El final del cuento


Mis ojos han perdido la visión,
mis manos la memoria,
¿qué hago para reconocerte si un día te encuentro?


Digo palabras sin sentido
después de un prolongado silencio.


Los sueños son hoyos negros
que se tragan todos los recuerdos.


Ya no percibo el olor de tu cabello
ni encuentro con mis labios tu cuerpo.


Ecos del pasado murmuran al pensamiento
que ya nunca más escucharé tu voz,
que ya no hay razón para seguir despierto.


¿Para qué vivir con soledad?
¿Para qué esconder mi sentimiento?


Solo quiero cerrar los ojos
y esperar ese último momento.

La niña de la lluvia


Foto por you me en Flickr (CC BY 2.0).

Su infancia se vio interrumpida de tajo: a sus escasos doce años su organismo y la naturaleza decidieron comenzar el precoz desarrollo.

La madre de Isbe sabía lo que eso significaba y una tremenda pesadez cayó sobre ella, quitándole la curva a su sonrisa y dejándole una línea recta en su ya de por sí gesto plano. Sumisa por tradición, tuvo que informar al padre de Isbe que el día había llegado. A Erop le brillaron los ojos con un fulgor de maligna esperanza. Moci solo agachó la cabeza.

—Dame el sombrero, mujer. Debo ir al lugar de Sofa.

—En seguida, mi señor —contestó Moci apesadumbrada.

Afuera de la casita, sentada a la sombra de una jacaranda, Isbe miraba pensativa el camino que seguía una hormiga llevando a cuestas una ramita seca. Meses atrás, mientras jugaba por un costado de la casa, escuchó a su padre y a Sofa platicar. Se escondió detrás de unos costales de composta apilados.

—Sí, pué, me gusta tu hija pa que sea mi mujer.

—¡Ora! Todavía no, pué, aún no es mujer.

—Esperaré. ¿Qué tal y nos apalabramos de un vez?

—¿Cuál es el trato?

—Te pongo una canasta de víveres.

—¡Ora! Sí está nueva la niña, pué.

—La canasta y un animal.

—Todavía le falta un tiempito, pué; haiga que darle de comer mientras.

—La canasta, el animal y diez billetes pa la tragazón.

—¡Vamos, pué, ¡ya está hecho!

Sofa y Erop sellaron con un apretón de manos el pacto que determinaría el destino de Isbe.

Así fue como se enteró Isbe que su padre la vendió.

Sofa la subió al caballo. Rechazó llevar las pocas cosas de Isbe que Moci puso en un morral de arpillera.

—Son puras mugres, pué —dijo devolviéndole el morral a Erop.

Moci estaba muda: no era solo el nudo en su garganta lo que le impedía decir palabra. Erop sujetaba con una mano la cuerda con el chivo inquieto amarrado al otro extremo. En el suelo yacía una canasta con comestibles enlatados; con la otra mano palpaba dentro del bolsillo los diez billetes que recibió a cambio de su única hija.

Isbe echó una última mirada al lugar: la casucha, el patio y sus padres, jamás los volvería a ver.

***

Sujeta al torso de Sofa, Isbe fue soltando durante todo el camino cada sueño, cada juego infantil, cada cosa que ya no podría hacer por la condición de ser ahora la mujer de su comprador. Sofa no se dio cuenta de cuántas lágrimas derramó Isbe; apuraba al caballo para ganarle a la tormenta que amenazaba con fuertes retumbos su imparable precipitación.

Llegaron a la casa de Sofa empapados, Isbe mojada de lágrimas y lluvia. Sofa no esperó a nada, de inmediato condujo a la niña adonde estaba la cama.

—Quítate las mugres que trais puestas, no te vayas a subir a la cama toda mojada como vienes.

Él por su parte, echó el sombrero a un lado, se desabotonó la camisa y se sentó en una silla a observar a Isbe.

Recordó la primera vez que la vio en casa de Erop un día que fue a conseguir composta. Ella correteaba mariposas, llevaba puesto un vestido con flores estampadas que era una talla más pequeña que la que debería usar, esto ocasionaba que de manera inconveniente se revelaran sus torneados muslos cada vez que daba un salto intentando alcanzar a una mariposa en la inocente persecución. Desde entonces, el deseo de tenerla no se desprendió de él.

Ahora la tenía enfrente y la haría suya.

—¡Quítate todo, pué! —rugió desde la silla.

Isbe sentía miedo de llorar, ahora Sofa era su dueño y debía obedecerle o atenerse a las consecuencias.

Se desnudó tal y como lo haría una flor cuando florece, solo para que una bestia con su sucia garra la dejara pisoteada y maltrecha en un instante. Seis minutos que a Isbe le parecieron el infierno eterno.

La lluvia azotó esas tierras durante varias semanas. Los ríos se desbordaron y las corrientes arrastraron todo lo que estuvo a su paso. Isbe no paró de llorar todo el tiempo que Sofa la dejaba sola. No hubo probado ni un bocado de alimento, estaba asqueada e igual de triste que el cielo.

