Nueva realidad


Camino bajo un cielo donde antes hubo estrellas y ahora solo quedan agujeros.

Es una atmósfera inestable de fuerzas encontradas.

El mundo se volvió un lugar desolado desde que te fuiste.

Tropiezo con libros que cuentan un final, pero sin inicio, testigos de oscuras historias que escapan a la luz.

En este nuevo mundo en ruinas las cosas se olvidan cuando no dices su nombre; se convierten en fantasmas moldeados con cenizas y lágrimas pasadas.

No puedo acostumbrarme a esta realidad fragmentada que después de muchos intentos se reunió y formó un abominable híbrido.

Entre todo lo que quedó del mundo anterior, sorteo caminos llenos de despojos y escombros; a veces me encuentro con recuerdos, a veces con olvidos.

Las mentiras evolucionaron en verdades. Las verdades ya no tuvieron sustento y se extinguieron.

A veces pienso en todas las verdades que me digo a mí mismo para engañarme y soportar tu ausencia.

Atrapado en este mundo sin poder salir, seguiré el camino hasta que te encuentre o me olvide de ti o muera.

Algo ocurrirá primero.  

La nube


Ana corría de un cubículo a otro buscando con desesperación una conexión para recargar su estación de energía personal: se le estaba acabando la carga y tendría que pagar multas por no mantener su identificador funcionando y en línea. Cuando encontró uno utilizable, el color volvió a su rostro. No regalaría un montón de monedas por un descuido. Era tarde y los pocos que aún se trasladaban a la oficina a trabajar, ya se habían retirado.

Imagen de Pxhere CC0 Public Domain

A Ana no le gustaba del todo el teletrabajo; le gustaba caminar por los andadores y mirar sin pudor los identificadores de las personas que se cruzaban con ella en el trayecto. Era como una de esas modas que nunca pasan: saber el nombre, días de vida, dirección, empleo y todo eso a lo que en una época anterior se le llamaba privacidad. A veces era un juego mental morboso: mirar en primera instancia a la persona y después su identificador para buscar congruencias según su aspecto. La privacidad se había reducido tan solo a un par de momentos en la vida cotidiana, todo lo demás estaba a la vista de todos.

Bastaron dieciocho segundos para que la estación de energía se cargara al cien por ciento. Ana ni siquiera tuvo tiempo para husmear un poco en su perfil de la Red Social Global, así que guardó su dispositivo inteligente en su bolso. Bajó usando el ascensor que en su interior estaba musicalizado con una versión de una melodía en ocho bits, que más parecía un tono de llamada de aquellos antiquísimos teléfonos celulares, que una sonorización envolvente.

Cuando llegó a su vehículo, apenas cerrando la portezuela, una voz muy natural como para ser robótica le dijo:

—Buenas noches, Ana. ¿Quieres hacer un back up de tu día en la nube personal?

—Sí —contestó Ana al mismo tiempo que conectaba su dispositivo para la sincronización.

—Se han sincronizado 34 fotografías, una playlist, ocho ubicaciones, cuatro archivos diversos, dieciocho llamadas telefónicas y se actualizó tu estado en la Red Social Global a: «¡Por fin a casa!» —dijo la voz desde los altavoces del vehículo. Ana miraba al frente con tanto aburrimiento que hasta su voz se escuchaba afectada.

—Bien. Gracias. Se me fue el día en ¡nada! ¿Por qué no me alcanza el tiempo?

Condujo en modo manual hasta el conjunto de viviendas idénticas en donde vivía desde hacía varias semanas, gracias a la reciente promoción a un puesto gerencial en el área de mercadotecnia de la empresa. Ahora le alcanzaba para costearse una casa inteligente y autosustentable: smarthome, les decían. Su carrera, sin duda, iba en ascenso.

—¡Maldita sea! —dijo presionando a fondo el pedal del freno. La oportuna reacción evitó que se estrellara con la puerta automática del garaje que quedó inmóvil a mitad del ascenso. Habilitó el control remoto manual para guardar el auto.

—Apunta en los recordatorios: solicitar revisión con el proveedor de puertas automatizadas… No, borra «revisión», cámbialo por «queja» —indicó a su asistente digital.

—Reporte enviado al área de soporte —respondió la voz del asistente en línea.

Ana se preguntaba si era igual de rutinaria la vida de las demás personas. Lo hacía mientras se despojaba de la apretada falda y los atormentadores tacones. Dejó en una repisa su identificador. Activó por medio de su voz las luces a una intensidad media y decidió acompañar su soledad con un poco de vino. Mientras miraba el vaso, agradecía que algunas cosas no hubieran pasado de moda o fueran sustituidas por otras obedeciendo a esa tirana que dictaba las ordenes sobre la vida de todos: la tecnología.

El vino hizo efecto y Ana fue directo a su cama; no tenía más ánimos para seguir filosofando sobre la existencia humana y sus desdichas, así que a la voz de «apagar todo» fue quedándose dormida.

***

Fue como un abrir y cerrar de ojos: el asistente la rescató del país de los sueños, aunque Ana rara vez recordaba lo que había soñado, pero sintió que no había dormido lo suficiente. Aún así inició su ritual previo a salir al trabajo.

—Un café grande sin endulzante ni crema, por favor —indicó acercándose a una rejilla.

—Acérquese al escáner que está a su lado derecho —respondió una voz hueca salida de la misma rejilla—. Se han cargado treinta monedas a su cuenta. En veinte segundos estará listo su café. Que tenga un buen día —dijo la voz.

Después de un bip, Ana recogió su vaso de café. Aspiró el prometedor aroma de la cafeína esperando que la avivara y le ahuyentara la somnolencia.

—¿Deseas tomar una foto de tu café, Ana? —dijo el asistente. Ana miró el vaso y sopló el vapor del líquido caliente.

—No. Ni siquiera está mi nombre en el vaso.

Otro día de trabajo en la oficina tan desesperante e igual, normal como todos los otros días. Ana tenía que exprimirse el cerebro para elaborar campañas efectivas de mercadotecnia para que su empresa vendiera y vendiera y vendiera. «Maldito consumismo» se decía a sí misma a menudo. Después se arrepintió de la maldición puesto que el consumismo era lo que pagaba su sueldo. Se frotó los ojos y miró la pizarra electrónica que tenía frente a ella. Ideas, conceptos, frases, palabras sueltas, un caos delimitado por la forma rectangular de la pizarra. De ahí tenía que surgir la nueva idea que justificaría ante los demás el porqué estaba en ese puesto. Pero no sería este día. La nueva idea tendría que incubarse un poco más. Estaba aburrida y decidió leer encabezados de la Red Social Global. Fotografías, videos, imágenes, texto y más texto; nada que llamara su atención hasta el momento en que apareció un encabezado en el feed: «Lo que se aproxima». Se detuvo y miró de dónde era la fuente. No recordaba cuándo se había suscrito. Buscó sus gafas y leyó.

«Es el mayor descubrimiento —aunque no reconocido por la comunidad científica— desde las ondas gravitacionales. Esto se originó en un tiempo tan remoto que no es sino hasta ahora que, después de viajar años luz por el espacio, se acerca amenazante a nuestro sistema solar en forma de espectro de ondas. Aún no hay un nominativo para este fenómeno astrofísico, por lo que muchos observadores de distintos países no se han aventurado ni siquiera a clasificar la teoría de su existencia o a plantear hipótesis sobre los posibles efectos que pudiera tener en los campos magnéticos de la tierra o de otros cuerpos en el sistema solar…».

