El proyecto


El salón de juntas se iba iluminando en función de los concurrentes a la reunión. Una larga y brillante mesa reflejaba el minimalismo y la sobriedad de la empresa. Cada uno de los participantes ocupaba un sillón de respaldo alto; al acomodarse aparecía una pantalla flotante de alta definición con el logotipo dinámico de la firma. Todos sabían que se discutiría un proyecto de gran alcance e importancia, y su creador, Jeo, miraba a los funcionarios con disimulo, pero convencido de que todos votarían a favor.

El presidente de la compañía carraspeó antes de dirigirse a los demás.

—Señores, a continuación, veremos el resumen del proyecto Jes-33, elaborado por uno de nuestros mejores analistas de la firma: Jeo.

Todos lo miraron con reserva; había muchos intereses en juego, además del prestigio e imagen de la empresa. Jeo hizo una señal para que los asistentes a la presentación fijaran sus ojos en las pantallas.

Al principio de la presentación se notaba el escepticismo en los rostros del consejo directivo y alguno que otro no lo disimulaba. Sin embargo, de acuerdo a como iba avanzando, se acomodaban en el asiento o se apresuraban a tomar notas. El vicepresidente volteó a ver a su superior, quien con un perspicaz movimiento de cejas le indicaba que faltaba la mejor parte. Y así fue: el final les cortó el aliento. Hubo una tanda de aplausos y exclamaciones entusiastas. El presidente señalaba con el índice a Jeo, él agradecía con inclinaciones de cabeza y un incipiente brillo en la mirada. Sabía lo que se aproximaba en un futuro inmediato.

—Por puro protocolo, por favor, levante la mano quien esté de acuerdo para dar luz verde al proyecto Jes-33 —dijo el presidente y de inmediato todos lo hicieron. La decisión era unánime—. ¡Bien! Que las secciones de diseño y tecnología se pongan a trabajar de inmediato. Se levanta la sesión, gracias por su asistencia.

El presidente le hizo una seña a Jeo para que esperara a que los demás salieran.

—Jeo, ¿podemos hacer todo eso?, es decir, ¿de verdad es viable?

—Nada que no podamos resolver con nuestra tecnología, señor; todo ha sido calculado de acuerdo a los algoritmos. No habrá quien compita contra nosotros. El planeta recién descubierto será nuestro.

—¡Confío en ti, muchacho! Oye, eso de convertir el agua en vino y la multiplicación de los peces me pareció formidable.

—Así es como se enajena a las masas, señor. Milagros del marketing.

Ambos rieron y abandonaron el salón.

Anuncios

Santo remedio


—Pásele, doña Cholita. Pero ¿qué anda haciendo por estos polvorientos caminos?

—Pues me enteré de la enfermedad del compadre y quise pasar a ver cómo sigue.

—Igual, comadrita, ni pa’ tras ni pa’ delante.

—Le traje un queso fresco y un cuartillo de maíz, ya sabe, comadre, pa’ que no falte el taco en estos tiempos en que el compadre no está bueno.

—Muchas gracias, Cholita. Deje y pongo esto en la mesa. Pero pase, ande, con confianza, si casi somos familia. Para acá está Gumaro, acostado. Así está todo el día, a veces se para al baño y otras…

—¡Santo Dios! ¡Está hecho un costal de huesos! Con el perdón, Dolores, pero esto no es empacho por comer tlacuache; esto es más grave.

—Sí, Cholita. Mire, con su permiso le enseño. Le cambié la camisa y me di cuenta de los moretes y de estos chipotes que le salieron en la frente.

—¡Ay, virgencita! Pero ¿dónde fue a pescar semejante mal? Ni modo que por tomar agua del río; todos tomamos de allí.

—No sé, comadre. Pasó hace casi ocho días, el domingo, cuando íbamos a entrar a la misa, me dijo que sentía harta picazón en todo el cuerpo. Nos regresamos y le di una friega de alcohol, pero no se alivió. Desde ese día se ha puesto peor.

—¿Sabe qué? Póngale manteca con alcanfor en los chipotes pa que se le bajen. Lo machaca bien en el molcajete y luego se lo unta y a’i se lo deja toda la noche y santo remedio.

—Ta bueno, comadre. Y pa los moretes no sé que ponerle.

—Hay un remedio, na’ más que hay que conseguir hojitas de mariguana.

—Pero ¡yo ni fumo, comadre, me ahogo con el humo!

—No, Dolores, hojitas verdes. Las pone en un frasco con harto alcohol y las deja ahí unos tres días que le dé el sereno. Después le da una friega en todo el cuerpo a mi compadre Gumaro.

—¿Y dónde las consigo, Cholita?

—El marido de doña Juana siembra atrás de su milpa y dicen que se la fuma. ¡Vaya usté a saber! Yo se la consigo y se la traigo ya preparada, si quiere, pues.

—Ta bueno, comadre. ¡Ay, ya se despertó!

—¿Qué tanto dice, comadre?

—¡Sepa! Parece que se le ha olvidado como hablar en cristiano, farfulla y farfulla pero no le entiendo nada.

—¡Ay, Santo Niño! ¡Qué lenguota! Comadre, mejor hay que llevarlo al pueblo.

Orita se le pasa, Cholita, na’ más le leo los evangelios y se tranquiliza.

—Hay que curarlo de susto, Dolores. Ora que le traiga el remedio, me jalo a doña Jacinta pa’ que lo cure, ya ve que es rebuena para esas cosas, alivió al chamaco de Mauricia: se le había caído la mollera.