—Ahí te traje cosas pa que hagas de comer, pué.

—Es que no sé cocinar.

—¡Diablo cabrón! ¿Cómo es eso? ¿Qué tu madre no te enseñó a hacer siquiera un caldo?

—No, mi señor —contestó con timidez Isbe, encogiéndose, esperando lo peor.

—¡Ah, la puta! —soltó Sofa acompañado de un golpe con la palma en la cabeza de Isbe—. ¡Vas a aprender, pué, ¿o qué?

—Sí, mi señor, voy a aprender —dijo Isbe conteniendo el temblor de la quijada.

Volvió a pegarle, esta vez en la nuca. La pescó del cabello y la llevó a la cama.

—No me voy a conformar solo con esto; tienes más obligaciones que cumplir —reclamó Sofa levantándole la falda y manoseándola con desenfrenada lujuria antes de penetrarla con furia.

En una parte elevada del pueblo, debido a las lluvias, se produjo un deslave que sepultó varias casas con sus respectivos ocupantes. Los habitantes estaban alarmados: la masa pluvial era tan inusual que lo atribuían a un hecho sobrenatural provocado por una fuerza oscura. Los vecinos organizaron rosarios para pedir a Dios que cesara la lluvia.

—Dicen que es porque Sofa se trajo a la chamaca y están haciendo vida de casados sin la bendición del Señor.

—Sí, pué, es el pecado impune y disoluto que atrae tanta calamidad.

—Sígale rezando, seño.

—Dios te salve, reina y madre…

A Sofa le tenían sin cuidado todas las habladurías que se escuchaban en el pueblo. Él ya había cumplido con el pago por Isbe y no necesitaba ninguna bendición de nadie.

Esa noche la tormenta oscureció el cielo con varios tonos de gris.

Llovió con intensidad, el agua escurrió excavando profundas zanjas en los caminos de tierra, las corrientes imparables siguieron su curso.

Los compadres hacían el camino a paso lento buscando un lugar seguro por el cual transitar. Del centro del pueblo a la casa de Sofa eran unos tres kilómetros.

—Nos echamos un taco en el jacal, pué, compadre. Así damos tiempo a que baje toda el agua del cerro.

—Ora, pué. Traigo una botellita de aguardiente, compa, pa el desempance.

Llegaron a casa de Sofa. Temo tenía curiosidad por conocer a la nueva mujer de su querido compadre.

—Ora, mujer, que ya llegué y traigo invitado. Sírvenos un taco que venimos hambrientos.

—Sí, mi señor —contestó Isbe, bajando la cabeza ante la imprudente y cínica mirada de Temo.

Pué… es una cachorra, compa, ¿cómo le hizo?

—Na’a que un chivo no pueda valer, compadre.

Ambos se echaron a reír. Isbe sirvió dos platos con frijoles y acercó un cuenco con salsa picante. Una a una fue colocando las tortillas que recalentó en un fogón.

Temo no le quitaba la vista de encima. Destaparon el aguardiente y bebieron. Sofa se dio cuenta de que a Temo le gustaba su mujer. Carraspeó.

—¿Qué pué, compadre?

—¿Das chance, compa?

Sostuvieron la mirada durante unos segundos.

Ora, pué —dijo Sofa—. No me la maltrates porque también quiero usarla.

—No, compa. Todo tranquilo.

Sofa se sirvió más aguardiente y prendió un cigarro de hoja. Salió al patio dejando a Temo con Isbe.

—Vente pa’ca, chamaca —dijo Temo desfajándose la camisa. Estaba enardecido por el alcohol—. Acércate un tantito.

—¡No! —replicó Isbe.

—¿Qué pué? ¿Le digo al compadre que le venga a poner unos fajazos?

Isbe ya no sabía a qué temerle más. Temo intentó meter la mano por debajo de su vestido, pero ella se retrajo. Él, molesto, la asió del cuello con una mano y con la otra le sujetó el cabello por la nuca.

—¡Quieta, cachorra! ¡Orita te voy a dar un calentón que hasta vas a bramar! 

Afuera, Sofa escuchaba en la oscuridad la corriente de agua que furiosa se deslizaba por el camino principal. Le debía un favor a su compadre, no podía negarle nada, ni siquiera a su mujer.

Isbe pegó un grito cuando Temo le desgarró la blusa y le dejó desnudo el torso. Mientras Temo con una mano bajaba sus pantalones, aflojó un poco la fuerza que aplicaba en el cuello de Isbe. Ella se dio cuenta y de un jalón se liberó. Temo perdió el equilibrio y trastabilló sin caerse, pero esa acción fue suficiente para que Isbe, a pesar del pánico, buscara la puerta para salir de la casa.

Sofa escuchó las pisadas chapoteando veloces en la oscuridad, volteo a mirar y vio una silueta fugaz desvaneciéndose en la lluvia.

—¡Se soltó la cachorra, compa! —gritó Temo desde el quicio de la puerta.

