Centrifugando recuerdos (XXXII)


Centrifugando recuerdos

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Una brisa más fresca que en días anteriores entra por la ventana de la habitación de Tere. Sara, apoyada en el marco de la puerta, agradece la corriente que durante un segundo consigue hacerle olvidar que tiene el cuello pringoso por el sudor. La culpa es del calor, del maldito verano sofocante que está achicharrando la ciudad a fuego lento, pero también de la tortura a la que está sometiendo a su pobre cerebro, más que recalentado por tantas preocupaciones.

Tere duerme, o al menos eso es lo que cree Sara al contemplarla de espaldas, casi en posición fetal sobre la cama. Está tranquila, según revela su respiración acompasada.

«Cómo no me di cuenta antes. Nunca imaginé que pudieras llegar a colarte por mí, pero mientras yo estaba absorta en mis neuras, tú te reconcomías por dentro». La tarde está ya muy avanzada y desde la calle llega el bullicio de la gente, que aprovecha la retirada del sol para salir a pasear y a ocupar las terrazas de los bares. Sara se acerca a la cama y se sienta en el borde. No han pasado tantas horas desde que, de madrugada, acudió a su amiga en busca de refugio. Estira una mano tímida y, sin tocarla, recorre la serpiente que le decora la columna, desde la cintura hasta el cuello.

Es una cobra muy espectacular, sobre todo la cabeza que culmina la obra. Sara recuerda con una sonrisa la tarde en que, al llegar a casa, Tere se quitó la camiseta ante sus amigas.

—Joder, sí que vienes fuerte —respondió Merche—. Espera al menos a que nos tomemos unas birras, que yo así, en frío, no me estimulo.

Solían hacer ese tipo de bromas. Y ahora Sara se pregunta en qué momento para Tere dejaron de ser simples bromas. Lleva toda la tarde rememorando las ocasiones en que, jugando, bailando, bebiendo o consolándose, se habían acariciado y besado, de una forma que para ellas era natural, pero que a ojos extraños quizás habría resultado “sospechosa”.

Aquella tarde a Tere se le veía pletórica. Le brillaban los ojos. Rieron con el comentario de Merche y, sin dar tiempo para otro chascarrillo, se dio la vuelta, dejando al descubierto la obra de arte. Sus amigas reaccionaron con asombro y admiración; el tatuaje era imponente.

Ella es así, imponente. Para Sara Tere es el pilar en el que apoyarse cuando algo va mal. Siempre la ha admirado. «Quería ser como tú, tener esa capacidad para afrontar cualquier reto sin titubear, y ahora me doy cuenta de que tú también tienes tus propias heridas de guerra. La cobra impone… pero no deja de ser sólo un dibujo».

De repente a Sara sus problemas ya no le parecen tan inabordables. Sus miedos y sus dudas se quedan cortos ante la magnitud del imprevisto. Salvar su amistad con Tere es lo más importante.

—Pase lo que pase, tú vas a seguir siendo mi pilar, mi amiga del alma… mi hermana.

Tere se gira y la mira con ojos llorosos, pero vuelve a haber algo más que tristeza y derrota en ellos. Sara pensaba que las palabras las había pronunciado sólo en su cabeza, pero las cuerdas vocales han ido por libre. Al darse cuenta de que Tere en realidad estaba despierta, seguramente consciente de su presencia en la habitación, pero tan avergonzada aún que prefería no darse la vuelta, aguanta la respiración.

—¿Qué has dicho?

Sara sabe que la ha escuchado, y aunque el pudor la frena, ese pudor que actúa cuando nos hacen repetir esas sentencias que surgen desde la sinceridad absoluta, saltándose el filtro de la conciencia, toma aire y vuelve a ello. Salvar una amistad merece el sacrificio.

—Que te necesito, que eres mi mejor amiga y que sin ti estaría perdida…

—No, no, lo otro, lo último que has dicho.

—¿Lo otro? No… —y entonces se da cuenta— Que… que eres… que eres mi hermana —completa en un susurro, y esta vez sí que siente el pinchazo, el que se había saltado sólo un minuto antes.

Tere sonríe. Alarga la mano derecha y la coloca sobre la de Sara, que descansa sobre la cama.

—¿Te das cuenta de lo que ha pasado? ¿Te das cuenta de que lo has dicho de un tirón, sin retorcerte de dolor? —El rostro agotado pero aun así dulce de su otra hermana, la que protagoniza sus pesadillas, la observa desde el fondo de su mente, desde un segundo plano que no interviene. Sara asiente con timidez, tratando de asimilar lo que eso significa. Tere le acaricia la mano—. No puedo imaginar un cumplido más bonito.

Se aguantan la mirada durante unos segundos, y entonces Tere sonríe traviesa, cosa que desconcierta a su amiga.

—Bueno, sería más bonito si me confesaras que estás loca por mí y me saltaras encima para tener una noche de sexo desenfrenado.

Tere ríe y Sara respira aliviada, aunque sabe que la broma no es sólo una broma. Para seguirle el juego agarra la camiseta que reposa arrugada a los pies de la cama y se la tira a la cara.

—¡Eeeehhhh! Pues sí que empieza mal esta relación.

Sara celebra el regreso de su amiga de siempre, la que se ríe de todo y lo pone todo patas arriba a su paso, aunque sabe que algo, por mucho que quieran desdramatizar, ha cambiado entre ellas. Sabe que cuando se toquen ya no será igual, que se lo pensará dos veces antes de besarla o acariciarle la espalda, y sabe que cuando Tere la mire al salir de la ducha o paseándose en bragas por el comedor, habrá algo entre ellas, algún tipo de barrera invisible, que hasta ahora no existía.

Tere se incorpora de un salto y sale al pasillo.

—Tere…

—Dime.

Se detiene y se gira. Mientras la mira, Sara piensa que tiene un cuerpo envidiable, aunque no es su físico lo que la hace tan atractiva.

—¿Estás bien?

«Bueno, acabo de descartar que lo mejor que podría pasar es que el sol se inflara hasta reducir la Tierra a cenizas, así que sí, se puede decir que estoy bien… aunque imaginarte en los brazos de Luis o de cualquier otro tío me siente como una patada en los ovarios».

—Sí, muy bien —concluye con una sonrisa que se esfuerza en parecer natural.

Durante unos segundos se aguantan la mirada, y enseguida se dan cuenta de que, por muy buena intención que pongan, lo que no se dicen pesa más. A Tere le pesa como una losa de una tonelada la certeza de que la supervivencia de la relación entre las dos pasa inevitablemente por ser capaz de disfrazar sólo de amistad la atracción que siente por ella.

—Voy a… a beber un poco de agua, que estoy deshidratada —se excusa finalmente, con una sonrisa algo nerviosa.

En ese momento suena el timbre del portal, un sonido al que están muy poco acostumbradas. Quizás por eso se miran extrañadas.

—Voy —se adelanta Tere—. A ver qué nos quieren vender esta vez.

Normalmente, cuando suena el timbre son testigos de Jehová, comerciales de alguna compañía telefónica o eléctrica; amigos y familiares, como los padres de Sara, avisan previamente, así que lo que suelen hacer es asomarse a la ventana del comedor para comprobar si el visitante es una cara conocida. Antes de hacerlo, Tere rescata una camiseta de tirantes que cuelga en el respaldo del sofá.

Sara la sigue al comedor, sin dejar de pensar en cómo lograr que lo ocurrido esa tarde no marque su relación a partir de ahora. Con gesto mecánico recupera el móvil de encima de la mesa y lo acciona. Dos llamadas perdidas. De Luis. El chico que había puesto patas arriba su mundo antes de que Tere provocara una explosión nuclear. Luis… Su cuerpo recupera las sensaciones de esa mañana, su encuentro bajo la lluvia. «Dijo que se iba, pero me vuelve a llamar… ¿Se habrá arrepentido?» Un pinchazo de esperanza despierta la parte del cerebro que había anulado al entrar por la puerta calada hasta los huesos. Esa parte que la anima a seguir adelante. «Yo ya he decidido que me voy, que no es el momento para aventuras adolescentes…» Pero por mucho que trate de racionalizar los sentimientos, le resulta tan difícil dominar la atracción que siente por Luis como los miedos que le asaltan desde el pasado… y ahora lo de Tere. Una vez más, cierra los ojos y suspira. «Me voy a volver loca… No, ya lo estoy».

Asomada a la ventana, Tere aguanta la respiración mientras por su mente desfilan todo tipo de reacciones a lo que sus ojos le muestran. Vuelve a sonar el timbre. Sara abre los ojos y mira a su amiga.

—¿Quién es?

Tere no contesta, así que, intrigada, se acerca a ella.

—No está.

Al oírla, por fin, dirigirse a quien sea que haya abajo, Sara piensa que se refiere a Merche. Y entonces oye la voz del visitante, primero en un murmullo ininteligible, lo que provoca que tense todos los músculos y aguce el oído.

—… ¿Le puedes decir que he venido y que necesito verla una última vez?

Luis. El primer impulso de Sara es abalanzarse sobre la ventana para decirle que espere, que no se vaya, que le dé cinco minutos para arreglarse.

—No sé cuándo la veré. Va a estar fuera por un tiempo.

Las palabras de Tere, que está tan tensa que amenaza con partirse en dos, llegan hasta los oídos de Sara como témpanos de hielo. La llama que había vuelto a arder en su interior queda sofocada sin contemplaciones, y se queda ahí, inmóvil, incapaz de afrontar la batalla entre el deseo y la conciencia.

