911


La operadora del 911 inició el protocolo de atención cuando recibió la llamada de un niño.

—¿Cuántos años tienes? —dijo al mismo tiempo que levantaba la mano para atraer la atención de su supervisor.

—Cinco, pronto cumpliré seis —dijo una vocecita al otro lado del auricular.

—¿Puedes platicarme qué es lo que pasa, amigo? —Ella lo entretenía mientras tecleaba comandos en su sistema para dar con la ubicación de la llamada. Cuando al fin lo logró, el supervisor ordenó que acudiera la unidad más cercana al domicilio.

—¿Puedes pasar el teléfono a un adulto que esté contigo?

—Mi mamá no puede contestar, pero me dijo que llamara —dijo el niño con voz traviesa.

La operadora iba a hacerle otra pregunta cuando en el fondo se escucharon fuertes toquidos.

—¡Policía! ¡Abra la puerta! —dijo una voz con urgencia.

El niño dejó el aparato telefónico y corrió a abrir. La llamada quedó abierta. El personal del 911 escuchó:

—Pero ¿qué pasó aquí? —dijo uno de los oficiales que habían acudido al llamado.

Su compañero de inmediato desenfundó su arma de cargo al ver que el niño apenas si podía sostener una pesada pistola en su pequeña mano. Se le acercó cauteloso. Lo despojó del arma y con terror se dio cuenta de que estaba cargada.

—Jugábamos a los vaqueros. ¡Disparé primero! —dijo el niño orgulloso de su logro.

El otro policía veía consternado el cuerpo de la madre en el piso, desangrada, con la mano izquierda a la altura del estómago y en la derecha una simpática pistola de juguete de colores chillones.

Al otro lado de la línea la operadora daba indicaciones a la ambulancia, aunque sabía que ya era demasiado tarde.

Cena de Navidad


Ya está oscureciendo. Antes me gustaba ver la puesta de sol con un vaso de güisqui en la mano, parado frente al ventanal. Me costó mucho trabajo llevar la cuenta de los días, pero, aun así, sé que estamos en invierno. Ya no me paro frente al ventanal, ahora calculo las horas mirando por una rendija entre las tablas que cubren la ventana. Bajó mucho la temperatura, apenas si tengo unos girones de cobertor para cubrirme. Estoy demasiado delgado. Me cuelga la piel e incluso tengo estrías en donde antes solo había barriga. Ya han empezado a caérseme los dientes; creo que es señal de desnutrición o falta de alguna vitamina.  

Antes era fácil darse cuenta de en qué época del año estaba, incluso cuando era niño. Recuerdo que mi ciclo de tiempo lo medía con el día de Reyes. Juguetes. Ahora a quién le importan las fechas. La Navidad era mi época preferida: solíamos juntarnos en la casa de los abuelos a festejar las fiestas de fin de año. Robábamos las botellas de sidra y bebíamos hasta emborracharnos. Nadie se daba cuenta. Los adultos se ocupaban de asuntos sentimentales por aquellos que ya no se sentarían a la mesa a compartir la cena. La gente muere y a veces se les extraña. Yo extrañaba a mi abuelo. Siempre fue divertido pasar el tiempo con él: hacía trucos con cartas y monedas, siempre sorprendía a los chicos y nos hacía reír con sus historias.

Este invierno sería diferente. Ya no habría reuniones familiares ni trucos de magia del abuelo Flavio… ni cena. También extraño las comilonas. En la Nochebuena mi madre no nos reprendía por comer todo lo que quisiéramos. Nos retirábamos de la mesa con el abdomen embotijado por tanta comida. ¡Mierda!, me gruñen las tripas solo de recordar. Con este van dos días que no pruebo… alimento.

Es difícil conservar comestibles sin un refrigerador. Recuerdo que alguna vez leí algo cerca de acecinar la carne para conservarla por más tiempo y, sin embargo, por las circunstancias, no me atrevo a salir al exterior. El gobierno nos dijo que solo serían un par de meses de confinamiento y mintieron. Llevamos casi nueve meses encerrados sin poder salir por los rebrotes y las nuevas cepas del virus que fueron apareciendo.

