El final del viaje


Seat Ibiza

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

Ícaro observa la puesta de sol desde lo alto del acantilado. La bola anaranjada ya ha entrado en contacto con la línea del horizonte, y empieza a ser engullida por el océano inmenso. Para ser octubre en el fin del mundo, no hace frío. Apenas sopla el viento procedente del Atlántico; Ícaro, que no está acostumbrado a tanta calma, echa de menos que algún latigazo le golpee la cara. Es lo que merece.

Apura el cigarrillo, y lo lanza al vacío. Y mientras sigue con la mirada su caída, se imagina cómo sería saltar tras él. Siente el corazón acelerarse y bombear adrenalina. Una vocecilla le dice que lo haga, que ya no tiene nada más que perder, que serán unos segundos de excitación máxima y luego, de repente, la nada. Un cuerpo destrozado entre las rocas, azotado por las olas indiferentes a la insignificante tragedia humana. El fin de otra vida vulgar.

Ícaro cierra los ojos, agita la cabeza y se gira. Cuando vuelve a mirar, se encuentra con el viejo Seat Ibiza, el mejor amigo que ha tenido. Aguarda en el arcén, paciente y tranquilo, sin ofrecer ningún signo externo de su enfermedad terminal.

El hombre se pregunta si cumpliría una última misión. Un final a lo Thelma y Louise sería digno de recordar; en verdad, sería lo único con entidad suficiente para ser recordado.

…..

—Lo mejor es que lo dejemos; que cada uno siga su camino.

Ícaro mastica las palabras de Venus, pronunciadas sin entonación, como si estuviera haciendo la lista de la compra. Tienen una textura pastosa, y al tragarlas se le atraviesan en la garganta. «Que cada uno siga su camino», se repite mentalmente, con los brazos apoyados sobre el volante, y la sensación de fracaso es avasalladora.

Un claxon impaciente le hace apartar la vista del limpiaparabrisas. A través de las gotas pertinaces, se da cuenta de que el semáforo está en verde, así que mete primera y pisa el acelerador. Unos metros después, el volante se le va hacia la derecha. La luz en el cuadro de mandos confirma el pinchazo.

A pesar de la lluvia, agradece tener una excusa para salir del coche y ocuparse en algo que le evitará afrontar la situación.

—¿Me has oído?

Ícaro evita el contacto visual. Acciona la maneta de la puerta.

—Voy a cambiar la rueda.

…..

Ícaro siente el espasmo de Venus, sentada sobre él. Durante un rato, la respiración jadeante y ardiente de ella, su lengua ansiosa, el sudor descendiéndole por la espalda, su cabello revuelto, los pezones duros frotándose contra su pecho, le hacen creer que el espejismo es real, que han alcanzado un oasis donde es posible aislarse del desierto en el que se hallaban perdidos.

Regresaban a casa después de otra velada aburrida con esos amigos que lo son por costumbre; otra cena hablando de trabajo, política y del embarazo de Laura. Ya se le apreciaba la barriga. Ícaro miraba a Venus mientras atendían al relato sobre angustias matutinas, dolores de espalda e hinchazón de piernas. Pedro bebía vino y asentía de vez en cuando. Ícaro llegó a fantasear con la irrupción de un bebé en su relación estancada.

—Sólo de pensar en quedarme preñada me entran escalofríos —declaró Venus al poco de montarse en el coche.

Ícaro no dijo nada. En la radio sonaba Somebody To Love, de Queen. Con la vista fija en la carretera, se puso a tararearla.

—No creo que sienta nunca el instinto materno. Veo a Laura tan entusiasmada y, la verdad, no lo acabo de entender. —Suspiró y se recostó en el asiento—. Joder, no la soporto.

Ícaro le lanzó una mirada rápida. Sabía que a Venus le cansaba un poco la felicidad de anuncio de su amiga, pero no se esperaba tanta hostilidad.

—¿No dices nada?

Otra cosa que cada vez la ponía más enferma era el silencio retraído de su novio. Ya prácticamente sólo hablaba con monosílabos.

—¿Qué quieres que diga? Que esté contenta no le hace daño a nadie, ¿no?

—Ya…

Venus meneó la cabeza y se puso a mordisquearse los dedos. Lo hacía para desahogarse cuando estaba inquieta. Que ni siquiera su pareja la comprendiera; peor, que ni siquiera le interesaran sus motivos, le molestaba horrores.

Hotel California, de los Eagles, había tomado el relevo a Queen.

—Métete por ahí —ordenó Venus, con voz firme.

—¿Cómo?

—Que gires por ahí.

Ícaro redujo la velocidad, puso el intermitente, y tomó el camino que los llevaba a la montaña.

—¿Y eso? ¿A qué viene este arranque?

Venus se le acercó y le mordisqueó la oreja mientras le subía la mano por el muslo.

—Tengo ganas de follar; no quiero esperar a llegar a casa —le susurró al oído. Las palabras flotaban en un aliento tan cálido, que le provocaron escalofríos.

…..

Conducir una tarde de primavera, sin prisa, contemplando el paisaje, dejándose acariciar por los últimos rayos de sol, con la brisa oceánica entrando por la ventanilla. Pocas cosas se pueden comparar a semejante placer.

Ícaro apoya la mano derecha sobre el cambio de marchas, con ternura; la otra agarra el volante con suavidad. Está contento y quiere compartir su estado de ánimo con su fiel amigo motorizado. Después de todo, él es el causante de su bienestar.

Piensa en Venus, en el abrazo que se darán al reencontrarse después de tres días, en los besos, las caricias. Harán el amor antes de cenar, quizás en la ducha; a ella le gusta jugar, llevar la iniciativa, y a él le gusta dejarse llevar.

Luego cenarán en la terraza, riendo entre copa y copa de albariño.

Ícaro mira al océano, que refulge con miles de reflejos anaranjados, y sonríe.

…..

—Te recuerdo que mañana hemos quedado a las diez para firmar el contrato del alquiler.

Ícaro rompe el silencio después de casi haberse quedado dormido abrazado a Venus, con la cara apoyada en sus pechos. Siguen desnudos. Las largas sesiones de sexo en el asiento trasero del Ibiza suelen acabar así. Ambos disfrutan de la calma tras haberse devorado.

—¿Mañana? —El cielo empieza a ser más azul que negro—. Querrás decir en un rato.

Ríen, y se besan. Ella le mete la lengua hasta la garganta.

—Eh, que me vas a ahogar…

—Se me ha pasado el sueño… —Con movimientos felinos, se coloca encima de él—, y vuelvo a estar cachonda.

…..