Al principio la respuesta de su amiga la desconcierta. «¿Por qué le dices eso? ¿Por qué no me dejas que sea yo la que decida?», pero enseguida lo comprende, y no se ve con ánimo de enfrentarse a ello. La observa triste, ve la tensión que la domina, el rencor quizás por ser consciente de que nunca podrá obtener de Sara lo que ese niñato ha conseguido sin apenas conocerla, y decide no hacer nada. Perder a Luis es el mal menor necesario para intentar recuperar a Tere.

Poco a poco se despega de la ventana, caminando hacia atrás, sin doblar las rodillas, arrastrando los pies con pasos muy cortos. Sabe que Sara está ahí y que ha escuchado su mentira. Gira la cabeza y sus miradas se encuentran. Asustada la de Tere, triste la de Sara. «Perdóname», parece suplicar la primera.

—¡Espera!

«Aún no se ha ido». Sara escucha la vocecilla en su interior, que la invita a correr escaleras abajo. Sus ojos se desvían por una fracción de segundo hacia la puerta.

Tere desea mandar a paseo al intruso, el mismo que esa mañana le parecía un buen partido para su amiga. «¿Tantas cosas han pasado desde entonces?», se pregunta. Desanda el camino hacia la ventana y vuelve a asomarse, aún más tensa que antes.

—Vete, en serio. Ya no tienes nada que hacer aquí. —Las palabras surgen cargadas de hiel.

Sara vuelve a mirar a la puerta.

—Sólo una cosa más y me voy. —Hace una pausa y Sara, a punto de soltarse de la correa invisible que la retiene, aguarda. Un perro ladra a lo lejos y un grupo de chavales ríe al pasar. «¿Qué? ¿Lo vas a decir ya?». Abajo, Luis traga saliva y aunque ya hace mucho menos calor, suda tanto como a mediodía—. Dile… Dile que lo sé todo y que ahora sé que si existe algo parecido al destino estoy seguro de que quería que nos encontráramos. —Tere se revuelve incómoda. Sara escucha pétrea—. Dile… Por favor, dile que… que no voy a insistir más —Tere respira aliviada; Sara se siente estúpida por no permitirse perseguir la utopía de ser feliz—, dile que me voy, pero que esperaré tanto como haga falta, hasta que esté preparada, hasta que decida que mirar al futuro es un reto lo bastante estimulante como para dejar atrás el pasado. Ah, y dile que María no se equivoca. —Tere no tiene más remedio que admitir que ese chico es lo mejor que le ha pasado a su amiga, aunque desee borrarlo del mapa; Sara se ha dejado caer en el suelo, está sentada con las piernas cruzadas y las manos apoyadas sobre la boca. «María… sólo conozco a una María…»—. Que aunque bastante gilipollas, soy un buen hombre… Que seáis muy felices.

Y dicho esto, Luis se da media vuelta y desaparece calle abajo, cargado con su vieja y sucia mochila, en busca del viejo coche que lo devolverá a Barcelona.

Tere no se atreve a girarse, no está preparada para afrontar la expresión de reproche de la persona a la que más quiere en el mundo. Se queda un par de minutos más asomada a la ventana, sintiendo cómo la tensión desaloja sus músculos al mismo ritmo que crece en su interior un desagradable sentimiento de culpabilidad.

Finalmente se da la vuelta y la ve sentada en el suelo, como una muñeca de trapo sin voluntad. Sara levanta la cabeza y le descubre a su amiga las lágrimas que resbalan despacio y en silencio.

Y entonces todos los sentimientos que Tere ha estado conteniendo, que la han estado corroyendo durante horas, estallan de golpe en un llanto tan culpable como liberador.

—¡Perdóname! ¡Perdóname, por favor!

Tere se deja caer sobre Sara y la abraza como si fuera la última vez, con ansia, deseando que ese abrazo sea la cura a todos sus males, el reset a partir del cual empezar de nuevo. Sara también la abraza, pero sus brazos aprietan menos. No va a ser fácil olvidar lo que ha pasado esa tarde.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXXI)


Centrifugando recuerdos

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Luis deambula por las callejuelas del Albayzín. Las palabras de Aiman lo han tranquilizado un poco, pero el exceso de alcohol, el cansancio, el calor y el recuerdo le pesan demasiado.

—¿Qué narices hago aquí? —musita, a la sombra de un árbol algo esmirriado.

Una bola naranja llama su atención; se fija mejor y se da cuenta de que, efectivamente, es una naranja. Echa un vistazo a lado y lado. No hay nadie, así que obedece al impulso de alargar el brazo y hacerse con ella. Presiona con los dedos para abrirla por la mitad, y un chorro ácido le salpica en los ojos.

—¡Mierda!

Instintivamente aprieta los párpados, y se los friega con el dorso de la mano para aliviar el escozor. A continuación, se lleva la fruta a la boca, y al morderla   lo invade una ola de acidez y amargura que deja en nada el ataque a los ojos. Es la recompensa a la estupidez de pretender comerse una fruta ornamental. Escupe y busca desesperado una fuente. Está de suerte, se encuentra en una plazoleta en cuyo centro un chorrito brota de una diminuta piscina. «Me vale», resuelve, y se abalanza sobre el agua. Unos segundos después ha conseguido desalojar el desagradable sabor de la naranja.

Luis, aliviado, levanta la cabeza y se encuentra con los ojos de un anciano sentado en un banco a la sombra, que lo mira divertido. Tiene las manos apoyadas en un bastón y de entre la espesa barba y el bigote le sobresale lo que parece el tallo de una planta. Menea ligeramente la cabeza. Está acostumbrado a las torpes exhibiciones de los turistas, pero tiene que reconocer que la que acaba de presenciar es de las más ridículas que recuerda.

—Buena, ¿eh?

Luis se siente tan absurdo que opta por no intentar justificarse. Da media vuelta y se aleja despacio. Por lo menos el incidente le ha servido para sacarlo de la modorra.

Ya fuera del alcance de la mirada del anciano, se detiene de nuevo y echa mano a un cigarrillo. Después de un par de caladas, y con el cerebro desoxidando la maquinaria, toma forma una idea: «Llámala. Un último intento. Te disculpas por el mensaje y quedáis para cenar». Luis reacciona a la sugerencia con una mueca hastiada.

—Esto parece el cuento de nunca acabar —murmura, pero la mano libre ya está en posesión del teléfono y llamando.

Suenan los tonos: tres, cuatro, cinco…, pero nadie contesta.

El móvil de Sara vibra sobre la mesa del comedor. Nadie le presta atención. Su dueña está tumbada en su habitación, con los ojos clavados en la lámpara mientras sus pensamientos están concentrados en su amiga del alma, en qué hacer para que todo vuelva a ser como antes. Tere, a su vez, está hecha un ovillo en su cama, deseando que todo lo ocurrido esa tarde sea producto de una pesadilla. «Duérmete, y cuando despiertes te darás cuenta de que nada de eso ha pasado», le susurra una voz cálida que compite con los pensamientos funestos que la atosigan.

Luis guarda el teléfono, suspira resignado y apura el cigarrillo. Al otro lado de la calle una pareja descansa sentada en un escalón, ella con la cabeza apoyada en el hombro de él. Sonríen; no hace falta ser adivino para saber que disfrutan de la compañía, que no necesitan nada más para ser felices. La mente de Luis recupera la escena junto a Sara bajo la tormenta. A cada rato que pasa se le antoja más lejana y más irreal.

Un grupo de chicos y chicas aparece calle abajo exhibiendo su juventud y su despreocupación. Ríen, se chinchan, se propinan empujones y luego se abrazan. Luis envidia esa frescura. Cuando desaparecen tras la esquina deja caer la colilla en la acera y, al disponerse a pisarla, su mente recupera la expresión de reproche de Sara junto a la valla de madera, aquella noche —«¿cuánto hace, tres, cuatro días?»— en el cámping. Duda un instante, pero acaba chafándola y abandonándola ahí, vulgar testimonio de su fracasada odisea nazarí.

La idea de abandonar, pagar la cuenta de la pensión y poner rumbo a la vida real, empieza a tomar consistencia, pero mientras acaba de convencerse sus piernas lo conducen Cuesta del Chapiz abajo, como hicieron esa mañana, sólo que esta vez se desvía antes de llegar al Palacio de los Córdova, quizás huyendo del recuerdo o por pura casualidad. «Camino del Sacromonte», lee en un letrero un rato después.

El sol ya ha iniciado la retirada; es la señal para que quienes han pasado la mayor parte del día refugiados entre las sombras salgan a pasear. Una pareja de ancianos surge de un portal oscuro, con movimientos pausados.

—Buenas tardes —saludan al joven con pinta de despistado.

Luis balbucea una respuesta, y acompaña al matrimonio con la mirada. Los imagina repitiendo la misma rutina día tras día. «¿Cuántos años llevarán juntos?», se pregunta, mientras su mente traicionera los coloca a él y a Laia en su lugar. Sacude la cabeza para borrar la imagen y gruñe, cabreado consigo mismo, porque, y es lo que en verdad lo cabrea, imaginarse paseando por el Sacromonte junto a Laia en un futuro cualquiera le produce una secreta satisfacción.