Al principio fue como un descanso; como unas vacaciones forzadas. Mi esposa y mis hijos estaban muy contentos porque pasaríamos más tiempo juntos. En realidad, así fue. Luego del cuarto mes las cosas comenzaron a salirse de control. El estrés por el encierro comenzó a cobrar el alquiler, y las semanas posteriores fueron de constantes peleas y desacuerdos. Luego la comida empezó a escasear. Fueron intentos vanos el querer adquirir víveres en el exterior: los grupos insolventes decidieron tomar las calles y las tiendas. De repente el dinero ya no sirvió para nada. Todo se acabó en un abrir y cerrar de ojos. Las compras de pánico de las primeras semanas ahora solo son un mal chiste comparadas con la rapiña que hubo en días posteriores.

¡Maldita sea! Muero de hambre. Ah, sí, las cenas de Navidad (me salí del tema) eran una ironía: se festejaba el nacimiento de un niño en pobreza extrema degustando varios platillos y vinos en abundancia. Era la época del año en que se derrochaba dinero en comidas y regalos para conmemorar el nacimiento en un establo del niño pobre. Mucho amor y buenos deseos que duraban una noche, así de efímero. Pobres humanos que somos. Me tiemblan las manos, no sé si es por el frío o por… otra cosa. Recuerdo que en esos días nos abrigábamos con chamarras, guantes, gorros y bufandas. Después, en la secundaria, me enteré que en el hemisferio sur el festejo de Navidad ocurría en pleno verano, ¡qué diablos! No puedo imaginarme un fin de año en pantalones cortos y playeras frescas.

Este año no habrá «felices fiestas». Ni siquiera tengo la certeza de que llegaré a esa fecha. Ya no hay… comida. Tampoco habrá regalos ni bufandas o gorros, nada más este maldito temblor en las manos. Creí que, si me comía a mi esposa y después a mis hijos, me durarían más las raciones, pero no fue así. Entre más carne ingería, un hambre loca se apoderaba de mí. ¡Qué lástima que no pude acecinar la carne!, en cambio, asesiné a mi familia y me la comí. Ahora solo se me ocurre comerme pequeñas partes de mi cuerpo, pero aun así no creo que me alcance para llegar a la cena de Navidad.

Tengo hambre.

Día de Muertos


El cielo lucía un gris amenazador, inconcebible para esa época del año. Parecía que en cualquier momento la lluvia azotaría con fuerza el pueblo. Un hombre alto circundaba las aceras invadidas por flores de cempasúchil, canastos colmados de pan de muerto recién horneado; vistosas calaveras de azúcar y papel picado multicolor. El individuo iba registrando en su celular cada cosa que veía. Era una fiesta en las calles y en el interior de las casas: el Día de Muertos. Se detuvo a observar a detalle, atraído por el olor a copal, un altar donde se había colocado una ofrenda. Un tanto desconfiado se deshizo de la mochila que llevaba en la espalda. Miró una fotografía o, mejor dicho, un retrato muy antiguo: era una mujer robusta sentada en una silla con respaldo alto. Sus manos descansaban sobre su regazo. Tenía el rostro serio y sus ojos parecían perderse en un punto indefinido. El retrato era en blanco y negro; por la luz y la distancia no pudo distinguir si era una foto o un retrato hecho a mano. El olor a copal se mezclaba con el humo de la combustión de las veladoras de parafina. Continuó mirando, ahora su atención estaba puesta en una pieza de pan de muerto: coloreada con azúcar rosa y con una redondez irregular que indicaba que no era hecho con molde. Se acercó una mujer de piel morena, que, aunque era de estatura promedio, lucía diminuta al lado del curioso.

—Noches, güero —dijo con desfachatez y amable familiaridad.

El hombre volteó sobresaltado.

—Noches…, buenas…, ¡buenas noches! —dijo corrigiéndose al vuelo y en un español con marcado acento extranjero. La mujer sonrió mostrando una dentadura torcida y amarillenta.

—¿Qué se te ofrece, güero?

I just…, mirando. ¿Por qué hay mucho comida aquí? —dijo señalando las cazuelas.

