Gravedad


La abadía y su reinado me dejan la conciencia de toque;

hasta la novena jugada cuando por fin inicia el trote,

cada paso dado, construyen un estado consciente.

Alerta.

Despierta.

¡Respira!

No se detiene.

Justo en el sueño es cuando aún más ruido ejecuta,

máquina del futuro que parece de carne componerse.

 

Entrañas vivas,

células muertas.

Que áspera se siente la cabeza.

 

Bidones vacíos, personas desnudas,

una cáscara llena de inconformidades atómicas.

¡Estallido!

Soles fríos.

Espacio caliente.

Estrellas que cantan.

 

El silencio es tan profundo

que a los planetas escuchas hablar.

No quieren callar.

Susurran en zumbidos

y hacen que los cuerpos vibren.

Anuncios

Torrefacto●●○


Era él, Fernando Alquitrán, culpable de las nubes oscuras que ahora ocultaban la escasa vida en la comunidad rural de la ciudad de Cobadía. Anteriormente plagada de bendiciones circenses que día a día columpiaban el júbilo de sus habitantes, la belleza era sello de esta modesta ciudad. Iba desde sus habitantes más humildes, por los senderos dorados con frutos de tierra, entre la más impactante arquitectura jamás vista desde las regiones porteñas, y hasta el punto más alto de la vida comercial que se ubicaba en pico Pentágono.

Al caminar por las calles de Cobadía era imposible sentir depresión, pesadez o amargura; no era difícil pensar que la ciudad estaba bajo un hechizo de buena fortuna, bonanza y hermosura perpetua, pero el escepticismo suele desgarrar la finura del velo que cubre a los conceptos de la magia en la humanidad. Claro está, que justo cuando la apertura hacia la lucidez imposible es apelada por gramos de conciencia en una balanza, es ahí cuando lo peor y poco esperado pasa.

Fernando Alquitrán no era un personaje de alta gracia ni hombre de ancha ignorancia, pero sí un ser humano lleno de mucha calamidad emocional. Maldecía, encañonaba a inocentes con fulminantes artefactos, palabras mortales, y liberaba su furia más que ninguna otra forma de energía humana. Orgulloso por sus armas como si fueran las extremidades más preciadas de su cuerpo, el señor del ego decidió un día emprender camino desde Rio Quinto a la ciudad de Cobadía.

Era la época de las flores danzantes, bailaban el rito del Bango —danza originaria de la región porteña mientras caían de los árboles y luego flotaban hacia el cielo. Un curioso caso de gravedad invertida que ningún forastero entendía, pero era cuestión única en ese gran territorio. Ya en el último mes de ese período, las flores iniciaban su decoloración y retornaban al estado de semillas, el ganado se ocultaba en lo más profundo de los graneros y cavaban agujeros para soportar los gélidos vientos que se aproximaban con el invierno. Justo en ese preludio, en la vianda de transición, llegaba finalmente la sombra del mal presagio al área limítrofe de la ciudad.

La corrupción fue la primera herramienta del caos que aplicó, ya que, por poca fortuna, los ciudadanos eran muy confiados y de un pensar casi ilógico frente a la desconfianza… porque el ser humano es “bueno por naturaleza”, razón que no les llevó a ninguna buena conclusión porque a zancadas rápidas se propagó la semilla de la viveza y la mentira por los comercios de Cobadía. “¿Quien gana más, quién hace menos?” y otros estandartes se volvieron canon por las calles más populares. El rostro del ocio se empezaba a convertir en factor común de los locatarios y el papel moneda parecía caer de los árboles directo a las bocas de la gente más corrupta. El primer paso de distracción y desorden le había funcionado de miles maravillas, ya de gozo se gestaba el capitán de la nube negra que a la ciudad ennegrecía.

Ausencia había en la ciudad, en cuanto a materia de sistemas de defensa correspondía. La iglesia comunal era lo más capacitado para actuar en contra de los efectos extraños que ocurrían contra la paz de la comunidad, pero a su vez estos líderes espirituales estaban demasiado despistados en cuanto a la verdadera naturaleza de la amenaza que acontecía. El hombre Alquitrán solo reía por cada esfuerzo fallido de los maestros de ceremonia; mientras más mugre arrojaba sobre la vida de Cobadía, más dispersos y desesperados se volvían los defensores de adorno que por la ciudad rezaban cada día.