Ta bueno, Cholita, se la trae y aquí les doy de almorzar.

—Me retiro porque ya se está levantando el sol y ’ta largo el camino.

—Llévese esta anforita con agua pa’l camino, está fresca.

—Ándele pues. La dejo pa’ que haga sus quehaceres. Córtele las uñas al compadre Gumaro, miré, tan largas que parece que no se las ha cortado en meses.

—Están reduras, Cholita, ando buscando las alicatas porque el cortaúñas na’ más no le entra.

—Ande, ande. Nos miramos luego, Dolores.

—Vaya con Dios, Cholita.

***

—A ver, viejito, que tienes, m’ijo. Te vas a poner bueno, ya verás. Le voy a pedir a Dios que te alivie. Orita te voy a rezar y luego te doy un taco de queso con salsa.

»Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…, pérate m’ijo…, ¡Cálmate! ¡Tate sosiego! ¡Santo Dios! ¿Qué haces? ¡Ayyyy, me lastimas! ¡Gumaro! ¡Gumaro! ¡Ayyy…! ¡Aggggh…!

Rompecabezas de azul


Porque podría estar haciendo algo diferente desde hace un buen rato, sin embargo, no despegaba la vista del suelo, ahí estaba lo que acababa de hacer. Y no era solo el hecho de ausentarse y contemplar: quería de verdad solucionar el problema que tenía ante sí. Iban y venían recuerdos a su cabeza igual que posibles soluciones, pero solo podía permanecer inmóvil ante el desorden de piezas de azul a sus pies. Aunque su mente se desviaba del tema principal, algo le jalaba, como un control remoto que corrige la trayectoria errática de un dron. «¿Por dónde debía empezar?», se preguntaba. Era fácil hacer trampa y deshacerse de algunas piezas, pero ella quería conservar hasta la última. «¿Qué color resulta de mezclar el rojo y el azul?», murmuró mientras se veía las manos… Y otro rato de parálisis. Por fin decidió, casi cuando el sol se anunciaba en el cielo gris. Recordó un gran baúl abandonado en el estudio. Bien podría guardar todas las piezas ahí. Lo arrastró hasta la habitación a pesar de sus extremidades enteleridas y doloridas por el esfuerzo que había hecho antes. Por fin, fue acomodando una a una cada pieza y con ella un número igual de recuerdos. Sabía que nunca volvería a armar aquel rompecabezas. Por un momento pensó si de verdad era tan egoísta como le habían dicho antes. Encogió los hombros, bajó la tapa del baúl y dijo para sí: «Si no es para mí, no será para nadie». Soltó un largo suspiro. Pensaría que hacer con el baúl mientras tomaba un baño de tina para quitarse lo rojo de encima, no le gustaba. Era más bonito el azul.

Neorredentor II


En mi mente, el tiempo corre en diferente dirección, porque quizá para mí no existe la certeza de un mañana. Es por eso que la misión que debo cumplir no es del todo esperanzadora; sin advenimientos ni mesías imaginarios. ¡Cuántas dudas sin resolver! Y no es una profunda reflexión, es tan solo el resultado de voltear y observar a la gente. Prestar atención. Pensar. Aunque mis conclusiones no sean del agrado de todos, menos de aquellos que mendigan por purificación sin pensarlo. Estoy aquí de pie, sudando por las emociones contenidas; intentando comprender qué es lo que define a una persona. Nací y crecí. Durante ese lapso morí en varias ocasiones y de diferentes maneras sin que a nadie le importara: todos están ocupados buscando, arrastrando sus vidas tras de sí en pos de un espejismo llamado felicidad. Esclavos de su hedonismo sin sentido. Podría burlarme, pero solo aprieto las mandíbulas, hago rechinar mis dientes para ignorar el sabor amargo de lo oscuro que trepa hasta mi boca. Me pregunto si el odio que nace de mí es una dimisión a continuar siendo humano. Sé que la indulgencia está muy lejos y que esa distancia se mide a la velocidad de la oscuridad; tal vez más lejos de lo que está Dios de los hombres, por eso no alcanza a escuchar las plegarias y por conveniencia juega a sentirse olvidado. Mi cuerpo tiembla y reacciona al combinarse en él elementos químicos naturales con la necesidad libertaria de justificar a una especie.

Tengo a uno del rebaño aquí postrado, lloriqueando porque sabe que su redención ha llegado en una sorpresiva epifanía: ensuciando con mocos y lágrimas sus finas prendas; con las rodillas doloridas, queriendo tomar su mundillo encerrado en un maletín y huir, escapar del perdón. Todo el tiempo han evadido con preguntas retóricas lo que pretenden no saber y cuando llega la hora de la verdad se mean y chillan. ¡Malditas criaturas! Persiguen la prosperidad imitando, haciendo lo mismo que otros millones hacen, pero se sienten únicos: de lunes a viernes frente a una pantalla en un cubículo, arrastrando sus dedos y sintiéndose omnipotentes porque en su escritorio pueden tener unos cuántos recuerdos enmarcados, aprisionando con un cristal esas fracciones de tiempo. Tan ingenuos, tan iguales…, tan despreciables.

El percutor de mi arma hace lo suyo. Mientras la bala viaja, en la cabeza de este estúpido se generan sentimientos salvajes, agrios y amargos. No sabe que al impacto dejará de ser uno más, aunque esté enmudecido y paralizado. Lo miro a los ojos, en ellos está la respuesta a lo que pretende no saber: la asepsia de su alma.

