Lava


Una pizca de furia

en el ojo de la calma

que domina nuestro huracán.

 

La bestia despierta,

conoce la clave

de la erupción fraudulenta.

En el extremo contrario al fuego

la verdad atraviesa el calor,

transforma la materia en vapor.

 

Todo mineral

animal

vegetal;

toda materia

carne

pelaje

follaje

serán pulverizados en una misma ceniza.

 

Fogata móvil

que toda intensidad absorbe,

brinda la nueva salida

a este capítulo fallido

de la civilización terrestre.

 

Gira,

gira,

¡gira!

La fortuna hecha rueda

moviliza el destino;

cada elemento de la naturaleza

es un movimiento de resurrección;

volviendo al estado cero

estamos llegando con la era del trueno.

 

Piedra

cobre

oro

hierro.

Y cuando acaben los minerales

pasaremos al plano de la luz.

 

Quizás

nos quedaremos en la flama,

aquella que alumbró una caverna

y jamás cesó su fuego en la psiquis del hombre.

El mismo que hoy día habita la tierra de los elementos,

burlándose de los espíritus,

siendo frívolo

contra todo lo que ha dejado de percibir por naturaleza.

 

¡Arde, lava!

Que el hombre se congela.

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La danza en el tejado


 

Brotes de Clavillo,

Mis auroras preferidas,

Se asoman por la tierra

Junto al río que me dio la vida.

 

Un ventarrón arriba de golpe,

Cuando la temporada de semillas se avecina,

Suscita a las esporas

¡Que vuelen por los aires!

Y planten su descenso en los tejados.

 

Raíces para los sueños de los creadores,

Se mueven a ritmo abstracto

Todas las flores.

Empieza la danza en las baldosas de arcilla.

 

El néctar de lluvia

Se balancea por el pasto,

Viaja a los orígenes

En un Zigzag sin paradas.

 

Universo del centro terrestre

Que vastos habitantes ya tiene;

Se hayan obstinados y eternos

Bajo el cielo de tierra que nunca deja de moverse.

 

Un concierto

Con los elementos de instrumentos

Toma lugar en el estadio.

El partido por la evolución es jugado;

A punta de plomo,

Sangre,

Ira,

Verdad,

Capa y puñal.

 

¿No hay forma de parar?

 

La danza en el tejado

A pasos ligeros,

Los protagonistas del mundo

Se bailan la vida

Haciendo un caos con ella.

Migajas de salvado


Una vez, hace varios años ya, mantuve un período de noviazgo con una mujer bastante particular. Loca clase P, la categorizaría. No de política, no de plástica, ni tampoco de malas palabras u oficios delicados; no. Era la letra P que da inicio al estado profético de “pitonisa”.

Antes de explicar que es, para aquellos analistas y curiosos que desconozcan dicha palabra, es un término acuñado a la capacidad de un individuo de “ver o predecir el futuro” a voluntad o de manera espontánea; a tiempo continuo (cerca de suceder) o en próximos-distantes períodos.

Ya aclarado lo anterior, prosigo con el tema; esta señorita con la que me enredé resulta que tenía dicha habilidad y nunca me explicó el contexto de su origen, sin embargo desde el día uno que arrancamos el barco, ella había visto la culminación de nuestra relación.

Era sorprendente mi incredulidad desde el primer día, si bien ella no insistía en hondar respecto al tema y, solo se justificaba con el “hecho” de que debía tener en cuenta las fallas, discusiones y otros roces para mis nuevas relaciones con las otras personas que conocería, la nueva chica que vendría y las posibles hermosas siguientes. Era una locura, pero de esas que a mitad se perciben simpáticas, y por otro lado se tornan ásperas, tediosas.

A medida que los meses transcurrían y para mí el tiempo se alteraba (a veces lento, o demasiado deprisa) quizá por aquel efecto de la teoría de la felicidad y adaptación, “la luna de miel”; aunque para entendedores, yo me sentía en Plutón, lejos de montañas rusas curveadas o dragones pesados que combatir; ella presionaba el pedal de freno cuando le hablaba de futuro en pareja, como si el presente estuviera danzando sobre el hilo delgado e invisible de una colisión predestinada. Me decía cómo sería o podría ser mi próxima novia y qué cosas debía no hacer para que tuviera una próspera primavera.

Estas cosas cesaron cuando una serie de eventos muy afortunados y a la vez desafortunados comenzaron a suceder en la vida individual de cada uno, su capacidad pitonisa no volvió a manifestarse hasta el día en que yo cerré la persiana y ella apagó la luz.

Me alcanza un ligero y curioso escalofrío al pensar en el cómo una persona es feliz al estar junto a otra cuando figura en su atención principal todo lo errado que puede acontecer. La colisión de dos individuos diferentes está en teoría predestinada a ocurrir, pero por más experimentada o preparado que te sientas en tu estado de vigilia del porvenir, no esperes lo peor. Siempre da un ángulo alzado a tu mirada, buscando horizontes de buenos inicios, progresos continuos y mejores conclusiones.

