Día de Muertos


El cielo lucía un gris amenazador, inconcebible para esa época del año. Parecía que en cualquier momento la lluvia azotaría con fuerza el pueblo. Un hombre alto circundaba las aceras invadidas por flores de cempasúchil, canastos colmados de pan de muerto recién horneado; vistosas calaveras de azúcar y papel picado multicolor. El individuo iba registrando en su celular cada cosa que veía. Era una fiesta en las calles y en el interior de las casas: el Día de Muertos. Se detuvo a observar a detalle, atraído por el olor a copal, un altar donde se había colocado una ofrenda. Un tanto desconfiado se deshizo de la mochila que llevaba en la espalda. Miró una fotografía o, mejor dicho, un retrato muy antiguo: era una mujer robusta sentada en una silla con respaldo alto. Sus manos descansaban sobre su regazo. Tenía el rostro serio y sus ojos parecían perderse en un punto indefinido. El retrato era en blanco y negro; por la luz y la distancia no pudo distinguir si era una foto o un retrato hecho a mano. El olor a copal se mezclaba con el humo de la combustión de las veladoras de parafina. Continuó mirando, ahora su atención estaba puesta en una pieza de pan de muerto: coloreada con azúcar rosa y con una redondez irregular que indicaba que no era hecho con molde. Se acercó una mujer de piel morena, que, aunque era de estatura promedio, lucía diminuta al lado del curioso.

—Noches, güero —dijo con desfachatez y amable familiaridad.

El hombre volteó sobresaltado.

—Noches…, buenas…, ¡buenas noches! —dijo corrigiéndose al vuelo y en un español con marcado acento extranjero. La mujer sonrió mostrando una dentadura torcida y amarillenta.

—¿Qué se te ofrece, güero?

I just…, mirando. ¿Por qué hay mucho comida aquí? —dijo señalando las cazuelas.

—Es una ofrenda para la difuntita —contestó la mujer señalando el retrato.

—¿Por qué?

—Cada año, en el mes de noviembre, los muertitos regresan por un rato a este mundo.

—¡Eso no es posible! Bullshit!

—Bueno, güero, es la tradición mexicana, pero sí regresan en este día.

Levantó su mochila y se la puso en la espalda para seguir su marcha. Ni siquiera dijo una última palabra a la mujer. Se fue pensando en que por esas patrañas ese y otros países vivían en el atraso. Siguió mirando, casi todo se repetía: comida, velas, papel picado en la decoración, fotografías de hombres, mujeres, niños y hasta familias enteras. Regresaría al lugar en donde se hospedaba. Era en una casona de techos altos que había alquilado por medio de una aplicación que descargó a su celular. El pueblo era pintoresco y tradicionalista. No le había parecido la gran cosa, pero, aun así, el lugar tenía su encanto. Lo que sí detestaba era tener que subir y bajar por las callejuelas estrechas. No estaba acostumbrado a caminar sobre empedrado y le faltaba el aire al subir las pendientes. Escuchó un taconeo rítmico y constante al llegar a una pequeña curva. Esperó encontrarse de frente con alguna persona a medida que iba avanzando, pero al cubrir casi todo el trayecto, el taconeo cesó y en la empinada subida de la calle no había nadie. Se encogió de hombros y continuó el ascenso resollando.

Mientras esperaba a que le abrieran la puerta, después de hacer sonar una campana jalando un cordón, un niño bajó corriendo por el otro extremo de la calle. Hizo un recorrido en diagonal para llegar hasta donde él esperaba. Se detuvo, y sin decir nada, tomó la mano del extranjero y puso en la palma una canica. De inmediato echó a correr calle abajo. Lo siguió con la mirada hasta que la curvatura de la calle le impidió seguir mirando. «What the hell?», se dijo cuando reparó en que el chiquillo en su loca carrera no emitía sonido alguno al chocar las plantas de sus pies con las piedras de la calle. La puerta se abrió de golpe e hizo que el extranjero pegara un brinco.

Entró al cuarto y aventó la mochila sobre la cama. Todavía tenía la canica en su mano, la miró y la arrojó al cesto de basura. Abrió una de las ventanas y de inmediato llegó el aroma de copal y mejor la cerró. Se duchó antes de ir a la cama y mientras secaba sus pies, de soslayo, vio una sombra deslizándose en la pared opuesta a la ventana. Volteó a ver y se asustó con su propio reflejo en el cristal.

No pudo conciliar el sueño tan rápido como hubiese querido. A la distancia se escuchaba música de mariachis en ratos, y en otros, la tambora de la banda regional. Su sueño fue inquieto y con sobresaltos. Soñó con la señora robusta del retrato: ella dejaba de mirar el infinito y dirigía su mirada al extranjero de manera abrupta. Se despertó y creyó escuchar el rebote de la canica contra el piso como si alguien la dejase caer una y otra vez. Se levantó, encendió la luz solo para ver como la esfera de vidrio chocaba contra una de las patas de la cama. Se le erizaron los vellos de la nunca, pero su convicción escéptica de inmediato buscó una explicación lógica. Él mismo hubo pateado la canica que creyó haber depositado en el cesto. Abrió la ventana, la arrojó a la calle escuchando como rebotaba contra el empedrado hasta que el niño que se la había dado horas antes pasó corriendo otra vez y se detuvo a recogerla, la tomó entre su pulgar y su índice y volteó a mirar a la ventana; sus miradas se cruzaron. Esta vez se le erizaron todos los vellos del cuerpo.

