Esta tristeza


Es tan amarga como un café en silencio.
Pesa en alguna parte del ser.
Es un insolente recordatorio de que el día comienza sin sol.
Anega los ojos de agua y va vaciando el corazón de a poco.
Te mantiene en un estatus de inmovilidad permanente.
Hay mil piezas, pero ninguna de ellas encaja.
Los recuerdos necios son como preguntas abandonadas.
Es sufrir un ataque de rabia en calma, mientras la noche se consume
y das diez mil vueltas en la cama y ya no hay nada.
No es veneno, pero mata.
Se alimenta de minutos y crece… y crece.
Esta tristeza me impide olvidar tu nombre,
solo porque eres tú quien la causa.
La canción la olvido.
La foto la rompo.
Las mil lágrimas las lloro.
Pero ¿quién me quita esta tristeza?
Esta
maldita
tristeza.

Mamá


patient-in-hospital-room

«Patient in Hospital Room» Pulicdomainpictures CC0

Estaba harto de vivir con su madre. Sus hermanos le habían endilgado la responsabilidad de cuidarla porque él no tenía compromisos familiares y aprovecharon que también se quedó sin empleo. Un asistente confiable, dijeron. Le darían recursos para la manutención de su madre y un poco más para él. No pudo negarse, lo tenían contra las cuerdas. Se mudó a la casa en donde vivió de niño; dormiría en la misma habitación. Su madre rebasaba los ochenta años y sufría episodios de demencia senil, pero en ocasiones estaba lúcida en su totalidad.

—¿Hola? ¿Me escuchas? —dijo mientras acomodaba el aparato telefónico en su oreja.

—¿Emilio? ¿Ha pasado algo? —se escuchó la voz por encima de un zumbido.

—Felipe, necesito que deposites más dinero. Está ocupando más pañales y los paquetes que han traído casi se acaban.

—Dile a Rosa. Este mes me tocó pagar los servicios. Habla con ella. ¿Es todo…? Estoy ocupado.

Emilio colgó con la frustración crispándole los sentidos. «Llama a Rosa», «llama a Felipe», «no me corresponde este mes». Siempre era la misma situación con sus hermanos.

Se asomó a la habitación en donde su madre dormía en una cama del tipo que hay en los hospitales, con barandillas y botones para ajustar la posición.  Miró el rostro demacrado de una mujer envejecida por la enfermedad. Respiraba suavemente, todo se veía normal. Se fue a la cocina a fregar los platos. Apenas abrió el grifo y se escuchó una voz aguda y gangosa que lo sobresaltó:

—¡Emilio! ¡Cierra esa llave, no desperdicies el agua!

Emilio jalaba aire y movía la cabeza. Estaba cansado de cambiar los pañales de su madre, limpiarla, darle de comer, estar al pendiente de los horarios de los medicamentos; le aburría ir a la farmacia, hacer la limpieza en la casa y, sobre todo, soportar los inesperados gritos de su madre. También odiaba a sus hermanos, eran unos hipócritas que se deslindaban arguyendo que ellos ponían la plata para que su madre no sufriera incomodidades en un asilo y que cada Día de la Madre le llevaban flores de plástico y un postre que ni siquiera probaban.

Antes de dormir revisaba su pañal y si estaba despierta le daba un poco de agua. Se duchaba y mientras se ponía el pijama pensaba en cómo sería su vida si se hubiese negado a la propuesta de Rosa y Felipe. Dormía con la puerta abierta para estar al pendiente de cualquier ruido proveniente del cuarto de su madre. Rogaba porque no le diera diarrea a media noche y ensuciara la cama como lo había hecho un par de veces.

Por la mañana revisaba a su madre antes de preparar el desayuno. En ocasiones tenía que despertarla y tragarse la retahíla de insultos que soltaba la señora apenas si abría los ojos. Otras, en cambio, despertaba con una sonrisa y estiraba la mano para alborotar el pelo de su hijo.