Un par de gorriones aterrizan en la acera, justo delante de él, y tan rápido como han llegado, entre saltos y trinos juguetones, remontan el vuelo. Un gato gris atraviesa la calle parsimonioso y se deja caer sobre el escalón de acceso al portal del que han salido los abuelos. Se queda mirando al humano, pero enseguida pierde el interés y centra su atención en otro felino que se aproxima por la acera. Mientras las chicharras, incansables, le ponen la estruendosa banda sonora al atardecer, dos mariposas blancas aletean silenciosas, exhibiendo una despreocupación que Luis envidia. Respira hondo y, a pesar del cansancio que arrastra, decide dejarse llevar un poco más allá.

—Hola, rubio. ¿Te has perdío?

Al oír la voz, profunda como una fosa oceánica, Luis reacciona con un respingo. Gira la cabeza, convencido de que la mujer que ha hablado está junto a él, pero sólo ve a los gatos, desparramados ambos a la sombra, y a los gorriones, que siguen persiguiéndose. La novedad es un perro flacucho y desgarbado, que trota con la lengua colgando.

Mu perdío… Acércate, mi alma.

Luis vuelve a mirar, preguntándose si la combinación calor más alcohol está propiciando un extraño efecto secundario retardado, pero no, ahora sí la ve, con su vestido rojo y la larga melena negra, apoyada a la entrada de lo que parece una especie de cueva horadada en la ladera de la colina. «Joder, juraría que hace un momento ahí no había nadie», masculla, sintiéndose observado.

—Ven aquí, rubio, que no muerdo.

Luis siente curiosidad por la mujer, pero también recelo, y aunque duda, poco a poco se acerca a ella. Conforme se aproxima toma conciencia de sus ojos enormes y penetrantes.

—Tengo algo pa ti.

«Sí, ya. Me vas a leer la buenaventura, o como se diga». Luis sabe que el Sacromonte es terreno abonado para que piquen los turistas desprevenidos, y esa gitana tiene pinta de ser muy buena engatusando. Desde luego, su aspecto es imponente.

—Escúchame bien, porque María la Zíngara no acostumbra a regalar su sabiduría.

A Luis empieza a divertirle el desparpajo de la mujer. Interpreta su papel de manera muy convincente. Ya está a un par de metros de ella; las chicharras “cantan” rabiosas; el gato gris aparece de la nada, rozándole las piernas, y se instala junto a la gitana. El joven la mira a los ojos, y de repente se siente desnudo, como si todos sus anhelos, sus inquietudes, sus esperanzas estuvieran expuestas. Es una sensación extraña; incómoda, pero también reconfortante. Siente que esa mujer tiene respuestas.

—Sé quién eres. Podría camelarte pa que entraras en la zambra y saldrías dentro de un rato embobao y más ligero de equipaje. —La Zíngara levanta la mano derecha y, con la palma hacia arriba, hace un rápido giro de muñeca a la vez que se frota los dedos con el pulgar—. Pero dejaremos la invitación pa otro momento.

Luis no podría estar más intrigado. Por el momento, decide permanecer mudo.

—Ahora que te tengo delante veo que no me equivoqué.

Luis no entiende qué está pasando. Es la primera vez que ve a esa mujer, pero ella parece saber realmente quién es él. Es mosqueante, pero quiere escuchar más.

—Un poco empanao, pero un payo bueno. Sara ha elegío bien.

La mención del nombre provoca un terremoto en el interior de Luis. El estómago se le sube a la garganta y el corazón le late desbocado.

—¿Cómo dices? —pregunta ansioso.

María la Zíngara sonríe con sus enormes ojos.

—Vaya, si resulta que sabes hablar… —Se le acerca, y con la cara apenas a un palmo de la de él, aclara—: Digo que Sara, la muchacha que te ha traío hasta aquí, ha elegío bien, y tú… —Hace una pausa, algo dramática. Le gusta recordar los tiempos en que era toda una estrella.

—¡Sigue! ¡No me dejes así! —Luis se da cuenta enseguida de que ha sonado bastante histérico— Perdona, no pretendía ser brusco, pero es que estoy flipando bastante…

—Ay, rubio, tienes que relajarte un poco, que eres mu joven pa estar tan estresao. —María estira el brazo y, para sorpresa de Luis, le coloca la mano bajo la barbilla y se la acaricia con dedos firmes. Sea por la sorpresa o por la magia de la gitana, el caso es que el muchacho se relaja—. Lo único que tengo que decirte, y no es poca cosa, es que si de verdá te gusta la Sara, debes tener paciencia.

A Luis Jamás se le habría pasado por la cabeza que acabaría dejándose aconsejar por una adivina, pero ahora quiere seguir escuchándola, que le aclare las dudas que lo acosan.

—Estoy flipando tanto que no tiene sentido intentar buscar una explicación, y como parece que lo sabes todo, a ver si me puedes responder a esto: ¿qué le pasa a Sara?

Luis nota como si los ojos de la Zíngara intentaran absorberlo. Sus pensamientos están expuestos a su escrutinio, y no opone resistencia. Antes de emitir un veredicto, María le agarra las dos manos, con las palmas hacia arriba, y las estudia como lo haría un joyero entretenido con una pieza extraña y valiosa. Luis siempre ha considerado todas esas cosas, la lectura de las líneas de las manos, las cartas que leen el futuro, los péndulos mágicos y similares, patrañas cuya única función es llenar el vacío intelectual de las mentes supersticiosas y sugestionables. Probablemente no cambie de opinión, pero en ese momento siente que no hay verdad más incuestionable que la que le cuente María la Zíngara.

—Hay mucho que trabajar aquí —murmura, sin dejar de mirarle las manos—. Tienes un buen follón, en la cabeza… —Hace una pausa, durante la cual levanta la vista y la clava otra vez en los ojos de Luis—, y en el corazón.

Sara bajo la lluvia, besándose desesperados; Sara bajo las estrellas, las manos entrelazadas; Sara flirteando en el bar del cámping, Sara junto a la lavadora… Íngrid desnuda en la cama de un hotel… Laia disertando con pasión, y él admirándola; Laia sentada sobre él, sudando y jadeando; la tristeza y la decepción en los ojos de Laia… Luis cierra los ojos, demasiado tarde para tratar de ocultar sus contradicciones.

—Me gusta Sara… No sé si tenemos futuro, pero me gustaría intentarlo —revela, todavía con los ojos cerrados.

La gitana le devuelve las manos, colocando con suavidad una sobre la otra.

—Todos tenemos recuerdos dolorosos, acciones de las que arrepentirnos, deseos por cumplir y sueños irrealizables. —La voz de la mujer surge en un susurro desde muy adentro. Luis abre los párpados y enseguida se da cuenta de que esos ojos hechiceros que lo miran en realidad miran mucho más allá—. Estamos llenos de contradicciones y a cada momento debemos sortear cantidá de obstáculos que complican muchísimo avanzar en la vida por el camino que nos habíamos marcao… suponiendo que nos hubiéramos marcao alguno.

María vuelve a concentrarse en el muchacho que tiene delante. Le dedica una sonrisa triste pero cálida y le acaricia la mejilla.

—Ven conmigo, rubio. Te voy a contar una historia.

Y Luis la sigue, dócil, al interior de la zambra.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXX)


Centrifugando recuerdos

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Son las seis de la tarde. El sol ha recuperado el terreno perdido y vuelve a caer a plomo sobre Granada. Luis ha dado cuenta de varias jarras de cerveza entre platos de chipirones, patatas bravas y mejillones al vapor. Está sudando y se siente pesado; sobre todo le pesan los párpados, empujados por la nube turbia que el exceso de alcohol ha colocado en su mente.

Se ha pasado buena parte del tiempo consultando la pantalla del móvil, esperando un mensaje que no ha llegado, hasta que, derrotado por la evidencia, ha decidido beber (más) para olvidar (más). Pulsa de nuevo una tecla cualquiera —«Es la última vez, se acabó hacer el pringao», proclama, como en la última media docena de ocasiones en que ha llevado a cabo la misma operación— y, de nuevo, deja caer el aparato sobre la mesa.

—Soy el campeón mundial de los pringaos —sentencia en un murmullo de voz pastosa.

Y entonces nota cómo le sube una ola de calor desde el estómago, que enciende los fuegos artificiales.

—Ya está bien.

En un arranque de indignación, agarra el teléfono y, sin dejar lugar a la prudencia, le escribe a Sara: «La culpa es mía por dejarme engañar, pero ya te vale. Ni una triste excusa… Adiós, Sara». Pulsa el botón de enviar y espera, todavía con la adrenalina latiéndole en las sienes. Unos segundos después contempla la aparición del doble “check” junto a la hora de recepción del whatsapp. «Ya no hay marcha atrás», reflexiona, despacio, como si las palabras le fueran apareciendo por fundido en el cerebro, lo que contrasta con la excitación que le araña en el estómago y le hierve en el rostro.

«Estás borracho, y en un rato te arrepentirás del calentón», escucha, muy lejos, como si un alguien incierto se lo susurrara a través de un tubo larguísimo acoplado al oído. Vuelve a soltar el teléfono sobre la mesa, pero golpea en el filo y cae al suelo. Algunos clientes de la terraza interrumpen sus conversaciones, desvían la atención atraídos por el incidente, e inmediatamente pierden el interés. Luis, con los movimientos aletargados, tarda unos segundos en agacharse para recuperar el cacharro.

—Mierda —maldice, al darse cuenta de que ha aparecido una grieta en la pantalla.

