aburrida con esos amigos que lo son por costumbre; otra cena hablando de trabajo, política y del embarazo de Laura. Ya se le apreciaba la barriga. Ícaro miraba a Venus mientras atendían al relato sobre angustias matutinas, dolores de espalda e hinchazón de piernas. Pedro bebía vino y asentía de vez en cuando. Ícaro llegó a fantasear con la irrupción de un bebé en su relación estancada.

—Sólo de pensar en quedarme preñada me entran escalofríos —declaró Venus al poco de montarse en el coche.

Ícaro no dijo nada. En la radio sonaba Somebody To Love, de Queen. Con la vista fija en la carretera, se puso a tararearla.

—No creo que sienta nunca el instinto materno. Veo a Laura tan entusiasmada y, la verdad, no lo acabo de entender. —Suspiró y se recostó en el asiento—. Joder, no la soporto.

Ícaro le lanzó una mirada rápida. Sabía que a Venus le cansaba un poco la felicidad de anuncio de su amiga, pero no se esperaba tanta hostilidad.

—¿No dices nada?

Otra cosa que cada vez la ponía más enferma era el silencio retraído de su novio. Ya prácticamente sólo hablaba con monosílabos.

—¿Qué quieres que diga? Que esté contenta no le hace daño a nadie, ¿no?

—Ya…

Venus meneó la cabeza y se puso a mordisquearse los dedos. Lo hacía para desahogarse cuando estaba inquieta. Que ni siquiera su pareja la comprendiera; peor, que ni siquiera le interesaran sus motivos, le molestaba horrores.

Hotel California, de los Eagles, había tomado el relevo a Queen.

—Métete por ahí —ordenó Venus, con voz firme.

—¿Cómo?

—Que gires por ahí.

Ícaro redujo la velocidad, puso el intermitente, y tomó el camino que los llevaba a la montaña.

—¿Y eso? ¿A qué viene este arranque?

Venus se le acercó y le mordisqueó la oreja mientras le subía la mano por el muslo.

—Tengo ganas de follar; no quiero esperar a llegar a casa —le susurró al oído. Las palabras flotaban en un aliento tan cálido, que le provocaron escalofríos.

…..

Conducir una tarde de primavera, sin prisa, contemplando el paisaje, dejándose acariciar por los últimos rayos de sol, con la brisa oceánica entrando por la ventanilla. Pocas cosas se pueden comparar a semejante placer.

Ícaro apoya la mano derecha sobre el cambio de marchas, con ternura; la otra agarra el volante con suavidad. Está contento y quiere compartir su estado de ánimo con su fiel amigo motorizado. Después de todo, él es el causante de su bienestar.

Piensa en Venus, en el abrazo que se darán al reencontrarse después de tres días, en los besos, las caricias. Harán el amor antes de cenar, quizás en la ducha; a ella le gusta jugar, llevar la iniciativa, y a él le gusta dejarse llevar.

Luego cenarán en la terraza, riendo entre copa y copa de albariño.

Ícaro mira al océano, que refulge con miles de reflejos anaranjados, y sonríe.

…..

—Te recuerdo que mañana hemos quedado a las diez para firmar el contrato del alquiler.

Ícaro rompe el silencio después de casi haberse quedado dormido abrazado a Venus, con la cara apoyada en sus pechos. Siguen desnudos. Las largas sesiones de sexo en el asiento trasero del Ibiza suelen acabar así. Ambos disfrutan de la calma tras haberse devorado.

—¿Mañana? —El cielo empieza a ser más azul que negro—. Querrás decir en un rato.

Ríen, y se besan. Ella le mete la lengua hasta la garganta.

—Eh, que me vas a ahogar…

—Se me ha pasado el sueño… —Con movimientos felinos, se coloca encima de él—, y vuelvo a estar cachonda.

…..

A Ícaro le encanta escuchar Héroes del silencio en el coche, y más si es como banda sonora de un viaje. Para él, las vacaciones comienzan en el momento en que arranca el motor del Ibiza y la música empieza a sonar. Pero lo que más le gusta de estas vacaciones es la compañía. Mira a su derecha y se encuentra con la cara sonriente de Venus, que canta Entre dos tierras imitando la voz de Enrique Bunbury. Los dos ríen como chiquillos. Es lo que son, dos chiquillos enamorados, excitados por el viaje, ansiosos por conocer nuevos lugares, excitados por conocerse.

Ícaro se incorpora a la autopista, y ambos cantan Maldito duende a pleno pulmón.