Habiendo desequilibrado la mayor parte de la comunidad en poco menos de un mes, el hombre pronto se deshizo de sus máscaras y reveló su identidad a todos, pero poco impacto tuvo; ya no había ánimos ni conciencia para darle importancia al perpetrador original de aquél declive. La maldad no necesita rostros con etiquetas ni membretes, sino una solución definitiva para la maleza que ha logrado plantar.

Fernando logró sembrar, en solo dos pasos estratégicos, el desorden público y la decadencia de valores; escalones básicos en el manual del anti desarrollo. Su tercera y última acción fue sencilla, consistía en la venta de una ideología que terminaría de hundir al capitolio mejor logrado de esta fracción del sureña del continente Aramdiano: darle a creer a los seres vivos que la luna se ubica en la frente de la tierra y el sol justo a la altura de su núcleo. Tal idea descabellada apuntaba a un solo motivo… desorientar lo suficiente a los sobrevivientes para que la nueva vida que lograra crecer tuviese los polos invertidos de raíz.

Así terminó de pasar el cometa terrestre de la ignorancia forzada, ese que trajo la nube negra que apuntó ferozmente al exterminio de la conciencia. En alquitrán todos andaremos cuando la lluvia que se precipita en el continente de Aram culmine su llegada.

Cobadía fue ejemplo de una de las últimas comunidades que vivía más al borde del avance que cualquier otra a la redonda, sin embargo, así cómo muchas, no era en su eje tan perfecta cómo se veía.

Fausto


Hace meses que buscaba una razón para perder los tornillos, los papeles y toda pertenencia que fuera innecesaria para respirar libremente sin angustia cada mañana.

Estaba agotado de saborear los pensamientos más amargos en la boca, cada vez que la memoria de su voz burbujeaba nuevamente con un eco en mis oídos. El estruendo no descansaba hasta que la cordura se precipita a sí misma por el barandal, y la amenaza no para hasta que irrumpe entre todos los escaparates para buscarme entre fragmentos y suspiros congelados.

Hace semanas ya me hallaba entre llantos pesados, cargado de lágrimas espesas, de esas que portan la vida que hay en un cuerpo y las dejan irse libres fuera del barco en descenso. A medida que el tiempo transcurre y tu rutina se ajusta a un sufrir constante, entonces llegará el período en el que ya no estás al tanto del verdadero propósito de tu maldición, la vida sigue pero tú solo recuerdas lo que te ha acontecido mas no lo que espera en el porvenir; la sola idea de olvidar lo que sucedió es un extremo, que el estado consciente que aún te queda no puede procesar porque, si no, tu más preciado tesoro se dejará ir en el agua que has calentado para el té de la tarde.

Hace días que Fausto te llamó por la noche, ya era tarde y tú finalmente ignoraste su llamado, pero no porque querías ni porque lo hayas superado… sino porque las fuerzas de tu cuerpo ya no son suficientes para insistir en su memoria y tu capacidad para escuchar claramente ha dejado de persistir en utilidad. Fausto murió, o al menos su memoria… y tú, mi apreciada doncella, has muerto junto a él.

En la cama de lirios te dejo caer hasta que sea suficiente la embestida de la muerte para hacerte renacer.

Diéresis


Se mojan las palabras bajo la lluvia.

La intención de sus trazos persiste impermeable,

y el papel se desentiende de la humedad evidente e imparable.

Como cáscaras de avellanas, portas un aroma poderoso,

tal cual las fragancias que se tornan deidades en madera,

así mismo procede la esencia que crece en tus profundidades.

Dicen que las mejores azúcares son aquellas que bailan con el paladar,

las que logran acariciarte la lengua y besarte justo en el centro del gusto;

yo me declaro culpable de soñar con el arrebato sorpresa de tu vino,

el degustar lentamente las confituras de tus labios,

y escuchar con intensa atención a tu mente pensar en voz alta.

El papel de las notas que dejo en tu casillero

está hecho de las flores que brotan del cactus trepador;

haciendo eco a su gran nombre,

mi ser decide marchar con sigilo por los corredores de primavera

que me llevarán a verte,

escuchar tu dulce voz,

y sentir que la lluvia soy yo;

y tus ojos, el sol.