Emilio le dio las tomas matutinas, le ayudó a beber jugo e intentó que terminara su plato de huevos sin éxito. Él tomó café y un trozo de pan tostado con mermelada. No tenía apetito esa mañana. Volvió a la habitación de su madre, doña María yacía con los brazos sobre su pecho, tal y como se ve en las películas que acomodan a los muertos. Emilio se quedó mirando con duda: permaneció quieto para ver si ella seguía respirando. Lo hacía, pero con suavidad. Durante un momento creyó que había muerto.

Emilio caminó a la tienda pensando en lo que había creído ver: su mente le jugó una irónica broma o tal vez él deseaba haber visto lo que vio. «Dejó de respirar, casi estoy seguro», se repetía de regreso a casa. Dejó las compras sobre la mesa de la cocina y fue a la habitación de su madre. Le asaltó un sentimiento de culpa al verla ahí vulnerada por el padecimiento. La idea no se fue de su cabeza durante un rato. Hizo como que no pasaba nada y siguió con su rutina casi al punto de olvidarse. Abrió el grifo para enjuagarse las manos y un estrepitoso grito lo sacó de sí.

—¡Emilio! ¡Cierra esa llave, no desperdicies el agua!

Los nudillos se le pusieron blancos por la fuerza con que apretó los puños y soltó un bufido. Desde ese momento hasta que se fue a duchar por la noche, la frase «dejó de respirar» estuvo haciendo eco en su cabeza. Se recostó e intentó relajarse. Quiso repasar una melodía que escuchó cuando salió a la tienda, pero no la recordaba. De un salto se puso de pie, tomó una almohada y se fue a la recámara de su madre.

Parado en el quicio de la puerta miraba tembloroso la cama donde su madre yacía. Dio dos pasos y él los escuchó como si fuesen dos golpes de mazo en una campana. Se detuvo. Todo era silencio. Avanzó hasta la cabecera de la cama y puso la almohada en la cara de su madre. Presionó con mucha fuerza hasta que le dolieron los brazos y sintió que habían sido horas las que habían pasado.

Retiró la almohada y vio el rostro ajado de su madre con la mandíbula caída. Temblaba de miedo, pero tuvo la fuerza para cerrar la boca y acomodar el cuerpo: alisó el pelo de la señora María y acomodó las sábanas. Le puso las manos sobre el pecho y se quedó mirando un rato. «Dejó de respirar», dijo para sí volteando a mirar como si alguien lo hubiese escuchado.

Regreso a su habitación y se echó a llorar en la cama. No supo por cuánto tiempo lo hizo. Tampoco sintió cuando se quedó dormido y soñó. En el sueño su madre usaba un vestido blanco ceñido al talle, zapatillas, un bolso elegante y llevaba los labios pintados de un tono de rosa; sus ojos brillantes de emoción buscaban a Emilio entre el grupo de chiquillos que se acomodaban para representar la obra de Tchaikovsky, el Cascanueces, adaptada para los pequeños niños. Ahí estaba Emilio, con su disfraz de ratón, lucía angelical y emocionado por ver a su madre tan bonita entre el público sentada con los brazos en su regazo. No podía dejar de verla, parecía que no respiraba.

Emilio se levantó con síntomas de una terrible resaca, así se sentía. Salió de su habitación y miró la puerta de la recámara de su madre. Por nada se asomaría. No podría ver lo que había hecho. Buscó el teléfono para llamar a sus hermanos y ponerlos al tanto de lo que había pasado.

—¿Qué quieres, Emilio? —dijo Rosa fastidiada—. Es muy temprano, voy de salida a dejar a los chicos al colegio. ¿Qué pasa? —Silencio—. ¿Qué pasa, Emilio?

—Mamá… murió, Rosa… Mamá… dejó de… —cortó la frase y se soltó a llorar.

—¡Voy para allá! ¡Le avisaré a Felipe! Emi, tranquilo… Emi…

Emilio colgó y fue corriendo a la habitación de su madre. Ahí estaba ella más pálida, más quieta, más muerta. Tomó sus manos, besó sus dedos torcidos mientras decía:

—¡Perdóname, mamá! ¡Perdóname…!