—Amigo, creo que necesitas una buena siesta.

Cuando Luis aparta la vista de la maltrecha pantalla se encuentra con la inevitable sonrisa de Aiman, que ha tomado asiento acompañado por una botella de agua de litro y medio y un bocadillo.

—Por fin llegó el merecido descanso —declara, al tiempo que propina un señor mordisco al bocadillo—. Es de sardinas. ¿Quieres?

Pero Luis no escucha. Está ahí, sabe quién es el muchacho que lo acompaña, pero todo su esfuerzo mental está concentrado en la frustración por haberse cargado el teléfono y, sobre todo, en buscar razones que den sentido al arrebato que lo ha conducido a despedirse de la mujer a la que ama.

—Se ha roto —anuncia lacónico, mostrando el móvil sin ningún entusiasmo.

Aiman mastica, traga y, cogiendo la botella con una mano, bebe.

—Si quieres uno nuevo, muy barato, conozco a un amigo que tiene una tienda aquí mismo —responde, entre bocado y bocado—. Aunque esa cara no es por el móvil, ya la llevabas puesta hace un rato.

Luis vuelve a concentrarse en el teléfono. Con cierto alivio comprueba que la pantalla, aunque atravesada por una grieta, sigue funcionando. Con gesto torpe abre una vez más el whatsapp y tarda un par de segundos en comprender que la señal azul junto al mensaje enviado a Sara significa que ya lo ha leído.

—Ahora sí que está —sentencia, con aire de derrota.

—Sí que está ¿el qué? —interviene Aiman, que devora el bocadillo a una velocidad sorprendente.

Luis levanta la vista y se encuentra de nuevo con los ojos despreocupados del camarero. «Es el tipo de persona que se adapta a cualquier situación», se escucha reflexionar. «Yo, en cambio, vivo en un agobio continuo… Y eso que llegó en patera…»

—Amigo, ¿por qué no te vas a descansar un rato? —Aiman se levanta y, decidido, se planta junto a la silla de Luis y le ofrece los brazos—. Vamos, que te acompaño. Aún me quedan veinte minutos.

Luis lo mira, y durante unos instantes valora el ofrecimiento. Hasta que cierra los ojos y, despacio, empieza a mover la cabeza de izquierda a derecha al tiempo que le aflora una sonrisa que no sabía que aún tenía.

—Colega, eres todo un descubrimiento. Anda, siéntate y disfruta de tus veinte minutos. —Se recuesta en la silla y desvía la atención a la Alhambra, siempre tan hechizante. Suspira y, aunque la nube continúa enturbiándole la mente, nota que las palabras se dirigen a la boca, listas para salir—. La he cagado. Mucho. —Aiman, de nuevo sentado, presta atención, pero no dice nada—. Le acabo de decir a la chica a la que amo, la que me ha llevado a cruzar el país de arriba abajo, que me largo. —Se echa hacia delante, apoya los codos en la mesa y deja descansar la cabeza sobre las manos abiertas—. ¿Qué hago ahora? Me dijiste que eras psicólogo…

Aiman ríe, y antes de contestar da varios tragos a la botella. Ya no hay rastro del bocadillo.

—Cómo os gusta dramatizar, ¿eh? —Deja la botella en un lado de la mesa, acerca la cara a la de Luis y se coloca delante las dos manos abiertas, con ocho dedos levantados—. Ocho años me llevó convencer a Hamida de que estábamos hechos el uno para el otro. Y, ya ves, cuando lo conseguí, me vine a España. —Luis observa inexpresivo, intentando descifrar el mensaje—. Los españoles tenéis demasiada prisa para todo. —Se echa para atrás y agarra de nuevo la botella— ¿Crees que un mensaje de teléfono, que has escrito medio borracho, es el punto final a una relación que no ha empezado? —dispara, e inmediatamente se acopla la botella a los labios.

—Supongo que tienes razón —es todo lo que se le ocurre a Luis como respuesta.

…………………………

—Cómo odio que me siga tratando como a una cría.

Tere mira a Sara, que como siempre que mantiene una conversación con su madre se pone a la defensiva y acaba de mal humor. El móvil suele pagar las consecuencias. Ve cómo rebota en el cojín y aterriza en el suelo. Sara resopla y se deja caer, probablemente más frustrada que cabreada, contra el respaldo del sofá.

—Que por qué me vuelvo a ir, que qué voy a hacer en la Alpujarra, que lo que necesito es descansar y centrarme, que cuándo voy a dejar de comportarme como una descastá, que si parece que no quiera saber nada de mi familia, con lo que ella se desvive por mí… ¡Es insoportable!

Tere la deja desahogarse. No tiene ninguna intención de entrometerse y sabe que abrir ese melón seguramente acabe en una discusión que no quiere mantener. Ella ya tiene bastante con lo suyo. Le duele la lengua de tanto mordérsela y el corazón de tanto reprimir sus sentimientos, pero ha decidido aceptar las cosas como son. «¿Se quiere ir? Pues que se vaya. Tenerla aquí en este plan es para volverse loca».

Tere vuelve a ver a su amiga abrazada a Luis y aprieta los labios. Después de todo, si se va tampoco él podrá tenerla. «Supongo que se cansará y acabará largándose». Y ese pensamiento la tranquiliza. «Ni pa ti ni pa mí, ea. Por lo menos, yo no me he metío una pechá de quilómetros pa ná». Y con una mueca que recuerda vagamente a una sonrisa, se sumerge de nuevo en el desfile de microhistorias, tan reales como insustanciales, que amistades a menudo desconocidas exhiben en Facebook.

—Me voy, Tere.

Tere echa una ojeada al sofá. Sara sigue en la misma postura, hablando de cara a la pared.

—Es lo mejor. Hay que saber cuándo las cosas no pueden ser, y ahora no puede ser.

Las palabras surgen monótonas, copiadas del discurso de la mala actriz protagonista de una mala película romántica. Tere decide seguir ejercitando el dedo índice sobre la pantallita.

—¿Por qué no te vienes conmigo?

Los acordes de ‘Emborracharme’, de Lori Meyers, toman el relevo a la pregunta.

«Empiezo a quererte.
Empiezo a pensar
que no hay un día
que no quiera verte,
y demostrar
todo el amor
que te mereces…»

La punzada en el estómago. Otra vez. Tere se remueve en la silla. Una fuerza irresistible la empuja a soltar todo lo que lleva tanto tiempo ocultando. Aunque acabara en desastre seguro que se sentiría aliviada… Pero no, aún no; por ahora seguirá ejerciendo de amiga. Levanta la cabeza y se encuentra con los ojos de Sara, que ha echado la cabeza tan atrás que le cuelga del respaldo del sofá. La postura es tan ridícula que Tere ríe de forma espontánea.

—¡Oye! ¡No te rías de mí! Sólo me faltaba eso, además de pena doy risa.

Tere se deja llevar por las carcajadas, y enseguida Sara se contagia. Ríen con ganas, y no importa el desencadenante, el caso es que ríen como si fuera la última oportunidad de hacerlo.

Tere deja el teléfono, se echa hacia atrás en la silla y se coloca las manos sobre el vientre. Cierra los ojos, y las lágrimas, qué importa si de alegría o tristeza, le resbalan por la cara.

Cuando los vuelve a abrir se da cuenta de que ya sólo ríe ella. Sara está de pie, al otro lado de la mesa redonda, otra vez con la angustia reflejada en el rostro. Es una mesa pequeña, suficiente para que tres amigas compartan una botella de vino en noches de insomnio. Tere echa de menos esa botella. No le va a poder dar un trago antes de conocer el porqué de esa cara. Está cansada. «No, por favor, no me cuentes más penas».

Sara se coloca a su lado y deja el móvil en la mesa. No necesita que le diga de quién es el mensaje.

«La culpa es mía por dejarme engañar, pero ya te vale. Ni una triste excusa… Adiós, Sara».

Tere se queda con la vista clavada en la pantalla. Se siente mezquina por alegrarse y no quiere correr el riesgo de que su amiga la descubra. «Ahora, díselo ahora». Busca la botella con la mirada. Necesita vino. El efecto de las cervezas y la marihuana hace rato que pasó. Arrastra la silla hacia atrás y se incorpora.

—Siéntate. Voy a buscar una botella de vino y lo hablamos.

Con mano temblorosa acaricia el hombro de Sara y se dirige a la cocina. Pero de nuevo, como unas horas antes, esa voz que no soportaría que desapareciera de su mundo la detiene a medio camino.

—¿Por qué me duele tanto si yo ya había decidido marcharme? —Un sollozo ahogado la obliga a interrumpirse—. Te necesito, Tere. Sé que soy una cría estúpida, pero necesito que estés conmigo.

Sara la mira suplicante. A Tere no le hace falta verla para saberlo. Con la mano derecha apoyada en el marco de la puerta de la cocina, se vuelve a arrancar un trozo de labio con los dientes. El sabor de la sangre consigue liberar un poco de tensión, pero aun así se lleva a la boca el puño izquierdo, tan apretado que si tuviera las uñas largas se las clavaría en la palma, y se muerde los nudillos.

«No tienes ni puta idea de lo que siento yo, de cómo me duele escucharte y saber que lo más a que puedo aspirar es a contemplarte mientras duermes y a acariciarte el pelo como lo haría una hermana».

—Deja que coja esa botella —resuelve, y entra en la cocina.

