Miradas que no fueron y anillos de flores (I)


No se giró. Me quedé esperando hasta que llegó a la esquina, pero no se giró, y algo en mi interior me dijo que aquella sería la última vez que nos veríamos... 

Noto una leve presión en el brazo, y veo que la causante es una mano con anillos en cada dedo. Tienen forma de flor. Cada una de un color diferente.

—¿Dónde te has ido? 

Levanto la cabeza y me encuentro con unos ojos preciosos. Son verdes, creo. También podrían ser de uno de esos tonos marrones que confundo con el verde. 

—Sigo aquí. 

También mi tarrina de helado de after eight, sólo que ahora es una sopa de menta con tropezones de chocolate negro. 

—¿Por qué aceptaste la cita? 

Los ojos verdes, o marrones, forman parte de un rostro que los cánones de belleza no calificarían de bonito, pero sin duda es seductor. La combinación de las pecas, los labios gruesos y el pelo rizado teñido de un rojo intenso es más atractiva en vivo que en las fotos de Tinder. Y la sonrisa. Sonríe con todo el cuerpo, de forma sutil, aunque en realidad no esté sonriendo. Yo me entiendo. 

¿Por qué acepté? Remuevo la sopa de menta con chocolate y tomo una cucharada. Los ojos sonrientes de color indefinido siguen atentos la operación mientras esperan mi respuesta. 

Porque no se giró. 

Las arrugas que aparecen en su frente revelan lo que pensaría cualquier mujer sensata: «Otro zumbado». 

Enseguida las arrugas se atenúan, y la sonrisa sutil recupera su espacio. Se inclina ligeramente para dar un sorbo a su horchata, y cuando se incorpora inspira profundamente. Eso me obliga a redirigir mi mirada a su escote, que se hincha como un chaleco salvavidas. Uno que perfectamente podría salvar dos vidas. 

—Sé que me voy a arrepentir por preguntarlo, pero ya que estamos… Si me arrepiento demasiado, pasaré de la horchata a los cubatas. —Dicho esto, apura el vaso sorbiendo la pajita con un lenguaje corporal que deja poco ligar, lugar bueno, ligar es correcto…— ¿Quién no se giró, y por qué estás pensando en ella, porque supongo que es «ella», mientras me miras las tetas? 

Y acaba la pregunta recolocándose el escote. Es decir, ampliándolo. Soy gilipollas. Mucho. 

Perdona, seguro que hay un montón de tíos haciendo cola para quedar contigo, y has ido a elegir al más memo. 

—Tú también estabas en la cola. Siento curiosidad, así que cuéntamelo. 

—¿Por qué estaba en la cola? 

—Eso luego; primero, lo de la chica que no se giró. 

Me fijo en la sopa que en algún momento fue un heladoAhora ya da un poco de asquito. 

—Si no te importa, me voy a pedir una cerveza. ¿Pregunto si preparan cubatas? 

Suelta una carcajada espontánea. Madre mía, estás como un queso. 

—¿Cómo me llamo? No vale mirar el móvil. 

Qué chorrada de pregunta. Te llamas… te llamas… Gilipollas es poco… Espera, sí, te llamas… Sandra. ¡No! No es Sandra, esa era la otra, la del tatuaje en la mejilla. Tenía su cosa, pero al final probaste con Silvia, la del pelo rojo. Sí, Silvia. 

—Silvia. 

—Prueba superada, pero estás sudando. 

—Necesito la cerveza. 

Ahora ríe burlona. Me levanto aliviado. Hace calor, pero no tanto como para que las gotas de sudor me resbalen por la sien. 

—¿Y yo? 

—¿Tú qué? 

—Que cómo me llamo. 

Coge su vaso vacío y me lo entrega mientras se pasa la lengua por el labio superior. 

—Me lo has dicho hace un momento: Memo, como el pez. 

—Ese era Ne… 

—Lo sé, señor Memo. Tráeme una birra. Pagas tú. 

Me lo merezco. Es divertida y tiene un humor incisivo. Es más inteligente que yoirradia una seguridad en sí misma que estimula e intimida a partes iguales, y me lo estaba perdiendo. ¿Por qué no se ha ido aún? Igual cuando vuelva de pedir me ha dejado plantado. Mierda, me tengo que poner la mascarilla. No me acostumbraré nunca. 

….. 