El olor a pólvora me trae de mi desprendimiento. Guardo mi pistola y salgo del callejón. Me mezclo con las indiferentes masas. Soy uno más de ellos, una oveja más en el rebaño, pero ellos no saben que soy su redentor.


Pueden leer la primera parte de este relato, Neorredentor I, en la recopilación Claro Oscuro por Carlos Quijano, publicada por Editorial Salto al reverso. Más información aquí: Claro Oscuro – Carlos Quijano.

Payasos


—Mi madre tenía una colección de payasos de porcelana. Los tenía en unas repisas de cristal en la sala de estar. Nunca pude permanecer en la sala si no había luz en la habitación: por alguna razón infantil, creía que los payasos cobraban vida y se movían en la oscuridad. Se lo comenté a mi madre; me prohibió las historietas y supervisaba lo que veía en la televisión.

»Fue en una tarde lluviosa, mientras jugaba en la sala de estar con bloques de Lego, cuando hubo una falla en la energía eléctrica y toda la colonia quedó a oscuras. Corrí a la ventana a correr las persianas para que entrara lo último de la luz del día. Mientras me apuraba a la tarea de iluminar un poco la sala de estar, escuché un tintineo y quedé paralizado; no quería darme vuelta, pero mis ojos contemplaban como la oscuridad avanzaba; los cerré, apreté fuerte los párpados. El silencio gobernaba la habitación, ni siquiera se escuchaba mi respiración, incluso cuando escuché un ruido parecido al que hace una botella que se bambolea antes de caer, contuve el aliento. No quería voltear. Con mis manos sudorosas apretaba con fuerza el cordón de las persianas e hice una inspiración rápida cuando oí el sonido de las piezas de Lego revolverse. No pude más. Solté el cordón, abrí los ojos y me di vuelta. Lo que vi a continuación me puso la carne de gallina: una silueta apenas delineada como la de una rata que se yergue sobre sus patas traseras cuando se siente amenazada y, lo más espeluznante, la sonrisa socarrona y fulgurante de un payaso.

»Quise correr, pero no me movía del lugar a pesar de que mis piernas se alternaban para tocar el suelo, tal y como lo hace un jugador de fútbol americano en un entrenamiento. Salté al sofá por instinto. Tomé uno de los pesados cojines con relleno de pluma de ganso y lo aventé en dirección a la figura del payaso, erré con mi improvisado proyectil y tomé otro cojín. Hice lo mismo, pero este sí cayó con todo su peso haciendo añicos al maldito payaso. Los pedazos de porcelana se deslizaron por el piso, revolviéndose con los legos. Mi alma no volvió al cuerpo porque pude distinguir otras tres siluetas oscuras que venían hacia mí con todo y sus sonrisas fulgurantes y diabólicas. Solo me quedaba un cojín, tenía que ser un lanzamiento perfecto, como los de Fernando Valenzuela. Entonces vi que la distancia entre los payasos era mayor que el tamaño del cojín. Se me ocurrió lanzarlo como lo hacía con mi disco Invasor —ahora lo llaman frisbee—, así que salté del sofá y tomé el cojín con las dos manos, cobré impulso y lo lancé al ras del suelo contra los payasos, me fui de espaldas contra el sofá por la inercia y miré como el cojín impactaba a los payasos contra la pared y los hacía trizas. Toda una chuza. Cuando creí que el mal rato había pasado y que había sido todo lo valiente para luchar y acabar con esas diabólicas figuras de porcelana, se restableció la energía eléctrica, justo en el momento en que mi mamá entraba a la sala de estar y contemplaba su costosa colección de payasos hecha añicos.

»No hubo argumento convincente en el universo para evitar que me tundiera esa noche, además del castigo que se prolongó varias semanas: nada de historietas, nada de televisión, nada de juegos en el patio ni legos. Fue aburrido estar en cama todo ese tiempo.

»Desde entonces le tengo pánico a los payasos, doctor.

—Entiendo.

Esa soledad


El trabajo nocturno era una buena pantalla para su particular modus vivendi. Tenía la coartada perfecta, si es que en alguna ocasión le llegasen a cuestionar: «De noche trabajo, de día, duermo». Sobre todo, después del sinsabor que ocasionó la vecina entrometida del edificio de apartamentos; la había denunciado a la policía argumentando que ejercía la prostitución en un lugar que debía ser considerado decente y familiar. «Maldita mujer», por su inoportuna intervención debió dejar el cómodo y reservado departamento. Tuvo que huir. Una tarde, después de estar sentada a la orilla del lago artificial, alimentando a los patos, a su regreso al refugio, se percató de la presencia policial. Precavida como toda cazadora, no abusó de su suerte y al ver las patrullas estacionadas frente al edificio, discreta se acercó y preguntó a uno de los policías que montaba guardia en la entrada.

—Señor oficial, ¿qué ha ocurrido? —dijo con ingenuidad. El agente, con actitud prototípica, la miró de arriba abajo, cambiando su porte mal encarado, por una caricaturesca gesticulación de hombre guapo y rudo.

—Circule, señorita, estamos atendiendo una denuncia anónima de trata de personas y prostitución —contestó el policía observando sin recato el cuerpo curvilíneo de Vera.

—¡Dios santo! Pero ¿quién puede ser capaz de tal atrocidad? ¿Sabe usted quién es? —preguntó Vera con naturalidad convincente.

—Es en el cuarto piso, pero ya tenemos la situación bajo control —respondió el agente con aires de suficiencia.

Ella sonrió con la más encantadora sonrisa que exhibía su perfecta dentadura. Se dio vuelta y se dirigió hacia la estación del tren subterráneo. El guardián del orden miró hasta donde pudo el contoneo hipnótico de las caderas de Vera y retomó su consigna de resguardar el acceso.