The end of the word


Sobres de manila envejecidos por el paso de la historia desapercibida. Añejando memorias escritas, resguardando secretos, mensajes e historias jamás contadas por ausencia de coraje o falta de magia en el tiempo. Allí afuera, en aquellas direcciones que nunca fueron alcanzadas, yacen los selectos espectadores que fueron cuidadosamente elegidos por el destino para recibir un conocimiento único, y convertirse en portadores de la perspectiva secreta de emisores desconocidos.


Una madre escribe una carta a un hombre joven que repite un ciclo de desdicha casi todas las mañanas de sus días: se dice así mismo que el corazón no existe y en su lugar hay un órgano que regula la temperatura, fluidez y color de la sangre; una especie de termostato que se encarga de mantener la presión corporal de todos y cada uno de los elementos que nos mantienen vivos. Esta idea ha crecido en su cabeza y niega alguna conexión con las principales emociones de la vida, ya que todo se encuentra en nuestra mente salvaje, esa que, según, pocos podemos domar siquiera al 20% de su totalidad.

Existe un ámbito extenso de posibilidades inciertas en el que un alto porcentaje indica que el joven nunca leerá las palabras de la mujer, y desconocerá que alguien quiso ayudarlo a ver esa perspectiva ausente en su espectro reflexivo. Las palabras de aliento de una vida hacia otra, vagando entre puntos suspensivos sin una clara incógnita de si continuará o no el proceso de esa comunicación, de una palabra a otra, de un ser humano a otro.

Si un día cesara la necesidad de comunicarnos entre nosotros, seguro se marcaría el inicio del fin. ¿De qué exactamente? No estoy del todo seguro respecto a ello, pero sé de buena fe que la ausencia de palabras marcaría un destino mucho más definitivo que un punto y final al cierre del párrafo más largo (y denso) de todos; ningún par de corchetes sin expectativas de continuación podría igualar las marcas del mismo. Cada mensaje que embarca el viaje a otros oídos llega, así sea el resultado uno distinto.

Gravedad


La abadía y su reinado me dejan la conciencia de toque;

hasta la novena jugada cuando por fin inicia el trote,

cada paso dado, construyen un estado consciente.

Alerta.

Despierta.

¡Respira!

No se detiene.

Justo en el sueño es cuando aún más ruido ejecuta,

máquina del futuro que parece de carne componerse.

 

Entrañas vivas,

células muertas.

Que áspera se siente la cabeza.

 

Bidones vacíos, personas desnudas,

una cáscara llena de inconformidades atómicas.

¡Estallido!

Soles fríos.

Espacio caliente.

Estrellas que cantan.

 

El silencio es tan profundo

que a los planetas escuchas hablar.

No quieren callar.

Susurran en zumbidos

y hacen que los cuerpos vibren.

Torrefacto●●○


Era él, Fernando Alquitrán, culpable de las nubes oscuras que ahora ocultaban la escasa vida en la comunidad rural de la ciudad de Cobadía. Anteriormente plagada de bendiciones circenses que día a día columpiaban el júbilo de sus habitantes, la belleza era sello de esta modesta ciudad. Iba desde sus habitantes más humildes, por los senderos dorados con frutos de tierra, entre la más impactante arquitectura jamás vista desde las regiones porteñas, y hasta el punto más alto de la vida comercial que se ubicaba en pico Pentágono.

Al caminar por las calles de Cobadía era imposible sentir depresión, pesadez o amargura; no era difícil pensar que la ciudad estaba bajo un hechizo de buena fortuna, bonanza y hermosura perpetua, pero el escepticismo suele desgarrar la finura del velo que cubre a los conceptos de la magia en la humanidad. Claro está, que justo cuando la apertura hacia la lucidez imposible es apelada por gramos de conciencia en una balanza, es ahí cuando lo peor y poco esperado pasa.

Fernando Alquitrán no era un personaje de alta gracia ni hombre de ancha ignorancia, pero sí un ser humano lleno de mucha calamidad emocional. Maldecía, encañonaba a inocentes con fulminantes artefactos, palabras mortales, y liberaba su furia más que ninguna otra forma de energía humana. Orgulloso por sus armas como si fueran las extremidades más preciadas de su cuerpo, el señor del ego decidió un día emprender camino desde Rio Quinto a la ciudad de Cobadía.

Era la época de las flores danzantes, bailaban el rito del Bango —danza originaria de la región porteña mientras caían de los árboles y luego flotaban hacia el cielo. Un curioso caso de gravedad invertida que ningún forastero entendía, pero era cuestión única en ese gran territorio. Ya en el último mes de ese período, las flores iniciaban su decoloración y retornaban al estado de semillas, el ganado se ocultaba en lo más profundo de los graneros y cavaban agujeros para soportar los gélidos vientos que se aproximaban con el invierno. Justo en ese preludio, en la vianda de transición, llegaba finalmente la sombra del mal presagio al área limítrofe de la ciudad.

