El último día con sol


No todo se alivia con llanto.

Me voy quedando solo

como una palabra en desuso

que nadie recuerda.

No me sorprende

que me haya convertido

en cronista de mi derrota,

arrepentido hasta de pensar.

En el espejo veo a otro:

a un extraño que no usa más su sonrisa

 y para quien el silencio

es su nueva manera de hablar.

He dejado un montón de cosas en el camino

que con tu ausencia pierden su valor.

Es curioso, hay más cosas que quiero olvidar

que las que deseo recordar.

No quedan más asuntos que resolver.

Me voy quedando solo;

el tiempo se diluye

y estoy tan cansado.

Hoy es el último día con sol.

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El día


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Fotografía por nitli en Pixabay (CC0).

El color de tu blusa destacaba entre toda esa gente que esperaba en el aeropuerto. Puse en el suelo mi maleta para darte un gran abrazo, uno de esos que te hace despegar los pies del suelo. Pude aspirar el olor de tu pelo y sentir el peso de tu pequeño cuerpo sobre el mío. Era el día que tanto esperábamos y era increíble verte sonreír. Te miré a los ojos tal y como lo prometí. Dejamos de ser las voces detrás de los teléfonos y ahora estábamos frente a frente tomados de las manos. Estábamos nerviosos como niños. Salimos de entre el bullicio hacia la calle. El sol de la tarde brillaba, no más que tus ojos, tus lindos ojos. Sin soltarnos de la mano fuimos de un lugar a otro; charlamos, nos acariciamos con las miradas y con las manos. Ya no había desconexiones por las cuales enfurecernos. Estuvimos sentados bebiendo ese ansiado café que ambos nos debíamos. Había tanto de qué hablar y era tan poco el tiempo.

El inicio de la noche se antojaba para estar más juntos. Caminamos abrazados por la calle principal bañados de miles de luces: era aquel un lugar diferente, un lugar que guardaba muchos secretos. Fue ahí donde nos dimos el primer beso: al pie de una fuente danzarina. Agua en movimiento vigilado y corazones latiendo sin control. Abrimos los ojos, después del beso, despacio, como cuando vas a recibir una sorpresa, esa maravilla que esperas que pase en un día tan especial. Las luces fulguraban y recargaste tu cabeza en mi hombro en señal de que por fin nuestro sueño se había cumplido.

Pero nunca llegué al aeropuerto. El avión se estrelló en el desierto antes de aterrizar. Viste la noticia en las pantallas de la sala de espera y mientras imaginabas nuestro encuentro, las lágrimas cayeron de tus bonitos ojos y mojaron tu blusa.

Nunca te conocí.

Arlequín


Es tan bochornoso usar este disfraz de arlequín, pero lo es más haberme vuelto hueste de esta causa traidora y denigrante. La ansiedad me deshilacha los nervios. Era mejor ser orfebre, pero ¿qué otra cosa puedo hacer? Estar aquí dentro esperando es calcinante, a pesar de que ya es el crepúsculo.

     ¿Habrá un pensamiento lapidario que sea un poco halagüeño para mí? ¿Lo merezco a pesar de la detracción? Esta metamorfosis está terminando por amover la poca humanidad que me queda. Al principio creí que era osteomielitis, pero la monstruosidad no solo está en mi cuerpo, sino que alcanza un lugar más profundo: mi alma. Escucho la convocatoria volcánica del jefe. Sé que el gorro de terciopelo me estorbará para cumplir la misión. El ambiente se ha tornado rocambolesco, sin embargo, la consigna es imperante: contagiar con el virus que habita en mí al mayor número de humanos, mordiendo, arañando o escupiendo.

     Aquí voy.

Lo que viene y va


El tictac del reloj se ha vuelto una monótona canción. He volteado a mirar el viejo cacharro de hojalata que me regalaste, sí, ese que compraste en un bazar. Me convenciste con el cuento de que por ser antiguo medía mejor el tiempo, que tenía toda la experiencia que dan los años. Sonrío para mí y considero la idea de meterme a la tina, ponerle sales aromáticas y remojar mi cuerpo en el agua tibia. El vestido ya lo he preparado. Lo he dejado sobre la cama; es el rojo con estampado de flores. Lo llevaba puesto la noche que bailamos Lady in red en la terraza del bar. No lo olvido, nos dimos el primer beso y hoy quisiera que me vieras tan bonita como en esa ocasión.

La noche viene y el tiempo se va. El teléfono está mudo y he atisbado por la ventana para ver si tu moto está estacionada en el lugar de siempre. No estoy nerviosa, pero sí decidida. Lo oscuro de la habitación me recuerda que en otros tiempos hubo luz, sí, cuando estabas tú.