Vera se sostenía del tubular en el vagón vacío. Miraba su reflejo en el cristal de la puerta corrediza. Coloridos cometas atravesaban la oscuridad del túnel. Se alejaban y servían para otros como luces de posición. Sombras y luces. Tan monótono como su trabajo en la planta: mirar la banda infinita de la cadena de producción, atenta y abstraída. Estaba prohibido hablar mientras realizaban su trabajo de control de calidad a guantes quirúrgicos. Las áreas esterilizadas les impedían moverse constantemente, solo para lo necesario, lo muy necesario. Dado que era un trabajo nocturno, era bien remunerado, así, detrás del aséptico disfraz se mantenía en un perfil bajo.

Se leía en un amarillento letrero pegado a un lado de un mohoso reloj: «No nos hacemos responsables por objetos de valor no depositados en la recepción». El tipo del mostrador por fin le entregó la llave de la habitación, después de que se había rehusado a aceptar el pago con tarjeta de crédito. Vera tuvo que caminar unas calles más para encontrar un cajero automático y disponer de efectivo para pagar el alquiler de la habitación. Fue lo primero que encontró en su deambular. Necesitaba pensar, planear su estrategia, moverse a otra ciudad, desaparecer de nuevo. Desde que tenía uso de razón, su vida era a salto de mata, tan nómada, tan carente de raíces, tan solitaria.

—No olvide devolver el control remoto —dijo el encargado de turno.

Vera giró de súbito para encarar con mirada dura al encargado que le miraba con descarada desfachatez el trasero. El tipo intentó disimular, pero los ojos casi animales de la mujer lograron intimidarlo.

Tumbada en la cama de la habitación, efectuaba ejercicios de respiración para relajar su cuerpo y clarificar su mente. Tenía mucho en qué pensar. Su primera duda era la policía. En ese país era muy rara la manera en que se aplicaban las leyes. Se arriesgaría a ir a la planta a trabajar. Lo que más le preocupaba era el día en que esa hambre se hiciera manifiesta; el día en que tuviera que cumplir el obligado ritual. Faltaban un par de semanas, pero debía actuar rápido. Desechó por completo la idea de mudarse a otra ciudad. No por el momento. Revolvía una y otra vez sus pensamientos, como se hace cuando el azúcar no acaba de disolverse en el té. Era cierto que ella no había pedido ser lo que era, de eso estaba convencida. Sabía que tampoco podría resistir más esa ausencia involuntaria de compañía. «¿Podría vivir en pareja con un ser humano? Imposible», pensó. Solo copulaba antes de saciar su apetito; en otras circunstancias no sentía ninguna necesidad sexual ni siquiera de procrear. Su condición de máximo depredador la condenaba de modo inexorable a esa soledad.

Dormitó por ratos. No confiaba en el administrador del hotel. Cuando atardeció, salió al aire frío de la avenida. El anuncio oportuno y un café para llevar acompañaron sus pasos hasta el lago artificial. Un nuevo lugar para vivir era el objetivo. Encontró un anuncio que ofrecía una casa sola. Iría en la mañana después del trabajo.

***

Raúl le miraba siempre sin decir una palabra, sus ojos expectantes esperaban a que ella le dijera algo. Vera pasaba teledirigida frente a él. Todo el personal del turno nocturno de la planta la catalogaba de rara y demasiado callada, cosa que, en vez de molestarle, le complacía. A la hora de la cena, Raúl intentó acercarse un poco más a Vera. Desde un extremo de la mesa del comedor de empleados la seguía con la mirada esperando a que pasara cerca y ofrecerle un lugar para sentarse junto a él. Vera accedió más por curiosidad que por algún tipo de atracción: el chico no era de su gusto. Era más bajo que ella, de complexión delgada, introvertido y callado. No se molestó en intentar algún tema de conversación, él bebía café sin ni siquiera haberle dado un mordisco a su emparedado. Vera por su parte, había dado cuenta de toda su cena y con toda la intención volteó a mirar la comida de su compañero.

—Adelante, puedes comerlo —dijo Raúl, al tiempo que empujaba el emparedado hacia Vera.

—Muchas gracias —contestó ella indiferente. Lo engulló rápido y sin más se levantó para volver a su puesto en la línea de producción.

***

La casa era una de esas construidas en las afueras de la ciudad: vieja, de paredes sólidas y altas, aislada en el centro del terreno, con mobiliario que aparentaba ser del siglo XIX. El casero era un hombre jubilado de andar irregular, malhumorado, seco y parco de palabras. La única emoción que mostró fue cuando Vera iba poniendo sobre su mano, uno a uno los billetes que cubrían la renta de los siguientes seis meses. Extendió el recibo hecho a mano con caligrafía temblorosa y prometió entregarle una copia del contrato de arrendamiento.

Vera pasó el primer día intentando acostumbrarse a los ruidos de la casa. No fue a la cama sin antes revisar puertas y ventanas. Había demasiadas entradas y salidas, pensó. La cama tenía olor a viejo, en toda la casa se respiraba antigüedad.