A Ícaro le encanta escuchar Héroes del silencio en el coche, y más si es como banda sonora de un viaje. Para él, las vacaciones comienzan en el momento en que arranca el motor del Ibiza y la música empieza a sonar. Pero lo que más le gusta de estas vacaciones es la compañía. Mira a su derecha y se encuentra con la cara sonriente de Venus, que canta Entre dos tierras imitando la voz de Enrique Bunbury. Los dos ríen como chiquillos. Es lo que son, dos chiquillos enamorados, excitados por el viaje, ansiosos por conocer nuevos lugares, excitados por conocerse.

Ícaro se incorpora a la autopista, y ambos cantan Maldito duende a pleno pulmón.

…..

Se han quedado solos. Es la tercera vez que coinciden un sábado por la noche. Venus es amiga de Virginia, compañera de clase de Ícaro. Él concluye que debe pasárselo bien con el grupito de la facultad, porque las últimas veces que han salido juntos, no ha fallado.

Le gusta.

Le gusta mucho. Es atractiva, pero lo que más le gusta de ella es su sonrisa traviesa e inteligente. Es ingeniosa e incisiva, y se ríe sin complejos.

Esa noche es la primera que Ícaro sale con el Seat Ibiza de sus padres. Hasta ahora se lo habían dejado para ir a la universidad o si tenía que trabajar algún fin de semana. Para salir de fiesta, se conformaba con el viejo Renault 5.

Después de dejar a Virginia, Edu y Mila en sus casas, la de Venus es la penúltima parada.

—Pues ya hemos llegado —anuncia Ícaro—. Ha estado bien, ¿verdad?

Ella no contesta, no al menos con palabras; tampoco hace amago de salir del coche. Se limita a observar a su acompañante mientras sonríe enigmática. Él también sonríe, pero, a diferencia de ella, está nervioso. Fantasea con besarla. Nunca ha besado a ninguna chica en los labios, y carece del arrojo necesario para atreverse a hacerlo esta noche, por mucho que fantasee con ello.

—Es chulo este coche —dice entonces Venus, y mientras habla cambia de postura en el asiento, de modo que queda de cara a Ícaro—, y muy cómodo.

Sonríe pícara, al tiempo que acaricia la tapicería. Ícaro carraspea, cada vez más nervioso.

—Sí, tiene tres años, pero está casi nuevo.

—Ahá… —Venus se le acerca más. Apenas un palmo separa sus rostros—. Bueno, qué, ¿cuándo vas a besarme?

Ícaro da un respingo, y cuando nota el brazo de Venus alrededor de su cuello, cree que el corazón le va a estallar. Entonces cierra los ojos y deja que ella lo guíe.

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Esperando al azul


Esperando al azul

Foto: Benjamín Recacha

En cuanto se cerró la puerta, en su cerebro se activó un mecanismo que le reveló la nueva situación con toda su crudeza. Estaba solo. Por primera vez en su vida. Solo.

Una insoportable sensación de fracaso le nació en el estómago, y le subió por la garganta como un tsunami que arrasaba con todo. El endeble armazón de autoconfianza que había ido tejiendo con hilos de esperanzas inciertas durante semanas, desde que fue evidente que la situación era irreversible, quedó destrozado en un instante, sin piedad.

Se dejó caer de rodillas en el frío suelo del pasillo, paseó la mirada desconsolada, la mirada de quien en el momento de la verdad se daba cuenta de que no entendía nada, de que todo había pasado sin apenas ser él consciente de que no había vuelta atrás, la paseó por las paredes desnudas del comedor, la posó en cada rincón vacío de aquel espacio donde durante tanto tiempo habían reinado el cariño y las risas, y surgió el llanto, a borbotones, impulsado por la fuerza desgarradora que, tras el largo asedio invisible, lo había invadido sin hallar la más mínima resistencia.

…..

El nuevo piso no estaba mal. Era pequeño (no necesitaba más espacio) y luminoso. Aunque tenía más de cuarenta años, lo habían reformado hacía poco, y el alquiler era asequible. El olor a recién pintado, y a muebles nuevos en la cocina, lo reconfortaron un poco.

Había permanecido dos días más en el piso anterior, sin apenas levantarse de la colchoneta hinchable donde había dormido durante las dos últimas semanas de convivencia. Había llorado, y se había dado pena a sí mismo. Caer en el derrotismo y en la autocompasión era tentador, así que durante cuarenta y ocho horas se había entregado a ello con esmero. Hasta esa mañana.

Al despertarse, se había dado cuenta de que no le quedaban lágrimas y de que continuar con el martirologio le producía una pereza inmensa. De modo que se levantó y, con caminar renqueante, subió la persiana hasta arriba. Estaba nublado, pero no llovía. «Así me siento yo, tan gris como este cielo».

Le quedaban aún tres días de margen para entregar las llaves del que había sido su dulce hogar durante cinco años largos, pero en aquel momento, con la vista fija en el gris compacto que había pintado el cielo, decidió que ya estaba bien de comportarse como un alma en pena. Se mudaría esa misma tarde.

…..

Al principio, lo que más echaba de menos era el despertarse cada mañana con su hija saltando sobre él en la cama. «¡Al abordaje!», gritaba, entrando como un vendaval en la habitación, y saltaba, cual pirata sanguinario, sobre el desdichado navío que trataba de mantenerse a flote, sin saber por dónde le venían los zarandeos.

Algunas mañanas, el abordaje pirata lo hacía despertar de mal humor, pero ahora sólo recordaba las guerras de cosquillas y a Laia deshaciéndose en carcajadas.

Y dolía.

Había momentos en que la soledad era apaciguadora, pero en otros, los más, aquel silencio se le hacía ensordecedor. Esa mañana, por ejemplo. Había pasado una semana. Llevaba un rato despierto. La luz entraba por las rendijas de la persiana, y él estaba tumbado boca arriba, con los ojos clavados en una pequeña grieta en el yeso del techo. Por un instante, imaginó que un rayo de sol se colaba a través de ella.

Sacudió la cabeza, se liberó del edredón, y abandonó la cama. Se dirigió hacia la ventana y, despacio, levantó la persiana. Estaba nublado. Un día más. Aquel principio de otoño, el sol apenas se había dejado ver. «Se está solidarizando con mi estado de ánimo», pensó, con una sonrisa triste en los labios.

Las vistas eran bonitas. La ventana daba a un parque grande, sin edificios colindantes. Más allá se extendían los campos de cultivo y las montañas forradas de verde, de cimas redondeadas. Se detuvo en una de ellas, y, al levantar la mirada hacia el cielo, el agujero azul en las nubes le provocó un leve hormigueo en el estómago.

…..

Lo peor era cuando se tenía que despedir de Laia. Aunque la veía alguna tarde entre semana, los días que lo separaban del siguiente fin de semana en que la tendría sólo para él transcurrían con una lentitud exasperante, lentitud que contrastaba con la rapidez desesperante con que las horas juntos se le escapaban entre los dedos.