Hubiera aceptado la marihuana que le ofrecieron días antes en una de las cantinas que visitó para beber una cerveza. En momentos como este le ayudaría a entender lo que estaba pasando.

Intentó dormir. Solo dio vueltas en la cama y cuando creía que el sueño le vencía, escuchó risas de niños como si estuviesen jugando en el patio exterior. Pasó por su cabeza la idea de levantarse a reclamar por el alboroto que no lo dejaba dormir, pero se lo pensó dos veces, eran días de fiesta nacional y no estaría bien hacerlo. Daría una calificación baja y una reseña negativa en la app por todas aquellas molestias.

Recordó que tenía guardadas un par de botellas de mezcal artesanal que le vendieron en la plaza principal y que llevaría a su país como suvenir. Tomaría un trago para relajarse. Abrió el cajón, ahí estaban las botellas en reposo impaciente.

—Mezcal… Whatever! —dijo sin seguir leyendo la etiqueta. Bebió un trago y aunque la bebida se arrastró ardiente por su garganta, tomo otro y otro y otro hasta vaciar el contenido. Consideró abrir la otra botella cuando un ataque de náuseas mandó un tsunami de saliva a su boca. Dio la primera arqueada antes de llegar al pequeño bote de basura para vomitar. Se arrepintió de beber sin control. Se levantó a enjuagarse no sin antes volver a percibir de soslayo, una sombra que atravesaba la pared de un extremo a otro. Recordó que hacía un rato le había pasado lo mismo, pero en aquellos instantes aún no estaba borracho. Se puso de mal humor. Salió de la habitación dispuesto a reclamar a su anfitrión por los ruidos que no lo dejaban dormir. Se asomó por el barandal y le pilló una oscuridad anormal; no había nadie en el patio. Prevalecía una quietud que casi le hizo cambiar de parecer. Sin embargo, continuó por el pasillo hasta llegar a la puerta de la habitación del dueño del lugar. Tocó tres veces a la puerta con los nudillos, no recibió respuesta. Cuando iba a hacerlo con el puño entero, escuchó el rechinido de las bisagras; se encontró con la cara somnolienta del hombre que le alquiló la habitación.

—¡Carajo! ¡Apesta a alcohol! Se ha puesto una buena, güero.

—¡Niños no me dejan dormir!

—¿Niños? No, ya es tarde, ya no piden calavera a esta hora.

—En el patio escucho niños jugando.

—Ya córtele, güero, aquí no hay niños desde hace mucho. Se le pasaron las cucharadas. Mire, no hay nada para preparar comida, pero ahorita todavía está doña Flor. Échese un buen plato de menudo y con eso se le corta la borrachera. No tome tanto mezcal, es una bebida de respeto.

What?

—Váyase todo derecho, a tres cuadras, pasando la panadería de don Tomás, va a ver un puesto. Ahí mero está doña Flor. Pídale un plato de menudo, ya verá qué bueno está.

—…

No supo que decir ante la pasividad y tremenda tranquilidad del anfitrión. Le dio la espalda y regresó al cuarto. Seguiría el consejo e iría a comer algo. Se vistió y tomó un poco de dinero. Miró la segunda botella de mezcal y en ese momento supo que en su vida volvería a tomar un sorbo. Tan solo de pensarlo sentía asco.

Siguió las indicaciones y llegó al lugar de doña Flor. A pesar del horario, estaban algunos comensales sentados a la mesa.

—Pásale, güero. Siéntate. ¿Qué te voy a servir? —dijo con animada y hospitalaria voz doña Flor.

—Plato de menudo. ¿Es bueno?

—¡El mejor! Ya verás, güerito. Te lo voy a servir con todo para que cuando regreses a tu país, te acuerdes de que comiste el mejor menudo y le cuentes a tus nietos. ¡Ja, ja, ja! ¿Tienes familia? ¿Hijos?

—¡Oh, no! Mucho después.

—Ta bien, güero. Ahí’sta. Aquí hay cebollita, limón, chilito de árbol. Lo que quieras.

—¡No picante! ¡No!

El extranjero miró a un lado y a otro. Se daba cuenta de que la gente de ese país era muy cercana entre sí: no les importaba que un extraño comiera y compartiera en la misma mesa, de buena gana reconoció ese peculiar comportamiento.