Ves el cuerpo en la acera. Un hombre se ha arrodillado junto a él y le habla sin atreverse a tocarlo. Cerca, una mujer saca el móvil del bolso, supones que para llamar a emergencias; seguramente, aproveche también para hacer alguna foto y colgarla en TwitterOtra mujer gesticula nerviosa, y la oyes gimotear. Poco a poco, más gente se acerca cautelosa. Tú sigues asomada a la ventana del comedor de un cuarto piso. Te ves asomada a ella, como si asistieras a la escena desde un plano superior. Siempre que lo recuerdas, tienes la misma sensación; hasta que te parece verlo mover las piernas. Entonces, regresas de inmediato al plano subjetivo, porque te invade la necesidad imperiosa de esconderte, como tantas otras veces. Te apartas de la ventana, te sientas con la espalda apoyada en la pared y, abrazada a las rodillas, tiemblas. 

….. 

No se ha ido, pero seguramente está buscando en el móvil al próximo memo. 

—Asegúrate de escoger bien. 

Me dedica una mueca de falsa indignación, agarra la cerveza, la limpia un poco con una servilleta de papel, y da cuenta de medio botellín de un tirón. Es fascinante. 

—Sí que tiras pronto la toalla. —Se pasa el dorso de la mano por la boca, y ese gesto a priori tan ordinario también resulta seductor—. Va, no te escaquees más. 

Un segundo. —Mmmmm… qué bien entra la cerveza—. ¿Has estado enamorada? 

Abre los ojos de una forma tan exagerada que resulta cómica. Y, claro, río. 

—Pero vamos a ver… 

—Seguro que nunca habías tenido una cita tan ridícula. —Sigo riendo—. Si lo piensas, puede servirte de catarsis. Probablemente, después de «esto», volver a verme será en lo último que pienses, así que, puestos a cagarla, déjame hacerlo bien. Igual existe un récord Guinness de las primeras citas más absurdas; lo buscaré. 

—Pero no entiendo la relación entre mi vida amorosa y las mujeres que no se giran a mirarte… 

—Me explico, ya verás cómo sí la hay. —Me mira escéptica—. Si alguna vez has salido con alguien que te gustaba de verdad, seguro que al despediros te girabas para un último adiós, aunque os fuerais a ver poco tiempo después. —Me mira, pero no se fija en mí, sino en alguien en su recuerdo—. ¿Ves? A eso me refiero. Esa última vez, ¿te giraste? 

La noto incómoda. Su cuerpo ha dejado de sonreír. Baja la mirada, coge la cerveza, por desviar la atención, y bebe sin entusiasmo. 

—Déjalo. Yo sólo quería pasar un rato divertido. Conocer a alguien nuevo y quién sabe qué podía pasar, pero no me apetece nada hurgar en mis heridas. 

—Perdona. Sin duda, ese récord ya es mío… —Fuerza una sonrisa, pero ha perdido el esplendor que irradiaba. Me estiro en la silla y respiro hondo—. Hace tres meses de aquella última mirada que no fue. Ella me gustaba mucho. Sólo habíamos salido unas pocas veces, pero hacía tanto tiempo que no me sentía tan bien junto a alguien, que me agarré a la posibilidad de que funcionara de verdad. —Me inclino hacia delante y apoyo los brazos en la mesa. A unos pocos centímetros se hallan entrelazados cinco dedos adornados con anillos de flores y otros cinco desnudos, excepto el anular, donde lucuna llamativa reproducción de Audrey Hepburn en Breakfast at Tiffanys’s—. Un día quedamos para comer. Estuvo tan bien como siempre. Nos contamos nuestras cosas, reímos, nos dimos cariño y, al despedirnos, cada uno tomó una dirección diferente. Mientras caminaba, me giré, esperando que ella también lo hiciera, pero no lo hizo. La vi desaparecer tras la esquina, y algo en mi interior me dijo que esa sería la última vez que la vería. Y así fue. 

Me obligo a sonreír y acabo con la cerveza. 

—Lo siento. 

—No tienes por qué. Yo debería estarle agradecido; si no, no habría tenido la oportunidad de lograr un récord Guinness. 

Ríe. Sus ojos recuperan parte del brillo. Se acaba la cerveza. 

—Pero no lo estás. 

—¿Cómo? 

—Agradecido. No le estás agradecido. 