La niña siempre tenía un aspecto inmejorable. Se había adaptado bien a la nueva situación y crecía sana y feliz. Disfrutaban al máximo el tiempo compartido y, a la hora de la despedida, ella lo abrazaba fuerte y le pedía que se cuidara, mientras que a él el nudo en la garganta le impedía hablar. No quería que lo viera llorar.

Ese domingo de noviembre, el cielo estaba inusualmente estrellado. Mientras apuraba un cigarrillo asomado a la ventana, pensaba en la conversación que había mantenido con su hija de cinco años mientras comían. Tenía frío en los brazos; la temperatura había bajado unos cuantos grados desde la tarde, pero eso no lo ahuyentó. Al contrario, la sensación de frío lo hacía sentir más vivo. Dio una nueva calada al cigarrillo y expulsó el humo hacia las estrellas.

«Papá, te tengo que contar algo que a lo mejor no te gusta», le soltó, muy seria, entre bocado y bocado de su escalopa de pollo. Él la miró con las cejas arqueadas y la animó a continuar. «Pues, verás, es que mamá tiene novio».

Aquello fue como una bomba atómica. Por previsible que fuera que una mujer simpática e inteligente continuara con su vida, él no estaba preparado todavía para pensar en ello. «¿Te has enfadado?», le preguntó Laia, con la misma seriedad, y, sin esperar respuesta, concluyó: «Creo que no te lo tendría que haber contado, pero no te preocupes, que, aunque David parece simpático, yo sólo te quiero a ti como padre».

Dejó escapar la última bocanada de humo venenoso y, respondiendo a un impulso inconsciente, se puso a reír. Rememoraba la expresión de adulta en miniatura de su hija, imaginaba a su ex flirteando con aquel desconocido, y una risa incontrolable y catártica lo dominaba. Rio a carcajadas, liberando la tensión acumulada durante meses, hasta que, exhausto pero satisfecho, regresó al interior de su nuevo hogar.

…..

Aquella noche durmió como no recordaba. Ocho horas de un tirón. Al despertar, había recuperado una seguridad en sí mismo de la que apenas era consciente haber sido poseedor. Estaba descansado y de buen humor. Notaba los músculos relajados y las extremidades ligeras. «Pues igual me voy a correr antes de trabajar», fue el loco pensamiento que surgió de su mente mientras se incorporaba.

Bajó de la cama de un salto, y en dos zancadas se plantó junto a la ventana. Descorrió la cortina y levantó la persiana con movimientos enérgicos.

El sol brillaba espléndido en un cielo tan azul que alimentaba los sentidos.

Ya dolía un poco menos.

Laura


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

El metro hace su entrada en la estación. Laura, sentada en el banco de piedra del andén, se incorpora con movimientos pausados y espera a que se abran las puertas. El vagón vomita un reguero de pasajeros, que, como un solo organismo, sortea a varios obstáculos humanos empeñados en avanzar a contracorriente y se desplaza en masa hacia las escaleras mecánicas.

Laura, caminando despacio, entra en el convoy cuando las señales acústicas advierten del inminente cierre de puertas. Con el mismo aire ausente, que contrasta con la sensación de urgencia que transmite la mayoría de pasajeros, toma asiento entre una mujer pequeña y redonda que sostiene entre las piernas un cesto cargado con la compra, y un hombre de piel oscura y ojeras marcadas, que regresa a casa tras otra larga jornada laboral.

Laura se coloca en el regazo el bolso de tela, con bonitas mariposas de colores bordadas, que le regaló Oriol por su cumpleaños. Era detallista. Ese fue uno de los motivos que la llevó a fijarse en él.

Como la espectadora de un anodino programa de televisión, ve cómo sus manos abren el bolso, extraen un libro y buscan el punto donde se ubica el marcapáginas plateado decorado con motivos élficos. También fue un regalo de Oriol.

Resulta extraño, porque son sus manos, es su bolso, es su libro y, sin embargo, ella no es consciente de haber ordenado ninguno de esos movimientos.

Se lleva las manos al pelo, a la larga cabellera lisa y rubia que tanto le gustaba a Oriol. A ella también le gusta. Agarrarse los mechones casi desde la raíz y deslizarlos entre las manos, lentamente, hasta la punta. Eso hace ahora.

Trata de fijar la mirada en el libro, pero sus ojos sólo ven pequeñas letras oscuras que se apelotonan en palabras sin sentido. En realidad, su cerebro procesa otras imágenes, localizadas en otro momento y en otro lugar. Y mientras lo hace, ella no deja de acariciarse el pelo.

Cuando llega a la punta de un mechón, deja que se le escurra entre los dedos y se lleva la mano, muy despacio, a la oreja. El contacto con el pendiente con forma de mariposa es agradable. Una mariposa azul y amarilla en una oreja, y verde y roja en la otra. Son muy infantiles; lo sabe. Pero le llamaron la atención, y Oriol se los regaló.

Era detallista. Le encantaba acariciarle la larga melena, y a ella le gustaba que lo hiciera. No perdía ocasión de decirle lo mucho que la amaba, que era lo mejor que le había pasado en la vida. Se lo decía mientras enredaba los dedos de aquellas manos tan cálidas en sus largos mechones rubios. Y ella se dejaba hacer.

Después de tocarse el pendiente, se coloca el pelo detrás de la oreja, y vuelve a empezar, ahora con la otra mano. Toma un nuevo mechón y lo recorre con dulzura, con gesto aletargado, hasta llegar a la punta.

El metro se detiene en la siguiente estación. La pequeña mujer redonda desciende con dificultad del asiento (y es que apenas toca con las puntas de los pies en el suelo), levanta el pesado cesto y, renqueante, abandona el vagón.

Laura, con un movimiento distraído, se lleva una mano a la cabeza y palpa el bulto. Aunque han pasado semanas, la costra sigue ahí. Ya no le duele. Tampoco le duele el hueco, unos centímetros más atrás, casi en la coronilla, que dejó el mechón arrancado. Ya nada le duele.

A Oriol le encantaba acariciarle el pelo, y a ella también le gusta. Lleva haciéndolo toda la tarde, desde que salió de la ducha, con la misma parsimonia meticulosa. Se agarra el mechón casi desde la raíz y, lentamente, lo recorre hasta sentir cómo los suaves y largos cabellos se le escapan entre los dedos.

El hombre de piel oscura y ojeras marcadas la mira. Por su mente cruza la impresión de que se toca el cabello de manera compulsiva. Piensa que tiene un pelo bonito, pero la forma obsesiva de acariciárselo le provoca rechazo, así que desvía la mirada.