La corrupción fue la primera herramienta del caos que aplicó, ya que, por poca fortuna, los ciudadanos eran muy confiados y de un pensar casi ilógico frente a la desconfianza… porque el ser humano es “bueno por naturaleza”, razón que no les llevó a ninguna buena conclusión porque a zancadas rápidas se propagó la semilla de la viveza y la mentira por los comercios de Cobadía. “¿Quien gana más, quién hace menos?” y otros estandartes se volvieron canon por las calles más populares. El rostro del ocio se empezaba a convertir en factor común de los locatarios y el papel moneda parecía caer de los árboles directo a las bocas de la gente más corrupta. El primer paso de distracción y desorden le había funcionado de miles maravillas, ya de gozo se gestaba el capitán de la nube negra que a la ciudad ennegrecía.

Ausencia había en la ciudad, en cuanto a materia de sistemas de defensa correspondía. La iglesia comunal era lo más capacitado para actuar en contra de los efectos extraños que ocurrían contra la paz de la comunidad, pero a su vez estos líderes espirituales estaban demasiado despistados en cuanto a la verdadera naturaleza de la amenaza que acontecía. El hombre Alquitrán solo reía por cada esfuerzo fallido de los maestros de ceremonia; mientras más mugre arrojaba sobre la vida de Cobadía, más dispersos y desesperados se volvían los defensores de adorno que por la ciudad rezaban cada día.

Habiendo desequilibrado la mayor parte de la comunidad en poco menos de un mes, el hombre pronto se deshizo de sus máscaras y reveló su identidad a todos, pero poco impacto tuvo; ya no había ánimos ni conciencia para darle importancia al perpetrador original de aquél declive. La maldad no necesita rostros con etiquetas ni membretes, sino una solución definitiva para la maleza que ha logrado plantar.

Fernando logró sembrar, en solo dos pasos estratégicos, el desorden público y la decadencia de valores; escalones básicos en el manual del anti desarrollo. Su tercera y última acción fue sencilla, consistía en la venta de una ideología que terminaría de hundir al capitolio mejor logrado de esta fracción del sureña del continente Aramdiano: darle a creer a los seres vivos que la luna se ubica en la frente de la tierra y el sol justo a la altura de su núcleo. Tal idea descabellada apuntaba a un solo motivo… desorientar lo suficiente a los sobrevivientes para que la nueva vida que lograra crecer tuviese los polos invertidos de raíz.

Así terminó de pasar el cometa terrestre de la ignorancia forzada, ese que trajo la nube negra que apuntó ferozmente al exterminio de la conciencia. En alquitrán todos andaremos cuando la lluvia que se precipita en el continente de Aram culmine su llegada.

Cobadía fue ejemplo de una de las últimas comunidades que vivía más al borde del avance que cualquier otra a la redonda, sin embargo, así cómo muchas, no era en su eje tan perfecta cómo se veía.

Fausto


Hace meses que buscaba una razón para perder los tornillos, los papeles y toda pertenencia que fuera innecesaria para respirar libremente sin angustia cada mañana.

Estaba agotado de saborear los pensamientos más amargos en la boca, cada vez que la memoria de su voz burbujeaba nuevamente con un eco en mis oídos. El estruendo no descansaba hasta que la cordura se precipita a sí misma por el barandal, y la amenaza no para hasta que irrumpe entre todos los escaparates para buscarme entre fragmentos y suspiros congelados.

Hace semanas ya me hallaba entre llantos pesados, cargado de lágrimas espesas, de esas que portan la vida que hay en un cuerpo y las dejan irse libres fuera del barco en descenso. A medida que el tiempo transcurre y tu rutina se ajusta a un sufrir constante, entonces llegará el período en el que ya no estás al tanto del verdadero propósito de tu maldición, la vida sigue pero tú solo recuerdas lo que te ha acontecido mas no lo que espera en el porvenir; la sola idea de olvidar lo que sucedió es un extremo, que el estado consciente que aún te queda no puede procesar porque, si no, tu más preciado tesoro se dejará ir en el agua que has calentado para el té de la tarde.

Hace días que Fausto te llamó por la noche, ya era tarde y tú finalmente ignoraste su llamado, pero no porque querías ni porque lo hayas superado… sino porque las fuerzas de tu cuerpo ya no son suficientes para insistir en su memoria y tu capacidad para escuchar claramente ha dejado de persistir en utilidad. Fausto murió, o al menos su memoria… y tú, mi apreciada doncella, has muerto junto a él.

En la cama de lirios te dejo caer hasta que sea suficiente la embestida de la muerte para hacerte renacer.