—Soy gilip… 

—No, si lo entiendo. A nuestra edad, no es fácil encontrar oportunidades así. Las mochilas pesan demasiado, y suelen estar repletas de mierda que lo ensucia todo. 

—No te voy a pedir que me cuentes nada. 

—No voy a hacerlo. A ti, en cambio, te queda una pregunta por responder. —Sus ojos verdes, o marrones, vuelven a brillar juguetones—. ¿Qué hacías en la cola? 

—¿En qué cola? 

—No te hagas el despistado. Ya sabes a qué me refiero, por muy «memo» que seas. 

Le miro las manos, con los dedos aún entrelazados. Me la imagino preparándose para la cita con el «memo», seleccionando la combinación de anillos adecuada para la ocasión… 

Audrey Hepburn es mi actriz preferida, y me encantan las flores. 

(Continuará)

No lo soportas


Imagen de analogicus en Pixabay.

Ves el cuidado con el que mueve el ataúd, y vuelves a notar la punzada helada en el hueco donde tuviste el corazón. El enterrador, tu enterrador, trata a los muertos con una atención reverencial y, aunque no lo soportas, estás condenado a ser testigo del ritual un día tras otro.

Sentado junto al grupo que se despide de su ser querido entre murmullos y gimoteos, el viejo perro pasa tan desapercibido como tú. Entonces, el animal aúlla, cosa que algunos de los humanos interpretan como una muestra solidaria de dolor. Una chica se le acerca, rebusca en el bolso y le ofrece unas galletas, y el chucho se relame mientras agita la cola.

Nada de eso distrae al enterrador, a tu enterrador, de su tarea. Desde el borde del nicho que pronto recibirá a su nuevo ocupante, lo ves acariciar el ataúd y cómo lo ajusta a la plataforma de la grúa. Desliza sus manos rugosas sobre la madera, con la delicadeza que nunca te dedicó a ti. Y en sus ojos ves la dulzura con la que jamás te miró.

El enterrador, tu enterrador, acciona el mecanismo elevador. En unos segundos volveréis a estar cara a cara. Le volverás a decir cuánto lo quieres. Le dirás que, a pesar de todo, no le guardas rencor por lo que hizo. Y volverás a darle la oportunidad de que te pida perdón.

Estás seguro de que esta vez te escuchará, y de que por fin verás en sus ojos claros el amor que nunca te demostró en vida.

Ni siquiera el día de tu entierro, el enterrador, tu enterrador, te trató con el cariño que le dedica a los otros muertos.

Y no lo soportas.

Confinado el corazón


Imagen libre de derechos obtenida en Pixabay

Aislados de la vida.

Encadenados a la tristeza que agotó las lágrimas, al transitar rutinario.

Engullidos por la masa sometida a la dictadura de la norma, a la uniformidad que señala al disidente.

Resignados a la realidad; ni siquiera resignados: abducidos por ella.

Militantes acríticos del clan, dimisionarios de nuestra conciencia.

Aislados de nosotros mismos, y de los sueños olvidados.

Encerrados en una burbuja temporal, esperando a que explote para regresar a nuestro tiempo gris.

Incapaces de imaginar otro estilo de vida, asustados de imaginar que sea posible imaginarlo.

Acomodados en nuestro aislamiento emocional, confinado el corazón.

Cierro los ojos


Valle de Pineta

Valle de Pineta, Pirineo Aragonés, desde la cima del Comodoto. Foto: Benjamín Recacha

Cierro los ojos… y

Escucho el silencio,

Acaricio el viento,

Huelo la lluvia,

Admiro la armonía,

Saboreo la libertad…

De mi patria sin fronteras.

El día que morí


Imagen libre de derechos obtenida en Pixabay

El día que morí, murieron otras muchas personas, como cada día. Yo lo hice después de una vida larga, de la que, haciendo balance de los buenos y malos momentos, me puedo considerar afortunado. Habría preferido evitar el mal trago de la embolia que me postró en la cama durante dos semanas de agonía; un infarto mientras dormía habría sido más benévolo, pero qué se le va a hacer.

Otros lo pasaron peor, y su fin fue, a todas luces, mucho más injusto.

El día que morí, también murió un obrero a quien le cayó encima una pared mal apuntalada. Murieron una madre y su hija, atropelladas por un conductor borracho; y una mujer, ejecutada a pedradas por tratar de huir de un marido que la maltrataba. Otra murió desangrada, como consecuencia de un aborto clandestino.