A Laura le da igual lo que piense la gente. Lo que le importa es que ya no le duele nada, y que puede acariciarse el pelo tanto como quiera. Nunca más volverán a hacerle daño; Oriol lo sabe mejor que nadie.

Ahora está tan tranquila que le cuesta asimilar que es la misma persona que unas horas antes se dirigía a casa de Oriol al borde de la taquicardia. Le temblaban tanto las piernas que casi no podía andar. Vuelve a tocarse la costra. Ya no le duele.

Recuerda cómo se asustó al notar la sangre resbalándole por la cara. Oriol la ayudó a limpiarse, le hizo una primera cura de urgencia y la llevó al hospital. No fue hasta encontrarse tumbada en la soledad de su cama, con diez puntos de sutura en la cabeza, que comprendió lo sucedido. Pero no podía ser; a Oriol le encantaba acariciarle el pelo, y a ella le gustaba que se lo acariciara. Le hacía regalos, porque era detallista y porque ella era lo mejor que le había pasado en la vida.

La voz robótica de la megafonía anuncia la próxima estación. Una niña de largas trenzas con lazos rojos en las puntas, que se sienta en frente de Laura, la mira con curiosidad. Le gusta su pelo y le sonríe, mostrando dos grandes mellas. Pero Laura no la ve. Sus ojos vuelven a mirar a los ojos rebosantes de deseo de Oriol; a sus manos, cargadas de caricias.

Ahora Laura está tranquila, porque ya no le duele nada y sabe que nadie le volverá a hacer daño. Pero sólo unas horas antes estaba al borde de la taquicardia; aterrada ante la posibilidad de que su plan no saliera bien.

Nota el tacto agradable de sus cabellos finos y sedosos entre los dedos. La madre de la niña sonriente le da una palmada en el muslo para que deje de mirar a la muchacha que no para de tocarse el pelo. Pero Laura no la ve. Ella está viendo, otra vez, las manos de Oriol, enredarse en sus mechones, acariciarlos, agarrarlos suavemente, recorrerlos de arriba abajo mientras le vuelve a decir lo mucho que la ama.

Y entonces vuelve a notar el tirón. Ahora ya no le duele, porque sabe que ya nadie le volverá a hacer daño, pero en el recuerdo sí. Las pequeñas letras amontonadas del libro se transforman, se mueven hacia un lado y hacia otro, arriba y abajo, hasta dibujar el rostro crispado, sediento de deseo de Oriol. Y vuelve a ver sus ojos, que le dicen lo mucho que la ama mientras le agarra su preciosa melena rubia y tira de ella con fuerza creciente, hasta que le arranca un mechón.

Ya no le duele. Nadie, nunca más, volverá a hacerle daño. Y Laura ve cómo Oriol se lleva el mechón a los labios y lo besa, fuera de sí, atrapado en el deseo. Y entonces cruza los dedos para que sea suficiente, para que sea la última vez que le arranca el pelo, para que no haya más golpes, ni heridas, ni regueros de sangre, para que no haya más visitas al hospital.

De Oriol le gustaba, sobre todo, lo detallista que era. Pero no echará de menos sus regalos. Ya tiene los pendientes de mariposa, el marcapáginas con motivos élficos, el bolso estampado…

Laura deja de tocarse el pelo y dirige su atención al bolso con mariposas estampadas. Lo abre en busca de nada en concreto. Quizás sólo quiere comprobar, antes de seguir acariciándose la suave y larga melena, que todo está en orden.

Le cuesta creer el haber sido capaz de llevar a cabo su plan. En realidad, no era un plan muy sofisticado. Supo que había funcionado cuando, pocos instantes después de besar el mechón, la cara de Oriol mutó en la expresión aterrorizada de quien no sabe qué le pasa pero sabe que es horrible. También ella se asustó, y fue muy desagradable verlo llevarse las manos, aquellas manos tan cálidas, al cuello, presa del pánico, mientras empezaba a salirle espuma por la boca. Oriol se retorcía de dolor y gruñía. Laura se alejó poco a poco, hasta dejarlo solo en la cama. Un par de minutos después, cesaron las convulsiones. Laura entró en el cuarto de baño, se lavó a conciencia el pelo y las manos, procurando evitar la más mínima salpicadura en la cara, y se duchó.

El metro ha parado en una nueva estación. Laura mira el interior del bolso y respira tranquila al localizar el bote de cianuro. Por la mañana lo volverá a dejar en el laboratorio. Nunca pensó que ser química le ayudaría a eliminar el dolor de su vida.

A pesar de la regañina de su madre, la niña mellada continúa dirigiendo miradas fugaces a la muchacha que, cuando las puertas se cierran, vuelve a acariciarse el largo cabello rubio. Se agarra un mechón casi desde la raíz y, lentamente, lo desliza entre sus dedos.

Está tranquila, porque nadie, jamás, volverá a hacerle daño.

Si estos árboles pudieran hablar


Valle de Pineta

Foto: Benjamín Recacha

Si estos árboles pudieran hablar,
dirían que parara de pensar,
que levantara la mirada al cielo
y dejara al viento mecer mi pelo.

Si estos árboles pudieran hablar,
me dirían que vaciara la mente,
que dejara de escuchar a la gente,
esa que tanto insiste en gritar.

Si estos árboles pudieran hablar,
me invitarían a que los trepara,
a que entre sus ramas me acomodara,
y por sus hojas me dejara arrullar.

Si estos árboles pudieran hablar,
me enseñarían a hablar su lenguaje,
a admirar la inmensidad del paisaje,
y que hay cosas que es mejor olvidar.

Si estos árboles pudieran hablar,
me pedirían que les ayudara
a difundir su lamento profundo.

Y es que estamos destruyendo el mundo.
De vergüenza se me caería la cara…
Con esta locura hay que acabar.

Si estos árboles pudieran hablar,
los escucharía siempre embobado.
Dejaría mis problemas a un lado.
Les rogaría que me hiciesen soñar.

Si estos árboles pudieran hablar,
me pedirían que los abrazara.
Que querer a un árbol no es cosa rara,
ni a un río, a las nubes o a una flor.

La madre Tierra necesita amor.
Es un buen motivo para escapar.

Abrazos


abrazo

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

Tenía frío. Era un día radiante de un caluroso mes de junio, pero estaba helado. El frío le brotaba del corazón y se extendía por el cuerpo. Miguel sentía que en cualquier momento la sangre se le congelaría en las venas. Se preguntaba si cuando eso sucediera quedaría todo él congelado.

Había perdido la noción del tiempo. No recordaba cuándo había llegado al parque ni cómo había ido a parar al banco junto al estanque. Se fijó en los cisnes, que se deslizaban altivos e indiferentes a lo que ocurría fuera del agua. Ni siquiera hacían caso a los trozos de pan que les lanzaba una niña que insistía en querer alimentarlos. La pobre ya no ocultaba la frustración que le causaban las desagradecidas aves.