Bebo una taza de café endulzado con la miel de tus recuerdos. Semidesnuda miro sin parar hacia la puerta, esperando oír los pasos de tus botas antes de entrar e inundar la casa con el olor salvaje del cuero de tu chamarra. Quisiera verte aventar el casco y abalanzarte sobre mí, así, comiéndome a besos, devorando mi deseo, así como antes.

Me meto a la tina. La tibieza del agua no apaga mi avidez, pero si entibia mi corazón congelado por tu ausencia. He dicho que soy decidida y no te esperaré más. Bebo el último sorbo de café. La transparencia del agua se tiñe de rosa intenso, entonces, la noche me abraza y viene tu recuerdo mientras mi vida se va a paso lento.

El asalto


Cuando el ladrón entró a la sucursal bancaria, reparó en el estilo vintage de la decoración, sin embargo, iba decidido con el arma en mano a cumplir su objetivo. Notó que no había grandes filas y rió para sí, pues eso le facilitaba las cosas.

Sacó de su bolsillo una hoja amarilla de bloc y mientras la desdoblaba haciendo movimientos al aire, llegó a la caja. La asustada empleada intercambiaba miradas con el ojo oscuro del arma y la urgida expresión del asaltante.

—Vas a transferir cinco millones de dólares a cada cuenta y lo vas a hacer muy rápido —dijo el ladrón al mismo tiempo que le entregó la hoja.

—No tengo computadora para hacer transferencias —contestó la cajera.

—¡Me lleva…! —masculló el desesperado ladrón, arrebatando la hoja.  Así recorrió cada una de las ventanillas hasta que llegó a la última. Solo los ventiladores de madera se mantenían en lo suyo: girando.

—En esta sucursal no tenemos computadoras, señor ladrón —dijo la última de las empleadas.

Para entonces un comando armado de la policía especial ya se encontraba afuera del Banco Antaño.

El asaltante miró a la cajera con resignada frustración y bajó el arma, incrédulo. Justo en ese momento un francotirador de la policía pedía autorización para disparar.

—¡Bajó su arma! ¡Autorización para disparar!

—Proceda a discreción —dijo la voz de mando por el radio.

El disparo entró por una sien y salió por la otra. La bala se incrustó en la decoración de madera de la pared, justo debajo de un letrero que decía: «Banco Antaño, hacemos a un lado la tecnología para estar más cerca de usted».

El proyecto


El salón de juntas se iba iluminando en función de los concurrentes a la reunión. Una larga y brillante mesa reflejaba el minimalismo y la sobriedad de la empresa. Cada uno de los participantes ocupaba un sillón de respaldo alto; al acomodarse aparecía una pantalla flotante de alta definición con el logotipo dinámico de la firma. Todos sabían que se discutiría un proyecto de gran alcance e importancia, y su creador, Jeo, miraba a los funcionarios con disimulo, pero convencido de que todos votarían a favor.

El presidente de la compañía carraspeó antes de dirigirse a los demás.

—Señores, a continuación, veremos el resumen del proyecto Jes-33, elaborado por uno de nuestros mejores analistas de la firma: Jeo.

Todos lo miraron con reserva; había muchos intereses en juego, además del prestigio e imagen de la empresa. Jeo hizo una señal para que los asistentes a la presentación fijaran sus ojos en las pantallas.

Al principio de la presentación se notaba el escepticismo en los rostros del consejo directivo y alguno que otro no lo disimulaba. Sin embargo, de acuerdo a como iba avanzando, se acomodaban en el asiento o se apresuraban a tomar notas. El vicepresidente volteó a ver a su superior, quien con un perspicaz movimiento de cejas le indicaba que faltaba la mejor parte. Y así fue: el final les cortó el aliento. Hubo una tanda de aplausos y exclamaciones entusiastas. El presidente señalaba con el índice a Jeo, él agradecía con inclinaciones de cabeza y un incipiente brillo en la mirada. Sabía lo que se aproximaba en un futuro inmediato.

—Por puro protocolo, por favor, levante la mano quien esté de acuerdo para dar luz verde al proyecto Jes-33 —dijo el presidente y de inmediato todos lo hicieron. La decisión era unánime—. ¡Bien! Que las secciones de diseño y tecnología se pongan a trabajar de inmediato. Se levanta la sesión, gracias por su asistencia.

El presidente le hizo una seña a Jeo para que esperara a que los demás salieran.