Olía bien el caldo rojo, esperaba que tuviera el mismo gusto. Dio el primer sorbo y el infierno estalló en su boca, hizo cascada en la laringe antes de que siquiera llegara a su estómago. Sintió que acababa de tragar fuego vivo. La primera señal de que se asfixiaba, fue el súbito enrojecimiento de su pálido rostro. El aire no llegaba a sus pulmones y en cambio sentía que ardía en llamas por dentro. Gordas gotas de sudor le resbalaron por las patillas. Quiso ponerse de pie, se llevó ambas manos a la garganta. Otro desvelado sentado a su lado se dio cuenta de que se estaba ahogando. Con rapidez de la aplicó la maniobra que se utiliza en esos casos: le dio una fuerte palmada en la espalda que le alivió de inmediato la respiración.

—¡Toma, güero! —Doña Flor le ofreció un limón con sal. Lo recibió cuando pudo jalar aire de nuevo. Se lo llevó a la boca y exprimió el jugo. Sintió un alivio momentáneo, pero el ardor en labios y lengua no cedía. Pidió otro limón y repitió el procedimiento. Caminaba de un lado a otro jalando pequeñas porciones de aire. Mientras hacía eso, advirtió que los demás comensales, doña Flor y su ayudante sonreían divertidos y volvían a lo suyo. La ayudante, incluso, tuvo la desfachatez de captar el momento en una fotografía hecha con su móvil.

—¡Muchacha! ¡Guarda eso! ¡No seas canija! —regañaba doña Flor.

En la foto, el extranjero se veía casi enfurecido, con los puños apretados como un niño que está a punto de hacer una rabieta.

Se fue del lugar cuando todavía no terminaban de burlarse de él. Enfiló hacia su alojamiento y en el camino pensaba en cómo esa gente era capaz de comer tanto picante y encima de eso, caliente.  No volvería a ese país de barbarians.

El próximo año viajaría a Europa a maravillarse con la aburrida arquitectura de alguna ciudad. Allá no existía la comida picante.

En definitiva, no fue una grandiosa idea venir a este país. Renegaba por el camino de regreso al cuarto de alquiler; de pronto, un sujeto le salió al paso en uno de los tantos claroscuros de la calle.

—¡Ya’stas, cabrón! ¡Párale a’i!

El extranjero se detuvo por instinto, mas no porque hubiese entendido lo que le indicó la voz.

—Vele aflojando, ¡Ándale!

Sin saber qué hacer, solo hasta el momento en que se dio cuenta de que en la mano de quien lo increpaba brillaba la hoja de un cuchillo de gran tamaño, levantó las manos mientras miraba a lo largo de la calle por si hubiese alguien que le prestara ayuda.

—¡El billete, pinche güero!

Al escuchar la palabra «billete», metió la mano al bolsillo derecho y extrajo algunas monedas y un billete de baja denominación. Pensó en el resto que dejó en el cuarto.  

El asaltante lo miró incrédulo: todos los extranjeros actuaban de la misma manera, creyendo que con unos cuántos pesos todo estaba arreglado. Tomó al forastero por la playera y le puso la punta del cuchillo en la garganta.

—¡Todo el dinero, pendejo! ¿Qué te estás creyendo?

—No más… Es todo —contestó con el rostro más pálido de lo normal. Olió un tufo de alcohol mezclado con algo más: el ladrón le resoplaba en plena cara.

Pu’s ya te cargó…

Sintió una punzada a la altura del abdomen, luego otras tantas y todo se le oscureció más de lo que ya estaba esa noche de noviembre.

Despertó encontrándose de pie en una de las callejuelas del pueblo, no recordaba por qué estaba ahí. Miró en derredor y vio la algarabía propia del Día de Muertos. Se acercó a una de las ofrendas y vio un retrato de una mujer robusta sentada en una silla de respaldo alto. Volteó hacia otro lado y pudo ver una pequeña bandera con estrellas y barras, miró con detenimiento: había una fotografía de un hombre de piel muy blanca con los puños cerrados como un niño haciendo una rabieta. Se reconoció en aquella imagen y comprendió lo que había pasado cuando se dio cuenta de que, en la ofrenda, junto con su foto estaba un plato de menudo, una bandera de su país y una botella de mezcal. Atrás de él, una mujer de baja estatura, piel morena y dentadura amarillenta le dijo:

—Bienvenido, güero. ¿Ya ves que sí regresan?


Fueron noches largas,

de tiempo sin medida,

con juegos de palabras

y de escuchar tu sonrisa monosílaba.

Todo empezó

desde la tristeza en tu mirada,

y que ahora son recuerdos que caminan

detrás del alma y sus despojos.

Era esa ansia que no enferma,

convertida en sentimiento mutuo;

como estar frente a un espejo

desnudos.

No hubo urgencia para encontrar

un nombre común

ni prisa por llegar a ningún lugar,

solo elegir con el corazón

y la elección final

fuiste tú.