…..

Se han quedado solos. Es la tercera vez que coinciden un sábado por la noche. Venus es amiga de Virginia, compañera de clase de Ícaro. Él concluye que debe pasárselo bien con el grupito de la facultad, porque las últimas veces que han salido juntos, no ha fallado.

Le gusta.

Le gusta mucho. Es atractiva, pero lo que más le gusta de ella es su sonrisa traviesa e inteligente. Es ingeniosa e incisiva, y se ríe sin complejos.

Esa noche es la primera que Ícaro sale con el Seat Ibiza de sus padres. Hasta ahora se lo habían dejado para ir a la universidad o si tenía que trabajar algún fin de semana. Para salir de fiesta, se conformaba con el viejo Renault 5.

Después de dejar a Virginia, Edu y Mila en sus casas, la de Venus es la penúltima parada.

—Pues ya hemos llegado —anuncia Ícaro—. Ha estado bien, ¿verdad?

Ella no contesta, no al menos con palabras; tampoco hace amago de salir del coche. Se limita a observar a su acompañante mientras sonríe enigmática. Él también sonríe, pero, a diferencia de ella, está nervioso. Fantasea con besarla. Nunca ha besado a ninguna chica en los labios, y carece del arrojo necesario para atreverse a hacerlo esta noche, por mucho que fantasee con ello.

—Es chulo este coche —dice entonces Venus, y mientras habla cambia de postura en el asiento, de modo que queda de cara a Ícaro—, y muy cómodo.

Sonríe pícara, al tiempo que acaricia la tapicería. Ícaro carraspea, cada vez más nervioso.

—Sí, tiene tres años, pero está casi nuevo.

—Ahá… —Venus se le acerca más. Apenas un palmo separa sus rostros—. Bueno, qué, ¿cuándo vas a besarme?

Ícaro da un respingo, y cuando nota el brazo de Venus alrededor de su cuello, cree que el corazón le va a estallar. Entonces cierra los ojos y deja que ella lo guíe.

Esperando al azul


Esperando al azul

Foto: Benjamín Recacha

En cuanto se cerró la puerta, en su cerebro se activó un mecanismo que le reveló la nueva situación con toda su crudeza. Estaba solo. Por primera vez en su vida. Solo.

Una insoportable sensación de fracaso le nació en el estómago, y le subió por la garganta como un tsunami que arrasaba con todo. El endeble armazón de autoconfianza que había ido tejiendo con hilos de esperanzas inciertas durante semanas, desde que fue evidente que la situación era irreversible, quedó destrozado en un instante, sin piedad.

Se dejó caer de rodillas en el frío suelo del pasillo, paseó la mirada desconsolada, la mirada de quien en el momento de la verdad se daba cuenta de que no entendía nada, de que todo había pasado sin apenas ser él consciente de que no había vuelta atrás, la paseó por las paredes desnudas del comedor, la posó en cada rincón vacío de aquel espacio donde durante tanto tiempo habían reinado el cariño y las risas, y surgió el llanto, a borbotones, impulsado por la fuerza desgarradora que, tras el largo asedio invisible, lo había invadido sin hallar la más mínima resistencia.

…..

El nuevo piso no estaba mal. Era pequeño (no necesitaba más espacio) y luminoso. Aunque tenía más de cuarenta años, lo habían reformado hacía poco, y el alquiler era asequible. El olor a recién pintado, y a muebles nuevos en la cocina, lo reconfortaron un poco.

Había permanecido dos días más en el piso anterior, sin apenas levantarse de la colchoneta hinchable donde había dormido durante las dos últimas semanas de convivencia. Había llorado, y se había dado pena a sí mismo. Caer en el derrotismo y en la autocompasión era tentador, así que durante cuarenta y ocho horas se había entregado a ello con esmero. Hasta esa mañana.

Al despertarse, se había dado cuenta de que no le quedaban lágrimas y de que continuar con el martirologio le producía una pereza inmensa. De modo que se levantó y, con caminar renqueante, subió la persiana hasta arriba. Estaba nublado, pero no llovía. «Así me siento yo, tan gris como este cielo».

Le quedaban aún tres días de margen para entregar las llaves del que había sido su dulce hogar durante cinco años largos, pero en aquel momento, con la vista fija en el gris compacto que había pintado el cielo, decidió que ya estaba bien de comportarse como un alma en pena. Se mudaría esa misma tarde.

…..