—¡Carajo! —dijo Sofa apretando las mandíbulas. Aventó el vaso y echó a correr detrás de Isbe— ¡Pérate, pué! ¡Ónde vas, hija de puta!

Isbe escuchó los gritos debajo del diluvio que caía en ese momento, pero no se detuvo por nada. Las gruesas y tupidas gotas le pegaban en la cara y se escurrían junto con sus lágrimas.

Atrás de Sofa, Temo también corría; no iba a dejar escapar la oportunidad, menos ahora que la niña les había hecho salir a la tormenta.

Isbe dejó de escuchar los gritos de Sofa y los pasos de su carrera. El ruido de la corriente era ensordecedor. La oscuridad le impidió orientarse y de vez en cuando la luz de un rayo iluminaba con debilidad la negrura de los cerros. Fue como escuchar el principio de una tempestad, cuando se oye retumbar el cielo previo a la caída de agua. Pero esta vez el sonido vibrante no provino del cielo, sino del suelo, fue como un rugido contenido que va creciendo en fuerza e intensidad. Isbe volteó hacia todos lados sin percatarse de que se estaba produciendo un deslave en el cerro por su lado izquierdo y un socavón bajo sus pies.

Toneladas de lodo y piedras la arrastraron sepultando en pocos segundos todas sus desgracias.

Cuando Sofa y Temo detuvieron su persecución, fue solo porque el camino presentaba un agujero grande y profundo que les impidió continuar.

Nunca encontraron el cuerpo de la niña.

***

Fueron varios meses de arduo trabajo para rellenar el socavón del camino. En el pueblo se corrió la voz de que en ese incidente murió Isbe, la pecaminosa exmujer de Sofa. Después de la tragedia, la lluvia calmó sus ímpetus. Siguió una temporada de implacable sequía, los cerros lucían un amarillo reseco y los animales de corral iban muriendo poco a poco sin explicación.

—Vamos haciendo otra chamaca, pué; se murió el chivo y no hay billete pa comprar otro. Ni siquiera lo pudimos comer, cuando lo encontré ya estaba inflado, sepa qué mal le dio.

—Ya estoy grande, Erop, ya no es bueno que quede embarazada, pué. No le haiga que me vaiga a morir en el parto. Además, no quiero; sentí refeo que vendieras a la Isbe.

—¡Bah! ¿Entonces pa qué son los hijos?

—¡Ah, que necio que eres, pué! Me voy a moler el nixtamal.

Esa noche Erop intentó embarazar a Moci. Después del sexo se quedó despierto imaginando que, si se lograba, apenas naciendo vendería a la cría, así se ahorraba años de manutención, pero si era hombrecito, tenía que regalarlo o ahogarlo en el río.

Pasaron los meses y Moci no echaba panza, resulto ser cierto lo que ella dijo: «ya estaba grande pa engendrar».

El tono de azul del firmamento se decoloró, un viento húmedo corrió entre las hierbas secas de los cerros. Parecía que la sequía llegaba a su fin. Algunos se apuraron a preparar la tierra para la siembra con cierto recelo de que este temporal no excediera la cantidad de agua. Esa noche cayó una gentil lluvia que avivó las esperanzas del pueblo.

Temo estaba recostado en la hamaca con las manos cruzadas bajo la nuca a modo de almohada. Respiraba el aroma de la tierra árida ahora socorrida por las primeras gotas de agua. De repente resopló pues percibió un olor fuerte, desagradable, parecido al de un zorrillo. Quiso levantarse, pero una fuerza le comprimió el pecho. El hedor se hizo más fuerte, tan intenso y penetrante que casi vomitó. Entonces escuchó una voz:

—Va a llover, Temo.

El sonido de la voz pareció venir de un lugar muy profundo, sin embargo, no hacía eco, se escuchó más bien apagado. Se encontró con un rostro desfigurado a la altura de su cara. A pesar de lo horripilante, conservaba ciertos rasgos que Temo reconoció y de inmediato entró en pánico.

—Va a llover, Temo  —escuchó que le dijo la voz.

De los ojos del rostro macabro comenzaron a salir gotas de agua. Cayeron en la cara de Temo que luchaba desesperado por liberarse. Al principio fueron unas cuántas gotas, pero después se incrementaron al grado de que se le colaban por las narinas y por la boca cada vez que la abría para intentar gritar. Temo, antes de morir ahogado, se dio cuenta de que las gotas tenían un gusto salado.

Sofa bebía aguardiente sentado con la camisa desfajada y desabotonada. Sentía que le hacía falta desahogarse, pero no encontraba quien estuviera desesperado y le vendiera una chiquilla, le atraían sobremanera. Tenía planes para salir, pero la incipiente lluvia se los echó a perder. Dio otro trago directo de la botella y se atragantó porque llegó a su nariz una pestilencia nauseabunda, como de humedad podrida. Bajó la botella y revisó la suela de sus botines por si había pisado algo. Como no encontró nada, caminó hacia la puerta y antes de que pudiera abrirla escuchó una voz apagada, como si fuese un murmullo proveniente del suelo.

—Va a llover, Sofa.