Carta rota


Fotografía libre de derechos. pickpik.com

Hoy escribo esta carta rota. Rota porque está hecha de muchos fragmentos: un poco de aquí y un poco de allá. Está zurcida con sueños remendados, como ese que tenía, el de despertar contigo, darte un beso y prepararte un café. Se hizo pedacitos en el momento en que decidiste amanecer con alguien más. El amor es un sentimiento frágil cuando no tiene un punto de apoyo, cuando no existe una segura correspondencia. Entonces se agrieta y se quiebra. Termina derrumbándose. Y es solo hasta ese momento en que te ves a ti mismo en un lugar donde solo hay despojos, y te das cuenta de que la soledad aplasta con mucha más fuerza que la gravedad. La vida se vuelve sistemática: despertar para dormir, dormir sin soñar, vivir por vivir.

¿Cuántas mentiras disfrazadas de verdades me tragué? La respuesta es el castigo que ahora adolezco. No hay justicia para alguien como yo, que, a pesar de todo, solo quiso amarte.

No hubo advertencias, pero sí engaños.

Escogiste un mal día para irte y cerrar la puerta abandonando todo, menos el miedo, ese sí te lo llevaste porque es lo único de lo que no puedes desprenderte. Sin embargo, buscaré la paz en tu ausencia, aunque el cerebro y el corazón libren largas y aburridas batallas en esta guerra inútil.

No hace falta aprender a perdonarnos, incluso sabiendo de antemano que el perdón tiene un propósito, pero no hay redención para ninguno de los dos porque viviremos nuestras vidas así, con la sonrisa enmascarando la triste verdad de nuestros fallos.

No te pido que me recuerdes porque sería condenarte al remordimiento y quizá sea más fácil para mí pensar que no piensas en mí; por ello, te regalo la duda, para que todo el tiempo te preguntes si yo te recordaré, haz con la interrogante lo que quieras.

No sé si he dicho todo o dije de más. Es difícil escribir cuando el dolor diluye las ideas y yerra las palabras. Quisiera que quedaran más que palabras en este papel. Y no; no quiero llorar más. Te hice merecedora de mis risas y contentos, mas no mereces que derrame ni una sola lágrima más por ti. Mis ojos están agotados y mi alma casi seca. Ya no vales la pena, ya no vales la dicha.

Jamás nos encontraremos un día, ni nos saludaremos como viejos amigos, ya no hay tiempo para eso. Las cosas no serán así.

Te fuiste un mal día, el mismo día en que te enteraste que moriría. Te fuiste con tu miedo a cuestas. No querías sufrir.

Me quedo solo a esperar mi final; ahora mismo no sé si entregarte esta carta o romperla, que quede más rota de lo que está.

Sin buenos ni malos deseos.

Firmada por el último idiota que te amó. Nunca tuyo.

Adiós.

Sin posdata.

720


Foto de Benjamin Ellis, “Ambulance in Motion”. (CC By 2.0)

El ulular de la sirena penetraba el viento, la velocidad del vehículo de terapia intensiva pulverizaba las frías gotas de lluvia que azotaban contra la recién encerada pintura blanca.

La escena era típica de una ciudad que poco a poco iba tomando un ritmo de vida acelerado; el tipo cayó al intentar abordar el bus en marcha y fue arrollado por un automóvil que rebasaba por la derecha. Cuando los paramédicos llegaron al lugar, la sangre derramada se diluía con el agua de lluvia que lavaba el asfalto y hacía un río de color tinto hasta perderse en la rejilla de la alcantarilla.

El sujeto se encontraba muy mal, ambos paramédicos se echaron una mirada que lo decía todo: «no lo logrará». Aun así, procedieron a hacer su rutina de primeros auxilios, notaron que difícilmente podía respirar debido a que las costillas rotas habían perforado los pulmones; lo movieron a la camilla. Antes de subir, preguntaron a la muchedumbre, que permanecía en corro alrededor de la escena del accidente, si había algún familiar o alguien que le conociese, pero nadie dijo nada, solo se escuchaban murmullos apagados por el chubasco que arreciaba.

El agua de lluvia le picaba los ojos, hacía un esfuerzo por fijar su vista, pero todo le daba vueltas como en un juego mecánico del parque de diversiones, intentó mover la mano derecha e inmediatamente sintió un aguijón en su costado. Por alguna extraña razón pensamientos referentes a las líneas del tiempo llegaron a su cabeza. Aunque estaba aturdido quiso pensar con claridad acerca de ello.

—Quédate quieto, empeorarás las cosas, no te muevas o dañarás más tus pulmones —le decía el paramédico.

Trató de entender aquellos sonidos, pero por algo que no sabía, escuchaba la voz como un disco en un tornamesa antiguo al que se le ha puesto una velocidad diferente a la indicada.  Advirtió que traía una mascarilla de oxígeno y de golpe recordó. No encontraba un taxi libre para trasladarse al auditorio en donde lo esperaban. Iba a participar en una conferencia acerca del tiempo-espacio.