Pero enseguida la mente de Miguel lo atrapó de nuevo en el recuerdo y el desasosiego. «Cuando me congele, quizás la gente me confunda con una de esas estatuas que habitan el jardín. Seré una más de ellas. La podrían llamar Soledad». Aquel pensamiento nuevo debía significar que la sangre todavía le llegaba al cerebro y que el frío que bombeaba su corazón no era tan potente como para paralizar las neuronas.

Recordaba los abrazos, el único abrigo efectivo para un corazón helado. Necesitaba más que nunca uno de aquellos, uno bien fuerte y confortable. Se preguntaba dónde habían ido a parar todos aquellos amigos, todas aquellas personas que le habían transmitido su calor hacía sólo un año. Se preguntaba si necesitaban reencontrarse en un funeral para abrazarse, si lo harían en el suyo.

Pero él no quería morir, quería convertirse en estatua para habitar eternamente aquel jardín donde compartió con Laia tantas historias y tantos besos, hasta que el maldito cáncer se la arrebató, y llegaron los abrazos.

«¿Por qué la gente sólo se abraza en los funerales?» Laia y él lo hacían a diario, pero no con la intensidad que se pone en uno de esos abrazos que son antídoto contra el frío del alma, los que se reservan para los seres queridos cuando pierden a un ser querido.

Un año atrás, cuando más que congelado Miguel creyó haberse quedado sin corazón, recibió muchos de esos, cuyo calor le hizo volver a sentir sus propios latidos. Desde entonces los reencuentros y los abrazos habían disminuido en cantidad e intensidad, y ahora tenía que consolarse con el recuerdo. Un recuerdo que, sin embargo, lejos de reconfortar, había traído consigo un crudo invierno.

La muerte de Laia no había pillado a nadie por sorpresa. Había luchado contra la enfermedad durante dos largos años —que a Miguel se le hicieron insoportablemente cortos—, con los ojos brillantes y una sonrisa en los labios, aunque el cáncer la estuviera devorando por dentro. Habían estado preparando la despedida con mucha antelación, hasta el punto que Miguel había llegado a creer que «la muerte forma parte de la vida». Pero el último día, aquel 18 de junio infame, él se derrumbó.

Lo habían hablado. Tenían clarísimo que ella se marcharía de una forma digna. Nada de cables, ni de morfina, ni de desfile de caras largas, de ojos enrojecidos y encharcados en lágrimas, nada de llantos ni de crisis nerviosas, nada de olor a hospital. Laia moriría en casa, tranquila y en silencio, soportando el dolor cogida de la mano de la persona a quien amaba, junto a la que había aprendido a vivir y a morir.

Pero cuando llegó la hora, Miguel no halló la fuerza necesaria para aceptar que la persona que daba sentido a su vida se marchaba para siempre. Y a pesar de las protestas de ella, a pesar de sus lágrimas de impotencia, llamó a emergencias. Alargaron la agonía durante algunas horas, él soñó con la irracionalidad del milagro imposible, pero Laia murió de madrugada, rodeada de cables, de caras largas y ojos rojos, y hasta las cejas de morfina en una habitación que apestaba a hospital. Miguel estuvo junto a ella hasta el final, con sus manos firmemente agarradas, aunque Laia no fuera consciente de nada de eso. Hacía horas que había cerrado los párpados para siempre.

Y entonces llegaron los llantos.

Y las llamadas de teléfono.

Y la extraña paz que se respira en el limbo de quienes no son conscientes aún de que algo muy potente y muy profundo ha crujido dentro de ellos.

Y el desfile de caras largas, de palabras murmuradas de quienes en realidad nunca han sabido cómo reconfortar a quien ha perdido lo más importante de su vida.

Y los abrazos.

Miguel podía rememorar cada uno de aquellos abrazos cálidos y sinceros de quienes sentían la pérdida en lo más profundo de su ser y deseaban con todas sus fuerzas transmitirle su amor. Aquellos abrazos decían más de lo que jamás conseguiría comunicar el más elaborado de los discursos.

Ya no había abrazos. Sólo recuerdos.

«Te echo de menos. Echo de menos nuestros paseos, escuchar las historias que te inspiraban estas estatuas, cómo conseguías hacer rabiar a los cisnes. Eras tremenda. Echo de menos tus besos y, aunque no lo creas, todo el tiempo que compartimos, que nos dedicamos, mientras luchábamos juntos. Echo de menos tu fortaleza. Y la echo de menos porque la necesito para soportar tu ausencia. Echo de menos los abrazos».

La cabeza negaba mecánicamente. Y el frío. Había empezado a tiritar.

—Hola, Miguel.

De repente, dejó de tiritar. La cabeza dejó de moverse. Levantó la mirada, en busca de aquella voz tan familiar a cuya propietaria hacía casi un año que no veía. Pocas veces la había vuelto a escuchar desde entonces.

—No respondías al móvil y no estabas en casa, así que, siendo el día que es, pensé que estarías aquí. —Se giró hacia el estanque y paseó la mirada por los jardines—. Elegisteis un buen lugar para esparcir sus cenizas.

Miguel se preguntaba si el cerebro no le estaba jugando una mala pasada.

—Soy yo, tu hermanita. La loca que un buen día decidió irse a vivir con los esquimales. —Se le acercó y le cogió una mano—. Por cierto, todavía no has venido a visitarme. Te aseguro que en Groenlandia no hace tanto frío como la gente cree.

La sonrisa burlona y el calor de sus dedos por fin lo hicieron reaccionar.

—Aquí estábamos bajo cero hasta hace un momento.

—Ven.

Miguel se incorporó. Se miraron. Las miradas también podían reconfortar.

Se abrazaron. El frío abandonó el corazón de Miguel. Se apretó más contra su hermana y la besó en la cabeza.

Nada reconfortaba tanto como uno de aquellos abrazos.

Centrifugando recuerdos (XXXVI)


Circo de Pineta - Cascada del Cinca

Foto: Benjamín Recacha

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Después de quedárselo mirando durante unos segundos, como si fuera un objeto extraño que acabara de descubrir, Luis enciende el cigarrillo. Desde hace unas semanas fuma menos, pero no se ha planteado dejarlo. Suelta una bocanada de humo y observa cómo se diluye en su camino hacia el cielo. Le gusta saborear esos cigarrillos que fuma sin prisa, sin la urgencia que provoca la falta de nicotina en el organismo.

Está sentado en una roca, a medio camino en su ascenso hacia la cascada. Quizás meterse veneno en los pulmones a dos mil metros de altura no sea la manera más saludable de hacer un descanso después de dos horas de dura ruta. Luis lo sabe, pero le apetecía ese cigarrillo, aunque le acabe provocando un repentino ataque de tos.