Más parecía uno de esos artículos de blogs alarmistas y de teorías del apocalipsis, que en cada evento natural aprovechaban para ganar visitas y aprobaciones de los usuarios, que un artículo científico serio. Recordó a un video-blogger que le causaba incomodidad y risa con sus listas top seven de los sucesos más terroríficos de la web. Ni hablar de los libros que publicó: eran un bodrio.

Ana dejó en paz la red social, no sin antes guardar el artículo para seguir leyendo después. Ahora debía enfocarse en su trabajo y ya se había terminado el café. Tal vez si saliese a la calle se despejase un poco; en los últimos días sentía un gran vacío en sus pensamientos. Decidió salir a caminar.

Deambuló por los andadores sin que algo en especial llamara su atención. Algunos espacios entre los complejos ofrecían aburridos jardines sintéticos que emanaban fragancias de aromas naturales también sintéticas. «Vaya simulación», se dijo. Caminó un poco más hasta llegar a una zona de descanso con asientos ergonómicos, mesitas minimalistas y un enorme panorama a un muro de espejos que producía la sensación de estar en un lugar más grande. Durante unos segundos, antes de sentarse, observó su reflejo en el muro: estilizada; sencilla pero elegante, sobria y bella. Una publicista en ascenso, disfrutando el íntimo contacto con el éxito. «Pero ¿a cambio de qué?». Había perdido momentos con amigos; había rechazado reuniones familiares, y en el trabajo, era la jefa: nombramiento que no a todos complacía. «Desbalanceada, como un mal diseño que espera ser exitoso solo porque una de sus partes se ve bien y no el conjunto». Miró sus piernas: las disfrutaba, aunque fuera solo por la vanidad de admirarlas. «Soy un fiasco», dijo para sí y al mismo tiempo pensaba en las agotadoras sesiones cada tres días en el gimnasio.

No terminó de acomodarse en el sillón ergonómico cuando se escuchó un zumbido que iba de un tono muy agudo, y poco a poco, a un tono grave y ensordecedor. Las luces del lugar parpadearon un par de veces. Ana miró por instinto su dispositivo móvil y quedó sorprendida de que el icono de cobertura de red descendiera de XG y se detuviera en 2G y después desapareciera.

—¡No es posible! ¡¿Se ha caído la red?! —dijo alarmada.      

Para entonces todas las personas en la zona de descanso miraban sus dispositivos, incrédulos. Sordos rumores se levantaban en toda la sala como un enjambre de abejas que es molestado en su colmena. Ana caminó unos pasos hacía donde un chico levantaba el brazo con su dispositivo en la mano, tal y como se hacía en antaño para captar señal.

—¡Eh, hola…! —Veía la contrariedad en sus intentos por obtener señal.

El chico volteó a mirar y por instinto lo hizo al identificador, pero lo hizo de tal manera que Ana se sintió cohibida; hasta sintió que se sonrojó un poco.

—Tienes apagado el identificador —dijo el muchacho—. Te multarán por ello.

—Se enriquecerá la oficina de recaudación: el tuyo también está apagado.

El chico se olvidó del dispositivo y miró con espanto lo que Ana le acababa de decir.

—No te preocupes; todos estamos igual. Por cierto, soy Ana.

—Soy Teo —pronunció su nombre con una rara sensación: hacía tiempo que la costumbre de presentarse había sido olvidada.

—¡Salgamos de aquí! —dijo Ana encaminándose a la puerta principal. El área de descanso se estaba convirtiendo en un bullicio de hormigas desorientadas. Teo la siguió. A donde miraran, cualquier cosa que hacía unos minutos funcionaba con normalidad, ahora estaba muerta, sin alma, sin vida, sin Internet.

«Pero ¿hacia dónde ir?» Era el pensamiento inmediato que le ocupaba la atención. Ahora todo estaba como en un simulacro de evacuación por un desastre natural. Toda la gente en la calle como recién liberada de una prisión: volteando la cabeza para mirar hacia arriba reconociendo lo que siempre había estado ahí, pero que ahora parecía una novedad, hasta el silencio lo era. Solo fueron algunos momentos de estupefacción. Sobre el silencio se levantó una ola de murmullos con tono interrogativo. Todos se preguntaban qué había pasado y por qué el fluir del tiempo se había detenido de manera selectiva. Ana temía que en algún momento estallara el pánico colectivoacompañado de estampidas humanas y desesperadas trifulcas con heridos y hasta muertos; todo por culpa de la ignorancia de las causas que suscitaron el hecho. Su mente analítica no dejaba de buscar la mejor alternativa para salir bien librados del inesperado acontecimiento. Huir era fácil, lo difícil era encontrar un lugar seguro. Aunque Teo se veía desconcertado la seguía a paso rápido. Se movían en un laberinto de autos, a veces volteando a ver la duda en el semblante de los conductores. La asistencia remota estaba muerta al igual que todo en la ciudad. Otros reaccionaban con furia ante los controles de mando.

***

 Habían logrado salir de todo el ajetreo de los complejos corporativos y comerciales. Descansaban y se recuperaban en una banca metálica ubicada en un parque. No se veía ni una persona almorzando o consultando su dispositivo móvil, actividades que en situación normal se realizaban en aquel lugar.

—Es increíble que el mundo pare de girar, por decirlo así, sin internet. ¿A qué grado hemos llegado con la digitalización de todo lo que se hacía antes de que la red global fuera el eje central de nuestras vidas? ¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho? Si nos ponemos a analizar, cualquier acción adquirió el complemento «en línea»: trabajo, ventas, compras, comida, transacciones bancarias y hasta buscar pareja. Todo en la red. Se nos olvidó como vivir desconectados.

Teo la miraba atento y escuchaba sin interrumpir. Ana tenía razón, pero la invasión tecnológica era imparable. Levantaba la cabeza para mirar a lo lejos los altos edificios y no se imaginaba un mundo distinto. Quizá sí, pero en otros tiempos, cuando sus padres millennials fueron los testigos de la automatización y víctimas de la obsolescencia prematura de todo lo que los rodeaba. Aún así, Teo no lograba dimensionar lo que estaba presenciando. Ahora no quitaba la vista de la pantalla de su dispositivo; tenía la esperanza de que volviera a funcionar en cualquier momento. El silencio se hizo entre los dos. Cada uno absorto en pensamientos muy distintos.

Ana resollaba para oxigenarse y pensar con claridad. Dejó que el sudor enfriara su cuerpo después de la corta pero apresurada escapatoria.

—¡No hagan nada! —dijo un tipo larguirucho y mal vestido. El destello de un arma punzocortante sacó de dudas a Teo y Ana: era un marginado, uno de esos que sobrevivía fuera del sistema sin identificador ni dispositivos.

»Quiero sus dispositivos, ¡ahora…!

Ana y Teo se miraron con expresión de duda. Teo le alcanzó el suyo, resignado a perder un gadget inservible. El ladrón miró la pantalla dando dos pasos atrás, pero sin dejar de blandir la hoja del cuchillo. Ana ni siquiera hizo el intento de acercarle su dispositivo.

—¿Para qué los quieres? Digo, no sirven, nadie te los comprará ni te los cambiará por…, lo que necesitas.

El tipo flaco miró otra vez la pantalla del aparato y vio que estaba muerto. Aún así volvió a pedir, ahora con más nervios, el de Ana. Ella se lo entregó y el ladrón se percató de que era verdad: no servían para nada.