Sintió una mano húmeda y fría que le tiraba de los cabellos hacia la cama. No pudo luchar contra ese impulso y cayó de bruces sobre el colchón. Se volteó sobre sí para quedar bocarriba y cuando lo logró sintió como la botella de aguardiente chocaba contra sus dientes que se desprendieron, y junto con pequeños fragmentos de vidrio, resbalaban con el alcohol por su garganta.

—Va a llover, Sofa —escuchó de nuevo.

Vio el rostro carcomido y los ojos de una negrura espeluznante que derramaban gotas de agua sobre su cara. Terminó de ahogarse con el resto del líquido de la botella. Quedó tendido sobre la cama con la camisa abierta y el envase de vidrio metido hasta la garganta.

En ese momento la lluvia arreció.

—¡Qué necio, pué! ¡Que ya no puedo preñarme!

Ora, ¿entonces qué vamos a hacer? Ya nadie en el pueblo me compra la composta.

Haigas de irte al otro pueblo a vender.

—Sí, pué, no hay diotra.

—Pero antes lléname la pileta, ya no tengo agua ni pa lavar los jarros.

Ora, pué.

Erop tomó los baldes y caminó al arroyo. Cuando llegó advirtió la coloración turbia en el agua debido a las primeras lluvias del temporal. Se agachó para llenar el balde y se fue de boca como si alguien lo hubiese empujado. Soltó el balde e intentó ponerse de pie, mas no pudo. Sintió algo que se le hundía en la espalda baja y una presión desmesurada en la nuca. Agitó los brazos e intentó deshacerse de quien tenía encima. El terror se apoderó de él cuando sintió que el aire se le estaba terminando. Tragó agua, pero justo cuando iba a rendirse, una mano fría lo jaló de los cabellos sacándole la cabeza de la corriente. Jaló aire y escuchó una voz seca y átona:

—Va a llover, Erop.

Otra mano le estrelló varias veces un guijarro en la cara, le rompió nariz, pómulos y varios dientes. Después, como si de un costal de composta se tratase, voló y cayó al pie de un viejo árbol que dibujaba una temblorosa silueta en el suelo terroso. De inmediato, aunque estaba aturdido, notó un olor asqueroso que supo que, antes de que los ojos malévolos soltaran gotas de agua sobre su cara deshecha, era el olor de la muerte.

Adentro de la casucha, Moci esperaba impaciente a que su marido regresara con el agua que necesitaba para sus quehaceres. Iba a asomarse a la entrada cuando a contraluz vio una extraña figura que no tocaba el suelo. Estaba suspendida en el aire justo en el quicio de la puerta. Moci se echó para atrás, temerosa de lo que estaba contemplando.

—¡Dios mío! —soltó las palabras y se dejó caer sobre una silla con los dedos de las manos entrecruzados sobre su pecho, así como si fuera a rezar.

El olor putrefacto inundó la casucha. En un parpadeo, la amenazante figura se colocó a un lado de Moci y le susurró al oído:

—Va a llover, Moci.

Moci miró el rostro descompuesto y ahogó una palabra antes de sentir una mano fría y húmeda acariciándole el pelo y luego, miles de gotas cayendo en su cara desde esos ojos eternos.

El aguacero volvió a cobrar fuerza.

Nada ni nadie pudo explicar las muertes atroces de aquellas personas. Todos los testimonios apuntaban directo a la superstición o a ese tipo de leyendas y mitos que hay siempre en esos pintorescos lugares. 

Algunos campesinos del pueblo atribuyen, a un tipo de lluvia gentil que cae por lo general por las noches, a una entidad que denominan «la niña de la lluvia».

Otras personas dicen que cuando la lluvia es suave es porque el alma de Isbe se anega y desborda de tristeza; y que cuando se desata una tormenta, es por la ira de Isbe que aún no puede perdonar a quienes le hicieron tanto mal.        

911


La operadora del 911 inició el protocolo de atención cuando recibió la llamada de un niño.

—¿Cuántos años tienes? —dijo al mismo tiempo que levantaba la mano para atraer la atención de su supervisor.

—Cinco, pronto cumpliré seis —dijo una vocecita al otro lado del auricular.

—¿Puedes platicarme qué es lo que pasa, amigo? —Ella lo entretenía mientras tecleaba comandos en su sistema para dar con la ubicación de la llamada. Cuando al fin lo logró, el supervisor ordenó que acudiera la unidad más cercana al domicilio.

—¿Puedes pasar el teléfono a un adulto que esté contigo?

—Mi mamá no puede contestar, pero me dijo que llamara —dijo el niño con voz traviesa.

La operadora iba a hacerle otra pregunta cuando en el fondo se escucharon fuertes toquidos.

—¡Policía! ¡Abra la puerta! —dijo una voz con urgencia.

El niño dejó el aparato telefónico y corrió a abrir. La llamada quedó abierta. El personal del 911 escuchó:

—Pero ¿qué pasó aquí? —dijo uno de los oficiales que habían acudido al llamado.