Al principio, lo que más echaba de menos era el despertarse cada mañana con su hija saltando sobre él en la cama. «¡Al abordaje!», gritaba, entrando como un vendaval en la habitación, y saltaba, cual pirata sanguinario, sobre el desdichado navío que trataba de mantenerse a flote, sin saber por dónde le venían los zarandeos.

Algunas mañanas, el abordaje pirata lo hacía despertar de mal humor, pero ahora sólo recordaba las guerras de cosquillas y a Laia deshaciéndose en carcajadas.

Y dolía.

Había momentos en que la soledad era apaciguadora, pero en otros, los más, aquel silencio se le hacía ensordecedor. Esa mañana, por ejemplo. Había pasado una semana. Llevaba un rato despierto. La luz entraba por las rendijas de la persiana, y él estaba tumbado boca arriba, con los ojos clavados en una pequeña grieta en el yeso del techo. Por un instante, imaginó que un rayo de sol se colaba a través de ella.

Sacudió la cabeza, se liberó del edredón, y abandonó la cama. Se dirigió hacia la ventana y, despacio, levantó la persiana. Estaba nublado. Un día más. Aquel principio de otoño, el sol apenas se había dejado ver. «Se está solidarizando con mi estado de ánimo», pensó, con una sonrisa triste en los labios.

Las vistas eran bonitas. La ventana daba a un parque grande, sin edificios colindantes. Más allá se extendían los campos de cultivo y las montañas forradas de verde, de cimas redondeadas. Se detuvo en una de ellas, y, al levantar la mirada hacia el cielo, el agujero azul en las nubes le provocó un leve hormigueo en el estómago.

…..

Lo peor era cuando se tenía que despedir de Laia. Aunque la veía alguna tarde entre semana, los días que lo separaban del siguiente fin de semana en que la tendría sólo para él transcurrían con una lentitud exasperante, lentitud que contrastaba con la rapidez desesperante con que las horas juntos se le escapaban entre los dedos.

La niña siempre tenía un aspecto inmejorable. Se había adaptado bien a la nueva situación y crecía sana y feliz. Disfrutaban al máximo el tiempo compartido y, a la hora de la despedida, ella lo abrazaba fuerte y le pedía que se cuidara, mientras que a él el nudo en la garganta le impedía hablar. No quería que lo viera llorar.

Ese domingo de noviembre, el cielo estaba inusualmente estrellado. Mientras apuraba un cigarrillo asomado a la ventana, pensaba en la conversación que había mantenido con su hija de cinco años mientras comían. Tenía frío en los brazos; la temperatura había bajado unos cuantos grados desde la tarde, pero eso no lo ahuyentó. Al contrario, la sensación de frío lo hacía sentir más vivo. Dio una nueva calada al cigarrillo y expulsó el humo hacia las estrellas.

«Papá, te tengo que contar algo que a lo mejor no te gusta», le soltó, muy seria, entre bocado y bocado de su escalopa de pollo. Él la miró con las cejas arqueadas y la animó a continuar. «Pues, verás, es que mamá tiene novio».

Aquello fue como una bomba atómica. Por previsible que fuera que una mujer simpática e inteligente continuara con su vida, él no estaba preparado todavía para pensar en ello. «¿Te has enfadado?», le preguntó Laia, con la misma seriedad, y, sin esperar respuesta, concluyó: «Creo que no te lo tendría que haber contado, pero no te preocupes, que, aunque David parece simpático, yo sólo te quiero a ti como padre».

Dejó escapar la última bocanada de humo venenoso y, respondiendo a un impulso inconsciente, se puso a reír. Rememoraba la expresión de adulta en miniatura de su hija, imaginaba a su ex flirteando con aquel desconocido, y una risa incontrolable y catártica lo dominaba. Rio a carcajadas, liberando la tensión acumulada durante meses, hasta que, exhausto pero satisfecho, regresó al interior de su nuevo hogar.

…..

Aquella noche durmió como no recordaba. Ocho horas de un tirón. Al despertar, había recuperado una seguridad en sí mismo de la que apenas era consciente haber sido poseedor. Estaba descansado y de buen humor. Notaba los músculos relajados y las extremidades ligeras. «Pues igual me voy a correr antes de trabajar», fue el loco pensamiento que surgió de su mente mientras se incorporaba.

Bajó de la cama de un salto, y en dos zancadas se plantó junto a la ventana. Descorrió la cortina y levantó la persiana con movimientos enérgicos.

El sol brillaba espléndido en un cielo tan azul que alimentaba los sentidos.