—Es una ofrenda para la difuntita —contestó la mujer señalando el retrato.

—¿Por qué?

—Cada año, en el mes de noviembre, los muertitos regresan por un rato a este mundo.

—¡Eso no es posible! Bullshit!

—Bueno, güero, es la tradición mexicana, pero sí regresan en este día.

Levantó su mochila y se la puso en la espalda para seguir su marcha. Ni siquiera dijo una última palabra a la mujer. Se fue pensando en que por esas patrañas ese y otros países vivían en el atraso. Siguió mirando, casi todo se repetía: comida, velas, papel picado en la decoración, fotografías de hombres, mujeres, niños y hasta familias enteras. Regresaría al lugar en donde se hospedaba. Era en una casona de techos altos que había alquilado por medio de una aplicación que descargó a su celular. El pueblo era pintoresco y tradicionalista. No le había parecido la gran cosa, pero, aun así, el lugar tenía su encanto. Lo que sí detestaba era tener que subir y bajar por las callejuelas estrechas. No estaba acostumbrado a caminar sobre empedrado y le faltaba el aire al subir las pendientes. Escuchó un taconeo rítmico y constante al llegar a una pequeña curva. Esperó encontrarse de frente con alguna persona a medida que iba avanzando, pero al cubrir casi todo el trayecto, el taconeo cesó y en la empinada subida de la calle no había nadie. Se encogió de hombros y continuó el ascenso resollando.

Mientras esperaba a que le abrieran la puerta, después de hacer sonar una campana jalando un cordón, un niño bajó corriendo por el otro extremo de la calle. Hizo un recorrido en diagonal para llegar hasta donde él esperaba. Se detuvo, y sin decir nada, tomó la mano del extranjero y puso en la palma una canica. De inmediato echó a correr calle abajo. Lo siguió con la mirada hasta que la curvatura de la calle le impidió seguir mirando. «What the hell?», se dijo cuando reparó en que el chiquillo en su loca carrera no emitía sonido alguno al chocar las plantas de sus pies con las piedras de la calle. La puerta se abrió de golpe e hizo que el extranjero pegara un brinco.

Entró al cuarto y aventó la mochila sobre la cama. Todavía tenía la canica en su mano, la miró y la arrojó al cesto de basura. Abrió una de las ventanas y de inmediato llegó el aroma de copal y mejor la cerró. Se duchó antes de ir a la cama y mientras secaba sus pies, de soslayo, vio una sombra deslizándose en la pared opuesta a la ventana. Volteó a ver y se asustó con su propio reflejo en el cristal.

No pudo conciliar el sueño tan rápido como hubiese querido. A la distancia se escuchaba música de mariachis en ratos, y en otros, la tambora de la banda regional. Su sueño fue inquieto y con sobresaltos. Soñó con la señora robusta del retrato: ella dejaba de mirar el infinito y dirigía su mirada al extranjero de manera abrupta. Se despertó y creyó escuchar el rebote de la canica contra el piso como si alguien la dejase caer una y otra vez. Se levantó, encendió la luz solo para ver como la esfera de vidrio chocaba contra una de las patas de la cama. Se le erizaron los vellos de la nunca, pero su convicción escéptica de inmediato buscó una explicación lógica. Él mismo hubo pateado la canica que creyó haber depositado en el cesto. Abrió la ventana, la arrojó a la calle escuchando como rebotaba contra el empedrado hasta que el niño que se la había dado horas antes pasó corriendo otra vez y se detuvo a recogerla, la tomó entre su pulgar y su índice y volteó a mirar a la ventana; sus miradas se cruzaron. Esta vez se le erizaron todos los vellos del cuerpo.

Hubiera aceptado la marihuana que le ofrecieron días antes en una de las cantinas que visitó para beber una cerveza. En momentos como este le ayudaría a entender lo que estaba pasando.

Intentó dormir. Solo dio vueltas en la cama y cuando creía que el sueño le vencía, escuchó risas de niños como si estuviesen jugando en el patio exterior. Pasó por su cabeza la idea de levantarse a reclamar por el alboroto que no lo dejaba dormir, pero se lo pensó dos veces, eran días de fiesta nacional y no estaría bien hacerlo. Daría una calificación baja y una reseña negativa en la app por todas aquellas molestias.