Sara se sienta, con la cabeza entre las manos y un tiovivo de imágenes girando a toda velocidad en su mente. En casi todas aparece Luis, pero el subconsciente también la obsequia con escenas de las pesadillas que la acosan. Los ojos agotados de su hermanita, rodeada de cables, le siguen aguijoneando el alma.

Tere reaparece con el vino y dos copas. Una ya la ha vaciado y la rellena mientras camina. Cuando llega junto a la mesa le da la otra a Sara, le sirve, y antes de dejar la botella, llena su copa hasta el borde y se la bebe sin apenas respirar. «A ver si reviento», piensa.

Sara también bebe, un par de tragos antes de proseguir.

—Sé que no puedes venirte mañana, no te pido eso. Pero ¿subirás el viernes? —Y antes de esperar la respuesta, añade—: Es lo que tenías previsto antes de que yo volviera, ¿no?

Sara vuelve a ser la niña indefensa. Desconcertante para cualquiera, menos para Tere. Siente el impulso de abrazarla y acariciarle el pelo, de volver a ofrecerle su hombro, de ser la amiga infalible, el apoyo incondicional. Y también siente el impulso de decirle que sí, que se va con ella, que a la mierda el trabajo, que no hay nada en la vida más importante que compartirla con la persona que amas… «Eso es lo que tendrías que decirle, que estás loca por ella. Ya está bien de disimular». Pero no, de nuevo reprime los impulsos. Los de amiga, porque el dolor que siente es lo bastante intenso como para desecharlo; los otros, porque todavía no ha bebido suficiente vino.

—Tere… ¿Estás bien?

Rellena la copa —ya sólo queda un dedo de vino en la botella— y hace desaparecer su contenido en un suspiro. Ahora Sara la mira preocupada.

—No, no estoy bien. —Tere toma aire, lo expulsa de golpe y se sumerge en esos ojos verdes asustados que la contemplan sin comprender qué ocurre—. No estoy nada bien.

—¿Qué… qué te pasa? —pregunta Sara, con la inquietud de quien intuye que preferiría no conocer la respuesta.

Tere vuelve a respirar hondo. Inspira tanto que imagina que le explotan los pulmones, y ahora deja escapar el aire despacio mientras nota cómo le tiemblan todos los músculos. Antes de hablar ve la botella sobre la mesa, la coge, y exprime hasta la última gota de vino.

Sara cierra los ojos.

—Te quiero.

Las palabras recorren el trayecto despacio, flotando a duras penas, como si corrieran el peligro de caer al suelo, desde los labios de Tere hasta las orejas de Sara. Ascienden pesadamente por los conductos auditivos, y las neuronas, perezosas, se resisten a decodificar el mensaje, pero acaban haciéndolo. «Te quiero», resuena en el cráneo de Sara, que mantiene los ojos cerrados.

Tere aguanta la respiración, ansiosa por conocer la respuesta, pero a la vez aliviada por haberse atrevido a dar el paso. Y entonces Sara la mira y, con toda la dulzura del mundo, toma la mano derecha de su amiga del alma entre las suyas. En su expresión hay ternura.

—Yo también te quiero.

Durante un par de segundos Tere busca algo más en esa mirada cálida que la abraza, pero no, sólo hay ternura, y siente cómo la invade la tristeza, una tristeza como no la ha sentido nunca, que la obliga a bajar la mirada. Con suavidad, aparta la mano, se levanta lentamente y, sin pronunciar palabra, se aleja por el pasillo como un alma en pena.

—Yo también te quiero —murmura Sara, con las lágrimas brotando despacio y en silencio.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXIX)


Centrifugando recuerdos

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Por primera vez en días Luis siente que la ducha sirve para algo. La consecuencia más evidente de la tormenta es el descenso de la temperatura, que hace que pasear por las callejuelas del Albayzín, sometidas un par de horas antes al tormento solar, ahora sea un ejercicio agradable. Incluso hay momentos, cuando una nubecilla despistada se interpone entre el sol y sus víctimas, en que la brisa proveniente de Sierra Nevada provoca algún escalofrío entre los más frioleros.

A Luis esa sensación de frescor lo reconforta. De camino al garito donde trabaja Aiman le da vueltas a su ardiente encuentro con Sara. No ha dejado de hacerlo desde la extraña despedida, al principio bastante molesto, pero luego más animado, tratando de relativizar la manera en que ella se lo quitó de encima. Ya la conoce lo suficiente como para empezar a acostumbrarse a sus reacciones imprevisibles. Y aunque que lo despidiera le sentó como una jarra de agua fría, conforme recorre las calles, momentáneamente a salvo de la insolación, trata de quedarse con la parte positiva. «Luego nos volveremos a ver, no va a pasar como en el cámping», se repite a cada pocos pasos, y cierra los ojos para volver a sentir los besos y las caricias.

Instintivamente se echa mano al bolsillo del pantalón y saca el teléfono móvil. Como hizo cinco minutos antes, comprueba que no ha recibido ningún mensaje, y de nuevo reacciona con un resoplido de fastidio. «No seas paranoico, aún no son ni las —vuelve a mirar el móvil para consultar la hora— cuatro. Déjale un margen de tiempo». Guarda el teléfono y coge un cigarrillo; lleva unos cuantos desde la despedida. Se detiene un momento para encenderlo y cuando levanta la vista se da cuenta de que casi ha llegado.

Aspira una bocanada de humo y la expulsa lentamente, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, sintiendo la calidez agradable de un sol momentáneamente aplacado. Y entonces, acudiendo a la llamada del bienestar, aparece en su mente la cara de Sara, salpicada por incontables gotas de lluvia, con las mejillas encendidas, los ojos sonrientes, y el pelo cayéndole en bucles chorreantes sobre los hombros desnudos. Necesita otra calada, aún más intensa que la primera.

Se da cuenta de que la mano derecha ha regresado al bolsillo del pantalón.

—Basta —se reprocha al tiempo que abre los ojos y retira la mano.

Enseguida localiza la terraza del bar que está buscando. Aiman se mueve entre las mesas con la habilidad de un camarero experto, transportando bandejas cargadas de jarras de cerveza y platos con patatas bravas, chipirones, pinchos morunos, olivas y otras exquisiteces. Entre viaje y viaje se detiene unos segundos a limpiar las mesas que quedan vacías con la bayeta que lleva colgada en el pantalón, y ante cualquier llamada, invariablemente levanta la cabeza y responde con una sonrisa.

—Perdona, ¿tienes una mesa para mí?

—Un segundo, señor —responde Aiman a la pregunta del nuevo cliente, mientras acaba de cargar en la bandeja los restos de una mesa que ha dejado libre un animado grupo de jubilados franceses.

Luis aguarda a un par de metros, conteniendo a duras penas la sonrisa que tiene preparada para cuando el camarero se dé cuenta de quién está esperando.

—Hombre, mira a quién tenemos aquí. —Ambos ríen, y Aiman lo saluda con una palmada cómplice en el hombro—. No me digas que te acabas de levantar —le suelta, burlón.

—Qué va, no he currado tanto como tú, pero tengo la sensación de que han pasado dos días desde que me levanté. La verdad es que llevo una semanita que más bien parece un mes.

—Ya, ya. Bueno, ahora no tengo tiempo de cháchara. —El muchacho hace un gesto con la cabeza señalando el trabajo que se le acumula—. Después de la tormenta han salido todos como caracoles y se me están amontonando. —Ríe—. ¿Qué te pongo?

—Una jarra de cerveza y unas bravas.

—Marchando.

Aiman, bandeja en mano, da media vuelta con la agilidad de un gato, propina otra palmadita a Luis, y se escurre entre las mesas, recuperando jarras, copas y platos en su camino hacia el local.

Luis se sienta, otra vez frente a la Alhambra. Durante unos segundos la maravilla nazarí desaloja al resto de pensamientos, pero enseguida debe compartir espacio con la imagen de Sara contemplándola con devoción desde los jardines del Palacio de los Córdova. Ahora Luis ya sólo ve su vestido floreado, su espalda desnuda y su cabello flotando sobre los hombros.

Suspira. Piensa en encender otro cigarrillo, pero consigue resistirse y en lugar de rebuscar en el bolsillo repiquetea con los dedos sobre la mesa metálica. «¿Me habrá escrito ya?». Ahora necesita volver a comprobar el móvil, pero la oportuna llegada de Aiman pone freno momentáneo a la obsesión.

—Una jarra bien fría. —El camarero deposita la cerveza en la mesa, acompañada por unas olivas y unas anchoas—. Ahora traigo las bravas —añade, sin detenerse un segundo más de la cuenta.

Antes de cogerla, Luis se fija en las gotas que resbalan por el vidrio y se van depositando en la base, formando un charquito. Inmediatamente lo asalta el recuerdo de la noche en el cámping, cuando Sara lo sorprendió dibujando con el dedo mojado en la mesa. Sonríe, es un recuerdo agradable. Aquella noche fue el desencadenante de todo. «O no». Se remueve en la silla, no es la reflexión que esperaba, pero su cerebro suele hacerlo, poner en duda sus decisiones.

Da un largo trago a la jarra, con los ojos cerrados para concentrarse mejor en el placer de sentir el líquido helado deslizándose por la garganta. Cuando la deja de nuevo en la mesa vuelve a centrar su mirada en la Alhambra.