Su compañero de inmediato desenfundó su arma de cargo al ver que el niño apenas si podía sostener una pesada pistola en su pequeña mano. Se le acercó cauteloso. Lo despojó del arma y con terror se dio cuenta de que estaba cargada.

—Jugábamos a los vaqueros. ¡Disparé primero! —dijo el niño orgulloso de su logro.

El otro policía veía consternado el cuerpo de la madre en el piso, desangrada, con la mano izquierda a la altura del estómago y en la derecha una simpática pistola de juguete de colores chillones.

Al otro lado de la línea la operadora daba indicaciones a la ambulancia, aunque sabía que ya era demasiado tarde.

Cena de Navidad


Ya está oscureciendo. Antes me gustaba ver la puesta de sol con un vaso de güisqui en la mano, parado frente al ventanal. Me costó mucho trabajo llevar la cuenta de los días, pero, aun así, sé que estamos en invierno. Ya no me paro frente al ventanal, ahora calculo las horas mirando por una rendija entre las tablas que cubren la ventana. Bajó mucho la temperatura, apenas si tengo unos girones de cobertor para cubrirme. Estoy demasiado delgado. Me cuelga la piel e incluso tengo estrías en donde antes solo había barriga. Ya han empezado a caérseme los dientes; creo que es señal de desnutrición o falta de alguna vitamina.  

Antes era fácil darse cuenta de en qué época del año estaba, incluso cuando era niño. Recuerdo que mi ciclo de tiempo lo medía con el día de Reyes. Juguetes. Ahora a quién le importan las fechas. La Navidad era mi época preferida: solíamos juntarnos en la casa de los abuelos a festejar las fiestas de fin de año. Robábamos las botellas de sidra y bebíamos hasta emborracharnos. Nadie se daba cuenta. Los adultos se ocupaban de asuntos sentimentales por aquellos que ya no se sentarían a la mesa a compartir la cena. La gente muere y a veces se les extraña. Yo extrañaba a mi abuelo. Siempre fue divertido pasar el tiempo con él: hacía trucos con cartas y monedas, siempre sorprendía a los chicos y nos hacía reír con sus historias.

Este invierno sería diferente. Ya no habría reuniones familiares ni trucos de magia del abuelo Flavio… ni cena. También extraño las comilonas. En la Nochebuena mi madre no nos reprendía por comer todo lo que quisiéramos. Nos retirábamos de la mesa con el abdomen embotijado por tanta comida. ¡Mierda!, me gruñen las tripas solo de recordar. Con este van dos días que no pruebo… alimento.

Es difícil conservar comestibles sin un refrigerador. Recuerdo que alguna vez leí algo cerca de acecinar la carne para conservarla por más tiempo y, sin embargo, por las circunstancias, no me atrevo a salir al exterior. El gobierno nos dijo que solo serían un par de meses de confinamiento y mintieron. Llevamos casi nueve meses encerrados sin poder salir por los rebrotes y las nuevas cepas del virus que fueron apareciendo.

Al principio fue como un descanso; como unas vacaciones forzadas. Mi esposa y mis hijos estaban muy contentos porque pasaríamos más tiempo juntos. En realidad, así fue. Luego del cuarto mes las cosas comenzaron a salirse de control. El estrés por el encierro comenzó a cobrar el alquiler, y las semanas posteriores fueron de constantes peleas y desacuerdos. Luego la comida empezó a escasear. Fueron intentos vanos el querer adquirir víveres en el exterior: los grupos insolventes decidieron tomar las calles y las tiendas. De repente el dinero ya no sirvió para nada. Todo se acabó en un abrir y cerrar de ojos. Las compras de pánico de las primeras semanas ahora solo son un mal chiste comparadas con la rapiña que hubo en días posteriores.

¡Maldita sea! Muero de hambre. Ah, sí, las cenas de Navidad (me salí del tema) eran una ironía: se festejaba el nacimiento de un niño en pobreza extrema degustando varios platillos y vinos en abundancia. Era la época del año en que se derrochaba dinero en comidas y regalos para conmemorar el nacimiento en un establo del niño pobre. Mucho amor y buenos deseos que duraban una noche, así de efímero. Pobres humanos que somos. Me tiemblan las manos, no sé si es por el frío o por… otra cosa. Recuerdo que en esos días nos abrigábamos con chamarras, guantes, gorros y bufandas. Después, en la secundaria, me enteré que en el hemisferio sur el festejo de Navidad ocurría en pleno verano, ¡qué diablos! No puedo imaginarme un fin de año en pantalones cortos y playeras frescas.

Este año no habrá «felices fiestas». Ni siquiera tengo la certeza de que llegaré a esa fecha. Ya no hay… comida. Tampoco habrá regalos ni bufandas o gorros, nada más este maldito temblor en las manos. Creí que, si me comía a mi esposa y después a mis hijos, me durarían más las raciones, pero no fue así. Entre más carne ingería, un hambre loca se apoderaba de mí. ¡Qué lástima que no pude acecinar la carne!, en cambio, asesiné a mi familia y me la comí. Ahora solo se me ocurre comerme pequeñas partes de mi cuerpo, pero aun así no creo que me alcance para llegar a la cena de Navidad.