Recordó que tenía guardadas un par de botellas de mezcal artesanal que le vendieron en la plaza principal y que llevaría a su país como suvenir. Tomaría un trago para relajarse. Abrió el cajón, ahí estaban las botellas en reposo impaciente.

—Mezcal… Whatever! —dijo sin seguir leyendo la etiqueta. Bebió un trago y aunque la bebida se arrastró ardiente por su garganta, tomo otro y otro y otro hasta vaciar el contenido. Consideró abrir la otra botella cuando un ataque de náuseas mandó un tsunami de saliva a su boca. Dio la primera arqueada antes de llegar al pequeño bote de basura para vomitar. Se arrepintió de beber sin control. Se levantó a enjuagarse no sin antes volver a percibir de soslayo, una sombra que atravesaba la pared de un extremo a otro. Recordó que hacía un rato le había pasado lo mismo, pero en aquellos instantes aún no estaba borracho. Se puso de mal humor. Salió de la habitación dispuesto a reclamar a su anfitrión por los ruidos que no lo dejaban dormir. Se asomó por el barandal y le pilló una oscuridad anormal; no había nadie en el patio. Prevalecía una quietud que casi le hizo cambiar de parecer. Sin embargo, continuó por el pasillo hasta llegar a la puerta de la habitación del dueño del lugar. Tocó tres veces a la puerta con los nudillos, no recibió respuesta. Cuando iba a hacerlo con el puño entero, escuchó el rechinido de las bisagras; se encontró con la cara somnolienta del hombre que le alquiló la habitación.

—¡Carajo! ¡Apesta a alcohol! Se ha puesto una buena, güero.

—¡Niños no me dejan dormir!

—¿Niños? No, ya es tarde, ya no piden calavera a esta hora.

—En el patio escucho niños jugando.

—Ya córtele, güero, aquí no hay niños desde hace mucho. Se le pasaron las cucharadas. Mire, no hay nada para preparar comida, pero ahorita todavía está doña Flor. Échese un buen plato de menudo y con eso se le corta la borrachera. No tome tanto mezcal, es una bebida de respeto.

What?

—Váyase todo derecho, a tres cuadras, pasando la panadería de don Tomás, va a ver un puesto. Ahí mero está doña Flor. Pídale un plato de menudo, ya verá qué bueno está.

—…

No supo que decir ante la pasividad y tremenda tranquilidad del anfitrión. Le dio la espalda y regresó al cuarto. Seguiría el consejo e iría a comer algo. Se vistió y tomó un poco de dinero. Miró la segunda botella de mezcal y en ese momento supo que en su vida volvería a tomar un sorbo. Tan solo de pensarlo sentía asco.

Siguió las indicaciones y llegó al lugar de doña Flor. A pesar del horario, estaban algunos comensales sentados a la mesa.

—Pásale, güero. Siéntate. ¿Qué te voy a servir? —dijo con animada y hospitalaria voz doña Flor.

—Plato de menudo. ¿Es bueno?

—¡El mejor! Ya verás, güerito. Te lo voy a servir con todo para que cuando regreses a tu país, te acuerdes de que comiste el mejor menudo y le cuentes a tus nietos. ¡Ja, ja, ja! ¿Tienes familia? ¿Hijos?

—¡Oh, no! Mucho después.

—Ta bien, güero. Ahí’sta. Aquí hay cebollita, limón, chilito de árbol. Lo que quieras.

—¡No picante! ¡No!

El extranjero miró a un lado y a otro. Se daba cuenta de que la gente de ese país era muy cercana entre sí: no les importaba que un extraño comiera y compartiera en la misma mesa, de buena gana reconoció ese peculiar comportamiento.