—Mierda —maldice.

Apaga el pitillo contra la roca y lo mete en la bolsa que lleva para los residuos. Antes no se fijaba tanto, pero ahora no soporta encontrarse colillas, papelitos y envoltorios diversos tirados en medio de la naturaleza, así que desde hace un tiempo procura que la única señal que quede a su paso sean las huellas de sus botas.

Saca la cantimplora de la mochila y le da un generoso trago para aplacar la sed y la tos.

Mira alrededor. Le parece mentira que esos contrastes entre montañas, bosques, rocas, ríos, cascadas, heleros, flores, cielo y nubes sean reales. Saca la cámara de fotos de la funda. Aún no ha renunciado a ella. Le parece que hacer fotos con el móvil es menos auténtico, aunque el resultado para un fotógrafo ocasional como él sea más o menos igual de malo. Encuadra por aquí y por allá, pero no se decide a apretar el botón; tiene la sensación de que cualquier foto que haga se quedará a años luz de reflejar la grandiosidad del espectáculo que está presenciando en directo.

Hace un año estuvo en el mismo sitio. Recuerda su estado de ánimo de entonces y le parece mentira, como si aquel tipo derrotado fuera el personaje de una de esas películas insoportables. Ahora afronta la vida de otra manera y ha renunciado a pasar cuentas con el pasado, o eso al menos es lo que se dice a sí mismo. Mientras contempla la inmensidad del escenario en el que se encuentra, que aunque no sea nuevo para él desborda sus sentidos como si fuera la primera vez que lo admira, vuelve a pensar en Sara. Una cuenta pendiente que no logra superar, por mucho que quiera aparentar lo contrario.

Resopla y se incorpora. Continuar castigando las piernas le ayudará a despejar la mente. Levanta la vista hacia la cascada y se encuentra con el estrecho y empinado sendero serpenteante que garabatea la ladera de la montaña y que, muy arriba y muy lejos aún, desemboca en la blanca cola de caballo. Y pese a estar tan lejos, hace rato que oye el rugido de las aguas salvajes derramándose hacia el vacío.

Se cuelga la mochila, agarra el bastón, y reemprende la marcha por el caminito de tierra y piedra suelta. Los saltamontes se apartan de las peligrosas botas con brincos imprecisos, las mariposas revolotean aquí y allá, las moscas y los abejorros zumban de flor en flor, de vez en cuando se oye el graznido indolente de las chovas y los cuervos, y conforme gana altura se propagan los penetrantes silbidos de alerta de las marmotas.

Hace calor. Salió temprano para evitar exponerse demasiado al sol implacable, que ahora, apenas las diez, ya calienta toda la montaña. A la altura que se encuentra no quedan árboles a cuya sombra refugiarse. Luis tiene la espalda empapada y los chorreones de sudor le caen por la cara y el cuello. Está tentado de quitarse la gorra, pero es la única barrera que impide que el sol le achicharre la cabeza, así que se la deja puesta.

La gran cascada ya está cerca. Mientras la mira, una brisa ligera arrastra minúsculas gotas de agua que escapan de los dominios de su estruendosa madre. Luis recibe la caricia húmeda con placer y afronta animado los últimos repechos de la excursión.

Por fin ha llegado. De pie sobre una roca, la cascada aparece ante él en toda su magnitud. El espectáculo, visual y sonoro, lo deja sin palabras. No vale la pena buscarlas. Ante semejante belleza salvaje sólo cabe sentir. Pese a que el sol calienta implacable, el agua en suspensión que despide la violencia de la cascada en su salto al vacío y al chocar contra las rocas refresca el ambiente hasta el punto de poner la piel de gallina. Luis no está seguro cuánto hay en ello de reacción al contraste de temperaturas y cuánto de respuesta al impresionante espectáculo.

Abajo, junto a la laguna donde las aguas recién vertidas se toman un descanso, los excursionistas más madrugadores reponen fuerzas. Hay cuatro, todos con manga larga. «Vamos allá», resuelve Luis, al tiempo que guarda la cámara con la que ha tomado algunas fotos sin conseguir atrapar la cascada en toda su longitud.

Retoma el sendero que, zigzagueante, desciende hacia la parte accesible al pie del enorme salto de agua. Un par de minutos después, en pleno descenso, el sudor ya se le ha secado y empieza a tener frío. Sin embargo, decide no recurrir a la sudadera hasta llegar abajo.

Ya está. Se descuelga la mochila y la deja sobre una roca. Casi todo el paraje aparece empapado. Él vuelve a estarlo, pero esta vez por culpa del agua que salpica. Es casi como si estuviera lloviendo. Luis no puede apartar la vista de la cascada. El ruido es estruendoso pero, sin embargo, no molesta. Por fin abre la mochila y recupera la sudadera.

Un par de montañeros emprenden el camino de regreso.

—Hola, buenos días —se saludan.

Junto a la laguna ya sólo queda un chico con un perro que juega a entrar y salir del agua helada, y un poco más arriba, sentada sobre una roca de cara a la cascada, una mujer que, acurrucada, se protege del frío y la humedad con una chaqueta y su capucha.

Luis busca un rincón que le sirva de parapeto y se sienta a tomar un bocado. Poco después el chico y el perro se marchan. Antes de tomar el sendero, el perro, de alguna de esas preciosas razas de pastor, se acerca a olfatearlo y Luis lo acaricia.

—Es un chafardero, pero buen tipo —resume el dueño.

—Es precioso —contesta Luis. Ambos sonríen.

—Hasta luego —se despiden.

Desde su posición, Luis domina parte del camino por el que ha transitado. A lo lejos aparecen pequeños grupos de hormiguitas que van ascendiendo. En un rato le harán compañía. Vuelve a mirar a la mujer de la capucha. Sigue ahí, inmóvil. «Debe estar empapándose», concluye extrañado.

Después de comerse un pedazo de fuet con pan, un buen trozo de queso y un melocotón, decide acercarse a la cascada para hacerle más fotos. La roca donde su vecina parece que se haya quedado dormida es un buen sitio.

Se encarama a la gran piedra de superficie plana y lo recibe una ráfaga gélida de las gotas de agua que despide la cascada al chocar contra la laguna. Está ahí mismo, a unos pocos metros, y la fuerza que transmite hace pensar a Luis que va a perder el equilibrio, así que se agacha y apunta con la cámara en cuclillas.

—Es increíble, ¿verdad?

La voz llega con dificultad a los oídos de Luis. La joven está ahí mismo, pero el ruido ensordecedor del agua se impone a cualquier otro sonido. Gira la cabeza hacia ella, y al principio no puede creer lo que ve. «No, no puede ser. Me está engañando el subconsciente».