A unos cuantos días de haberse instalado en su nueva residencia, unos fuertes golpes en la puerta principal interrumpieron su día de descanso. De un salto se puso de pie y casi corrió a la entrada sin darse cuenta que solo traía una playera de algodón y calcetines. Miró entre la persiana y alcanzó a ver el azul de una prenda. Abrió con duda, no esperaba ninguna visita. El hombre era muy alto, corpulento, de facciones angulosas, llevaba el cabello muy corto, erizado, camisola y botas de trabajo. Portaba una caja naranja con herramientas. Vera recordó una escena similar de una película softporn de un canal de cable. El tipo se presentó como trabajador de la empresa contratista que hacía labores para el casero. Informó que haría varias reparaciones a la vivienda, que evitaría dar molestias y que llegaría muy temprano por la mañana y se marcharía antes de oscurecer.

Durante todo el tiempo que duraron los trabajos de reparación, Vera no podía dejar de mirar con genuino interés al trabajador; le espiaba cautelosa. Adivinaba los enormes músculos debajo de la camisola de mezclilla y estaba cautivada por el tono grave de su voz. Se sentía inquieta cuando el trabajador la miraba a los ojos, pero más que inquietud, era una sensación extraña que le obligaba a ponerse alerta y al mismo tiempo de buen humor. Notó que inventaba pretextos para entablar conversación con el hombre.

—¿Está todo bien? ¿Se le ofrece algo? Tengo que salir un momento —dijo Vera con tono más que solícito.

—Muchas gracias —contestó el hombre— estoy bien, señorita.

Vera no pudo más que soltar una auténtica carcajada después de escuchar al reparador.

—¿Qué? ¿Dije algo mal? —dijo soltando la herramienta mecánica que estaba utilizando y mirando a Vera genuinamente consternado.

—Vera, —dijo mostrando su envidiable sonrisa— mi nombre es Vera. Disculpa, me causó mucha gracia lo de «señorita»; ya casi nadie utiliza esa palabra.

—Ah…, ante todo la cortesía y el respeto. Mucho gusto, Vera. Mi nombre es Axel —dijo mientras se despojaba del guante de trabajo y estiraba la mano para estrechar la de Vera—. Es parte del trabajo, ¿sabes? Debemos ser amables con los clientes.

—Lo siento, soy una desconsiderada. Lo lamento de verdad. Tengo que irme.

—Que te vaya muy bien… —dijo Axel y agregó—: Me iré en unos cuántos minutos, ¿por qué no me esperas? Te puedo llevar en la camioneta.

—¿De verdad? —preguntó Vera por mero formulismo. Le encantaba la idea de que la llevara. Podría platicar más con él.

—Déjame recoger la herramienta y nos pondremos en camino —dijo Axel apresurándose con la caja naranja—. Quizá podemos ir a comer algo, ¿quieres?

A Vera le brillaron los ojos. No solo por la invitación a comer, sino porque era una excelente oportunidad de romper el hielo. Empezaba a experimentar sensaciones extrañas; a advertir reacciones físicas que no había sentido antes. Axel le gustaba, sin embargo, la atracción iba más allá de la mera satisfacción de su primitiva necesidad. Era algo más que todavía no podía entender.

Durante la cena, Vera estuvo atenta a todos los movimientos de Axel. Resultó ser un hombre encantador y muy divertido. Al recapitular sobre eso, Vera se preguntaba por qué le eran más notorias estas cualidades. Estaba más acostumbrada a fijarse en el aspecto físico y a evaluar a conveniencia si el prospecto era idóneo para sus fines alimenticios. Aunque Axel le satisfacía en ambos aspectos, había una chispa que le acaparaba la atención y le hacía vacilar.

* * *

—¿Quieres mi cena? —dijo Raúl, interrumpiendo los pensamientos de Vera. Ella lo miró sin poner atención a la pregunta. Raúl dirigió su mirada al recipiente con comida que estaba en la mesa. Lo acercó un poco a Vera.

—¿Cómo sabes cuando estás enamorado, Raúl? —dijo Vera, ignorando la invitación.

Raúl la miró a los ojos con la intención de enterarse si se trataba de una broma o era una duda auténtica. La fuerte mirada de Vera le dio la respuesta.

—Pues…, bueno, es parecido a vivir en un mundo a todo color. Todo te parece distinto y las cosas que hasta antes veías mal, las notas diferentes, mejoradas. No sé…, alguna vez me pasó, hace mucho.

—¿Sientes algo dentro de ti? —Verá se llevó la mano al pecho—. ¿Algo que te vibra dentro?

—Sí… puede ser —contestó Raúl— ¿Estás enamorada, Vera?

—Aún no lo sé —puntualizó

* * *

Sentía el peso de Axel sobre su cuerpo. Él transpiraba y Vera se dejaba seducir por el olor corporal. Por primera vez se dejó dominar por el macho; el solo hecho de sentirse subyugada elevaba su excitación a tal grado que nunca antes había percibido. Axel embestía con rudeza y a la vez la besaba con ternura. Vera acariciaba los músculos hinchados por el flujo de sangre; lamía, mordía, besaba y cada vez que miraba los ojos de aquel hombre, encontraba una chispa de luz que le hacía perder la estabilidad y le obligaba a pedir más, hasta explotar. Luego, ambos jadeantes, respirando ya no del aire, sino de sus alientos, alcanzaban juntos el punto más intenso del orgasmo. Vera, embelesada y fascinada por el desempeño físico de Axel, trataba en vano de prolongar el placer más allá de sus cavilaciones; la claridad le llegó del mismo modo que a un músico drogado cuando reacciona ante un poderoso compás que lo devuelve de su viaje: podría ser amor; una relación tan cotidiana igual a la de la Luna con la Tierra o tan distante como Caronte y Plutón. Estaba a pocos días de su ritual cíclico y por alguna razón que desconocía, no quería que Axel fuese la víctima.