—¡Maldita sea…! Pero ¿qué está pasando? —masculló aventando los dispositivos al suelo y guardando su cuchillo entre su hedionda ropa.

—No hay internet. Eso es lo que pasa —dijo Ana con toda la naturalidad posible—. Quizás consigas algo en los complejos, al no haber Internet tampoco hay seguridad.

Teo volteó a ver a Ana preguntándose por qué estaba diciendo eso, aunque el frustrado ladrón captó de inmediato la idea y emprendió la carrera hacia la calle principal de los complejos.

Ana levantó los dispositivos.

—¿Cómo sabes que ya no servirán más? —preguntó Teo, cada vez más desconcertado.

—Recordé algo, pero necesitaba mi gadget para confirmarlo. Guardé un artículo de un blog para leerlo después y ese momento es ahora.

***

«Las partículas no tienen suficiente fuerza para atravesar el planeta, creando con ello un campo de intercambio de elementos subatómicos y debido a la reacción, se crea una especie de neblina atómica que permanece estacionaria, semejante a una nube. Lo inquietante de este fenómeno cósmico es que no se sabe qué tipo de reacciones secundarias adversas pueda provocar al combinarse con las diferentes ondas y frecuencias que se emiten en la Tierra y de qué manera pudiese continuar su curso interminable por la materia negra del universo. Solo lo sabremos cuando nos alcance “la nube”».

Así finalizaba el artículo. No decía mucho, solo eran especulaciones sensacionalistas. Sin embargo, tenía un poco de razón con relación a lo que estaba pasando. A lo lejos se podían ver las primeras señales de los disturbios. Ana había acertado una vez más. Y si su instinto no fallaba, el artículo, a pesar de todo, tenía la lógica suficiente para concluir en verdad. Una verdad amenazadora y espeluznante.

—Teo, el mundo va a cambiar y en un tiempo cortísimo. Mientras los gobiernos e instituciones ponen orden, habrá guerra. Y lo que el mundo necesita es unirse para recomenzar. La primera asignatura pendiente será salvar al planeta de la nube. Doy por hecho que es una prioridad, a pesar de que es una teoría basada en suposiciones. Mientras eso pasa volveremos a las tecnologías rudimentarias: iluminación por fuego, transporte utilizando animales y papel impreso, sí, Teo, papel. Todas nuestras vidas quedaron atrapadas en lenguaje binario que hasta ahora es irrecuperable. Es un viaje en el tiempo hacia atrás; al tiempo en que no dependíamos de una red para vivir nuestras vidas. A una era en que ya conocemos la tecnología, pero no tenemos los recursos para crearla y debemos de encontrar alternativas.

Teo escuchaba el discurso de Ana asintiendo con la cabeza, sin pronunciar palabra. Su corta visión no le permitía ver más allá de la pantalla de su dispositivo. Lo llevaba en la mano, pegado al pecho, con la esperanza de que en cualquier momento se levantara la red y todo volviese a la normalidad.

Ana se había descalzado; le estorbaban los tacones ahora que quizá debiera correr en algún momento. Mientras caminaba, buscaba con la mirada una tienda de ropa para montarse en unas zapatillas deportivas y enfundarse en unos cómodos y necesarios pantalones.

Ella se sentía preparada para lo que venía. Miraba a Teo tan vulnerable que había decidido no acostumbrarse a él; en cualquier momento podía quebrarse, así como el cristal del aparador que estaba a punto de estrellar para entrar a la tienda. Debían llegar a casa de Ana, ese era el primer paso, una vez ahí esperarían para saber que hacer, para elaborar un plan de supervivencia y conseguir alimentos.

—Teo ¿quieres venir conmigo a mi casa? Ahí nos refugiaremos, por el momento.

—Sí, Ana. Tengo miedo.

—Lo sé. ¿Serás capaz de llevar esta caja?  Llevaré una también.

—Son paquetes de hojas de papel, Ana.

—Sí, ¿recuerdas lo que dije hace un rato?

—Que usaremos papel otra vez.

—Estaremos preparados.

Cruzaron el umbral de la tienda y Ana miró los alrededores: sería una larga escapada hasta su casa.

 —Volveremos al papel, Teo, volveremos al papel —dijo Ana y echó a correr.

A lo lejos, en caravana, se podían distinguir los vehículos militares arribando a la ciudad. Como si de una profecía sistemática se tratara, se escucharon los primeros disparos que anunciaban el principio del fin.

8 segundos


La empresa trasnacional se reservaba el derecho de informar en el certificado de donación cuáles partes habían sido recuperadas de los cuerpos y utilizadas para trasplantes. La cultura de donación de órganos había dejado de ser voluntaria y, por decreto gubernamental, cualquier persona, al morir, estaba obligada a ser donante. Esto ocasionó que circularan en Internet diversas teorías del destino real de los órganos, así como increíbles hipótesis que involucraban a la firma 8s en prácticas científicas carentes de ética y que vulneraban de alguna manera los derechos humanos. Sin embargo, nadie pudo demostrar nada y los rumores caían directo en el depósito de las especulaciones. Hasta que se me ocurrió investigar. Me apasionan las teorías de la conspiración y fue por casualidad que descubrí un detalle en un servicio de streaming. Era una de esas canciones populares de las que se escuchan por todas partes y que todo mundo canta en bares y fiestas.

Human Brain, Peter Kratochvil CC0 Public Domain

La pegajosa canción estaba de moda y se había plantado en el primer lugar de la lista de reproducciones, era interpretada por una tal Meraki. Quise saber un poco más y revisé los créditos:

Escrita y producida por 8s.

Derechos de autor reservados a favor de 8s.     

Y es que la incursión de 8s en el mundillo musical era solo la punta del iceberg. Por increíble que pudiera parecer, nadie había notado que 8s estaba presente en casi todas las industrias a nivel global: musical, cinematográfica, editorial, aeroespacial, militar, automotriz, médica, tecnológica y alimentaria. En cualquier etiqueta de cualquier producto se podía ver el logotipo sobrio y minimalista de 8s. Un aterrador monopolio silencioso. ¿Cómo era posible que nadie notara este acto pernicioso? Un sudor frío cubría todo mi cuerpo mientras más avanzaba en la investigación. Tenía que confirmar que el hallazgo no era producto de mi imaginación, así que inicié una búsqueda de más datos en la red a través de los principales buscadores. En la ficha de Wikipedia aparecía 8s como una sociedad anónima residida en Silicon Valley. No había nombres. Intenté profundizar con mis precarios conocimientos en la Deep Web, sin embargo tampoco encontré ni una sola mención en los foros. Parecía que la omnipresencia de 8s no hacía sombra a plena luz. No pude encontrar, salvo unos cuantos artículos en un par de blogs abandonados, alguna otra referencia. Me sudaron las manos cuando me vi siendo parte de una teoría de la conspiración que, a decir verdad, no era tan descabellada.

No podía dormir esa noche, así que me levanté, encendí la computadora y abrí un blog. Comencé a escribir una entrada describiendo toda la evidencia que había recolectado. Al cabo de unas horas pude terminar la entrada. Envíe el enlace por correo electrónico a mis amigos y conocidos; también lo publiqué en varios foros de teorías de conspiraciones y, entrada la madrugada, me fui a dormir. ¡Vaya manera de terminar un viernes!