Su teoría versaba acerca de las cuadrículas del tiempo, sí, era eso. De cómo el número de intersecciones de esas cuadrículas estaba determinado por el tiempo de vida: eran tantos cruces como personas, lugares y situaciones se presentaban a lo largo de la existencia. Entonces, cuando se evitaba un cruce, se desdibujaba todo el esquema de las cuadrículas provocando incidentes como el que ahora estaba viviendo.

En 720 universos, en donde el tiempo tenía el mismo número de denominaciones, estaban ocurriendo eventos muy parecidos.

En uno de los universos había un hombre que amaba a una hermosa mujer; a la que le procuraba amor, a la que entendía en todo momento, a quien comprendía en sus días de luz y aguardaba sereno en las noches de oscuridad.

En aquel otro universo habitaba un hombre que siempre fue paciente con su mujer; que no hablaba de más; que solo decía lo que tenía que decir cuando era prudente; era el niño que jugueteaba con sus manos; que besaba sus dedos siempre que podía; era aquel que masajeaba sus pies en una tarde de sábado sentados en el sofá; era quien le hacía reír con sus disparates hasta en el momento más romántico. Era quien le dejaba ser quien verdaderamente era, sin poses, sin modelos. Era aquel hombre que no cerraba los ojos durante la noche solo para verla dormir.

En otro universo era un hombre que disfrutaba pasar horas enteras sin hacer nada, solo conversando o tomando un café en algún establecimiento de la ciudad; quien siempre llevaba un libro en la mano y sentía que el mundo era pequeño a cada vuelta de página.

En este universo era quien en esa tarde lluviosa se había perdido en el laberinto de unos ojos claros, como un presagio, como un presentimiento de no volverlos a ver. Era, a final de cuentas, todo lo que ella había querido, todo lo que ella había imaginado, todo aquello por lo que lo había amado.

Estos hombres eran tan parecidos, pero cada uno existía en un universo y en una cuadrícula de tiempo diferentes.

Y todos se estaban muriendo.

—Apaga la sirena. Declarado muerto a las 19:41. No hay pulso. Dejó de respirar —dijo el paramédico las palabras como la línea de un guion.

Los organizadores del evento, cuando vieron que el conferencista no llegaba, hicieron ajustes para que se cubrieran los tiempos.

Aquel hombre, juntos con otros 719, en breves instantes se convirtieron en ausencia de vida, en relleno para una fosa común.

La ambulancia disminuyó la velocidad, la lluvia no dejaba de caer, era una tarde triste, con un tiempo demasiado triste para morir.

Lolita


Imagen de Adina Voicu en Pixabay

Lolita apenas podía inclinarse a poner alimento para el gatito que desde hacía algunas semanas le hacía compañía. Ella se sentaba en una desvencijada silla por las tardes, afuera de su casa, a sentir cómo pasaba el tiempo, porque sus ojos cansados ya no le permitían ver mucho, aun usando gafas. Se echaba en la encorvada espalda un chal raído por el recuerdo de las dichas perdidas: era para el frío, aunque todavía faltaban muchos días para el invierno. Permanecía ahí hasta que sus desgastados huesos se lo permitían, después se levantaba, arrastrando los pies iba a la cocina y sacaba un puño de croquetas que, tanteando, depositaba en el interior de un cacharro en el que apenas se podía leer la palabra «Miau». Luego del esfuerzo para enderezarse, se desplazaba a su recámara. En el trayecto miraba un olvidado bastón de aluminio recargado en un rincón como esperando algo o a alguien; volteaba a la izquierda y ahí estaba enmarcada una fotografía familiar: tres muchachos, dos niñas juguetonas y un apuesto hombre con una Lolita radiante de cuarenta y tantos años menos. Al otro lado, estaba el comedor que en una época irradiaba alegría y que ahora solo era una estampa gris. Quiso sonreír, pero ya sus emociones estaban tan descontroladas como su cuerpo y sus funciones, en su lugar, rodaron dos lágrimas por sus ajadas mejillas buscando refugio en el corazón, pero precipitándose al final a estallar en el suelo. Cuando llegó al dormitorio soltó un suspiro. Se sentó al borde de la cama. Con las manos temblorosas se secó las lágrimas y le prometió a Dios, como muchas veces, que no lloraría más, esta vez iba en serio. Se sentía tan cansada de cargar con tanta soledad; de vivir sin sentido, de cohabitar con tanto olvido. Se recostó en la cama, respiró lo más hondo que pudo y cerró los ojos.

Era una tarde rojiza de finales de otoño. El cielo estaba limpio de nubes, pero soplaba un viento frío. Maullando en la entrada de la casita, un gatito buscaba con desesperación a su amiga en aquella solitaria silla para hacerle compañía y, de vez en cuando, merodeaba olisqueando el cacharro que desde esa tarde en adelante siempre quedaría vacío.

Fin de cuarentena


Amelia

No está padre hacer las tres comidas con mis padres y mi hermano, ya no. ¿Cuándo se va a terminar esto? Hoy toca ir al súper, irá mi papá. Espero que esta vez no se equivoque con mis toallas. No recuerdo si puse a cargar mi cel. Las llamadas en grupo le exprimen la batería. Mamá tiene el control remoto de la tele, aquí viene: las noticias con la tipeja del terremoto. ¡Nadie le cree! ¡Qué aburrido! No hablan de otra cosa más que de contagios y pandemia; muertos y hospitales.