* * *

Se encontraba en el comedor de la fábrica mordisqueando una papa frita. Más ausente que de costumbre. Encerrada en el dilema de lo que debería hacer con Axel. Había entendido hacía mucho tiempo el concepto que la sexualidad representaba para los humanos; lo había comprendido al grado de hacerlo su arma principal para la efectividad de su cacería. Conocía que era uno de los puntos más débiles que podía tener un hombre. Sin embargo, con lo que estaba experimentando, sencillamente no tenía respuesta.

—Hola, Vera —dijo Raúl al momento de acomodarse a la mesa—. ¿Ya has terminado de cenar?

—Hola. Casi, estoy por acabar —contestó Vera regresando al aquí y al ahora.

—Ten —dijo Raúl acercándole un emparedado. Vera lo aceptó. Se encontraba en el punto más álgido de esa hambre. Al día siguiente debería cumplir con el ritual.

—Gracias, Raúl —dijo—, siempre tan amable. ¿Por qué eres tan atento?

—La gente no es muy amable contigo, lo he visto —dijo comenzando a emocionarse—. Dicen muchas cosas de ti, sobre todo, que eres rara.

—Rara… Sí, creo que lo soy. No están muy equivocados.

—Eres linda —dijo con marcada timidez—. Yo solo… Me caes muy bien y me gusta verte cuando comes. Es increíble tu apetito.

—No sabes cuánto —dijo Vera. Sonreía usando todo su encanto—. Raúl, si te invito a mi casa mañana, ¿irías?

—¿Yo? —dudó por un momento sobre lo que estaba escuchando. No podía sostener la sonrisa esperando que todo fuese una broma—. Vera, ¿lo dices en serio?

—Sí. Me encantaría comer contigo —dijo Vera, sonriendo aún más por la involuntaria ironía en sus palabras.

***

Sabía de antemano que su compañero de trabajo no era del tipo que acostumbraba a seleccionar para su ritual. Mas está vez, debido al precipitado paso de los días, haría una excepción. Lo miraba con tal avidez que Raúl se movía inquieto en su asiento. Estaban sentados en una rústica mesita. Había una vela aromática en el centro, dos cubiertos y una botella de vino ya descorchada. Raúl se sentía el hombre más afortunado del mundo y en su inocencia, agradecía su estrategia de convidar a Vera de sus alimentos en el comedor de la fábrica. Al percatarse de la timidez de Raúl, Vera dejó de guardar las apariencias y saltándose todo modal sobre la mesa, subió en ella para alcanzar a su presa. Pudo olfatear la loción corriente con la que literalmente se había bañado Raúl. Se acercó provocativa, rozando con sus labios la mejilla de Raúl; él a su vez no sabía qué hacer, sus manos torpes no se decidían entre tocarle los senos, abrazarla o hacer algo para corresponder a la hembra en celo. Ella empezó a besarlo de la manera más lasciva y excitante, su cuerpo se estremecía. Raúl sentía que el aire le faltaba, pero no quería dejar de sentir. Cayeron al suelo. Vera se despojaba de su blusa y él hacía lo mismo con sus ropas. Seguía pensando sobre el golpe de suerte que había tenido con semejante mujer. Vera con celeridad, ayudó a Raúl para que la penetrara. Ella se movía con sensual cadencia en un principio, sabía que, en unos minutos, Raúl enloquecería de placer. Siguió con el vaivén y a usar sus desarrollados músculos pélvicos, algo que de inmediato advirtió Raúl y lo externó con un prolongado gemido. Duró mucho menos de lo que Vera había calculado. En cosa de unos minutos, Raúl estaba inconsciente.

Raúl solo regresó de su inconciencia una sola vez y se volvió a desmayar cuando miró a Vera con la mandíbula desencajada, dispuesta a tomar el primer bocado. Con mucha rapidez, Vera lo devoró hasta el último hueso. En un santiamén no quedó nada del ingenuo compañero de trabajo. Ansiaba ver a Axel, pero después del ritual, tenía que esperar un par de días a que le aminorara la risa sin razón.

* * *

En los días de ausencia, Vera intentó poner en orden sus pensamientos y trató de empatarlos con sus emociones. Llevaba mucho tiempo en este mundo y nunca le había ocurrido algo semejante. Lo de menos habría sido acudir con alguien que le pudiera solucionar sus dudas, mas no tenía a nadie. Era una solitaria. Se había abierto paso confiando en sus instintos, siempre aprendiendo por ella misma. Ahora esa soledad que tanto le había servido en el pasado, le jugaba una broma pesada al no poder contestarse las interrogantes que se le planteaban en esos momentos. Se durmió sin tener una visión clara de su futuro.

Axel no hizo preguntas por el inusitado distanciamiento. Tenía claro que debía darle espacio a Vera. Las cosas habían sido inusualmente rápidas; no era mala idea desacelerar un poco. Lo que no podía pasar por alto era que no tuviera un número telefónico ni un móvil. Así que tan pronto terminara sus labores, pasaría a su casa a buscarla. Deseaba estar con ella. Había sido hasta ese momento una experiencia sexual sin igual. «Sexo, no sentimientos». Eso estaba mejor. La encontró con su acostumbrada playera roída; el estampado había desaparecido y los calcetines de colores le daban un toque divertido. Se besaron sin decir más: sintiéndose, saboreándose, complaciéndose.

—Axel, ¿estás enamorado? —dijo Vera rompiendo el momento.

—Sí —dijo Axel desviando la mirada—. Eres lo mejor que me ha pasado, Vera.