Olía bien el caldo rojo, esperaba que tuviera el mismo gusto. Dio el primer sorbo y el infierno estalló en su boca, hizo cascada en la laringe antes de que siquiera llegara a su estómago. Sintió que acababa de tragar fuego vivo. La primera señal de que se asfixiaba, fue el súbito enrojecimiento de su pálido rostro. El aire no llegaba a sus pulmones y en cambio sentía que ardía en llamas por dentro. Gordas gotas de sudor le resbalaron por las patillas. Quiso ponerse de pie, se llevó ambas manos a la garganta. Otro desvelado sentado a su lado se dio cuenta de que se estaba ahogando. Con rapidez de la aplicó la maniobra que se utiliza en esos casos: le dio una fuerte palmada en la espalda que le alivió de inmediato la respiración.

—¡Toma, güero! —Doña Flor le ofreció un limón con sal. Lo recibió cuando pudo jalar aire de nuevo. Se lo llevó a la boca y exprimió el jugo. Sintió un alivio momentáneo, pero el ardor en labios y lengua no cedía. Pidió otro limón y repitió el procedimiento. Caminaba de un lado a otro jalando pequeñas porciones de aire. Mientras hacía eso, advirtió que los demás comensales, doña Flor y su ayudante sonreían divertidos y volvían a lo suyo. La ayudante, incluso, tuvo la desfachatez de captar el momento en una fotografía hecha con su móvil.

—¡Muchacha! ¡Guarda eso! ¡No seas canija! —regañaba doña Flor.

En la foto, el extranjero se veía casi enfurecido, con los puños apretados como un niño que está a punto de hacer una rabieta.

Se fue del lugar cuando todavía no terminaban de burlarse de él. Enfiló hacia su alojamiento y en el camino pensaba en cómo esa gente era capaz de comer tanto picante y encima de eso, caliente.  No volvería a ese país de barbarians.

El próximo año viajaría a Europa a maravillarse con la aburrida arquitectura de alguna ciudad. Allá no existía la comida picante.

En definitiva, no fue una grandiosa idea venir a este país. Renegaba por el camino de regreso al cuarto de alquiler; de pronto, un sujeto le salió al paso en uno de los tantos claroscuros de la calle.

—¡Ya’stas, cabrón! ¡Párale a’i!

El extranjero se detuvo por instinto, mas no porque hubiese entendido lo que le indicó la voz.

—Vele aflojando, ¡Ándale!

Sin saber qué hacer, solo hasta el momento en que se dio cuenta de que en la mano de quien lo increpaba brillaba la hoja de un cuchillo de gran tamaño, levantó las manos mientras miraba a lo largo de la calle por si hubiese alguien que le prestara ayuda.

—¡El billete, pinche güero!

Al escuchar la palabra «billete», metió la mano al bolsillo derecho y extrajo algunas monedas y un billete de baja denominación. Pensó en el resto que dejó en el cuarto.  

El asaltante lo miró incrédulo: todos los extranjeros actuaban de la misma manera, creyendo que con unos cuántos pesos todo estaba arreglado. Tomó al forastero por la playera y le puso la punta del cuchillo en la garganta.

—¡Todo el dinero, pendejo! ¿Qué te estás creyendo?

—No más… Es todo —contestó con el rostro más pálido de lo normal. Olió un tufo de alcohol mezclado con algo más: el ladrón le resoplaba en plena cara.

Pu’s ya te cargó…

Sintió una punzada a la altura del abdomen, luego otras tantas y todo se le oscureció más de lo que ya estaba esa noche de noviembre.

Despertó encontrándose de pie en una de las callejuelas del pueblo, no recordaba por qué estaba ahí. Miró en derredor y vio la algarabía propia del Día de Muertos. Se acercó a una de las ofrendas y vio un retrato de una mujer robusta sentada en una silla de respaldo alto. Volteó hacia otro lado y pudo ver una pequeña bandera con estrellas y barras, miró con detenimiento: había una fotografía de un hombre de piel muy blanca con los puños cerrados como un niño haciendo una rabieta. Se reconoció en aquella imagen y comprendió lo que había pasado cuando se dio cuenta de que, en la ofrenda, junto con su foto estaba un plato de menudo, una bandera de su país y una botella de mezcal. Atrás de él, una mujer de baja estatura, piel morena y dentadura amarillenta le dijo:

—Bienvenido, güero. ¿Ya ves que sí regresan?

Hito


¿Y si el #ReversoDelTiempo es lo que nos falta por vivir?