Ya quiero regresar al colegio; poder salir con mis amigas a los centros comerciales. Me urge estar con Tony. ¡Ya no aguanto este encierro! Tengo el pelo hecho un trapeador y mis uñas parecen canicas cascadas. Si Maritza me viera, no me la acabaría con el bullying. Como cuando se enteró de que no me gusta usar tampones. ¡Maldita! A toda la clase le dijo que utilizaba trapos que lavaba y volvía a usar en cada periodo. ¡La detesto!, pero, de cualquier manera, todo eso es mejor que estar aquí encerrada escuchando por las noches los ruidos que hacen mis padres cuando cogen y por las mañanas fingen que se aman. Qué relación tan mediocre.

Quiero a Matías. Él aún no se da cuenta de nada. De que nuestros padres ya no se quieren. Durante un momento me gustaría volver a tener su edad y preocuparme solo por jugar, pero ahora tengo mil cosas en la cabeza que me vuelven loca y parece ser que nadie entiende eso. Iré a revisar mi teléfono.

Matías

El robot de acero vuela sobre el océano de leche, ¡hay mucha leche! Tiene que salvar a las hojuelas del cereal que han caído allí. ¡Rápido, robot! Aquí viene, «estamos salvadas», gritan las hojuelas. El robot levanta de una sola vez a varias y ¡no puede ser!, un monstruo primitivo las devora antes de que el robot de acero logre ponerlas a salvo.

Papi está preocupado.

Y aquí viene otra vez, levanta un par de hojuelas que están muriendo en el mar de leche, se les está cayendo el azúcar. El monstruo vuelve a arrebatar con sus fauces las hojuelas antes de que el robot…

Amelia siempre está enojada, a veces quisiera que jugara conmigo como lo hacíamos antes: a derribar soldados con los carritos. Ya es mujer, dice mami, por eso ya no juega. ¡Qué mal! Cuando yo ya sea hombre se me olvidará jugar y estaré preocupado como papi. Tiene miedo, lo oí, le dijo a mami, por el trabajo. Cuando nos dejen salir, seguro que mi papi tendrá trabajo porque como nadie ha salido, habrá mucho porque se ha dejado de hacer.

¡Robot! ¡Robot! ¡Sálvanos! ¡Oh, no! Las hojuelas se hundieron hasta el fondo del océano de leche. ¡Pobres!

Julieta

No sé si es este encierro, pero he sentido diferente a Daniel. Es más paciente y amable, no como cuando recién nos casamos, pero ha cambiado. Lo siento más cercano. No quiero pensar que se ha comportado así porque solo puede estar conmigo y no con… otra. Pensaré mejor que esta cuarentena nos ha llegado en un momento en que necesitábamos retomar nuestra vida matrimonial. Es verdad que lo quiero, pero no del modo en que lo quería antes: incondicional y sin dudas. Está muy callado, ¿en qué pensará? Bueno, todos los días tenemos que preocuparnos por cientos de cosas que no podemos asegurar que seguirán funcionando cuando termine la contingencia. ¡Dios! Ha sido una dura prueba para todos en esta familia. Lo único que extraño son las tardes de café con Rebeca: fuera de eso, mi rutina no se altera en lo mínimo. Entre quehaceres y preparar comida se me va la vida. ¡Dios! ¡Qué triste mi vida desde que nació Amelia! Pero ¿qué estoy diciendo?, si mis hijos son mi vida. No así mi esposo. Ya no. Desde hace mucho solo tenemos sexo sin besos, sin caricias y sin amor. Bueno, tampoco puedo decir que dejé de vivir mi vida y ahora la vivo a través de otros; o puede ser que sí. Dejé de ser Julieta para convertirme en la mamá de Matías y Amelia. Antes era la esposa de Daniel, ahora solo soy su… Pero ¡qué pensamientos tan tontos! Si mi madre me escuchara, ya me estaría dando un sermón y aconsejándome acerca del papel de la buena esposa. Los tiempos cambian.

A veces me pregunto si estoy haciendo lo correcto o, mejor dicho, si estamos haciendo lo correcto. Fingir ante nuestros hijos que todo está bien y no pasa nada. Sé que estamos dando un mal ejemplo a los niños, pero no me atrevo a preguntarles sin antes explicarles que es lo que sucede entre su padre y yo.

Veamos qué hay de nuevo en las noticias.

Daniel

Julieta sabe que es más costumbre que cualquier otra cosa; después de quince años de casados nos conocemos muy bien. Quién lo iba a decir, justo cuando quería plantearle el divorcio ocurre todo esto de la cuarentena. ¿Será una señal? Ja, ja. No creo que el universo se rija por señales.