Un hombre murió tras lanzarse al vacío desde la azotea del edificio de donde lo iban a desahuciar. A una prostituta la estrangularon tras haberla violado, y tiraron el cuerpo en una cuneta.

El día que morí, una patera con treinta personas a bordo se hundió en medio del mar, sin que nadie atendiera sus llamadas de socorro. Otras diez murieron al intentar saltar una valla fronteriza, víctimas de los disparos de los guardias.

Ese día, el que yo morí, un misil “extraviado” hizo saltar por los aires una escuela, con más de cien niños y varios maestros dentro. En otro lugar, las bombas certeras arrojadas desde un avión borraron del mapa un pueblo entero y a sus dos mil habitantes.

El día que morí, en un país olvidado, incontables personas anónimas murieron de hambre.

A mí me mató una embolia. No fue agradable, pero morí en la cama de un hospital, con mis manos entre las cálidas manos de mi esposa amada.

El día que morí, una mujer murió dando a luz en la cárcel. Y del cemento agrietado de sus muros brotó una flor diminuta.

Amarillo, rojo y azul


Anciano

Imagen libre de derechos obtenida en Pixabay.   Autor: omaralnahi

El abuelo le da miedo. Los domingos Luna se hace la dormida, con la esperanza de que mamá olvidará la visita a la residencia, pero siempre se acuerda. «Verte lo pone contento», le dice. Sin embargo, Luna nunca ha visto sonreír al abuelo, ni hablar; ni siquiera una señal de reconocimiento en su expresión vacía.

El autobús las deja frente al viejo recinto de muros grises que dan a un jardín instalado en un otoño perpetuo, sin flores ni pájaros. Luna agarra fuerte la mano de mamá.

—Hija, estás helada.

Y rígida, como cada domingo.

Mamá pulsa el timbre. Mientras esperan, Luna huele la humedad. Imagina que así debe oler una casa abandonada y oscura, pero en la residencia hay mucha gente.

Se pregunta por qué si el abuelo es alguien a quien hay que querer, vive en una casa con rejas, como una cárcel. Una vez se lo preguntó a mamá, y lloró. Papá se había marchado hacía poco dando un portazo. Casi no recuerda a papá, pero el portazo aún retumba en su cabeza.

Por el jardín vagan algunos ancianos. Parecen fantasmas. Luna se acerca más a mamá y desea que la visita acabe pronto.

El abuelo las espera en su silla de ruedas, en el centro de una sala triste como un día nublado, de donde han borrado el amarillo, el rojo y el azul, los colores favoritos de Luna.

—Hola, hija.

La voz surge, lenta y apagada, desde un lugar muy profundo. Luna cree que la ha imaginado, pero entonces se da cuenta de que el abuelo las mira.

Mamá se le acerca, le acaricia la cabeza y lo besa en la mejilla.

—¿Cómo estás, papá? —pregunta con dulzura.

Luna no puede apartar la vista de los ojos del abuelo. Por primera vez parecen los de una persona. Amarillos, cuarteados por venillas rojas, y con un extraño cerco negro en torno a un pequeño círculo azul casi translúcido.

«Amarillo, rojo y azul», reflexiona sorprendida. Se ha soltado de la mano de mamá, y observa desde la distancia.

—Luna, ven a saludar a tu abuelo. ¿No ves qué contento se ha puesto?

El rostro anciano parece tan inexpresivo como siempre, pero en sus ojos ve reconocimiento y, con el corazón acelerado, se le acerca. Un movimiento en la ventana llama su atención. Sonríe al descubrir al gorrión posado en la reja.

«A mí también me gustan los pajarillos».

Luna está segura de que el abuelo le ha hablado con el pensamiento. Se gira hacia él, y vuelve a quedar atrapada en su mirada.

—Dale un beso al abuelo, hija.

«Amarillo, rojo y azul», se repite, y se detiene junto a la silla. El abuelo levanta las manos temblorosas. Luna las coge, y se le congela el corazón: el cerco oscuro en torno a la pupila crece despacio, hasta que los ojos se convierten en dos bolas negras.

«A mí también me gustan los pajarillos», escucha Luna en su cabeza.

El abuelo sonríe mientras sus ojos se deshacen.