Es una cuenta atrás y no un viaje en el tiempo al pasado.

Todos tenemos un hito:
Estoy por llegar al mío.


Fueron noches largas,

de tiempo sin medida,

con juegos de palabras

y de escuchar tu sonrisa monosílaba.

Todo empezó

desde la tristeza en tu mirada,

y que ahora son recuerdos que caminan

detrás del alma y sus despojos.

Era esa ansia que no enferma,

convertida en sentimiento mutuo;

como estar frente a un espejo

desnudos.

No hubo urgencia para encontrar

un nombre común

ni prisa por llegar a ningún lugar,

solo elegir con el corazón

y la elección final

fuiste tú.

Carta rota


Fotografía libre de derechos. pickpik.com

Hoy escribo esta carta rota. Rota porque está hecha de muchos fragmentos: un poco de aquí y un poco de allá. Está zurcida con sueños remendados, como ese que tenía, el de despertar contigo, darte un beso y prepararte un café. Se hizo pedacitos en el momento en que decidiste amanecer con alguien más. El amor es un sentimiento frágil cuando no tiene un punto de apoyo, cuando no existe una segura correspondencia. Entonces se agrieta y se quiebra. Termina derrumbándose. Y es solo hasta ese momento en que te ves a ti mismo en un lugar donde solo hay despojos, y te das cuenta de que la soledad aplasta con mucha más fuerza que la gravedad. La vida se vuelve sistemática: despertar para dormir, dormir sin soñar, vivir por vivir.

¿Cuántas mentiras disfrazadas de verdades me tragué? La respuesta es el castigo que ahora adolezco. No hay justicia para alguien como yo, que, a pesar de todo, solo quiso amarte.

No hubo advertencias, pero sí engaños.

Escogiste un mal día para irte y cerrar la puerta abandonando todo, menos el miedo, ese sí te lo llevaste porque es lo único de lo que no puedes desprenderte. Sin embargo, buscaré la paz en tu ausencia, aunque el cerebro y el corazón libren largas y aburridas batallas en esta guerra inútil.

No hace falta aprender a perdonarnos, incluso sabiendo de antemano que el perdón tiene un propósito, pero no hay redención para ninguno de los dos porque viviremos nuestras vidas así, con la sonrisa enmascarando la triste verdad de nuestros fallos.

No te pido que me recuerdes porque sería condenarte al remordimiento y quizá sea más fácil para mí pensar que no piensas en mí; por ello, te regalo la duda, para que todo el tiempo te preguntes si yo te recordaré, haz con la interrogante lo que quieras.

No sé si he dicho todo o dije de más. Es difícil escribir cuando el dolor diluye las ideas y yerra las palabras. Quisiera que quedaran más que palabras en este papel. Y no; no quiero llorar más. Te hice merecedora de mis risas y contentos, mas no mereces que derrame ni una sola lágrima más por ti. Mis ojos están agotados y mi alma casi seca. Ya no vales la pena, ya no vales la dicha.

Jamás nos encontraremos un día, ni nos saludaremos como viejos amigos, ya no hay tiempo para eso. Las cosas no serán así.

Te fuiste un mal día, el mismo día en que te enteraste que moriría. Te fuiste con tu miedo a cuestas. No querías sufrir.

Me quedo solo a esperar mi final; ahora mismo no sé si entregarte esta carta o romperla, que quede más rota de lo que está.

Sin buenos ni malos deseos.

Firmada por el último idiota que te amó. Nunca tuyo.

Adiós.

Sin posdata.

720


Foto de Benjamin Ellis, “Ambulance in Motion”. (CC By 2.0)

El ulular de la sirena penetraba el viento, la velocidad del vehículo de terapia intensiva pulverizaba las frías gotas de lluvia que azotaban contra la recién encerada pintura blanca.

La escena era típica de una ciudad que poco a poco iba tomando un ritmo de vida acelerado; el tipo cayó al intentar abordar el bus en marcha y fue arrollado por un automóvil que rebasaba por la derecha. Cuando los paramédicos llegaron al lugar, la sangre derramada se diluía con el agua de lluvia que lavaba el asfalto y hacía un río de color tinto hasta perderse en la rejilla de la alcantarilla.

