Collares


Iluminada por el sol,
arranca a besos,
mordidas,
la serenidad
duramente adquirida.

Cierra los ojos,
conversa,
entreteje
collares
con serpientes:

una perla,
una cuenta
de oro blanco,

un brillante,
un aro
de humo,
ceniza.

Termina,
remata el extremo
con un nudo
corredizo.

Encendida por el sol,
muestra reflejos,
razones,
esencias
e indicios.

Abre los ojos,
recuerda,
sujeta
collares
con esquirlas.

Acaba,
remata el final
con un nudo
de infinito.

«Ichthys», fotografía por Crissanta.

¡Felices fiestas!


¡Felices fiestas y un próspero Año Nuevo les desea Editorial Salto al reverso!

Nuestros mejores deseos para nuestros autores y lectores. Nos leeremos en enero con novedades acerca de nuestro proyecto de editorial y blog colectivo.

¡Un abrazo fuerte a todos!

V (Perséfone)


¿Dónde se hospeda
la violencia?
¿Dónde habita
luego de que sale
de la gente?

Cuando no puede volver al origen,
se aloja en la mente
de quien no comprende.

ESCENA EN DORADOS

«Sol en tormenta» por Crissanta.

Cuando tú vas, yo ya he vuelto,
aunque nadie quiera hablar de ello.
Ni siquiera yo; lo acepto.

Antes de ser valquiria,
Atalanta, Artemisa,
fui la koré, Perséfone,
en doncellez desvalida,

La mirada de soslayo,
el insidioso comentario
precedían…

… al arrebato,
la ventisca,
la ira de Hades
en la mesa de la cocina.

(No hay suficiente valeriana
árnica, pasiflora o lavanda
que basten en esta vida).

Y además, después, el rapto
—los raptos—;
las visitas al Inframundo
cada sequía.

Cuando ellos van, yo ya vuelvo.
Sin venganza, con heridas,
con la lección aprendida.

Gris


El dolor
no es ya el abismo
que mirabas
boca arriba
escrutando el techo
sin respuesta.

El dolor parece ser
—ahora—
una flecha
que miras de frente,
apuntando a tu mente.

De cualquier modo,
no lo quiero,
no lo deseo,
quiero alejarlo de ti,

de tu pecho,
de tu boca,
de tus ojos,
de tu frente.

Inversa


Fotografía por Crissanta.

En el #ReversoDelTiempo,
las cosas se mueven en sentido inverso:
primero estallan y luego van decreciendo.

Primero uno muere
y luego va viviendo.
Primero nos amamos
y luego nos vamos queriendo.

Las flores abiertas
se transforman en semillas.

El polvo se aquieta
y luego se arremolina.

Los cuerpos que se aman
se alejan al tacto
de una mínima caricia.

Las más profundas heridas
primero cicatrizan
y luego se limpian.

Las confesiones del alma
se vuelven pláticas del día a día.

El amor que incendia
se revierte a
brasas.

Y el llanto que no para,
a lágrimas heladas.

Y el tiempo de vida
en vez de acortarse
se alarga.

Líneas, lirios


«Lirios», fotografía por Crissanta.

Silencio absoluto;
no me atrevo a quebrarlo.

Al final, no tengo fuerzas
para soltar tu mano.
Tampoco tengo tiempo
para estrechar el abrazo.

¿Qué es el tiempo?
¿Una hora, un espacio?
¿Un continuo?
¿Un momento prolongado?

Es mi mano en tu mano,
es un cuarto blanco,
es un lirio morado.

Son líneas
que comenzaron,
que terminaron

en una llamada,
en un primer llanto,
en un fiero incendio,
en un arrebato.

Último día


Fotografía por Crissanta.

Recuerdo el último día,
el que viví sin pensar que lo sería,
el de la vida «normal»,
el de la rutina y la prisa.

Despertar, desayunar,
correr de aquí para allá,
dejando cosas listas,
manejar,
compartir la ubicación
en el celular
(siempre es la misma ya).

Recuerdo llegar y saludar,
las sonrisas,
las mismas bromas compartidas,
la piezas de piano,
que mi maestra escogía,
sonando como un fondo a las voces
de nuestras risas
(y no distorsionadas
desde un mal auricular).

También los saludos
de aquellas que se iban,
y vestirse de prisa
alrededor de las demás.
«¿Cómo está tu hijo?».
«Salúdame a tu mamá».

Extraño de aquel día
moverme con libertad
saltar, preparar, girar,
grand battement a la segunda,
una pirueta en arabesque
(y no siempre passé, passé, passé).

Recuerdo volver a casa
siempre sintiendo tardanza,
correr, manejar, acelerar,
la llanta ponchada esa vez;
la mujer de la gasolinera
intentando inflarla,
diciéndome luego:
«Corra a casa»
(hablándome sin máscara
a una distancia insana).

Entrar a casa
sin descalzarme en la entrada,
sin lavarme como infectada,
dar un beso en la boca,
acariciar a mi perra
y cargar a mi hijo
sin cambiarme la ropa.

Atesoro de aquel día
una extraña salida,
un festejo con cena,
una velada divertida.

Recuerdo el patio con bar,
la gente compartiendo mesas,
el mesero que rió de mi broma
sobre mi tarro de cerveza,
mis ganas de regresar
al mundo de las personas
tras mi propia cuarentena
de la reciente maternidad.

Atesoro el tiempo de la cena,
mi trastabillar en tacones
con solo una copa de más,
la gente en la mesa cercana,
el personal del lugar
escupiendo felicitaciones
sobre el postre en nuestra mesa.

Extraño la vuelta a casa
mirando las luces de la ciudad,
y el ruido del fin de semana
(pero este silencio lo amo más).

Recuerdo el último día
que sé que no volverá.
Añoro el último momento
antes del aislamiento,
antes de la reclusión impuesta,
previo al temor, la ansiedad,
la muerte y la enfermedad.

Pero también amo la calma,
la vida en casa,
la distancia social.