  El llanto se había convertido en una desgarradora y loca convulsión. Emilio estaba arrepentido, pero ya no había marcha atrás.

Se sentía desesperado. Corrió a la ventana para ver si sus hermanos ya habían llegado, sin embargo, no había nadie en la entrada. Gritó cuanto pudo mientras iba de una habitación a otra. Sentía la cara ardiendo y los ojos hinchados por llorar. «Dejó de respirar» mascullaba. Se dirigió a la cocina y se seguía repitiendo «Dejó de respirar», «No, Emi, tú hiciste que dejara de respirar», dijo otra voz que no era la suya. Se quedó quieto y quiso despejarse. Abrió el grifo para mojarse la cara y escuchó un grito agudo:

—¡Emilio! ¡Cierra esa llave, no desperdicies el agua!

A Emilio se le fue el aire de los pulmones, la sangre del corazón y el alma directo al infierno antes de quedar tendido en el suelo.

El último día con sol


No todo se alivia con llanto.

Me voy quedando solo

como una palabra en desuso

que nadie recuerda.

No me sorprende

que me haya convertido

en cronista de mi derrota,

arrepentido hasta de pensar.

En el espejo veo a otro:

a un extraño que no usa más su sonrisa

 y para quien el silencio

es su nueva manera de hablar.

He dejado un montón de cosas en el camino

que con tu ausencia pierden su valor.

Es curioso, hay más cosas que quiero olvidar

que las que deseo recordar.

No quedan más asuntos que resolver.

Me voy quedando solo;

el tiempo se diluye

y estoy tan cansado.

Hoy es el último día con sol.

El día


las-vegas-209936_960_720

Fotografía por nitli en Pixabay (CC0).

El color de tu blusa destacaba entre toda esa gente que esperaba en el aeropuerto. Puse en el suelo mi maleta para darte un gran abrazo, uno de esos que te hace despegar los pies del suelo. Pude aspirar el olor de tu pelo y sentir el peso de tu pequeño cuerpo sobre el mío. Era el día que tanto esperábamos y era increíble verte sonreír. Te miré a los ojos tal y como lo prometí. Dejamos de ser las voces detrás de los teléfonos y ahora estábamos frente a frente tomados de las manos. Estábamos nerviosos como niños. Salimos de entre el bullicio hacia la calle. El sol de la tarde brillaba, no más que tus ojos, tus lindos ojos. Sin soltarnos de la mano fuimos de un lugar a otro; charlamos, nos acariciamos con las miradas y con las manos. Ya no había desconexiones por las cuales enfurecernos. Estuvimos sentados bebiendo ese ansiado café que ambos nos debíamos. Había tanto de qué hablar y era tan poco el tiempo.

El inicio de la noche se antojaba para estar más juntos. Caminamos abrazados por la calle principal bañados de miles de luces: era aquel un lugar diferente, un lugar que guardaba muchos secretos. Fue ahí donde nos dimos el primer beso: al pie de una fuente danzarina. Agua en movimiento vigilado y corazones latiendo sin control. Abrimos los ojos, después del beso, despacio, como cuando vas a recibir una sorpresa, esa maravilla que esperas que pase en un día tan especial. Las luces fulguraban y recargaste tu cabeza en mi hombro en señal de que por fin nuestro sueño se había cumplido.

Pero nunca llegué al aeropuerto. El avión se estrelló en el desierto antes de aterrizar. Viste la noticia en las pantallas de la sala de espera y mientras imaginabas nuestro encuentro, las lágrimas cayeron de tus bonitos ojos y mojaron tu blusa.

Nunca te conocí.

Arlequín


Es tan bochornoso usar este disfraz de arlequín, pero lo es más haberme vuelto hueste de esta causa traidora y denigrante. La ansiedad me deshilacha los nervios. Era mejor ser orfebre, pero ¿qué otra cosa puedo hacer? Estar aquí dentro esperando es calcinante, a pesar de que ya es el crepúsculo.