Tengo hambre.

Día de Muertos


El cielo lucía un gris amenazador, inconcebible para esa época del año. Parecía que en cualquier momento la lluvia azotaría con fuerza el pueblo. Un hombre alto circundaba las aceras invadidas por flores de cempasúchil, canastos colmados de pan de muerto recién horneado; vistosas calaveras de azúcar y papel picado multicolor. El individuo iba registrando en su celular cada cosa que veía. Era una fiesta en las calles y en el interior de las casas: el Día de Muertos. Se detuvo a observar a detalle, atraído por el olor a copal, un altar donde se había colocado una ofrenda. Un tanto desconfiado se deshizo de la mochila que llevaba en la espalda. Miró una fotografía o, mejor dicho, un retrato muy antiguo: era una mujer robusta sentada en una silla con respaldo alto. Sus manos descansaban sobre su regazo. Tenía el rostro serio y sus ojos parecían perderse en un punto indefinido. El retrato era en blanco y negro; por la luz y la distancia no pudo distinguir si era una foto o un retrato hecho a mano. El olor a copal se mezclaba con el humo de la combustión de las veladoras de parafina. Continuó mirando, ahora su atención estaba puesta en una pieza de pan de muerto: coloreada con azúcar rosa y con una redondez irregular que indicaba que no era hecho con molde. Se acercó una mujer de piel morena, que, aunque era de estatura promedio, lucía diminuta al lado del curioso.

—Noches, güero —dijo con desfachatez y amable familiaridad.

El hombre volteó sobresaltado.

—Noches…, buenas…, ¡buenas noches! —dijo corrigiéndose al vuelo y en un español con marcado acento extranjero. La mujer sonrió mostrando una dentadura torcida y amarillenta.

—¿Qué se te ofrece, güero?

I just…, mirando. ¿Por qué hay mucho comida aquí? —dijo señalando las cazuelas.

—Es una ofrenda para la difuntita —contestó la mujer señalando el retrato.

—¿Por qué?

—Cada año, en el mes de noviembre, los muertitos regresan por un rato a este mundo.

—¡Eso no es posible! Bullshit!

—Bueno, güero, es la tradición mexicana, pero sí regresan en este día.

Levantó su mochila y se la puso en la espalda para seguir su marcha. Ni siquiera dijo una última palabra a la mujer. Se fue pensando en que por esas patrañas ese y otros países vivían en el atraso. Siguió mirando, casi todo se repetía: comida, velas, papel picado en la decoración, fotografías de hombres, mujeres, niños y hasta familias enteras. Regresaría al lugar en donde se hospedaba. Era en una casona de techos altos que había alquilado por medio de una aplicación que descargó a su celular. El pueblo era pintoresco y tradicionalista. No le había parecido la gran cosa, pero, aun así, el lugar tenía su encanto. Lo que sí detestaba era tener que subir y bajar por las callejuelas estrechas. No estaba acostumbrado a caminar sobre empedrado y le faltaba el aire al subir las pendientes. Escuchó un taconeo rítmico y constante al llegar a una pequeña curva. Esperó encontrarse de frente con alguna persona a medida que iba avanzando, pero al cubrir casi todo el trayecto, el taconeo cesó y en la empinada subida de la calle no había nadie. Se encogió de hombros y continuó el ascenso resollando.

Mientras esperaba a que le abrieran la puerta, después de hacer sonar una campana jalando un cordón, un niño bajó corriendo por el otro extremo de la calle. Hizo un recorrido en diagonal para llegar hasta donde él esperaba. Se detuvo, y sin decir nada, tomó la mano del extranjero y puso en la palma una canica. De inmediato echó a correr calle abajo. Lo siguió con la mirada hasta que la curvatura de la calle le impidió seguir mirando. «What the hell?», se dijo cuando reparó en que el chiquillo en su loca carrera no emitía sonido alguno al chocar las plantas de sus pies con las piedras de la calle. La puerta se abrió de golpe e hizo que el extranjero pegara un brinco.

Entró al cuarto y aventó la mochila sobre la cama. Todavía tenía la canica en su mano, la miró y la arrojó al cesto de basura. Abrió una de las ventanas y de inmediato llegó el aroma de copal y mejor la cerró. Se duchó antes de ir a la cama y mientras secaba sus pies, de soslayo, vio una sombra deslizándose en la pared opuesta a la ventana. Volteó a ver y se asustó con su propio reflejo en el cristal.