Me aterra la idea de que Amelia y Matías no vivan lo que debieran vivir: aún son muy jóvenes y les falta toda una vida por delante. ¿Qué será de sus planes? Me preocupa, sobre todo, Amelia que está en una etapa difícil de su desarrollo y más que dudas, tiene resentimiento por todo y contra todos.

Creo que Julieta sospecha algo, no me lo dice, pero en ocasiones tiene conductas muy obvias. Si ya tiene sembrada la semilla de la desconfianza, pienso que será para ella más fácil encarar que nuestra relación terminó desde hace mucho. En cuanto termine la contingencia, me iré de la casa y comenzaré con los trámites del divorcio. Me veré tan egoísta, pero no puedo seguir fingiendo. ¡Carajo!, sí soy un puto egoísta. Voy a sacrificar la felicidad de mis hijos por alcanzar la mía. Va a ser una tormentosa transición: Amelia me odiará, le romperé el corazón a Matías y a Julieta quizá no le afecte tanto, pero deberá regresar a trabajar. No hay otra manera de hacer las cosas menos dolorosas para todos.

Con Julieta es solo una relación de cama, no hay amor ni nada. Somos adultos jóvenes y podemos salir adelante en otra relación. Se me ocurre que pondré de pretexto el trabajo para poder salirme de aquí, sí. Lo tomaremos como es debido, sin extrañar ni juzgar. Después de todo somos una familia sin recuerdos.

—Amelia, ¿a dónde vas?

—Voy a mi cuarto a ver mi celular.

—Termina de desayunar. Y procura tomar algo más que café.

—¡Matías! Deja de jugar con el cereal, ya salpicaste toda la mesa de leche. Daniel, ¿por qué no les dices nada?

—¡Oh, lo lamento! Estaba pensando en el trabajo.

—¡Fue el robot, mami!

—Bueno, bueno, guarden silencio. Déjenme escuchar las noticias.

«… la Secretaría de Salud emitió un comunicado en sus redes sociales, anunciando que la cuarentena llega a su fin y que a partir de mañana todos podremos salir a la calle y realizar las actividades cotidianas…».

—¡¿Quéééé?! ¡Ay, mamá, no le creas a esa tipa!

—¡Silencio, Amelia, obedece a tu mamá! Esto es importante.

«… la conferencia de prensa se transmitirá en breve en cadena nacional desde el Palacio de Gobierno. Se hará oficial el pronunciamiento y estarán presentes el presidente de la república y todo su gabinete…».

—¡Sííííí! ¡Ya podré salir a jugar con mi bici! ¿Verdad, papi?

—Claro hijo, ya podremos salir todos.

—¡Dios! ¡Gracias! Se acabó, Daniel.

—Avisaré a Tony y a mis amigas de esta buena noticia. ¡Ya es TT en Twitter!

Cuando Julieta dijo «Se acabó, Daniel», durante un momento él creyó que su esposa le había leído el pensamiento. La miro un instante y se dio cuenta de que se refería a la cuarentena. Ahora que estaba pasando, sentía miedo de todos los pensamientos que había tenido en el desayuno. Tendría que dejar pasar algunos días para que la euforia de la liberación perdiera fuerza y todo volviese a la antigua normalidad para proseguir con sus planes y proyectos de vida.

Matías dudaba sí saldría con el balón o con la bicicleta. Sentía un poco de miedo porque a lo mejor se había olvidado de cómo pedalear. Optó por el balón, todavía sabía cómo patearlo. Se puso tenis y su playera del Barcelona con el número 10 en la espalda.

Amelia ya hacía planes para verse con Tony o con sus amigas. Mejor con Tony. Esta vez no diría que no a la proposición de él de tener sexo. El encierro le enseñó que la vida se vive una vez. A sus amigas las podría ver después y presumirles que ya se había acostado con Tony.

Julieta, mientras recogía los platos del desayuno, no perdía el hilo de las noticias: siempre le había gustado estar enterada de lo que pasaba en el país y en el mundo. Era, quizás, una costumbre que heredó de su padre que siempre estaba cambiando canales en el televisor para buscar información. Estaba fregando los platos cuando la presentadora de noticias dijo:

«Pasando a la información de carácter internacional, Estados Unidos y México abandonan la mesa de negociaciones de la ONU por no llegar a un acuerdo con los representantes de China, Rusia y países del Golfo Pérsico. Los analistas califican como una ‘bomba de tiempo’ la tensión generada por el inesperado abandono. Estados Unidos no retirará sus tropas del Golfo Pérsico, así como tampoco lo hará con los barcos y portaaviones que se encuentran muy cercanos a las costas de Venezuela. El secretario de la ONU intentó conciliar los desacuerdos, pero fue inútil. Rusia y China se han pronunciado al respecto por la execrable decisión de Estados Unidos y México, por su parte, el gobierno de Irak ha declarado que asestarán un duro golpe a los norteamericanos y a sus aliados. Por último, China y Rusia manifiestan su apoyo incondicional a Venezuela y a los países afectados en el Golfo Pérsico”.