 

Cadenas y suspiro


Amanece y el rostro incoloro

se cubre de dudas por este nuevo día;

desteñida la tez

y la piel destruida,

buscan abrigo en la oscuridad hambrienta.

 

La vida que acontece en castigo

sin piedad le mantiene en una ruina,

la luz solar no le alcanza

apenas la carne acaricia,

y la mantiene en supervivencia errante.

 

Cómo se prolonga el sufrimiento

la voz derrapa en los ecos del sonido,

el cansancio ya no tiene algún concepto;

el mismo hombre sabe que no hay remedio.

 

Panacea universal

auxilia una vida para que pueda brillar;

el futuro perverso se apodera

de un cuerpo humano que no ríe;

no siente,

no goza,

no llora.

 

En l’interieur yace la lúgubre verdad de un vacío,

un clavado embocado no es el ideal destino.

 

Ama’de Darïku


¡Corre! Huye a prisa del fuego danzante, la multitud moribunda conspira por tu muerte condenada sobre la llama ¿Contra qué símbolo de la verdad mundana arremetiste ahora? Debes aprender que con el pueblo conservador has de comportarte con cuidado, hasta el más sencillo argumento o acción puede despertar en ellos una revolución defensiva con extremismos y fervor agresivo.

Las montañas oscuras donde los peligros abundan, hacia allá te diriges en búsqueda de resguardo; un lugar seguro en medio del misterio… los árboles turbios danzan entre sí, susurran secretos que a tu oído ponen tenso y a tu cuerpo lo hacen sentir denso. Pero no te dejas ceder al miedo, aguantas el frío y miras con lujuria el tesoro que has hurtado.

El pueblo te busca, te has robado su más sagrado artefacto. Los materiales con que está hecha tal reliquia son de origen divino, recursos no renovables que solo se ven una vez cada milenio; forjados por algún súbdito de la realeza desconocida, de la más alta sangre y con aros de luminiscencia sobre sus cabezas. Cabeza, lo que la gente reclama de tu errante humanidad, la audiencia quiere justicia, sangre y pedazos de carne para a sus propios demonios calmar.

¿A dónde te has llevado las Sauditas del altar?

Dicen en el pueblo de Badusa que el dios DerPa’h descendió desde lo alto de la montaña hace 200 lunas atrás, traía consigo el fuego original, aquel que nace justo en las profundidades rocosas del mar; en una mano lo sostenía sin sutileza como si el mismo brotara de su interior; en la otra mano cargaba el agua fosilizada del espacio, la energía más pura que cualquier mortal haya visto antes en su vida mortal y espiritual.

Ambos recursos de alta potencia era tan poderosos como delicados, así que, como siguiendo un plan trazado por alguna entidad superior, DerPa’h los depositó juntos en el gran florero Agros, ese monumento natural tallado en piedra y recubierto con plata, que honraba a los vivos que habían pasado al mundo intermedio. El dios mezcló los ingredientes con la tierra, y decretó que la energía brotaría de una nueva fuente de vida.

Así fue, durante muchos ciclos terrestres. Y así continuará siendo. Todo está en tus manos, Ama’de Darïku. El pueblo habla desde su furia pero no entiende tu propósito y todo lo que arriesgas.

Te conocerán como el ladrón de flores, pero en realidad eres el portador del fuego vital. La real energía que, junto al néctar del agua fosilizada, lograrán crear un nuevo mundo, alejado de la química destructiva a la que se dirige el humano rebelde, que no tiene causa y por eso se rebela, atentando contra sí mismo, sin fin aparente.

Que arda la tierra antigua, y un nuevo mundo pueda surgir…

Ama’de Darïku.

 

La brújula


El péndulo de la bondad,

guarda la guía segura hacia el pasaje secreto;

aquél que yace invisible ante el ego,

y se presenta sincero frente a los corazones nobles,

los que con su fuego interno ya se vuelven de acero.

Mientras la tierra continúe girando sobre sí misma,

y los imanes mantengan un ritmo seguro y cambiante,

las razones para quedarme de pie,

esperando que la gravedad me haga libre…

serán cada vez más escasas.

El eco de tus palabras interfiere con las vibraciones,

la dirección de tu brújula ha cesado de marcar el norte;

ahora vas al oeste donde las nutrias vuelan,

las ballenas caminan,

y la tierra gira en dirección contraria,

pero aun así es la correcta.