Ya dolía un poco menos.

Laura


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

El metro hace su entrada en la estación. Laura, sentada en el banco de piedra del andén, se incorpora con movimientos pausados y espera a que se abran las puertas. El vagón vomita un reguero de pasajeros, que, como un solo organismo, sortea a varios obstáculos humanos empeñados en avanzar a contracorriente y se desplaza en masa hacia las escaleras mecánicas.

Laura, caminando despacio, entra en el convoy cuando las señales acústicas advierten del inminente cierre de puertas. Con el mismo aire ausente, que contrasta con la sensación de urgencia que transmite la mayoría de pasajeros, toma asiento entre una mujer pequeña y redonda que sostiene entre las piernas un cesto cargado con la compra, y un hombre de piel oscura y ojeras marcadas, que regresa a casa tras otra larga jornada laboral.

Laura se coloca en el regazo el bolso de tela, con bonitas mariposas de colores bordadas, que le regaló Oriol por su cumpleaños. Era detallista. Ese fue uno de los motivos que la llevó a fijarse en él.

Como la espectadora de un anodino programa de televisión, ve cómo sus manos abren el bolso, extraen un libro y buscan el punto donde se ubica el marcapáginas plateado decorado con motivos élficos. También fue un regalo de Oriol.

Resulta extraño, porque son sus manos, es su bolso, es su libro y, sin embargo, ella no es consciente de haber ordenado ninguno de esos movimientos.

Se lleva las manos al pelo, a la larga cabellera lisa y rubia que tanto le gustaba a Oriol. A ella también le gusta. Agarrarse los mechones casi desde la raíz y deslizarlos entre las manos, lentamente, hasta la punta. Eso hace ahora.

Trata de fijar la mirada en el libro, pero sus ojos sólo ven pequeñas letras oscuras que se apelotonan en palabras sin sentido. En realidad, su cerebro procesa otras imágenes, localizadas en otro momento y en otro lugar. Y mientras lo hace, ella no deja de acariciarse el pelo.

Cuando llega a la punta de un mechón, deja que se le escurra entre los dedos y se lleva la mano, muy despacio, a la oreja. El contacto con el pendiente con forma de mariposa es agradable. Una mariposa azul y amarilla en una oreja, y verde y roja en la otra. Son muy infantiles; lo sabe. Pero le llamaron la atención, y Oriol se los regaló.

Era detallista. Le encantaba acariciarle la larga melena, y a ella le gustaba que lo hiciera. No perdía ocasión de decirle lo mucho que la amaba, que era lo mejor que le había pasado en la vida. Se lo decía mientras enredaba los dedos de aquellas manos tan cálidas en sus largos mechones rubios. Y ella se dejaba hacer.

Después de tocarse el pendiente, se coloca el pelo detrás de la oreja, y vuelve a empezar, ahora con la otra mano. Toma un nuevo mechón y lo recorre con dulzura, con gesto aletargado, hasta llegar a la punta.

El metro se detiene en la siguiente estación. La pequeña mujer redonda desciende con dificultad del asiento (y es que apenas toca con las puntas de los pies en el suelo), levanta el pesado cesto y, renqueante, abandona el vagón.

Laura, con un movimiento distraído, se lleva una mano a la cabeza y palpa el bulto. Aunque han pasado semanas, la costra sigue ahí. Ya no le duele. Tampoco le duele el hueco, unos centímetros más atrás, casi en la coronilla, que dejó el mechón arrancado. Ya nada le duele.

A Oriol le encantaba acariciarle el pelo, y a ella también le gusta. Lleva haciéndolo toda la tarde, desde que salió de la ducha, con la misma parsimonia meticulosa. Se agarra el mechón casi desde la raíz y, lentamente, lo recorre hasta sentir cómo los suaves y largos cabellos se le escapan entre los dedos.

El hombre de piel oscura y ojeras marcadas la mira. Por su mente cruza la impresión de que se toca el cabello de manera compulsiva. Piensa que tiene un pelo bonito, pero la forma obsesiva de acariciárselo le provoca rechazo, así que desvía la mirada.

A Laura le da igual lo que piense la gente. Lo que le importa es que ya no le duele nada, y que puede acariciarse el pelo tanto como quiera. Nunca más volverán a hacerle daño; Oriol lo sabe mejor que nadie.

Ahora está tan tranquila que le cuesta asimilar que es la misma persona que unas horas antes se dirigía a casa de Oriol al borde de la taquicardia. Le temblaban tanto las piernas que casi no podía andar. Vuelve a tocarse la costra. Ya no le duele.