—¿Crees que haya guerra, Daniel?

—No, ¡por favor! Acabamos de salir de una situación compleja y ahora por rencillas políticas volver a estar en peligro, ¡no!

—Con los políticos nunca se sabe.

—No creo que pueda haber guerra. Las economías están muy golpeadas por la pandemia. ¿Crees que algún país cuente con los recursos suficientes no solo para iniciar, sino para mantener un conflicto armado?

—No lo sé, pero los presidentes de Rusia y China son personas de cuidado.

—Pero al presidente de Estados Unidos ya nadie lo toma en serio. Él va a hacer su guerra por Twitter.

—Eso es lo preocupante, hace las cosas por impulso.

Julieta se quedó en silencio. Recordó cuántas veces, a lo largo de la historia, el intervencionismo de Estados Unidos culminó en absurdas guerras.

El informe del presidente de la república, fue, como en todas sus conferencias de prensa, un acto que reclamaba suma paciencia: inició con el Himno Nacional, nombró uno a uno a los secretarios de su gabinete, dijo chistes de los que nadie se reía y pidió asistencia del secretario de Salud para interpretar la imagen de una gráfica que se proyectaba en una pantalla. Con su característico derroche de intelectualidad y utilizando eufemismos técnicos, el secretario describió cómo las medidas sanitarias que se implementaron fueron efectivas y se logró aplanar la curva y reducir el número de contagios del virus. Vino una ola de aplausos y el presidente, con su acostumbrada desfachatez, convocó a los ciudadanos a festejar en el monumento que simboliza la independencia y a abrazarse, besarse y acercarse otra vez.

En las siguientes horas del día la familia se dedicó a los preparativos para reiniciar su vida desde el punto en que habían puesto pausa. Todos se sentían emocionados e ilusionados con el nuevo comienzo y sobre todo había entre ellos mucha alegría por el fin de cuarentena.

A la hora de la comida, los cuatro sonreían y en su mirada tenían un brillo de esperanza, ese anhelo que les recordaba una nueva oportunidad en la vida.

—¿Qué vas a hacer mañana, Matías?

—¡Voy a jugar futbol, papi!

—Iré contigo al parque.

—¡Sí, mami!

—Eres un ridículo, Matías. ¿Por qué te pones la playera?

—Déjalo en paz, Amelia. ¿Tú qué harás mañana?

—Como todos los sábados, mamá, iré al centro comercial, luego al café. Extraño a mis amigas.

—Tiene novio, mami.

—¡Cállate!

—¿Novio? No habíamos platicado de eso, Amelia.

—¡Ay, papá! Es un amigo.

—No quiero que discutan por eso.

—¿Tú sabías, Julieta?

—Son solo amigos, Daniel, ¡Por favor!

—Bueno, bueno. Ya. Te quedo delicioso el espagueti, Julieta.

—¡Sí, mami!

—¡Gracias!

—Pero nunca vuelvas a hacer, mamá.

—¿Por qué?

—Para que no te roben la receta.

Todos rieron de buena gana. Su risa fue espontánea y sincera. La tensión acumulada por todos esos días encerrados se relajó.

La tarde se fue en un parpadeo. Se sentaron a ver una película, mas no podían estar quietos por la excitación. Cada uno estaba expectante a ese momento en que pusieran un pie fuera de la casa.

Fueron a dormir sabiendo que el entusiasmo no les debería restar energías para enfrentar la locura que sería el primer día después del confinamiento. Listos para volver a la normalidad.

Fue a las 03:16 de la madrugada cuando la alerta sísmica interrumpió su sueño. Acostumbrados a tales emergencias, siguieron el protocolo para salir de la casa y ubicarse en el punto de seguridad marcado por Protección Civil. Despiertos, con los ojos bien abiertos por el susto, se miraban uno a otro, miraban a los vecinos y se preguntaban si habían sentido el sismo. Consideraron la posibilidad de una falsa alarma y, enojados, regresaron al interior de sus casas.

Julieta encendió el televisor —como era su costumbre en esas ocasiones—, sin embargo, no había señal en el aparato. Los chicos se dejaron caer en el sofá, malhumorados por la alerta falsa. Daniel tomaba un vaso con agua y también le causó extrañeza la falta de imagen. Fue a la ventana y se asomó; algo extraño ocurría en el exterior. En medio de la oscura madrugada pudo ver un cielo entintado con un degradado en tono rojo, se escuchó un rugido retumbante que todos percibieron, como cuando se está frente a un enorme bafle. Vio el hongo nuclear que se levantaba en el horizonte no muy lejano. Julieta estaba junto a él en la ventana, se estremeció, dejó escapar un suspiro y dijo, antes de que otro rugido hiciera vibrar la casa entera:

—¡Ay, no!

Estaciones


Tanto invierno en el alma.
El otoño haciendo lo suyo en el cuerpo.
La primavera aferrándose a las esperanzas,
y el último tibio verano que dejó tu recuerdo.