—Jeo, ¿podemos hacer todo eso?, es decir, ¿de verdad es viable?

—Nada que no podamos resolver con nuestra tecnología, señor; todo ha sido calculado de acuerdo a los algoritmos. No habrá quien compita contra nosotros. El planeta recién descubierto será nuestro.

—¡Confío en ti, muchacho! Oye, eso de convertir el agua en vino y la multiplicación de los peces me pareció formidable.

—Así es como se enajena a las masas, señor. Milagros del marketing.

Ambos rieron y abandonaron el salón.

Santo remedio


—Pásele, doña Cholita. Pero ¿qué anda haciendo por estos polvorientos caminos?

—Pues me enteré de la enfermedad del compadre y quise pasar a ver cómo sigue.

—Igual, comadrita, ni pa’ tras ni pa’ delante.

—Le traje un queso fresco y un cuartillo de maíz, ya sabe, comadre, pa’ que no falte el taco en estos tiempos en que el compadre no está bueno.

—Muchas gracias, Cholita. Deje y pongo esto en la mesa. Pero pase, ande, con confianza, si casi somos familia. Para acá está Gumaro, acostado. Así está todo el día, a veces se para al baño y otras…

—¡Santo Dios! ¡Está hecho un costal de huesos! Con el perdón, Dolores, pero esto no es empacho por comer tlacuache; esto es más grave.

—Sí, Cholita. Mire, con su permiso le enseño. Le cambié la camisa y me di cuenta de los moretes y de estos chipotes que le salieron en la frente.

—¡Ay, virgencita! Pero ¿dónde fue a pescar semejante mal? Ni modo que por tomar agua del río; todos tomamos de allí.

—No sé, comadre. Pasó hace casi ocho días, el domingo, cuando íbamos a entrar a la misa, me dijo que sentía harta picazón en todo el cuerpo. Nos regresamos y le di una friega de alcohol, pero no se alivió. Desde ese día se ha puesto peor.

—¿Sabe qué? Póngale manteca con alcanfor en los chipotes pa que se le bajen. Lo machaca bien en el molcajete y luego se lo unta y a’i se lo deja toda la noche y santo remedio.

—Ta bueno, comadre. Y pa los moretes no sé que ponerle.

—Hay un remedio, na’ más que hay que conseguir hojitas de mariguana.

—Pero ¡yo ni fumo, comadre, me ahogo con el humo!

—No, Dolores, hojitas verdes. Las pone en un frasco con harto alcohol y las deja ahí unos tres días que le dé el sereno. Después le da una friega en todo el cuerpo a mi compadre Gumaro.

—¿Y dónde las consigo, Cholita?

—El marido de doña Juana siembra atrás de su milpa y dicen que se la fuma. ¡Vaya usté a saber! Yo se la consigo y se la traigo ya preparada, si quiere, pues.

—Ta bueno, comadre. ¡Ay, ya se despertó!

—¿Qué tanto dice, comadre?

—¡Sepa! Parece que se le ha olvidado como hablar en cristiano, farfulla y farfulla pero no le entiendo nada.

—¡Ay, Santo Niño! ¡Qué lenguota! Comadre, mejor hay que llevarlo al pueblo.

Orita se le pasa, Cholita, na’ más le leo los evangelios y se tranquiliza.

—Hay que curarlo de susto, Dolores. Ora que le traiga el remedio, me jalo a doña Jacinta pa’ que lo cure, ya ve que es rebuena para esas cosas, alivió al chamaco de Mauricia: se le había caído la mollera.

Ta bueno, Cholita, se la trae y aquí les doy de almorzar.

—Me retiro porque ya se está levantando el sol y ’ta largo el camino.

—Llévese esta anforita con agua pa’l camino, está fresca.

—Ándele pues. La dejo pa’ que haga sus quehaceres. Córtele las uñas al compadre Gumaro, miré, tan largas que parece que no se las ha cortado en meses.

—Están reduras, Cholita, ando buscando las alicatas porque el cortaúñas na’ más no le entra.

—Ande, ande. Nos miramos luego, Dolores.

—Vaya con Dios, Cholita.

***

—A ver, viejito, que tienes, m’ijo. Te vas a poner bueno, ya verás. Le voy a pedir a Dios que te alivie. Orita te voy a rezar y luego te doy un taco de queso con salsa.

»Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…, pérate m’ijo…, ¡Cálmate! ¡Tate sosiego! ¡Santo Dios! ¿Qué haces? ¡Ayyyy, me lastimas! ¡Gumaro! ¡Gumaro! ¡Ayyy…! ¡Aggggh…!