«No es sano que toda tu vida gire en torno a alguna mujer». Luis no quiere oírse, menos en un momento en el que lo que tocaría es disfrutar, del paisaje, de la cerveza, de la libertad de hacer lo que quiera… «¿Lo que quieras? ¿Lo que quieres es estar siempre a merced de las decisiones de otra persona? ¿Y si no te llama? ¿Y si Sara pasa definitivamente de ti? ¿Qué harás? ¿Lo aceptarás, o seguirás arrastrándote detrás de ella?»

—Mierda —farfulla entre dientes. Agarra la jarra y bebe hasta que el frío y el gas amenazan con hacerle explotar la cabeza.

—Eh, pues sí que estabas sediento. —Aiman deposita en la mesa el plato con las patatas bravas—. ¿Te traigo otra?

Luis lo mira algo desconcertado, como si fuera la primera vez que ve al camarero, como si no comprendiera lo que dice.

—Uf, a ti te pasa algo. Llevo tanto tiempo sirviendo cervezas a tipos solitarios que me conozco todas sus expresiones. —Luis amaga con objetar algo, pero sólo balbucea sin convicción—. No hay que ser un lince para adivinar que tiene que ver con la chavala que nos abrió la puerta. ¿Me equivoco? —El camarero acompaña sus palabras con un guiño, y vuelve a escurrirse mientras anuncia—: Ahora te traigo otra birra.

Luis se recuesta en la silla. «Siento algo fuerte por ella, no es un capricho, ni una necesidad enfermiza. Y sé que ella también lo siente por mí, aunque haya algo que la frena». Ya no queda cerveza, y en el lapso de decidir pinchar una patata aparece el impulso de consultar el teléfono. Esta vez no lo reprime, y una mueca de decepción es la respuesta a la falta de novedades.

Con un gesto brusco deja el móvil sobre la mesa, que se desliza hasta la otra punta. Sabe que tendrá que ser él quien le escriba, y quien la llame después de que no responda a sus mensajes.

Se lleva una patata a la boca, y mientras la saborea con gesto resignado acude a su mente una tarde cualquiera en una terraza de Barcelona junto a Laia. No hace mucho de eso. Recuerda lo bien que se sentía estando con ella, cada una de esas tardes de las que sólo cambiaba el escenario; era todo lo que necesitaba, saber que ella estaba allí, con él. Pero también recuerda la angustia, esa sensación que conforme pasaba el tiempo se hacía más intensa. Luis sabía que la estaba perdiendo, que aquella rutina a ella la estaba matando. Una de esas tardes, una cualquiera, dejó de hablar. Hasta entonces había aprovechado aquellos momentos de complicidad, de estar juntos por el gusto de estarlo, porque era lo que querían hacer, para exponer sus sueños, sus inquietudes, sus dudas, para hablar sobre lo mal que estaba el mundo y buscar soluciones. Pero en realidad no era un diálogo, él nunca cumplió su parte del trato; se limitaba a escuchar y a asentir. Porque ella era la protagonista de todos sus sueños e inquietudes. Su mundo giraba en torno a Laia, la posibilidad de perderla era el único mal que ocupaba sus pensamientos.

«No se lo decías para no asustarla. Te conformabas con escuchar porque toda tu ambición era estar con ella, y la mataste de aburrimiento».

—No quiero pensar más en Laia. Ese capítulo está más que cerrado —murmura, y se lleva una oliva y una anchoa a la boca.

«Eso es lo que dices, pero pregúntate esto: ¿la querías de verdad? ¿O simplemente querías que estuviera contigo? Sé sincero: en realidad nunca te interesó nada de lo que te contaba».

—Vete a la mierda —maldice entre dientes, y en ese momento llega la jarra salvadora. Se la arrebata a Aiman de las manos y se bebe la mitad de una vez.

—Amigo, estás fatal. Si puedo, me escaqueo un rato y me lo cuentas. Aquí donde me ves, me llaman el psicólogo del Albayzín.

Luis posa la mirada en la sonrisa triunfal del infatigable camarero y no puede evitar que se le dibuje también a él un esbozo de sonrisa.

—Creo que ni el mismísimo Freud encontraría explicación a lo mío.

 …………………………

Tere observa a Sara. Dormida transmite toda la paz que le rehúye cuando está despierta. Querría acariciarla, despacio, y tomarse su tiempo para besarla por todo el cuerpo. Podría. Si lo hace con la suficiente suavidad seguramente ni llegaría a despertarse. Se ha quedado dormida en el sofá, con el murmullo de fondo de uno de esos programas odiosos de la tele.

Tere está apoyada en la ventana, fumándose un porro y bebiendo cerveza. Lleva unas cuantas latas desde que llegó del hospital. «Te sientas con su cabeza apoyada en el regazo y puedes empezar acariciándole el pelo y besándole la frente». El impulso es grande, más con la acumulación de alcohol en la sangre y el aliño de la marihuana. Pero aún no ha desaparecido del todo el punto de consciencia que la hace contenerse, que le advierte que cruzar esa frontera sería poner el punto y final a toda una vida juntas.

—Mírala, cuánta inocencia transmite, cuánta necesidad de cariño, de que alguien cuide de ella de verdad. —Tere se da la vuelta, expulsa el humo por la ventana y da otra calada con vistas a la Alhambra—. Yo puedo hacerlo, cuidar de ella… Es lo que hago. —Apura la cerveza y apaga el porro contra el alféizar, con presión creciente conforme aumenta su frustración—. La mayor putada que le puede ocurrir a una estúpida bollera es enamorarse de su mejor amiga hetero…

Se fija en la lata, y un segundo después la estruja con rabia. Sara duerme plácidamente.

—¡Una puta mierda! —grita Tere desde la ventana, como si quisiera que se enterase toda Granada.

Algunos transeúntes levantan la cabeza, a tiempo para asistir al vuelo de la lata.

Continuará…

Amapolas


Fotografía: «Campo de amapolas en Gallecs», por Benjamín Recacha.

 

Sentado en el prado se me pierde el pensamiento

en sueños de verde casi siempre inalcanzable.

Pregunto a la vida por qué no es más razonable,

que duele demasiado ver tanto sufrimiento.

 

Y la vida, respondiendo a mi angustia, florece.

De entre la hierba, altiva surge la amapola.

Tan hermosa, tan roja, la pasión enarbola.

La llama se contagia y la esperanza aparece.

 

Cielo azul, nubes blancas, todo el campo florido.

Sinfonía de trinos, banquete de colores.

El sueño de la primavera embriaga al dormido.

 

Pero breves e irreales son los sueños traidores.

Despierto, y pronto vuelvo a sentirme perdido.

Promesas etéreas de las escarlatas flores.

Centrifugando recuerdos (XXVIII)


Centrifugando recuerdos

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Cuando Tere abre la puerta se encuentra con la mano de Sara sosteniendo una llave huérfana de cerradura. Tras la sorpresa inicial, las dos ríen, algo nerviosas, pero enseguida se hace un silencio incómodo, como si cada una tuviera en mente algo de lo que prefiriese no hablar en ese momento (o en ningún otro), pero temiese ser descubierta.

Tere se debate entre la atracción y el dolor de tenerla tan cerca y, sin embargo, tan inalcanzable. Pero quiere huir de eso, necesita poner distancia. En ese momento no quiere ser la amiga incondicional, confidente y consejera. No quiere ser el hombro sobre el que llorar ni la sonrisa siempre dispuesta. Eso es lo que se dice.

Sara, empapada, nota cómo el frío le sube desde los pies mojados, a la vez que le desciende por la espalda. Está confusa, una vez más, y se siente frágil. Su cuerpo, que sólo unos minutos antes vibraba espléndido, ahora lo nota encogido, necesitado de refugio. Pero no quiere alarmar a su amiga. Un escalofrío le recorre la columna e instintivamente se protege con los brazos.

—Vas a pillar una pulmonía —reacciona Tere.

Sara la mira con expresión culpable, como lo haría una adolescente pillada in fraganti por su madre, y entonces se da cuenta de que algo no anda bien en esos ojos siempre risueños.

—¿Te pasa algo? Haces mala cara.

A Tere la pregunta la pilla por sorpresa. Normalmente es ella la que se preocupa por su amiga. Intenta disimular con una sonrisa forzada.

—Pues no sé, será por el curro. Estamos un poco estresaos en el hospital…

—Ya imagino —asiente Sara. quien, por fin, accede al piso. Tere se hace a un lado para dejarla pasar, sin soltar la puerta. Cuando ha avanzado un par de metros por el pasillo se detiene y se da la vuelta—. ¿Esperas a alguien más o es que vas a salir?

Tere duda. No le apetece nada una conversación que no sabe en qué puede desembocar, pero por otro lado, y aunque no quiera admitirlo, estar cerca de Sara es lo que más desea en el mundo.

Se sostienen la mirada un segundo, hasta que en Tere se impone la amiga, o puede que la silente enamorada, así que cierra la puerta y los ojos, toma aire y, despacio, la sigue hasta el comedor. «Eres su mejor amiga, su hermana… Te necesita. Siempre lo ha hecho y siempre lo hará. No puedes fallarle», se repite mientras arrastra los pies, descalzos después de dejar las sandalias en el recibidor.

A Sara vuelven a asaltarla los miedos. Rememora su cita bajo la lluvia. Agradable y excitante. Pero la sensación de que no controlaba la situación la inquieta. Agradable y excitante, sí. Pero no puede ser, porque aquello que se escapa a su control acaba dañándola.