Al siguiente día me desperté por el sonido de notificaciones en mi celular. Revisé los comentarios en el blog y hubo uno que me llamó la atención: solo era una dirección de correo que me pareció un alias porque ya no existía ese proveedor de correo electrónico: zeus@prodigy.net. Me puse en contacto con esta persona, —no sabía si era hombre o mujer— por medio del correo electrónico.

Y me olvidé del asunto todo el fin de semana. Recién había terminado el aislamiento por la pandemia y deseaba ir a un bar con mis amigos a tomar cerveza, añorando la antigua normalidad.

El lunes fue un día de caos en el trabajo. Al parecer, una tormenta solar nos dio con todo y las telecomunicaciones funcionaban con intermitencia. Al llegar a casa, tuve ganas de irme directo a dormir, pero recordé lo de la misteriosa cuenta de correo. En mi bandeja estaba la respuesta esperando a ser leída. En el cuerpo del mensaje solo aparecía la dirección de un café en el centro de la ciudad y la hora de encuentro. Consideré que alguno de mis amigos me estaba tomando el pelo. Quise rastrear la dirección IP, pero aparecía localizada en territorio de antigua Unión Soviética. Reí de buena gana y aunque aún faltaban un par de horas para la cita, me encaminé hacia el centro de la ciudad.

Llegué al café sin contratiempos. Estuve dando vueltas por el lugar esperando encontrar a alguien conocido y estropear la broma que me estaban jugando.

En el interior del café pude ver a unas cuantas parejas conversando, fue delicioso percibir el olor a café recién tostado. No muy al fondo estaba una mujer de pelo cano, de unos sesenta años, quizá; no soy bueno calculando edades. No dejó de verme hasta que me acerqué. No supe que decir. Ella comenzó a hablar.

—Recibiste el correo —dijo, haciendo un gesto para que me sentara.

—Sí. ¿De qué trata esto?

—Estoy muy enferma… —dijo y agachó un poco la cabeza— Leí tu blog.

A pesar de la escasa iluminación me percaté del tono grisáceo de su piel. Tenía un tono de voz débil pero firme.

—Hice cosas atroces por órdenes de otras personas, pero las hice; es lo que cuenta. No significa que eso me redima, sin embargo, estoy a poco del final de mi vida. —Volvió a agachar la cabeza como si sintiera un tremendo pesar—. Te entregaré estos documentos —dijo al mismo tiempo que me extendía un fólder de cartón reciclado con un legajo de papeles amarillentos.

—Pero ¿qué significa esto? ¿Qué es? —dije desconcertado.

—Los he conservado por muchos años. Ha llegado el momento en que se sepa toda la verdad. Ahí está, en tus manos. No puedo hacer más.

La mujer se puso de pie y abandonó el café sin decirme otra cosa.

El olor a papel guardado se mezcló con el aromático café, mientras yo hojeaba los folios. Mi sorpresa fue enorme al ver, a ojo de pájaro, el nombre de 8s impreso. Leí con cuidado. El sudor me inundó las manos y si alguien me hubiese visto diría que mi rostro se tornó fantasmal como el de la chica de la canción de Procol Harum.

Los siguientes días al encuentro fueron de constante sobresalto. La mujer me dejó una bomba de tiempo en mis sudorosas manos. Leí con mucha detenimiento cada una de las hojas, horrorizado conforme avanzaba en la lectura. Fueron días de pesadilla. Acudía al trabajo desvelado, apenas si dormía unas cuantas horas. Regresaba a mi departamento con el miedo de encontrar a alguien esperando para matarme. A la misteriosa mujer nunca la volví a ver. El correo me rechazaba todos los emails que mandé, diciéndome que la cuenta no existía. Decidí arriesgarme y comencé la tediosa tarea de transcribir los documentos en papel al procesador de texto. Mientras lo hacía, mi cerebro almacenaba un montón de notas mentales que por su horrenda naturaleza se quedarían grabadas hasta el final de mis días. Antes de guardar el archivo en la nube, lo leí completo una vez más. Abrí el editor de entradas del blog y fui escribiendo un resumen de la información. Me convencí a mí mismo de que debía divulgar esta gran verdad. Aunque muy dentro de mi ser sabía que aquel acto de revelación podía significar que mi vida estuviera en peligro o tal vez no; quizá solo era una grandiosa invención para pasar el rato. Me encontraba al borde del abismo. Titulé la publicación como «8s: La verdad».

A partir de la premisa de que la creatividad es un talento que cualquier ser humano posee, 8s, durante décadas de investigación, profundizó en los estudios de la neurociencia cognitiva, ampliando los horizontes científicos y cambiando paradigmas. Fue así como se descartó que en las funciones cerebrales había solo tres redes neuronales relacionadas con las habilidades creativas y expandió los horizontes científicos más allá de lo que la ciencia ficción hubiera tratado de alcanzar. Con varios premios Nobel en su trayectoria como una organización de investigación de vanguardia, se sabe poco de su creador o creadores, ya que aparece en el registro de propiedad industrial como una sociedad anónima de capital variable, misma información que despliega en su sitio web, junto con otra información referente a su visión y sus aportaciones a la comunidad científica.
Lo que escribo a continuación son datos que hasta hoy eran inéditos e inauditos, así como sórdidos y que atentan contra los derechos humanos.
Los neuroingenieros de 8s, asistidos por la inteligencia artificial desarrollada por ellos mismos, lograron mejorar las técnicas de neuroimagen y las tomografías de emisión de positrones que, a través de una intrincada conexión a una unidad de procesamiento, eran capaces de desplegar tomas no solo de mapas neuronales y sus redes bioeléctricas, sino también imágenes en dos y tres dimensiones.
No describo los pormenores técnicos porque quiero que este mensaje sea lo suficiente claro como para llegar al mayor número de personas a nivel global —sé que alguien se encargará de esa parte—, pero en sencillas palabras, se pueden ver imágenes del pensamiento en la pantalla como si fueran videoclips.
La recepción de restos mortuorios por parte de 8s tiene dos objetivos: el primero, el más conocido, y que sirve como una fachada, es extraer los órganos útiles para mantener un inventario disponible para todo aquel que necesite un trasplante; 8s se encarga de la conservación, distribución y demás trámites. El segundo, que me resulta inconcebible aun en este momento, es extraer el cerebro del fallecido, conectarlo a un sistema de monitoreo y alimentación directos, preservarlo en estado activo con el fin de extraer todas las posibles ideas que el cerebro pudiera generar y registrar su patente.
El cerebro permanece dentro de un dispositivo parecido a una incubadora con un complejo sistema de conexiones de entrada y salida. Las conexiones de entrada se encargan de mantener vivo al órgano, proporcionando alimento a nivel celular, también suministra por medio de un software macroinstrucciones para generar una simulación efectiva a fin de hacer creer al cerebro que sigue conectado al sistema nervioso de un cuerpo.
La actividad cerebral es incesante por lo que las conexiones de salida se encargan de llevar una bitácora de esa actividad. En cuanto el proceso creativo se consuma, la unidad central de proceso registra la idea y, si está completa, la transfiere al pool de ideas, en donde la inteligencia artificial la analiza: si es viable pasa al proceso de refinación para ser colocada en una especie de línea de producción de acuerdo con su naturaleza. Si la idea es solo un bosquejo sin concreción, la inteligencia artificial se encarga de proporcionar más datos al cerebro para que pueda ser culminada con integridad. Así es como cada 8 segundos surge una idea nueva. Las ideas que alcanzan el final en la línea de producción se clasifican y hay un departamento administrativo que registra las patentes, los derechos de autor o todo lo que necesite copyright. Con los debidos registros se inicia la fase de producción: libros de ficción, novelas, títulos académicos, guiones para cine, obras de teatro, piezas musicales, pódcasts de toda índole, productos nuevos, innovaciones a productos existentes, proyectos de ingeniería e infraestructura, medicamentos mejorados, armas, robótica, computadoras, juguetes, alimentos procesados y gadgets. Cualquier cosa que se pueda imaginar está registrada por 8s. El departamento de marketing lleva a cabo la comercialización del producto final y se inundan los mercados.
No es necesario mencionar las cantidades ingentes de dinero que ingresan a las cuentas de 8s por concepto de derechos de autor, regalías, licitaciones gubernamentales y ventas de productos. 8s es hoy por hoy la empresa con mayor poder económico y político en el mundo. Quedaron atrás los ingenuos intentos monopólicos de Apple, Microsoft, Space X, Google y muchos más ante el poderío aplastante de 8s.
Todo esto, a costa de los órganos que recupera de las personas fallecidas. Aunque la donación de órganos se haya vuelto una obligación constitucional, el hecho de robar la propiedad intelectual de una persona declarada por las leyes como muerta no deja de ser cuestionable. En estos documentos no hay pruebas de que la simulación aplicada a los cientos de miles de cerebros que se mantienen en incubación sea una violación a los derechos humanos, puesto que no existe legislación al respecto, por lo que, solo hasta que se realicen las investigaciones pertinentes, podremos afirmar que el órgano ha sido despojado de los preceptos de consciencia y alma. Todo el sincretismo que gira en torno a 8s no hace más que pensar en una reinvención de la esclavitud que va más allá de lo conocido hasta ahora por la humanidad.
8s debe ser detenida, investigada y sometida a juicio internacional. Dejo aquí esta información para que circule por el mundo y haga mella en la indiferencia de los gobiernos de todos los países. Compartan para que el mundo se entere de esta atrocidad.
#Altoa8s