Ella sigue mirando a la cascada, y sin esperar respuesta, retoma la palabra:

—No imaginaba que un espectáculo así fuera posible. He perdido la noción del tiempo, es como si me hubiera quedado hipnotizada.

Entonces, atraída por una fuerza invisible, superior al magnetismo de la cascada, gira el cuello hacia el recién llegado, y se queda con la boca abierta. Los dos se miran perplejos.

—Luis… —murmura ella, pero él sólo ve el leve movimiento de los labios.

—¿Sara? —pregunta, incapaz de procesar todavía que semejante maravillosa casualidad se haya materializado ante sus ojos.

La sonrisa radiante de ella es toda la respuesta que necesita, y él también ríe.

—¿Cuándo llegaste? —pregunta Luis.

—¿Al cámping? Anteayer. ¿Y tú?

—Ayer, pero no lo entiendo…

—¿El qué?

—Oye, ¿por qué no vamos a un sitio algo más seco y menos ruidoso? Me estoy congelando y me cuesta escucharte.

Sara asiente sin perder la sonrisa. Luis baja primero y le ofrece la mano, pero ella la ignora.

—¿Crees que necesito ayuda? —pregunta burlona tras poner pie a tierra.

Luis siente la sangre correrle en las venas con la misma fuerza que las aguas bravas que vierte la cascada y se abren camino, rugientes, hacia el valle. El reencuentro con Sara le resulta deliciosamente increíble. Le gustaría abrazarla, pero es todo tan raro que teme hacer algo que pueda estropearlo antes de empezar.

Sara no puede dejar de sonreír. Está feliz porque su loca propuesta se ha hecho realidad, y está segura de que algo aún más improbable tendría que suceder para que las cosas vayan mal.

—¿Qué es lo que no entiendes? —pregunta, ya instalados en el rincón resguardado de la “lluvia” donde Luis había dejado la mochila.

Están sentados uno al lado del otro, con la mochila en medio. Antes de contestar, a Luis se le amplía la sonrisa porque ya no hay duda de que están los dos ahí, juntos otra vez, o juntos por fin. «Si después de este tiempo, y teniendo en cuenta cómo nos despedimos, volvemos a estar aquí, es que nada puede salir mal».

Sara siente el impulso de apartar la mochila y besar esos labios que empiezan a recuperar el color bajo el sol, pero se contiene.

—¿Me lo vas a contar o qué? —insiste.

—Daba por hecho que volverías a trabajar en el cámping. En tu mensaje no concretabas nada, así que ni se me pasó por la cabeza otra posibilidad. Podríamos haber venido en fechas diferentes y nunca habríamos coincidido.

—Pero estamos aquí, ¿verdad?

Sara se quita por fin la capucha y se desabrocha la chaqueta impermeable. Luis no puede apartar la mirada. La encuentra más irresistible que nunca. Sus ojos han perdido la tristeza y transmiten la serenidad de quien ha aprendido a aceptar sus errores y convivir con su pasado.

—Cuando llegué esperaba encontrarte en el bar, tras la barra, o saliendo de la cocina. No imaginas el chasco que me llevé cuando el dueño del cámping me dijo que no sabía nada de ti.

—¿Vicente? Qué majo es. La verdad es que no me ha visto aún. Reconozco que me da bastante vergüenza, por cómo me fui, pero también tendré que afrontar esa prueba.

Muy despacio, Sara agarra la mochila, la cambia de lado y se acerca a Luis, quien, casi temblando, y no es de frío, por fin se atreve a buscar la mano de ella y entrelazar los dedos, como aquella noche bajo la luna.

—Esto es de locos.

Los dos ríen.

—Desde el primer día, ¿no crees? —añade Sara.

—¿Cómo sabías que vendría?

—No lo sabía —responde Sara en un susurro, al tiempo que apoya la cabeza en el pecho de él.

—Ya te digo: de locos.

—¿Sabes una cosa?

—Dime.

—En este tiempo he aprendido algo. He tenido una buena profesora, la mejor. Tú también la conoces. —La mente de Luis recupera automáticamente la imagen de aquella gitana imponente que le desnudó el alma—. He aprendido a creer en la magia.

—No te burles de mí —responde a las risas de ella mientras le acaricia el pelo.

—No me burlo, de verdad. ¿Tú no crees en la magia? ¿Qué otra cosa podría explicar que nos hayamos reencontrado justo en este lugar tan mágico?

—¿Y qué pasaría si huyera? ¿Vendrías a buscarme?

Sara se incorpora y toma la mano izquierda de Luis, con la palma hacia arriba.

—Mmmm, déjame ver…

Luis ríe con ganas.

—Las líneas no mienten. Definitivamente, no vas a huir a ninguna parte sin mí.

Y ahora sí, Sara se lanza a por esos labios que ya han recuperado el color.

FIN

Centrifugando recuerdos (XXXV)


 

Luna llena

Imagen libre de derechos descargada en pixabay.com

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Sara todavía nota una punzada de culpabilidad al pensar en Tere, en la forma como se despidieron aquella triste mañana de agosto, pero sobre todo por la incómoda sensación de haber estado esquivando el conflicto, de haber desperdiciado todas las oportunidades de arreglar las cosas, por falta de valor, por no remover lo pasado. Y aunque cada vez que se han encontrado han vuelto a abrazarse y a reír como siempre, al mirarse, aunque no lo dijeran, veían ese poso de amargura que mantenía las distancias. Entonces, apartaban la mirada y se ponían a hablar de cualquier tontería.

Sara la echa de menos. Aunque sigan siendo amigas, porque en el fondo sabe que ni el peor de los cataclismos podría romper el vínculo entre las dos, echa de menos las noches de confesión y borrachera, las carcajadas y el llanto compartidos, apoyar la cabeza en su regazo, sus caricias… Aquella triste mañana se rompieron muchas cosas, y Sara se reprocha por ello.

Ahora ya es tarde para arreglarlo. Al menos eso es lo que piensa, porque los conflictos, si no se abordan en caliente, acaban enquistándose. Algo así es lo que le pasó tras la muerte de su hermana. Entonces era una niña, no sabía nada de conflictos, ni de traumas, ni mucho menos cómo solucionarlos. Pero sí sabía que no se podía sentir más tristeza, que ya nunca más la vería, y aunque lo sabía, para ella era imposible asumirlo. Necesitaba que alguien se lo explicara. Las lágrimas y los abrazos no eran suficiente consuelo. Y al cabo de unas semanas, ya está, la vida siguió adelante, todo el mundo con su rutina, como si nada hubiera pasado, mientras ella se acostaba cada noche sintiendo un vacío denso en la cama de al lado y se despertaba con el silencio ensordecedor que provocaba la ausencia de su hermana. Y así continuaría por siempre.