La levantó en vilo, su corpulencia y fuerza le permitían hacer eso, aunque Vera no era delgada en exceso, sí tenía un peso que no aparentaba su constitución física. La llevó a la cama y una vez más el instinto animal se reveló en sus cuerpos.

—Te extrañé —dijo Axel acariciando con las yemas de los dedos la suave piel del hombro de Vera—. Fueron unos días largos. Necesitaba estar contigo.

—Yo también, pero ya sabes, cosas de chicas —dijo Vera mintiendo y reviviendo en su cabeza el estúpido pasaje con Raúl.

Él jugaba con el cabello de Vera, la miraba contemplando sus deliciosas líneas. Despertaba una vez más el deseo y comenzó el juego. Esta vez se sorprendió cuando ella se movió de tal modo que se zafó fácilmente de su abrazo y se colocó sobre él. Vera lo miraba a los ojos y buscaba la chispa que había visto antes, pero no la encontró. Le acometió un sentimiento de duda, sin embargo, no paró de copular.

Los días pasaban de manera extraña para Vera. En el trabajo hubo paro laboral, los trabajadores reclamaban mejores condiciones y un aumento en el salario. Axel aparecía y desaparecía por varios días. Pero lo que más la puso en alerta fue el interrogatorio de la policía al que fue sometida. Le inquietaba sobremanera que el agente asignado le tomara sus datos, más que la manera libidinosa en que la había mirado todo el tiempo que duró la entrevista. Confiaba en que la desaparición de Raúl fuese una más en la abultada estadística de crímenes sin solución de aquella ciudad. Ya se había librado en muchas otras ocasiones, pero esta vez, su inestabilidad emocional la hacía sentir vulnerable. Abstraída con tales vicisitudes, descuidó el calendario y los días se habían escurrido con la velocidad de un líquido.

«¿Y si no cumplía el ritual y solo se dejaba matar por esa hambre? ¿Cuánto tiempo aguantaría? ¿Si le contase la verdad a Axel, lo entendería? ¿Por qué le dolía en algún lugar pensar en todo esto?» Estaba a oscuras, sentada en la salita, fustigándose con tantas dudas. Sabía que quizás era la última de su especie, no había conocido a nadie semejante a ella y sus antepasados habían sido descuidados e insolentes por eso habían sucumbido. Pero ella había sido inteligente, había pasado la prueba del tiempo y ahora se sentía perdida, extraviada en sus propios sentimientos. No había visto a Axel en varios días. Qué fácil era acostumbrarse a él, mas era una señal de debilidad, por eso la especie humana era como era, por sus debilidades. Sentía pánico al pensar que estaba enamorada de aquel hombre. Una parte suya, quizás la más depredadora, rechazaba la idea, pero otra parte de su ser, hasta ahora desconocida, se aferraba con mucha fuerza al hombre, al sentimiento, al amor.

Escuchó la puerta, era Axel. Lo miró entrar con su estúpida sonrisa en la cara. Tuvo ganas de atacarlo, de morderlo y matarlo, pero se contuvo. No le costó trabajo sonreírle y ofrecerle sus brazos. La parte desconocida la dominaba con gran facilidad. Axel, seguro de sí, la abrazó y con las manos recorrió las caderas de Vera. La cercanía avivó las ganas de los dos y se entregaron a satisfacerlas.

—¿Me amas? —susurró Vera, sin obtener respuesta, preguntó otra vez—: ¿Me amas?

Axel guardaba silencio, solo se escuchaba su respiración pesada mientras su cara se escondía entre los senos de Vera. Ella se retiró un poco para mirar los ojos de Axel. No encontró la chispa; no encontró nada.

—Vamos, Vera, no es momento para hablar de eso —dijo Axel fastidiado—. Tengamos sexo, eso es lo que importa.

—Sexo. ¿Eso es lo que quieres? —preguntó Vera, aunque ya sabía la respuesta—. Está bien, tengamos sexo.

Al terminar de pronunciar esas palabras, ella juró escuchar que algo dentro de su ser se rompía con un sordo crujido. La parte desconocida huía cual animal asustado ante la parte depredadora que declaraba su supremacía. Había sido un lapso de dispersión, pero ahora se proclamaba más fuerte y poderosa que nunca.

Vera hizo uso de su increíble fuerza para someter a su dominio a Axel. Él creyó que se trataba de un nuevo juego y le excitó la idea. Sintió más ardiente el cuerpo de Vera que de costumbre y cuando ella se introdujo a sí misma el pene, Axel estalló por primera vez. Los movimientos de Vera eran frenéticos, sus músculos pélvicos apretaban y soltaban imitando a una pequeña boca. Axel, que tiritaba por el goce que ella le estaba propinando, empezó a sentir un vértigo inevitable, la habitación daba vueltas sin poder identificar en que dirección. Miraba a Vera idéntica a una diosa erótica y malvada que le estaba aspirando el alma para castigarla en un infierno inapagable. Tuvo una sucesión de orgasmos tan intensos y en tan corto tiempo uno de otro que sentía que se iba a romper. Gritó con una mezcla diabólica de goce y dolor y perdió el sentido. Vera era una fiera jadeante después de una larga persecución. Bañada en sudor, su piel brillaba de la misma manera que su mirada famélica. Se movía rápido, había decidido consumar el ritual.