Recuerda cómo se asustó al notar la sangre resbalándole por la cara. Oriol la ayudó a limpiarse, le hizo una primera cura de urgencia y la llevó al hospital. No fue hasta encontrarse tumbada en la soledad de su cama, con diez puntos de sutura en la cabeza, que comprendió lo sucedido. Pero no podía ser; a Oriol le encantaba acariciarle el pelo, y a ella le gustaba que se lo acariciara. Le hacía regalos, porque era detallista y porque ella era lo mejor que le había pasado en la vida.

La voz robótica de la megafonía anuncia la próxima estación. Una niña de largas trenzas con lazos rojos en las puntas, que se sienta en frente de Laura, la mira con curiosidad. Le gusta su pelo y le sonríe, mostrando dos grandes mellas. Pero Laura no la ve. Sus ojos vuelven a mirar a los ojos rebosantes de deseo de Oriol; a sus manos, cargadas de caricias.

Ahora Laura está tranquila, porque ya no le duele nada y sabe que nadie le volverá a hacer daño. Pero sólo unas horas antes estaba al borde de la taquicardia; aterrada ante la posibilidad de que su plan no saliera bien.

Nota el tacto agradable de sus cabellos finos y sedosos entre los dedos. La madre de la niña sonriente le da una palmada en el muslo para que deje de mirar a la muchacha que no para de tocarse el pelo. Pero Laura no la ve. Ella está viendo, otra vez, las manos de Oriol, enredarse en sus mechones, acariciarlos, agarrarlos suavemente, recorrerlos de arriba abajo mientras le vuelve a decir lo mucho que la ama.

Y entonces vuelve a notar el tirón. Ahora ya no le duele, porque sabe que ya nadie le volverá a hacer daño, pero en el recuerdo sí. Las pequeñas letras amontonadas del libro se transforman, se mueven hacia un lado y hacia otro, arriba y abajo, hasta dibujar el rostro crispado, sediento de deseo de Oriol. Y vuelve a ver sus ojos, que le dicen lo mucho que la ama mientras le agarra su preciosa melena rubia y tira de ella con fuerza creciente, hasta que le arranca un mechón.

Ya no le duele. Nadie, nunca más, volverá a hacerle daño. Y Laura ve cómo Oriol se lleva el mechón a los labios y lo besa, fuera de sí, atrapado en el deseo. Y entonces cruza los dedos para que sea suficiente, para que sea la última vez que le arranca el pelo, para que no haya más golpes, ni heridas, ni regueros de sangre, para que no haya más visitas al hospital.

De Oriol le gustaba, sobre todo, lo detallista que era. Pero no echará de menos sus regalos. Ya tiene los pendientes de mariposa, el marcapáginas con motivos élficos, el bolso estampado…

Laura deja de tocarse el pelo y dirige su atención al bolso con mariposas estampadas. Lo abre en busca de nada en concreto. Quizás sólo quiere comprobar, antes de seguir acariciándose la suave y larga melena, que todo está en orden.

Le cuesta creer el haber sido capaz de llevar a cabo su plan. En realidad, no era un plan muy sofisticado. Supo que había funcionado cuando, pocos instantes después de besar el mechón, la cara de Oriol mutó en la expresión aterrorizada de quien no sabe qué le pasa pero sabe que es horrible. También ella se asustó, y fue muy desagradable verlo llevarse las manos, aquellas manos tan cálidas, al cuello, presa del pánico, mientras empezaba a salirle espuma por la boca. Oriol se retorcía de dolor y gruñía. Laura se alejó poco a poco, hasta dejarlo solo en la cama. Un par de minutos después, cesaron las convulsiones. Laura entró en el cuarto de baño, se lavó a conciencia el pelo y las manos, procurando evitar la más mínima salpicadura en la cara, y se duchó.

El metro ha parado en una nueva estación. Laura mira el interior del bolso y respira tranquila al localizar el bote de cianuro. Por la mañana lo volverá a dejar en el laboratorio. Nunca pensó que ser química le ayudaría a eliminar el dolor de su vida.

A pesar de la regañina de su madre, la niña mellada continúa dirigiendo miradas fugaces a la muchacha que, cuando las puertas se cierran, vuelve a acariciarse el largo cabello rubio. Se agarra un mechón casi desde la raíz y, lentamente, lo desliza entre sus dedos.

Está tranquila, porque nadie, jamás, volverá a hacerle daño.