El siguiente paso fue hacer viral la entrada de mi blog. Compartí en todas las redes sociales, envíe correos electrónicos a muchas cadenas de televisión, emisoras de pódcast, foros de discusión y todo tipo de sitio web que me lo permitiera.

Fue otra noche sin sueño. Creo que ya nunca supe si volví a dormir.

***

Unos minutos después de que el artículo fuera publicado en el blog, una furgoneta se estacionaba sin llamar la atención, a muy poca distancia del complejo de apartamentos. La vida continuaba con normalidad para la gente de la ciudad: unos pocos niños jugando en el área de juegos, algunos transeúntes despistados por el retorno a las calles después de casi dos años de confinamiento por la pandemia, pocos autos circulaban a esa hora del día. Uno a uno fueron bajando de la furgoneta. Con algunos minutos de diferencia, los tres hombres se introdujeron al edificio. Tocaron la puerta de un apartamento y al abrirse la puerta apenas unos centímetros entraron con mucha rapidez. El joven de no más de treinta años los vio de frente y le temblaron los labios y le sudaron las manos profusamente. Una idea surgió en su mente y en ocho segundos estaba riendo para sí, preguntándose si su rostro se vería tan fantasmal como el de la chica de la canción de Procol Harum. Los tres tipos se lo llevaron junto con su computadora portátil y un legajo de papeles amarillentos.

En el complejo de laboratorios de la llamada Ciudad de Investigación y Ciencia de 8s, un operario con traje antiséptico tecleaba en una especie de plataforma CRM los detalles de dos semillas —como llamaban a los cerebros en el argot del lugar— recién ingresadas y que estaban marcadas con prioridad 1 en su tratamiento.

Semilla 1:

Mujer de 64 años con tumor cerebral inextirpable, pérdida del 79 % de materia gris. Inviable.

A un lado del cuadro de texto, la foto de una mujer de piel grisácea y mirada triste.

Semilla 2:

Hombre de 28 años, órgano en óptimas condiciones, 100 % de materia gris aprovechable. Observaciones: bucle interminable en la red neuronal primaria. Tratamiento recomendado: Solicitar procedimiento a neuroingeniería.

El operario consultó el reloj, había pasado largo rato monitoreando la Semilla 2. Su turno terminaría en dos minutos. Echó un vistazo rápido a todos los indicadores sin encontrar anomalías. Miró por el cristal de una ventana hacia los amplísimos espacios donde estaban las filas interminables de incubadoras de ideas. Escuchaba los pitidos de las alarmas auditivas que cada ocho segundos anunciaban el nacimiento de una idea. Se quitó el cubrebocas y se marchó por el pasillo cantando una cancioncilla que se le había pegado no sabía de dónde.

And so it was that later,

as the miller told his tale,

that her face, at first just ghostly,

turned a whiter shade of pale.

El final del cuento


Mis ojos han perdido la visión,
mis manos la memoria,
¿qué hago para reconocerte si un día te encuentro?


Digo palabras sin sentido
después de un prolongado silencio.


Los sueños son hoyos negros
que se tragan todos los recuerdos.


Ya no percibo el olor de tu cabello
ni encuentro con mis labios tu cuerpo.


Ecos del pasado murmuran al pensamiento
que ya nunca más escucharé tu voz,
que ya no hay razón para seguir despierto.


¿Para qué vivir con soledad?
¿Para qué esconder mi sentimiento?


Solo quiero cerrar los ojos
y esperar ese último momento.

La niña de la lluvia


Foto por you me en Flickr (CC BY 2.0).

Su infancia se vio interrumpida de tajo: a sus escasos doce años su organismo y la naturaleza decidieron comenzar el precoz desarrollo.

La madre de Isbe sabía lo que eso significaba y una tremenda pesadez cayó sobre ella, quitándole la curva a su sonrisa y dejándole una línea recta en su ya de por sí gesto plano. Sumisa por tradición, tuvo que informar al padre de Isbe que el día había llegado. A Erop le brillaron los ojos con un fulgor de maligna esperanza. Moci solo agachó la cabeza.

—Dame el sombrero, mujer. Debo ir al lugar de Sofa.

—En seguida, mi señor —contestó Moci apesadumbrada.

Afuera de la casita, sentada a la sombra de una jacaranda, Isbe miraba pensativa el camino que seguía una hormiga llevando a cuestas una ramita seca. Meses atrás, mientras jugaba por un costado de la casa, escuchó a su padre y a Sofa platicar. Se escondió detrás de unos costales de composta apilados.

—Sí, pué, me gusta tu hija pa que sea mi mujer.

—¡Ora! Todavía no, pué, aún no es mujer.

—Esperaré. ¿Qué tal y nos apalabramos de un vez?

—¿Cuál es el trato?

—Te pongo una canasta de víveres.

—¡Ora! Sí está nueva la niña, pué.

—La canasta y un animal.

—Todavía le falta un tiempito, pué; haiga que darle de comer mientras.

—La canasta, el animal y diez billetes pa la tragazón.

—¡Vamos, pué, ¡ya está hecho!

Sofa y Erop sellaron con un apretón de manos el pacto que determinaría el destino de Isbe.

Así fue como se enteró Isbe que su padre la vendió.

Sofa la subió al caballo. Rechazó llevar las pocas cosas de Isbe que Moci puso en un morral de arpillera.

—Son puras mugres, pué —dijo devolviéndole el morral a Erop.