A ratos consigue rebelarse y someter a ese yo odioso que le impide vivir. Sólo a ratos.

—Vete a la ducha y ponte algo seco de una vez. Mientras prepararé algo para comer.

Sara se detiene y gira la cabeza, y aunque Tere ve que sus ojos la miran, en realidad no la enfocan a ella, sino a algo, a alguien, que no se encuentra en la sala. Alguien con quien un rato antes se estaba besando y dejándose abrazar. Y entonces cae en la cuenta de que algo sucede. «¿Por qué ha vuelto sola? ¿Qué ha pasado después del beso?», se pregunta, al tiempo que nota cómo en su interior crecen paralelos sentimientos encontrados: la preocupación porque hayan vuelto a hacer daño a su amiga, y el alivio rastrero de saberla de nuevo para sí. El privilegio de consolarla le pertenece sólo a ella, y eso le produce una satisfacción inconfesable.

Sara avanza hacia el baño. Recuerda su compromiso con Luis, y le agobia pensar en volver a salir. Siente sus caricias de nuevo; su lengua cálida y ansiosa. Ella también lo estaba, ansiosa. Pero aquello ahora le parece más un sueño que una experiencia vivida. El viento, la lluvia rabiosa, el rugido de la tormenta. «¿Realmente ha pasado?», se pregunta absurdamente, parada a la entrada del baño. Ella misma es la respuesta, reforzada por las huellas que van dejando en el suelo sus pies mojados.

En su camino hacia la cocina, Tere pasa a su lado. Ese halo de fragilidad que desprende le despierta las ganas de abrazarla, pero consigue reprimirse. Aprieta los puños y sigue adelante.

—Te he hecho caso.

Tere se detiene justo antes de entrar en la cocina y se gira despacio. No quiere saberlo. Ya lo sabe, pero no quiere que Sara le relate lo maravilloso que ha sido magrearse bajo la tormenta con ese príncipe azul de estar por casa. Y no quiere volver a escuchar lo desgraciada que es su amiga, incapaz de disfrutar el momento, incapaz de deshacerse de los fantasmas que la acosan, condenada a vivir lastrada por el recuerdo… No quiere hacerlo y, sin embargo, se esfuerza por poner su expresión más dulce, ésa que sólo conoce Sara, y escuchar con toda la atención.

—Leí tu nota y fue como si de repente todo fuera a salir bien.

Sara está apoyada en el marco de la puerta, con la cabeza hacia atrás y la mirada clavada en un punto indeterminado de la pared, junto a la entrada de la cocina. Por un momento la desvía para encontrarse con los dulces y comprensivos ojos de su amiga del alma.

—Muchas gracias por el desayuno. Eres la mejor.

Tere sonríe. Está nerviosa, como no recuerda haberlo estado antes en presencia de Sara. Nunca antes le había costado tanto contener sus sentimientos hacia ella. Carraspea.

—Oh, eso. No ha sío ná —balbucea.

La mirada de Sara vuelve a perderse, ahora en el interior de la cocina.

—Lo llamé. Estaba contenta, me sentía atractiva, segura. —Vuelve a mirar a Tere, que se muerde los labios— ¿Te lo puedes creer? Yo me sentía segura. Yo. —Sonríe con tintes amargos y desvía de nuevo la vista—. Me puse mi vestido favorito y me pinté los labios. Ya sabes lo poco que suelo hacerlo. Ni me acuerdo de cuál fue la última vez…

Tere sí se acuerda. Fue la tarde que aquel gilipollas le rompió el corazón. Entonces aún no era consciente de que la amistad entre ambas para ella era un premio de consolación. «¿Qué te pasa, Tere? ¿Por qué sales con ésas ahora? ¿Por qué esta mañana deseabas que lo de ese chico fuera bien y ahora estás tan desquiciada?», se pregunta a sí misma, mientras escucha un relato del que ya conoce el final.

—Está colado por mí, y eso en el fondo me gusta. Por un rato me he sentido muy especial, como si yo fuera lo más importante del mundo. Tenía derecho a estar a gusto, a no pensar en nada más que en mí misma.

Suspira. Lleva un rato hablando, desahogándose con su amiga, la única persona a la que puede contar sus neuras, la única a la que se las contaría, y Tere escucha y asiente, mientras en su interior se libra la batalla entre la amiga incondicional y la mujer que sabe que sus sentimientos jamás serán correspondidos. Eso le duele, cada vez más.

—Pero conforme nos acercábamos aquí la Sara de siempre reclamaba su espacio. Otra vez el miedo, la inseguridad, el recuerdo… Y no sé qué hacer. Hemos quedado esta tarde —A Tere le cambia la cara. La nueva información la toma por sorpresa, y de repente la batalla interna se recrudece. Sara se da cuenta del cambio y la mira extrañada—, pero no sé, esto no puede salir bien… ¿Qué te pasa?

Tere se sobresalta ante la pregunta directa. Una parte de su cerebro le pide que le cante las cuarenta por ser tan egoísta, por estar siempre dando la vara con sus problemas existenciales, como si fuera la única persona en el mundo que carga con tragedias a las espaldas… por no darse cuenta de lo que siente por ella… por no ser lesbiana…

Pero la sensatez aún logra imponerse y a fuerza de morderse la lengua y los labios salva la situación. Un hilillo de líquido caliente de sabor metálico se mezcla con la saliva, y con la lengua palpa el punto donde se acaba de arrancar un trozo de carne. La punzada de dolor le devuelve la lucidez.

—Nada, ya te he dicho que las cosas en el hospital no andan bien.

Tere nota cómo esos ojos verdes que no la abandonan ni en sueños buscan la respuesta en sus pupilas, pero antes de revelarle la verdad aparta la vista y se lleva la mano a la boca para tapar la tos más falsa de la historia.

—Bueno, ahora sí que voy a preparar algo para comer, que me voy a desmayar de hambre. —Entra en la cocina sintiendo que la sigue la mirada extrañada de Sara—. Va, espabila con la ducha —le exhorta, sin girar la cabeza. «Ha tenido que estar dos meses fuera para que te dieras cuenta de todo lo que llevabas escondido ahí dentro», concluye mentalmente mientras abre la nevera.

Sara sigue en el mismo sitio, otra vez con la cabeza echada hacia atrás, hasta donde le deja el marco de la puerta. El extraño comportamiento de Tere le ha hecho perder el hilo de lo que quería decir. «¿Qué leches le pasa? Se supone que la paranoica soy yo». Finalmente, se incorpora y entra en el baño. Deja caer el vestido mojado, corre la cortina y se mete en la bañera.

—Ah, ya me acuerdo de lo que quería decirte.

Tere se queda inmóvil, con un tomate en la mano izquierda y un cuchillo en la derecha, y aguanta la respiración.

—He decidido que mañana me voy a La Alpujarra, con Merche.

Lo siguiente que Tere oye es el sonido de las arandelas de la cortina de la bañera recorriendo la barra que las aguanta, y el agua de la ducha.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXVII)


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Después de salir de la ducha, Tere saca una cerveza de la nevera y se dirige a la ventana del comedor para bebérsela despacio mientras contempla cómo se deshacen las nubes sobre la Alhambra.

Como a media Granada, la tormenta la pilló por sorpresa y llegó a casa hecha un asco. La habitual mezcla del sudor propio con los inevitables aromas corporales de los pacientes de urgencias que impregnan la ropa, y que siempre tiene la impresión de que es imposible hacer desaparecer del todo, había adquirido una consistencia extra con las salpicaduras rebozadas en polvo, barro y las múltiples sustancias que habitan en el pavimento. Ser víctima de la tormenta más furiosa que recuerda era el epílogo perfecto a otra agobiante jornada en el hospital, con las urgencias colapsadas, sin aire acondicionado, con los vestuarios eternamente en obras.

El sistema de climatización lleva una semana en “huelga”, por mucho que desde dirección se hagan los ofendidos ante la acusación de que, para ahorrar, sólo lo ponen en marcha unas pocas horas al día.

Tere da un trago a la cerveza y cierra los ojos mientras disfruta del frío líquido que le baja por la garganta. «Qué bien sienta», piensa, y cuando abre los ojos se queda mirando el botellín entre las manos. Entonces regresan a su mente las patéticas escenas que se repiten a diario en el hospital. Apenas lleva seis meses trabajando allí, pero le bastaron un par de semanas para comprenderlo todo.

Apoyada con los brazos en el alféizar, niega con la cabeza, y un segundo después vuelve a ahogar la indignación en cerveza, un trago largo que le sienta maravillosamente.

Ella se mantiene al margen de las disputas políticas, pero lo que está claro es que en urgencias los termómetros revientan, y por mucho que hayan colocado unos cuantos ventiladores, aquello es insufrible. Frío en invierno, calor en verano. «La crisis, claro. No hay dinero para gastar en la sanidad pública», se dice, acompañando el pensamiento con una sonrisa irónica y un último trago que vacía el botellín.

Las quejas de los usuarios, que esperan hacinados, se multiplican con cada nuevo día, y ella no puede por menos que escuchar y asentir con la cabeza gacha. Significarse más allá no es una opción prudente cuando eres la nueva y sólo puedes perder.

—Vaya mierda de país —sentencia, y enseguida se da cuenta de lo ridícula que suena la frase pronunciada frente a la Alhambra y las magníficas montañas de Sierra Nevada. En ese momento, además, un espléndido arco iris pone la guinda a la postal.

