Vida


Te había olvidado,
vida,
de tanto pensar en tu opuesto,
en tu contrario,
(muerte),

de tanto desearlo
por su luz atrayente
y luego rechazar
su orden impaciente,

de tanto retarlo
por su golpe intempestivo,
hiriente.

Te había olvidado.

Pero alguien dijo tu nombre
y (re)sentí en mi cuerpo
la vez última
(¿la única?)
que me habitaste entera,
estallando cada segundo
en cada célula,

como un principio de año,
como una primavera eléctrica.

Nunca había sido tan mía,
tan tuya.

Y entonces amé,
porque no había otra vía,
con toda tu fuerza,
a tu manera,
la única.

Y (del fin) de ello
(re)surgió tu opuesto,
tu contrario,
la devastación del alma,
la espada.

Y ahora que ha vuelto
en quebranto,
en separación herida,
despiadada,
ya no quiero llamarlo,
desearlo.

Prefiero volver a ser tuya,
vida,
a tu manera eterna,
la única.

Astromelia


«Astromelias», fotografía por Crissanta.

 

Te busco en la oscuridad
donde ya sé que no estás,

sondeando la incógnita
de la audiencia muda
tras el éter que se vislumbra.

Doy mi mejor sonrisa,
la única
en estos tiempos de bruma.

¿Dónde estás?
Recibo un ramo de rosas.

Y tú, de nosotras,
claveles y lirios,
crisantemos,
gardenias.

Solo el duelo me ha hecho reconocerlas;

sobre todo a ellas,
las astromelias,
que florecen tras días,
en belleza tardía.

Como yo,
que llego tarde
a todas las despedidas,

que entiendo tarde
las pérdidas y las cenizas,

que entierro tarde
las cosas que se terminan.

Azul y rojo


«Red and blue lights under the snow» por Anthony Easton (CC BY).

 

Azul. La bebida era azul. Tú solo pensaste: «Qué extraña…».

—Te va a gustar.

Música estridente. Un beat incesante, una canción vieja. Aún no has intentado hablar. Abres un solo ojo, todo está en horizontal. El sofá conocido, la habitación conocida y él, el viejo amigo o, al menos, conocido. Pero esto es desconocido: esta situación extraña, somnolienta, drogada; junto con esta sensación alarmante, roja, desesperada. Si la bebida había sido azul, la alerta era roja. Cada fibra capaz de producir alarma se despertó de golpe, palpitando en rojo por detrás de tus ojos, en tus sienes, dentro del pecho. La respiración agitada, roja. El beat incesante, rojo. Como las luces de las sirenas. En azul y en rojo. Azul y rojo.

Tu mano tendida hacia el frente, casi paralizada. Tu mente ralentizada cobra consciencia cuando lo ves acercarse y entrelazarla. Hincado a la altura de tus ojos, lo escuchas por sobre la música, en una habladuría incesante:

—Tú y yo… Desde hace tiempo… Pero cuando te vi hoy… No niegues que también tú…

Y entonces comprendes. Cuando su mano recorre tu cuerpo paralizado, comprendes del todo pese al sopor y el aturdimiento azulado. La música a todo volumen: «Well, I know we’re dying and there’s no sign of a parachute». Bueno, estás cayendo y nadie va a ayudarte.

Entonces gritas. Tu voz retumba en ecos como en una catedral, ahogada por el beat incesante, por las voces de la fiesta que sigue afuera, por completo ajena a ti, a tu pedido de ayuda. El eco hacia la nada.

Entonces, ningún salvavidas. Entonces, el esfuerzo sobrehumano.

Como puedes, te pones de pie. Buscas en la mesa, por detrás de su espalda, un arma, una defensa. Aferras lo primero que encuentras. Lo miras entre el mareo, es un abrecartas: el puño en forma de sirena y el extremo bien afilado. A falta de movimiento, la mente debe tornarse también afilada.

El beat sigue incesante. Sus manos siguen incesantes por todo tu cuerpo. Pero la habladuría se ha detenido. Ya ni siquiera hay labia fingida: el intento de elegancia ha salido por la puerta. «Can’t we get a little grace and some elegance…?». Tú solo quieres salir también por esa puerta. Ya no queda nada azul; ahora todo es rojo.

El grito que sigue nace de tu centro, acompañado del movimiento conjurado por la suprema fuerza de la supervivencia. La cola de la sirena, afilada, penetra su ojo izquierdo, por sorpresa. La sangre fluye en rojo. El chillido de dolor, amortiguado por el clímax del tema, mientras te sueltas de su abrazo y abres la puerta. «Why does there gotta be a sa-sa-sacrifice?». Tu mano abre la puerta; la libertad tras la puerta. Más allá se ve el cielo, que ya ha perdido su luz; el azul del cielo nocturno hacia el que corres y te liberas.

Luz azul


Hasta el color más frío
sabe dar calor.

Las entrañas de la Tierra
escupen lava azul.
La combustión más plena,
el cobalto en fundición:
calor azul, azul.

Pero tú, farsa:
luz artificial,
calor congelado,
dolor primordial.
(Océano de reemplazo).
Luz azul, vital.

Guerrero


Hermoso y terrible,
el momento
en que convocan
a la batalla.

Hay tan poca tregua
entre cada matanza…

Aún la sangre de ayer
palpita en mis oídos.

Si cierro los ojos
aún puedo ver
los laberintos.

Y sin embargo,
yo juré
cumplir el mandato

sin importar la muerte,
la ausencia, la fe,
el enemigo.

Las hojas de té
giran, indecisas,
en la taza.

Los ojos de ella preguntan:
«¿Irás?».
La beso en la frente.
«Iré».