Moci estaba muda: no era solo el nudo en su garganta lo que le impedía decir palabra. Erop sujetaba con una mano la cuerda con el chivo inquieto amarrado al otro extremo. En el suelo yacía una canasta con comestibles enlatados; con la otra mano palpaba dentro del bolsillo los diez billetes que recibió a cambio de su única hija.

Isbe echó una última mirada al lugar: la casucha, el patio y sus padres, jamás los volvería a ver.

***

Sujeta al torso de Sofa, Isbe fue soltando durante todo el camino cada sueño, cada juego infantil, cada cosa que ya no podría hacer por la condición de ser ahora la mujer de su comprador. Sofa no se dio cuenta de cuántas lágrimas derramó Isbe; apuraba al caballo para ganarle a la tormenta que amenazaba con fuertes retumbos su imparable precipitación.

Llegaron a la casa de Sofa empapados, Isbe mojada de lágrimas y lluvia. Sofa no esperó a nada, de inmediato condujo a la niña adonde estaba la cama.

—Quítate las mugres que trais puestas, no te vayas a subir a la cama toda mojada como vienes.

Él por su parte, echó el sombrero a un lado, se desabotonó la camisa y se sentó en una silla a observar a Isbe.

Recordó la primera vez que la vio en casa de Erop un día que fue a conseguir composta. Ella correteaba mariposas, llevaba puesto un vestido con flores estampadas que era una talla más pequeña que la que debería usar, esto ocasionaba que de manera inconveniente se revelaran sus torneados muslos cada vez que daba un salto intentando alcanzar a una mariposa en la inocente persecución. Desde entonces, el deseo de tenerla no se desprendió de él.

Ahora la tenía enfrente y la haría suya.

—¡Quítate todo, pué! —rugió desde la silla.

Isbe sentía miedo de llorar, ahora Sofa era su dueño y debía obedecerle o atenerse a las consecuencias.

Se desnudó tal y como lo haría una flor cuando florece, solo para que una bestia con su sucia garra la dejara pisoteada y maltrecha en un instante. Seis minutos que a Isbe le parecieron el infierno eterno.

La lluvia azotó esas tierras durante varias semanas. Los ríos se desbordaron y las corrientes arrastraron todo lo que estuvo a su paso. Isbe no paró de llorar todo el tiempo que Sofa la dejaba sola. No hubo probado ni un bocado de alimento, estaba asqueada e igual de triste que el cielo.

—Ahí te traje cosas pa que hagas de comer, pué.

—Es que no sé cocinar.

—¡Diablo cabrón! ¿Cómo es eso? ¿Qué tu madre no te enseñó a hacer siquiera un caldo?

—No, mi señor —contestó con timidez Isbe, encogiéndose, esperando lo peor.

—¡Ah, la puta! —soltó Sofa acompañado de un golpe con la palma en la cabeza de Isbe—. ¡Vas a aprender, pué, ¿o qué?

—Sí, mi señor, voy a aprender —dijo Isbe conteniendo el temblor de la quijada.

Volvió a pegarle, esta vez en la nuca. La pescó del cabello y la llevó a la cama.

—No me voy a conformar solo con esto; tienes más obligaciones que cumplir —reclamó Sofa levantándole la falda y manoseándola con desenfrenada lujuria antes de penetrarla con furia.

En una parte elevada del pueblo, debido a las lluvias, se produjo un deslave que sepultó varias casas con sus respectivos ocupantes. Los habitantes estaban alarmados: la masa pluvial era tan inusual que lo atribuían a un hecho sobrenatural provocado por una fuerza oscura. Los vecinos organizaron rosarios para pedir a Dios que cesara la lluvia.

—Dicen que es porque Sofa se trajo a la chamaca y están haciendo vida de casados sin la bendición del Señor.

—Sí, pué, es el pecado impune y disoluto que atrae tanta calamidad.

—Sígale rezando, seño.

—Dios te salve, reina y madre…

A Sofa le tenían sin cuidado todas las habladurías que se escuchaban en el pueblo. Él ya había cumplido con el pago por Isbe y no necesitaba ninguna bendición de nadie.

Esa noche la tormenta oscureció el cielo con varios tonos de gris.

Llovió con intensidad, el agua escurrió excavando profundas zanjas en los caminos de tierra, las corrientes imparables siguieron su curso.

Los compadres hacían el camino a paso lento buscando un lugar seguro por el cual transitar. Del centro del pueblo a la casa de Sofa eran unos tres kilómetros.

—Nos echamos un taco en el jacal, pué, compadre. Así damos tiempo a que baje toda el agua del cerro.

—Ora, pué. Traigo una botellita de aguardiente, compa, pa el desempance.

Llegaron a casa de Sofa. Temo tenía curiosidad por conocer a la nueva mujer de su querido compadre.

—Ora, mujer, que ya llegué y traigo invitado. Sírvenos un taco que venimos hambrientos.

—Sí, mi señor —contestó Isbe, bajando la cabeza ante la imprudente y cínica mirada de Temo.

Pué… es una cachorra, compa, ¿cómo le hizo?

—Na’a que un chivo no pueda valer, compadre.

Ambos se echaron a reír. Isbe sirvió dos platos con frijoles y acercó un cuenco con salsa picante. Una a una fue colocando las tortillas que recalentó en un fogón.

Temo no le quitaba la vista de encima. Destaparon el aguardiente y bebieron. Sofa se dio cuenta de que a Temo le gustaba su mujer. Carraspeó.

—¿Qué pué, compadre?

—¿Das chance, compa?

Sostuvieron la mirada durante unos segundos.

Ora, pué —dijo Sofa—. No me la maltrates porque también quiero usarla.

—No, compa. Todo tranquilo.

Sofa se sirvió más aguardiente y prendió un cigarro de hoja. Salió al patio dejando a Temo con Isbe.

—Vente pa’ca, chamaca —dijo Temo desfajándose la camisa. Estaba enardecido por el alcohol—. Acércate un tantito.

—¡No! —replicó Isbe.

—¿Qué pué? ¿Le digo al compadre que le venga a poner unos fajazos?

Isbe ya no sabía a qué temerle más. Temo intentó meter la mano por debajo de su vestido, pero ella se retrajo. Él, molesto, la asió del cuello con una mano y con la otra le sujetó el cabello por la nuca.

—¡Quieta, cachorra! ¡Orita te voy a dar un calentón que hasta vas a bramar! 

Afuera, Sofa escuchaba en la oscuridad la corriente de agua que furiosa se deslizaba por el camino principal. Le debía un favor a su compadre, no podía negarle nada, ni siquiera a su mujer.

Isbe pegó un grito cuando Temo le desgarró la blusa y le dejó desnudo el torso. Mientras Temo con una mano bajaba sus pantalones, aflojó un poco la fuerza que aplicaba en el cuello de Isbe. Ella se dio cuenta y de un jalón se liberó. Temo perdió el equilibrio y trastabilló sin caerse, pero esa acción fue suficiente para que Isbe, a pesar del pánico, buscara la puerta para salir de la casa.

Sofa escuchó las pisadas chapoteando veloces en la oscuridad, volteo a mirar y vio una silueta fugaz desvaneciéndose en la lluvia.

—¡Se soltó la cachorra, compa! —gritó Temo desde el quicio de la puerta.

—¡Carajo! —dijo Sofa apretando las mandíbulas. Aventó el vaso y echó a correr detrás de Isbe— ¡Pérate, pué! ¡Ónde vas, hija de puta!