La enorme mordida que recibió en el pecho lo sacó de su inconciencia. Vera lucía demoniaca con la mandíbula desencajada, los cabellos húmedos de sudor y los pechos escurriendo sangre. Axel dudó durante un segundo antes de tirar el primer golpe. Vera o la criatura que estaba frente a él se tambaleó un poco, pero se recobró de inmediato para saltarle encima. La recibió con un par de golpes más, pero a pesar de la fuerza con que la impactaba, no lograba hacerle ningún daño. La siguiente mordida abarcó gran parte de su brazo y su hombro, el dolor lo hizo patalear y alejó un poco a la bestia; no fue suficiente y la siguiente embestida fue con tal brutalidad y rapidez sobrenatural que creyó que era atacado por una jauría hambrienta. Axel ya no pudo defenderse.

Vera había terminado a tiempo la deglución. Desnuda y de rodillas volvía a la normalidad. Aunque notaba que un pequeño remolino comenzaba a hacerse un huracán en su interior. La parte desconocida regresaba cautelosa, evitando ser descubierta por la parte predadora. Las dudas levantaron el vuelo en bandada. La fuerza que le proporcionaba la transubstanciación la hacía temblar. Axel había sido una buena presa, un merecido trofeo. Ahora formaba parte de ella, lo había llevado a la tierra sin mal. Notó que los ojos se le llenaban de agua, la parte desconocida guardaba su distancia, pero sabía que se quedaría ahí para siempre; para recordarle que había amado a Axel; que pudo sentir amor. Ahora en la solitaria casona, en medio de la noche, en la oscuridad de la habitación cayó en la cuenta de su insalvable realidad: siempre sería el depredador, el único que el hombre tenía, la única en su especie, todo eso que de manera irremediable la condenaba a esa soledad.

Dos veces uno


De repente todo le pareció tan familiar: el dolor en los hombros, el ardor en las muñecas, el olor a orín y polvo. Quiso hablar, pero la cinta americana le impedía hacerlo. Tenía cubiertos los ojos y sentía la textura de una tela burda y tiesa en sus dedos. Tampoco podía mover las piernas, estaba atada de los pies. Todo le resultaba en un recuerdo; no como un dèjá vu que ofrece el beneficio de la duda, sino como algo ya vivido, algo que había estado oculto en su memoria y regresaba en ese momento. Quiso abrir la boca de manera que la cinta se despegara, pero fue en vano; tenía varias capas que se lo impidieron. Intentaba jalar más aire, sentía una de sus fosas nasales tapada. El terror le acometió cuando escuchó una voz. Esa voz que odiaba porque tenía el control sobre ella y no por mandato, sino por intimidación.

     —¡Tranquila, hija de la chingada…! Enderézate, ándale, así —dijo la voz al tiempo que la sujetaba por los hombros doloridos y le quitaba los mechones de cabello de la cara. Ella tenía pánico de volver a sentir sus manos como la vez anterior por lo que dobló su tronco lo más que pudo, intentando protegerse.

     Todo había vuelto casi a la normalidad después de esos infernales veintisiete días. Volvió a salir con sus amigas, regresó a su trabajo en la oficina, no pudo seguir con su novio por el rechazo de él después de que ella le contara los pormenores de su ausencia. Ese terrible recuerdo se iba diluyendo a pesar de todo. Nadie le preguntaba nada y eso le ayudaba mucho.

     —¡Que te endereces, carajo! ¡¿Qué no entiendes?! —rugió la voz mientras le levantaba la cabeza tirando de los cabellos.

     Iba con Yuse, su mejor amiga, al nuevo centro comercial, solo a recorrer las tiendas de ropa y tal vez a arreglarse el pelo en la estética de Valentino.

    —¿Y si comemos algo antes de ir con Valentino, Fer? —dijo Yuse.

    —No sé. Ya es un poco tarde, pero dicen que no es bueno que te corten el pelo después de comer —replicó ella, abriendo los ojos en gesto de cómico horror.

     Rieron juntas. Yuse manejaba y se alegraba de que la avenida principal estuviera despejada. Pisó el acelerador un poco más. Antes de tomar el paso a desnivel para acceder al centro comercial, un vehículo les cerró el paso, colocándose frente a el coche de Yuse y disminuyendo la velocidad.

     —¡Idiota! —gritó Yuse.

     —¡Muévete, muévete! —exclamaba Fer, sospechando que algo ocurriría. De inmediato enmudeció cuando vio que del vehículo bajaron tres hombres con armas en mano. Se quedó de una pieza, bloqueada. La bajaron a jalones del coche. «¿Estaba pasando otra vez o era una pesadilla recurrente?», pensó Fer.

     No supo qué había pasado con Yuse. En el vehículo iba agachada, custodiada por los flancos por dos de los hombres. Uno de ellos le clavaba el arma entre las costillas y un seno, mientras con el brazo recargaba todo su peso en la espalda. En un paraje de la carretera federal a Cuernavaca —ella reconoció el lugar—, el auto se detuvo. Fer comenzó a temblar de manera incontrolable. La amarraron de pies y manos, le cubrieron los ojos y la metieron a la cajuela del automóvil. Siguieron su marcha. No tenía noción del tiempo. Sintió que se detenían. Abrieron la cajuela y la sacaron de ahí. Comenzó a gritar lo más fuerte que pudo, pidiendo ayuda; recibió un par de golpes que la dejaron sin sentido.

     Ahora estaba otra vez en la misma situación, como en aquellos veintisiete días. No era un recuerdo emergente ni una pesadilla recurrente. Quiso jalar aire, pero la mordaza se lo impedía. Se quebró en llanto cuando escuchó a la voz decir:

    —Esta vez pediremos el doble de rescate.

     Después de callar los gritos nasales con un golpe, el secuestrador comenzó la negociación por teléfono.