Besos en el viento


Valle de Pineta

Foto: Benjamín Recacha

La huella del alud atraviesa de forma dramática la ladera de la montaña.

Sigues con la mirada la cortina de árboles caídos que dibuja la nueva cicatriz en el corazón del bosque, y te maravillas de la exactitud con que se reproduce cada primavera.

Esta mañana la ascensión te ha costado más que de costumbre. Llevas un rato sentado en la roca de siempre y continúas exhalando espesas columnas de humo blanco.

A pesar del frío, tienes la camiseta interior empapada en sudor, y mientras recuperas el resuello el aire helado se te clava en los pulmones.

«Me hago mayor», concluyes.

Ayer no acudiste a tu cita diaria por culpa del temporal que ha dejado más de un metro de nieve en pleno mes de mayo.

Debilitado, sudoroso y boqueando como un pez fuera del agua, el caso es que aquí estás de nuevo, admirando la obra de la naturaleza implacable.

Piensas en los días de tu juventud, en las primeras veces que subiste hasta la atalaya desde la que dominas el valle. Entonces no lo hacías a diario; te gustaba descubrir nuevos rincones, aprovechando que tenías las piernas frescas y la mente ansiosa de conocimiento.

Miras en torno. El maldito cambio climático está dejando su huella. El glaciar pronto será un recuerdo, como los que ocupan la mayor parte de tu tiempo, pero la esencia es la misma; la magia del lugar te sigue proporcionando la energía que necesitas para superar un día más.

Sin ella, hace tiempo que te habrías esfumado como el vaho que sale de tu boca.

Detienes la mirada en la pequeña manada de sarrios. Te observan desde las rocas, con el cuello estirado. Han interrumpido su excursión matutina en busca de los brotes bajo la nieve. Saben quién eres; te ven cada día, pero el instinto no les permite bajar la guardia. El mismo instinto que dirige tus piernas y tu corazón.

«Prométeme que no dejarás de venir. Yo te esperaré todas las mañanas».

—Aquí estoy, mi amor.

…..

—Prométemelo, prométeme que lo harás. Necesito saberlo. —Sus ojos te imploran. Los vela la culpa, y necesitan tu perdón. «¿Qué quieres que te perdone? Estoy tan destrozado que sólo espero desaparecer junto a ti»—. Es nuestro rincón mágico. Recuerdo la primera vez que me pediste que te acompañara hasta aquí… Cuando llegamos no podía creer que tanta belleza fuera posible… Lloré de emoción —las lágrimas te resbalan silenciosas por las mejillas, impulsadas por un dolor tan intenso que en cualquier momento te impedirá respirar—, y me abrazaste.

La ves acercarse con los brazos extendidos; los tuyos cuelgan inertes.

—No podré seguir adelante sin ti… —No lo aceptas, no es posible que todo acabe sin más. Entonces levantas la cabeza y aprietas los puños, en un arrebato de rabia—. Tiene que haber algo que podamos hacer.

Te abraza y apoya la cabeza contra tu pecho. No puedes imaginarte sin ella; tiene que ser un error… Esa persona tan maravillosa, tan llena de vida, no puede desaparecer. Le besas el pelo, y ya no puedes controlar el llanto.

—Seguirás adelante, porque yo estaré aquí, en cada roca, en cada flor, en cada corteza de árbol, en cada insecto, en cada nube… —Te coge la cabeza con las dos manos, trata de secarte las lágrimas con sus dedos y te obliga a que la mires. Te sientes ridículo ante su entereza—. En cada soplo de aire. Cuando llegues cada mañana te recibiré con mil besos. —Te atrae hasta que vuestros labios se encuentran, y te regala un beso tan cálido que en ese momento sientes que nada malo puede pasar—. Pero necesito que me lo prometas.

Se lo prometiste, y durante unas semanas pareció que todo había sido una pesadilla. Hasta aquella mañana en que las fuerzas la abandonaron de golpe. Sin embargo, hasta el último momento conservó la sonrisa. «Prométemelo», te susurraba, y tú asentías, sin permitir que la desesperación que te consumía aflorara.

…..

—Aquí estoy, mi amor —murmuras, y entonces recibes sus besos a través del viento, esos besos que te proporcionan la energía necesaria para aguantar un día más.

Como cada mañana, tras unos minutos de alerta, los sarrios deciden que no supones ningún peligro y reanudan su paseo en busca del desayuno.