Isbe escuchó los gritos debajo del diluvio que caía en ese momento, pero no se detuvo por nada. Las gruesas y tupidas gotas le pegaban en la cara y se escurrían junto con sus lágrimas.

Atrás de Sofa, Temo también corría; no iba a dejar escapar la oportunidad, menos ahora que la niña les había hecho salir a la tormenta.

Isbe dejó de escuchar los gritos de Sofa y los pasos de su carrera. El ruido de la corriente era ensordecedor. La oscuridad le impidió orientarse y de vez en cuando la luz de un rayo iluminaba con debilidad la negrura de los cerros. Fue como escuchar el principio de una tempestad, cuando se oye retumbar el cielo previo a la caída de agua. Pero esta vez el sonido vibrante no provino del cielo, sino del suelo, fue como un rugido contenido que va creciendo en fuerza e intensidad. Isbe volteó hacia todos lados sin percatarse de que se estaba produciendo un deslave en el cerro por su lado izquierdo y un socavón bajo sus pies.

Toneladas de lodo y piedras la arrastraron sepultando en pocos segundos todas sus desgracias.

Cuando Sofa y Temo detuvieron su persecución, fue solo porque el camino presentaba un agujero grande y profundo que les impidió continuar.

Nunca encontraron el cuerpo de la niña.

***

Fueron varios meses de arduo trabajo para rellenar el socavón del camino. En el pueblo se corrió la voz de que en ese incidente murió Isbe, la pecaminosa exmujer de Sofa. Después de la tragedia, la lluvia calmó sus ímpetus. Siguió una temporada de implacable sequía, los cerros lucían un amarillo reseco y los animales de corral iban muriendo poco a poco sin explicación.

—Vamos haciendo otra chamaca, pué; se murió el chivo y no hay billete pa comprar otro. Ni siquiera lo pudimos comer, cuando lo encontré ya estaba inflado, sepa qué mal le dio.

—Ya estoy grande, Erop, ya no es bueno que quede embarazada, pué. No le haiga que me vaiga a morir en el parto. Además, no quiero; sentí refeo que vendieras a la Isbe.

—¡Bah! ¿Entonces pa qué son los hijos?

—¡Ah, que necio que eres, pué! Me voy a moler el nixtamal.

Esa noche Erop intentó embarazar a Moci. Después del sexo se quedó despierto imaginando que, si se lograba, apenas naciendo vendería a la cría, así se ahorraba años de manutención, pero si era hombrecito, tenía que regalarlo o ahogarlo en el río.

Pasaron los meses y Moci no echaba panza, resulto ser cierto lo que ella dijo: «ya estaba grande pa engendrar».

El tono de azul del firmamento se decoloró, un viento húmedo corrió entre las hierbas secas de los cerros. Parecía que la sequía llegaba a su fin. Algunos se apuraron a preparar la tierra para la siembra con cierto recelo de que este temporal no excediera la cantidad de agua. Esa noche cayó una gentil lluvia que avivó las esperanzas del pueblo.

Temo estaba recostado en la hamaca con las manos cruzadas bajo la nuca a modo de almohada. Respiraba el aroma de la tierra árida ahora socorrida por las primeras gotas de agua. De repente resopló pues percibió un olor fuerte, desagradable, parecido al de un zorrillo. Quiso levantarse, pero una fuerza le comprimió el pecho. El hedor se hizo más fuerte, tan intenso y penetrante que casi vomitó. Entonces escuchó una voz:

—Va a llover, Temo.

El sonido de la voz pareció venir de un lugar muy profundo, sin embargo, no hacía eco, se escuchó más bien apagado. Se encontró con un rostro desfigurado a la altura de su cara. A pesar de lo horripilante, conservaba ciertos rasgos que Temo reconoció y de inmediato entró en pánico.

—Va a llover, Temo  —escuchó que le dijo la voz.

De los ojos del rostro macabro comenzaron a salir gotas de agua. Cayeron en la cara de Temo que luchaba desesperado por liberarse. Al principio fueron unas cuántas gotas, pero después se incrementaron al grado de que se le colaban por las narinas y por la boca cada vez que la abría para intentar gritar. Temo, antes de morir ahogado, se dio cuenta de que las gotas tenían un gusto salado.

Sofa bebía aguardiente sentado con la camisa desfajada y desabotonada. Sentía que le hacía falta desahogarse, pero no encontraba quien estuviera desesperado y le vendiera una chiquilla, le atraían sobremanera. Tenía planes para salir, pero la incipiente lluvia se los echó a perder. Dio otro trago directo de la botella y se atragantó porque llegó a su nariz una pestilencia nauseabunda, como de humedad podrida. Bajó la botella y revisó la suela de sus botines por si había pisado algo. Como no encontró nada, caminó hacia la puerta y antes de que pudiera abrirla escuchó una voz apagada, como si fuese un murmullo proveniente del suelo.

—Va a llover, Sofa.

Sintió una mano húmeda y fría que le tiraba de los cabellos hacia la cama. No pudo luchar contra ese impulso y cayó de bruces sobre el colchón. Se volteó sobre sí para quedar bocarriba y cuando lo logró sintió como la botella de aguardiente chocaba contra sus dientes que se desprendieron, y junto con pequeños fragmentos de vidrio, resbalaban con el alcohol por su garganta.

—Va a llover, Sofa —escuchó de nuevo.

Vio el rostro carcomido y los ojos de una negrura espeluznante que derramaban gotas de agua sobre su cara. Terminó de ahogarse con el resto del líquido de la botella. Quedó tendido sobre la cama con la camisa abierta y el envase de vidrio metido hasta la garganta.

En ese momento la lluvia arreció.

—¡Qué necio, pué! ¡Que ya no puedo preñarme!

Ora, ¿entonces qué vamos a hacer? Ya nadie en el pueblo me compra la composta.

Haigas de irte al otro pueblo a vender.

—Sí, pué, no hay diotra.

—Pero antes lléname la pileta, ya no tengo agua ni pa lavar los jarros.

Ora, pué.

Erop tomó los baldes y caminó al arroyo. Cuando llegó advirtió la coloración turbia en el agua debido a las primeras lluvias del temporal. Se agachó para llenar el balde y se fue de boca como si alguien lo hubiese empujado. Soltó el balde e intentó ponerse de pie, mas no pudo. Sintió algo que se le hundía en la espalda baja y una presión desmesurada en la nuca. Agitó los brazos e intentó deshacerse de quien tenía encima. El terror se apoderó de él cuando sintió que el aire se le estaba terminando. Tragó agua, pero justo cuando iba a rendirse, una mano fría lo jaló de los cabellos sacándole la cabeza de la corriente. Jaló aire y escuchó una voz seca y átona:

—Va a llover, Erop.

Otra mano le estrelló varias veces un guijarro en la cara, le rompió nariz, pómulos y varios dientes. Después, como si de un costal de composta se tratase, voló y cayó al pie de un viejo árbol que dibujaba una temblorosa silueta en el suelo terroso. De inmediato, aunque estaba aturdido, notó un olor asqueroso que supo que, antes de que los ojos malévolos soltaran gotas de agua sobre su cara deshecha, era el olor de la muerte.

Adentro de la casucha, Moci esperaba impaciente a que su marido regresara con el agua que necesitaba para sus quehaceres. Iba a asomarse a la entrada cuando a contraluz vio una extraña figura que no tocaba el suelo. Estaba suspendida en el aire justo en el quicio de la puerta. Moci se echó para atrás, temerosa de lo que estaba contemplando.