No pudo conciliar el sueño tan rápido como hubiese querido. A la distancia se escuchaba música de mariachis en ratos, y en otros, la tambora de la banda regional. Su sueño fue inquieto y con sobresaltos. Soñó con la señora robusta del retrato: ella dejaba de mirar el infinito y dirigía su mirada al extranjero de manera abrupta. Se despertó y creyó escuchar el rebote de la canica contra el piso como si alguien la dejase caer una y otra vez. Se levantó, encendió la luz solo para ver como la esfera de vidrio chocaba contra una de las patas de la cama. Se le erizaron los vellos de la nunca, pero su convicción escéptica de inmediato buscó una explicación lógica. Él mismo hubo pateado la canica que creyó haber depositado en el cesto. Abrió la ventana, la arrojó a la calle escuchando como rebotaba contra el empedrado hasta que el niño que se la había dado horas antes pasó corriendo otra vez y se detuvo a recogerla, la tomó entre su pulgar y su índice y volteó a mirar a la ventana; sus miradas se cruzaron. Esta vez se le erizaron todos los vellos del cuerpo.

Hubiera aceptado la marihuana que le ofrecieron días antes en una de las cantinas que visitó para beber una cerveza. En momentos como este le ayudaría a entender lo que estaba pasando.

Intentó dormir. Solo dio vueltas en la cama y cuando creía que el sueño le vencía, escuchó risas de niños como si estuviesen jugando en el patio exterior. Pasó por su cabeza la idea de levantarse a reclamar por el alboroto que no lo dejaba dormir, pero se lo pensó dos veces, eran días de fiesta nacional y no estaría bien hacerlo. Daría una calificación baja y una reseña negativa en la app por todas aquellas molestias.

Recordó que tenía guardadas un par de botellas de mezcal artesanal que le vendieron en la plaza principal y que llevaría a su país como suvenir. Tomaría un trago para relajarse. Abrió el cajón, ahí estaban las botellas en reposo impaciente.

—Mezcal… Whatever! —dijo sin seguir leyendo la etiqueta. Bebió un trago y aunque la bebida se arrastró ardiente por su garganta, tomo otro y otro y otro hasta vaciar el contenido. Consideró abrir la otra botella cuando un ataque de náuseas mandó un tsunami de saliva a su boca. Dio la primera arqueada antes de llegar al pequeño bote de basura para vomitar. Se arrepintió de beber sin control. Se levantó a enjuagarse no sin antes volver a percibir de soslayo, una sombra que atravesaba la pared de un extremo a otro. Recordó que hacía un rato le había pasado lo mismo, pero en aquellos instantes aún no estaba borracho. Se puso de mal humor. Salió de la habitación dispuesto a reclamar a su anfitrión por los ruidos que no lo dejaban dormir. Se asomó por el barandal y le pilló una oscuridad anormal; no había nadie en el patio. Prevalecía una quietud que casi le hizo cambiar de parecer. Sin embargo, continuó por el pasillo hasta llegar a la puerta de la habitación del dueño del lugar. Tocó tres veces a la puerta con los nudillos, no recibió respuesta. Cuando iba a hacerlo con el puño entero, escuchó el rechinido de las bisagras; se encontró con la cara somnolienta del hombre que le alquiló la habitación.

—¡Carajo! ¡Apesta a alcohol! Se ha puesto una buena, güero.

—¡Niños no me dejan dormir!

—¿Niños? No, ya es tarde, ya no piden calavera a esta hora.

—En el patio escucho niños jugando.

—Ya córtele, güero, aquí no hay niños desde hace mucho. Se le pasaron las cucharadas. Mire, no hay nada para preparar comida, pero ahorita todavía está doña Flor. Échese un buen plato de menudo y con eso se le corta la borrachera. No tome tanto mezcal, es una bebida de respeto.

What?

—Váyase todo derecho, a tres cuadras, pasando la panadería de don Tomás, va a ver un puesto. Ahí mero está doña Flor. Pídale un plato de menudo, ya verá qué bueno está.

—…

No supo que decir ante la pasividad y tremenda tranquilidad del anfitrión. Le dio la espalda y regresó al cuarto. Seguiría el consejo e iría a comer algo. Se vistió y tomó un poco de dinero. Miró la segunda botella de mezcal y en ese momento supo que en su vida volvería a tomar un sorbo. Tan solo de pensarlo sentía asco.

Siguió las indicaciones y llegó al lugar de doña Flor. A pesar del horario, estaban algunos comensales sentados a la mesa.

—Pásale, güero. Siéntate. ¿Qué te voy a servir? —dijo con animada y hospitalaria voz doña Flor.

—Plato de menudo. ¿Es bueno?

—¡El mejor! Ya verás, güerito. Te lo voy a servir con todo para que cuando regreses a tu país, te acuerdes de que comiste el mejor menudo y le cuentes a tus nietos. ¡Ja, ja, ja! ¿Tienes familia? ¿Hijos?

—¡Oh, no! Mucho después.

—Ta bien, güero. Ahí’sta. Aquí hay cebollita, limón, chilito de árbol. Lo que quieras.

—¡No picante! ¡No!

El extranjero miró a un lado y a otro. Se daba cuenta de que la gente de ese país era muy cercana entre sí: no les importaba que un extraño comiera y compartiera en la misma mesa, de buena gana reconoció ese peculiar comportamiento.