No puede evitar que se le dibuje una sonrisa mientras contempla embobada el paisaje, hasta que un retortijón le recuerda que necesita comer. Se incorpora, y cuando se dispone a dar media vuelta para dirigirse a la cocina, sus ojos captan un movimiento en la calle, a pocos metros del portal.

Podría no haberle dado importancia. Total, continuamente pasa gente por la calle, y no es raro que haya quien se pare cerca del portal. Tampoco lo es sorprender a parejas besándose o en actitud cariñosa, como ésa en la que se posa su mirada. Un chico y una chica empapados, como lo estaba ella sólo un rato antes, cogidos de la mano, de pie uno en frente del otro, ajenos a lo que ocurre a su alrededor. Y entonces se acercan, juntan sus cabezas y se besan, despacio; un beso dulce e intenso.

Tere se queda ahí, clavada al suelo, como lo están sus ojos en la pareja, y entonces nota el frío. Se lleva los brazos al pecho y se frota suavemente los hombros descubiertos. Aunque en realidad la temperatura no ha bajado tanto como para tener frío. Una parte de ella encuentra la explicación en lo mucho que echa de menos un abrazo como el que en ese instante conforma todo el mundo de la pareja de abajo. Un abrazo de ella.

Porque aunque sólo lo reconozca en los momentos más bajos, y sólo en la soledad de su cama vacía; aunque bromee sobre sus sentimientos con la mujer que ahora besa al chico que ha venido en su búsqueda desde la otra punta del país, la quiere para ella, y por eso íntimamente repudia ese beso y ese abrazo. Por eso mira a Sara con rencor, y al tal Luis con rabia. Aunque jamás vaya a admitirlo.

«Es mi amiga, es como una hermana. Sólo puedo alegrarme porque por fin encuentre a alguien que la quiera de verdad», se escucha reflexionar, y se abraza más fuerte, porque el frío se hace más intenso. «Como la quiero yo», remata desde el inconsciente.

En la calle el sol continúa ganándole terreno a las nubes. Ya no llueve, ni siquiera chispea. De vez en cuando se oye un trueno lejano, como advirtiendo que la tormenta se va, pero sólo a reponer fuerzas. Ya tampoco hay arco iris. La calle recupera su actividad habitual. La lluvia pronto será un recuerdo curioso en la memoria de granaínos y visitantes.

Finalmente, Tere se retira de la ventana y, arrastrando los pies, aún refugiada en sus brazos y con la mirada perdida en imágenes que nunca llegarán a materializarse, se dirige a la cocina. Con movimientos ralentizados deja el botellín sobre el mármol, el mismo mármol donde esa mañana, muy temprano, dejó un plato con piononos para Sara, y una nota, «la maldita nota donde la animaba a quedar con él», se reprocha, demasiado tarde ya.

—Ya está bien. Tú no eres así. No eres el tipo de persona que se arrepiente de sus decisiones, ni que se recrea en su desgracia.

Tere agarra el tirador de la puerta de la nevera y la abre con decisión, molesta consigo misma por dejarse vencer por la autocompasión. Recorre el contenido con la vista, tratando de decidir qué comer, pero entonces toma conciencia del nudo que le oprime el estómago, y el cabreo aumenta.

—¡Idiota! —sentencia, con un portazo que hace temblar el frigorífico.

Se golpea las sienes con las manos y se queda inmóvil durante unos segundos, con los dedos aferrados al pelo.

«¿Qué mierda vas a hacer ahora que te has dado cuenta de que te duele más verla feliz con un tío que acosada por los recuerdos?»

—Nada, no voy a hacer nada más que alegrarme por ella —se fuerza a afirmar, como si así se borraran de un plumazo todos esos sentimientos traicioneros.

…………………………

Sara se siente como una de las hojas secas que, en el jardín del Palacio de los Córdova, bailaba con el viento. Se deja llevar por los sentimientos, sin oponer resistencia, y una oleada de sensaciones arremete contra ella, sin darle respiro ni dejarle opción de pensar.

No piensa; sólo siente. Y aunque todo en ella es sentir, no sabe qué siente por Luis; no se ha parado ni un segundo a pensarlo. Sólo sabe que eso que está viviendo le gusta. Disfruta de la excitación, del contacto físico, de sus ropas mojadas, del pelo chorreante, y desearía que la tormenta no cediera ante el rey sol, porque la lluvia salvaje formaba parte de la magia, y no quiere que el hechizo se rompa.

Mientras recorren las empinadas calles del Albayzín, solitarias aún bajo los coletazos de la tormenta, Sara se siente libre, despojada del lastre de los recuerdos, como si no fuera ella…, como si fuera más ella que nunca. Pero ya no llueve, ni siquiera chispea. Las nubes han huido, cediendo ante los rayos implacables de un sol al que todavía le quedan largas horas de reinado. Las calles recuperan su actividad habitual, la magia desaparece.

Y ahí está él, devorándola con ojos rendidos, con la mirada de quien tampoco piensa, súbdito entregado del imperio de los sentidos.

Se abrazan y se besan una vez más, aunque ahora Sara ya no puede evitar mirar de reojo, concurrida como vuelve a estar la calle, ni frenar el impulso que la empuja a saborear cada instante. Las manos de Luis vuelven a descenderle por la espalda, y antes de que lleguen más abajo ella deshace el abrazo, con suavidad, mientras le toma una de las frustradas extremidades exploradoras.

—Ya hemos llegado —anuncia, con un rápido giro de cabeza que confirma dónde se encuentran.

—Pues subamos… —se aventura a sugerir Luis. Sus dedos juguetean con los de ella.

Sara duda. Su cuerpo no podría desearlo más, pero sin el poder de la magia influyendo en su cerebro, ya vuelve a pensar, y hay muchas cosas a tener en cuenta antes de entregarse a una tarde de sexo. El después, por ejemplo.

—Vas muy rápido —responde con una media sonrisa que Luis no sabe si interpretar como parte del juego. Para comprobarlo, trata de besarla otra vez, pero Sara se aparta hábilmente—. No, de verdad, mira cómo vamos. Estamos hechos un asco. Necesito otra ducha y descansar un rato.

Luis sonríe.

—Pues eso. Subo, nos duchamos, descansamos, y…

Con movimientos suaves, intenta atraerla hacia sí, pero ella se escurre como una anguila y se planta ante la puerta cuya apertura, sólo unas horas antes, lo puso a salvo de aquellos salvajes.

—En serio. Ha estado muy bien, pero Tere debe estar a punto de llegar, si no lo ha hecho ya —mira hacia la ventana del comedor, de donde cuelgan dos tristes macetas que no hace tanto contenían dos hermosos geranios que le regaló su madre. Tere ya no está asomada. En ese momento ya ha salido de la cocina y se dirige a su habitación—, y necesito ordenar mis ideas —murmura, tan flojo que Luis no la escucha.

—¿Necesitas qué? —El joven se aferra a la mano de ella, deseando con todas sus fuerzas que Sara siga dejándose llevar por el impulso animal. «Tú lo deseas tanto como yo, y sin embargo hay algo que consigue que te resistas», piensa, mirándola a los ojos con toda la intensidad de que es capaz.

Antes de contestar, Sara recupera su mano y se cruza de brazos. Empieza a mirar a un lado y a otro con nerviosismo creciente —«Vaya pintas, estamos dando el espectáculo», interviene su parte racional, contribuyendo a incrementar su incomodidad—, se muerde la parte interior de los labios y mueve los pies, inquietos. Ahora ya no le da igual que sus sandalias estén empapadas.

—Pues eso, una ducha, y tú también. —De repente se le ilumina la bombilla—. No puedes ir con esa ropa toda la tarde, vas a coger una pulmonía. Mira, si te parece nos damos un rato para arreglarnos y luego quedamos para tapear algo.

A Luis le suena un poco a estrategia para librarse de él y empieza a mosquearse. «¿Qué más da Tere y la ropa mojada? ¿Tú crees que estoy pensando en mi ropa? Si lo que quiero es quitármela y quitártela a ti, y tú también lo quieres… Al menos hace cinco minutos lo querías». Pero nada de eso sale de su boca. Sabe que lo único que puede hacer es aceptar la situación y confiar en que la propuesta siga en pie cuando el sol decida retirarse a descansar.

En la mano derecha de Sara ha aparecido un juego de llaves, y sin que él haya tenido conciencia de ello, se ha ido acercando tanto a la puerta que ya está apoyada contra ella. Sólo espera el trámite de la aceptación de él para abrir y desaparecer en el interior.

—Vale, nos vemos luego.

Sara asiente con la cabeza y un atisbo de sonrisa, pero no repara en la expresión resignada de él. Ya ha abierto, y cuando la puerta vuelve a cerrarse, Luis sigue ahí, preguntándose con qué parte de lo vivido durante las tres últimas horas debe quedarse, incapaz de discernir qué Sara es la real. «Las dos lo son, y no debe ser nada fácil que convivan en una misma persona», concluye, mientras comienza a alejarse, con andar cansino, rumbo a la pensión.

—Me ducho y me bajo a donde Aiman. Necesito unas bravas y una cerveza para pensar con más claridad. —Se detiene un instante y levanta la vista hacia el cielo—. Por lo menos, parece que el calor nos da algo de tregua.

Retoma la marcha y echa mano a un cigarrillo.

Continuará…