«Pasa página, tú no tienes culpa de nada», le repetían todos, con la mejor intención, pero sin ser capaces de ponerse en su lugar; eso pensaba. Ni siquiera su madre, que decidió que la mejor manera de rehacerse de la tragedia era seguir haciendo camino. A ojos de la niña que era Sara, aquello no tenía sentido. Ahora, tantos años después, y tras la catarsis que supuso, sobre todo, el encuentro con María la Zíngara, empieza a comprenderla. Su padre, en cambio, optó por el silencio, por recluirse en algún lugar profundo de su mente y dejarse llevar. Se sentía mejor en su compañía, al menos cuando lo miraba a los ojos veía en ellos la misma tristeza que la aplastaba a ella.

Sara, apoyada en la valla de madera, levanta la cabeza atraída por la llamada de la luna llena, que empieza a asomar por detrás de las montañas. «Qué bonito», es el pensamiento que brota espontáneo. Y sonríe. Porque aunque hay mucho en lo que pensar, mucho a lo que dar vueltas, mucho de lo que no se siente satisfecha, ahora es consciente de que está en paz consigo misma, de que por fin se ha perdonado y que es capaz de mirar de cara a la vida.

Piensa en María, en cuánto le ha ayudado a curar las heridas. El azar, el destino o la magia, qué más da, la llevaron hasta esa mujer extraordinaria, y la ha seguido visitando para compartir recuerdos y sueños, escuchando desde una silla de enea, paseando la vista por las vidas en imágenes que forran las paredes de la zambra, o incluso bailando. La está viendo otra vez, moverse como un torbellino, con su vestido rojo, taconeando, hipnotizando con sus brazos y esos ojos insondables, y se ve a sí misma girando junto a ella, desprendiéndose del lastre que la atenazaba.

Sin darse cuenta, se descubre dando una vuelta sobre sí misma, sobre la hierba húmeda, con los brazos extendidos, y ríe. La luna ya luce espléndida. Esa misma luna que protagoniza el espectáculo más bello que haya visto jamás cuando se pasea por sobre la Alhambra. Sara suspira. Echa de menos asomarse a la ventana y encontrarse la maravilla que la saluda. Pero no se arrepiente de la decisión que tomó.

En un principio iban a ser sólo unos días, pero acabó quedándose con Merche en la Alpujarra, incluso cuando su amiga regresó a Granada. Después de todo, las vistas desde la ventana del cortijo tampoco estaban mal. Olivos, viñedos, almendros, y la imponente sierra de la Contraviesa.

Esperó a que Tere se reuniera con ellas. Estaba segura de que esos días en la naturaleza, con la ayuda del buen vino de los padres de Merche, serían el remedio a todos los males, que hablarían, reirían, se les escaparía alguna lágrima, y acabarían sellando su amor eterno con abrazos reparadores. Pero Tere no llegó. Las cosas estaban muy revueltas en el hospital, convocaron protestas e incluso una huelga, y Tere se agarró a ello para mantener las distancias. Lo que no imaginaba es que Sara sólo volvería para recoger sus cosas.

—Los padres de Merche me han ofrecido un curro en la bodega.

El anuncio fue como una bomba atómica. Tere se sintió desintegrar. Y aunque se esforzó por no revelar sus sentimientos, la cara hablaba por ella. Sara recuerda perfectamente la expresión desolada de su amiga y cómo tuvo que luchar consigo misma para no echarse atrás.

—De momento es temporal, pero no puedo desaprovechar la oportunidad. Necesito el trabajo… Además, me facilitan el alojamiento, así que…

—Ya… Es genial, me alegro mucho por ti.

Y aunque su boca sonreía, los ojos la traicionaban.

Durante unos segundos se mantuvieron así, mirándose en silencio, sonriendo con tristeza, sin saber qué paso dar a continuación.

—Ven aquí, dame un abrazo —reaccionó Sara.

Tere obedeció, y se abrazaron. Fue un abrazo sincero, pero muy triste, y cuando se separaron, las dos se pasaron una mano discreta por la cara para limpiarse las lágrimas.

—Bueno, pues parece que voy a tener que buscar nueva compañera de piso.

—Oh, ya te digo que es temporal, pero sí, claro, no sé cuánto tiempo voy a estar fuera. De todas formas, Merche vuelve pronto. En cuanto acabe la vendimia la tienes aquí, y yo voy a seguir bajando a Granada, por supuesto. Nos vamos a seguir viendo, no te preocupes.

—Sí, claro. No, si es normal. Estaba claro que antes o después alguna de nosotras acabaría mudándose…

Sara no podía evitar sentirse culpable por abandonar a su mejor amiga. Había pasado poco más de un mes desde que se despidieron de aquella forma tan gélida, y ahora otra vez.

—Bueno, lo que toca ahora es brindar con vino de la Contraviesa, ¿no crees? —propuso Sara, sacando una botella de la bolsa que había dejado sobre la mesa.

—Voy a por las copas —contestó Tere, pensando en vaciar no una, sino todas las botellas que se le pusieran por delante.

La echa de menos. Es un sentimiento recurrente, pero a la vez piensa que las cosas van como van, y que las relaciones son cosa de dos, y que si han acabado distanciándose también Tere tiene parte de responsabilidad. «Es igual, no me arrepiento de mis decisiones, eso ya se acabó. Ahora estoy aquí…, esperando a Luis… Pero ¿y si no aparece?».

La luna ilumina las montañas; las aguas saltarinas que se deslizan más allá de la valla de madera despiden destellos; el blanco de la gran cascada, por muy lejos que esté, se distingue casi como a pleno día. Sara cierra los ojos y escucha el rumor de las aguas. Le relaja.

Se acuerda de aquella noche del verano pasado, en ese mismo lugar, cuando volvió a sentir el cosquilleo en el estómago al notar las manos de Luis en las suyas. «Ojalá venga. Esta vez no huiré». Está segura de ello, como lo está de que si él acaba por descartar su alocada propuesta, por mucho que desee que no pase, hará borrón y cuenta nueva.

«Lo más probable es que no aparezca. Si hubiera decidido venir, por mucho que en el mensaje le pidiera que no me dijera nada, lo lógico sería que en algún momento me hubiera contactado para concretar una fecha… Vamos, eso habría sido lo normal», aunque acto seguido su mente le recuerda lo nada normal que ha sido esa relación desde el primer momento, desde aquel extraño encuentro en la sala de la lavadora.

Y con la idea de que Luis no va a presentarse, que aunque pretenda asumir como lo lógico, no puede evitar que le entristezca, se despide de la luna por esa noche.

Continuará…