Olía bien el caldo rojo, esperaba que tuviera el mismo gusto. Dio el primer sorbo y el infierno estalló en su boca, hizo cascada en la laringe antes de que siquiera llegara a su estómago. Sintió que acababa de tragar fuego vivo. La primera señal de que se asfixiaba, fue el súbito enrojecimiento de su pálido rostro. El aire no llegaba a sus pulmones y en cambio sentía que ardía en llamas por dentro. Gordas gotas de sudor le resbalaron por las patillas. Quiso ponerse de pie, se llevó ambas manos a la garganta. Otro desvelado sentado a su lado se dio cuenta de que se estaba ahogando. Con rapidez de la aplicó la maniobra que se utiliza en esos casos: le dio una fuerte palmada en la espalda que le alivió de inmediato la respiración.

—¡Toma, güero! —Doña Flor le ofreció un limón con sal. Lo recibió cuando pudo jalar aire de nuevo. Se lo llevó a la boca y exprimió el jugo. Sintió un alivio momentáneo, pero el ardor en labios y lengua no cedía. Pidió otro limón y repitió el procedimiento. Caminaba de un lado a otro jalando pequeñas porciones de aire. Mientras hacía eso, advirtió que los demás comensales, doña Flor y su ayudante sonreían divertidos y volvían a lo suyo. La ayudante, incluso, tuvo la desfachatez de captar el momento en una fotografía hecha con su móvil.

—¡Muchacha! ¡Guarda eso! ¡No seas canija! —regañaba doña Flor.

En la foto, el extranjero se veía casi enfurecido, con los puños apretados como un niño que está a punto de hacer una rabieta.

Se fue del lugar cuando todavía no terminaban de burlarse de él. Enfiló hacia su alojamiento y en el camino pensaba en cómo esa gente era capaz de comer tanto picante y encima de eso, caliente.  No volvería a ese país de barbarians.

El próximo año viajaría a Europa a maravillarse con la aburrida arquitectura de alguna ciudad. Allá no existía la comida picante.

En definitiva, no fue una grandiosa idea venir a este país. Renegaba por el camino de regreso al cuarto de alquiler; de pronto, un sujeto le salió al paso en uno de los tantos claroscuros de la calle.

—¡Ya’stas, cabrón! ¡Párale a’i!

El extranjero se detuvo por instinto, mas no porque hubiese entendido lo que le indicó la voz.

—Vele aflojando, ¡Ándale!

Sin saber qué hacer, solo hasta el momento en que se dio cuenta de que en la mano de quien lo increpaba brillaba la hoja de un cuchillo de gran tamaño, levantó las manos mientras miraba a lo largo de la calle por si hubiese alguien que le prestara ayuda.

—¡El billete, pinche güero!

Al escuchar la palabra «billete», metió la mano al bolsillo derecho y extrajo algunas monedas y un billete de baja denominación. Pensó en el resto que dejó en el cuarto.  

El asaltante lo miró incrédulo: todos los extranjeros actuaban de la misma manera, creyendo que con unos cuántos pesos todo estaba arreglado. Tomó al forastero por la playera y le puso la punta del cuchillo en la garganta.

—¡Todo el dinero, pendejo! ¿Qué te estás creyendo?

—No más… Es todo —contestó con el rostro más pálido de lo normal. Olió un tufo de alcohol mezclado con algo más: el ladrón le resoplaba en plena cara.

Pu’s ya te cargó…

Sintió una punzada a la altura del abdomen, luego otras tantas y todo se le oscureció más de lo que ya estaba esa noche de noviembre.

Despertó encontrándose de pie en una de las callejuelas del pueblo, no recordaba por qué estaba ahí. Miró en derredor y vio la algarabía propia del Día de Muertos. Se acercó a una de las ofrendas y vio un retrato de una mujer robusta sentada en una silla de respaldo alto. Volteó hacia otro lado y pudo ver una pequeña bandera con estrellas y barras, miró con detenimiento: había una fotografía de un hombre de piel muy blanca con los puños cerrados como un niño haciendo una rabieta. Se reconoció en aquella imagen y comprendió lo que había pasado cuando se dio cuenta de que, en la ofrenda, junto con su foto estaba un plato de menudo, una bandera de su país y una botella de mezcal. Atrás de él, una mujer de baja estatura, piel morena y dentadura amarillenta le dijo:

—Bienvenido, güero. ¿Ya ves que sí regresan?

Hito


¿Y si el #ReversoDelTiempo es lo que nos falta por vivir?

Es una cuenta atrás y no un viaje en el tiempo al pasado.

Todos tenemos un hito:
Estoy por llegar al mío.


Fueron noches largas,

de tiempo sin medida,

con juegos de palabras

y de escuchar tu sonrisa monosílaba.

Todo empezó

desde la tristeza en tu mirada,

y que ahora son recuerdos que caminan

detrás del alma y sus despojos.

Era esa ansia que no enferma,

convertida en sentimiento mutuo;

como estar frente a un espejo

desnudos.

No hubo urgencia para encontrar

un nombre común

ni prisa por llegar a ningún lugar,

solo elegir con el corazón

y la elección final

fuiste tú.