     ¿Habrá un pensamiento lapidario que sea un poco halagüeño para mí? ¿Lo merezco a pesar de la detracción? Esta metamorfosis está terminando por amover la poca humanidad que me queda. Al principio creí que era osteomielitis, pero la monstruosidad no solo está en mi cuerpo, sino que alcanza un lugar más profundo: mi alma. Escucho la convocatoria volcánica del jefe. Sé que el gorro de terciopelo me estorbará para cumplir la misión. El ambiente se ha tornado rocambolesco, sin embargo, la consigna es imperante: contagiar con el virus que habita en mí al mayor número de humanos, mordiendo, arañando o escupiendo.

     Aquí voy.

Lo que viene y va


El tictac del reloj se ha vuelto una monótona canción. He volteado a mirar el viejo cacharro de hojalata que me regalaste, sí, ese que compraste en un bazar. Me convenciste con el cuento de que por ser antiguo medía mejor el tiempo, que tenía toda la experiencia que dan los años. Sonrío para mí y considero la idea de meterme a la tina, ponerle sales aromáticas y remojar mi cuerpo en el agua tibia. El vestido ya lo he preparado. Lo he dejado sobre la cama; es el rojo con estampado de flores. Lo llevaba puesto la noche que bailamos Lady in red en la terraza del bar. No lo olvido, nos dimos el primer beso y hoy quisiera que me vieras tan bonita como en esa ocasión.

La noche viene y el tiempo se va. El teléfono está mudo y he atisbado por la ventana para ver si tu moto está estacionada en el lugar de siempre. No estoy nerviosa, pero sí decidida. Lo oscuro de la habitación me recuerda que en otros tiempos hubo luz, sí, cuando estabas tú.

Bebo una taza de café endulzado con la miel de tus recuerdos. Semidesnuda miro sin parar hacia la puerta, esperando oír los pasos de tus botas antes de entrar e inundar la casa con el olor salvaje del cuero de tu chamarra. Quisiera verte aventar el casco y abalanzarte sobre mí, así, comiéndome a besos, devorando mi deseo, así como antes.

Me meto a la tina. La tibieza del agua no apaga mi avidez, pero si entibia mi corazón congelado por tu ausencia. He dicho que soy decidida y no te esperaré más. Bebo el último sorbo de café. La transparencia del agua se tiñe de rosa intenso, entonces, la noche me abraza y viene tu recuerdo mientras mi vida se va a paso lento.

El asalto


Cuando el ladrón entró a la sucursal bancaria, reparó en el estilo vintage de la decoración, sin embargo, iba decidido con el arma en mano a cumplir su objetivo. Notó que no había grandes filas y rió para sí, pues eso le facilitaba las cosas.

Sacó de su bolsillo una hoja amarilla de bloc y mientras la desdoblaba haciendo movimientos al aire, llegó a la caja. La asustada empleada intercambiaba miradas con el ojo oscuro del arma y la urgida expresión del asaltante.

—Vas a transferir cinco millones de dólares a cada cuenta y lo vas a hacer muy rápido —dijo el ladrón al mismo tiempo que le entregó la hoja.

—No tengo computadora para hacer transferencias —contestó la cajera.

—¡Me lleva…! —masculló el desesperado ladrón, arrebatando la hoja.  Así recorrió cada una de las ventanillas hasta que llegó a la última. Solo los ventiladores de madera se mantenían en lo suyo: girando.

—En esta sucursal no tenemos computadoras, señor ladrón —dijo la última de las empleadas.

Para entonces un comando armado de la policía especial ya se encontraba afuera del Banco Antaño.

El asaltante miró a la cajera con resignada frustración y bajó el arma, incrédulo. Justo en ese momento un francotirador de la policía pedía autorización para disparar.

—¡Bajó su arma! ¡Autorización para disparar!

—Proceda a discreción —dijo la voz de mando por el radio.

El disparo entró por una sien y salió por la otra. La bala se incrustó en la decoración de madera de la pared, justo debajo de un letrero que decía: «Banco Antaño, hacemos a un lado la tecnología para estar más cerca de usted».