El sujeto se encontraba muy mal, ambos paramédicos se echaron una mirada que lo decía todo: «no lo logrará». Aun así, procedieron a hacer su rutina de primeros auxilios, notaron que difícilmente podía respirar debido a que las costillas rotas habían perforado los pulmones; lo movieron a la camilla. Antes de subir, preguntaron a la muchedumbre, que permanecía en corro alrededor de la escena del accidente, si había algún familiar o alguien que le conociese, pero nadie dijo nada, solo se escuchaban murmullos apagados por el chubasco que arreciaba.

El agua de lluvia le picaba los ojos, hacía un esfuerzo por fijar su vista, pero todo le daba vueltas como en un juego mecánico del parque de diversiones, intentó mover la mano derecha e inmediatamente sintió un aguijón en su costado. Por alguna extraña razón pensamientos referentes a las líneas del tiempo llegaron a su cabeza. Aunque estaba aturdido quiso pensar con claridad acerca de ello.

—Quédate quieto, empeorarás las cosas, no te muevas o dañarás más tus pulmones —le decía el paramédico.

Trató de entender aquellos sonidos, pero por algo que no sabía, escuchaba la voz como un disco en un tornamesa antiguo al que se le ha puesto una velocidad diferente a la indicada.  Advirtió que traía una mascarilla de oxígeno y de golpe recordó. No encontraba un taxi libre para trasladarse al auditorio en donde lo esperaban. Iba a participar en una conferencia acerca del tiempo-espacio.

Su teoría versaba acerca de las cuadrículas del tiempo, sí, era eso. De cómo el número de intersecciones de esas cuadrículas estaba determinado por el tiempo de vida: eran tantos cruces como personas, lugares y situaciones se presentaban a lo largo de la existencia. Entonces, cuando se evitaba un cruce, se desdibujaba todo el esquema de las cuadrículas provocando incidentes como el que ahora estaba viviendo.

En 720 universos, en donde el tiempo tenía el mismo número de denominaciones, estaban ocurriendo eventos muy parecidos.

En uno de los universos había un hombre que amaba a una hermosa mujer; a la que le procuraba amor, a la que entendía en todo momento, a quien comprendía en sus días de luz y aguardaba sereno en las noches de oscuridad.

En aquel otro universo habitaba un hombre que siempre fue paciente con su mujer; que no hablaba de más; que solo decía lo que tenía que decir cuando era prudente; era el niño que jugueteaba con sus manos; que besaba sus dedos siempre que podía; era aquel que masajeaba sus pies en una tarde de sábado sentados en el sofá; era quien le hacía reír con sus disparates hasta en el momento más romántico. Era quien le dejaba ser quien verdaderamente era, sin poses, sin modelos. Era aquel hombre que no cerraba los ojos durante la noche solo para verla dormir.

En otro universo era un hombre que disfrutaba pasar horas enteras sin hacer nada, solo conversando o tomando un café en algún establecimiento de la ciudad; quien siempre llevaba un libro en la mano y sentía que el mundo era pequeño a cada vuelta de página.

En este universo era quien en esa tarde lluviosa se había perdido en el laberinto de unos ojos claros, como un presagio, como un presentimiento de no volverlos a ver. Era, a final de cuentas, todo lo que ella había querido, todo lo que ella había imaginado, todo aquello por lo que lo había amado.

Estos hombres eran tan parecidos, pero cada uno existía en un universo y en una cuadrícula de tiempo diferentes.

Y todos se estaban muriendo.

—Apaga la sirena. Declarado muerto a las 19:41. No hay pulso. Dejó de respirar —dijo el paramédico las palabras como la línea de un guion.

Los organizadores del evento, cuando vieron que el conferencista no llegaba, hicieron ajustes para que se cubrieran los tiempos.

Aquel hombre, juntos con otros 719, en breves instantes se convirtieron en ausencia de vida, en relleno para una fosa común.

La ambulancia disminuyó la velocidad, la lluvia no dejaba de caer, era una tarde triste, con un tiempo demasiado triste para morir.