—¡Dios mío! —soltó las palabras y se dejó caer sobre una silla con los dedos de las manos entrecruzados sobre su pecho, así como si fuera a rezar.

El olor putrefacto inundó la casucha. En un parpadeo, la amenazante figura se colocó a un lado de Moci y le susurró al oído:

—Va a llover, Moci.

Moci miró el rostro descompuesto y ahogó una palabra antes de sentir una mano fría y húmeda acariciándole el pelo y luego, miles de gotas cayendo en su cara desde esos ojos eternos.

El aguacero volvió a cobrar fuerza.

Nada ni nadie pudo explicar las muertes atroces de aquellas personas. Todos los testimonios apuntaban directo a la superstición o a ese tipo de leyendas y mitos que hay siempre en esos pintorescos lugares. 

Algunos campesinos del pueblo atribuyen, a un tipo de lluvia gentil que cae por lo general por las noches, a una entidad que denominan «la niña de la lluvia».

Otras personas dicen que cuando la lluvia es suave es porque el alma de Isbe se anega y desborda de tristeza; y que cuando se desata una tormenta, es por la ira de Isbe que aún no puede perdonar a quienes le hicieron tanto mal.        

911


La operadora del 911 inició el protocolo de atención cuando recibió la llamada de un niño.

—¿Cuántos años tienes? —dijo al mismo tiempo que levantaba la mano para atraer la atención de su supervisor.

—Cinco, pronto cumpliré seis —dijo una vocecita al otro lado del auricular.

—¿Puedes platicarme qué es lo que pasa, amigo? —Ella lo entretenía mientras tecleaba comandos en su sistema para dar con la ubicación de la llamada. Cuando al fin lo logró, el supervisor ordenó que acudiera la unidad más cercana al domicilio.

—¿Puedes pasar el teléfono a un adulto que esté contigo?

—Mi mamá no puede contestar, pero me dijo que llamara —dijo el niño con voz traviesa.

La operadora iba a hacerle otra pregunta cuando en el fondo se escucharon fuertes toquidos.

—¡Policía! ¡Abra la puerta! —dijo una voz con urgencia.

El niño dejó el aparato telefónico y corrió a abrir. La llamada quedó abierta. El personal del 911 escuchó:

—Pero ¿qué pasó aquí? —dijo uno de los oficiales que habían acudido al llamado.

Su compañero de inmediato desenfundó su arma de cargo al ver que el niño apenas si podía sostener una pesada pistola en su pequeña mano. Se le acercó cauteloso. Lo despojó del arma y con terror se dio cuenta de que estaba cargada.

—Jugábamos a los vaqueros. ¡Disparé primero! —dijo el niño orgulloso de su logro.

El otro policía veía consternado el cuerpo de la madre en el piso, desangrada, con la mano izquierda a la altura del estómago y en la derecha una simpática pistola de juguete de colores chillones.

Al otro lado de la línea la operadora daba indicaciones a la ambulancia, aunque sabía que ya era demasiado tarde.

Cena de Navidad


Ya está oscureciendo. Antes me gustaba ver la puesta de sol con un vaso de güisqui en la mano, parado frente al ventanal. Me costó mucho trabajo llevar la cuenta de los días, pero, aun así, sé que estamos en invierno. Ya no me paro frente al ventanal, ahora calculo las horas mirando por una rendija entre las tablas que cubren la ventana. Bajó mucho la temperatura, apenas si tengo unos girones de cobertor para cubrirme. Estoy demasiado delgado. Me cuelga la piel e incluso tengo estrías en donde antes solo había barriga. Ya han empezado a caérseme los dientes; creo que es señal de desnutrición o falta de alguna vitamina.  

Antes era fácil darse cuenta de en qué época del año estaba, incluso cuando era niño. Recuerdo que mi ciclo de tiempo lo medía con el día de Reyes. Juguetes. Ahora a quién le importan las fechas. La Navidad era mi época preferida: solíamos juntarnos en la casa de los abuelos a festejar las fiestas de fin de año. Robábamos las botellas de sidra y bebíamos hasta emborracharnos. Nadie se daba cuenta. Los adultos se ocupaban de asuntos sentimentales por aquellos que ya no se sentarían a la mesa a compartir la cena. La gente muere y a veces se les extraña. Yo extrañaba a mi abuelo. Siempre fue divertido pasar el tiempo con él: hacía trucos con cartas y monedas, siempre sorprendía a los chicos y nos hacía reír con sus historias.

Este invierno sería diferente. Ya no habría reuniones familiares ni trucos de magia del abuelo Flavio… ni cena. También extraño las comilonas. En la Nochebuena mi madre no nos reprendía por comer todo lo que quisiéramos. Nos retirábamos de la mesa con el abdomen embotijado por tanta comida. ¡Mierda!, me gruñen las tripas solo de recordar. Con este van dos días que no pruebo… alimento.

Es difícil conservar comestibles sin un refrigerador. Recuerdo que alguna vez leí algo cerca de acecinar la carne para conservarla por más tiempo y, sin embargo, por las circunstancias, no me atrevo a salir al exterior. El gobierno nos dijo que solo serían un par de meses de confinamiento y mintieron. Llevamos casi nueve meses encerrados sin poder salir por los rebrotes y las nuevas cepas del virus que fueron apareciendo.

Al principio fue como un descanso; como unas vacaciones forzadas. Mi esposa y mis hijos estaban muy contentos porque pasaríamos más tiempo juntos. En realidad, así fue. Luego del cuarto mes las cosas comenzaron a salirse de control. El estrés por el encierro comenzó a cobrar el alquiler, y las semanas posteriores fueron de constantes peleas y desacuerdos. Luego la comida empezó a escasear. Fueron intentos vanos el querer adquirir víveres en el exterior: los grupos insolventes decidieron tomar las calles y las tiendas. De repente el dinero ya no sirvió para nada. Todo se acabó en un abrir y cerrar de ojos. Las compras de pánico de las primeras semanas ahora solo son un mal chiste comparadas con la rapiña que hubo en días posteriores.

¡Maldita sea! Muero de hambre. Ah, sí, las cenas de Navidad (me salí del tema) eran una ironía: se festejaba el nacimiento de un niño en pobreza extrema degustando varios platillos y vinos en abundancia. Era la época del año en que se derrochaba dinero en comidas y regalos para conmemorar el nacimiento en un establo del niño pobre. Mucho amor y buenos deseos que duraban una noche, así de efímero. Pobres humanos que somos. Me tiemblan las manos, no sé si es por el frío o por… otra cosa. Recuerdo que en esos días nos abrigábamos con chamarras, guantes, gorros y bufandas. Después, en la secundaria, me enteré que en el hemisferio sur el festejo de Navidad ocurría en pleno verano, ¡qué diablos! No puedo imaginarme un fin de año en pantalones cortos y playeras frescas.

Este año no habrá «felices fiestas». Ni siquiera tengo la certeza de que llegaré a esa fecha. Ya no hay… comida. Tampoco habrá regalos ni bufandas o gorros, nada más este maldito temblor en las manos. Creí que, si me comía a mi esposa y después a mis hijos, me durarían más las raciones, pero no fue así. Entre más carne ingería, un hambre loca se apoderaba de mí. ¡Qué lástima que no pude acecinar la carne!, en cambio, asesiné a mi familia y me la comí. Ahora solo se me ocurre comerme pequeñas partes de mi cuerpo, pero aun así no creo que me alcance para llegar a la cena de Navidad.

Tengo hambre.